Anschluss. La Anexión -La Unificación De Alemania Y El Futuro De Europa — Vladimiro Giacchè / Anschluß – Die Deutsche Vereinigung und die Zukunft Europas (Anschluss. Annexation-The Unification Of Germany And The Future Of Europe) by Vladimiro Giacchè

Después de haber leído el libro en la crítica de la forma en que Alemania ha integrado la parte oriental y el mal papel desempeñado por la política, el autor comienza a culpar a los fracasos del mercado que no tienen nada que ver con la unión alemana. Y recomienda un papel activo del estado en la economía (donde ya gasta el 50% del PIB). Un gran acierto.

La historia de la unificación de Alemania entró en el imaginario colectivo mediante las imágenes de dos noches. La primera es la del 9 de noviembre de 1989, en la que cae el muro de Berlín. La segunda, la del 1 de julio de 1990, cuando —al filo de la medianoche— multitudes de ciudadanos de Alemania del Este se precipitan ante los bancos para cambiar sus marcos del Este por los del Oeste.
El canciller alemán Kohl propone el 28 de noviembre al Bundestag un “Programa de 10 puntos para la superación de la división de Alemania y de Europa”, que no vaya más alláde una previsión de una confederación entre los dos Estados como final de un proceso gradual. A corto plazo, no excluye la concesión de ayudas económicas a la RDA, pero condicionadas a la inclusión del abandono de la economía planificada en favor de las “condiciones de la economía de mercado”.
La situación económica de la RDA empeora, también a causa de la falta de fuerza de trabajo, provocando una caída significativa de la producción a partir del mes de noviembre. El flujo de ciudadanos alemanes-orientales que se van a Alemania del Oeste, aumenta en la segunda mitad del año, haciéndose incontrolable después de la apertura de las fronteras. A finales de 1989 han abandonado la RDA 343.854 personas (el año anterior los traslados habían sido 39.832, algo más de un 10%.
En el plano internacional, el 30 de enero se reúne con Gorbachov y propone un plan articulado en tres fases para la unificación de las dos Alemanias: en primer lugar, una comunidad entre naciones regulada por un tratado que contenga ya los elementos de una confederación; después, una confederación entre los dos estados con órganos e instituciones comunes; finalmente, en el plazo de tres años, una nación única. Y todo ello bajo un presupuesto: la neutralidad del nuevo estado alemán en el contexto de confrontación entre ambos bloques militares. Gorbachov muestra su conformidad y Modrow hace pública su iniciativa el 1º de febrero (Modrow 1990). Para Alemania del Este la propuesta es ventajosa al no representar una pura y simple anexión por parte de la Alemania del Oeste y ser compatible con una reestructuración de la economía que, para poder ser eficaz, no debe exponer inmediatamente las empresas a la competencia con el Oeste; y para la URSS, impedir que OTAN se acerque a sus propias fronteras. Sobre el papel, la propuesta de Modrow puede tener éxito.
Pero en los diez primeros días de febrero dos elementos nuevos desbaratan el cuadro. El primero se refiere a los propios soviéticos. El 7 y 8 de febrero, el secretario de Estado estadounidense James Baker vuela a Moscú y mantiene un coloquio con los dirigentes soviéticos, al término del cual recibe de Gorbachov vía libre para la unificación y el ingreso de la Alemania unificada en la OTAN: lo contrario de cuanto el secretario general del PCUS había pactado con Modrow.
