El Último Imperio. Los Días Finales De La Unión Soviética — Sergii Plokhy / The Last Empire: The Final Days of the Soviet Union by Sergii Plokhy

Magnífico, el libro nos expone los acontecimientos sucedidos en la antigua URSS entre julio y diciembre de 1991, fechas en las que se produjeron las circunstancias que llevaron a la caída del comunismo y la desintegración de la misma Unión Soviética. No nos indica nada sobre los años precedentes (la llegada de Gorbachov y sus famosas reformas). Directamente comenzamos leyendo sobre el viaje de Bush a Rusia, en julio, para firmar el tratado SART de reducción de armas nucleares. A partir de ahí se precipitan los acontecimientos, que se suceden de forma vertiginosa: el famoso golpe de agosto contra Gorbachov, que nos es narrado con todo detalle, la heroica resistencia de Yeltsin encaramado al tanque, la liberación de Gorbachov, el “contragolpe” de Yeltsin, por el que se apropia del poder efectivo, la ilegalización del PCUS, la independencia de Ucrania y las otras repúbicas, disolución de la URSS y creación de la CEI y por último, la dimisión de Gorbachov como presidente de la URSS. Y detrás de todo esto, entre bambalinas, destaca la enemistad radical entre un Yeltsin al alza, y un Gorbachov que ve menguado su poder a pasos agigantados.
Todos estos acontecimientos transcendentales ocurrieron tan solo en el breve espacio de 6 meses. Son los que estudia el autor, de manera detallada y aun así, muy amena. Solo se me ha hecho un poco más pesada la parte central en que estudia extensamente las negociaciones entre los diferentes actores políticos que llevaron a la independencia de Ucrania y las demás repúblicas, al hablar de muchos contactos en las altas esferas rusas, con muchos nombres y cargos poco conocidos para un lector normal occidental. Pero en líneas generales el libro es muy entretenido y sirve para entender no solo la evolución posterior de los conflictos étnicos en esas zonas del mundo, sino también para reflexionar sobre cuáles fueron las causas para que una potencia tan extensa y poderosa durante 80 años se derrumbara en tan solo 6 meses, de forma incruenta, y desde dentro. Es algo que deja estupefacto a cualquiera.

Este libro es recomendado por las siguientes razones:
1. No está escrito por un estadounidense, lo que hace que los libros, la perspectiva y el contenido sean más interesantes. Es decir. demasiados libros sobre este tema escritos por estadounidenses afirman que EE. UU. ganó la guerra fría al derrotar al imperio del mal. Era mucho más complicado …
2. El tema es notable: en relación con otros estados / imperios, el final de la URSS fue “notablemente” pacífico. Yo estaba fascinado por cómo el sistema “soviético”. Políticamente, funcionó en este momento tan difícil con menos violencia en comparación con otras estaciones e imperios cuando se juntaron. (Los chechanos y otros pequeños conflictos regionales argumentarían lo contrario, pero consideran el potencial de una violencia más generalizada).
3. Este libro tiene una excelente cobertura sobre cómo se creó Ukaine, incluida la mayoría rusa de Crimea y el este de Ucrania, y por qué esto no fue un problema importante en 1992-1994 cuando la URSS se separó: la cobertura de este tema solo hace que este libro sea altamente recomendado.
4. La discusión del marco de tiempo cubierto en este libro como un colapso de un imperio, y las motivaciones de los diferentes grupos étnicos y el liderazgo dentro de la antigua Unión Soviética.
En general, un gran libro, a pesar de las secciones eran tediosas de leer.

La profesora Serhii Plokhy es una investigadora erudita, cuidadosa y perspicaz de fuentes primarias, que ha escrito el relato definitivo de la implosión de la Unión Soviética. Estuve en Kiev por negocios en 1991 y fui testigo de los eventos descritos en el libro, pero no era del todo consciente de las corrientes subterráneas que me rodeaban. Incluso conocía algunas de las figuras políticas ucranianas.
Estoy de acuerdo con Timothy Colton, de la Universidad de Harvard, y autor de “Yeltsin: A Life”, donde en la contraportada del libro que escribe, cita … “El último imperio … igualmente notable por su análisis penetrante “Este conjunto de eventos excepcionalmente complejo. Es particularmente revelador sobre las contradicciones integradas en la política de los EE. UU. y sobre las contribuciones al resultado de las numerosas naciones de la URSS, incluidos los ucranianos, cuyo papel fundamental a menudo se ha descuidado en estudios anteriores”. … entre comillas Esto se debe a que el profesor Plokhy habla con fluidez ruso, ucraniano y bielorruso. Es tan reconfortante leer a un erudito estadounidense que no tiene que transliterar del ruso. Por ejemplo, traduce el nombre del dictador bielorruso de Bielorruso, a saber, Lukashenka y la capital ucraniana correctamente de Ucrania como Kiev.
Este libro confirmó muchas de las actividades de las que fui testigo. El más profundo y sorprendente fue el impulso legislativo del Partido Comunista para obtener la independencia de Ucrania.
Hay, sin embargo, varios temas sobre los que me gustaría comentar. Son Crimea y la información biográfica de Mikhail y Raisa (nee Titarenko) Gorbachev.
En las páginas 176, 280 y 281 prof. Plokhy afirma incorrectamente que Crimea fue transferida de la Federación de Rusia a Ucrania. Lo que debería haber dicho es que se trataba de un intercambio de territorio, una diferencia muy grave en la guerra entre Rusia y Ucrania.
El 19 de febrero de 1954, el Presidium del Soviet Supremo de la URSS adoptó un decreto “Sobre la transferencia del Oblast de Crimea de la RSFSR a la Ucrania dentro de la URSS”.
La República Socialista Soviética de Ucrania (UkrSSR) transfirió a la República Socialista Federada Soviética de Rusia (RSFSR), a cambio de Crimea sus territorios históricos que bordeaban las regiones de Smolensk, Kursk, Belgorod y Voronezh. La región de Rostov en 1924 fue transferida a la ciudad de Taganrog. En los territorios transferidos, la mayoría de la población en ese momento se identificaba como ucraniana. Ucrania también transfirió a Rusia la región de Shakhty en Donbas y Starodub en la región de Chernihiv / Sivershchyna. El resultado fue la transferencia a la RSFSR de tierras de Ucrania igual al área de Crimea con una población ucraniana de más de 1.2 millones de personas.
El 26 de abril de 1954, el Soviet Supremo bajo la ley soviética, adoptó la ley “Sobre la transferencia del Óblast de Crimea de la RSFSR en el Reino Unido”.
En la página 11, el profesor Plokhy escribe que Mikhail y Raisa (nee Titarenko) eran mitad rusos y mitad ucranianos. Esta es la línea oficial del Partido Comunista y actualmente está respaldada por Wikipedia, pero mi información es diferente.
En 1991, me reuní y hablé con un general de la KGB que venía del mismo pueblo cosaco de Kuban que la familia Horbach. La versión rusa del apellido Horbach es Gorbachov. Según él, Gorbachov era ucraniano.
Tatiana Lysenko, la autora de “El precio de la libertad”, escribió sobre los Gorbachov. Ella respondió a mi solicitud de más información, cita … “¡Ambos ucranianos étnicos! Me lo contó la conocida escritora de Moscú Nina Danhulova (fallecida) que conoció personalmente a Raisa y Mikhail y que venía de la misma área que Mikhail Gorbachov. … El abuelo de Michael – Andrey Horbach era de origen ucraniano (Kuban Cossack) … Kuban Los cosacos son ucranianos étnicos, y (territorio de Stavropol) era anteriormente tierra ucraniana Kuban … Así que Michael era un ucraniano étnico puro … Lo que sé de Raisa. Sí, su padre Titarenko se mudó de Chernihiv (Ucrania) a Siberia (territorio de Altai) en 1929 para construir un ferrocarril … La madre de Raisa – Alexandra Parada proviene de una familia campesina de colonos en Siberia. Probablemente también vino de Ucrania. Esto es lo que sé “.
Gail Sheehy, editora política colaboradora de Vanity Magazine y autora de “El hombre que cambió el mundo (la biografía de Gorbachov)”, 1990. Cita … “Los antepasados ​​de Gorbachov eran cosacos ucranianos … que se asentaron en las zonas más al sur del territorio de Stavropol … Los bisabuelos de Gorbachov se establecieron en el pueblo de Privolnoye, Stavropol. La familia llegó a Ucrania por primera vez en 1840. Gorbachov confirmó que sus abuelos maternos también eran ucranianos. Gopkalo (Hopkalo) era el nombre de la familia, según los aldeanos. Al crecer, Misha aprendió el idioma ucraniano en su casa (aunque por edicto oficial ya no existía ese idioma) y estaba firmemente arraigada por las baladas y la poesía en su pasado cosaco y el orgullo de sus antepasados ​​campesinos libres … Los vecinos me dijeron: “Ellos también tenían su propia granja. Vivían en el borde de la aldea, donde se asentaron todos los ucranianos. “… entre comillas.
¡Creo que para cualquier lector interesado en la historia imperial de Rusia / Unión Soviética, Ucrania, Bielorrusia y la política exterior de los Estados Unidos, esta es una lectura obligatoria.

