El Nuevo Zar. Ascenso Y Reinado De Vladímir Putin — Lee Myers / The New Tsar: The Rise and Reign of Vladimir Putin by Lee Myers

Gran parte de la vida de Putin parecería completamente ajena a la experiencia estadounidense tipo. Nacido y criado a raíz de la Segunda Guerra Mundial en un lugar que lucha por sus propios esfuerzos para reconstruir, Putin fue formado por fuerzas desconocidas por la mayoría. El autor comienza desde el principio y ofrece una visión no solo de la vida temprana de Putin, sino también de las personas y los eventos que le dieron forma e influenciaron. Lo que alimentó su temprana fascinación por el KGB y cómo su temprana carrera en el KGB difería de sus ideales, a pesar de que parecía sobresalir y fue recompensado con más responsabilidad.
Esta es una biografía muy legible de una figura actual complicada. El autor lo ha investigado con esmero. Incluyendo las obras citadas, hay más de 500 páginas en este libro. Separado en cinco partes, es un esfuerzo académico extremadamente impresionante. Estas son son:

Primera Parte
1. Homo sovietico
2. Un corazón cálido, una cabeza fría y manos limpias
3. Un espía mediocre en un imperio agonizante
4. La democracia enfrenta un invierno hambriento

Segunda parte
5. El espía viene del frío.
6. La democracia mal administrada
7. Un camino inesperado al poder
8. Nadar en el mismo río dos veces
9. Kompromat
10. En la dependencia

Tercera Parte
11. Convertirse en Portugal
12. El alma de Putin
13. Los dioses dormían en sus cabezas
14. Annus Horribilis
15. El contagio naranja
16. Kremlin, Inc.
17. veneno
18. El problema de 2008

Cuarta Parte
19. la regencia
20. Hombre de Acción
21. El regreso

Quinta parte
22. La Restauración
23. Solo en el Olimpo
24. Putingrado
25. Nuestra Rusia

Reconocimientos
Notas
Bibliografía
Índice

Esta fue una lectura fascinante. Yo, como muchos, comienzo asumiendo que el espectacular aumento de Putin fue estratégico y deliberado. En cambio, el autor presenta una imagen crítica, pero en la que Putin es más oportunista que estratégico. El libro está bien escrito y es pacífico y cubre el nacimiento de Putin a través de los años de la KGB, el tiempo como un operativo detrás de escena, un presidente pragmático de primer mandato y ahora un peligro para el equilibrio geopolítico de 2015. Escuché en Audible que era suficiente. Después de leer, agregué las memorias de Boris Yeltsin a mi lista de lecturas futuras.
Los años de formación de Putin demuestran que un niño busca un significado y un propósito. Se interesó en las artes marciales mientras buscaba un deporte con disciplina y logros individuales. Creció junto a una pareja judía religiosa y aprendió la tolerancia que le serviría a él (ya los judíos de Rusia) mucho más tarde en la vida. Escuchó a los Beatles. Desarrolló un interés por el espía gracias a las películas inspiradoras. Primero comenzó con la KGB llamando a su puerta, literalmente, siendo expulsado, pero utilizando la experiencia como una razón para ir a la escuela de leyes en lugar de seguir un camino de ingeniería.
El KGB fue un desastre durante el tiempo de Putin. Putin estaba estacionado en Dresde cuando cayó el Muro de Berlín. Cuando estalló el caos, llamó a Moscú para que le diera instrucciones, pero no consiguió nada, enfatizando qué tan malas eran las cosas para la Unión Soviética. Una leyenda desarrollada de Putin defendiendo la embajada en una batalla de armas de uno en muchos. En última instancia, su tiempo en la KGB fue valioso para motivarlo / permitirle leer periódicos extranjeros, aprender sobre el mundo fuera de Rusia, cumplir sus sueños de aventura de adolescentes y construir una red de amigos leales.
Después de Perestroika, Putin era un hombre detrás de escena en San Petersburgo. En el papel, desarrolló conexiones internacionales y experiencia administrativa. El libro contiene un gran ejemplo de los desafíos para establecer el capitalismo. San Petersburgo intentó construir una industria de casinos. Las empresas privadas comenzaron. La ciudad dio a las empresas edificios a cambio del 51% de los casinos. Los casinos no pudieron mostrar ningún ingreso que resulte en que la ciudad haya cedido edificios y derechos a cambio de nada. Los mejores impulsos capitalistas son inútiles sin un estado de derecho para establecer derechos de propiedad claros. También aprendemos que Putin no era rico. Su dacha se quemó durante este tiempo de su vida y solo se recuperaron $ 5k de efectivo. Eso es sorprendente dada la posición financiera posterior de Putin y el acceso que tenía en este momento en su vida.
El ascenso de Putin a la Presidencia fue rápido. Yeltsin lo seleccionó como sucesor durante sus audiencias de juicio político, y el autor lo describe como “el último debate de la Rusia comunista”. Yeltsin renunció y Putin (sorprendido) se hizo cargo. El procedimiento permitió elecciones anticipadas y favorece a los titulares. Era un agente que había estado en los límites de la política. Los rusos aún no sabían lo suficiente como para desconfiar de él. Como presidente, rápidamente sacó a los oligarcas de la política, permitiéndoles conservar la riqueza pero no el poder. Fue un cambio pragmático y un fuerte contraste con Yeltsin. Ambas elecciones fueron corruptas según los estándares occidentales, pero incluso el autor crítico admite que Putin habría ganado por derrumbes en procesos absolutamente limpios. Una lección que extraigo del libro es que no necesita elecciones corruptas / encubrimientos más amplios si las boletas / procesos están suficientemente apilados de antemano.
La guerra en Chechenia fue un acontecimiento importante para la presidencia de Putin. En medio de muchas preguntas (por ejemplo, “¿Putin justificó la guerra bombardeando un edificio de apartamentos ruso y culpando a los chechenos?”), Putin logró convertir la guerra en una afirmación del orgullo ruso en un momento en que la población se sentía débil y vulnerable. Habló de una población “liberada” en lugar de “ocupada”. Aterrizar en el equipo de su general hizo mucho por Putin y mucho por Rusia. Por otro lado, Putin falló en el desastre del submarino Kursk. Retuvo información del público, no mostró empatía y puede haber sido negligente al no invitar a otros países a ayudar.
Es un delicado equilibrio entre la fuerza rusa y la terquedad rusa. El libro me recuerda a Age of Ambition, que analiza la historia reciente de China. Al igual que los chinos, los rusos tienen expectativas crecientes de su gobierno. En el caso de Rusia, como el de China, estos incluyen seguridad personal básica y niveles aceptables de actividad económica / calidad de vida. Más exclusivo de Rusia es un sentimiento de orgullo: los rusos quieren sentirse poderosos en el mundo. Será interesante ver cómo evoluciona esta visión cuando los nacidos en la Unión Soviética envejecen y desaparecen de la vida política.
La política exterior de Putin se volvió más agresiva con el tiempo. Después del 11 de septiembre, Putin se mostró servicial y emocionado de participar en la geopolítica. Este período incluye el famoso comentario de George W. Bush “Lo miré a los ojos …”. Por desgracia, las relaciones se enfriaron cuando Putin no pudo ganar las negociaciones sobre la defensa de misiles y se preocupó cada vez más por la intervención de la OTAN en los antiguos estados soviéticos. Putin fue públicamente crítico sobre la guerra de Irak. Las relaciones alcanzaron un nuevo mínimo cuando Rusia (supuestamente) bombardeó un avión civil sobre Ucrania en 2014, que culminó con la falta de invitación de Putin a una reunión del G-8. Incluso las relaciones con Alemania (dependientes del gas natural ruso) se tensaron.
El ego de Putin creció peligrosamente grande durante la segunda mitad de su primer mandato, a través del mandato de Medvedev, y en el segundo mandato de hoy. Se rodeó de “sí, hombres”, construyó una riqueza personal espectacular para él y amigos de larga data (en gran parte al tratar a Gazprom como su feudo personal), permitió a los agentes de la KGB realizar operaciones de mala gana, incluyendo envenenamientos en Londres y Ucrania, condujo los costosos Juegos Olímpicos en Sochi, Y personalmente se rehizo con cirugía plástica y un divorcio. El Putin que enfrentamos hoy es uno de gran poder y respeto en toda Rusia. Él está tratando agresivamente de construir la confianza y el lugar de Rusia en el mundo. Por un lado, no lo culpo, es simple realpolitik. Por otro lado, me preocupan sus giros personales hacia el ridículo y la falta de estructura organizativa / claro sucesor en Rusia. Va a ser un viaje lleno de baches.