El segundo es del 7 de febrero y es la propuesta, avanzada por el canciller Kohl a la RDA, de abrir negociaciones inmediatas para la unión monetaria.
El espantajo de una RDA en bancarrota fue agitado por Kohl en el momento en que lanzó la propuesta de la unión monetaria: el 9 de febrero de 1990, dos días después del anuncio del canciller, su portavoz, Teltschik, difunde informalmente a la prensa incluso el rumor —absolutamente falso— de que la RDA “entraría en quiebra en pocos días”.
Esto se convertiría en un lugar común, sobre todo tras la unión monetaria, con el doble objetivo de confirmar la inevitabilidad (e incluso la urgencia) del proceso de unificación llevado a cabo y, al mismo tiempo, cargar sus fracasos y sus pasos en falso a las condiciones de partida de una “economía en ruinas”.
Podemos extraer algunas conclusiones. La primera es que la RDA, en 1989, no era insolvente, ni corría ese riesgo a corto plazo. Es bien conocido que, con referencia a la deuda, “lo decisivo normalmente no es el nivel absoluto de deuda sino la capacidad de pago de la misma en los plazos previstos”. Pero también, desde este punto de vista, la RDA no estaba en una situación de emergencia. En todo caso, el patrimonio del Estado era muy superior que la deuda.
La segunda es que, en relación a las cuentas actuales del endeudamiento de los estados, regiones y ciudades —comenzando por los Länder del Este— su deuda externa puede causar risa: basta pensar, por poner solo un ejemplo, que la deuda solamente de la ciudad de Berlín en 2006 superaba los 60 mil millones de euros: o sea, 4 veces la deuda de la RDA con Occidente.
Podemos distinguir tres órdenes de motivos: 1) motivos relativos a las condiciones de partida y al contexto histórico en el que la RDA se desarrolló; 2) motivos relacionados con el sistema económico y 3) motivos relativos a direcciones equivocadas de política económica.
1) El peso de las condiciones de partida y del contexto histórico fue muy notable. Hoy se tiende a olvidarlo por evidentes motivos de propaganda y polémica política (así es posible atribuirlo todo al “sistema”), por ello es tanto más importante decir algo al respecto.
Sobre la RDA recae casi por entero el peso de las reparaciones de guerra decididas por los vencedores y adeudadas a la Unión Soviética.
2) Por lo que respecta al sistema económico, las tesis, formuladas en 1946 por un exponente de primera línea del SED como Anton Ackermann, de una “particular vía alemana al socialismo”, fueron rápidamente abandonadas y la economía alemana-oriental fue reorganizada adoptando el modelo soviético, que preveía una rígida centralización económica y una dirección administrativa de la economía.
3) Las equivocadas orientaciones de política económica tuvieron un gran peso enla crisis de los últimos años de la RDA. Ellas no pueden ser deducidas como tales del sistema económico, pero es evidente que la construcción misma del sistema administrativo de dirección de la economía, en el que el partido y especialmente su secretario general desempeñaban un papel central, les abría la vía a las mismas. Efectivamente, en toda la historia de la RDA se repiten errores que pueden ser fácilmente reconducidos al voluntarismo y al subjetivismo político.

