España. La Historia Imaginada: De Los Antiguos Mitos A Las Leyendas Contemporáneas — Mónica Arrizabalaga / Spain. The Imagined Story: From The Ancient Myths To Contemporary Legends by Mónica Arrizabalaga (spanish book edition)

Un libro interesante y didáctico sobre multitud de leyendas que se forjan en los países.

Hércules, al parecer, fundó. Sevilla, Segovia, Tarazona, Seo de Urgel o Barcelona son otras ciudades cuyos orígenes míticos se achacan al fornido héroe, al que también se le atribuye la formación de los Pirineos, al sellar con piedras la tumba de su amada Pirene.
Lo cierto es que el vínculo de Hércules con la Península es tan antiguo al menos como la Teogonía que escribió Hesíodo en el siglo VII o VIII a. de C., si se acepta que su autor se refería al extremo más occidental del Mediterráneo cuando hablaba de esa isla Eritia «rodeada de corrientes», donde ubicó el décimo trabajo del legendario héroe.
A juzgar por los escritos, Tartessos, y posteriormente Iberia, se presentaba a ojos de los griegos como un territorio de gran riqueza y de antiquísima cultura. Al ser además el límite más extremo del mundo que conocían, era un escenario privilegiado en su geografía mítica.
De esa necesidad de los griegos de delimitar la esfera del mundo conocido nació el mito de las famosas columnas de Hércules. Para ellos, no había tierra firme más allá. De ahí surgió la expresión Non plus ultra y así se consideró durante siglos, hasta que el descubrimiento de América cambió la visión del mundo. Fue el emperador Carlos I quien hizo suyo el lema modificado en Plus Ultra, símbolo de que el poder español se extendía allende el océano hasta el continente americano. Lo incorporó a su escudo de armas junto a las columnas de Hércules y ambos elementos han perdurado en el escudo de España hasta nuestros días. Este mito se ex­­tendió por América a través de monedas españolas, como el real de a ocho, y aún hoy permanece simplificado en el símbolo del dólar y en escudos como el de
San Diego (California), Potosí (Bolivia), Trujillo (Perú) o Veracruz y Tabasco en México.
En Cádiz, antes de que se difundiera el mito de Hércules, existió un santuario con dos altas columnas. Se encontraba en Sancti Petri y estaba dedicado en su origen a Melkart, el dios protector fenicio de origen cananeo, pero desde finales del siglo IV a. de C. sufrió un proceso de fuerte helenización. Sus puertas se decoraron con los trabajos de Hércules y el culto del dios se fue transformando, de manera que en época romana Melkart pasó a identificarse con Hércules. El lugar se convirtió así en el Heracleion gaditano, que albergaba incluso una tumba de Hércules.

En el número 3 del callejón de San Ginés, en Toledo, unas letras doradas indican al caminante que se encuentra ante las Cuevas de Hércules, uno de los lugares más legendarios de la ciudad. Se cuenta que el héroe griego, en algún momento de sus andanzas por la Península, edificó en ese mismo solar un fastuoso palacio. Construido con jaspes y mármoles, brillaba como el sol y cuatro enormes leones de metal sostenían su orgullosa torre, que rozaba las nubes. Hércules lo levantó sobre una antigua cueva de Toledo.
Tras hacerse con ella en Toledo, Tarik se habría llevado la Mesa de Salomón a Medinaceli en la primavera del 712. Prueba de ello sería el topónimo de esta localidad soriana, que haría referencia a ese preciado tesoro, bien por Medina Talmeida (‘ciudad de la mesa’) o Madinat Shelim (‘ciudad de Salomón’).
En el solar de las Cuevas de Hércules de Toledo, declaradas Bien de Interés Cultural en 2008 y abiertas actualmente al público, hubo un depósito de agua para el abastecimiento de la ciudad en época romana y un templo cristiano en la visigoda. En el mismo lugar se levantó después una mezquita y posteriormente la iglesia dedicada a San Ginés. Esta sucesión de construcciones que levantaron en ese mismo punto los distintos pueblos que habitaron la ciudad y esas historias sobre Hércules y las míticas cuevas parecen apuntar a un lugar tenido por mágico desde antiguo. Un importante enclave en el origen y la historia de Toledo. Todo un tesoro.

La Casa de Juntas de Guernica reúne algunos de símbolos más destacados del País Vasco. En su jardín se erige el mítico árbol y en su interior aún se conserva el altar y las pilas de agua bendita de la antigua ermita de Santa María la Antigua, donde tenían lugar los actos de juramento de los fueros. En la sala de juntas, entre los retratos de los señores de Vizcaya pintados en el siglo XVII, hay uno que llama particularmente la atención. Lleva un gran escudo blanco con un árbol y dos lobos y una peculiar leyenda a sus pies. Es Jaun Zuria, el mítico primer señor de Vizcaya.
Su historia se remonta a una lejana época en la que, según la leyenda, los vizcaínos se veían obligados a pagar un tributo anual al conde asturiano don Munio. Un día arribó a sus costas un hermano desterrado del rey de Inglaterra que, al conocer la situación, se ofreció a defender a los vizcaínos si estos lo tomaban como su señor. Nada anhelaban más los vizcaínos que liberarse del yugo asturiano, así que aceptaron y se prepararon para el combate, que no tardó en llegar.

En la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo se guardan las más preciadas reliquias que, según la tradición, los cristianos llevaron hasta Asturias para evitar que cayeran en manos de los árabes tras la derrota visigoda en Guadalete. Allí se conservan la Cruz de los Ángeles que, se dice, fabricaron los mismísimos ángeles, y la famosa Cruz de la Victoria, emblema del Principado. Una réplica de esta también cuelga sobre el puente de Cangas de Onís y otra se erige majestuosa sobre la estatua de don Pelayo en la explanada de la Basílica de Santa María la Real, en Covadonga. En este enclave de los Picos de Europa, a 257 metros sobre el nivel del mar, tuvo lugar la legendaria batalla que marcó el inicio de la Reconquista hacia el año 722.
Pelayo, un noble godo espatario del rey don Rodrigo, se había refugiado en las montañas asturianas tras la invasión árabe y se había convertido en el caudillo de la resistencia.
El alma de madera de aquella cruz que llevó a los cristianos a la victoria —como la cruz que vio el emperador Constantino sobre el puente Milvio— fue posteriormente enriquecida y conservada en la Cámara Santa de Oviedo, según la tradición. Ambrosio de Morales se la describió a Felipe II como la «cruz de roble que el rey don Pelayo traía por bandera en las batallas».
En aquella época, entre los siglos XI y XII, muchas instituciones eclesiásticas de Europa echaron mano de las crónicas, diplomas, objetos o edificios antiguos que se habían conservado y que, desde entonces, pasaron a hacer gala de orígenes prestigiosos. Una vez superadas las grandes crisis que había atravesado la Europa cristiana tras la descomposición del Imperio carolingio, se abrió un periodo de expansión cultural, y las instituciones quisieron poner en valor los antiguos tesoros que conservaban. Lo hicieron, dándoles un nuevo sentido que los actualizaba. Así fue como se inventaron hermosas historias sobre un gran número de objetos. Historias que, por otro lado, como bien subraya Raquel Alonso, han ayudado a preservarlos con el paso del tiempo. En este contexto nació la leyenda de la Cruz de la Victoria que convirtió una cruz de la catedral de Oviedo en símbolo de la lucha contra el islam y en emblema de Asturias.

