Operación Barbarroja: La Guerra Alemana En El Este 1941-1945 — Christian Hartmann / Operation Barbarossa: Nazi Germany’s War in the East, 1941-1945 by Christian Hartmann

Este libro será decepcionante si está buscando un resumen de calidad de la Operación Barbarroja o de todo el conflicto germano-soviético. Evita la historia militar a favor de los aspectos políticos y sociales del frente oriental. Christian Hartmann tiene la difícil tarea de abarrotar mucho en este pequeño libro de 166 páginas, que es básicamente como un título de la serie “Introducción muy corta” de Oxford. Pero Hartmann descuida demasiados hechos esenciales de las batallas, evita citar a soldados reales y otros relatos en primera persona, y se enfoca obsesivamente en la historia política. Hay muchos estudios superiores que ilustran correctamente la conflagración del teatro oriental. Este no es uno. Es mejor que lea capítulos sobre el frente oriental del Infierno de Max Hastings: El mundo en guerra, 1939-1945 en lugar de esto.
Hartmann parece descaradamente desinteresado en escribir sobre operaciones militares. Como resultado, su cobertura de batallas, tácticas y la guerra en sí es vergonzosamente amplia. Por ejemplo, el autor dedica aproximadamente una página a las batallas de Moscú, Stalingrado, Jarkov y Kursk. De manera similar, se ignora mucha exposición que rodea la Operación Blau y Bagration. Es una pena, especialmente cuando los mapas en este libro son espectaculares y muy detallados. Hartmann tampoco está inclinado a la escritura biográfica. Nombra a las personas sin dar una idea de su personalidad y por qué son importantes. No recordará ningún nombre ni obtendrá información sobre el alto mando alemán o la Stavka soviética. No se menciona a Guderian, Paulus, Model, Rokossovsky, Chuikov, e incluso Manstein y Zhukov son marginales. Prácticamente no se proporcionan anécdotas sobre los horrores de la guerra desde la perspectiva de la Wehrmacht o del Ejército Rojo. Hartmann no pone suficiente energía para ilustrar cómo fue para los soldados durante los inviernos. ¿Cómo puede uno tener una idea de este frente infernal sin descripciones de enfermedad, hambre, congelación, cadáveres congelados y canibalismo?
Lo que hace este libro es dar una descripción general de las maniobras militares con más énfasis en la ideología, la economía, la historia social y los crímenes de guerra. Eso está bien, y si estás interesado en estas facetas de la Segunda Guerra Mundial, puedes aprender algo. Hartmann hace un buen trabajo, al menos, de retratar la ocupación alemana y la logística de la guerra. También discute las atrocidades en el frente oriental con un vértice y una sustancia loables, pero parece estar ligeramente predispuesto a favor de los soviéticos. No soy un apologista alemán, pero él no explica quiénes fueron los Einsatzgruppen, y en una frase, implica que las Waffen-SS fueron igualmente responsables de los tiroteos en masa. Se niega a transmitir de manera objetiva el salvajismo que se puede encontrar en ambos lados y, en cambio, enfatiza lo que hicieron los alemanes. Por lo tanto, no me sorprendió que no mencionara en absoluto las violaciones masivas cometidas por el Ejército Rojo en 44-45 o que los partidarios también maltrataron a la población soviética.
Conclusión: le doy a este libro el beneficio de la duda como un relato promedio del conflicto germano-soviético, pero solo si prefiere la política y la historia social. La prosa de Hartmann es bastante buena y él examina cuidadosamente la política exterior y los motivos ideológicos de ambos lados. Pero como un estudio holístico con un subtítulo “Guerra de Alemania nazi en el Este 1941-1945”, esperaba más sobre las operaciones militares y las experiencias de los soldados. Que a Stalingrado no se le haya dado ninguna discusión más allá de una sola página es ridículo. Si no está familiarizado con el frente oriental, le recomiendo que lea los capítulos pertinentes del Infierno de Max Hastings o incluso el de Stalingrado de Antony Beevor, que proporcionan una mejor explicación. Otras excelentes encuestas sobre la barbarie y el horror de este conflicto son las Tierras de sangre de Timothy Snyder: Europa entre Hitler y Stalin y la Guerra del siglo de Laurence Rees: Cuando Hitler luchó contra Stalin.