La crisis de la RDA es política. Y esencialmente son políticoslos objetivos de la aceleración imprimida por Kohl al proceso de acercamiento entre los dos estados alemanes.
El primero es de naturaleza exquisitamente táctica: para finales de año están previstas las elecciones generales en Alemania Occidental. Los pronósticos no son muy favorables para Kohl, también porque la economía no va bien.
El otro motivo de carácter político es de orden más estratégico. Se trata de aprovechar la disponibilidad de Gorbachov a permitir la unificación de Alemania bajo la égida de la Alemania Federal, ante el temor de que un eventual cambio en el poder en Moscú pueda llevar a la dirección de la Unión Soviética a un interlocutor mucho menos maleable. Es necesario aprovechar esta ventana de oportunidades antes de que se cierre.

“La unión monetaria ha representado el punto de no retorno y el acontecimiento determinante de la construcción de la unidad alemana”. Todo lo que vino después, desde las privatizaciones de las empresas públicasa la financiación del Este por el Oeste, “se basó en las consecuencias de la unión monetaria”. El principal objetivo de la unión monetaria no era económico, sino político: se trataba de hacer irreversible el proceso de unificación.
Desde el 1 de julio la Treuhand es dueña de todas las fábricas y las empresas estatales de la RDA, que emplean a 4,1 millones de personas (más de una cuarta partede toda la población de la RDA y el 46% de los empleados del país). Están en sus manos 8.500 Kombinate y empresas, 20.000 tiendas de distintas dimensiones, 7.500 mesones y restaurantes, 900 librerías, 1854 farmacias, 3,68 millones de hectáreas de superficie agrícola y forestal e inmuebles por un total de 25 mil millones de metros cuadrados.
Entre las prioridades del instituto, la privatización se sitúa rápidamente a la cabeza, también con relación al saneamiento. Y éste último, por lo demás, es concebido por la ley del 17 de junio como funcional a la privatización: realmente el objetivo de la Treuhand no es salvar las empresas de propiedad pública, sino de posibilitar la privatización.
Se llenó no tanto de empresarios sino de miembros de los grupos de presión alemanes-occidentales. Especuladores inmobiliarios, que compraban las empresas para vender los terrenos de nuevo, pero también verdaderos y propios estafadores, que canalizaban en sus propios honorarios y en los de sus empresas los fondos recibidos de la Treuhandanstalt para sanear las empresas adquiridas en el Este. En la sede de la Treuhandanstalt de Halle un grupo de funcionarios corruptos pusieron en pie una verdadera y propia asociación de delincuentes confabulados con personas ya conocidas en los Tribunales del Oeste. Centenares de miles de puestos de trabajo y miles de empresas se desvanecieron en el aire debido alas malversaciones o —simplemente— a los criterios insensatos adoptados por los privatizadores.
En conjunto, los adquirentes de las empresas del Este son muy diversos: a los Alemanes del Oeste fue el 87% de las empresas privatizadas, a los compradores extranjeros el 7% y apenas el 6% a los ex ciudadanos de la RDA. Estos últimos no poseían ni capital para comprar las empresas (¡eran precisamente estas empresas, o sea, la propiedad pública, las que representaban en teoría la parte más significativa de su capital!), ni gozaban de la confianza de la banca y, en general, ni la de los funcionarios de la Treuhand.
La moraleja de la fábula, leída desde el punto de vista de un alemán del Este, es muy simple: los únicos monopolios que les gustan a los capitalistas de Alemania del Oeste son los suyos (ejemplo de Lufthansa con Interflug).

En el momento en el que cierra sus puertas, a finales de 1994, el balance de la Treuhand muestra un agujero de 256 mil millones de marcos. Si el 19 de octubre de 1990 el entonces presidente del instituto, Rohwedder, había podido jactarse ante la cámara de comercio de Viena de que toda la “ensalada” por privatizar ascendía a un valor de 600 mil millones de marcos alemanes, a poco más de cuatro años de distancia esa cifra se había volatizado y en su lugar había un agujero de más de 250 mil millones: en otras palabras, la Treuhandanstalt había destruido un valor de 1 billón de marcos.
Las ganancias de las privatizaciones ascendieron a 73 mil millones de marcos (casi 34 mil millones de euros), de los que a finales de 1994 se habían ingresado poco más de la mitad: 37 mil millones. Todo esto por la privatización de una economía entera.
El asunto se convirtió en un gran negocio para los bancos. Ellos fueron privatizados a precios bajísimos pero con una cartera de deuda enorme (correspondiente precisamente a las “deudas antiguas”), garantizada por el Estado. Y es el mismo Tratado sobre la unión monetaria, económica y social, el que, mediante un anexo específico, preveía la cobertura pública de los préstamos efectuados por la banca privatizada que deberían considerarse incobrables.
Liberar al Estado de la obligación de garantizar los préstamos incobrables hace más escandalosa aún la desproporción entre el precio pagado por los adquirentes de los bancos de la Alemania del Este y el valor de los préstamos realizados por ellos. Por ejemplo, el Instituto de Crédito Berliner Stadtbank fue desgajado del Staatsbank y vendido al Berliner Bank por apenas 49 millones de marcos, aunque poseía una cartera de “antiguas deudas” de 11,5 mil millones de marcos.
El problema estaba en que ahora los bancos privatizados no exigían solamente el interés originario del 0,5% sino que exigían el 10%. El señor Schmidt, escandalizado también porque los bancos, que se encontraron estos créditos en la cartera y que estaban garantizados por el Estado ante eventuales pérdidas, exigieran intereses tan abusivos, decide oponerse, impugnando judicialmente la legitimidad de estos préstamos. La causa recorrió todas las instancias judiciales y concluyó finalmente en 1993 ante la instancia suprema de la justicia ordinaria de Alemania Occidental, el Tribunal Federal de Justicia. El cual rechazó el recurso del señor Schmidt y declaró legítimas las deudas antiguas de la cooperativa agrícola.
Una cosa es cierta: con las “deudas antiguas” la Alemania unida escribió una página —importante aunque poco gloriosa— de la historia de las “deudas ilegítimas”. Se puede auspiciar que antes o después los estudiosos cada vez más numerosos que se interesan por este tema lo tomen seriamente en consideración en sus investigaciones.

