El Telón De Acero: La Destrucción De Europa Del Este 1944-1956 — Anne Applebaum / Iron Curtain: The Crushing of Eastern Europe, 1944-1956 by Anne Applebaum

Es un buen libro pero yo soy un amante de Gulag, como hambruna roja. El libro describe la transformación que sufrieron los países de Europa del Este a partir de la ocupación soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque el proceso fue similar en todos los países, la autora se centra en tres de ellos: la parte oriental de Alemania (lo que luego se convirtió en la RDA), Polonia y Hungría. Del mismo modo, aunque hace referencias a toda la historia del telón de acero, el libro se centra en el periodo que va desde la ocupación militar durante la guerra (1944) hasta la muerte de Stalin (1953). La autora analiza cómo la Unión Soviética controló a todos estos países manteniendo una apariencia de independencia y democracia, cómo trató de modelar las conciencias de todos los ciudadanos sin renunciar a los métodos más sutiles ni a los más brutales, como el comunismo se transformó tras la muerte de Stalin y cómo, al final, todo se vino abajo cuando se hizo evidente que el sistema no daba más de sí.
Al concentrarse en Polonia, Hungría y Alemania del Este, el enfoque de este libro no es tan amplio como podría presumirse, ya sea del telón de acero o de la Europa del Este del título. Ann Applebaum explica su razonamiento en la introducción y escribe que eligió a esos tres países no por sus similitudes, sino por los marcados contrastes entre ellos. Sus experiencias nacionales antes de 1944 fueron marcadamente diferentes, y eso tuvo una influencia importante en sus diferentes experiencias y reacciones después de que fueron llevados al imperio soviético.
Applebaum también presenta sus objetivos para el libro:
* Para obtener una comprensión del totalitarismo, no en teoría sino en la práctica, y cómo dio forma a las vidas de millones de europeos en el siglo XX.
* Buscar evidencia de la destrucción deliberada de la sociedad civil y las pequeñas empresas.
* Investigar el fenómeno del realismo social y la educación comunista.
* Para recopilar información sobre la fundación y el desarrollo temprano de la policía secreta de la región.
* Para entender cómo las personas comunes y corrientes aprendieron a lidiar con los nuevos regímenes; cómo colaboraron, de buena gana o de mala gana; cómo y por qué se unieron al partido y otras instituciones estatales; cómo resistieron, activa o pasivamente; cómo llegaron a tomar decisiones terribles que la mayoría de nosotros en Occidente, hoy en día, nunca tenemos que enfrentar.

En general, el resultado final coincide muy bien con esos objetivos. Sin embargo, tengo algunas reservas. A pesar de la gran cantidad de información incluida, el odio amargo de muchos alemanes orientales por la Stasi (policía secreta) y todas sus obras no está, me parece, totalmente comunicado al lector. Tampoco estoy seguro de que los lectores sin otra información sobre el sistema educativo (que tuvo méritos y fallas) saldrían con una imagen muy completa. De manera similar, con el proceso de unirse al Partido Comunista, que en la práctica no estaba abierto a todos, aunque se esperaba que todos se suscribieran con entusiasmo a sus objetivos.
El realismo social está bien cubierto, al igual que la destrucción de la sociedad civil y las pequeñas empresas. Especialmente triste fue la destrucción de la iglesia y los grupos juveniles, incluida la YMCA, que surgió casi espontáneamente tan pronto como los nazis fueron derrotados.
La comprensión y la nueva información sobre el totalitarismo en la práctica que obtenemos del libro provienen en gran medida de historias como las de la supresión de grupos cívicos y sociales independientes; de empresas fallidas, como la formación de obreros de fábrica para ser críticos de teatro; y el relato de Applebaum sobre las realidades de los movimientos de Stakhanovite y Shock Worker, los objetivos y normas de trabajo, y todo lo que los acompañó.
En última instancia, naciones enteras vivían un tejido de mentiras que lo abarca todo. Se incluyeron mentiras sobre su creencia en el sistema y entusiasmo por sus líderes, y mentiras sobre sus verdaderos pensamientos. Las indicaciones de sus pensamientos se clasificaron cuidadosamente entre diferentes audiencias y entornos: hogar, familia, escuela, trabajo, etc. La situación se relajó un poco después de que Stalin muriera en 1953, pero no de manera tremenda. Como siempre, las bromas eran una forma notable de comentarios subversivos pero relativamente seguros; Applebaum proporciona algunos ejemplos.
Cuando estalló la disidencia masiva, en Alemania Oriental en 1953, Polonia en 1955 y Hungría en 1956, los líderes y los jefes de las instituciones estatales se sorprendieron y se asustaron, y se dirigieron inmediatamente a Moscú en busca de dirección y apoyo, lo que resultó en una tragedia en cada caso.
La evidencia de archivo recopilada por Applebaum se complementa de manera útil con información sobre las experiencias personales obtenidas de los entrevistados en cada uno de los tres países examinados.
El libro tiene un índice detallado, una extensa bibliografía, muchas notas y 46 fotografías.