Casi ninguna guerra fue como esta. Casi ninguna costó tanta sangre, tuvo tantas consecuencias y dejó huellas tan profundas en el recuerdo de los contemporáneos como aquella que se desencadenó entre los años 1941 y 1945 entre el Gran Reich Alemán y la Unión Soviética. Sin duda, la historia conoce suficientes conflictos de los que puede decirse que fueron sangrientos, tuvieron consecuencias y no cayeron rápido en el olvido. Pero incluso entre los conflictos centrales de la historia mundial, no hay muchos que puedan compararse a la guerra germano-soviética. Porque todo en ella fue grande: el número de combatientes, el escenario y, no menos importante, el número de los que cayeron víctimas de la misma.
Pero no solo en sus dimensiones, sino también en sus consecuencias, este conflicto armado no tiene semejantes. Obviamente, la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial tuvo muchas raíces; por supuesto, sería totalmente inapropiado reducir la explicación de su triunfo sobre la Alemania de Hitler a unos pocos presupuestos y acontecimientos. Pero, también es cierto que la Unión Soviética tuvo una contribución muy grande, si no la mayor, en esta victoria.
Pero lo decisivo fue que aquí se desarrolló un nuevo tipo de guerra, una guerra total, cada vez más ideologizada, que pronto encontró su camino hacia sus orígenes atávicos. No se trató de una colonia remota ni de una guerra civil con sus propias reglas del juego; se trató de un conflicto central entre dos viejas naciones culturales europeas. Los efectos que resultaron de la nueva comprensión de los beligerantes no pueden subestimarse. Desde 1945, esta comprensión se manifiesta en nuevas variantes que, por lo general, se consideran crímenes de guerra que caracterizan a la guerra moderna y sustituyen parcialmente a la convencional. Gran parte de estas prácticas se repitieron durante la guerra germano-soviética.

Hay muchas explicaciones para la repentina expansión del poder alemán en Europa: político-militar, social y también histórica. Sin embargo, el impulso más importante, con diferencia, provino de un individuo, Adolf Hitler (1889-1945). Por supuesto, en su biografía se reúnen muchas tendencias, resentimientos y anhelos supra personales y, por supuesto, sus decisiones habrían sido bastante ineficaces sin el entusiasta y obediente ejército de millones de «conciudadanos». Pero también es cierto que, hasta el verano de 1940, Hitler se había puesto en una situación en la que, como indiscutible señor supremo de la guerra, era libre, como nunca antes y nunca después lo sería nadie, de definir las grandes líneas de la estrategia alemana. Su poder y sus posibilidades eran inmensos y, en consecuencia, también lo era la influencia que en aquel momento podría tener, como pocas personas más, en la política mundial.
Pero también estaba expuesto a restricciones externas. Los tres factores más peligrosos para él eran: Gran Bretaña, la Commonwealth y Winston Churchill (1874-1965).
Los tres enfoques en los que se centraron los estrategas alemanes durante las siguientes semanas fueron: intensificar la guerra aérea contra las islas británicas como preparación para su invasión; a continuación, una guerra submarina general contra los convoyes británicos en el Atlántico y, por último, un compromiso cada vez mayor en el Mediterráneo que, sin embargo, no condujo a ninguna situación decisiva. A pesar de todos los esfuerzos y sacrificios, nada cambiaría en el estancamiento estratégico en Europa hasta finales de 1940. Alemania todavía estaba en posesión de la iniciativa. No obstante, teniendo en cuenta las abrumadoras reservas de la Commonwealth británica y, a largo plazo, también las de los Estados Unidos, era previsible que el tiempo correría a favor de sus enemigos.
Pero Hitler no estaba preparado para extraer consecuencias políticas de aquello. En lugar de limitar o terminar la guerra, quiso expandirla.
La decisión de Hitler de atacar a la Unión Soviética no procedía de un mero cálculo de poder. Sus motivos eran más complejos y tenían una historia previa mucho más larga. Había deseado esta guerra durante mucho tiempo y, por fin, veía la oportunidad de aniquilar por completo a los «enemigos mortales» ideológicos del nacionalsocialismo: los bolcheviques, los judíos y también los eslavos.
Su objetivo no era «solo» la destrucción. Puesto que Hitler consideraba que el «espacio oriental» estaba «desolado y vacío», quiso diseñarlo a su propia discreción, sin ninguna consideración hacia su pasado o hacia los que realmente vivían allí. Más bien, veía en esa tierra el futuro de los alemanes o, en efecto, de la totalidad de la «raza germánica».

Pero el factor decisivo fue la guerra terrestre. Allí, los soldados del Ejército Rojo lucharon con profesionalidad, motivados e, incluso, seguros de sí mismos. En aquel momento, el Partido y el Estado supieron utilizar correctamente un patriotismo de profundas raíces que había permanecido adormecido durante mucho tiempo en la sociedad soviética; se crearon regimientos de «guardias», uniformes que recordaban a la antigua Rusia y un sofisticado sistema de medallas y premios. En aquella hora de necesidad no se habló mucho de «internacionalismo». Más importante aún fue que, en vista de la política de ocupación alemana, para la mayoría de los soldados, la finalidad de su misión debía de estar absolutamente clara —para la mayoría, no para todos, porque la sociedad soviética era, política y étnicamente, más heterogénea de lo que hubieran querido sus líderes—. Un sofisticado aparato de vigilancia, el sistema de batallones antirretirada y penales, así como las ejecuciones, siguieron formando parte de la vida cotidiana militar y constituían, asimismo, un régimen que se ocupaba de los hombres a su cargo de una forma menos «económica». Todavía a finales de 1944, uno de cada dieciséis soldados del Ejército Rojo capturados por la Wehrmacht era un desertor.