El impacto inmediato de la unificación económica en Alemania del Este se puede resumir en pocas cifras. En dos años, de 1989 a 1991, el PIB es de -44 por ciento, incluso la producción industrial es de -67 por ciento; los desempleados oficiales (los registrados como tales en las oficinas de empleo) son 830.000; pero, sobre todo, el número de los trabajadores ocupados disminuye en más de 2 millones (2.095.000), de los 8,9 millones de 1989 a los 6,8 millones en 1991. Se dijo que esto era el resultado de la “anexión no prevista de un territorio económico con baja productividad del trabajo a un territorio muy desarrollado”.
La conclusión es obligada: tras los procesos impulsados por la unión económica y monetaria la Alemania del Este, “como economía orientada a la exportación, ha devenido una economía para la demanda interna”. Es decir, en concreto, una economía dependiente de las trasferencias del Oeste. Es correcta la opinión expresada al respecto por Hans Modrow: “con la RDA no se ha liquidado solo un Estado independiente, sino también un territorio autosuficiente desde el punto de vista industrial y económico.
El proceso de desindustrialización también fue extremadamente rápido. Ya en la primera mitad de 1991 la producción industrial había caído un 67 por ciento respecto al nivel de 1989, pero con picos del 70 por ciento en el sector de la industria de maquinaria, del 75 por ciento en la electrónica y del 86 por ciento en la mecánica de precisión. A finales de 1991 era ya un tercio del anterior “punto de inflexión” del 89. Pero el proceso no se detuvo.
La mutación del panorama industrial de Alemania del Este no puede reducirse a la destrucción de la industria. Esa destrucción se dio, pero estuvo acompañada también de importantes cambios morfológicos y funcionales de las empresas.
El más relevante está referido al tamaño. La Treuhandanstalt desmanteló los grandes Kombinados y liquidó muchas de las empresas que formaban parte de ellos.
El asunto de la emigración contiene en sí una amarga ironía.
Fue precisamente la necesidad de bloquear la emigración uno de los argumentosempleados por el gobierno de Kohl para convencer a la opinión pública alemana de lo irrenunciable de una unificación lo más rápida posible.
Mientras que la emigración, con el paso del tiempo, ha perdido un poco de su importancia en la determinación de las tendencias demográficas, por así decir, por ausencia de “materia prima”, el descenso de la natalidad en el Este es cada vez más importante.
Además, en este caso, con la unificación no continuó (o no acentuó) una tendencia impresa, si no su destrucción.
De todos modos, el mecanismo está claro: el envejecimiento de la población comporta una disminución de la población en edad de trabajar, lo que influye negativamente en el crecimiento económico y por ello, algo sólo aparentemente paradójico, sobre el empleo.
Pero hay otro fenómeno que salta a la vista inmediatamente a quien visite los territorios que constituyeron la Alemania del Este: la despoblación de las ciudades y de gran parte de los que fueron centros industriales.

