Los Primeros Editores — Alessandro Marzo Magno / Bound in Venice: The Serene Republic and the Dawn of the Book by Alessandro Marzo Magno

Lectura imprescindible para los amantes de la edición, para los enamorados de Venecia, los interesados en la cultura renacentista. Ameno y erudito, través de la edición como hilo conductor traza un recorrido inolvidable por la Venecia del renacimiento, su cultura, su organización, la sociedad, el ambiente de las calles… Una joya.
Interesante historia de impresión y publicación cuando Venecia fue el centro de ambos y la distribución de los siglos XV a XVIII, aunque disminuyó ligeramente a través de la Inquisición.
Esto cubrió un período de la historia desde la perspectiva de la República Serena, cuando se trataba de una gran potencia en el mundo… donde la mayor parte de la información que se expone en nuestras historias están sesgadas hacia la influencia de Inglaterra y España durante este período. El conocimiento es poder y el conocimiento se difundió a través del mundo editorial de Venecia durante siglos.
Los logros de las imprentas venecianas fueron realmente asombrosos teniendo en cuenta tanto el costo como los esfuerzos involucrados, me impresionó descubrir el impacto de estos emprendedores, y la creatividad desatada por el cosmopolita maquillaje de esta ciudad, que albergaba comunidades de la Diáspora de casi todas las Naciones que recibieron refugio y oportunidad en Venecia y sus alrededores.
Muy estimulante.

Si hoy, en el siglo XXI, queremos ir desde Rialto a la Plaza de San Marcos, debemos recorrer una calle llamada Mercerie. En los escaparates de las tiendas se pueden contemplar algunos de los productos que tanta fama dan a Italia: zapatos, ropa, bolsos y joyas. Hay una tienda de Gucci y también una de Ferrari, toda de color rojo, donde se expone un auténtico bólido de Fórmula 1.
Si retrocediéramos en el tiempo y recorriéramos esa misma calle en 1520, la reconoceríamos sin dificultades: en cinco siglos ha cambiado poco y, sobre todo, su vocación comercial ha permanecido intacta. Si hoy la calle Mercerie es un escaparate del made in Italy, entonces lo era del made in Venice, que, en comparación, era mucho más importante. Hoy Italia es la sexta o la séptima potencia industrial del mundo, pero hace medio milenio Venecia se encontraba en lo alto del podio. En la Europa de aquel entonces solo había tres poblaciones que superaban los ciento cincuenta mil habitantes: Venecia, París y Nápoles.
Pero lo que más atraía al visitante extranjero eran los libros: decenas y decenas de librerías acumuladas en una abundancia sin parangón en otras ciudades de Europa. Tenemos noticia de auténticas rutas de compra.
El interior de la tienda-taller es muy distinto de lo que vemos en una librería actual. El libro del siglo XVI se vende en pliegos sueltos y es el comprador quien se encarga de hacerlo encuadernar (y también miniaturizar y rubricar) a su gusto. Algunas encuadernaciones son verdaderas obras de arte realizadas con tejidos y metales preciosos. Si el libro está destinado a un monasterio, la encuadernación será más sencilla, en pergamino liso, pero también en este caso implica cierto gasto añadido en comparación con el volumen suelto. Los pliegos sueltos se empaquetan con papel azulado para ser conservados, alineados y apilados en estanterías de pared, cada uno identificado por su etiqueta con el título y el autor. En realidad hay algunos libros ya encuadernados (usados, pues), pero son pocos y se hallan en un sector muy identificable de la tienda. Cuestan el doble que la misma edición suelta para subrayar en qué medida una encuadernación puede incidir en el precio final. Estos sí se guardan de pie, pero al revés que hoy en día, para que sea visible el corte y no el lomo. El aspecto de los libros en las paredes es el de una homogénea alineación de hojas de papel, algunas horizontales, otras verticales, «con un resultado de conjunto cromáticamente muy compacto». Los libros no se identifican a partir de su encuadernación, evidentemente considerada de poca ayuda; a menudo los volúmenes antiguos han conservado hasta hoy la indicación del título y del autor impresos en el corte. El papel del librero es fundamental, no solo para explicar qué contiene el libro, sino simplemente para identificarlo y sacarlo de la estantería. Casi todas las representaciones de librerías que han llegado hasta nosotros muestran al dueño empeñado en ofrecer explicaciones al cliente.
El puente de mando de la tienda es el mostrador; ahí está el atril con el cuaderno donde el propietario anota todo lo que necesita.
El mercado editorial en Venecia es tan importante que convierte a la ciudad en una suerte de feria permanente durante todo el año. En las dos ferias de libros más importantes de Europa, Lyon y Fráncfort (esta última ha conservado la primacía europea hasta hoy), la presencia de los impresores y mercaderes venecianos es preponderante hasta principios del siglo XVII, si bien en adelante prevalece Amberes. «En Italia no había necesidad alguna de ir a las ferias para abastecerse de libros, como nos confirman numerosísimos testimonios acerca de la permanente abundancia de libros de todo género en Venecia. Normalmente, quien se proponía comprar muchos libros enviaba un representante a la ciudad con el encargo de visitar a los mejores libreros».
La distribución utiliza dos canales, el profesional y el basado en los frailes. A través de los religiosos, que llevan los volúmenes a los diversos conventos de sus órdenes, los Giunta venden dos quintas partes de la producción; se trata de puro negocio porque los frailes venden tanto textos religiosos como libros seculares (la Ilíada, por ejemplo). Es posible que los religiosos tuvieran canales de venta inaccesibles para los libreros (los albergues para los peregrinos que iban a Tierra Santa, por ejemplo). Alrededor de 1560 el mercado principal para los Giunta sigue siendo Venecia, seguida por Lyon con una relación de dos a uno; sorprendentemente, y más tratándose de florentinos, en Florencia se registran ventas muy bajas. Pero Lucantonio y sus herederos no se centran en el mercado local; son mercaderes internacionales que se focalizan en el libro en latín y solucionan de manera eficaz el problema de llevar cierto número de productos, de bajo valor unitario, a compradores diseminados por el territorio. Resulta fundamental, por tanto, estructurar una red comercial poderosa, utilizada también para otras mercancías, y mantener sólidas relaciones mercantiles. «Gracias a su actividad de mayoristas […] consiguen la hegemonía del sector del libro en Europa.»
Industrialización, globalización, marketing: todo está presente en la Venecia renacentista. Se trata de sucesos de hace medio milenio, pero las capacidades productivas y comerciales manifestadas en la capital mundial del libro de la primera mitad de siglo XVI encajarían perfectamente entre las historias de éxito de las empresas contemporáneas.