Putin era un peón sin educación, uno de los cuatro hijos varones de Spiridon Putin, un cocinero que había trabajado en el afamado hotel Astoria antes de la Revolución. Spiridon, pese a simpatizar con los bolcheviques, huyó de la capital imperial durante la guerra civil y la hambruna que siguieron a la Revolución de Octubre de 1917.
Vladímir Putin ya era un veterano cuando los nazis invadieron la Unión Soviética en junio de 1941. Había prestado servicios como submarinista en la década del treinta antes de establecerse no muy lejos de Leningrado, en el pueblo de Petrodvorets, donde Pedro I de Rusia había construido su palacio sobre el golfo de Finlandia. En los días caóticos que siguieron a la invasión, al igual que muchos ciudadanos, Putin salió enseguida a ofrecerse como voluntario para defender la nación, e inicialmente fue asignado al destacamento de demoliciones especiales del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos o NKVD, la temida agencia de policía secreta que luego se convertiría en el KGB (Comité para la Seguridad del Estado). El NKVD creó 2.222 de estos destacamentos para asediar a los nazis detrás del frente, que en ese momento avanzaba rápidamente. Una de las primeras misiones de Putin en la guerra fue un desastre.
Para muchos rusos, incluso los que habían sufrido bajo su tiranía, Stalin seguía siendo el padre reverenciado de la nación que había conducido al país hacia la victoria contra los nazis; los ángulos más oscuros de su Gobierno fueron elididos, ya fuese por miedo, complicidad o culpa, lo cual dejó un legado contradictorio que dominaría la sociedad soviética durante décadas. Como recordó más adelante, él mismo era «un muy logrado producto de la educación patriótica que se impartía al hombre soviético»

Vladímir Putin cumplió su sueño de unirse al KGB en el verano de 1975, pero nunca se convirtió en el agente secreto que imaginaba en su infancia. Su ingreso fue el de trámite, salvo por un gracioso error de comunicación que ocurrió cuando se presentó esa primavera ante la comisión de empleo de la universidad que asignaba trabajos a los graduados en el sistema soviético. Un funcionario del Departamento de Derecho de la universidad anunció que Vladímir finalmente se incorporaría al cuerpo de abogados litigantes de Leningrado.
Cegado por la propaganda oficial o por la indiferencia, Vladímir racionalizó e idealizó el trabajo del KGB. Creía que el oficial de inteligencia era el defensor de la ley y el orden. En el verano de 1976, salió de la academia del KGB como teniente primero. No regresó al departamento de personal, sino al de contrainteligencia, el Segundo Directorio Principal del KGB. Participó en operaciones que no combatían al enemigo exterior, sino al enemigo interno. Devino en un burócrata comunista que buscaba, sobre todas las cosas, mantener el orden social y el control político, aunque muy poco se sabía de sus actividades en ese entonces. Ni sus amigos ni tan siquiera sus colegas sabían qué era lo que hacía exactamente Vladímir, que durante muchos años hizo un gran esfuerzo por mantener en secreto los detalles de su trabajo.

Con su llegada a Dresde en agosto de 1985, Vladímir había cumplido su sueño de infancia: ahora era un oficial de inteligencia exterior enviado al extranjero para combatir a los enemigos del Estado. Y, sin embargo, su experiencia era mucho menos cinematográfica de lo que alguna vez había imaginado. Ni siquiera era un agente encubierto. Era un oficial del KGB, que se unía al personal disoluto y cínico de un puesto fronterizo provincial del imperio de la agencia. Sus colegas pronto lo apodaron Pequeño Volodia, puesto que ya había otros dos Vladímir en la mansión de la calle Angelika, Volodia grande y Volodia bigotudo. Volodia Grande era Vladímir Usoltsev, que había llegado dos años antes. Había entrenado y prestado servicios en oficinas provinciales del KGB en Bielorrusia y Krasnoyarsk, y para entonces estaba muy hastiado.
El mayor Putin estableció su vida en Alemania con bastante comodidad. Por primera vez en su vida adulta, dejó de practicar judo y abandonó la ejercitación regular. Aunque nunca fue bebedor, adquirió un gusto por la cerveza, especialmente la Radeberger Pilsner, que se elaboraba en una pequeña ciudad cerca de Dresde. Hizo amistad con un barman que le rellenaba el vaso con regularidad —‌una caña pequeña— y pronto sumó 10 kilos a su estructura menuda. Casi de inmediato tras su llegada, Liudmila quedó nuevamente embarazada, y su segunda hija, Yekaterina —‌Katia—, nació el 31 de agosto de 1986. Usoltsev intuyó que Vladímir debía sentirse «algo desalentado» por no haber tenido un hijo varón.
Como marido y padre, Putin resultó ser algo machista. Se negaba a ayudar con las compras, la cocina o cualquier otra cosa que tuviera que ver con las tareas domésticas, pues creía en la división tradicional de los roles maritales. Durante una breve hospitalización durante el embarazo de Liudmila en Dresde, se había quedado solo durante tres días con Masha y se vio agobiado por el esfuerzo. Él era «el proveedor y el defensor», según palabras de Liudmila, y ella tenía que ocuparse del resto. Para comer era muy selectivo, hasta el punto de rehusar tocar platos que no le gustaban.
El papel del teniente coronel Putin en los sucesos en torno a la disolución de Alemania Oriental fue un pequeño acto para combatir la incertidumbre, si no el peligro. Por un instante, fue realmente un oficial de inteligencia solo y de pie defendiendo a su país, un hombre solo capaz de afectar el curso de la historia —‌en Alemania, nada menos—, tal como había imaginado cuando era un joven impresionable veinte años atrás. Actuó con calma y estoica determinación. Evitó una fuga de información y también el derramamiento de sangre. Sin embargo, sus acciones de esa noche no recibirían ningún reconocimiento, ninguna mención, ninguna medalla. «Moscú guarda silencio.» La frase lo persiguió durante años después de aquello. Esa noche intuyó que su carrera estaba llegando a su final. También su país.

Fue bastante amargo para Vladímir Putin presenciar el derrumbe del ideal soviético en Europa y verse impotente para revertir las pérdidas. Sabía que una Alemania dividida no podía durar, pese a la promesa de Erich Honecker a principios de 1989 de que el Muro de Berlín seguiría en pie «pasados cincuenta e, incluso, cien años». Para Putin, lo más importante fue lo que percibió como una rendición incondicional de la Unión Soviética, seguida de un retroceso humillante, caótico y catastrófico. «Eso fue lo doloroso —‌dijo—. Simplemente abandonaron todo y se marcharon.»
Los Putin habían seguido desde la distancia la convulsión de la época de Gorbachov —‌la exaltación pública engendrada por la perestroika y la glásnost— pero, más allá de sus expectativas, lo que encontraron al llegar los decepcionó. Luego de las relativas comodidades de Alemania Oriental, la vida en su país fue una conmoción.
Su carrera como oficial del KGB estaba en una encrucijada. Era uno en medio de una repatriación masiva de agentes de inteligencia llegados desde el exterior, no solo desde Alemania, sino desde toda Europa Oriental y otros campos de batalla más alejados de la Guerra Fría, como Afganistán, Angola, Mongolia, Vietnam, Nicaragua y Yemen. Habían sido derrotados, vencidos y, efectivamente, se habían quedado sin trabajo: eran los refugiados desplazados de un imperio desmoronado. El Centro en Moscú era el destino habitual para los oficiales que regresaban de una misión en el exterior. Solo que ya nada era habitual. Durante tres meses a comienzos de 1990, Putin ni siquiera cobró su paga. El KGB inicialmente le ofreció un puesto en el cuartel general del Primer Directorio Principal en Yasenevo, el complejo arbolado y fuertemente custodiado al suroeste de Moscú. Su rango y nombramiento normalmente le hubieran hecho merecer un departamento en Moscú, pero no había ninguno disponible.
Al amanecer del 21 de agosto, sin embargo, el golpe de Estado se había venido abajo. Gorbachov había sido liberado de su arresto domiciliario y estaba regresando a Moscú. Boris Yeltsin, la cara pública de la resistencia, se convertiría en el líder de la nueva nación rusa que emergió. Sobchak había liderado la resistencia en Leningrado, y se convirtió en uno de los demócratas más prominentes de la nación. Fuera de todos sus designios, Vladímir Putin aterrizó en el lado victorioso del derrumbe de la Unión Soviética. Y, sin embargo, no compartía la euforia que sentían muchos rusos. Al contrario: era una experiencia difícil para él. Liudmila y sus amigos describieron el período como el más complicado de su vida. «De hecho —‌dijo él—, destrozó mi vida.» El coronel Leshchev, que había sido su superior en el cuartel general del KGB en Leningrado, dijo que la dimisión de Putin fue más pragmática que idealista.