La historia que hemos contado en estas páginas es la historia de una anexión. El concepto de “anexión” es un concepto vergonzante en Alemania. Porque el término que expresa más directamente este concepto es “Anschluß” y con éste término fue designada y así se designa históricamente, la anexión de Austria al Tercer Reich de Hitler ocurrida en 1938 (los nazis en aquella época hablaron en verdad también de “reunificación“).
Por este motivo el término fue cuidadosamente evitado por quien quería llevar rápidamentecabo el proceso y, a la inversa, adoptado polémicamente por quien se oponía.
Una ruptura del funcionamiento del capitalismo —del capitalismo real, no el de las teorías de la concurrencia perfecta que se enseñan en las escuelas de management— en uno de los países más avanzados del mundo y en condiciones ideales: es decir, con la posibilidad real de tomar posesión, rápida y completamente, de un territorio nuevo, sin más obligación que la de aplicar sus propias normas, interpretadas por sus propios jueces y sus organismos de control y con el mayor apoyo posible por parte de sus grupos de presión y los partidos políticos de referencia.
La realidad que emerge, aunque en ciertos aspectos parece lejana está muy difundida también en nuestro país, es la de un capitalismo alemán obsesivamente ajustado a los procedimientos y respetuoso con las normas, riguroso y cumplidor de los deberes y con una aptitud hacia la transparencia desconocida en nuestras latitudes.
En las páginas anteriores se ha visto efectivamente algo distinto: privatizaciones a gran escala desafiando todas las más elementales reglas de unas privatizaciones.
Se trata de hacer justicia de un error de fondo, que ha afectado a todo el debate europeo de los últimos años: considerar que el único vínculo fuerte en las relaciones entre los países y las economías de la eurozona está representado por el euro y su sobrevivencia.
Se trata de una convicción falsa y peligrosa.
Es una convicción falsa porque el euro no es una religión, ni un destino. Es un vínculo, como hemos dicho, muy fuerte, como todos los compromisos voluntarios. Pero no tiene nada de irreversible en sí mismo: solamente después de la II Guerra Mundial no menos de 70 uniones monetarias se disolvieron.
Pero es también una convicción peligrosa. Para nosotros y, paradójicamente, para la misma moneda única. Si continuamos dejándonos paralizar por aquel presunto vínculo absoluto y continuamos dejando crecer los desequilibrios entre las distintas economías, rápidamente se superará el punto de no retorno: más allá del cual ningún voluntarismo político estará ya en condiciones de salvar el área monetaria de una implosión incontrolada e destructiva.

After I’ve read the book in criticizing the way Germany has integrated the Eastern part and the bad role played by politics the author starts to blame market’s failures that have nothing to do with the German union. And he recommends an active role of the State in the economy (where it already spends 50% of GDP). A recommended book.