Es comprensible el entusiasmo de los políticos estadounidenses ante los acontecimientos de finales de 1991: al ver cómo se arriaba la bandera roja del Kremlin, seguramente recordarían los sacrificios que había hecho su país durante el enfrentamiento global con la Unión Soviética. Es fácil, incluso, compartir ese sentimiento. Ahora, sin embargo, casi un cuarto de siglo después, conviene analizar lo que realmente ocurrió con actitud desapasionada. El discurso según el cual la caída de la URSS se debió al triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría llevó a sobrestimar el poder de este país en un periodo –el decenio anterior a los atentados del 11 de septiembre y la larga guerra de Irak– en el que era más importante que nunca no engañarse al respecto. Los relatos basados en una idea exagerada de la influencia estadounidense alimentan hoy las teorías conspirativas de los nacionalistas rusos: el derrumbe de la Unión Soviética fue, según dicen, resultado de un complot de la CIA. Tales teorías se difunden en las publicaciones electrónicas de ideología radical y hasta en las grandes cadenas de televisión rusas.
A la desintegración del estado soviético es mucho más compleja que la que se ha extendido hoy en los dos antiguos bloques antagónicos, y posiblemente causará polémica. Sostengo que el surgimiento de un mundo unipolar, caracterizado por la hegemonía estadounidense, tuvo tanto de casual como de intencionado. Conviene examinar de nuevo los orígenes de este mundo, así como las ideas y acciones –deliberadas o involuntarias– de quienes lo crearon, a ambos lados del Atlántico, si queremos comprender los males que lo han aquejado durante los últimos quince años.
Aunque a menudo se hacía referencia a ella simplemente como “Rusia”, la Unión Soviética era, en realidad, una amalgama de naciones que Moscú controlaba alternando la fuerza bruta con la tolerancia hacia sus peculiaridades culturales. La represión fue sin embargo la tónica del periodo soviético. La Federación Rusa era la república más extensa con diferencia, pero había catorce más. Los casi ciento cincuenta millones de rusos constituían apenas el cincuenta y uno por ciento de la población de la URSS, y los más de cincuenta millones de ucranianos –el segundo grupo más numeroso–, casi el veinte por ciento.
El destino de la Unión Soviética se decidió en sus últimos cuatro meses, es decir, el periodo comprendido entre el golpe de estado que comenzó el 19 de agosto de 1991 y el encuentro de los dirigentes de las repúblicas soviéticas que se celebró en Almatý el 21 de diciembre. A mi entender, el factor clave no fue la política de Estados Unidos, ni el conflicto entre el gobierno central y Rusia (representados respectivamente por Gorbachov y Yeltsin), ni las tensiones entre el gobierno central y las demás repúblicas, sino la relación entre las dos más extensas, a saber, Rusia y Ucrania: la negativa de sus clases dirigentes a convivir en un mismo estado puso el fin definitivo a la Unión Soviética.

Las armas nucleares desempeñaron un papel decisivo en la Guerra Fría: la llevaron a los momentos más tensos y de mayor peligro para el mundo, pero también evitaron un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética –los primeros países en obtenerlas–, pues el riesgo de destrucción total era demasiado grande. Con una Alemania dividida en el centro del conflicto geopolítico, Estados Unidos, que había creado la bomba atómica en el verano de 1945, se sentía seguro frente a la hegemonía absoluta de las fuerzas convencionales de la URSS en Europa central y oriental, que Stalin había ocupado y sometido al dominio comunista. Los soviéticos no sentían esta tranquilidad: redoblaron sus esfuerzos por fabricar la bomba y lo lograron en 1949, gracias en parte a los secretos tecnológicos que habían robado a su rival.
Existían, por tanto, dos potencias nucleares, y tras la guerra de Corea parecían abocadas al enfrentamiento armado. Ambas empezaron a competir en el desarrollo de una nueva generación de armamento no convencional: en la década de 1950, las dos fabricaron la bomba de hidrógeno, mucho más mortífera y difícil de controlar que la atómica. En el otoño de 1957, los soviéticos pusieron en órbita al satélite Sputnik…
Mijaíl Gorbachov tenía grandes esperanzas depositadas en la cumbre de Moscú. Sería su tercer encuentro con Bush en poco más de un año: le había visitado en Washington a finales de mayo y principios de junio de 1990, y, a mediados de julio de 1991, los dos mandatarios habían negociado en la cumbre de los siete países más ricos del mundo (G7), celebrada en Londres. En todas estas entrevistas, Gorbachov había pedido ayuda económica a su homólogo estadounidense. Pero el líder soviético buscaba algo más que dinero: cada vez más impopular en su país, necesitaba imperiosamente mejorar su imagen, y la política internacional era el único medio. La cumbre serviría para recordar a los ciudadanos soviéticos que su presidente era un estadista de prestigio mundial.

