Perdón, Imposible: Guía Para Una Puntuación Más Rica Y Consciente — José Antonio Millán / Pardon, Impossible: Guide To A Richer And More Conscious Spelling Rules by José Antonio Millán (spanish book edition)

Es un libro muy fácil de leer y ameno que va a resolver muchas de tus dudas con respecto a la puntuación. No es una guía exhaustiva sobre la puntuación sin embargo.
¿Por qué es importante reflexionar sobre la puntuación, sobre sus signos y cómo se usan? Por una razón muy sencilla: porque (al igual que las normas ortográficas que nos enseñan a manejar b y v, g y h) es clave para la comunicación efectiva por escrito. Además sus fallos redundan en la mala imagen del que los ha cometido; y a veces en que el resultado sea poco comprensible o equívoco. En palabras de un especialista: «Difícilmente se altera el mensaje por uno o varios lapsos de ortografía literal (hay, naturalmente, excepciones antológicas); en cambio, ¡qué penosa labor la de llegar a comprender cabalmente un texto mal puntuado!; ¡qué esfuerzo para hacerse con la posible articulación de la frase!».
La puntuación es que ésta (a diferencia de la ortografía de las palabras) no puede reducirse por completo a un conjunto de reglas. Puntuar un texto siempre tendrá mucho de arte, de toma de decisiones con frecuencia sutiles, y en caso de duda no habrá diccionario ni programa de ordenador que pueda darnos la solución correcta. Pensemos que hoy en día los procesadores de textos más usados ya informan al escritor descuidado.

Debemos a la puntuación el conocimiento de lo que podríamos llamar la macroestructura del texto: su división en párrafos, y dentro de los párrafos en oraciones. Sabemos a través de ella qué ideas el autor consideró que podía unir (porque eran similares, o por la relación que mantenían entre sí) y cuáles quiso dejar aisladas. La puntuación transmite así la estructura lógica del texto.
La puntuación también nos ayuda a saber cuál es la postura del autor ante lo que dice: si expresa algo con ironía o con escándalo, con temor, ansiedad o duda, con vacilación, como súplica o con sorpresa, con pudor, con reticencia o con ánimo de ofender, si habla por sí mismo o si reproduce las palabras de otro… El problema es que la lengua escrita no tiene recursos suficientes para recoger con un signo distinto cada uno de estos matices, ni tampoco abarca todo el amplísimo abanico de emociones y sentimientos humanos.
La imprenta ayudó a extender y uniformizar el uso de los signos de puntuación, aunque durante siglos hubo usos muy diferentes, con variantes en distintos países. Para el español el impulso unificador vino de la Real Academia, que en 1742 incluía el embrión de los usos modernos en su Ortographía (por cierto, la puntuación se ha considerado tradicionalmente parte de la ortografía, aunque en el sentir popular, ortografía es lo que tiene que ver con las letras: bes, uves, acentos, mayúsculas…, mientras que la puntuación se ocuparía de los signos: ,;¿(:…) Pero hasta mediados del siglo XIX no podemos encontrar un sistema de puntuación estable.

La palabra coma proviene del griego comma, que significa ‘trozo, corte’, y en efecto: la coma representa el menor corte, la pausa más pequeña que se marca dentro de un enunciado. Tiene la forma de un «rasguillo curvo», según lo definía hace un siglo una ortografía para niños. Con su forma y su función moderna ya estaba en uso a mediados del siglo XVI.
Una de sus utilidades es unir oraciones —o partes de una oración— que tienen la misma función.

La precisión de que el punto debe ser redondo, que se encuentra en algunas obras del siglo XVII, se debe a que la notación musical venía utilizando un punto cuadrado, e incluso hubo intentos de incorporarlo a la puntuación de los textos. La verdad es que hoy en día, y según las tipografías, el punto varía mucho; como dice un experto: «es redondo en Futura, cuadrado en Helvética, romboidal en Goudy y ovalado en Ultra Bodoni».