The history of the unification of Germany entered the collective imagination through the images of two nights. The first is that of November 9, 1989, in which the Berlin wall falls. The second, that of July 1, 1990, when – at the stroke of midnight – crowds of citizens of East Germany rush to the banks to change their frames of the East to those of the West.
On 28th November the German Chancellor Kohl proposes a “10-Point Program for the overcoming of the division of Germany and Europe” to the Bundestag, which does not go beyond a forecast of a confederation between the two States as the end of a gradual process . In the short term, it does not exclude the granting of economic aid to the GDR, but conditional on the inclusion of the abandonment of the planned economy in favor of the “conditions of the market economy”.
The economic situation of the GDR is worsening, also due to the lack of labor force, causing a significant drop in production as of November. The flow of East German citizens going to West Germany increases in the second half of the year, becoming uncontrollable after the opening of the borders. At the end of 1989 the GDR left 343,854 people (the previous year the transfers had been 39,832, slightly more than 10%.
On the international level, on January 30 he meets with Gorbachev and proposes a plan articulated in three phases for the unification of the two Germanies: first, a community between nations regulated by a treaty that already contains the elements of a confederation; later, a confederation between the two states with common bodies and institutions; finally, within three years, a single nation. And all this under a budget: the neutrality of the new German state in the context of confrontation between the two military blocs. Gorbachev shows his agreement and Modrow makes his initiative public on February 1 (Modrow 1990). For East Germany the proposal is advantageous since it does not represent a pure and simple annexation by West Germany and is compatible with a restructuring of the economy which, in order to be effective, must not expose companies immediately to competition with the West. West; and for the USSR, to prevent NATO from approaching its own borders. On paper, the Modrow proposal can be successful.
But in the first ten days of February two new elements disrupt the picture. The first refers to the Soviets themselves. On February 7 and 8, US Secretary of State James Baker flies to Moscow and maintains a colloquium with the Soviet leaders, at the end of which he receives from Gorbachev a free way for unification and the entry of unified Germany into NATO: contrary to what the general secretary of the CPSU had agreed with Modrow.
The second is from February 7 and is the proposal, advanced by Chancellor Kohl to the GDR, to open immediate negotiations for the monetary union.
The scarecrow of a bankrupt RDA was agitated by Kohl at the time he launched the monetary union proposal: on February 9, 1990, two days after the Chancellor’s announcement, his spokesman, Teltschik, informally disseminated to the press even the rumor – absolutely false – that the RDA “would go bankrupt in a few days”.
This would become a commonplace, especially after the monetary union, with the double objective of confirming the inevitability (and even the urgency) of the unification process carried out and, at the same time, uploading its failures and false steps to the starting conditions of a “ruined economy”.
We can draw some conclusions. The first is that the RDA, in 1989, was not insolvent, nor was it at risk in the short term. It is well known that, with reference to debt, “what is decisive is usually not the absolute level of debt but the ability to pay it in the expected timeframe.” But also, from this point of view, the GDR was not in an emergency situation. In any case, the State’s assets were much higher than the debt.
The second is that, in relation to the current indebtedness accounts of the states, regions and cities – beginning with the Eastern Länder – their external debt can cause laughter: it is enough to think, just to give an example, that the debt only of the Berlin city in 2006 exceeded 60 billion euros: that is, 4 times the debt of the GDR with the West.
We can distinguish three orders of motives: 1) reasons related to the conditions of departure and the historical context in which the RDA was developed; 2) reasons related to the economic system and 3) reasons related to wrong directions of economic policy.
1) The weight of the conditions of departure and of the historical context was very remarkable. Today we tend to forget it for obvious reasons of propaganda and political controversy (so it is possible to attribute everything to the “system”), so it is all the more important to say something about it.
The burden of war reparations decided by the victors and owed to the Soviet Union falls almost entirely on the GDR.
2) As regards the economic system, the theses, formulated in 1946 by a leading exponent of the SED such as Anton Ackermann, of a “particular German via to socialism”, were quickly abandoned and the East German economy was reorganized by adopting the Soviet model, which envisaged a rigid economic centralization and an administrative direction of the economy.
3) The wrong orientations of economic policy had a great weight in the crisis of the last years of the GDR. They can not be deduced as such from the economic system, but it is evident that the very construction of the administrative system of management of the economy, in which the party and especially its general secretary played a central role, opened the way to them. Indeed, throughout the history of the GDR, mistakes are repeated that can easily be redirected to voluntarism and political subjectivism.

The crisis of the GDR is political. And essentially they are political objectives of the acceleration printed by Kohl to the process of rapprochement between the two German states.
The first is of an exquisitely tactical nature: general elections in West Germany are planned for the end of the year. The forecasts are not very favorable for Kohl, also because the economy is not going well.
The other reason of a political nature is of a more strategic nature. It is about taking advantage of Gorbachev’s availability to allow the unification of Germany under the aegis of Federal Germany, in the fear that a possible change in power in Moscow could lead to the leadership of the Soviet Union a much less malleable interlocutor . It is necessary to take advantage of this window of opportunities before it closes.