El libro es un poco decepcionante. Para mí, el libro bien escrito de Anne Applebaum era demasiado largo y demasiado detallado. Hubiera preferido más análisis y contexto. La región ha tenido una historia complicada ya menudo violenta. Durante la mayor parte del período entre 1945 y 1956, se convirtió en un laboratorio para el comunismo, ayudando a probar que las teorías de Marx no funcionan. Europa del Este es un lugar difícil de entender para la mayoría de los occidentales. Hasta 1991 realmente tenía poca experiencia de democracia. Applebaum tiende a centrarse en Polonia, que pasó gran parte del siglo XX ocupada por otros países. En el momento de la publicación del libro, Applebaum era la esposa del Ministro de Asuntos Exteriores de Polonia. Ella tiende a dar la perspectiva polaca, y los polacos se representan como buenas personas que viven en el barrio equivocado. Geográficamente, los polacos están atrapados entre Alemania y Rusia y, a lo largo de la historia, a menudo han sido invadidos u ocupados.
Applebaum comienza culpando a los Estados Unidos y Gran Bretaña por abandonar Europa del Este al dominio ruso, aunque no está claro cuáles eran las alternativas. Los aliados declararon la victoria y se fueron a casa, no querían pelear otra guerra. Las tropas soviéticas violaron a casi todas las mujeres con las que se encontraron, no solo alemanes sino también polacos y húngaros. También robaron cualquier cosa que pudieran llevar. La policía secreta soviética acompañó a las tropas de combate y comenzó a eliminar cualquier posible descontento entre la gente local. Los que supuestamente se oponían al estado fueron enviados a prisiones y campos modelados en el gulag, algunos de los cuales estaban ubicados en antiguos campos de concentración nazis.
La limpieza étnica fue aceptada por los aliados en Potsdam, incluido Estados Unidos. Los alemanes fueron expulsados ​​de Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumania. Esto puede parecer injusto, pero dejar a una población alemana oprimida en Checoslovaquia y Polonia después de la Primera Guerra Mundial le dio a Hitler una excusa para comenzar la Segunda Guerra Mundial. Las minorías étnicas en la Polonia anterior a la guerra, que incluían a ucranianos, alemanes y judíos, se sintieron alienadas. Se quejaron de que estaban marginados en la política y les negaron los derechos que Polonia había acordado en los tratados. Las minorías en Checoslovaquia también se sintieron oprimidas, especialmente los alemanes. La limpieza étnica probablemente fue necesaria para garantizar la paz y la estabilidad a largo plazo.
El partido comunista trató de crear socialistas perfectos. Según Applebaum, la parte asumió el control de cada aspecto de la vida cotidiana. Ella discute cómo los comunistas tomaron el control de la policía, las organizaciones juveniles, los medios de comunicación (lo que significaba la radio en esos días) y la política. Para 1948, los soviéticos habían creado sociedades totalitarias y un estado orwelliano. La gente colaboró. Millones hicieron las paces con el comunismo, marchando en desfiles, guardándose las opiniones y uniéndose a las organizaciones comunistas, para tener todo lo que controla el nuevo estado: vivienda, educación, empleo y una medida de libertad personal. Applebaum afirma que muchos europeos del este, después de seis años de guerra, no querían resistir a la Unión Soviética. Querían que la guerra terminara y que volvieran a sus vidas normales.
Applebaum no explica cómo eran los países antes de la guerra. La mayoría de los países de Europa del Este estaban gobernados por regímenes autoritarios duros. Los polacos eran nacionalistas, antisemitas y xenófobos. Polonia solo había sido una democracia durante cinco años, hasta que Marshall Pilsudski se instaló como dictador en 1926. Las voces de la oposición fueron acosadas o encarceladas. Los polacos derrotaron a los soviéticos en una guerra en 1921 y discutieron con sus vecinos sobre las fronteras. En 1938 se unieron a Alemania para tomar parte de Checoslovaquia, para gran disgusto de Churchill. Nadie sabe si Polonia habría abrazado la democracia liberal al estilo occidental si se la hubiera dejado sola después de la Segunda Guerra Mundial.
Los soviéticos no encontraron mucha resistencia en Europa del Este. La población era dócil. Los países europeos tienen una larga historia de colaboración con los invasores. En el este, la Unión Soviética era la última de una larga lista de conquistadores.