El Dresdner Bank abrió en enero de 1992 con el objetivo de crear la infraestructura financiera necesaria para integrar la economía de Rusia al mercado alemán y ayudar a privatizar o reestructurar las vastas empresas estatales soviéticas, mastodontes verticalistas que era improbable que pudieran adaptarse con rapidez a las fuerzas de mercado. Su primer proyecto fue asistir a la fábrica Kírov, que estaba en peligro de quiebra, lo que podía costarles el empleo a miles de trabajadores que habían apoyado a Sobchak durante el golpe de Estado de 1991. Para el Dresdner, se trataba de una apuesta arriesgada respecto del futuro de Rusia. No solo las finanzas de San Petersburgo estaban en desorden: también las leyes, las regulaciones y la supervisión. Toda la economía, todo el país, estaba sumido en el caos y en camino de empeorar.
Putin devino en una de ellas, y la inversión pionera del Dresdner recompensaría al banco y a Warnig de forma espectacular durante los años siguientes. Al Dresdner lo siguieron el Deutsche Bank, la Banque Nationale de Paris y el Crédit Lyonnais. La fábrica española de caramelos Chupa Chups comenzó a producir chupachups en San Petersburgo en 1991. Otis Elevator abrió una sucursal, anticipándose a la renovación de los edificios antiguos de la ciudad. Procter & Gamble, que había invitado a Sobchak a sus oficinas centrales en Estados Unidos el año anterior, abrió una oficina en la ciudad casi enseguida después del golpe. Sobchak disfrutaba de su papel como padre de la ciudad, pero era Putin, detrás de escena, quien negociaba los acuerdos con los extranjeros y revisaba los detalles. «Vladímir Putin era la persona que estaba ahí para implementar lo que Sobchak quería», dijo Kaj Hober, un abogado sueco que trataba con él entonces.
A pesar de su proximidad con el poder y el control de transacciones gubernamentales valoradas en millones de dólares —‌sumas inimaginables para un oficial de inteligencia de bajo rango—, Putin aún vivía modestamente, o al menos no de forma tan ostentosa como Sobchak y la generación de los «nuevos» empresarios rusos, que muy pronto estaban amasando enormes fortunas y vistiéndose en conformidad. Como vicealcalde, se le asignó una dacha estatal en Zelenogorsk —‌había pertenecido antes al consulado de Alemania Oriental, nada menos— y, aunque estaba ubicada a unos 50 kilómetros del centro de la ciudad, mudó a su familia allí, en lugar de seguir viviendo cerca de Smolni con sus padres. Putin luego adquirió un apartamento en la ciudad, en la isla Vasílievski —‌supuestamente de Sobchak, que fue acusado de transferir cientos de propiedades a manos privadas—, y se dedicó a renovarlo poco a poco. Liudmila trabajaba en la universidad enseñando alemán (aunque el suyo distaba de ser perfecto) y llevaba a las niñas al colegio, a natación, a las lecciones de violín que habían comenzado por insistencia de Serguéi Rolduguin. Era una vida ajetreada, pero tan segura como la de cualquiera en la Rusia turbulenta de los años noventa, cuando todo parecía pender de un hilo, incluso para los Putin.

Con la agitación política de 1993, Sobchak pasó a depender más de Putin, al igual que profundizó su confianza en él. El periódico Komersant describió a Putin como «un hombre tan cercano a Sobchak como el príncipe Ménshikov a Pedro el Grande», refiriéndose al hombre que era el comandante y confidente del zar en el siglo XVIII, hasta que fue exiliado a Siberia tras la muerte de Pedro. Putin, dijo Sobchak, era una «persona valiente y decidida», sin otros designios respecto de la autoridad de Sobchak o incluso su propia posición. En consecuencia, introdujo a su vicealcalde en la Administración de la ciudad aún más, y no solo en el campo de la inversión extranjera, sino también en sus peleas con críticos y fiscales que comenzaron a indagar en los asuntos financieros de Sobchak.
La salvación de Putin no tardó en llegar, y provino de donde era más improbable: el antiguo aliado de su jefe, devenido enemigo, Boris Yeltsin. A Yeltsin le había ido mejor con los votantes que a Sobchak; el haber obtenido la presidencia por segunda vez en el verano de 1996 no parecía menos milagroso que el descubrimiento de la cruz de Putin entre las cenizas de su dacha. El índice de aprobación de Yeltsin a fines de 1995 había caído a un 3 %. La guerra que había lanzado en 1994 para derrotar el movimiento de independencia en Chechenia, que había prometido sería corta y gloriosa, se había vuelto un callejón sin salida sangriento y humillante. La economía había continuado su incesante derrumbe, igual que la salud de Yeltsin. A fines de 1995, tuvo el primero de lo que sería una serie de paros cardíacos, la gravedad de los cuales no se compartió con el público.
La labor de Putin fue restablecer el orden, poner fin a los planes más descontrolados que estaban frenando el Gobierno y la economía. El trabajo lo expuso a la corrupción que carcomía al país, pero también a los riesgos políticos de exponer a aquellos en el poder. Putin aprendió pronto que el servicio en el Kremlin requería delicadeza y discreción para interpretar hasta dónde llevar sus investigaciones. Al cabo de unos pocos días de haberse hecho cargo del directorio, Putin absolvió de complicidad públicamente a Yeltsin y a un exministro de Defensa, el general Pável Grachov, respecto de un escándalo en el que el comando militar en el Cáucaso había transferido entre 1993 y 1996, por el valor de 1.000 millones de dólares, tanques y otros armamentos a Armenia para ayudarla en su guerra contra Azerbaiyán, pese a una ley rusa contraria a la venta de armas a cualquiera de los bandos. Para suavizar el escándalo, Putin concedió entrevistas al periódico Komersant y la emisora de radio Ejo Moskvi. Confirmó que las transferencias habían tenido lugar y que las investigaciones habían hallado a los responsables, aunque se negó a nombrarlos con evasivas.

Después de un año de encabezar el Directorio Principal de Control, Putin comenzó a cansarse de realizar investigaciones que produjeran resultados ambivalentes. Había destapado la corrupción, pero los casos quedaban estancados en un sistema judicial que, entendía, era fácil de manipular. Tenía poco poder para cuestionar los intereses creados de los funcionarios, y tampoco mostró mucho fervor por emprender una cruzada para cambiar el sistema. «No era un trabajo muy creativo», recordó. Dijo que consideró dejar el errático Gobierno de Yeltsin para irse al sector privado en el invierno entre 1997 y 1998. Pensó en abrir un bufete jurídico, aunque dudaba de si podría vivir de eso.
Como jefe de la agencia de inteligencia interior del país, Putin cargaba al menos con parte de la culpa, pensó Yeltsin. El destino político de Putin ahora parecía atado al capricho impredecible de Yeltsin. Yeltsin volvió a citarlo el 15 de diciembre, esta vez en el Kremlin, durante uno de sus raros días en la oficina presidencial. Quería discutir el caso Starovóitova, el brote de declaraciones racistas en el Parlamento, el complot contra Berezovski y el progreso de Putin en la reestructuración del FSB. Putin salió de la reunión enfatizando que no había perdido la fe del presidente, en tanto sonaba como alguien preocupado por haberla perdido. Acusó a los que difundían los rumores, aparentemente desde dentro de los sectores enfrentados de Yeltsin, de querer «sembrar semillas de incertidumbre entre el personal administrativo y ejecutivo del servicio o debilitar su control». En la base de los rumores «yace el miedo», dijo, «miedo al servicio de seguridad». Putin parecía aferrarse a su posición a duras penas. Anunció que, cuando Yeltsin finalizara su mandato —‌en apenas un año y medio, por entonces—, él dimitiría para hacerle sitio a un nuevo jefe de inteligencia bajo el mandato de un nuevo presidente. «Es obvio que yo tendré que irme.»