Yeltsin no era, sin embargo, el único político en alimentar el nacionalismo ruso: sus adversarios conservadores propugnaban la creación de un Partido Comunista de la Federación Rusa, similar a los de las repúblicas no rusas. La idea se abrió paso en los primeros meses de 1990 como respuesta a la fundación, a finales del año anterior, de la Plataforma Democrática, organización integrada en el PCUS y dirigida por Yeltsin y otros reformistas radicales. Los miembros del Politburó de la Unión no sabían cómo reaccionar ante estos acontecimientos. Gorbachov no tenía una postura clara al respecto. “Si se crea un PCR [Partido Comunista Ruso] –advirtió a sus colegas del Politburó en una reunión celebrada el 3 de mayo de 1990–, los partidos comunistas de otras repúblicas dirán: ¿para qué necesitamos al PCUS?”.
Gorbachov coincidió plenamente con Medvedev: “Estoy de acuerdo con restaurar la autoridad de Rusia. Pero no hasta el punto de convertirla en soberana: sería despojar a la Unión de su núcleo”. Sin embargo, parecía difícil fortalecer la “autoridad” de los rusos y negarles, a la vez, lo que otras repúblicas habían reclamado con éxito. El Politburó aplazó la decisión, con lo que el problema ruso no solo no se resolvió, sino que se agravó. En noviembre de 1989, el primer ministro soviético, Ryzhkov, dijo lo siguiente en una reunión de aquel órgano: “No deberíamos preocuparnos por las repúblicas bálticas, sino por Rusia y Ucrania. [La soberanía de estas repúblicas] supondría la total desintegración [de la Unión]. Haría falta otro gobierno, otros líderes para el país, y hasta otro país”.

En Estados Unidos había cerca de setecientos cincuenta mil ciudadanos de ascendencia ucraniana; en Canadá, un millón. No era una comunidad numerosa comparada con otras, pero estaba bien organizada y era políticamente activa. A lo largo de la Guerra Fría, sus líderes habían pedido –y conseguido– el voto para candidatos del Partido Republicano. Bush lo sabía, y por eso le dio la razón a Matlock. Omitiendo el artículo, contentaría a sus votantes de origen ucraniano, pero sin ofender a Gorbachov: el ruso no tiene artículos definidos ni indefinidos. En la versión del discurso actualmente disponible en la página web de la biblioteca y museo presidenciales George Bush, en College Station (Texas), el artículo definido figura delante de Ucrania en algunas frases y en otras no, lo que refleja la confusión que reinaba entre los asesores del presidente en el vuelo a Kiev. Matlock también intentó suprimir ciertos pasajes donde Bush manifestaba su apoyo a Gorbachov y al nuevo tratado de la Unión, porque creía que no iban a sentar bien en Kiev; pero fue demasiado tarde: el texto del discurso ya se había repartido a los periodistas.
A las seis de la mañana del día 19, los medios de comunicación soviéticos anunciaron la destitución de Gorbachov y la declaración del estado de emergencia, que duraría seis meses. La noticia conmocionó al país. No hubo explicaciones ni análisis en las cadenas de radio y televisión, que tenían la orden de actuar como en los días de luto por anteriores líderes soviéticos: cuando murieron Brézhnev, Andrópov y Chernenko (entre 1982 y 1985), las cadenas apenas habían emitido otra cosa que música clásica y ballet.
La noche del 19 de agosto, Bush dictó a la grabadora su carta imaginaria a Gorbachov: “No sé si hay alguna posibilidad de que vuelvas, Mijaíl. Espero que no tengas que ceder tanto que, en el caso de volver, estés bajo sospecha. Espero que Yeltsin, que exige tu regreso, se mantenga firme, y que este repugante golpe de los conservadores no lo expulse del poder”. Sus palabras sonaban a plegaria. ¿Sería atendida? Era imposible saberlo.
Gorbachov salió para Moscú en el mismo avión que Rutskói y los demás miembros de la delegación rusa. El vicepresidente lo había convencido de que era más seguro que el avión presidencial, que los golpistas podían intentar derribar. Por su parte, Yázov maldijo el día en que había aceptado incorporarse al Comité de Emergencia: resignado a su suerte, recibió con aplomo la noticia de su detención. A Kryuchkov se le pidió que volara en el mismo avión que Gorbachov y “los rusos”, lo que le infundió esperanzas. Sin embargo, le registraron antes de que subiera al avión, y durante el vuelo nadie le dirigió la palabra aparte del guardia: lo utilizaron como escudo humano para evitar un atentado que muchos creían que él mismo había organizado. Nada más aterrizar en Moscú fue detenido, para su sorpresa, por las autoridades rusas, no las soviéticas. Se le recluyó provisionalmente en un edificio situado en un complejo turístico cercano a la capital.
Gorbachov no llegó a comprender muchos aspectos de la situación posterior al golpe, entre ellos el creciente poder de las masas: miles de ciudadanos habían ocupado las calles y plazas de Moscú, convirtiéndose en una importante fuerza política, así como en un arma formidable para Yeltsin y sus huestes, quienes, al contrario que Gorbachov, sabían hablar a la gente, influir en ella y aprovechar su apoyo para imponerse en las batallas políticas. Si bien la movilización de las masas era fruto de la glásnost y la perestroika, los moscovitas no habían defendido, en los días del golpe, los ideales del presidente soviético: la gente no aspiraba a “reestructurar” el sistema, sino a construir uno nuevo.
En los días siguientes, Gorbachov desperdició la oportunidad de convertirse en un político diferente y caería derrotado en el primer y decisivo asalto de su combate con el cada vez más poderoso Boris Yeltsin. Este doble fracaso tendría enorme trascendencia para el futuro de la Unión Soviética.