El desarrollo del Lebensraum alemán resultó muy laborioso. Nada había más alejado de la realidad que este término. Era, en realidad, más un mundo de voluntad e imaginación, cuya existencia se sentía sobre todo en lo destructivo. Apenas se encontraron colonos que se embarcasen en semejante misión suicida, y se limitaron a algunas bases en el oeste de Ucrania. De las comisarías planeadas originalmente —cuatro imperiales, veinticuatro generales y más de novecientas territoriales— solo se crearon la mitad, mientras que el resto del área ocupada siguió siendo una especie de retaguardia de aquella guerra sin fin. En pocas palabras, aquella tierra inagotable resultaba difícil en controlar a sus ocupantes.
En el momento en el que se desmoronaba un régimen, pero otro no lo reemplazaba realmente, muchos conflictos políticos, étnicos o incluso personales que se habían ocultado durante mucho tiempo volvieron a instalarse en las áreas de ocupación. Casi podríamos hablar aquí de un bellum omnium contra omnes, una guerra de todos contra todos. Esta es otra razón por la que las áreas de ocupación se convirtieron entonces en paisajes apocalípticos, cuyos habitantes se vieron obligados a retroceder sin ninguna protección de las leyes o las autoridades. En raras ocasiones se ha ilustrado esta circunstancia de una forma tan viva como en la película Komm und sieh’, donde el héroe Fljora, al igual que hizo en su día Simplicius Simplicissimus durante la guerra de los Treinta Años, va dando tumbos por un mundo que está completamente fuera de control. Que esto fue así, que la violencia en las áreas de ocupación alemanas pudiera volverse tan independiente, cambia poco en la responsabilidad de los ocupantes. Su dominio fue ante todo torpe, parasitario y destructivo. Todo lo demás apenas pudo funcionar.

Aunque la guerra que los alemanes llevaron a la Unión Soviética ya había provocado innumerables heridas en el país, la violencia de los ocupantes alcanzó un punto culminante, una vez más, cuando salieron de su «espacio vital». Nunca antes habían destruido y despoblado sistemáticamente la tierra.
El concepto no era nuevo. La «tierra quemada» ya se había dado en muchas guerras. Que esta forma de actuar en el terreno también estuviera presente desde el principio en la guerra de Hitler-Stalin ciertamente no fue una coincidencia. Fue el bando soviético el primero en emplear esta táctica. Todo lo que no se podía evacuar, había que reducirlo a ruinas: fábricas, instalaciones de transportes, suministros de materias primas y muchas cosas más. Stalin quería crear unas «condiciones insoportables […] para el enemigo y todos sus cómplices». Y ese fue exactamente el caso, cuanto más se retrasaba el avance alemán. Sin embargo, el bando soviético debía conceder prioridad a la evacuación, no al desmantelamiento completo que, en segundo lugar, llevó a cabo en su propio país y que, al fin y al cabo, no había iniciado aquella guerra. Aparte de eso, esa autodestrucción parcial formaba parte de una estrategia que, ciertamente, tenía perspectivas de éxito, los rusos ya habían quebrado en 1812 el espinazo del gran Ejército de Napoleón.
No solo los militares fueron responsables de este terrible final de la ocupación alemana, pues de nuevo aquí entró en acción todo el sistema que los alemanes habían instalado durante su breve gobierno de la Unión Soviética; desde los incontables departamentos de la Administración Civil, de la Organización Económica del Este, del Servicio de Trabajo del Reich, de la Organización Todt, del aparato de Sauckel, es decir, del «plenipotenciario general para el empleo de mano de obra», hasta las tropas del frente que, naturalmente, eran las últimas en abandonar sus posiciones. No pocas veces la retirada del Ostheer fue acompañada por un estado general de fatalidad, que podría describirse como un caótico «sálvese quien pueda». Al final, según un testigo alemán, «cada soldado se sintió llamado a provocar la destrucción». Eso no quiere decir que todos los soldados actuaran así en aquel momento. A veces faltó la voluntad, más a menudo simplemente el tiempo y la oportunidad, porque la retirada organizada y preparada fue, por lo general, una excepción. Pero las imágenes de los territorios soviéticos liberados hablan por sí mismas. Alguien que debía de estar informado, un consejero administrativo de guerra alemán, señalaba que era «la medida más desastrosa» que había vivido hasta aquel momento en el este.