Daguestán es la parte más meridional de Rusia, una tierra de gran diversidad étnica que bordea el mar Caspio y se eleva hasta los picos montañosos del Cáucaso oriental y su frontera con Chechenia. Al igual que Chechenia, es de fe predominantemente musulmana, pero es también uno de los lugares más heterogéneos del mundo, con docenas de etnias e idiomas. Estuvo bajo control ruso por primera vez a comienzos del siglo XIX, y se había unido a las otras repúblicas del Cáucaso para formar un Estado brevemente independiente luego de la Revolución bolchevique. Con el colapso de la Unión Soviética, sin embargo, no se unió a Chechenia para declarar la independencia de Rusia. La secesión tenía poco apoyo popular entre los distintos pueblos, aunque la idea de unificarse con Chechenia se debatió durante gran parte de la década de 1990.
El comandante que lideró la incursión desde Chechenia el 7 de agosto, Shamil Basáiev, declaró su intención de crear un Estado islámico de Daguestán, con lo que esperaba extender su campaña política e ideológica de violencia y terror, y reafirmar, así, su propio poder en Chechenia. Junto con el combatiente saudita Jatab, lideró una fuerza de dos mil combatientes que tomaron los pequeños pueblos a lo largo de la frontera montañosa. El objetivo exacto de la ofensiva seguía siendo poco claro, pero, gracias a que la tensión había estado aumentando desde el secuestro del general Shpigún (luego se encontraría su cadáver), el ejército ruso estaba mejor preparado. Como ministro del Interior y, luego, como primer ministro, Serguéi Stepashin había trazado planes para una operación policial y militar que restablecería el orden federal en Chechenia; Putin, como jefe del FSB y jefe del Consejo de Seguridad de Yeltsin, estuvo involucrado en la conformación de esos planes.
Putin ahora tenía algo mucho más ambicioso en mente. Pidió a Yeltsin «poder absoluto» para coordinar todos los ministerios de seguridad y conducir operaciones militares —‌autoridad que oficialmente correspondía al presidente como comandante en jefe—. Yeltsin aceptó: era la primera vez que delegaba tanto de su prerrogativa presidencial a un primer ministro.
El 16 de agosto, la Duma analizó la candidatura de Putin y, por escaso margen, lo confirmó en su cargo tras un debate que se enfocó más en la campaña electoral que en sus cualificaciones para el puesto o la violencia que se desarrollaba en el sur. Recibió doscientos treinta y tres votos, solo siete más del mínimo necesario, y muchos menos de los obtenidos por Stepashin, Primakov o Kiriyenko. En el mejor de los casos, Putin parecía una figura transicional que pronto sería barrida a un lado. En sus breves y entrecortadas declaraciones ante el Parlamento, Putin prometió restablecer la disciplina en el Gobierno y recordó a los generales rusos el plazo para expeler a los invasores en Daguestán.

El ascenso de Putin a la cima del poder fue tan rápido, tan inesperado, tan asombroso, que un prominente historiador ruso lo describió en términos místicos, como el acto de un poder superior otorgado a una nación maltrecha y agradecida. Yeltsin, escribió el historiador Roy Medvédev, había abandonado el poder «sin revolución ni derramamiento de sangre», sin un golpe de palacio o conspiración de ningún tipo. Rusia entraba en el nuevo siglo con un nuevo líder, el presidente interino Putin, y casi toda la población lo percibió no como una causa de alarma, sino como un providencial regalo de Año Nuevo.
Putin formó un equipo político a partir de un círculo de personas en quienes podía confiar, es decir, sus amigos, que, admitía, eran pocos. «Tengo amigos, por supuesto. Desafortunadamente o, quizás, afortunadamente, no son tantos», le dijo al periodista Mijaíl Leóntiev durante una entrevista para el documental biográfico que la televisión estatal presentó antes de la elección. «Porque, entonces, uno valora más a los amigos que tiene. Estas son las personas con las que hemos sido amigos durante muchos años, con algunos de ellos desde la escuela, con otros desde la universidad. El carácter de nuestra relación no cambia. No he podido reunirme con ellos con frecuencia recientemente, pero las reuniones siguen teniendo lugar de forma regular.
Desde el principio, Putin entendió la importancia de la televisión para la autoridad del Kremlin, de su capacidad para dar forma no solo a su imagen, sino a la realidad de Rusia. Serguéi Pugachov, un banquero y amigo que trabajaba cerca de él en el Kremlin en ese entonces, se maravillaba de la forma en que Putin seguía obsesivamente los informativos de noticias de la televisión, incluso hasta el punto de llamar a los directores de los canales en medio de una transmisión para objetar aspectos de sus reportajes. Consideraba las cadenas estatales un «recurso natural» tan preciado como el petróleo y el gas. «Según entiende él, la base del poder en Rusia no es el ejército, ni siquiera la policía: es la televisión —‌dijo Pugachov—. Esta es su más profunda convicción.» Ahora, llevando casi un año en la presidencia, las tres principales cadenas de televisión en Rusia se encontraban firmemente bajo el control del Kremlin.

El 19 de febrero de 2003, Putin mantuvo otra de sus reuniones periódicas en el Kremlin con los banqueros, industriales y petroleros de Rusia: los oligarcas que tanto dominaban la era postsoviética. En su primera reunión en 2000, Putin había llegado a reconciliarse con la mayoría de ellos —‌a pesar de Gusinski y Berezovski— en un pacto informal: podían conservar su riqueza en tanto se mantuvieran fuera de los asuntos del Estado. No iba a dar marcha atrás con las controvertidas privatizaciones de la década de 1990, con lo cual dejaría a los oligarcas con sus ganancias, siempre y cuando ellos, en deferencia hacia el Kremlin, pusieran fin a sus batallas sangrientas e irresponsables por riquezas aún más grandes. «¿Cuál debería ser entonces la relación con los así llamados oligarcas? La misma que con cualquiera. La misma que con el dueño de una pequeña panadería o un local de reparación de calzado», escribió en una carta abierta a los votantes en Izvestia durante su campaña. Cuando Putin llegó al poder, los periodistas y los observadores políticos, acostumbrados a la kremlinología de la década de 1990, habían buscado pruebas de la influencia de los oligarcas, al malinterpretar que ya no moverían los hilos. Vladímir Gusinski había huido del país. Lo mismo Boris Berezovski, que presuntuosamente se declaró líder de la oposición en el exilio. El resto se adaptó a la era de Putin.
El acuerdo en 2000 fue una tregua negociada; en líneas generales, ambos lados se atuvieron a las condiciones. Contrariamente a la percepción popular, Putin no insistió en que los oligarcas se mantuvieran completamente fuera de la política —‌algunos, como Román Abramóvich, detentaron cargos electos—; bastaba que no hicieran nada para oponerse al Kremlin. A su vez, los magnates aceptaron pagar impuestos y evitar disputas públicas con Putin acerca de políticas que podían afectar sus fortunas. También se unieron diligentemente al Sindicato Ruso de Industriales y Empresarios, que se convirtió en el foro institucionalizado para debatir problemáticas a las que hacía frente la economía de Rusia. Sus reuniones subsiguientes con Putin habían sido de perfil bajo, dedicadas a impuestos y reformas legales, la perspectiva de unirse a la Organización Mundial del Comercio y el destino de la apremiada industria automotriz.
Ahora, en 2003, una veintena de los hombres más ricos del país —‌cuya fortuna, sumada, era mayor que la economía entera de muchos países— se reunieron otra vez para debatir sobre algo mucho más delicado: la intersección entre las empresas y el Gobierno, ese nexo sombrío en que florecía la corrupción.