El genio de la pintura es Rafael; el de la escultura, Miguel Ángel; el de la arquitectura, Brunelleschi, y el de la imprenta, Aldo Manuzio. Aunque sea menos conocido que el autor del David, Manuzio es un genio absoluto, alguien rompedor, un revolucionario que marcó un antes y un después en la historia de la edición. Aún hoy convivimos con sus intuiciones. Quizás el libro electrónico las difumine en el futuro. Piensen ustedes en el libro de bolsillo. Lo inventó Manuzio. ¿Y la cursiva (que no por casualidad en inglés se llama italic)? Obra de Manuzio. ¿Los best sellers? Manuzio fue el primero en imprimirlos. Como ya se ha mencionado, logró que Petrarca (muerto un siglo y medio antes) vendiera la astronómica cantidad de 100.000 ejemplares (obviamente, no solo en su edición). Si 100.000 ejemplares representan un gran éxito hoy en día, imaginemos a principios del siglo XVI. Y además revoluciona el uso de la puntuación, convirtiéndose en el padre del punto y coma; es el primero en usarlo por sugerencia del humanista Pietro Bembo. Lo traslada del griego al latín y a la lengua vulgar, a la que añade apóstrofos y acentos.
Manuzio ha cambiado definitivamente el método de aprendizaje en Europa: «Cuando el protagonista de Utopía de Tomás Moro (1516) quiere enseñarles a los utopianos a imprimir, les muestra los libros griegos de Aldo, símbolo de lo mejor que la literatura y la tecnología europeas pueden ofrecer».[91]
En veinte años, Aldo Manuzio el Viejo ha publicado 132 libros, entre ellos 73 clásicos (34 en latín, 39 en griego), 8 en italiano vulgar, 20 obras contemporáneas en latín y 18 manuales escolares (12 en griego). De las 49 primeras ediciones en griego publicadas por todos los editores, Aldo imprime 30. Excluyendo el periodo bélico de 1506-1512, durante el cual publica solo 11 libros, consigue mantener una media de 10 libros al año, es decir, casi uno al mes, en unos tiempos en los que la composición se hacía cogiendo los tipos de las cajas con las pinzas (exactamente como hasta hace unas pocas décadas).