1945 marcó uno de los desplazamientos de población más extraordinarios de la historia europea. Por todo el continente, cientos de miles de personas regresaban del exilio soviético, de trabajos forzados en Alemania, de campos de concentración y campos de prisioneros de guerra, de escondites y refugios de toda clase. Las carreteras, caminos, senderos y trenes iban atestados de gente andrajosa, hambrienta y sucia.
Las escenas que se producían en las estaciones de ferrocarril eran especialmente horrorosas. Madres famélicas, niños enfermos y, en ocasiones, familias enteras acampadas sobre mugrientos suelos de cemento durante días y días, esperando un tren al que pudieran subir. Las epidemias y el hambre amenazaban con ensañarse con ellos.
Aunque se ha utilizado con mayor frecuencia para describir la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin, la palabra «totalitario» o «totalitarismo» se utilizó por primera vez en el contexto del fascismo italiano. Inventado por uno de sus detractores, Benito Mussolini adoptó el término con entusiasmo, y en uno de sus discursos ofreció la que sigue siendo la mejor definición de la palabra: «Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado». En su definición estricta, un régimen totalitario es aquel que prohíbe todas las instituciones excepto las que han sido aprobadas de manera oficial. Así pues, un régimen totalitario consta de un partido político, un sistema educativo, un credo artístico, una economía de planificación central, unos medios de difusión unificados y un código moral. En un Estado totalitario no hay escuelas independientes, negocios privados, organizaciones de base ni pensamiento crítico. Mussolini y su filósofo preferido, Giovanni Gentile, escribieron sobre una «concepción del Estado que lo abarca todo; fuera de él no pueden existir valores humanos o espirituales, y mucho menos tener valor».

Una extraña euforia parecía apoderarse de los supervivientes. Estar vivo era un alivio y el dolor se mezclaba con la alegría, y el comercio, los negocios y la reconstrucción empezaron de inmediato, de manera espontánea. En el verano de 1945, Varsovia rebosaba actividad. Stefan Kisielewski escribió: «Entre las ruinas de las calles hay un alboroto como no se había conocido hasta ahora. El comercio: bulle. El trabajo: en auge. El humor: en todas partes. La vida fluye en las calles y nadie pensaría que esta multitud la constituyen las víctimas de un terrible desastre, gente que apenas se ha recuperado de una catástrofe o que vive en condiciones extremas e inhumanas…».
De todos los daños provocados por la Segunda Guerra Mundial, el más difícil de cuantificar es el daño psicológico y emocional. La brutalidad de la Primera Guerra Mundial creó una generación de dirigentes fascistas, intelectuales idealistas y artistas expresionistas que retorcieron la figura humana hasta convertirla en un conjunto de formas y colores inhumanos en un intento de plasmar su desorientación. Pero dado que implicó ocupación, deportación y desplazamientos masivos de población civil además de lucha, la Segunda Guerra Mundial penetró de una manera mucho más profunda en la vida cotidiana de la gente. La violencia constante y diaria configuró la psique humana de innumerables maneras, no todas ellas fáciles de describir.
También esto marcó una diferencia con respecto a lo que sucedió en Occidente, en particular en los países anglosajones.