Cuanto más torpe y fracasada era la diplomacia alemana, cuanto más se resquebrajaba la «alianza bélica fascista», más hábil y exitosa era la diplomacia soviética. Aquello no resultaba evidente por sí mismo. Su posición inicial no podía ser peor: el 22 de junio de 1941, sus protagonistas se encontraban simplemente frente a un montón de escombros. Pero, en realidad, se les ofrecían más oportunidades de las que podían apreciar a primera vista. Mientras que Stalin había enmudecido y tardó casi dos semanas en explicar en la radio a sus «hermanos y hermanas» por qué sus amigos alemanes de repente eran enemigos, otros fueron más rápidos.
Pero Stalin no fue el único que se benefició del brillo de la victoria. Lo mismo ocurrió con sus órganos ejecutivos, sobre todo el ejército y el partido. A pesar de todas las pérdidas, el Partido Comunista pudo aumentar el número de sus miembros desde los 2,5 millones hasta los 4,1 entre 1941 y 1946, después de haber alcanzado su punto más bajo en el invierno de 1941-1942 con solo 1,1 millón de miembros. Aún más deslumbrante fue el rápido crecimiento de las fuerzas armadas soviéticas. Sin embargo, mucho más importantes que estos cambios en lo cuantitativo, fueron la autoestima, la reputación y la influencia que ambas organizaciones ganaron durante la guerra por una autoafirmación que también fue la suya. Se convirtió en la condición previa del privilegio social y del poder del Partido y el Ejército, que duraría hasta 1989-1990. Por supuesto, se daba por hecho que esto solo era posible bajo el paraguas del más alto regidor o, en casos individuales, presuponiendo una lealtad incondicional.
En mayo de 1945, la guerra estaba decidida. El mapa de Europa no dejaba dudas al respecto. Lo primero que llamaba la atención era el enorme agujero que se abría en el epicentro del continente. Las pocas posiciones y espacios que la Wehrmacht todavía conservaba en aquel momento ya no importaban; las ofensivas aliadas se habían limitado a ignorarlos. Alemania, sin embargo, quedó excluida de las filas de las potencias existentes. Después de la rendición total e incondicional de la Wehrmacht entre el 7 y el 9 de mayo de 1945 en Reims y Berlín, a la que el 23 de mayo siguió la detención del todavía en activo Gobierno del Reich, el «Gobierno de Dönitz», en Flensburg, se trató su destino, que se había convertido en objeto de discusión de la política mundial. El 5 de junio, los cuatro comandantes aliados en Berlín anunciaron que, desde aquel momento, asumirían el control del gobierno supremo. Con la Conferencia de Potsdam comenzó a tomar forma el orden mundial de la posguerra.
La paz también reinó en la parte oriental de Europa. Pero esta fue una paz diferente, porque muy pronto la Unión Soviética comenzó a transformar el mundo de aquellos estados en una constelación de satélites dependientes de acuerdo con su modelo. Mientras que Estados Unidos, inseguros acerca de su estrategia futura y lastrados no solo por la situación europea, sino también por circunstancias internas, todavía dudaba si —y en qué medida— debía involucrarse en Europa. La «sovietización» de Europa del Este adoptó una línea recta brutal y desigual. «Esta guerra no es como en el pasado», informaba Stalin a un confidente en abril de 1945. «Aquel que ocupa un territorio, también impone sobre él su propio sistema social. Todos introducen su propio sistema en la medida en la que puede penetrar su ejército. No puede ser de otra manera».
Sin embargo, no todos los Estados europeos pertenecían a alguno de los dos bloques de poder. Aquello se debió a razones muy diferentes: Yugoslavia, Finlandia y posteriormente también Albania —todos ellos candidatos potenciales para el bloque de poder soviético— lograron escapar de las garras soviéticas.
En conclusión, simplemente con un vistazo al mapa resultaba evidente que este continente dividido ya no era el centro del mundo. Como de costumbre, esto tenía ventajas, pero también desventajas. Por un lado, Europa ya no estaba abandonada a su egocentrismo y a sus infaustos conflictos y tradiciones. En aquel momento apenas parecía concebible que el exhausto y arruinado continente volviera a desgarrar el mundo en uno de sus propios procesos de autodestrucción o, al menos, se convirtiera en una entidad política independiente. Por otro lado, Europa era más o menos dependiente de las dos nuevas superpotencias. Pronto, el conflicto Este-Oeste, con su horrible opción de capacidad atómica excesiva, se extendería como una sombra de plomo sobre el mundo, y también sobre Europa.