El domingo anterior al 5 de octubre se celebra en León la fiesta de las Cantaderas, que conmemora la victoria cristiana en la batalla de Clavijo y el final del ignominioso tributo de las cien doncellas que, según la leyenda, los reyes asturleoneses debían pagar cada año a los califas musulmanes. Jóvenes vestidas con trajes medievales bailan desde la plaza del Ayuntamiento hasta la catedral al ritmo que marca la «sotadera» (la mujer que las instruía en las costumbres musulmanas), en una ceremonia muy similar a la que se realizaba antiguamente cada 14 de agosto, según referencias escritas del siglo XVI.
En un privilegio conocido como «el voto de Santiago», el mismísimo rey asturiano Ramiro I cuenta, supuestamente en primera persona, que «no mucho tiempo después de la ruina de España causada por los sarracenos en tiempo del rey Rodrigo» algunos de sus predecesores, «reyes de cristianos perezosos, descuidados, flojos e indolentes, cuya vida ciertamente no se puede poner por modelo de ninguno de los fieles» pactaron con los sarracenos vergonzosos tributos para que no les molestasen con sus incursiones guerreras. Esos tributos consistían en «darles cada año cien doncellas de extraordinaria hermosura, cincuenta de la nobleza española y cincuenta del estado llano».
El monarca explica que desde su llegada al poder quiso abolir esta indignante obligación y para ello convocó a todos los hombres aptos para la lucha, que partieron hacia Nájera para enfrentarse a las tropas musulmanas. El primero de los choques supuso una amarga derrota para los cristianos, que tuvieron que retirarse a «un collado que llaman Clavijo». Allí, apelotonados en un peñasco, pasaron la noche entre sollozos y lágrimas por la derrota sufrida y el temor fundado a perder la vida en el siguiente envite.

Subido a su fiel Babieca salió el Cid Campeador de Valencia. Llevaba la espada Tizona en la mano y a su lado cabalgaban el obispo don Jerónimo y su leal Gil Díaz, junto a cien caballeros escogidos. Le precedía Pedro Bermúdez con otros cuatrocientos hombres y a la zaga le seguía su esposa Jimena con su compañía y otros seiscientos soldados más. Abandonaron la ciudad a media noche, tan callando que el ataque cristiano al alba sorprendió en sus tiendas a las tropas de asedio musulmanas. Al rey Bucar le pareció que 60.000 caballeros vestidos de blanco les asaltaban y delante de todos ellos, uno mayor que los demás, con una espada que parecía de fuego y que sembraba la muerte a su paso. Aterrados, los que pudieron salvar sus vidas huyeron hacia el mar, perseguidos por los hombres del Cid, mientras el Campeador, su mujer y sus más cercanos tomaban el camino hacia Castilla.
Ni el rey Bucar ni sus soldados se percataron de la rigidez del Cid, que en ningún momento blandió su espada. Su sola presencia, que tanto temor infundía, unida a la visión de aquel caballero blanco con su espada de fuego les aterrorizó. ¡Cómo iban a pensar que Rodrigo Díaz de Vivar llevaba dos días muerto!
Siguiendo sus indicaciones, los hombres del guerrero invicto habían amarrado su cadáver a la silla, sosteniéndolo con unas tablas, lo habían revestido con las mejores galas, le habían colocado su escudo y sujetado su brazo con su vestimenta de tal forma que su espada se mantuviera derecha. «Dios me ha otorgado vencer esta batalla estando yo muerto», les había asegurado el Cid, instándoles a guardar secreto sobre su muerte para llevar a cabo el engaño.
En Castilla, esta imagen renovada del Cid sirvió como modelo de arrojo en la batalla y de fidelidad al rey ante la nueva amenaza que supusieron los almorávides hacia el año 1200. Los juglares vieron en el Campeador a un personaje idóneo, cuyas victorias se prestaron a airear. El Cantar de Mío Cid, con sus silencios sobre algunos pasajes históricos y sus añadidos legendarios de las bodas de sus hijas con los condes de Carrión o la afrenta de Corpes, proyectó con talento e imaginación el mito del «que en buena hora nació».
Se completaba así el arquetipo del héroe, aunque sin adornos sobrenaturales o místicos. Ese paso lo dio la Leyenda de Cardeña, compuesta en el monasterio hacia 1265 e inserta unos años después en la Primera Crónica General de España de Alfonso X. Con el episodio de su visión, de su autoembalsamiento y la exposición de su cadáver incorrupto y su milagro, el cronista de San Pedro de Cardeña prolongó su biografía, como si se tratara de la vida de un santo.

El escudo de los Varona, esculpido en piedra ante la torre-palacio familiar en Villanañe de Valdegovía (Álava), luce las barras de Aragón en diagonal, recordando que fueron ganadas como trofeo. El detalle pasaría inadvertido si la estatua heráldica no mostrara el busto de una mujer, con armadura y celada y una espada rota en la mano. Representa a María Pérez, la Varona de Castilla.
Muy pocas mujeres llegaron a tener su poder en su época, en aquellos últimos años del siglo XI y primeros del XII. María Pérez vivió en esa misma torre-palacio junto a sus hermanos Álvar y Gómez.
La existencia de la Varona se tiene por real, aunque no el relato completo que de su vida hizo el fraile genealogista Miguel de Varona, lleno de anacronismos e increíbles hazañas. Para los que han estudiado la historia de esta antecesora de la Monja Alférez, de Agustina de Aragón y de María Pita, la leyenda es más bien una explicación del apellido Varona, recogida desde antiguo en nobiliarios y manuscritos, aunque no descartan que en su origen fuera una errónea etimología dada al topónimo Barahona.
Con la Varona de Castilla se perdió el apellido Pérez, del almirante visigodo Ruy Pérez, que mandó construir la Torre en Villanañe allá por el año 680. En esta fortificación se cuenta que descansó don Pelayo tras la batalla de Guadalete (711) y preparó la Reconquista. Su actual propietario señala que ha servido de paso seguro para todas las grandes rutas, como la de la sal o el antiguo itinerario del Camino de Santiago que pasaba por Álava.