Desde el principio, la Unión Soviética y los partidos comunistas de Europa del Este persiguieron sus objetivos mediante la violencia. Controlaban los «ministerios de poder» del Interior y Defensa de todos los países, y utilizaban a los efectivos de la policía y a los ejércitos incipientes en su favor. Después del final de la guerra, no había la violencia masiva e indiscriminada del Ejército Rojo durante su marcha hacia Berlín, sino que se trataba de una violencia política mucho más selectiva y cuidadosamente dirigida: detenciones, palizas, ejecuciones y campos de concentración. Todo ello dirigido a un número relativamente pequeño de enemigos reales, presuntos, imaginados y futuros de la Unión Soviética y los partidos comunistas. Pretendían destruirlos físicamente y crear la sensación de que cualquier forma de resistencia armada era inútil.
Por supuesto, no era eso lo que decían. Al menos al principio, el NKVD y las nuevas fuerzas policiales secretas declararon en voz alta la guerra a los vestigios del fascismo, mientras que los agentes soviéticos y los partidos comunistas locales dirigían su más violenta propaganda contra los colaboradores y colaboracionistas nazis. En eso no se diferenciaron de los gobiernos nacionales restaurados de Francia, los Países Bajos y el resto de la Europa anteriormente ocupada.
La violencia también se aceleró porque las expectativas de los nuevos administradores militares y de los comunistas locales se vieron truncadas rápidamente. Tras lo que el Ejército Rojo consideraba su marcha triunfal a través de Europa, los comunistas locales esperaban que la clase obrera se uniera a la revolución. Y cuando eso no sucedió, montaron en cólera con frecuencia ante el «incomprensible espíritu de resistencia e ignorancia total» de sus compatriotas, como lo expresó un funcionario del partido de Varsovia. Su frustración, unida a la fuerte disparidad de las culturas soviética y de la Europa del Este, también alimentó directamente la violencia política.

A finales de 1948, los partidos comunistas de Europa del Este y sus aliados soviéticos ya habían impuesto enormes cambios en las nuevas democracias populares. Habían eliminado a los más capaces de sus oponentes potenciales. Habían tomado el control de las instituciones que consideraban más valiosas. Habían creado, de la nada, la policía política. En Polonia, la oposición armada había sido destruida y la oposición legal, desmantelada. En Hungría y en Alemania del Este, los movimientos «antifascistas» espontáneos habían dejado de existir, y los partidos de auténtica oposición habían sido eliminados. En Checoslovaquia, un exitoso golpe de Estado había otorgado el poder absoluto a los comunistas. Partidos fieles al comunismo gobernaban ahora Bulgaria, Rumanía y Albania. La socialdemocracia, pese a sus profundas raíces en la región, había desaparecido del escenario político, junto con las grandes empresas privadas y muchas organizaciones independientes.
Aun así, el paraíso socialista aún quedaba muy lejos. Los regímenes habían atraído a algunos colaboradores y a algunos partidarios convencidos, y estaban intentando educar a más. Muchas decenas de miles de personas se habían unido al partido y a sus organizaciones de masas afiliadas, como los movimientos juveniles, las organizaciones de mujeres y los sindicatos oficiales. Sin embargo, los partidos comunistas eran impopulares.
A corto plazo, los arrestos de importantes comunistas contribuyeron a la paranoia generalizada que alcanzó nuevas cotas en 1949, permaneció elevada hasta la muerte de Stalin en marzo de 1953 y tuvo un relevante impacto sobre la población, la cúpula y la policía secreta. Como se suponía que los acusados eran espías extranjeros, sus arrestos estuvieron acompañados de una oleada de propaganda antioccidental y antiestadounidense especialmente feroz.
En 1950 o 1951, ya no resultaba posible identificar algo tan coherente como una oposición política en ningún lugar de Europa del Este. Algunos polacos guardaban sus pistolas en el granero, esperando un momento mejor, y uno o dos aún seguían escondidos en los bosques. Había algunos oponentes al régimen tolerados oficialmente, como Bolesław Piasecki, cuya verdadera tendencia era opaca. Había unos pocos que podrían criticar las decisiones menos importantes del régimen en público y que incluso eran animados a hacerlo, siempre que mantuvieran el tono adecuado. Como Bolesław Bierut había declarado: «Hay distintas clases de crítica. Está la crítica creativa y la crítica hostil. La primera es útil para nuestra evolución, la segunda supone un obstáculo […] la crítica no debería socavar la autoridad del líder”.