Para Putin, el riesgo en Ucrania era mucho más alto. Georgia era un Estado menor que no planteaba ninguna gran amenaza para la influencia de Moscú. Ucrania, por el contrario, mantenía profundos lazos étnicos, culturales y económicos con Rusia (y con Putin). Era la raíz histórica de Rusia misma: el Rus de Kiev, el feudo medieval cuyo líder, Vladimiro el Grande, adoptó el cristianismo en 988, y la frontera de los imperios zaristas que siguieron —‌su nombre, traducido literalmente, es «la Ucrania», «la frontera»—. Sus fronteras se habían modificado con el tiempo: partes de su territorio occidental habían pertenecido a Polonia o el Imperio austrohúngaro; Stalin tomó parte de ella con su pacto secreto con Hitler en 1939 y, el resto, tras el fin de la Gran Guerra Patriótica. La constitución moderna de Ucrania tomaba forma, pero parecía efímera, sujeta a fuerzas geopolíticas más grandes, como la mayoría de las zonas fronterizas durante la historia. En 1954, Nikita Jrushchov decretó que Crimea, conquistada por Catalina la Grande en el siglo XVIII y defendida heroicamente contra los nazis, sería gobernada por la República Socialista Soviética de Ucrania desde Kiev, no desde Moscú.
La Revolución Naranja, como se la conoció, fue tratada en Rusia como una derrota humillante y, en el Kremlin, como una advertencia ominosa. Putin el estratega había sido superado en astucia en una lucha geopolítica, y guardaba la experiencia con rencor. El Kremlin respondió intensificando la presión sobre las ONG de Rusia, redoblando su caza de espías extranjeros y creando su propio movimiento de jóvenes para contener cualquier manifestación de disenso juvenil. Se lo llamó «Nashi», y su ideología y prácticas tenían más que una leve semejanza con el Komsomol de la Unión Soviética o, incluso, para los críticos, con las Juventudes Hitlerianas. Putin actuaba cada vez más a la defensiva y con más recelo de las amonestaciones internacionales acerca del historial de Rusia en materia de derechos democráticos básicos. Él lo consideraba hipócrita, en especial viniendo de Estados Unidos, que con el presidente Bush estaba llevando adelante una política exterior hiperagresiva que había derrocado gobiernos en Afganistán, Irak y, ahora, creía él, Ucrania. Su cálida relación inicial con Bush se había enfriado, y estaba por enfriarse aún más.
Apuntó que el «sacrificio compartido» unió a las quince repúblicas de la Unión Soviética, ahora naciones independientes que andaban sus propios caminos en el caso de los países bálticos, Georgia y, para gran frustración de Putin, Ucrania. La reconciliación de Alemania y Rusia, dijo, debía ser un modelo de relaciones internacionales para el siglo XXI. Sin embargo, no lejos del Kremlin, el Museo Pushkin conmemoraba el sexagésimo aniversario con una exhibición de quinientas cincuenta y dos obras de arte antiguas, incluidos bronces griegos, figuras etruscas y fragmentos de pinturas de murallas romanas de los que la Unión Soviética se había apoderado de un búnker en Berlín y que Rusia aún rehusaba devolver.

Una semana antes de la segunda vuelta para las elecciones presidenciales en Ucrania en diciembre de 2004, Rusia desmanteló Yukos Oil. En sus declaraciones públicas, desde el mismo momento en que comenzó el caso, Putin había insistido en que el Kremlin no tenía intención de hacerlo, y muchas personas —‌los otros magnates, inversores extranjeros, rusos corrientes— le habían creído. Dieron por sentado que, incluso si todo el procesamiento provenía de una animosidad hacia Jodorkovski, Putin no destruiría a la compañía más rica del país. Sin embargo, mientras continuaba el ataque judicial contra Jodorkovski y la misma Yukos, a Putin comenzó a serle más difícil defender su propia inocencia o negar lo que estaba empezando a ser obvio. Puede que él no hubiera iniciado las acusaciones penales y fiscales contra Yukos, según un funcionario del Kremlin, pero «en algún momento pasó de observador a participante y, luego, a líder» de la demolición final de la compañía y la redistribución de su activo más rico, la joya de la corona de su imperio de petróleo.
Yuganskneftegaz era la principal unidad de producción de Yukos. Estaba ubicada en un afluente del río Obi en el oeste de Siberia. Los primeros pozos fueron abiertos durante el auge soviético del petróleo en la década de 1960, pero la producción había disminuido a paso constante con el tiempo, con una pésima administración en los años anteriores y posteriores al colapso soviético. El banco de Jodorkovski adquirió el proyecto como parte del infame acuerdo de «préstamos por acciones» que protegió la presidencia de Yeltsin. Los inversores del banco pagaron solo 150 millones de dólares por Yuganskneftegaz y, tras unos turbulentos años, trajeron del exterior experiencia y tecnología para transformarla.
Como temían algunos, el caso Yukos no anunció la renacionalización de todas las industrias recientemente privatizadas de Rusia, en especial la de aquellas que utilizaban recursos naturales de Rusia, pero fue un punto de inflexión y un modelo para la intrusión constante del Estado en las importantes industrias del país.
Cada nueva adquisición envalentonaba a Putin. A fines de 2005, Gazprom aumentó el precio del gas natural que entregaba a Ucrania, que pasó de la oferta de 50 dólares por 1.000 metros cúbicos a 230 dólares, en línea con los precios cobrados en el resto de Europa. El aumento era un claro castigo por el coqueteo de Yúshchenko con Occidente tras asumir el poder. Putin había negociado el precio más bajo antes de las elecciones, con la esperanza de impulsar las posibilidades de Yanukóvich, pero ahora, con la renovación del contrato y Yúshchenko orientando el país hacia Europa, Putin haría que Ucrania pagara más. No era un tema político, insistía Putin, solo negocios, pero sonaba rencoroso. «¿Por qué deberíamos pagar por eso?», dijo respecto del abrazo a Occidente de Ucrania.
En la víspera de Año Nuevo, Putin ofreció una prórroga de tres meses y un préstamo para ayudar a Ucrania, pero, como el país continuó negándose, Gazprom le cortó el gas el día de Año Nuevo, con la bendición de Putin. Como táctica agresiva, resultó contraproducente. Dado que la mayor parte del gas natural de Rusia a Europa fluía a través de oleoductos que atravesaban Ucrania, la decisión se extendió por el continente durante lo más crudo del invierno. En lugar de dejar que el resto del gas de Rusia continuara su curso a Europa, Ucrania sacó con sifón lo que necesitaba, provocando bajas de presión en Austria, Francia, Italia, Moldavia, Polonia, Rumania, Eslovaquia y Hungría. Rusia tenía las reglas de su lado, pero las tácticas de Putin pusieron nerviosos, incluso, a quienes habían argumentado que Rusia merecía respeto.
Rosneft fue tasada en cerca de 80.000 millones de dólares. No fue casual que la oferta se produjera en la víspera de la cumbre del G8, que se realizaba por primera vez en San Petersburgo, con Putin como anfitrión. El Kremlin preparó una agenda ambiciosa que incluía la posición de Rusia como garante de la seguridad energética, a pesar del conflicto con Ucrania y, más adelante, con Georgia y Bielorrusia sobre el gas natural. El ascenso de Rosneft probó que Rusia se había corregido a sí misma otra vez y, en las vísperas de la cumbre, Putin rebosaba confianza, incluso fanfarronería, que durante un tiempo había parecido atemperarse por el espanto de Beslán, el contagio de los levantamientos populares y el aumento en las críticas sobre el curso tomado por Rusia.
«El mercado —‌declaró Sechin en el siguiente informe anual de la compañía— se ha pronunciado.»