Las cuentas del Gran Capitán, las auténticas, se conservan en el Archivo General de Simancas. Son nada menos que 942 hojas manuscritas con una detallada relación de gastos, firmadas por el propio Gonzalo Fernández de Córdoba tras la II Campaña de Nápoles y dirigidas a Luis Peixon, tesorero y abastecedor de la Armada en época de Fernando el Católico.
Las otras cuentas, las que dieron origen a la expresión que hoy se usa para aludir a partidas exorbitantes o a aquellas que están hechas de forma arbitraria y sin ninguna justificación, nacen de un episodio que aún hoy bascula entre la historia y la leyenda.
Los hechos se remontan al otoño de 1506. Hacía dos años que el Gran Capitán, con sus épicas victorias en Ceriñola y Garellano, había ganado Nápoles para su rey y este, una vez que la posición española estuvo asentada, desembarcó en Italia para tomar posesión del reino. A oídos del monarca habían llegado toda clase de insidias sobre su general, virrey en Nápoles desde el fin de la guerra. Las malas lenguas decían que Fernández de Córdoba se había apropiado de fondos destinados a la campaña, que dilapidaba repartiendo toda suerte de mercedes entre sus súbditos.
Si la leyenda ha perdurado en el tiempo es porque se cree que mereció ser cierta. Porque, como sostiene el historiador José Calvo Poyato, hay mucho de verdad en ella.

El cuadro de Las meninas, que Diego Rodríguez de Silva y Velázquez pintó en 1656, no era exactamente igual a la obra maestra que hoy acapara las miradas en el Museo del Prado. Un detalle del lienzo no fue incluido por el artista cuando retrató a la familia de Felipe IV en el Cuarto del Príncipe del alcázar de Madrid.
Velázquez no lucía en su pechera la Cruz de Santiago cuando se retrató a sí mismo trabajando ante un gran lienzo junto a la infanta Margarita, las meninas María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco y los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato, entre otros personajes de la escena. Se desconoce cuándo se añadieron esas pinceladas, aunque se cuenta que Felipe IV quedó tan maravillado al contemplar por primera vez el cuadro, que tomó el pincel en sus manos y pintó la venera de Santiago en el pecho del artista.
La escena resulta difícil de creer ya que, por aquellas fechas, ni siquiera se habían dado los primeros pasos para que el pintor ingresara en la prestigiosa orden militar. Por fuerza aquellos trazos se incorporaron al menos tres años después.
Felipe IV premió a Velázquez con el hábito de la Orden de Santiago en 1658, pero tampoco entonces pudo haber incluido ese reconocimiento en Las meninas. Para ser caballero de esa elitista orden militar no bastaba con la mera voluntad real. El Consejo de Órdenes debía comprobar en un largo proceso si el candidato reunía los requisitos exigidos: cristiandad, legitimidad y nobleza de sangre de sus cuatro abuelos. Tenía que demostrar, además, que no había ejercido ningún oficio de los considerados viles en aquella época y el de pintor era uno de ellos.
Velázquez había representado cruces militares similares en los retratos de personajes con derecho a ostentarlas, como el conde duque de Olivares, el oidor del Consejo de Castilla don Diego del Corral y Arellano o Pedro de Barberana, contador mayor y miembro del Consejo Privado del rey. La que luce el pintor en Las meninas no destaca por su tamaño (la Cruz de Calatrava que luce Pedro Berberana es mucho más ostentosa) y ningún detalle en sus trazos lleva a pensar que esta cruz roja con forma de espada, con sus dos brazos y la empuñadura rematados con una flor de lis, fuera realizada por otra persona. Pero tampoco se puede asegurar, a través de la pincelada, que la pintara Velázquez.
La leyenda que apunta al mismísimo Felipe IV se basa en la especial relación que algunos historiadores creen que se estableció entre el monarca y el pintor. Velázquez era su artista predilecto y, según John J. Elliot, parece que se desarrolló entre ambos hombres un vínculo personal, que reflejaba no solo la cercanía que puede establecerse entre un artista y su modelo, sino también gustos y simpatías compartidos a lo largo de treinta y siete años de trato directo.
Es posible que la orden recayera en Juan Bautista Martínez del Mazo, discípulo y yerno de Velázquez, que bajo su protección había iniciado su propia carrera palatina. En sus retratos se asemeja tanto a su suegro que hasta a los investigadores les ha costado diferenciar la atribución de algunas obras.
¿Quién se acercó pincel en mano hasta el despacho del Cuarto de Verano del alcázar, donde por aquel entonces estaba colgado el cuadro? ¿Fue el propio Velázquez, antes de fallecer? Cualquier hipótesis entra dentro de lo posible. Quizá esta leyenda no sea tal, sino historia pura, aunque para el conservador del Museo del Prado, Javier Portús, es muy probable que el mismo Velázquez hubiera buscado el momento de rematar su obra para pasar a la posteridad con la distinción que tanto le costó lograr.

Tanto con la enterrada viva como con los amantes de Teruel, el autor pretendió ensalzar el linaje de los Marcilla. Dos miembros de esta familia, Martín y García, aparecen en el relato de Alfambra como partícipes en la conquista de algunas localidades próximas como Argente, Visiedo y Camañas. Además, el códice se escribió «casualmente» siendo comendador de Alfambra fray Alfonso Martínez de Marcilla, hermano del señor de Escriche, Francisco Martínez de Marcilla.
Otro comendador famoso de Alfambra a mediados del siglo XIV fue Juan Fernández de Heredia, que llegó a ser maestre de la Orden de San Juan, vivió en Roma, Aviñón y Rodas, y fue uno de los hombres de letras más famosos del siglo XIV en la Península. Quizá la leyenda europea de la enterrada viva llegara a Alfambra con él y en Teruel se adaptara para ensalzar a la poderosa familia de los Marcilla.

En Pontevedra siempre se ha creído que en la Casa de las Campanas, el edificio civil más antiguo de la ciudad, hoy sede pontevedresa del vicerrectorado de la Universidad de Vigo, hay escondido un tesoro. Y no uno cualquiera. Entre las paredes de esta construcción del siglo XV se sospecha que el pirata gallego Benito Soto ocultó el rico botín que llevaba en sus bodegas La Burla Negra. Tan firme llegó a ser la creencia, que dicen que su antiguo propietario incluyó en la venta de la casa una cláusula en la que se refería al tesoro, por si lo encon­­traban.
Nacido en Pontevedra en 1805, Benito Soto Alboal se forjó muy pronto fama de despiadado y sanguinario. Con apenas dieciocho años instigó un motín en El Defensor de Pedro, el bergantín de bandera brasileña dedicado al tráfico de esclavos en el que había embarcado como segundo contramaestre. Su capitán fue abandonado en tierras africanas y parte de la tripulación pasada a cuchillo. Soto se hizo con el mando del bergantín al que, según algunos autores, los piratas cambiaron el nombre de El Defensor de Pedro por La Burla Negra.
Pronto se convirtió en el terror de los barcos que navegaban por Cabo Verde, las Azores y Canarias. Su primera víctima fue una fragata mercante inglesa, la Morning Star.
La Casa de las Campanas, en la calle don Filiberto, ha sido objeto de la mayoría de las sospechas porque fue propiedad de Francisco Javier Bravo, el regidor que facilitó a Soto el de­­­sembarco en La Coruña. Se llegó a decir también que el pirata compró la casa y escondió allí su tesoro, pero en las obras de rehabilitación que en diversas ocasiones se han llevado a cabo en el edificio jamás se ha hallado nada.
Tampoco en el solar situado «entre la séptima y la octava casa de la rúa de San Roque de Abaixo, empezando desde el puente», donde nació Benito Soto y donde aún vivía su madre cuando los piratas llevaron a Pontevedra los cofres con los objetos de valor. En 1926 la prensa se hizo eco del hallazgo de un baúl de gran tamaño, así como de un sable y una pistola, durante unas excavaciones llevadas a cabo en ese barrio de Moureira. Todos pensaron en Benito Soto y los cofres escondidos en 1828, pero el contratista de la obra, Manuel Fontao, desmintió los hechos. De existir, el famoso botín de La Burla Negra seguiría oculto en algún lugar de Pontevedra.