A los presidentes que compartían el poder en el Kremlin los mantenían unidos dos factores que ahora escapaban a su control: los dirigentes de las repúblicas no rusas, que no querían que ninguno de los dos mandatarios tuviera más poder que el otro, y el presidente de Estados Unidos, que todavía era fiel a Gorbachov y confiaba en que su alianza con Yeltsin asegurara la continuidad de una Unión Soviética débil pero estable. Por lo demás, y como había ocurrido durante el golpe, Yeltsin tenía que mostrarse dispuesto a colaborar con Gorbachov como condición inexcusable para consolidar su relación con Bush y con occidente en general. El 24 de agosto le dijo al embajador estadounidense, Bob Strauss que “por ahora, Gorbachov y yo nos llevamos muy bien”, y le pidió que se lo comunicara así a Bush. Strauss resumiría así la impresión que sacó de la entrevista: “[Yeltsin] es consciente de su autoridad y de su nuevo papel, pero por otro lado quiere que se sepa que está colaborando con Gorbachov… desde una posición de fuerza.
Curiosamente, y pese a estar de acuerdo en que el principal objetivo de la cumbre de Madrid era reunir a las dos partes del conflicto de Oriente próximo e invitarlas a entablar negociaciones, Bush y Gorbachov apenas hablaron de la conferencia en su encuentro preliminar. Bush quería que los soviéticos siguieran presionando a los dirigentes sirios y palestinos para que participaran en el proceso de paz, y Gorbachov prometió hacerlo. Pero el presidente soviético también tenía varias cosas que pedirle a Estados Unidos. La política exterior de la URSS era más modesta que antes, limitándose al mundo eslavo y ortodoxo, tradicional zona de influencia de los zares: así, Gorbachov quería que los estadounidenses convencieran al aliado turco de que fuese más flexible en su relación con los grecochipriotas, y que presionaran a las Naciones Unidas para que interviniesen más activamente en la crisis yugoslava, que ya se había cobrado sus primeras víctimas. Pero no avanzó demasiado: Bush no le prometió nada respecto a Chipre y se mostró escéptico sobre los intentos de resolver el conflicto de Yugoslavia.
Al llegar a Moscú, como al volver de Crimea después del golpe, Gorbachov se encontró con un país diferente. Boris Yeltsin era, una vez más, el agente del cambio. A todo el mundo, incluidos los consejeros de Gorbachov, le asombró su decisión de acometer las reformas económicas a las que el presidente soviético siempre se había resistido y que ya no podría ejecutar. “Estos días son seguramente decisivos –anotó Cherniaev a su regreso de Madrid”.
Antes de la conferencia de Madrid, la cuestión ucraniana había ido preocupando cada vez más no solo a Gorbachov, sino también a Bush, aunque por motivos relacionados con la política nacional. El intérprete de Gorbachov, Pável Palazhchenko, recordaría más tarde cómo, en la cena ofrecida por el rey Juan Carlos, que tan buena impresión le causó a Gorbachov, el presidente estadounidense le hizo a su homólogo soviético unas cuantas preguntas sobre Ucrania. “¿Crees que Kravchuk ganará las elecciones?”, quiso saber; Gorbachov respondió afirmativamente. “¿Y crees que luego formará algún tipo de Unión o asociación con vosotros?”, Gorbachov contestó que no estaba seguro de lo que pretendía Kravchuk, pero sí de que Rusia y Ucrania seguirían juntas: “Las dos naciones son como ramas de un mismo árbol; nadie podrá separarlas”. Bush sacó entonces a colación las elecciones presidenciales que se celebrarían en su país al año siguiente. Palazhchenko lo notó bastante preocupado, pero no vio ninguna relación entre los dos asuntos: las elecciones presidenciales ucranianas y las estadounidenses. De hecho la había.
La clave estaba en el referéndum que iba a celebrarse muy pronto. Los consejeros del presidente soviético no creían que Crimea ni otras regiones de Ucrania con una numerosa población de origen ruso fueran a votar a favor de la independencia. Se daba una situación paradójica: el futuro de la Unión, dominada por Rusia, dependía del resultado de la consulta ucraniana, que a su vez dependía de lo que votasen los ciudadanos de etnia rusa que vivían en el sur y el este del país.
La población rusa de Ucrania era consciente de que la Unión Soviética no funcionaba: la economía se iba deteriorando muy rápido. Todos los ciudadanos de la república, incluidos los rusos, estaban dispuestos a probar otra cosa.
La necesidad de independencia política y económica se puso de manifiesto en el mes de noviembre, cuando el banco central soviético le cortó los fondos a la república, haciendo muy difícil el pago de salarios en las instituciones y empresas ucranianas. El discurso de Yeltsin sobre las reformas económicas desestabilizó el mercado de consumo en Rusia: los precios subieron y las tiendas de la capital se quedaron desabastecidas. Los moscovitas, cuyos salarios pagaba el gobierno ruso, se dirigían al sur en tren para comprar productos agrícolas en Ucrania. Sin embargo, los ucranianos y los rusos del este del país protegieron físicamente sus mercados y los precios bajos que pagaban por los productos agrícolas reteniendo a los viajeros en las estaciones de tren cuando llegaban. En ciudades industriales como Dnipropetrovsk, los enfrentamientos entre los dos grupos eran diarios. La independencia parecía la única salida para los ciudadanos de todas las etnias.

Pese a su indudable resentimiento contra Yeltsin, Gorbachov se mostró dispuesto a colaborar con los dirigentes de las repúblicas. Según decía una nota que Anatoli Cherniaev le había preparado para la entrevista con Baker, el acuerdo entre los tres países eslavos había creado una nueva situación política. “Quiero trabajar con mis viejos colegas –dijo el presidente, refiriéndose a Aleksandr Yákovlev y Eduard Shevardnadze– para consolidar la Comunidad y asegurar una sucesión tranquila”. También le comunicó a Baker que había acordado con Yeltsin un plazo para entregar el poder. El presidente soviético y su interlocutor estadounidense todavía tenían sus reservas sobre la entidad política fundada en Białowieża, pero reconocieron que era una realidad y trataron de adaptarse. Pero, si Baker era bienvenido y un socio importante para la Comunidad, a Gorbachov, en cambio, se le tenía por un impostor y un intruso, y todos procuraban distanciarse.
Gorbachov tenía depositadas en la cumbre de Almatý sus esperanzas de seguir en el poder: creía que los presidentes de esas repúblicas iban a hacer de la Comunidad una entidad mucho más centralizada que la concebida en Viskuli por Yeltsin, Kravchuk y Shushkiévich. Y es que confiaba, como tantas veces desde 1989, en que el “radicalismo” de los políticos rusos se viera compensado por la moderación de los dirigentes centroasiáticos.
Fue un error. La mayoría de estos dirigentes, entre ellos los de las dos mayores repúblicas –Nursultán Nazarbáyev, de Kazajistán, e Islom Karimov, de Uzbekistán– no estaban a favor la creación de la Comunidad eslava, pero tampoco querían enemistarse con Rusia. Además tenían suficientes motivos de descontento con la Unión y una ambición de independencia lo bastante fuerte para apoyar sin reservas la idea de una Comunidad que incluyera sus repúblicas.
Con el tiempo comprobaremos el verdadero alcance del acuerdo firmado en Almatý”, decía el diario moscovita Izvestia. Ni para los participantes en la cumbre ni para los observadores estaban claras las consecuencias que tendría a largo plazo, pero su transcendencia supo verla enseguida alguien cuyo futuro inmediato dependía de lo acordado por los once presidentes: “Ayer fue la masacre de Almatý –anotó en su diario el ayudante de Gorbachov, Anatoli Cherniaev–. Un hecho sin duda decisivo, comparable al 25 de octubre de 1917, y con resultados igualmente inciertos”. Se refería a la toma de San Petersburgo por parte de los bolcheviques, acontecimiento que había cambiado la historia de su país y la del mundo. Cherniaev y su jefe, Mijaíl Gorbachov, estaban a punto de entrar en la última etapa de sus carreras políticas, y seguramente la más dramática.
Los últimos días de Mijaíl Gorbachov en el cargo pusieron de manifiesto el grado de desconfianza y de odio que el presidente soviético y su adversario, Boris Yeltsin, sentían el uno por el otro. No conviene, sin embargo, exagerar la importancia del conflicto personal entre los dos políticos. Y es que no dependía únicamente de ellos que la Unión Soviética siguiera viva o se extinguiera. El conflicto fundamental fue el que se produjo entre las incipientes instituciones de la Federación Rusa y las de las demás repúblicas soviéticas. Ucrania estaba decidida a separarse de la Unión, así que Yeltsin tenía dos opciones: seguir soportando la carga del imperio o abandonarlo. Finalmente se inclinó por la segunda. Su enfrentamiento con Gorbachov no hizo sino acelerar el proceso.