“The monetary union has represented the point of no return and the determining event of the construction of German unity.” Everything that came after, from the privatizations of public companies to the financing of the East by the West, “was based on the consequences of the monetary union.” The main objective of the monetary union was not economic, but political: it was about making the unification process irreversible.
Since July 1 the Treuhand owns all the factories and state enterprises of the GDR, which employ 4.1 million people (more than a quarter of the entire population of the GDR and 46% of the employees of the GDR). country). They are in their hands 8,500 Kombinate and companies, 20,000 stores of different sizes, 7,500 counters and restaurants, 900 bookstores, 1854 pharmacies, 3.68 million hectares of agricultural and forestry and real estate for a total of 25 billion square meters.
Among the priorities of the institute, privatization is quickly in the lead, also in relation to sanitation. And the latter, for the rest, is conceived by the law of June 17 as functional to privatization: the Treuhand’s objective is not to save publicly owned companies, but to make privatization possible.
It was filled not so much with businessmen but with members of the West German pressure groups. Real estate speculators, who bought the companies to sell the land again, but also true and own scammers, who channeled in their own fees and those of their companies the funds received from the Treuhandanstalt to clean up the companies acquired in the East. At the headquarters of the Treuhandanstalt in Halle, a group of corrupt officials set up a true and proper association of criminals in conspiracy with people already known in the Western Courts. Hundreds of thousands of jobs and thousands of companies vanished in the air due to misappropriation or – simply – the senseless criteria adopted by the privatizers.
On the whole, the purchasers of Eastern companies are very diverse: to the Germans of the West, 87% of the companies were privatized, 7% to foreign buyers and only 6% to former citizens of the GDR. The latter had no capital to buy the companies (it was precisely these companies, that is, the public property, which represented in theory the most significant part of their capital!), Nor did they enjoy the confidence of the bank and, in general, nor that of the officials of the Treuhand.
The moral of the fable, read from the point of view of an East German, is very simple: the only monopolies that the capitalists of West Germany like are theirs (example of Lufthansa with Interflug).

At the moment it closes its doors, at the end of 1994, the balance of the Treuhand shows a hole of 256 billion marks. If, on October 19, 1990, the then president of the institute, Rohwedder, had boasted before the Chamber of Commerce of Vienna that the entire “salad” to be privatized amounted to a value of DM 600 billion, a little more than four years away that figure had been volatilized and instead there was a hole of more than 250 billion: in other words, the Treuhandanstalt had destroyed a value of 1 trillion marks.
The profits of the privatizations amounted to 73 billion marks (almost 34 billion euros), of which by the end of 1994 had entered slightly more than half: 37 billion. All this for the privatization of an entire economy.
The matter became a big business for the banks. They were privatized at very low prices but with a huge debt portfolio (corresponding precisely to the “old debts”), guaranteed by the State. And it is the same Treaty on monetary, economic and social union, which, through a specific annex, provided for public coverage of loans made by privatized banks that should be considered uncollectible.
Freeing the State from the obligation to guarantee uncollectible loans makes even more scandalous the disproportion between the price paid by the acquirers of the East German banks and the value of the loans made by them. For example, the Berliner Stadtbank Credit Institute was dislodged from the Staatsbank and sold to the Berliner Bank for just DM 49 million, although it had a portfolio of “old debts” of DM 11.5 billion.
The problem was that now the privatized banks did not only demand the original interest of 0.5% but also demanded 10%. Mr. Schmidt, scandalized also because the banks, which found these credits in the portfolio and that were guaranteed by the State before eventual losses, demanded such abusive interests, decides to oppose, judicially challenging the legitimacy of these loans. The case went through all the judicial instances and finally concluded in 1993 before the supreme instance of the ordinary justice of West Germany, the Federal Court of Justice. Which rejected the appeal of Mr. Schmidt and declared legitimate the old debts of the agricultural cooperative.
One thing is certain: with the “old debts” united Germany wrote a page – important though not glorious – of the history of “illegitimate debts”. It is possible to sponsor that sooner or later more and more numerous scholars who are interested in this subject take it seriously into consideration in their investigations.