El hecho de que el español sea la única lengua que utilice los signos de apertura ha provocado algunos desajustes en esta era de mediación tecnológica en la escritura: los primeros teclados de máquina de escribir no los tenían, y cuando luego los incorporaron aparecieron en lugares extraños. Todavía hoy en el teclado del ordenador en uso en España la apertura de admiración y de interrogación aparecen a la derecha del todo y sus respectivos cierres están a la izquierda (es decir, en la posición opuesta a la que tienen en el texto); sin embargo los paréntesis siguen el orden lógico.

El apóstrofo tiene un extenso uso en lenguas como francés o catalán, donde marca también la elisión de vocales (Sant Sadurní d’Anoia). En inglés abunda en el llamado genitivo sajón: «John’s Bar». El prestigio de esta lengua y el papanatismo de muchos hispanohablantes ha hecho que florezcan por nuestras calles rótulos de establecimientos que acaban en «’s».
Otro uso anómalo y heredado del inglés que se le da al apóstrofo + s es formar plurales de las siglas. La forma tradicional española de hacer el plural de una sigla era duplicar sus letras (como en EEUU: Estados Unidos). Para indicar Organizaciones No Gubernamentales habría que escribir OONNGG; pero esto nunca se ve: o bien la sigla se deja en singular («las ONG») —que es la solución más razonable—, o se añade una s («las ONGs»), a veces precedida de un apóstrofo («las ONG’s»). Aproximadamente la mitad de las páginas web españolas optan por la primera solución, y de las que añaden s, una décima parte lo hacen con apóstrofo.

¿Para qué sirve la puntuación? Para introducir descansos en el habla (pero no se descansa en cada signo, y se puede descansar donde no hay signos), para deshacer ambigüedades (pero no todas pueden eliminarse mediante la puntuación, ni éste es el único modo de hacerlo), para hacer patente la estructura sintáctica de la oración (pero esto se hace también por otros medios), para marcar el ritmo y la melodía de la frase (aunque no todos los signos tienen estos efectos), para distinguir sentidos o usos especiales de ciertas palabras (pero para eso se pueden usar también tipos de letra, como la cursiva), para citar palabras de otro separándolas de las propias (pero eso se logra también con tamaños de letra y sangrados), para transmitir estados de ánimo o posturas ante lo que se dice o escribe (pero no todos tienen un correlato en la puntuación, ni éste es único), para señalar la arquitectura del texto (pero eso también lo hacen los blancos, y las mayúsculas).
Éste es el espacio de la puntuación: un espacio con muchas funciones, que sus signos cubren sólo parcialmente, y que no sólo se cubren con sus signos. Pero es un espacio insustituible…
Puntuar bien es un arte, un reto: una necesidad. Su dificultad más grande proviene de que exige un desdoblamiento: el que puntúa debe ponerse en el lugar del que va a leer, sin abandonar el lugar del que está escribiendo.
Y tener en cuenta al otro.

It’s a very easy to read and enjoyable book that will solve many of your doubts regarding the score. It is not an exhaustive guide on punctuation however.
Why is it important to reflect on the score, on its signs and how they are used? For a very simple reason: because (like the orthographic rules that teach us to handle b and v, g and h) is key to effective communication in writing. In addition their failures result in the bad image of the one who has committed them; and sometimes when the result is not understandable or equivocal. In the words of a specialist: «The message is hardly altered by one or several periods of literal spelling (there are, of course, anthological exceptions); On the other hand, what a painful task it is to fully understand a poorly punctuated text! What effort to get the possible articulation of the phrase! ».
The score is that it (unlike the spelling of words) can not be completely reduced to a set of rules. Scoring a text will always have a lot of art, making decisions with subtle frequency, and in case of doubt there will be no dictionary or computer program that can give us the correct solution. Let us think that nowadays the most used word processors already inform the careless writer.