Se suele culpar –o atribuir el mérito– a Rusia de la desintegración de la URSS. La pugna entre Gorbachov y Yeltsin constituyó, sin duda, un factor importante, aunque fue perdiendo peso a medida que se alejaban en el tiempo los acontecimientos de agosto. En diciembre de 1991, Rusia ya se había hecho con el control de las instituciones de la Unión, o por lo menos había impedido que funcionaran sin su aprobación y sostén. El desenlace del conflicto entre Rusia y el gobierno central estaba claro antes del referéndum ucraniano del 1 de diciembre y del acuerdo de Białowieża, firmado el día 8. Fueron las relaciones de Rusia con Ucrania, la segunda república más importante, y no con el gobierno central, muy debilitado para entonces, las que decidieron finalmente el destino del imperio soviético.
La URSS se fundó en 1922 para integrar a Ucrania. La Unión contaba con un gobierno central fuerte que, en su primer decenio, tuvo por objetivo retener a los ucranianos y limitar las ambiciones de los rusos, que antes habían formado la etnia mayoritaria. Diezmados por la hambruna de 1932-1933, los jerarcas comunistas ucranianos recuperaron poder después de la Segunda Guerra Mundial; de hecho, pasaron a gobernar el imperio con Rusia. En la época de Jrushchov y en la de Brezhnev conservaron su enorme influencia en Moscú. Gorbachov, sin embargo, los apartó del poder.
A pesar de su resentimiento contra Gorbachov y su política, los apparatchiks del partido en Ucrania se mantuvieron leales a la Unión hasta el golpe de estado de agosto, y aun después en algunos casos. Fracasado el golpe, Yeltsin intentó apoderarse del gobierno central, por lo que la clase dirigente ucraniana corría el peligro de quedarse sola frente a una todopoderosa Rusia, que actuaría ya sin ninguna restricción. Si Gorbachov trataba de incorporar a los ucranianos a las instituciones de la URSS, ofreciéndole el segundo cargo más importante del partido a uno de los citados apparatchiks y, posteriormente, el de primer ministro de la futura Unión a un miembro del gobierno de Ucrania, Yeltsin no tenía, en cambio, intención de contentar a Kiev. En cualquier caso, los ucranianos ya no deseaban formar parte de ninguna Unión. Los dirigentes de la república estaban, en efecto, decididos a proclamar la independencia, y los rusos no pudieron o no quisieron ofrecerles una fórmula de asociación atractiva (y que no fuese una confederación dominada por Rusia): fueron estos dos factores los que condujeron a la disolución de la Unión Soviética.
La incapacidad de Gorbachov para recuperar el poder después del golpe, la torpeza con que Yeltsin intentó tomar el control del gobierno central, su posterior decisión de emprender reformas económicas en Rusia sin contar con las demás repúblicas, y, por último, la tenacidad con que Kravchuk persiguió la independencia colocaron en una situación difícil a las repúblicas que aún no habían manifestado su voluntad de abandonar la Unión. Los dirigentes bielorrusos, anfitriones de la cumbre de Białowieża, les garantizaron a Yeltsin y a Kravchuk su apoyo a cualquier decisión que adoptaran los dos presidentes. En todo caso, sabían que Bielorrusia tenía que seguir unida a Rusia pasara lo que pasara, entre otras razones porque dependía de su suministro energético. Nursultán Nazarbáyev, presidente de Kazajistán y anfitrión de la cumbre celebrada en Almatý el 21 de diciembre, compartía esta postura, aunque no por los recursos naturales rusos, sino por los ciudadanos de etnia eslava que vivían en la república, y que superaban en número a los kazajos. Los gobernantes de las demás repúblicas centroasiáticas tampoco concebían una Unión sin Rusia. Hubo una reacción en cadena: Ucrania no quería formar parte de la Unión; Rusia no concebía la Unión sin Ucrania y, de las otras repúblicas, las que querían seguir en la Unión no la concebían sin Rusia. Así, los amos del imperio expulsaron de él a los dirigentes centroasiáticos, que no tuvieron más remedio que incorporarse a la Comunidad.
Hay motivos de sobra para considerar 1991 un año decisivo en la historia del mundo. Su influencia se percibe sobre todo en el espacio postsoviético, donde las relaciones internacionales y económicas y la política nacional siguen marcadas por los acontecimientos de un año que algunos tienen por annus mirabilis, y otros, como el actual presidente de Rusia, Vladímir Putin, asocian con el “mayor desastre geopolítico del siglo”.

Magnificent. The book exposes the events that took place in the former USSR between July and December 1991, dates in which the circumstances that led to the fall of communism and the disintegration of the Soviet Union itself occurred. It does not tell us anything about the preceding years (the arrival of Gorbachev and his famous reforms). We started directly reading about Bush’s trip to Russia, in July, to sign the SART treaty on nuclear weapons reduction. From then on, the events take place in a dizzying way: the famous August coup against Gorbachev, which is narrated in great detail, the heroic resistance of Yeltsin perched on the tank, the liberation of Gorbachev, the “backlash” of Yeltsin, by which the effective power is appropriated, the ilegalización of the PCUS, the independence of the Ukraine and the other republics, dissolution of the USSR and creation of the CIS and finally, the resignation of Gorbachev as president of the USSR. And behind all this, behind the scenes, stands out the radical enmity between a Yeltsin on the rise, and a Gorbachev who sees his power diminished by leaps and bounds.
All these transcendental events occurred only in the short space of 6 months. They are the ones that the author studies, in a detailed way and even then, very enjoyable. Only the central part in which I am extensively studying the negotiations between the different political actors that led to the independence of Ukraine and the other republics has been made a little heavier, when speaking of many contacts in the Russian high places, with many names and charges little known to a normal Western reader. But in general the book is very entertaining and serves to understand not only the subsequent evolution of ethnic conflicts in those areas of the world, but also to reflect on what were the causes for a power so extensive and powerful for 80 years to collapse in just 6 months, in a non-invasive way, and from within. It is something that leaves anyone stunned.

This book is recommended for the following reasons:
1. It is not written by an American – making the books perspective and content more interesting. I.e. too many books on this subject written by Americans claim the US won the cold war by vanquising the evil empire. It was far more complicated….
2. The subject is remarkable – relative to other states/empires, the end of the USSR was “remarkably” peaceful. I was fascianted by how the “soviet” system. politically, functioned in this very difficult time with less violence occurring compared to other staes and empires when they collasped. (Chechans and other small regional conflicts would argue otherwise but consider the potential for more widespread violence).
3. This book has excellant coverage on how Ukaine was created – including a Russian majority Crimea and eastern Ukraine – and why this was not a major issue in 1992-1994 when the USSR came apart – the coverage for this subject alone makes this book highly recommended.
4. The discussion of the time frame covered in this book as a collapse of an empire – and the motivations of the different ethnic groups and leadership within the former soviet union.
Overall a great book, despite sections were tedious to read.