No existe tampoco ninguna referencia histórica sobre ningún pirata Cambaral, que según la leyenda dio nombre al antiguo barrio marinero de Luarca, con un Cambaral alto, en el declive del monte, y otro bajo, en el paseo del muelle. Es uno de los barrios más antiguos de Luarca, aunque el topónimo de Cambaral hace referencia a un «lugar abundante en cangrejos», como debía de ser este emplazamiento. La historia del corsario confiere a Luarca más prestigio que los cangrejos, sin duda.
Sobre el origen del nombre de Luarca existe otra leyenda. Se cuenta que en el siglo IX llegó a Luarca el Arca Santa de las reliquias que después fue llevada a la catedral de Oviedo. Cuando estaba entrando en la iglesia (románica, del siglo XI), bajó por la calle un lobo y se postró ante el arca. De la unión de los términos lobo y arca en lobarca y luego Luarca, dicen que viene el nombre. Los datos históricos más antiguos que se conocen sobre esta localidad asturiana datan, sin embargo, del siglo X.

A mediados de junio, la localidad gallega de Redondela celebra la famosa Festa da Coca. Las calles se llenan de alfombras de flores sobre las que pasa la procesión del Corpus Christi, se bailan las tradicionales danzas de las espadas y de las penlas en la plaza de la Constitución y la monstruosa Coca recorre las calles de la villa, como viene haciendo desde el siglo XIV.
Cuentan que por entonces surgió de las embravecidas olas del mar un terrorífico animal, con cuerpo de dragón y gran cola de serpiente, con enormes alas semejantes a las de un murciélago colosal, fuertes garras, afilados dientes y unos ojos que relucían como ascuas. El temible ser marino irrumpió en Redondela y devoró a dos muchachas sin que nadie pudiera impedirlo, antes de volver a zambullirse y desaparecer entre las aguas. Una y otra vez repitió el monstruo su incursión en Redondela llevándose siempre a las chicas más hermosas de la villa, ante la impotencia de sus aterrados habitantes.
Aquel día se celebraban las fiestas del Corpus Christi y el cortejo con los restos de la Coca, las chicas y sus salvadores se integró en la procesión. Desde entonces se recuerda aquel día con el baile de las penlas (como se conoce a las niiñas vestidas de blanco y con alas que bailan sobre los hombros de unas mujeres llamadas burras) y con la danza de las espadas de los victoriosos marineros que acabaron con el dragón.
Lejos de remontarse a la Edad Media, como la fiesta del Corpus, la leyenda de la Coca de Redondela surgió hace apenas medio siglo. El historiador José Martínez Crespo asegura que no se conocía antes de la Guerra Civil. Es una leyenda que explica de forma sencilla de dónde viene la Coca, el baile de las penlas o la danza de las espadas y a la gente le gusta, pero poco tiene que ver con el origen histórico de los elementos característicos de la fiesta del Corpus Christi en Redondela. Porque la Coca no tiene sentido alguno sin el Corpus.
Del latín tardío cocatrix (‘cocodrilo’), Coca se llamó en Galicia al dragón que formaba parte de la procesión en esta solemnidad católica nacida en el siglo XIII. Es un trasunto de la Tarasca, que dio nombre a la ciudad francesa de Tarascón, un monstruo entre serpiente, murciélago y cocodrilo que, según la leyenda, causaba estragos en la desembocadura del Ródano hasta que fue abatido gracias a santa Marta.
En Redondela, la procesión del Corpus hacía antiguamente una parada junto al convento de las monjas justinianas de Vilavella. Entonces, un guerrero armado a caballo descubría a la Coca, que estaba medio escondida entre la multitud, y la desafiaba en voz alta, justificando el combate que iba a tener lugar en nombre del Santísimo Sacramento. El dragón abría las fauces, mostraba sus dientes y bramaba durante la representación de esta lucha que finalizaba con la Coca vencida y maltrecha. El monstruo desaparecía de nuevo entre la gente… y era guardado hasta el año siguiente. Era la escenificación del combate entre san Jorge y el dragón, documentado en la Península desde los siglos XIV y XV.
Todos los estamentos sociales participaban en el cortejo eucarístico y los gremios llevaban a cabo diferentes espectáculos. Los marineros interpretaban la danza de espadas, y las panaderas, el baile de las penlas. Era una fiesta cívico-religiosa, con elementos anteriores al Corpus que se remontaban a un antiguo ceremonial de rogativas por las cosechas. En este rito anterior, se colocaba la figura de un dragón, orgulloso y con la cola erguida, delante de la cruz el primer día y vencido tras la cruz triunfante el tercero, con la cola caída.
Las penlas, sin embargo, son anteriores. Martínez Crespo cree que tienen su origen en la fiesta pagana de la primavera, que acabó cristianizándose en la del Corpus. ¿Por qué bailaban las niñas sobre los hombros de las burras? Nadie lo sabe. Precisamente la búsqueda de una explicación a este misterioso baile llevó en el siglo pasado a la invención de esta leyenda, que vuelve a paganizar así a las penlas.
La Coca se fue convirtiendo con el paso del tiempo en una figura cada vez más curiosa y extraña para el común de las gentes, que desconocían su origen, y adquirió tal popularidad que acabó por dar su nombre, en Redondela, a la propia celebración del Corpus.