Todavía no ha surgido ninguna prueba directa de que Putin tuviera algo que ver con la muerte de Litvinenko o con la de Politkóvskaia, o en ninguno de los otros crímenes misteriosos e irresueltos que llevaban el sello distintivo de asesinatos políticos durante su gobierno. No obstante, para entonces, su posición en Occidente se había hundido tanto que pocos dudaban de que, como mínimo, había creado un clima que hacía que los asesinatos políticos parecieran denodadamente corrientes. En el período que siguió al envenenamiento de Litvinenko, casos más antiguos de pronto cobraron renovada importancia. Yuri Shchekochijin, miembro del Parlamento y periodista que también trabajó para el periódico de Politkóvskaia, murió en 2003 a causa de una enfermedad repentina que sugería un envenenamiento; acababa de escribir un artículo sobre una investigación que fue detenida pero que entonces, tres años después, estaba a punto de resurgir entre nuevas intrigas. Otro caso involucraba la extraña muerte de un hombre que supuestamente actuó como mediador en el caso Yukos en 2004; la víctima, Román Tsepov, un conocido de Putin de los años noventa, murió de una forma que siniestramente anunciaba el caso de Litvinenko: sucumbió a una enfermedad por radiación supuestamente apenas días después de haber sido invitado a tomar una taza de té en el cuartel general del FSB en San Petersburgo.
Putin hizo lo posible para restarle dramatismo, pero los funcionarios rusos intentaron vigorosamente debilitar la historia que se estaba esparciendo en todo el mundo. Lo hicieron con más entusiasmo del que mostraron para investigar el asesinato. Cuando se encontraron trazas de polonio 210 en el organismo de Kovtun, la fiscalía anunció una investigación respecto del intento de asesinarlo a él. Un mes más tarde anunció, sin pruebas ni siquiera explicación, que la muerte de Litvinenko estaba vinculada, de alguna forma, con el procesamiento en curso contra Yukos. Cuando Putin apareció en una conferencia de prensa en febrero de 2007, despreció a Litvinenko como un guardia intrascendente de las tropas fronterizas que había quebrantado su juramento al cargo y luego huido del país.
El espectáculo acrecentó la sospecha en Rusia de que el asesinato de Litvinenko, como el de Politkóvskaia y otros, era parte de una conspiración elaborada para dictar el resultado de la transición política de Rusia. Las únicas preguntas pendientes de respuesta eran si los conspiradores estaban dentro o fuera de Rusia y si estaban conspirando para mantener a Putin en el poder o para forzarlo a abandonarlo. En junio, dos días después de que Gran Bretaña expulsara a cuatro diplomáticos rusos en represalia por la negativa de Rusia a extraditar a Lugovói, la policía británica detuvo a un ruso misterioso que había llegado a Londres con papeles falsos. Con la sospecha de que intentaba matar a Berezovski, lo expulsaron del país. En julio, aviones de combate de la Real Fuerza Aérea británica debieron apresurarse para interceptar bombarderos estratégicos rusos TU-95, que ponían a prueba las defensas aéreas británicas como había hecho la Unión Soviética en la Guerra Fría. Era como si el oso que había sido la Unión Soviética se hubiera despertado tras dos décadas de hibernación.

A pesar de la envergadura de Putin como primer ministro, muchos comenzaron a creer que Medvédev llevaría a cabo las reformas liberalizadoras que Putin no había logrado concretar. Uno de los que albergaban esperanzas respecto de la promesa de Medvédev permanecía en la celda siberiana adonde había sido confinado: Mijaíl Jodorkovski. Ahora reunía los requisitos para una libertad condicional, y sus abogados apelaron en julio para que le concedieran la libertad anticipada. El otro era el estadounidense que pretendía reemplazar a George Bush como presidente de Estados Unidos: Barack Obama. Mientras la embarcación de Medvédev se mecía gentilmente en la corriente del Volga esa noche de agosto, su presidencia parecía estar a la vera de una optimista nueva era. En lugar de eso, él, por su parte, estaba a punto de hacer frente a su mayor desafío. Y no había llegado siquiera al centésimo día en el cargo.
Lo que el presidente Bush no entendía era hasta qué punto los rusos culpaban a su Administración por el conflicto. Aunque no había sido él quien le diera luz verde al plan de Saakashvili para tomar Osetia del Sur, como sospechaban los rusos, Bush había apoyado a Saakashvili con entrenamiento militar y la promesa de convertirse en Estado miembro de la OTAN en la cumbre de Bucarest en abril, a pesar de las advertencias personales de Putin a Bush acerca de que dicha invitación constituiría una provocación para Rusia. Saakashvili no entendía que, pese a todo el esfuerzo que había realizado para ganarse a los estadounidenses, con elogios a Bush y el envío de tropas a Irak, ni Estados Unidos ni la OTAN estaban preparados para salir en su ayuda en una guerra contra Rusia. Ese error de cálculo tuvo un coste muy elevado para Georgia.
En su conversación con Bush, Medvédev comparó a Saakashvili con Sadam Huseín y le dijo a Bush que los georgianos ya habían matado a mil quinientas personas, una exageración flagrante. Estaba claro ahora que Rusia no tenía intención de replegarse.
Un segundo golpe paralizante para la naciente presidencia de Medvédev llegó apenas semanas después del fin de la guerra en Georgia. Los beneficios imprevistos por el aumento constante de la recaudación proveniente del petróleo y el gas habían estimulado el auge económico del país, con lo cual se habían incrementado las ventas minoristas de todo, desde coches importados hasta muebles y alimentos. La economía había crecido a un promedio de casi un 7 % anual durante la presidencia de Putin, quien había logrado pagar la deuda externa del país, había amasado cientos de miles de millones de dólares en reservas de divisas y, sin ceder a la presión por gastarlos libremente, había construido un fondo de estabilización que protegería al país de cualquier desaceleración. Recién instalado en su puesto como primer ministro, Putin actuaba como si su mayor legado fuera irreversible. Sin embargo, coincidiendo con la transición política de 2008, la economía de Rusia comenzó a desacelerarse. Con el aumento de la inflación, el nuevo primer ministro trató de imponer su voluntad al mercado y los oligarcas. En julio, empujado por quejas de ejecutivos de la energía respecto de los crecientes precios del acero para los oleoductos, convocó una reunión de la industria metalúrgica en Nizhni Nóvgorod, cuyo propósito quedó claro cuando apuntó al multimillonario propietario del mayor fabricante de acero de Rusia, Mechel, por vender su carbón de coque en el mercado doméstico a precios más altos que en el exterior, con lo cual evitaba impuestos. (Ígor Sechin fue quien llevó el asunto a su atención, según las informaciones, debido a las penurias económicas que acusaba Rosneft.) El propietario de la compañía, Ígor Ziuzin, ya bajo presión de sus clientes y competidores, cometió el error de saltarse la conferencia.
En sus ocho años como presidente, Putin siempre había sido capaz de desviar las críticas hacia el Gobierno, que estaba encabezado por el primer ministro. Ahora que él ocupaba ese puesto, desvió la culpa hacia otro lado. Se despachó contra lo que consideraba la causa externa de las aflicciones de Rusia: Estados Unidos. En octubre, dio el excepcional paso de visitar la Duma para reunirse con los comunistas como bloque de delegados por primera vez en todos sus años en el poder.
La crisis puso en evidencia la debilidad estructural subyacente de la economía rusa, su dependencia de los recursos energéticos, la base industrial tambaleante, la corrupción generalizada, la erosionada infraestructura. (El país tenía menos kilómetros de carreteras pavimentadas en 2008 que en 1997.)