The immediate impact of economic unification in East Germany can be summarized in few figures. In two years, from 1989 to 1991, the GDP is -44 percent, even industrial production is -67 percent; the official unemployed (those registered as such in the employment offices) are 830,000; but, above all, the number of employed workers decreased by more than 2 million (2,095,000), from 8,9 million in 1989 to 6,8 million in 1991. It was said that this was the result of the ” unforeseen annexation of an economic territory with low labor productivity to a highly developed territory “.
The conclusion is obligatory: following the processes promoted by the economic and monetary union, East Germany, “as an export-oriented economy, has become an economy for domestic demand”. That is, in particular, an economy dependent on transfers from the West. The opinion expressed in this respect by Hans Modrow is correct: “with the RDA not only an independent State has been liquidated, but also a self-sufficient territory from the industrial and economic point of view.
The process of deindustrialization was also extremely rapid. Already in the first half of 1991 industrial production had fallen by 67 percent from the level of 1989, but with peaks of 70 percent in the sector of the machinery industry, 75 percent in electronics and 86 percent in precision mechanics. At the end of 1991 it was already a third of the previous “turning point” of ’89. But the process did not stop.
The mutation of East Germany’s industrial landscape can not be reduced to the destruction of industry. This destruction occurred, but it was also accompanied by important morphological and functional changes of the companies.
The most relevant is referred to the size. The Treuhandanstalt dismantled the great Kombinados and liquidated many of the companies that were part of them.
The issue of emigration contains in itself a bitter irony.
It was precisely the need to block emigration one of the arguments employed by the Kohl government to convince the German public opinion of the unrenounceable of a unification as quickly as possible.
While emigration, over time, has lost a bit of its importance in determining demographic trends, so to speak, due to the absence of “raw material”, the decline in the birth rate in the East is increasingly important.
In addition, in this case, with the unification did not continue (or not accentuated) a printed trend, if not its destruction.
In any case, the mechanism is clear: the aging of the population entails a reduction in the working-age population, which negatively affects economic growth and, therefore, something that is only paradoxical, about employment.
But there is another phenomenon that immediately appears to those who visit the territories that constituted East Germany: the depopulation of cities and a large part of those that were industrial centers.

The story we have told in these pages is the story of an annexation. The concept of “annexation” is a shameful concept in Germany. Because the term that most directly expresses this concept is “Anschluß” and with this term was designated and thus historically designated, the annexation of Austria to the Third Reich of Hitler occurred in 1938 (the Nazis at that time also spoke of “reunification” “).
For this reason the term was carefully avoided by those who wanted to quickly take the process and, conversely, adopted controversially by those who opposed it.
A rupture of the functioning of capitalism – of real capitalism, not that of the theories of perfect competition taught in management schools – in one of the most advanced countries in the world and under ideal conditions: that is, with the real possibility to take possession, quickly and completely, of a new territory, with no other obligation than to apply its own rules, interpreted by its own judges and its control bodies and with the greatest possible support from its pressure groups and parties reference politicians.
The reality that emerges, although in certain aspects it seems distant is also widespread in our country, it is that of a German capitalism obsessively adjusted to the procedures and respectful of the rules, rigorous and fulfilling of the duties and with an aptitude towards the unknown transparency in our latitudes.
In the previous pages, something different has actually been seen: large-scale privatizations challenging all the most elementary rules of privatizations.
It is about doing justice to a fundamental error, which has affected the whole European debate in recent years: consider that the only strong link in the relations between countries and the economies of the eurozone is represented by the euro and its survival .
It is a false and dangerous conviction.
It is a false conviction because the euro is not a religion, nor a destiny. It is a link, as we have said, very strong, like all voluntary commitments. But it has nothing irreversible in itself: only after the Second World War did not less than 70 monetary unions dissolve.
But it is also a dangerous conviction. For us and, paradoxically, for the same single currency. If we continue to let ourselves be paralyzed by that alleged absolute link and continue to let imbalances grow between the different economies, the point of no return will quickly be overcome: beyond which no political voluntarism will be able to save the monetary area from an uncontrolled implosion and destructive.

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