Se ha calculado que la Unión Soviética perdió un total de 26,6 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial. De ellas, 11,4 millones pertenecían a las fuerzas armadas soviéticas que murieron como resultado de la lucha o en cautividad alemana (alrededor de 3 millones). Todas las demás víctimas fueron civiles: ¡15,2 millones! Es una cifra escandalosa que ilustra una vez más lo que fue esta guerra. Algunos grupos de víctimas son bien conocidos; recuérdense los 2,4 millones de judíos soviéticos que fueron víctimas del Holocausto, o los habitantes de Leningrado que no sobrevivieron al asedio alemán, cuyo número se estima entre 650.000 y un millón; y las 500.000 personas que perdieron la vida durante la guerra de los partisanos. Las huellas de los muertos civiles restantes, más de 11 millones de personas, se pierden a menudo en el caos de esta violenta guerra.
A las pérdidas humanas se añadieron las materiales: en 1945, solo en la Unión Soviética, estaban reducidas a ruinas y cenizas 1.710 ciudades y unos 70.000 pueblos. En total, los daños de guerra de la Unión Soviética, calculados con los precios de 1941, se estiman en 67.900. millones de rublos, que corresponden al 30 por ciento del capital fijo al comienzo de la guerra. Se añaden además los gastos directos para financiar la guerra por una cantidad de 55.100 millones de rublos adicionales, así como la disminución de la renta nacional, llegándose así a unas pérdidas totales tangibles de 184.000 millones de rublos, aunque otros cálculos estiman que fueron todavía mayores.
Calcular cuánto costó la Segunda Guerra Mundial a los alemanes es más difícil, especialmente cuando se trata de un solo escenario del conflicto. Después de todo, sabemos que los gastos del Reich alemán, en el período comprendido entre septiembre de 1939 hasta mayo de 1945, ascendieron a 1.471.000 millones de RM (marcos del Reich), a los que países ocupados, aliados y neutrales contribuyeron con 90.300 millones de RM en forma de aportaciones de guerra y costes de ocupación. No se incluyen en este monto total los costes financieros adicionales del sector privado. A esto hay que añadir las pérdidas y destrucciones materiales, que se han estimado entre 550.000 y 620.000 millones de RM, y otros 75.000 millones de pérdidas de propiedad de los desplazados, además de los costes de ocupación hasta 1955 o hasta 1958 (en la RDA) que ascienden a 88.400 millones de RM y, por último, las pérdidas debidas a la reforma monetaria de 1948, que se estimó en 56.000 millones de RM. En pocas palabras, desde la guerra de los Treinta Años, no se había arruinado tanto la sociedad alemana.
Pero no se trataba solo de dinero o propiedades. Un problema a corto plazo que la guerra había dejado para los alemanes eran los prisioneros de guerra alemanes. Su número aumentó hasta los 8,7 millones en el verano de 1945, para caer hasta los 500.000 en enero de 1949. Solo la Unión Soviética retuvo finalmente un último contingente de más de 11.500 «condenados» que no llegaron a su patria hasta 1955-1956 como «retornados tardíos».
Al final, venció la Unión Soviética, se volvió más grande y más poderosa, pero, ¿a qué precio? La transición de la guerra a la paz fue difícil para ellos. Una nación devastada y desangrada que tuvo que, literalmente, encontrarse una vez más: millones de personas en busca de su hogar o de cualquier hogar. Su miseria era indescriptible, y ni el desmantelamiento de Alemania ni la explotación de los prisioneros de guerra y deportados alemanes, que en aquel momento representó hasta el 10 por ciento del producto interior bruto, pudieron cambiar mucho de aquella situación. Había escasez de todo: alimentos, bienes de consumo, viviendas, infraestructuras, energía, programas de reciclaje profesional, atención médica y una administración que hiciera honor a ese nombre. A todo esto hubo que añadir el cese de los envíos de suministros anglo-americanos, la terrible sequía de 1946 y la hambruna a la que no sobrevivieron entre 500.000 y un millón de personas, el nivel de movilización relativamente alto del Ejército Rojo que consumía muchos recursos y, no menos importante, la «contraofensiva» política interna a la que pasó el régimen estalinista tras el final de la guerra.

This book will be disappointing if you’re looking for a quality overview of Operation Barbarossa or the entire German-Soviet conflict. It eschews military history in favor of the political and social aspects of the eastern front. Christian Hartmann has a difficult task of cramming a lot in this small 166 page book, which is basically like a title from Oxford’s “Very Short Introduction” series. But Hartmann neglects too many essential facts of the battles, shies away from quoting real soldiers and other first person accounts, and focuses obsessively on political history. There are plenty of superior surveys out there that properly illustrate the conflagration of the eastern theatre. This is not one. You’re better off reading chapters about the eastern front from Max Hastings’s Inferno: The World at War, 1939-1945 instead of this.
Hartmann seems blatantly disinterested in writing about military operations. As a result, his coverage of battles, tactics, and the war itself is shamefully broad. For example, the author devotes roughly one page each to the battles of Moscow, Stalingrad, Kharkov, and Kursk. Similarly, much exposition surrounding Operation Blau and Bagration is ignored. This is a pity, especially when the maps in this book are terrific and highly detailed. Hartmann is not inclined to biographical writing either. He name-drops people without giving a sense of their personality and why they are important. You will not remember any names or gain insight into the German high command or the Soviet Stavka. There is no mention of Guderian, Paulus, Model, Rokossovsky, Chuikov, and even Manstein and Zhukov are marginal. Virtually no anecdotes about the horrors of war from either Wehrmacht or Red Army perspectives are provided. Hartmann doesn’t put enough energy into illustrating what it was like for the soldiers during the winters. How can one get a sense of this hellish front without descriptions of disease, starvation, frostbite, frozen corpses, and cannibalism?
What this book does is give a rough outline of military maneuvers with more spotlight on ideology, economics, social history, and war crimes. That’s fine, and if you’re interested in these facets of WWII, you may learn something. Hartmann does a good job at least of portraying the German occupation and logistics of the war. He also discusses the atrocities on the eastern front with laudable verve and substance, but he seems slightly biased in favor of the Soviets. I’m no German apologist, but he doesn’t explain who the Einsatzgruppen were, and in one sentence, implies that the Waffen-SS were equally responsible for the mass shootings. He neglects to convey in an objective fashion the savagery that could be found on both sides and instead emphasizes what the Germans did. Thus I wasn’t surprised that he made no mention at all of the mass rapes committed by the Red Army in 44-45 or that partisans also brutalized the Soviet population.
Bottom line: I’m giving this book the benefit of the doubt as an average account of the German-Soviet conflict, but only if you prefer politics and social history. Hartmann’s prose is pretty good and he does thoughtfully examine the foreign policy and ideological motives of both sides. But as a holistic study with a subtitle “Nazi Germany’s War in the East 1941-1945”, I expected more on military operations and experiences of the soldiers. That Stalingrad was given no discussion beyond a single page is ridiculous. If you’re unfamiliar with the eastern front, I recommend reading relevant chapters from Max Hastings’s Inferno or even Antony Beevor’s Stalingrad, which provide a vastly better account. Other excellent surveys of the barbarity and horror of this conflict are Timothy Snyder’s Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin and Laurence Rees’s War of the Century: When Hitler Fought Stalin.