Los seres humanos no adquieren «personalidades totalitarias» con tanta facilidad. Incluso cuando parecen fascinados por el culto del líder o del partido, las apariencias pueden resultar engañosas. E incluso cuando parece que coinciden en todo con la propaganda más absurda —y aunque participen en desfiles, coreen consignas, canten que el partido siempre tiene la razón—, el hechizo puede romperse de repente, de manera inesperada y radical.
Con el tiempo, las naciones de Europa del Este empezaron a tener mucho menos en común. Llegada la década de 1980, Alemania del Este tenía el mayor Estado policial, Polonia las cifras más elevadas de asistencia a misa, Rumanía la más terrible escasez de alimentos, Hungría el nivel de vida más alto, y Yugoslavia la relación más relajada con Occidente. Sin embargo, en un sentido estricto, todos seguían siendo muy parecidos: ninguno de los regímenes parecía darse cuenta de que eran inestables por definición. Pasaban de una crisis a otra, no porque fueran incapaces de afinar sus políticas, sino porque el propio proyecto comunista era imperfecto.
No se puede hacer una tortilla sin romper huevos.» Ese sombrío lema, en ocasiones atribuido erróneamente a Stalin, resume la visión del mundo de los hombres y las mujeres que construyeron el comunismo y que creyeron que sus elevados objetivos justificaban el sacrificio humano. Sin embargo, cuando por fin la tortilla empieza a deshacerse —o, más precisamente, cuando se hace evidente que la tortilla nunca se cocinó—, ¿cómo se vuelven a juntar los huevos? ¿Cómo se privatizan cientos de compañías estatales? ¿Cómo se vuelven a crear las organizaciones sociales y religiosas disueltas tiempo atrás? ¿Cómo se consigue que una sociedad que se ha vuelto pasiva tras años de dictadura vuelva a activarse? ¿Cómo se hace para que la gente deje de utilizar una jerga y hable con claridad? Aunque suele utilizarse a modo de explicación sucinta del proceso, la palabra «democratización» no se ajusta realmente a los cambios que tuvieron lugar —de manera desigual y vacilante, más rápidos en algunos lugares, y mucho más lentos en otros— en la Europa poscomunista y en la antigua URSS después de 1989.
La democratización tampoco alcanza a definir la clase de cambios que tienen que darse en otras sociedades posrevolucionarias de todo el mundo.
Antes de que una nación pueda ser reconstruida, primero sus ciudadanos tienen que entender cómo se destruyó: cómo se debilitaron sus instituciones, cómo se pervirtió su lenguaje, cómo se manipuló a su gente. Tienen que conocer los detalles concretos, no las teorías generales, y han de escuchar las historias individuales, y no las generalizaciones que se hacen sobre las masas. Es necesario que entiendan lo que motivó a sus predecesores, que los vean como a gente real y no como a caricaturas en blanco y negro, víctimas o villanos. Solo entonces es posible empezar, lentamente, a reconstruir.

A great book and only problem I’m a lovely reader from “Gulag” as “red famine” from the author. The book describes the transformation suffered by the countries of Eastern Europe after the Soviet occupation during World War II. Although the process was similar in all countries, the author focuses on three of them: the eastern part of Germany (which later became the GDR), Poland and Hungary. In the same way, although it makes references to the whole history of the iron curtain, the book focuses on the period that goes from the military occupation during the war (1944) to the death of Stalin (1953). The author analyzes how the Soviet Union controlled all these countries maintaining an appearance of independence and democracy, how she tried to model the consciences of all citizens without renouncing the most subtle methods or the most brutal, as communism was transformed after the Stalin’s death and how, in the end, everything fell apart when it became clear that the system did not give more than itself.
Concentrating on Poland, Hungary and East Germany, the focus of this book is not as wide as might be presumed from either the Iron Curtain or the Eastern Europe of the title. Ann Applebaum explains her reasoning in the introduction and writes that she chose those three countries not for their similarities but for the sharp contrasts between them. Their national experiences before 1944 were markedly different, and that had an important bearing on their different experiences and reactions after they were taken into the Soviet empire.
Applebaum also helpfully sets out her objectives for the book:-
* To gain an understanding of totalitarianism, not in theory but in practice, and how it shaped the lives of millions of Europeans in the 20th Century.
* To seek evidence of the deliberate destruction of civil society and small business.
* To investigate the phenomenon of social realism and communist education.
* To gather information on the founding and early development of the region’s secret police.
* To understand how ordinary people learned to cope with the new regimes; how they collaborated, willingly or reluctantly; how and why they joined the party and other state institutions; how they resisted, actively or passively; how they came to make terrible choices that most of us in the West, nowadays, never have to face.