Está menos jactancioso ahora», dijo Henry Kissinger al poco tiempo de reunirse con Putin en Moscú en enero de 2012, mientras las protestas continuaban. El anciano estadista de la realpolitik se había reunido regularmente con Putin desde el momento mismo de la llegada de este al poder. Putin recordaba con admiración el primer encuentro entre ellos, cuando recogió a Kissinger del aeropuerto en San Petersburgo en la década de 1990 y el hombre mayor lo halagó diciéndole: «Todas las personas respetables comenzaron en inteligencia». Putin consideraba a Kissinger un consejero de confianza, un consejero que lo respetaba a él y a los intereses de Rusia, sea cual fuere la situación cambiante de las relaciones con Estados Unidos. Kissinger, el viejo «guerrero frío» que desde hacía tiempo abogaba por una cooperación más profunda con Rusia, lo correspondía en admiración. «Putin no es un Stalin que se siente obligado a destruir a cualquiera que pueda, potencialmente en algún futuro, discrepar con él —‌había dicho una vez—. Putin es alguien que desea amasar el poder necesario para cumplir con su tarea inmediata.
El apoyo de la Iglesia a Putin, un creyente ostentoso si no profundamente devoto, no era sorprendente, pero, en una nación laica con una Constitución que separaba formalmente la Iglesia del Estado, el despliegue coreográfico de lealtad a Putin en el momento más alto de la turbulenta temporada de elecciones provocó indignación, como la protesta de Pussy Riot en la iglesia de Cristo Salvador. Hubo rumores de que el Kremlin había presionado al patriarca y a los otros para que aparecieran con Putin. Pronto salieron artículos en la prensa de la oposición en los que se reciclaban antiguos rumores sobre la afiliación de Cirilo al KGB, sus incursiones comerciales en la importación de tabaco en la década de 1990 y su gusto por los lujos más exquisitos, incluida una gran dacha, un yate privado y relojes caros. (Él negó poseer estos últimos hasta que el poco habilidoso retoque de una fotografía oficial dejó ver el reflejo de un deslumbrante reloj sobre un tablero lustroso.) La Iglesia, alguna vez muy reprimida, había emergido del colapso soviético como una de las instituciones más respetadas del país, vista por muchos de sus adeptos como una institución por encima de la política del país. Ahora, Cirilo conducía a sus fieles directamente hacia una alianza con el Estado: apenas un mes después de solidarizarse con los manifestantes, ahora se quejaba de que sus exigencias eran «gritos estridentes» de aquellos que valoraban una cultura de consumo occidental incompatible con las tradiciones rusas.
Los arrestos y la gravedad de las acusaciones provocaron una renovada indignación, ahora infundida de consternación por la incapacidad de las protestas para lograr algo más que opacar la fácil victoria electoral de Putin. Las tres mujeres se convirtieron en celebridades internacionales, admiradas por desafiar a un régimen autoritario. Amnistía Internacional las declaró presas de conciencia, mientras que músicos destacados —‌Faith No More, Madonna, Pete Townshend, Paul McCartney— defendieron su causa. En Rusia, sin embargo, su destino resultó ser mucho más complicado: su protesta dividió a la ya fracturada oposición y, con la connivencia jubilosa del Kremlin, lo hicieron todo por desacreditarlas, sobre todo a los ojos del gran público.
La ceremonia de investidura de Putin se llevó a cabo al mediodía con la pompa de las otras, transmitida a la nación con solemnidad, igual que antes. Solo que esta vez las cámaras se reunieron con Putin en la oficina del primer ministro en la Casa Blanca y lo siguieron por las escaleras alfombradas de la entrada principal hasta el Mercedes-Benz que lo aguardaba. Durante seis minutos, una cámara aérea siguió al convoy de motocicletas de la policía que escoltaba el coche de Putin y otros dos mientras hacían su camino hasta el Kremlin, donde esperaba Medvédev, que ya había saludado a la guardia de honor. El convoy pasaba por calles que habían sido vaciadas no solo de tráfico, sino también de personas. Nadie observaba. Nadie saludaba o vitoreaba en esa mañana soleada. Nadie siquiera se atrevía a estar afuera.
El pueblo ruso no estaba preparado para desafiar el sistema que lentamente se había hecho con el control de la sociedad. No era Putin en sí mismo el villano en el procesamiento contra ellas, creía. Él solo representaba la cara de una sociedad conservadora y profundamente patriarcal. El villano era la insensible conformidad de un sistema, en cultura y en política, que volvía demasiado arriesgada siquiera de considerar cualquier divergencia de pensamiento. «El problema no fue que todos pensaran que éramos inocentes, que las acusaciones contra nosotras eran ilegítimas, que solo Putin era malo y hacía llamadas telefónicas y presentara denuncias sobre el caso —‌explicó Katia—. El problema fue que todos creyeron que éramos culpables.

La vida personal de Putin seguía siendo un secreto bien guardado para todos, excepto aquellos que lo conocían mejor, un círculo pequeño y discreto; un círculo que había sido notablemente constante a lo largo de los años, pero que también era cada vez más insular. Todo lo que los rusos sabían de la vida de Putin, lo sabían de esta forma, en vistazos medidos y pequeños que el Kremlin preparaba o permitía que aparecieran, siempre circunspectos, ocasionalmente reveladores. La afición de Putin por trabajar hasta tarde por la noche y hacer esperar a los visitantes durante horas se había vuelto infamemente célebre. Incluso sus amigos esperaban para verlo de madrugada. Ígor Shadjan, el cineasta que lo había entrevistado hacía dos décadas, recordaba haberse reunido con Putin la última vez a la una en punto de la madrugada, después de haber esperado durante horas mientras una fila de funcionarios y ejecutivos entraban uno por uno en su oficina.
Menos aún se sabía de la hija menor de Putin, Katia, que, según decían, se había especializado en estudios asiáticos en la universidad. Hacía tiempo que corría el rumor de que salía con el hijo de un almirante surcoreano, incluso que se había casado con él, aunque eso resultó no ser cierto. Empezó baile de competición y se convirtió en vicepresidenta de la Confederación Mundial de Rocanrol con el nombre Katerina Vladímirovna Tíjonova (el apellido, evidentemente tomado del patronímico de la madre de Liudmila). A fines de 2012, a la edad de veintiséis años, se convirtió en directora del Fondo de Desarrollo Intelectual Nacional, una organización que construía un centro de investigación de alta tecnología por valor de 1.600 millones de dólares en los terrenos de la Universidad Estatal de Moscú.
Las obsesiones de Putin seguían siendo el trabajo y el deporte. El hockey sobre hielo se convirtió en un nuevo pasatiempo en 2011, después de que asistiera a un torneo juvenil. Era un deporte que también ocupaba a sus amigos Timchenko y los hermanos Rotenberg, Boris y Arkadi, que eran dueños de equipos profesionales en la Liga Continental de Hockey de Rusia. Putin se pasó horas aprendiendo a patinar y a utilizar el palo, un signo de la misma avidez que mostró en el aprendizaje de las artes marciales de joven.
La decisión de Putin de levantar el velo sobre su vida personal coincidió con el giro socialmente conservador de sus políticas, que proclamaban la fe y la moral rusa en la lucha por definir y defender la idea del Estado. En su mayor parte, los rusos reaccionaron con indiferencia, incluso con empatía. La única sorpresa era la elección del momento oportuno. El divorcio no se oficializaría hasta el año siguiente. Mientras tanto, su separación dio pie a un frenesí de especulaciones acerca de que Putin se aprestaba a casarse otra vez, quizás con Alina Kabáieva, que se decía había tenido un hijo suyo en 2010 (y una hija en 2012). Kabáieva, que había salido en la portada de la edición rusa de Vogue en enero de 2011, con un deslumbrante vestido de Balmain, negó reiteradamente que tuviera hijos. (Un niño que había aparecido en su vida, dijo ella, era su sobrino.) Surgieron rumores de otros romances que involucraban a la agente encubierta Ana Chapman y la fotógrafa oficial de Putin, Yana Lapikova…
Putin no parecía más genuino que los ardides políticos que había perfeccionado. Después de más de doce años en el centro de la atención pública, se había convertido en una figura distante, tan remota respecto de la gente como los secretarios generales o los zares que lo antecedieron, tan poderosa e inescrutable como la elusiva autoridad de Klamm en El castillo, de Kafka. «Sabéis, ya no se trata de Putin —‌dijo Gleb Pávlovski—. Hablamos demasiado de Putin. Putin es nuestro cero, un vacío, una pantalla donde proyectamos nuestros deseos, nuestro amor, nuestro odio.