Lo que le hace considerar a Mahmoud Salem Elsheikh que el ejemplar del Corán conservado en Venecia es una prueba y no una copia sobrevivida de una tirada más amplia es la presencia de un error solamente en una de dos páginas repetidas. A ver si lo entendemos mejor. Cualquier edición del Corán se abre de la misma forma: la primera página es una portadilla y en la segunda empieza el texto con los cuatro versículos de la así llamada «Sura de la Vaca»; siguen las otras suras hasta un total de 114, pero Albonesi en este caso cuenta 115. No es que haya una sura de más, simplemente la última hoja del libro impreso por Paganini repite la segunda, es decir, la Sura de la Vaca (en fin, el Corán impreso en Venecia tiene una página de más). En la primera Sura de la Vaca hay un error que en la segunda ha sido corregido, pero en esta última página hay otro error que no se encuentra en la primera; esto probaría —según Elsheikh— que existía otro modelo de impresión de la misma página para la corrección. «Está claro que alguien lo intentó —observa el docente egipcio—, no se sabe si la operación fue bloqueada por el comprador, por el consejero, o por la falta de dinero; en cualquier caso, la impresión del libro se detuvo porque el borrador está lleno de errores.»
También alrededor de los tipos el misterio es total: quién los preparó, quién los fundió, dónde acabaron, si se usaron los tipos utilizados en 1516 por Agostino Giustiniani para imprimir en Génova el Salterio, una Biblia políglota en cinco idiomas distintos (árabe, hebreo, latín, griego y arameo). Lo único cierto es que nadie más en Venecia usará caracteres árabes durante varias décadas. «El Corán de 1538 es importante desde el punto de vista filológico. Por lo demás, se trata de una operación comercial pura y dura, como hubo muchas. Desde el punto de vista religioso, no tiene valor alguno», precisa Elsheikh.

Lo único cierto es que se llamaba Yakob y que imprimió el primer libro en armenio en 1512. Y habrá que esperar ciento veintiséis años, hasta 1638, para el primer libro armenio impreso en Oriente, en Nueva Julfa, un barrio de Isfahán, en Persia, y doscientos sesenta, hasta 1772, para la aparición de un libro armenio en la actual Armenia, salido de la imprenta de Edjmiatzin, sede del catholicós de todos los armenios (en aquel tiempo se trataba de Simeón de Ereván).
Todo lo demás es una gran incógnita. Ni siquiera el apellido de Yakob es una certeza; aquel Melapart puesto en sus libros podría ser indicativo de la familia, pero también podría ser un simple adjetivo, considerando que significa «pecador».
La edición militar es, de hecho, un negocio enorme y son muchos los que se lanzan a él, sin que nadie monopolice el sector; las primeras ediciones de los 53 títulos originales (a los cuales se añaden 10 reediciones y 4 traducciones) están a cargo de 31 impresores distintos. Solo un editor, Gabriel Giolito de’ Ferrari, imprime 10 títulos, y aunque no está especializado en publicaciones de carácter bélico, podemos considerar que «desde 1541 es el más activo de los impresores venecianos».
Uno de los motivos que explicarían esta ausencia en la edición bélica naval podría ser el hecho de que el choque en mar abierto se evitaba siempre que fuera posible y la tarea principal de la flota consistía en transportar soldados y provisiones en apoyo de las operaciones terrestres. Y no hay que olvidar tampoco la función disuasiva: los barcos venecianos se enviaban a los puntos calientes del Mediterráneo para mostrar su bandera y dejar entender que era mejor no tenérselas que ver con ellos. Una suerte de primer fleet in being que caracterizaría las políticas navales hasta la Primera Guerra Mundial.
Hasta la tercera década del XVI la vía principal para alcanzar los mercados del norte era la marítima, y era la que seguía la así llamada Muda de Flandes, que hacía puerto en Southampton antes de llegar a su destino final, precisamente Flandes. Se llamaban «mudas» a las escoltas de galeras mercantiles en las líneas fijas de navegación (por ejemplo de Alejandría, Siria, Rumanía), que cada año el gobierno subastaba. La Muda de Flandes dejó de operar porque las aguas en las que navegaba estaban llenas de piratas y se sustituyó con líneas de tierra más costosas pero más seguras. Así, los libros, y todos los demás bienes, navegan todo lo que pueden por los ríos Adige y Po, hasta los puntos de transbordo hacia los pasos alpinos más importantes: Brennero, San Gotardo, Gran San Bernardo. Las nuevas rutas de tierra no le impedirán al comercio del libro veneciano ser durante mucho tiempo el más importante de Europa.