Generally speaking, the end result matches-up to those objectives very well. I do have a few reservations, however. Despite the huge amount of information included, the bitter hatred of many East Germans for the Stasi (secret police) and all its works is not, I feel, fully communicated to the reader. Neither am I sure that readers with no other information on the education system (which had merits as well as faults) would come out with a very full picture. Similarly with the process of joining the Communist Party – which in practice was not open to all, even though all were expected to enthusiastically subscribe to its objectives.
Social realism is well covered, as is the destruction of civil society and small business. Especially sad was the destruction of the church and youth groups, including the YMCA, that sprang back up almost spontaneously as soon as the Nazis were defeated.
The understanding and new information on totalitarianism in practice that we gain from the book comes largely through stories such as those of the suppression of independent civic and social groups; of failed enterprises such as the training of factory workers to be theatre critics; and Applebaum’s clear-sighted account of the realities of the Stakhanovite and Shock Worker movements, work targets and norms, and all that went with them.
Ultimately, whole nations were living an all-embracing tissue of lies. Included were lies about their belief in the system and enthusiasm for their leaders, and lies about their true thoughts. Indications of their thoughts were carefully graded between different audiences and environments – home, family, school, work, etc. The situation relaxed a little after Stalin died in 1953, but not tremendously. As ever, jokes were a notable form of subversive but relatively safe comment; Applebaum provides some examples.
When mass dissent broke out, in East Germany in 1953, Poland in 1955 and in Hungary in 1956, the leaders and heads of state institutions were shocked and scared, and turned immediately to Moscow for direction and support, resulting in tragedy in each case.
The archival evidence marshaled by Applebaum is usefully augmented with information on personal experiences gained from interviewees in each of the three countries examined.
The book has a detailed index, an extensive bibliography, many notes, and 46 photographs.

Iron Curtain is a little disappointing. For me, Anne Applebaum’s well-written book was too long and too detailed. I would have preferred more analysis and context. The region has had a complicated and often violent history. For most of the period between 1945 and 1956, it became a laboratory for communism, helping to prove that Marx’s theories do not work. Eastern Europe is a difficult place for most Westerners to understand. Until 1991 it really had little experience of democracy. Applebaum tends to focus on Poland which spent much of the 20th century occupied by other countries. At the time of the book’s publication Applebaum was the wife of Poland’s Minister of Foreign Affairs. She tends to give the Polish perspective, and the Poles are depicted as good people living in the wrong neighborhood. Geographically, the Poles are stuck between Germany and Russia and throughout history, they have often been invaded or occupied.
Applebaum starts by blaming the United States and Britain for abandoning Eastern Europe to Russian domination, although it is not clear what the alternatives were. The Allies declared victory and went home, they did not want to fight another war. Soviet troops gang-raped almost any women they came across, not just Germans but Poles and Hungarians. They also stole anything they could carry. The Soviet secret police accompanied the fighting troops and started to eliminate any potential malcontents amongst the local people. Those who were presumed to oppose the state were shipped off to prisons and camps modeled on the gulag, some of which were located in former Nazi concentration camps.
Ethnic cleansing was accepted by the Allies at Potsdam, including the US. Germans were expelled from Poland, Czechoslovakia, Hungary and Romania. This may seem unfair but leaving an oppressed German population in Czechoslovakia and Poland after World War 1 gave Hitler an excuse to start World War 2. The ethnic minorities in pre-war Poland which included Ukrainians, Germans and Jews felt alienated. They complained that they were marginalized in politics and denied rights that Poland had agreed to in treaties. The minorities in Czechoslovakia also felt oppressed, especially the Germans. Ethnic cleansing was probably necessary to ensure long-term peace and stability.
The communist party tried to create perfect socialists. According to Applebaum, the party assumed control of every aspect of every​day life. She discusses how communists took control of the police, youth organizations, the media (which meant radio in those days), and politics. By 1948 the Soviets had created totalitarian societies and an Orwellian state. People collaborated. Millions made their peace with communism – marching in parades, keeping opinions to themselves, and joining communist organizations – in order to have all the things the new state controlled: housing, education, employment and a measure of personal freedom. Applebaum claims that many Eastern Europeans, after six years of war, did not want to resist the Soviet Union. They wanted the war to be over and to go back to their normal lives.
Applebaum does not explain what the countries were like before the war. Most Eastern European countries were ruled by tough authoritarian regimes. The Poles were nationalistic, anti-Semitic, and xenophobic. Poland had only been a democracy for five years until Marshall Pilsudski installed himself as a dictator in 1926. Opposition voices were harassed or jailed. The Poles defeated the Soviets in a war in 1921 and argued with their neighbors over borders. In 1938 they joined with Germany in seizing part of Czechoslovakia, much to Churchill’s disgust. Nobody knows whether Poland would have embraced liberal, Western-style democracy if it been left alone after World War II.
The Soviets did not encounter much resistance in Eastern Europe. The population was docile. European countries have a long history of collaborating with invaders. In the East, the Soviet Union was just the latest in a long line of conquerors.