We owe to the score the knowledge of what we could call the macrostructure of the text: its division into paragraphs, and into paragraphs in sentences. We know through her what ideas the author considered that he could join (because they were similar, or because of the relationship they had with each other) and which ones he wanted to leave isolated. The score thus transmits the logical structure of the text.
The score also helps us to know what the author’s position is when he says: if he expresses something with irony or scandal, with fear, anxiety or doubt, with hesitation, as a plea or surprise, with modesty, with reluctance or with If you speak for yourself or if you reproduce the words of another … The problem is that the written language does not have enough resources to collect each of these nuances with a different sign, nor does it cover all the widest range of human emotions and feelings.
The printing press helped to extend and standardize the use of punctuation marks, although for centuries there were very different uses, with variations in different countries. For the Spanish the unifying impulse came from the Royal Academy, which in 1742 included the embryo of modern uses in its Orthography (by the way, punctuation has traditionally been considered part of the spelling, although in the popular sense, spelling is what it has to do with the letters: bes, uves, accents, capital letters …, while the punctuation would deal with the signs:, ¿(: …) But until the mid-nineteenth century we can not find a scoring system stable.

The word coma comes from the Greek comma, which means ‘piece, cut’, and indeed: the comma represents the smallest cut, the smallest pause that is marked within a sentence. It has the shape of a “curved scratch”, as defined a century ago spelling for children. With its modern form and function it was already in use in the mid-sixteenth century.
One of its uses is to unite sentences – or parts of a sentence – that have the same function.

The precision that the point should be round, which is found in some seventeenth-century works, is due to the fact that the musical notation was using a square point, and there were even attempts to incorporate it into the punctuation of the texts. The truth is that nowadays, and according to the typefaces, the point varies a lot; As one expert says: «it is round in Futura, square in Helvetic, rhomboidal in Goudy and oval in Ultra Bodoni».

The fact that Spanish is the only language that uses the opening signs has caused some imbalances in this era of technological mediation in writing: the first typewriter keyboards did not have them, and when they were incorporated they appeared in strange places . Still today in the keyboard of the computer in use in Spain the opening of admiration and of interrogation appear to the right of the whole and their respective closures are to the left (that is to say, in the opposite position to which they have in the text); however, the parentheses follow the logical order.

The apostrophe has an extensive use in languages ​​such as French or Catalan, where it also marks the elision of vowels (Sant Sadurní d’Anoia). In English abounds in the so-called Saxon genitive: «John’s Bar». The prestige of this language and the papanatism of many Spanish speakers has made signs of establishments that end in “‘s” flourish on our streets.
Another anomalous and inherited use of English that is given to the apostrophe + s is to form plurals of acronyms. The traditional Spanish way of making the plural of an acronym was to duplicate its letters (as in the United States: United States). To indicate Non-Governmental Organizations, it would be necessary to write OONNGG; but this is never seen: either the acronym is left in the singular (“the NGOs”) -which is the most reasonable solution-, or an s (“the NGOs”) is added, sometimes preceded by an apostrophe (“the ONG’s »). Approximately half of the Spanish web pages opt for the first solution, and of those that add s, a tenth do so with an apostrophe.

What is the score for? To introduce breaks in speech (but do not rest on each sign, and you can rest where there are no signs), to undo ambiguities (but not all can be eliminated by punctuation, nor is this the only way to do it), to do patent the syntactic structure of the sentence (but this is also done by other means), to mark the rhythm and melody of the phrase (although not all signs have these effects), to distinguish senses or special uses of certain words (but for that you can also use typefaces, such as italics), to quote the words of another separating them from your own (but that is also achieved with letter sizes and bleeds), to transmit moods or postures to what is said or write (but not all have a correlation in the score, or this is unique), to indicate the architecture of the text (but so do the whites, and capital letters).
This is the space of punctuation: a space with many functions, whose signs only partially cover, and which are not only covered with their signs. But it is an irreplaceable space …
Scoring well is an art, a challenge: a need. Its greatest difficulty comes from the fact that it requires an unfolding: the one who scores must be put in the place of the one who is going to read, without leaving the place where he is writing.
And take into account the other.

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