Almost no war was like this. Almost no cost so much blood, had so many consequences and left such deep footprints in the memory of contemporary as the one that was unleashed between 1941 and 1945 between the Great German Reich and the Soviet Union. Undoubtedly, history knows enough conflicts that can be said to have been bloody, had consequences and did not fall quickly into oblivion. But even among the central conflicts of world history, there are not many that can be compared to the German-Soviet war. Because everything in it was great: the number of combatants, the stage and, not least, the number of those who fell victim to it.
But not only in its dimensions, but also in its consequences, this armed conflict has no similarities. Obviously, the Allied victory in World War II had many roots; Of course, it would be totally inappropriate to reduce the explanation of his triumph over Hitler’s Germany to a few budgets and events. But, it is also true that the Soviet Union had a very large contribution, if not the greatest, in this victory.
But the decisive thing was that here a new type of war developed, a total war, increasingly ideological, that soon found its way to its atavistic origins. It was not a remote colony or a civil war with its own rules of the game; it was a central conflict between two old European cultural nations. The effects that resulted from the new understanding of the belligerents can not be underestimated. Since 1945, this understanding has manifested itself in new variants that, in general, are considered war crimes that characterize modern warfare and partially replace conventional warfare. Much of these practices were repeated during the German-Soviet war.

There are many explanations for the sudden expansion of German power in Europe: politico-military, social and also historical. However, the most important impulse, by far, came from an individual, Adolf Hitler (1889-1945). Of course, in his biography many tendencies, resentments and supra personal yearnings are gathered and, of course, his decisions would have been quite ineffective without the enthusiastic and obedient army of millions of “fellow citizens”. But it is also true that, until the summer of 1940, Hitler had placed himself in a situation in which, as undisputed supreme lord of the war, he was free, as never before and never afterwards would be anyone, to define the broad lines of the German strategy. His power and possibilities were immense and, consequently, so was the influence that at that moment could have, like few other people, in world politics.
But he was also exposed to external constraints. The three most dangerous factors for him were: Great Britain, the Commonwealth and Winston Churchill (1874-1965).
The three approaches that the German strategists focused on during the following weeks were: to intensify the air war against the British Isles in preparation for their invasion; then a general submarine war against the British convoys in the Atlantic and, finally, a growing commitment in the Mediterranean that, however, did not lead to any decisive situation. Despite all the efforts and sacrifices, nothing would change in the strategic stagnation in Europe until the end of 1940. Germany was still in possession of the initiative. However, given the overwhelming reserves of the British Commonwealth and, in the long term, also those of the United States, it was foreseeable that time would run in favor of its enemies.
But Hitler was not prepared to draw political consequences from that. Instead of limiting or ending the war, he wanted to expand it.
Hitler’s decision to attack the Soviet Union did not come from a mere calculation of power. Their motives were more complex and had a much longer prior history. He had wanted this war for a long time and, finally, saw the opportunity to completely annihilate the ideological “mortal enemies” of National Socialism: the Bolsheviks, the Jews and also the Slavs.
His goal was not “just” destruction. Since Hitler considered the “eastern space” to be “desolate and empty”, he wanted to design it at his own discretion, without any regard for his past or for those who actually lived there. Rather, he saw in that land the future of the Germans or, indeed, of the totality of the “Germanic race.”