1945 marked one of the most extraordinary population displacements in European history. Throughout the continent, hundreds of thousands of people returned from Soviet exile, from forced labor in Germany, from concentration camps and prisoner of war camps, from hiding places and refuges of all kinds. Roads, roads, trails, and trains were packed with ragged, hungry, and dirty people.
The scenes that took place in the railway stations were especially horrifying. Starving mothers, sick children and, sometimes, whole families camped on grimy concrete floors for days and days, waiting for a train they could climb. Epidemics and hunger threatened to rage with them.
Although it has been used more frequently to describe Nazi Germany and Stalin’s Soviet Union, the word “totalitarian” or “totalitarianism” was used for the first time in the context of Italian fascism. Invented by one of his detractors, Benito Mussolini adopted the term with enthusiasm, and in one of his speeches offered what remains the best definition of the word: “Everything within the State, nothing outside the State, nothing against the State.” In its strict definition, a totalitarian regime is one that prohibits all institutions except those that have been officially approved. Thus, a totalitarian regime consists of a political party, an educational system, an artistic creed, a centrally planned economy, a unified media and a moral code. In a totalitarian state there are no independent schools, private businesses, grassroots organizations or critical thinking. Mussolini and his favorite philosopher, Giovanni Gentile, wrote about a “conception of the all-encompassing state; outside of it there can be no human or spiritual values, much less have value”.

A strange euphoria seemed to take hold of the survivors. Being alive was a relief and pain mixed with joy, and commerce, business and reconstruction began immediately, spontaneously. In the summer of 1945, Warsaw was full of activity. Stefan Kisielewski wrote: “Among the ruins of the streets there is a commotion as had not been known until now. The trade: bulle. Work: booming. Humor: everywhere. Life flows in the streets and nobody would think that this crowd is the victims of a terrible disaster, people who have barely recovered from a catastrophe or who live in extreme and inhuman conditions… ».
Of all the damage caused by World War II, the most difficult to quantify is the psychological and emotional damage. The brutality of the First World War created a generation of fascist leaders, idealist intellectuals and expressionist artists who twisted the human figure into a set of inhuman forms and colors in an attempt to capture their disorientation. But given that it implied occupation, deportation and mass displacements of civilians in addition to fighting, World War II penetrated in a much deeper way into the daily life of the people. Constant and daily violence shaped the human psyche in countless ways, not all of them easy to describe.
This also made a difference with regard to what happened in the West, particularly in the Anglo-Saxon countries.

From the beginning, the Soviet Union and the communist parties of Eastern Europe pursued their objectives through violence. They controlled the “ministries of power” of the Interior and Defense of all countries, and used the police and the incipient armies in their favor. After the end of the war, there was not the massive and indiscriminate violence of the Red Army during its march towards Berlin, but rather it was a much more selective and carefully directed political violence: arrests, beatings, executions and concentration camps. All this aimed at a relatively small number of real, suspected, imagined and future enemies of the Soviet Union and the communist parties. They intended to destroy them physically and create the feeling that any form of armed resistance was useless.
Of course, that was not what they said. At least initially, the NKVD and the new secret police forces loudly declared war on the vestiges of fascism, while the Soviet agents and the local communist parties directed their most violent propaganda against the Nazi collaborators and collaborators. In that they did not differ from the restored national governments of France, the Netherlands and the rest of Europe previously occupied.
The violence also accelerated because the expectations of the new military administrators and the local communists were quickly cut short. After what the Red Army considered its triumphal march through Europe, the local communists hoped that the working class would join the revolution. And when that did not happen, they often became angry at the “incomprehensible spirit of resistance and total ignorance” of their compatriots, as one Warsaw party official put it. Their frustration, coupled with the strong disparity of Soviet and Eastern European cultures, also directly fueled political violence.