Prof. Serhii Plokhy is an erudite, careful and discerning researcher of primary sources, who has written the definitive account of the implosion of the Soviet Union. I was in Kyiv on business in 1991 and was a witness to the events described in the book, but was not fully aware of the undercurrents swirling around me. I even knew some of the Ukrainian political figures.
I agree with Timothy Colton, of Harvard University, and author of “Yeltsin: A Life”, where on the back jacket of the book he writes, quote… “..The Last Empire …equally notable for its penetrating analysis of this exceptionally complex set of events. It is particularly revealing on the contradictions built into U.S. policy and on the contributions to the outcome of the many nations of the USSR, including the Ukrainians, whose pivotal role has often been neglected in previous studies.”…unquote. This is because Prof. Plokhy is fluent in Russian, Ukrainian and Belarusian. It is so refreshing to read an American scholar who does not have to transliterate from Russian. For example he translates the name of the Belarusian dictator from Belarusian, namely Lukashenka and the Ukrainian capital correctly from Ukrainian as Kyiv.
This book confirmed many of the activities I was witness to. The most profound and amazing was the Communist Party’s legislative push in gaining Ukrainian independence.
There are, however, several topics on which I would comment. They are Crimea and the biographical information of Mikhail and Raisa (nee Titarenko) Gorbachev.
On pages 176, 280 and 281 prof. Plokhy incorrectly states that Crimea was transferred from the Russian Federation to Ukraine. What he should have said was that it was an exchange of territory, a very grave difference in today’s Russian-Ukrainian war.
February 19, 1954 the Presidium of the Supreme Soviet of the USSR adopted a decree “On the transfer of the Crimean Oblast from the RSFSR to the UkrSSR.”
The Ukrainian Soviet Socialist Republic (UkrSSR) transferred to the Russian Soviet Federated Socialist Republic (RSFSR), in exchange for Crimea its historic territories which bordered on the Smolensk, Kursk, Belgorod and Voronezh oblasts (regions). The Rostov region in 1924 was transferred to the city of Taganrog. In the transferred territories the majority of the population at that time identified themselves as Ukrainian. Ukraine also transferred to Russia the region of Shakhty in Donbas and Starodub in the Chernihiv/Sivershchyna region. It resulted in the transfer to the RSFSR of land from Ukraine equal to the area of Crimea with a Ukrainian population of over 1.2 million people.
On April 26, 1954 the Supreme Soviet under Soviet law, adopted the law “On the transfer of the Crimean Oblast from the RSFSR in the UkrSSR”
On page 11 Prof. Plokhy writes that Mikhail and Raisa (nee Titarenko) were half Russian and half Ukrainian. This is the official Communist Party line and currently supported by Wikipedia, but my information is different.
In 1991 I met and spoke with a KGB General who came from the same Kuban Cossack Village as the Horbach family. The Russian version of the surname Horbach is Gorbachev. According to him Gorbachev was Ukrainian.
Tatiana Lysenko the author of “The Price of Freedom” wrote about the Gorbachevs. She responded to my request for more information, quote…” Both ethnic Ukrainians! It was told to me by the well-known Moscow writer Nina Danhulova (deceased) who personally knew Raisa and Mikhail and came from the same area as Mikhail Gorbachev. … Michael’s grandfather – Andrey Horbach was of Ukrainian origin (Kuban Cossack)…. Kuban Cossacks are ethnic Ukrainians, and it (Stavropol territory) was previously Ukrainian Kuban land … So Michael was pure ethnic Ukrainian …. What I know about Raisa. Yes, her father Titarenko moved from Chernihiv (Ukraine) to Siberia (Altai Territory) in 1929 to build a railway … Raisa’s mother – Alexandra Parada comes from a peasant family of settlers to Siberia. The family probably also came from Ukraine. This is what I know. “…unquote.
Gail Sheehy, a contributing political editor to Vanity Magazine and the author of “The Man Who Changed the World (Gorbachev’s biography)”, 1990. Quote…”Gorbachev’s ancestors were Ukrainian Cossacks…settling in the southernmost wilds of the territory of Stavropol…Gorbachev’s great-grandparents settled in the village of Privolnoye, Stavropol. The family first came there from Ukraine in 1840’s …Gorbachev has confirmed that his maternal grandparents were also Ukrainian. Gopkalo (Hopkalo) was the family name, according to villagers. Growing up, Misha learned the Ukrainian language at home (though by official edict such a language no longer existed) and was firmly rooted by ballads and poetry in his Cossack past and the pride of his free peasant forebears. …the neighbors told me. “They had their own farm, too. They lived over on the edge of the village, where all the Ukrainian were settled.”…unquote.
I believe that for any reader seriously interested in the Imperial history of Russia/Soviet Union, Ukraine, Belarus and the foreign policy of the United States, this is a must read!.

The enthusiasm of American politicians for the events of late 1991 is understandable: when they saw the red flag of the Kremlin being lowered, they would surely remember the sacrifices that their country had made during the global confrontation with the Soviet Union. It is easy, even, to share that feeling. Now, however, almost a quarter of a century later, it is convenient to analyze what really happened with a dispassionate attitude. The speech according to which the fall of the USSR was due to the triumph of the United States in the Cold War led to overestimate the power of this country in a period-the decade before the attacks of September 11 and the long war in Iraq where it was more important than ever not to be fooled about it. Stories based on an exaggerated idea of ​​American influence feed today the conspiracy theories of Russian nationalists: the collapse of the Soviet Union was, they say, the result of a CIA plot. Such theories are disseminated in electronic publications of radical ideology and even in the big Russian television networks.
The disintegration of the Soviet state is much more complex than that which has spread today in the two antagonistic old blocs, and will possibly cause controversy. I argue that the emergence of a unipolar world, characterized by American hegemony, had both casual and intentional. It is worth examining again the origins of this world, as well as the ideas and actions – deliberate or involuntary – of those who created it, on both sides of the Atlantic, if we want to understand the evils that have afflicted it during the last fifteen years.
Although it was often referred to simply as “Russia”, the Soviet Union was, in reality, an amalgam of nations that Moscow controlled by alternating brute force with tolerance towards its cultural peculiarities. The repression was however the tonic of the Soviet period. The Russian Federation was the most extensive republic by far, but there were fourteen more. The almost one hundred and fifty million Russians constituted barely fifty-one percent of the population of the USSR, and the more than fifty million Ukrainians – the second largest group – almost twenty percent.
The destiny of the Soviet Union was decided in its last four months, that is to say, the period between the coup d’état that began on August 19, 1991 and the meeting of the leaders of the Soviet republics that was held in Almaty on the 21st. from December. In my opinion, the key factor was not the politics of the United States, nor the conflict between the central government and Russia (represented respectively by Gorbachev and Yeltsin), nor the tensions between the central government and the other republics, but the relationship between two more extensive, namely, Russia and Ukraine: the refusal of their ruling classes to live together in the same state put the definitive end to the Soviet Union.

Nuclear weapons played a decisive role in the Cold War: they took it to the most tense and most dangerous moments for the world, but they also avoided a direct confrontation between the United States and the Soviet Union – the first countries to obtain them – since The risk of total destruction was too great. With a divided Germany at the center of the geopolitical conflict, the United States, which had created the atomic bomb in the summer of 1945, felt secure in the face of the absolute hegemony of the conventional forces of the USSR in Central and Eastern Europe, which Stalin had occupied and subjected to communist rule. The Soviets did not feel this tranquility: they redoubled their efforts to manufacture the bomb and they succeeded in 1949, thanks in part to the technological secrets that had robbed their rival.
There existed, therefore, two nuclear powers, and after the Korean War they seemed doomed to armed confrontation. Both began to compete in the development of a new generation of unconventional weaponry: in the 1950s, the two manufactured the hydrogen bomb, much more deadly and difficult to control than the atomic bomb. In the autumn of 1957, the Soviets put the Sputnik satellite into orbit …
Mikhail Gorbachev had high hopes for the Moscow summit. It would be his third meeting with Bush in just over a year: he had visited him in Washington at the end of May and the beginning of June 1990, and, in mid-July 1991, the two leaders had negotiated at the summit of the seven countries richest in the world (G7), held in London. In all these interviews, Gorbachev had asked for financial help from his American counterpart. But the Soviet leader was looking for more than money: increasingly unpopular in his country, he needed imperatively to improve his image, and international politics was the only means. The summit would serve to remind Soviet citizens that their president was a world-renowned statesman.