Los libros de tema religioso, entre el 13 y el 15 por ciento de los nuevos títulos en los años cincuenta, se convierten en el 25 por ciento entre 1562 y 1582 y en el 33 por ciento durante el resto del siglo. Por otro lado, la literatura profana en lengua vulgar, que en los años cincuenta constituía entre el 25 y el 31 por ciento del total, desciende al 20 por ciento en la siguiente década para luego mantenerse a un nivel constante o un poco inferior. En vez de obras de cultura laica, que hubieran podido ser tachadas de anticlericales, irreverentes y obscenas, los tipógrafos preferían imprimir ahora libros de devoción. La suma de la producción en estos dos campos seguirá oscilando durante toda la segunda mitad del siglo, entre el 43 y el 57 por ciento (con una media de 49) del total de los títulos autorizados con imprimátur.
Entre 1826 y 1935 Venecia pierde definitivamente la primacía en la producción de libros karamanlides, aunque la obra de Glici es continuada por la tipografía griega de la Fenice. La literatura karamanlide se extingue poco después de 1923, cuando los helénicos de Asia Menor, sin distinción de lengua, son obligados a desplazarse a Grecia. El último libro conocido es de 1929, impreso en Atenas, y hay noticia de una edición de 1935 que, sin embargo, nunca ha sido encontrada. También el uso del turco por parte de poblaciones griegas está casi del todo extinguido, quizá solamente algún anciano sea capaz de recordar una canción o un poema aprendidos durante la infancia.
La caída de la república a manos de Napoleón, el 12 de mayo de 1797, y la consecuente pérdida para Venecia del estatus de capital de un estado, provocan el fin de casi todas las actividades editoriales, con una vistosa excepción: la lengua armenia. Hemos visto lo que ocurrió en el siglo XVI, pero la actividad editorial seguía siendo muy vibrante. La primera edición de la Biblia armenia se imprime en Ámsterdam en 1666 y gran parte de los ejemplares acaban en el mar durante su traslado a Constantinopla.
La edición veneciana vive una especie de breve renacimiento entre los siglos XIX y XX gracias a Ferdinando Ongania, uno de los primeros en utilizar la fotografía en el libro de arte y en «intuir las notables posibilidades que podía ofrecerle a la imprenta tradicional». Su obra La Basilica di San Marco in Venezia —16 volúmenes y diez años para realizarlos, 425 ilustraciones reunidas en 391 tablas— es una extraordinaria exploración por las imágenes de la iglesia más famosa de la ciudad y lo coloca entre los mejores editores de «cosas de arte» de su tiempo.
Ongania posee todas las características que habían animado a sus predecesores del siglo XVI: intuición emprendedora, ganas de innovar y experimentar, capacidad para utilizar técnicas nuevas. El éxito le sonríe, pero Venecia ya no es la metrópolis en el centro del mundo de cuatro siglos atrás, y su actividad se resiente: publica 145 títulos y su gran mérito es haber hecho fotografiar cada esquina de la ciudad, permitiéndonos saber cómo eran las zonas que serían mutiladas por las demoliciones posteriores. La actividad se interrumpe de repente, cuando muere a los sesenta y nueve años, en la noche entre el 20 y el 21 de agosto de 1911, en Saint Moritz, Suiza. Hacía poco que había recuperado la ingente inversión necesaria para producir la obra sobre la basílica y había decidido concederse por fin unas vacaciones, en compañía de una de sus hijas. Después de su muerte el negocio se ve abocado al cierre y con él desaparece el último genio, aunque en otra época, de la edición veneciana.