En Ochate solo la torre de San Miguel se mantiene en pie, orgullosa, desafiando el paso del tiempo y sus inclemencias. Es cuanto queda de este pueblo abandonado en esa isla burgalesa en Álava que es el condado de Treviño. También Ochate se encuentra aislado. Apenas le separan 14 kilómetros de Vitoria, pero la carretera muere antes de llegar hasta sus ruinas. Solo a pie puede uno adentrarse en este escalofriante lugar que dicen maldito.
En sus cercanías, en parajes próximos a Aguillo, Prudencio Muguruza tomó en 1981 una famosa fotografía que cambiaría para siempre su vida… y la de Ochate. Este empleado de banca vitoriano de veinticinco años había salido a pasear con su perra por los alrededores de esta deshabitada localidad la tarde del 24 de julio. De repente, a eso de las nueve de la noche, Panchita comenzó a gruñir sin aparente motivo. Algo que había visto le había asustado. Dos minutos después, Muguruza notó a su espalda una especie de fogonazo. Se giró intrigado y, a unos 150 o 200 metros de donde se encontraba, vio una gran esfera quieta sobre los árboles, de un color vibrante como azul oscuro, con una aureola de luz a su alrededor y una enorme estela también de luz que ascendía en vertical hacia el cielo. No emitía aparentemente ningún sonido, pero un zumbido penetrante se instaló en sus oídos mientras observaba el misterioso objeto.
José Miguel Aránguis, un abuelo de ochenta años que había vivido durante su juventud en Ochate. El último habitante con vida del pueblo estaba muy sorprendido de lo que se decía de él. Allí nunca había habido ni brujas, ni fantasmas, ni ovnis, aseguraba.
Aunque el «pueblo maldito» de Ochate ya no sufre la invasión de romerías esotéricas de los años 80, que dejaban los campos pisoteados, restos de hogueras por doquier y cantidades ingentes de basura para desesperación de los pocos habitantes de los alrededores, aún sigue suscitando el interés de los creyentes en lo paranormal y de muchos curiosos. En los últimos treinta años se han grabado multitud de supuestas psicofonías y existen multitud de testimonios sobre presuntos fenómenos paranormales.
De lo que no cabe duda es que Ochate se ha convertido en todo un fenómeno sociológico y que, difícilmente, podrá desprenderse ya de la etiqueta de «pueblo maldito».

En la localidad madrileña, unos decían que había muerto al volcar su automóvil y otros que atropellada por un camión en la carretera de Villafranca del Pardillo; algunos la describían como una rubia que llevaba un vestido blanco fantasmal y otros aseguraban que era morena y vestía de negro espiritual, pero todos coincidían en que la joven se llamaba Eloísa. En aquellos días de noviembre de 1980 se decía que había habido tres nuevos casos…
La autoestopista fantasma, en sus múltiples versiones, ha visitado Estados Unidos, Canadá, Cuba, México, Guatemala, Argentina, Italia, Suiza, Suecia, Finlandia, Francia, Alemania, Austria, Inglaterra, Yugoslavia, Rumanía, Argelia, Egipto, Israel, Sudáfrica, Guam, Hawái, India, Malasia, Pakistán, Japón, Corea y Taiwán. Conocidísima en todo el mundo, ha inspirado cuentos, anuncios, películas… A juicio de Pedrosa, su éxito se debe a la enorme fascinación que despierta esta relación de raíces inmemoriales entre el héroe masculino y la mujer auxiliar-guía-conductora.
Esta leyenda urbana es una de las más universales que existen, junto a la de los robos de órganos, la mascota extranjera o el «club del sida». Si este tipo de historias aún perviven en la sociedad actual es porque revelan, como pocos relatos, los miedos del hombre de hoy y de alguna forma, además, lo conectan con tradiciones ancestrales. La ciudad, feudo de la razón y de la ciencia, ha tomado el relevo al campo como escenario de las leyendas de nuevo cuño. El mundo cambia, pero, tal como dice Ortí, el ser humano sigue contando con un sustrato irracional.

An interesting and didactic book about many legends that are forged in the countries.

Hercules, it seems, founded. Seville, Segovia, Tarazona, Seo de Urgel or Barcelona are other cities whose mythical origins are attributed to the burly hero, who is also credited with the formation of the Pyrenees, by sealing with stones the tomb of his beloved Pirene.
The certain thing is that the bond of Hercules with the Peninsula is as old at least as the Theogony that Hesiod wrote in century VII or VIII a. of C., if one accepts that its author referred to the most western end of the Mediterranean when it spoke of that island Eritia “surrounded by currents”, where it located the tenth work of the legendary hero.
Judging by the writings, Tartessos, and later Iberia, it was presented to the eyes of the Greeks as a territory of great wealth and of ancient culture. Being also the most extreme limit of the world that they knew, it was a privileged scenario in its mythical geography.
From this need of the Greeks to delimit the sphere of the known world was born the myth of the famous columns of Hercules. For them, there was no solid ground beyond. From there arose the expression Non plus ultra and was thus considered for centuries, until the discovery of America changed the world view. It was the Emperor Carlos I who made his own the modified slogan in Plus Ultra, a symbol that Spanish power extended beyond the ocean to the American continent. It incorporated it to its coat of arms next to the columns of Hercules and both elements have lasted in the shield of Spain until our days. This myth spread through America through Spanish coins, such as the real of eight, and even today it remains simplified in the symbol of the dollar and in shields like that of
San Diego (California), Potosí (Bolivia), Trujillo (Peru) or Veracruz and Tabasco in Mexico.
In Cádiz, before the myth of Hercules spread, there was a sanctuary with two tall columns. It was in Sancti Petri and was originally dedicated to Melkart, the Phoenician protective god of Canaanite origin, but from the end of the 4th century BC. of C. suffered a process of strong hellenization. Its doors were decorated with the works of Hercules and the cult of the god was transformed, so that in Roman times Melkart became identified with Hercules. The place thus became the Cadiz Heracleion, which even housed a tomb of Hercules.

In the number 3 of San Ginés alley, in Toledo, some golden letters indicate to the traveler that is before the Caves of Hercules, one of the most legendary places of the city. It is said that the Greek hero, at some time during his wanderings in the Peninsula, built a lavish palace on the same site. Built with jaspers and marbles, it shone like the sun and four huge metal lions supported its proud tower, which skimmed the clouds. Hercules raised it on an old cave in Toledo.
After taking it in Toledo, Tarik would have taken the Solomon’s Table to Medinaceli in the spring of 712. Proof of this would be the toponym of this Soria locality, which would refer to that precious treasure, either by Medina Talmeida (‘city of the table ‘) or Madinat Shelim (‘ city of Solomon ‘).
On the site of the Hercules de Toledo Caves, declared a Site of Cultural Interest in 2008 and currently open to the public, there was a water deposit for the city’s supply in Roman times and a Christian temple in the Visigoth. In the same place a mosque was later raised and later the church dedicated to San Ginés. This succession of buildings that raised in that same point the different towns that inhabited the city and those stories about Hercules and the mythical caves seem to point to a place considered magical since ancient times. An important enclave in the origin and history of Toledo. All a treasure.

The House of Meetings of Guernica gathers some of the most outstanding symbols of the Basque Country. In its garden the mythical tree is erected and in its interior the altar and the piles of holy water of the old hermitage of Santa Maria la Antigua are still conserved, where the acts of oath of the fueros took place. In the meeting room, among the portraits of the lords of Vizcaya painted in the seventeenth century, there is one that is particularly striking. He carries a large white shield with a tree and two wolves and a peculiar legend at his feet. It is Jaun Zuria, the mythical first lord of Vizcaya.
Its history goes back to a distant epoch in which, according to legend, the Biscayans were forced to pay an annual tribute to the Asturian Count Don Munio. One day a brother exiled from the King of England arrived on his shores. When he heard the situation, he offered to defend the Biscayans if they took him as their lord. The Biscayans did not want more than to get rid of the Asturian yoke, so they accepted and prepared for the battle, which did not take long to arrive.