By the end of 1948, the Communist parties of Eastern Europe and their Soviet allies had already imposed enormous changes in the new popular democracies. They had eliminated the most capable of their potential opponents. They had taken control of the institutions they considered most valuable. They had created, out of nowhere, the political police. In Poland, the armed opposition had been destroyed and the legal opposition dismantled. In Hungary and East Germany, the spontaneous “anti-fascist” movements had ceased to exist, and the parties of genuine opposition had been eliminated. In Czechoslovakia, a successful coup d’état had granted absolute power to the Communists. Parties loyal to communism now ruled Bulgaria, Romania and Albania. Social democracy, despite its deep roots in the region, had disappeared from the political scene, along with large private companies and many independent organizations.
Even so, the socialist paradise was still far away. The regimes had attracted some collaborators and some convinced supporters, and they were trying to educate more. Many tens of thousands of people had joined the party and its affiliated mass organizations, such as youth movements, women’s organizations and official unions. However, the communist parties were unpopular.
In the short term, the arrests of important communists contributed to the widespread paranoia that reached new heights in 1949, remained high until the death of Stalin in March 1953 and had a significant impact on the population, the leadership and the secret police. Since the defendants were supposed to be foreign spies, their arrests were accompanied by a wave of particularly ferocious anti-Western and anti-American propaganda.
In 1950 or 1951, it was no longer possible to identify something as coherent as a political opposition anywhere in Eastern Europe. Some Poles kept their pistols in the barn, waiting for a better moment, and one or two were still hiding in the woods. There were some officially tolerated opponents of the regime, such as Bolesław Piasecki, whose true tendency was opaque. There were a few who could criticize the less important decisions of the regime in public and who were even encouraged to do so, as long as they kept the right tone. As Bolesław Bierut had stated: “There are different kinds of criticism. There is creative criticism and hostile criticism. The first is useful for our evolution, the second is an obstacle […] the critic should not undermine the leader’s authority “.

Human beings do not acquire “totalitarian personalities” so easily. Even when they seem fascinated by the cult of the leader or the party, appearances can be deceiving. And even when they seem to coincide in all with the most absurd propaganda – and although they participate in parades, slogans, sing that the party is always right – the spell can suddenly break, unexpectedly and radically.
Over time, the Eastern European nations began to have much less in common. By the 1980s, East Germany had the largest police state, Poland the highest attendance figures, Romania the most terrible food shortage, Hungary the highest standard of living, and Yugoslavia the most relaxed relationship with the West. However, in a strict sense, they all remained very similar: none of the regimes seemed to realize that they were unstable by definition. They went from one crisis to another, not because they were unable to refine their policies, but because the communist project itself was imperfect.
You can not make an omelette without breaking eggs. “That grim slogan, sometimes misattributed to Stalin, sums up the worldview of the men and women who built communism and who believed that its lofty goals justified human sacrifice. However, when the tortilla finally begins to unravel – or, more precisely, when it becomes evident that the tortilla was never cooked – how do the eggs come together again? How are hundreds of state companies privatized? How are the social and religious organizations that were dissolved some time ago recreated? How do you get a society that has become passive after years of dictatorship to be activated again? How is it done so that people stop using a jargon and speak clearly? Although often used as a succinct explanation of the process, the word “democratization” does not really adjust to the changes that took place – unevenly and hesitantly, faster in some places, and much slower in others – in post-communist Europe and in the former USSR after 1989.
Democratization also fails to define the kind of changes that have to take place in other post-revolutionary societies throughout the world.
Before a nation can be rebuilt, its citizens must first understand how it was destroyed: how its institutions were weakened, how its language was perverted, how its people were manipulated. They have to know the concrete details, not the general theories, and they have to listen to the individual stories, and not the generalizations that are made about the masses. It is necessary that they understand what motivated their predecessors, that they see them as real people and not as black and white cartoons, victims or villains. Only then is it possible to start, slowly, to rebuild.

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