Essential reading for the lovers of the edition, for those in love with Venice, those interested in the Renaissance culture. Entertaining and erudite, through the edition as a conductor, it traces an unforgettable journey through the Venice of the Renaissance, its culture, its organization, the society, the atmosphere of the streets… A jewel.
Interesting history of printing and publishing when Venice was the center of both and distribution from the fifteenth through eighteenth century, though diminished slightly through the Inquisition.
This covered a period in history from the perspective of the Serene Republic, when it was a major power in the world…where most information that is put forth in our histories are biased toward both England and Spain’s influence during this period. Knowledge is power and knowledge was disseminated through the publishing world of Venice for centuries.
The accomplishments of the Venetian printing houses was truly amazing considering both the cost and efforts involved, I was impressed to discover the impact of these entrepreneurs, and the creativity unleashed by the cosmopolitan make up of this city, that harbored communities of the diaspora of nearly every nation who were given refuge and opportunity in Venice and its environs.
Very thought provoking.

If today, in the 21st century, we want to go from Rialto to the Plaza de San Marcos, we must walk along a street called Mercerie. In the shop windows you can see some of the products that are so famous in Italy: shoes, clothes, bags and jewelry. There is a Gucci store and also a Ferrari store, all red, where an authentic Formula 1 racing car is exhibited.
If we went back in time and traveled that same street in 1520, we would recognize it without difficulties: in five centuries it has changed little and, above all, its commercial vocation has remained intact. If Mercerie Street today is a showcase for Made in Italy, then it was Made in Venice, which, in comparison, was much more important. Today Italy is the sixth or seventh industrial power in the world, but half a millennium ago Venice was at the top of the podium. In Europe at that time there were only three populations that exceeded one hundred and fifty thousand inhabitants: Venice, Paris and Naples.
But what most attracted the foreign visitor were the books: dozens and dozens of bookstores accumulated in an abundance unparalleled in other cities of Europe. We have news of authentic routes of purchase.
The interior of the shop-workshop is very different from what we see in a current bookstore. The book of the sixteenth century is sold in loose sheets and it is the buyer who is responsible for making it bind (and also miniaturize and initial) to your liking. Some bindings are true works of art made with precious metals and fabrics. If the book is intended for a monastery, the binding will be simpler, in smooth parchment, but also in this case involves some added expense compared to the loose volume. The loose sheets are packaged with bluish paper to be conserved, aligned and stacked on wall shelves, each identified by its label with the title and the author. Actually there are some books already bound (used, then), but they are few and they are in a very identifiable sector of the store. They cost twice as much as the same loose edition to underline the extent to which a binding can affect the final price. These are kept upright, but unlike today, so that the cut is visible and not the spine. The appearance of the books on the walls is that of a homogeneous alignment of sheets of paper, some horizontal, others vertical, “with a chromatically very compact result.” The books are not identified from their binding, evidently considered of little help; often the old volumes have retained until today the indication of the title and the author printed in the cut. The role of the bookseller is fundamental, not only to explain what the book contains, but simply to identify it and remove it from the shelf. Almost all the bookstore representations that have reached us show the owner determined to offer explanations to the client.
The command bridge of the store is the counter; there is the lectern with the notebook where the owner writes down everything he needs.
The publishing market in Venice is so important that it turns the city into a kind of permanent fair throughout the year. In the two most important book fairs in Europe, Lyon and Frankfurt (the latter has retained European primacy to this day), the presence of Venetian printers and merchants is prevalent until the early seventeenth century, although Antwerp prevails from now on. “In Italy there was no need to go to the fairs to stock up on books, as many testimonies confirm us about the permanent abundance of books of all kinds in Venice. Normally, whoever intended to buy many books would send a representative to the city with the assignment of visiting the best booksellers”.
The distribution uses two channels, the professional and the one based on the friars. Through the religious, who take the volumes to the various convents of their orders, the Giunta sell two fifths of the production; It is pure business because the friars sell both religious texts and secular books (the Iliad, for example). It is possible that religious had sales channels inaccessible to booksellers (hostels for pilgrims going to the Holy Land, for example). Around 1560 the main market for the Giunta is still Venice, followed by Lyon with a ratio of two to one; surprisingly, and more in the case of Florentines, in Florence there are very low sales. But Lucantonio and his heirs do not focus on the local market; They are international merchants who focus on the book in Latin and effectively solve the problem of bringing a certain number of products, of low unit value, to buyers scattered throughout the territory. It is fundamental, therefore, to structure a powerful commercial network, also used for other merchandise, and to maintain solid mercantile relations. “Thanks to their activity as wholesalers […] they achieve the hegemony of the book sector in Europe.”
Industrialization, globalization, marketing: everything is present in Renaissance Venice. These are events of half a millennium ago, but the productive and commercial capacities manifested in the book capital of the first half of the sixteenth century would fit perfectly among the success stories of contemporary companies.