In the Holy Chamber of the Cathedral of San Salvador de Oviedo the most precious relics are kept, which, according to tradition, the Christians took to Asturias to prevent them from falling into the hands of the Arabs after the Visigoth defeat in Guadalete. There they are preserved the Cross of the Angels that, it is said, made the very angels, and the famous Cross of Victory, emblem of the Principality. A replica of this also hangs over the bridge of Cangas de Onís and another stands majestically on the statue of Don Pelayo in the esplanade of the Basilica of Santa María la Real, in Covadonga. In this enclave of the Picos de Europa, at 257 meters above sea level, took place the legendary battle that marked the beginning of the Reconquista towards the year 722.
Pelayo, a noble Spanish nobleman of King Don Rodrigo, had taken refuge in the Asturian mountains after the Arab invasion and had become the leader of the resistance.
The wooden soul of that cross that took the Christians to victory -like the cross that Emperor Constantine saw on the Milvian bridge- was later enriched and preserved in the Holy Chamber of Oviedo, according to tradition. Ambrosio de Morales described it to Philip II as the “oak cross that King Don Pelayo brought as a flag in battles.”
At that time, between the eleventh and twelfth centuries, many ecclesiastical institutions in Europe drew on the chronicles, diplomas, objects or ancient buildings that had been preserved and which, since then, began to display prestigious origins. Once overcome the great crisis that had crossed the Christian Europe after the decomposition of the Carolingian Empire, opened a period of cultural expansion, and the institutions wanted to put in value the ancient treasures that they kept. They did it, giving them a new meaning that updated them. This is how beautiful stories were invented about a large number of objects. Stories that, on the other hand, as Raquel Alonso emphasizes, have helped to preserve them over time. In this context was born the legend of the Cross of Victory that turned a cross of the cathedral of Oviedo into a symbol of the struggle against Islam and the emblem of Asturias.

The Sunday before October 5 is celebrated in León the feast of the Cantaderas, which commemorates the Christian victory in the battle of Clavijo and the end of the ignominious tribute of the hundred maidens that, according to legend, the Asturian kings had to pay every year to the Muslim caliphs. Young people dressed in medieval costumes dance from the Town Hall Square to the cathedral at the pace marked by the “Sotadera” (the woman who instructed them in Muslim customs), in a ceremony very similar to the one that was held once every August 14, according to written references of the sixteenth century.
In a privilege known as “the vow of Santiago”, the very Asturian King Ramiro I tells, supposedly in first person, that “not long after the ruin of Spain caused by the Saracens in the time of King Rodrigo” some of his predecessors , “Kings of lazy, careless, lazy and indolent Christians, whose life certainly can not be set as the model of any of the faithful” agreed with the Saracens shameful tributes so that they would not be disturbed by their war incursions. These tributes consisted in “giving them each year one hundred maidens of extraordinary beauty, fifty of the Spanish nobility and fifty of the plain state.”
The monarch explains that since his arrival in power he wanted to abolish this outrageous obligation and for that he summoned all the men fit for the struggle, who left for Nájera to confront the Muslim troops. The first of the clashes was a bitter defeat for the Christians, who had to retire to “a hill they call Clavijo”. There, crowded into a rock, they spent the night between sobs and tears for the defeat suffered and the fear founded to lose their lives in the next stake.

Uploaded to his faithful Babieca came the Cid Campeador of Valencia. He carried the Tizona sword in his hand and beside him rode the bishop Don Jeronimo and his loyal Gil Diaz, along with a hundred chosen gentlemen. He was preceded by Pedro Bermúdez with another four hundred men and his wife Jimena followed him with his company and another six hundred soldiers. They left the city at midnight, so silent that the Christian attack at dawn surprised the Muslim siege troops in their tents. It seemed to King Bucar that 60,000 knights dressed in white assaulted them and in front of them all, one greater than the others, with a sword that looked like fire and that sowed death in its path. Terrified, those who could save their lives fled towards the sea, persecuted by the men of El Cid, while the Campeador, his wife and those closest to him took the road to Castile.
Neither King Bucar nor his soldiers noticed the rigidity of the Cid, who at no time brandished his sword. His very presence, which so much fear infused, coupled with the vision of that white knight with his sword of fire terrified them. How would they think that Rodrigo Díaz de Vivar had been dead for two days!
Following his instructions, the men of the undefeated warrior had tied his corpse to the chair, holding it with some boards, had dressed him in the best clothes, had placed his shield and fastened his arm with his clothes in such a way that his sword was kept right. “God has granted me to conquer this battle while I am dead,” the Cid had assured them, urging them to keep secret about his death in order to carry out the deception.
In Castile, this renewed image of the Cid served as a model of courage in the battle and fidelity to the king in the face of the new threat posed by the Almoravids around the year 1200. The minstrels saw in the Campeador a suitable character, whose victories lent themselves to aerate. The Cantar de Mío Cid, with its silences on some historical passages and its legendary additions of the weddings of his daughters with the Counts of Carrión or the affront of Corpes, projected with talent and imagination the myth of “that in good time was born”.
Thus the archetype of the hero was completed, although without supernatural or mystical adornments. That step was given by the Legend of Cardeña, composed in the monastery around 1265 and inserted a few years later in the First General Chronicle of Spain of Alfonso X. With the episode of his vision, self-ambulation and exposure of his corpse and its incorrupt miracle, the chronicler of San Pedro de Cardeña prolonged his biography, as if it were the life of a saint.

The shield of the Varona, sculpted in stone before the family tower-palace in Villanañe de Valdegovía (Álava), shows the bars of Aragón diagonally, remembering that they were won as a trophy. The detail would go unnoticed if the heraldic statue did not show the bust of a woman, with armor and helmet and a broken sword in her hand. It represents María Pérez, the Varona of Castilla.
Very few women came to have their power in their time, in those last years of the 11th century and the first of the 12th. María Pérez lived in that same tower-palace with her brothers Álvar and Gómez.
The existence of the Varona is considered real, although not the full story that the genealogist friar Miguel de Varona made of his life, full of anachronisms and incredible feats. For those who have studied the history of this predecessor of the Nun Alferez, Agustina de Aragón and Maria Pita, the legend is rather an explanation of the Varona surname, collected from ancient times in nobility and manuscripts, although they do not rule out that in its origin was an erroneous etymology given to the toponym Barahona.
With the Varona de Castilla the last name Pérez, of the Visigothic admiral Ruy Pérez, was lost. He ordered the construction of the Tower in Villanañe back in 680. In this fortification, it is said that Don Pelayo rested after the battle of Guadalete (711) and prepared the Reconquest. Its current owner states that it has served as a safe passage for all major routes, such as the salt route or the old itinerary of the Camino de Santiago that passed through Álava.