Yeltsin was not, however, the only politician to feed Russian nationalism: his conservative opponents advocated the creation of a Communist Party of the Russian Federation, similar to those of non-Russian republics. The idea was opened in the first months of 1990 in response to the foundation, at the end of the previous year, of the Democratic Platform, an organization integrated in the CPSU and led by Yeltsin and other radical reformists. The Politburo members of the Union did not know how to react to these events. Gorbachev did not have a clear position on the matter. “If a PCR [Russian Communist Party] is created,” he warned his Politburo colleagues at a meeting held on May 3, 1990, “the communist parties of other republics will say: why do we need the CPSU?”
Gorbachev fully agreed with Medvedev: “I agree with restoring the authority of Russia. But not to the point of turning it into a sovereign: it would be to strip the Union of its core. ” However, it seemed difficult to strengthen the “authority” of the Russians and deny them, at the same time, what other republics had successfully claimed. The Politburo postponed the decision, so that the Russian problem not only was not resolved, but worsened. In November 1989, the Soviet Prime Minister, Ryzhkov, said the following at a meeting of that body: “We should not worry about the Baltic republics, but Russia and Ukraine. [The sovereignty of these republics] would suppose the total disintegration [of the Union]. It would take another government, other leaders for the country, and even another country”.

In the United States there were about seven hundred and fifty thousand citizens of Ukrainian descent; in Canada, one million. It was not a large community compared to others, but it was well organized and politically active. Throughout the Cold War, its leaders had asked for – and won – the vote for candidates of the Republican Party. Bush knew it, and that’s why he agreed with Matlock. Omitting the article, it would satisfy its voters of Ukrainian origin, but without offending Gorbachev: Russian does not have defined or indefinite articles. In the version of the discourse currently available on the website of the George Bush presidential library and museum in College Station (Texas), the definite article appears in front of the Ukraine in some sentences and in others, reflecting the confusion that existed between the president’s advisers on the flight to Kiev. Matlock also tried to suppress certain passages where Bush manifested his support for Gorbachev and the new Union treaty, because he believed that they would not sit well in Kiev; but it was too late: the text of the speech had already been distributed to journalists.
At six o’clock on the morning of the 19th, the Soviet media announced the dismissal of Gorbachev and the declaration of a state of emergency, which would last six months. The news shocked the country. There were no explanations or analyzes on the radio and television networks, which were ordered to act as in the days of mourning by former Soviet leaders: when Brezhnev, Andropov and Chernenko died (between 1982 and 1985), the chains had barely issued another thing that classical music and ballet.
On the night of August 19, Bush dictated to the recorder his imaginary letter to Gorbachev: “I do not know if there is any possibility of you coming back, Mikhail. I hope you do not have to yield so much that, in the case of returning, you are under suspicion. I hope that Yeltsin, who demands your return, will stand firm, and that this revolting blow by the conservatives will not drive him out of power. ” His words sounded like prayer. Would it be attended? It was impossible to know.
Gorbachev left for Moscow on the same plane as Rutskoi and the other members of the Russian delegation. The vice president had convinced him that it was safer than the presidential plane, which the coup leaders could try to shoot down. For his part, Yázov cursed the day he had agreed to join the Emergency Committee: resigned to his fate, received with aplomb the news of his arrest. Kryuchkov was asked to fly on the same plane as Gorbachev and “the Russians”, which gave him hope. However, they registered him before he got on the plane, and during the flight nobody spoke to him apart from the guard: they used him as a human shield to avoid an attack that many believed he had organized. As soon as he landed in Moscow, he was arrested, to his surprise, by the Russian authorities, not the Soviets. He was temporarily detained in a building located in a tourist complex near the capital.
Gorbachev did not understand many aspects of the post-coup situation, including the growing power of the masses: thousands of citizens had occupied the streets and squares of Moscow, becoming an important political force, as well as a formidable weapon for Yeltsin. and his hosts, who, unlike Gorbachev, knew how to speak to people, influence them and take advantage of their support to prevail in political battles. While the mobilization of the masses was the result of glasnost and perestroika, the Muscovites had not defended, in the days of the coup, the ideals of the Soviet president: the people did not aspire to “restructure” the system, but to build a new one .
In the following days, Gorbachev squandered the opportunity to become a different politician and would be defeated in the first and decisive assault of his battle with the increasingly powerful Boris Yeltsin. This double failure would have enormous significance for the future of the Soviet Union.

The presidents who shared power in the Kremlin were held together by two factors that were now beyond their control: the leaders of the non-Russian republics, who did not want either of the two leaders to have more power than the other, and the president of the Kremlin. The United States, which was still loyal to Gorbachev, was confident that its alliance with Yeltsin would ensure the continuity of a weak but stable Soviet Union. Moreover, as had happened during the coup, Yeltsin had to be willing to cooperate with Gorbachev as an inexcusable condition to consolidate his relationship with Bush and the West in general. On August 24, he told US Ambassador Bob Strauss that “for now, Gorbachev and I get along very well,” and asked him to communicate this to Bush. Strauss would summarize the impression he got from the interview: “[Yeltsin] is aware of his authority and his new role, but on the other hand he wants to be known to be collaborating with Gorbachev … from a position of strength.
Curiously, and despite agreeing that the main objective of the Madrid summit was to bring the two sides of the Middle East conflict together and invite them to enter into negotiations, Bush and Gorbachev barely spoke of the conference at their preliminary meeting. Bush wanted the Soviets to continue pressuring the Syrian and Palestinian leaders to participate in the peace process, and Gorbachev promised to do so. But the Soviet president also had several things to ask of the United States. The foreign policy of the USSR was more modest than before, limited to the Slavonic and orthodox world, the traditional zone of influence of the tsars: thus, Gorbachev wanted the Americans to convince the Turkish ally to be more flexible in their relationship with the Greek Cypriots, and to put pressure on the United Nations to intervene more actively in the Yugoslav crisis, which had already claimed its first victims. But he did not make much progress: Bush did not promise anything about Cyprus and was skeptical about the attempts to resolve the Yugoslav conflict.
Arriving in Moscow, as when returning from the Crimea after the coup, Gorbachev met a different country. Boris Yeltsin was, once again, the agent of change. Everyone, including Gorbachev’s advisors, was amazed at his decision to undertake the economic reforms to which the Soviet president had always resisted and could no longer carry out. “These days are certainly decisive,” Cherniaev noted on his return from Madrid.
Before the Madrid conference, the Ukrainian question had increasingly concerned not only Gorbachev, but also Bush, albeit for reasons related to national politics. Gorbachev’s interpreter, Pavel Palazhchenko, would later recall how, at the dinner offered by King Juan Carlos, which made such a good impression on Gorbachev, the US president gave his Soviet counterpart a few questions about Ukraine. “Do you think Kravchuk will win the elections?” He wanted to know; Gorbachev replied affirmatively. “And do you think it will later form some kind of Union or association with you?” Gorbachev replied that he was not sure what Kravchuk intended, but that Russia and Ukraine would remain together: “The two nations are like branches of the same tree; nobody can separate them. ” Bush then brought up the presidential elections to be held in his country the following year. Palazhchenko noticed that he was quite concerned, but he saw no connection between the two issues: the Ukrainian and US presidential elections. In fact there was.
The key was in the referendum that was to be held very soon. The advisers of the Soviet president did not think that Crimea or other regions of the Ukraine with a numerous population of Russian origin were going to vote in favor of the independence. There was a paradoxical situation: the future of the Union, dominated by Russia, depended on the outcome of the Ukrainian consultation, which in turn depended on what the ethnic Russians living in the south and east of the country voted for.
The Russian population of Ukraine was aware that the Soviet Union was not working: the economy was deteriorating very fast. All the citizens of the republic, including the Russians, were willing to try something else.
The need for political and economic independence became clear in November, when the Soviet central bank cut off funds to the republic, making it very difficult to pay salaries in Ukrainian institutions and companies. Yeltsin’s speech on economic reforms destabilized the Russian consumer market: prices went up and stores in the capital were left empty. Muscovites, whose salaries the Russian government paid, went south by train to buy agricultural products in Ukraine. However, Ukrainians and Russians from the east of the country physically protected their markets and the low prices they paid for agricultural products by holding travelers at train stations when they arrived. In industrial cities such as Dnipropetrovsk, the clashes between the two groups were daily. Independence seemed the only way out for citizens of all ethnicities.