The genius of painting is Rafael; the one of the sculpture, Miguel Ángel; that of architecture, Brunelleschi, and that of the printing press, Aldo Manuzio. Although less known than the author of David, Manuzio is an absolute genius, someone breaking, a revolutionary who marked a before and after in the history of the edition. Even today we live with your intuitions. Maybe the e-book will blur them in the future. Think of the pocket book. It was invented by Manuzio. And the italics (which not by chance in English is called italic)? Work of Manuzio. The best sellers? Manuzio was the first to print them. As already mentioned, managed to Petrarch (died a century and a half before) sold the astronomical amount of 100,000 copies (obviously, not only in its edition). If 100,000 copies are a great success today, imagine at the beginning of the 16th century. And it also revolutionizes the use of punctuation, becoming the father of the semicolon; he is the first to use it at the suggestion of the humanist Pietro Bembo. He translates it from Greek to Latin and to the vulgar language, to which he adds apostrophes and accents.
Manuzio has definitely changed the method of learning in Europe: «When the protagonist of Tomás Moro’s Utopia (1516) wants to teach utopians to print, he shows them the Greek books of Aldo, a symbol of the best of European literature and technology can offer ». [91]
In twenty years, Aldo Manuzio el Viejo has published 132 books, among them 73 classics (34 in Latin, 39 in Greek), 8 in vulgar Italian, 20 contemporary works in Latin and 18 textbooks (12 in Greek). Of the first 49 editions in Greek published by all the editors, Aldo prints 30. Excluding the war period of 1506-1512, during which he publishes only 11 books, he manages to maintain an average of 10 books a year, that is, almost one at month, at a time when the composition was done by taking the types of boxes with the clips (exactly as until a few decades ago).

What makes him consider Mahmoud Salem Elsheikh that the copy of the Qur’an preserved in Venice is a proof and not a survived copy of a wider circulation is the presence of an error only on one of two repeated pages. Let’s see if we understand it better. Any edition of the Qur’an opens in the same way: the first page is a cover page and in the second one the text begins with the four verses of the so-called “Sura de la Vaca”; follow the other suras to a total of 114, but Albonesi in this case has 115. It is not that there is one more sura, simply the last page of the book printed by Paganini repeats the second, that is, the Sura de la Vaca (in end, the Koran printed in Venice has one more page). In the first Sura de la Vaca there is an error that in the second one has been corrected, but in this last page there is another error that is not found in the first one; this would prove -according to Elsheikh- that there was another model of printing the same page for correction. “It is clear that someone tried,” observes the Egyptian teacher, “it is not known if the operation was blocked by the buyer, by the counselor, or by the lack of money; In any case, the printing of the book stopped because the draft is full of errors.
Also around the types the mystery is total: who prepared them, who melted them, where they ended, if the types used in 1516 by Agostino Giustiniani were used to print in Genoa the Psalter, a polyglot Bible in five different languages ​​(Arabic, Hebrew , Latin, Greek and Aramaic). The only certainty is that no one else in Venice will use Arabic characters for several decades. “The Qur’an of 1538 is important from the philological point of view. For the rest, it is a pure and tough commercial operation, as there were many. From the religious point of view, it has no value, “says Elsheikh.