But the decisive factor was land warfare. There, the soldiers of the Red Army fought with professionalism, motivated and, even, sure of themselves. At that time, the Party and the State knew how to correctly use a deeply rooted patriotism that had been dormant for a long time in Soviet society; regiments of “guards” were created, uniforms reminiscent of ancient Russia and a sophisticated system of medals and awards. In that hour of need there was not much talk of “internationalism.” More important still, in view of the German occupation policy, for the majority of the soldiers, the purpose of their mission must be absolutely clear – for most, not all, because Soviet society was, politically and ethnically , more heterogeneous than their leaders would have liked. A sophisticated surveillance apparatus, the system of anti-retrenchment and criminal battalions, as well as executions, continued to be part of daily military life and also constituted a regime that took care of the men in charge in a less “economic” way. . As late as 1944, one in sixteen Red Army soldiers captured by the Wehrmacht was a deserter.

The development of the German Lebensraum proved very laborious. Nothing was further from reality than this term. It was, in reality, more a world of will and imagination, whose existence was felt above all in the destructive. No settlers were encountered who embarked on such a suicide mission, and were limited to some bases in western Ukraine. Of the originally planned police stations – four imperial, twenty-four generals and more than nine hundred territorial – only half were created, while the rest of the occupied area remained a kind of rearguard of that endless war. In short, that inexhaustible land was difficult to control its occupants.
At the time when a regime collapsed, but another did not really replace it, many political, ethnic or even personal conflicts that had been hidden for a long time returned to settle in the occupation areas. We could almost speak here of a bellum omnium contra omnes, a war of all against all. This is another reason why the occupation areas then became apocalyptic landscapes, whose inhabitants were forced to retreat without any protection from laws or authorities. On rare occasions this circumstance has been illustrated as vividly as in the film Komm und sieh ‘, where the hero Fljora, like Simplicius Simplicissimus during the Thirty Years’ War, goes tumbling through a world that is completely out of control. That this was so, that the violence in the German occupation areas could become so independent, changes little in the responsibility of the occupants. His domain was first of all clumsy, parasitic and destructive. Everything else could hardly work.

Although the war that the Germans led to the Soviet Union had already caused innumerable injuries in the country, the violence of the occupiers reached a climax, once again, when they left their “living space”. They had never systematically destroyed and depopulated the land.
The concept was not new. The “scorched earth” had already occurred in many wars. That this way of acting on the ground was also present from the beginning in the Hitler-Stalin war was certainly not a coincidence. The Soviet side was the first to employ this tactic. Everything that could not be evacuated had to be reduced to ruins: factories, transport facilities, supplies of raw materials and many other things. Stalin wanted to create “unbearable conditions […] for the enemy and all his accomplices.” And that was exactly the case, the longer the German advance was delayed. However, the Soviet side should give priority to the evacuation, not to the complete dismantling which, in the second place, it carried out in its own country and which, after all, had not initiated that war. Apart from that, this partial self-destruction was part of a strategy that certainly had prospects of success, the Russians had already broken in 1812 the backbone of Napoleon’s great army.
Not only the military were responsible for this terrible end of the German occupation, for once again here the whole system that the Germans had installed during their brief government of the Soviet Union came into action; from the countless departments of the Civil Administration, of the Eastern Economic Organization, of the Reich Labor Service, of the Todt Organization, of the Sauckel apparatus, that is, of the “general plenipotentiary for the employment of labor”, up to the front troops, who naturally were the last to abandon their positions. Not infrequently the retreat of the Ostheer was accompanied by a general state of fatality, which could be described as a chaotic “every man for himself”. In the end, according to a German witness, “each soldier felt called to provoke destruction.” That does not mean that all the soldiers acted like that at that moment. Sometimes the will was lacking, more often simply the time and the opportunity, because the organized and prepared withdrawal was, in general, an exception. But the images of the liberated Soviet territories speak for themselves. Someone who must have been informed, a German war administrative advisor, pointed out that it was “the most disastrous measure” he had ever experienced in the east.