Despite his undoubted resentment against Yeltsin, Gorbachev was willing to collaborate with the leaders of the republics. According to a note that Anatoli Cherniaev had prepared for the interview with Baker, the agreement between the three Slavic countries had created a new political situation. “I want to work with my old colleagues,” the president said, referring to Aleksandr Yakovlev and Eduard Shevardnadze, “to consolidate the Community and ensure a smooth succession.” He also told Baker that he had agreed with Yeltsin on a deadline to hand over power. The Soviet president and his American interlocutor still had their reservations about the political entity founded in Białowieża, but they recognized that it was a reality and tried to adapt. But, if Baker was welcome and an important partner for the Community, Gorbachev, on the other hand, was seen as an imposter and an intruder, and all sought to distance themselves.
Gorbachev had his hopes of staying in power at the summit of Almaty: he believed that the presidents of those republics were going to make the Community a much more centralized entity than the one conceived in Viskuli by Yeltsin, Kravchuk and Shushkievich. And he trusted, as he has done so many times since 1989, that the “radicalism” of Russian politicians was compensated for by the moderation of the Central Asian leaders.
It was a mistake. Most of these leaders, including those of the two largest republics – Nursultan Nazarbayev of Kazakhstan and Islom Karimov of Uzbekistan – were not in favor of the creation of the Slavonic Community, but neither did they want to antagonize Russia. They also had enough reasons to be dissatisfied with the Union and an ambition for independence strong enough to unreservedly support the idea of ​​a Community that included its republics.
Over time we will verify the true scope of the agreement signed in Almaty, “said the Moscow newspaper Izvestia. Neither for the participants in the summit nor for the observers were clear the consequences that would have long term, but its importance was immediately seen by someone whose immediate future depended on what was agreed by the eleven presidents: “Yesterday was the Almaty massacre – he noted in his diary, Gorbachev’s assistant, Anatoli Cherniaev. A fact without doubt decisive, comparable to October 25, 1917, and with equally uncertain results. He was referring to the taking of St. Petersburg by the Bolsheviks, an event that had changed the history of his country and that of the world. Cherniaev and his boss, Mikhail Gorbachev, were about to enter the last stage of their political careers, and surely the most dramatic.
The last days of Mikhail Gorbachev in office revealed the degree of distrust and hatred that the Soviet president and his adversary, Boris Yeltsin, felt for each other. It is not advisable, however, to exaggerate the importance of the personal conflict between the two politicians. And it did not depend solely on them that the Soviet Union remained alive or went extinct. The fundamental conflict was that between the incipient institutions of the Russian Federation and those of the other Soviet republics. Ukraine was determined to secede from the Union, so Yeltsin had two options: to continue to bear the burden of the empire or to abandon it. Finally he leaned for the second. His confrontation with Gorbachev only accelerated the process.

It is usually blamed – or attributing merit – to Russia for the disintegration of the USSR. The struggle between Gorbachev and Yeltsin was undoubtedly an important factor, although it was losing weight as the events of August receded in time. By December 1991, Russia had already taken control of the institutions of the Union, or at least prevented them from functioning without their approval and support. The outcome of the conflict between Russia and the central government was clear before the Ukrainian referendum of December 1 and the Białowieża agreement, signed on the 8th. It was Russia’s relations with Ukraine, the second most important republic, and not with the government central, very weakened by then, which finally decided the fate of the Soviet empire.
The USSR was founded in 1922 to integrate Ukraine. The Union had a strong central government that, in its first decade, aimed to retain the Ukrainians and limit the ambitions of the Russians, who had previously formed the majority ethnic group. Titled by the famine of 1932-1933, the Ukrainian communist hierarchs regained power after the Second World War; in fact, they went on to govern the empire with Russia. In the time of Khrushchev and Brezhnev they retained their enormous influence in Moscow. Gorbachev, however, removed them from power.
Despite their resentment against Gorbachev and his politics, the party apparatchiks in Ukraine remained loyal to the Union until the August coup, and even later in some cases. Failed the coup, Yeltsin tried to seize the central government, so the Ukrainian ruling class was in danger of being left alone in front of an all-powerful Russia, which would act without any restrictions. If Gorbachev tried to incorporate the Ukrainians into the institutions of the USSR, offering him the second most important position of the party to one of the aforementioned apparatchiks and, later, that of the future Union’s prime minister to a member of the Ukrainian government, Yeltsin on the other hand, he had no intention of making Kiev happy. In any case, the Ukrainians no longer wished to be part of any Union. The leaders of the republic were, in effect, determined to proclaim independence, and the Russians could not or would not offer them an attractive partnership formula (and it was not a confederation dominated by Russia): it was these two factors that led to the dissolution of the Soviet Union.
Gorbachev’s inability to regain power after the coup, the awkwardness with which Yeltsin tried to take control of the central government, his subsequent decision to undertake economic reforms in Russia without counting the other republics, and, finally, the tenacity with which Kravchuk pursued independence placed in a difficult situation the republics that had not yet expressed their willingness to leave the Union. Belarusian leaders, hosts of the Białowieża summit, assured Yeltsin and Kravchuk of their support for any decision made by the two presidents. In any case, they knew that Belarus had to stay united with Russia no matter what happened, among other reasons because it depended on its energy supply. Nursultan Nazarbayev, president of Kazakhstan and host of the summit held in Almaty on December 21, shared this position, although not for the Russian natural resources, but for the ethnic Slavic citizens who lived in the republic, and who outnumbered the Kazakhs. The rulers of the other Central Asian republics also did not conceive of a Union without Russia. There was a chain reaction: Ukraine did not want to be part of the Union; Russia did not conceive the Union without Ukraine and, of the other republics, those that wanted to continue in the Union did not conceive it without Russia. Thus, the masters of the empire expelled the Central Asian leaders, who had no choice but to join the Community.
There are plenty of reasons to consider 1991 a decisive year in the history of the world. Its influence is felt above all in the post-Soviet space, where international and economic relations and national politics are still marked by the events of a year that some regard as annus mirabilis, and others, such as the current president of Russia, Vladimir Putin, associate with the “greatest geopolitical disaster of the century”.

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