The only certain thing is that it was called Yakob and that it printed the first book in Armenian in 1512. And it will be necessary to wait one hundred and twenty-six years, until 1638, for the first Armenian book printed in the East, in Nueva Julfa, a district of Isfahan, in Persia , and two hundred and sixty, until 1772, for the appearance of an Armenian book in present-day Armenia, from the printing house of Edjmiatzin, seat of the Catholicos of all Armenians (at that time it was Simeon of Yerevan).
Everything else is a big mystery. Not even Yakob’s surname is a certainty; that Melapart put in his books could be indicative of the family, but it could also be a simple adjective, considering that it means “sinner”.
The military edition is, in fact, a huge business and there are many who throw themselves at it, without anyone monopolizing the sector; the first editions of the 53 original titles (to which 10 reeditions and 4 translations are added) are in charge of 31 different printers. Only one editor, Gabriel Giolito de ‘Ferrari, prints 10 titles, and although he is not specialized in warlike publications, we can consider that “since 1541 he is the most active of the Venetian printers”.
One of the reasons that would explain this absence in the naval war edition could be the fact that the clash in the open sea was avoided whenever possible and the main task of the fleet was to transport soldiers and supplies in support of ground operations. And do not forget the dissuasive function: the Venetian ships were sent to the hot spots of the Mediterranean to show their flag and let it be understood that it was better not to have them to do with them. A sort of first fleet in being that would characterize the naval policies until the First World War.
Until the third decade of the sixteenth the main route to reach the markets of the north was the maritime, and was the one that followed the so-called Muda de Flandes, which made port in Southampton before reaching its final destination, precisely Flanders. The escorts of mercantile galleys were called “silent” on the fixed lines of navigation (for example, Alexandria, Syria, Romania), which the government auctioned each year. The Flanders Mud stopped operating because the waters in which it was sailing were full of pirates and replaced with more expensive but safer land lines. Thus, books, and all other goods, navigate as much as they can along the Adige and Po rivers, to the points of transshipment to the most important alpine passes: Brennero, San Gotthard, Great San Bernardo. The new land routes will not prevent the Venetian book trade from being for a long time the most important in Europe.

The books of religious theme, between 13 and 15 percent of the new titles in the fifties, become 25 percent between 1562 and 1582 and 33 percent for the rest of the century. On the other hand, profane literature in the vulgar language, which in the 1950s constituted between 25 and 31 percent of the total, drops to 20 percent in the following decade and then remains at a constant or a little lower level. Instead of works of secular culture, which could have been labeled anticlerical, irreverent and obscene, typographers now preferred to print books of devotion. The sum of production in these two fields will continue to oscillate throughout the second half of the century, between 43 and 57 percent (with an average of 49) of the total titles authorized with imprimatur.
Between 1826 and 1935 Venice definitively lost the primacy in the production of karamanlid books, although the work of Glici is continued by the Greek typography of the Fenice. Karamanlide literature is extinguished shortly after 1923, when the Hellenic of Asia Minor, without distinction of language, are forced to move to Greece. The last known book is from 1929, printed in Athens, and there is news of a 1935 edition that, however, has never been found. Also the use of Turkish by Greek populations is almost completely extinct, perhaps only some old man is able to remember a song or a poem learned during childhood.
The fall of the republic at the hands of Napoleon, on May 12, 1797, and the consequent loss to Venice of the status of capital of a state, brought about the end of almost all publishing activities, with a striking exception: the Armenian language. We have seen what happened in the sixteenth century, but the publishing activity was still very vibrant. The first edition of the Armenian Bible was printed in Amsterdam in 1666 and a large part of the copies ended up in the sea during its transfer to Constantinople.
The Venetian edition lives a kind of brief revival between the nineteenth and twentieth centuries thanks to Ferdinando Ongania, one of the first to use photography in the art book and to “intuit the remarkable possibilities it could offer traditional printing”. His work The Basilica of San Marco in Venezia -16 volumes and ten years to make them, 425 illustrations gathered in 391 tables- is an extraordinary exploration of the images of the most famous church in the city and places it among the best editors of « of art »of his time.
Ongania possesses all the characteristics that had animated his predecessors of the sixteenth century: entrepreneurial intuition, desire to innovate and experiment, ability to use new techniques. Success smiles at him, but Venice is no longer the metropolis at the center of the world four centuries ago, and its activity suffers: it publishes 145 titles and its great merit is to have every corner of the city photographed, allowing us to know what the areas that would be mutilated by subsequent demolitions. The activity is suddenly interrupted, when he dies at sixty-nine, on the night between August 20 and 21, 1911, in Saint Moritz, Switzerland. He had recently recovered the huge investment needed to produce the work on the basilica and had decided to finally give himself a holiday, in the company of one of his daughters. After his death the business is forced to close and with it disappears the last genius, although in another era, the Venetian edition.

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