The more clumsy and unsuccessful German diplomacy was, the more the “fascist war alliance” was cracked, the more successful and successful Soviet diplomacy was. That was not obvious by itself. Its initial position could not be worse: on June 22, 1941, its protagonists were simply in front of a pile of rubble. But in reality, they were offered more opportunities than they could see at first sight. While Stalin had fallen silent and it took him almost two weeks to explain on the radio to his “brothers and sisters” why his German friends were suddenly enemies, others were faster.
But Stalin was not the only one who benefited from the brilliance of victory. The same thing happened with its executive bodies, especially the army and the party. Despite all the losses, the Communist Party was able to increase the number of its members from 2.5 million to 4.1 between 1941 and 1946, after having reached its lowest point in the winter of 1941-1942 with only 1.1 million members. Even more dazzling was the rapid growth of the Soviet armed forces. However, much more important than these quantitative changes were the self-esteem, reputation and influence that both organizations gained during the war for self-affirmation that was also theirs. It became the precondition for the social privilege and power of the Party and the Army, which would last until 1989-1990. Of course, it was assumed that this was only possible under the umbrella of the highest alderman or, in individual cases, presupposing unconditional loyalty.
In May of 1945, the war was decided. The map of Europe left no doubt about it. The first thing that drew attention was the huge hole that opened in the epicenter of the continent. The few positions and spaces that the Wehrmacht still retained at that time no longer mattered; Allied offensives had simply ignored them. Germany, however, was excluded from the ranks of the existing powers. After the total and unconditional surrender of the Wehrmacht between 7 and 9 May 1945 in Reims and Berlin, on May 23 followed the arrest of the still active Reich Government, the “Government of Dönitz”, in Flensburg, his fate was discussed, which had become the object of discussion of world politics. On June 5, the four allied commanders in Berlin announced that, from that moment, they would assume control of the supreme government. With the Potsdam Conference, the postwar world order began to take shape.
Peace also reigned in the eastern part of Europe. But this was a different peace, because very soon the Soviet Union began to transform the world of those states into a constellation of dependent satellites according to its model. While the United States, uncertain about its future strategy and burdened not only by the European situation, but also by internal circumstances, still doubted whether and to what extent should be involved in Europe. The “Sovietization” of Eastern Europe adopted a brutal and unequal straight line. “This war is not like in the past,” Stalin told a confidant in April 1945. “He who occupies a territory also imposes his own social system on him. They all introduce their own system to the extent that their army can penetrate. Can not it be a different way”.
However, not all European states belonged to either of the two power blocs. That was due to very different reasons: Yugoslavia, Finland and later also Albania – all potential candidates for the Soviet bloc of power – managed to escape the Soviet clutches.
In conclusion, simply by looking at the map it was clear that this divided continent was no longer the center of the world. As usual, this had advantages, but also disadvantages. On the one hand, Europe was no longer abandoned to its self-centeredness and its insane conflicts and traditions. At that moment it hardly seemed conceivable that the exhausted and ruined continent would tear the world apart in one of its own processes of self-destruction or, at least, become an independent political entity. On the other hand, Europe was more or less dependent on the two new superpowers. Soon, the East-West conflict, with its horrible choice of excessive atomic capacity, would spread like a shadow of lead over the world, and also over Europe.

It has been estimated that the Soviet Union lost a total of 26.6 million people during the Second World War. Of these, 11.4 million belonged to the Soviet armed forces that died as a result of the fighting or in German captivity (around 3 million). All the other victims were civilians: 15.2 million! It is a scandalous figure that illustrates once again what this war was. Some groups of victims are well known; Recall the 2.4 million Soviet Jews who were victims of the Holocaust, or the inhabitants of Leningrad who did not survive the German siege, whose number is estimated between 650,000 and one million; and the 500,000 people who lost their lives during the partisan war. The traces of the remaining civilian deaths, more than 11 million people, are often lost in the chaos of this violent war.
To the human losses the materials were added: in 1945, only in the Soviet Union, 1,710 cities and some 70,000 villages were reduced to ruins and ashes. In total, the war damages of the Soviet Union, calculated with the prices of 1941, are estimated at 67,900. millions of rubles, which correspond to 30 percent of the fixed capital at the beginning of the war. In addition, the direct expenses to finance the war for an additional 55,100 million rubles are added, as well as the decrease in national income, thus reaching total tangible losses of 184,000 million rubles, although other calculations estimate that they were even greater .
Calculating how much the Second World War cost the Germans is more difficult, especially when dealing with a single conflict scenario. After all, we know that the expenses of the German Reich, in the period from September 1939 to May 1945, amounted to RM1,471 billion (Reich frameworks), to which occupied, allied and neutral countries contributed 90,300 million RM in the form of war contributions and occupation costs. The additional financial costs of the private sector are not included in this total amount. To this must be added the losses and material destruction, which have been estimated between 550,000 and 620,000 million RM, and another 75,000 million losses of property of the displaced, in addition to the costs of occupation until 1955 or until 1958 (in the GDR). ) amounting to 88,400 million RM and, finally, the losses due to the monetary reform of 1948, which was estimated at 56,000 million RM. In short, since the Thirty Years’ War, German society had not been ruined so much.
But it was not just about money or property. A short-term problem that the war had left for the Germans were the German prisoners of war. Its number increased to 8.7 million in the summer of 1945, to fall to 500,000 in January 1949. Only the Soviet Union finally retained a last contingent of more than 11,500 “convicts” who did not arrive in their homeland until 1955- 1956 as “late returnees.”
In the end, the Soviet Union won, it became bigger and more powerful, but at what price? The transition from war to peace was difficult for them. A devastated and bled nation that had to literally meet once again: millions of people looking for their home or any home. Their misery was indescribable, and neither the dismantling of Germany nor the exploitation of German prisoners of war and deportees, which at that time accounted for up to 10 percent of gross domestic product, could change much of that situation. There was a shortage of everything: food, consumer goods, housing, infrastructure, energy, professional recycling programs, medical care and an administration that lived up to that name. To all this we must add the cessation of shipments of Anglo-American supplies, the terrible drought of 1946 and the famine that did not survive between 500,000 and one million people, the relatively high mobilization level of the Red Army that consumed many resources and, not least, the internal political “counteroffensive” to which the Stalinist regime passed after the end of the war.

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