The accounts of the Great Captain, the authentic ones, are kept in the General Archive of Simancas. They are nothing less than 942 handwritten sheets with a detailed list of expenses, signed by Gonzalo Fernández de Córdoba himself after the II Campaign of Naples and directed to Luis Peixon, treasurer and supplier of the Navy in the time of Fernando el Católico.
The other accounts, which gave rise to the expression that today is used to refer to exorbitant games or those that are made arbitrarily and without any justification, are born of an episode that even today tilts between history and legend.
The facts go back to the autumn of 1506. Two years ago the Great Captain, with his epic victories in Ceriñola and Garellano, had won Naples for his king and this, once the Spanish position was settled, landed in Italy to take possession of the kingdom. In the ears of the monarch all kinds of snares had come upon his general, Viceroy in Naples since the end of the war. The gossips said that Fernandez de Cordoba had appropriated funds for the campaign, which was squandering distributing all kinds of mercies among his subjects.
If the legend has endured in time, it is because it is believed that it deserved to be true. Because, as the historian José Calvo Poyato maintains, there is a lot of truth in it.

The painting by Las Meninas, which Diego Rodríguez de Silva and Velázquez painted in 1656, was not exactly the same as the masterpiece that today captures the attention in the Museo del Prado. A detail of the canvas was not included by the artist when he portrayed the family of Felipe IV in the Cuarto del Príncipe del alcazar of Madrid.
Velázquez did not wear the Cross of Santiago in his front when he portrayed himself working before a large canvas next to the Infanta Margarita, the meninas María Agustina Sarmiento and Isabel de Velasco and the dwarfs Mari Bárbola and Nicolasito Pertusato, among other characters of the scene. It is unknown when those brushstrokes were added, although it is said that Philip IV was so amazed to see the painting for the first time, that he took the brush in his hands and painted Santiago’s scallop on the artist’s chest.
The scene is difficult to believe since, at that time, not even the first steps had been taken for the painter to enter the prestigious military order. By force those lines were incorporated at least three years later.
Felipe IV rewarded Velázquez with the habit of the Order of Santiago in 1658, but even then he could not have included that recognition in Las Meninas. To be a knight of that elitist military order, mere mere will was not enough. The Order Council had to verify in a long process if the candidate met the required requirements: Christianity, legitimacy and blood nobility of his four grandparents. He had to prove, in addition, that he had not exercised any of the jobs considered vile at that time and that of painter was one of them.
Velázquez had represented similar military crosses in the portraits of personages with right to show them, like the count Duke of Olivares, the oidor of the Council of Castile gift Diego del Corral and Arellano or Pedro de Barberana, greater accountant and member of the Privy Council of the king. What the painter looks like in Las Meninas does not stand out because of its size (the Cross of Calatrava that Pedro Berberana looks is much more ostentatious) and no detail in his strokes leads us to think that this red cross with the shape of a sword, with its two arms and The hilt topped with a fleur-de-lis, was made by another person. But neither can it be assured, through the brushstroke, that Velázquez painted it.
The legend that points to Philip IV himself is based on the special relationship that some historians believe was established between the monarch and the painter. Velázquez was his favorite artist and, according to John J. Elliot, it seems that a personal bond developed between both men, reflecting not only the closeness that can be established between an artist and his model, but also tastes and sympathies shared along the way. thirty-seven years of direct treatment.
It is possible that the order fell on Juan Bautista Martínez del Mazo, disciple and son-in-law of Velázquez, who under his protection had started his own palatine career. In his portraits he resembles his father-in-law so much that even researchers have had difficulty differentiating the attribution of some works.
Who approached brush in hand to the office of the Summer Room of the quarterdeck, where the painting was hanging at that time? Was it Velázquez himself, before he passed away? Any hypothesis falls within the possible. Perhaps this legend is not such, but pure history, although for the conservative of the Museo del Prado, Javier Portús, it is very likely that Velázquez himself had sought the moment to finish his work to pass to posterity with the distinction that cost him so much achieve.

Both with the buried alive and with the lovers of Teruel, the author pretended to extol the lineage of the Marcilla. Two members of this family, Martín and García, appear in the story of Alfambra as participants in the conquest of some nearby towns such as Argente, Visiedo and Camañas. In addition, the codex was written “casually” as commander of Alfambra fray Alfonso Martínez de Marcilla, brother of the Lord of Escriche, Francisco Martínez de Marcilla.
Another famous commander of Alfambra in the mid-fourteenth century was Juan Fernández de Heredia, who became master of the Order of San Juan, lived in Rome, Avignon and Rhodes, and was one of the most famous men of letters of the fourteenth century in the peninsula. Perhaps the European legend of the buried alive came to Alfambra with him and in Teruel he adapted to praise the powerful Marcilla family.

In Pontevedra it has always been believed that in the Casa de las Campanas, the oldest civil building in the city, today the Pontevedra site of the vice-rectorate of the University of Vigo, there is a hidden treasure. And not just any one. Between the walls of this 15th century building, it is suspected that the Galician pirate Benito Soto hid the rich booty he carried in his cellars La Burla Negra. So firm did the belief become, that they say that its former owner included in the sale of the house a clause in which he referred to the treasure, in case they found it.
Born in Pontevedra in 1805, Benito Soto Alboal quickly became famous as a ruthless and bloodthirsty. At the age of just eighteen, he instigated a riot in El Defensor de Pedro, the Brazilian flag brig dedicated to the slave trade in which he had embarked as second mate. His captain was abandoned in African lands and part of the crew passed by knife. Soto took control of the brig to which, according to some authors, the pirates changed the name of El Defensor de Pedro to La Burla Negra.
Soon it became the terror of the ships that sailed through Cape Verde, the Azores and the Canaries. His first victim was an English merchant frigate, the Morning Star.
The Casa de las Campanas, on Don Filiberto street, has been the object of most suspicion because it was owned by Francisco Javier Bravo, the councilman who facilitated Soto’s disembarkation in La Coruña. It was even said that the pirate bought the house and hid his treasure there, but in the rehabilitation works that have been carried out in the building on several occasions, nothing has ever been found.
Neither on the site located “between the seventh and eighth houses of the Rúa de San Roque de Abaixo, starting from the bridge”, where Benito Soto was born and where his mother still lived when the pirates brought to Pontevedra the chests with the objects of value. In 1926 the press echoed the discovery of a large trunk, as well as a saber and a pistol, during excavations carried out in that neighborhood of Moureira. Everyone thought of Benito Soto and the chests hidden in 1828, but the contractor of the work, Manuel Fontao, denied the facts. If it exists, the famous booty of La Burla Negra would remain hidden somewhere in Pontevedra.

There is also no historical reference to any pirate Cambaral, which according to legend gave its name to the old fishing district of Luarca, with a high Cambaral, on the slope of the mountain, and another low, on the promenade of the dock. It is one of the oldest neighborhoods of Luarca, although the place name Cambaral refers to a “place abundant in crabs”, as it should be this location. The history of the corsair gives Luarca more prestige than the crabs, no doubt.
On the origin of the name of Luarca there is another legend. It is said that in the ninth century the Holy Ark of the relics arrived in Luarca, which was later taken to the cathedral of Oviedo. When I was entering the church (Romanesque, 11th century), a wolf went down the street and prostrated before the ark. From the union of the terms wolf and ark in lobarca and then Luarca, they say that the name comes. The oldest historical data about this Asturian town date, however, from the tenth century.

In mid-June, the Galician town of Redondela celebrates the famous Festa da Coca. The streets are filled with carpets of flowers on which the procession of Corpus Christi passes, the traditional dances of swords and penas are danced in the Plaza de la Constitución and the monstrous Coca goes through the streets of the town, as it has been doing since the fourteenth century.
They say that at that time a terrifying animal emerged from the raging waves of the sea, with the body of a dragon and a great snake tail, with enormous wings similar to those of a colossal bat, strong claws, sharp teeth and eyes that shone like embers. The fearsome sailor broke into Redondela and devoured two girls without anyone being able to prevent it, before diving again and disappearing into the water. Again and again the monster repeated its incursion in Redondela, always taking the most beautiful girls of the village, before the helplessness of its terrified inhabitants.
That day the Corpus Christi festivities were celebrated and the cortege with the remains of the Coca, the girls and their saviors was integrated into the procession. Since then that day is remembered with the dance of penlas (as it is known to the girls dressed in white and with wings that dance on the shoulders of some women called donkeys) and with the sword dance of the victorious sailors that ended with the Dragon.
Far from going back to the Middle Ages, like the feast of Corpus Christi, the legend of Coca de Redondela emerged just half a century ago. The historian José Martínez Crespo says that he was not known before the Civil War. It is a legend that explains in a simple way where the Coca comes from, the dance of the pentas or the dance of the swords and the people like it, but it has little to do with the historical origin of the characteristic elements of the Corpus Christi festival in Redondela. Because Coca makes no sense without Corpus.
From the Latin late cocatrix (‘crocodile’), Coca was called in Galicia to the dragon that was part of the procession in this Catholic solemnity born in the thirteenth century. It is a transcript of the Tarasca, which gave its name to the French city of Tarascon, a monster between serpent, bat and crocodile that, according to legend, wreaked havoc at the mouth of the Rhône until it was shot down thanks to Saint Martha.
In Redondela, the procession of the Corpus used to make a stop next to the convent of the Justinian nuns of Vilavella. Then, an armed warrior on horseback discovered the Coca, which was half hidden among the crowd, and challenged it aloud, justifying the fight that was to take place in the name of the Blessed Sacrament. The dragon opened its mouth, showed its teeth and howled during the representation of this fight that ended with the defeated and battered Coca. The monster disappeared again among the people … and was saved until the following year. It was the staging of the battle between St. George and the dragon, documented in the Peninsula from the fourteenth and fifteenth centuries.
All the social classes participated in the Eucharistic procession and the guilds carried out different shows. The sailors interpreted the dance of swords, and the bakers, the dance of the penlas. It was a civic-religious festival, with elements before the Corpus that went back to an ancient ceremonial of prayers for crops. In this previous rite, the figure of a dragon was placed, proud and with the tail erect, in front of the cross the first day and won after the triumphant cross the third one, with the fallen tail.
The penas, however, are earlier. Martinez Crespo believes that they have their origin in the pagan festival of spring, which ended up being Christianized in that of Corpus Christi. Why did the girls dance on the shoulders of the donkeys? Nobody knows. Precisely the search for an explanation to this mysterious dance led in the last century to the invention of this legend, which returns to pay tribute to penas.
The Coca was becoming over time a figure increasingly curious and strange to the common people, who were unaware of their origin, and acquired such popularity that ended up giving his name, in Redondela, to the very celebration of the Corpus

In Ochate, only the tower of San Miguel stands proud, defying the passage of time and its inclemencies. It is all that remains of this abandoned town in that island of Burgos in Álava, which is the county of Treviño. Ochate is also isolated. They are barely 14 kilometers from Vitoria, but the highway dies before reaching its ruins. Only on foot can one enter this spooky place that they say cursed.
Nearby, in places close to Aguillo, Prudencio Muguruza took in 1981 a famous photograph that would forever change his life … and that of Ochate. This twenty-five-year-old Vitoria bank employee had gone out for a walk with his dog around the uninhabited area on the afternoon of July 24. Suddenly, around nine o’clock at night, Panchita began to growl without apparent reason. Something he had seen had scared him. Two minutes later, Muguruza noticed behind him a kind of flash. He turned intrigued and, at about 150 or 200 meters from where he was, he saw a large sphere still on the trees, a vibrant color like dark blue, with a halo of light around him and an enormous wake also of light that ascended in vertical towards the sky. He apparently did not emit any sound, but a penetrating buzzing settled in his ears as he watched the mysterious object.
José Miguel Aránguis, a grandfather of eighty who had lived during his youth in Ochate. The last living inhabitant of the town was very surprised at what was said about him. There had never been any witches, ghosts, or UFOs, he claimed.
Although the “cursed town” of Ochate no longer suffers the invasion of esoteric pilgrimages of the 80s, which left the trampled fields, remains of bonfires everywhere and huge amounts of garbage to the despair of the few inhabitants of the surrounding area, it still continues the interest of the believers in the paranormal and of many curious people. In the last thirty years many alleged psychophonies have been recorded and there are many testimonies about alleged paranormal phenomena.
What is certain is that Ochate has become a sociological phenomenon and that, hardly, will be able to get rid of the label of “cursed people”.

In the town of Madrid, some said he had died when his car overturned and others that he was run over by a truck on the road to Villafranca del Pardillo; Some described her as a blonde wearing a ghostly white dress and others said she was dark and dressed in spiritual black, but everyone agreed that the girl was named Eloisa. In those days of November 1980 it was said that there had been three new cases …
The ghost hitchhiker, in its multiple versions, has visited the United States, Canada, Cuba, Mexico, Guatemala, Argentina, Italy, Switzerland, Sweden, Finland, France, Germany, Austria, England, Yugoslavia, Romania, Algeria, Egypt, Israel, South Africa, Guam, Hawaii, India, Malaysia, Pakistan, Japan, Korea and Taiwan. She is known all over the world, has inspired stories, advertisements, movies … According to Pedrosa, his success is due to the enormous fascination that awakens this relationship of immemorial roots between the male hero and the female assistant-guide-conductor.
This urban legend is one of the most universal that exists, together with the theft of organs, the foreign mascot or the “AIDS club”. If these types of stories still survive in today’s society, it is because they reveal, like few stories, the fears of today’s man and, in some way, connect him with ancestral traditions. The city, a fief of reason and science, has taken over the field as the setting for new-born legends. The world changes, but, as Ortí says, the human being continues to count on an irrational substrate.

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