Putin quería que los Juegos Olímpicos fuesen un símbolo de Rusia, y lo fueron. Todos los proyectos estuvieron infestados de corrupción, lo cual incrementó tanto los gastos que era difícil pasarlos por alto u ocultarlos. A principios de 2013, Dmitri Kozak, su asistente cercano y ahora el vice primer ministro que él había puesto a cargo de Sochi, dejó caer en declaraciones públicas que el coste por los preparativos de Sochi se había inflado, al pasar de los 12.000 millones de dólares que Putin había prometido al Comité Olímpico Internacional a unos impactantes 51.000 millones de dólares. Eran los Juegos Olímpicos más caros de la historia: cinco veces la suma que Vancouver había gastado para ser sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2010, más de lo que había gastado Pekín para ser sede de los mucho más grandes Juegos Olímpicos de Verano en 2008. En un país con una economía aún en apuros, la cifra estaba tan ligada a lo político que Kozak y otros ministros recibieron la orden de nunca mencionarla otra vez. El despilfarro era ridiculizado. La edición rusa de Esquire estimó que, con el total gastado para la autopista y el ferrocarril que llevaban a la montaña, los ingenieros podrían haber pavimentado la carretera con 1 centímetro de caviar negro, 6 centímetros de trufas…
Los costes y la suposición de que gran parte del dinero había sido robado llevaron a muchos a cuestionar el tino de organizar los Juegos Olímpicos. Eran los efectos adversos que muchas ciudades sedes experimentan, pero en Rusia el gasto llegaba en un momento desfavorable. La economía de Rusia todavía dependía fuertemente de los recursos naturales y, tras recuperarse de lo peor de la crisis económica, se había estancado otra vez. El crecimiento se había desacelerado, al pasar de un 3 % en 2012 a un 1 % en 2013. El auge de consumo alimentado por los precios del petróleo no se había traducido en mejores servicios por parte del Gobierno. Los índices de aceptación de Putin —‌una medida imperfecta dado el control estatal ejercido sobre los medios— se desplomaron en 2013 al nivel más bajo registrado desde que fuera presidente por primera vez, en 2000. De acuerdo con una agencia, el índice de aceptación de Putin había alcanzado su pico máximo el mes después de la guerra en Georgia, con un 88 %, pero para entonces daba tumbos apenas por encima del 60 %.
Para Putin, no obstante, la expansión de «Europa» para que incluyera a Ucrania equivalía a una intrusión en Rusia que, en su mente, iría seguida por la intrusión ulterior de la OTAN. Las propias relaciones de Rusia con el bloque se habían estancado, dificultadas por las sospechas de muchos Estados europeos, en especial de aquellos que alguna vez habían pertenecido a la esfera soviética, respecto de las políticas de energía y derechos humanos: una cumbre en Ekaterimburgo en mayo había fracasado en asegurar un acuerdo que permitiera viajar sin visado a los funcionarios del Gobierno ruso en medio de un debate acerca de si las «sanciones Magnitski» estadounidenses debían adoptarse en el continente. Los esfuerzos de Putin por unir más a Ucrania con Rusia, vínculo que había propuesto primero a Leonid Kuchma en la víspera de la Revolución Naranja en 2004, habían avanzado poco, bloqueados por las divisiones políticas internas en Ucrania.
La Unión de Eurasia era la manifestación de una ideología que se había enraizado en Putin y su círculo interno, una ideología que había estado ausente del pragmatismo que había caracterizado al Gobierno de Putin hasta entonces. El eurasianismo en Rusia era una filosofía profundamente conservadora llevada a la clandestinidad (o al extranjero) por la ideología internacionalista de la Unión Soviética. Había resurgido en la década de 1990, mezclando las ideas religiosas y monárquicas de exiliados como Iván Ilyín, el filósofo al que Putin solía citar.
De cara a los Juegos Olímpicos, Putin trató de ser magnánimo en el país. Tras un año de severas represiones y nuevas leyes represivas, el Kremlin dio señal de una distensión en el verano de 2013. En julio, la corte de Kírov había condenado a Navalni por las acusaciones de enriquecimiento, pero entonces, después de una noche de confusión que incluyó protestas y consultas frenéticas entre el Kremlin y la corte, quedó en libertad con apenas una sentencia en suspenso. Luego el Kremlin permitió a Navalni hacer campaña —‌primero de forma furtiva, luego abiertamente— como candidato para la alcaldía de Moscú en agosto contra el alcalde en funciones, Serguéi Sobianin.
La página web del periódico fue cerrada, junto con los portales de la oposición grani.ru y kasparov.ru. El Kremlin, que alguna vez había sido mayormente indiferente al ethos permisivo de internet, había llegado a comprender la amenaza que suponía; había ajustado las tuercas con regulaciones contra la difusión del «extremismo» y ahora las invocaba con más vigor que nunca en la era Putin. Las medidas enérgicas contra el disenso —‌una campaña de denuncias tan exagerada que solo podía haber sido orquestada por los operarios de medios del Kremlin— daban la sensación de que el país estaba movilizándose hacia la guerra una vez más.

La ruptura entre Rusia y Occidente ahora parecía irrevocable y era deliberada. Estados Unidos ya había ampliado sus sanciones el día anterior al derribo del vuelo 17, y en el período posterior al accidente también se evaporó en Europa toda oposición a la intensificación de las sanciones. Ahora, sectores enteros de la economía, como la banca y la energía, se enfrentaban a sanciones no solo para los funcionarios y amigos cercanos a Putin. A mediados de 2014, la fuga de capitales había alcanzado los 75.000 millones de dólares en lo que iba de ese año, ya que quienes tenían efectivo buscaron puertos seguros en el extranjero; hacia finales de año, 150.000 millones de dólares se habían fugado del país. La economía, ya desacelerada, se desplomó con la caída de las inversiones. El valor del rublo se desmoronó, pese a los esfuerzos del Banco Central por apuntalarlo. El precio del petróleo se derrumbó —‌la culpa de lo cual Putin atribuyó a una conspiración entre Estados Unidos y Arabia Saudí— y eso puso presión sobre el presupuesto.
Putin no había calculado mal sus acciones contra Crimea y, luego, en Ucrania oriental. Simplemente, ya no le importaba cómo respondiera Occidente. El cambio en el comportamiento de Putin se agudizó después del derribo del vuelo 17, según su viejo amigo Serguéi Rolduguin. «He observado que, cuanto más lo molestan, más se endurece», dijo Rolduguin. Era como si el levantamiento político en Ucrania lo afectara profunda y personalmente, como una burla en el patio de la escuela que lo forzara a soltar golpes. Merkel, según Rolduguin, había enfurecido a Putin al desestimar las preocupaciones que él planteó acerca de los radicales en las filas del nuevo Gobierno de Ucrania, acerca de las amenazas contra las minorías rusas en el país, acerca de las atrocidades que estaban cometiendo las tropas ucranianas contra civiles. Todos deseaban culparlo a él por el misil que destrozó al avión de pasajeros, pero ¿qué había de las atrocidades cometidas por el Gobierno ucraniano contra aquellos en el este? Donde antes había sido paciente con Merkel y otros líderes, ahora se irritaba.
El 31 de julio de 2014, algunos de los hombres más ricos de Rusia se reunieron en Moscú en las oficinas centrales de la federación de fútbol rusa para tratar una consecuencia inesperada de la anexión de Crimea por Putin. Entre ellos, se encontraban los funcionarios de la federación, así como los propietarios de los equipos profesionales más destacados: Serguéi Galitski, propietario de una cadena de supermercados y del club de fútbol Krasnodar; Suleimán Kerímov, el magnate propietario de Anzhí Majachkalá, en Daguestán; y Vladímir Yakunin, cuya Ferrocarriles Rusos patrocinaba a Lokomotiv Moscú. El orden del día incluía una votación por parte del comité ejecutivo de la fundación sobre la inclusión de los tres clubes de Crimea en la liga rusa.
Nueve días más tarde, después de que Putin hubiese dejado claros sus deseos, el comité ejecutivo del sindicato aceptó a los tres nuevos equipos en la liga profesional de Rusia. Serguéi Stepashin, el predecesor de Putin como primer ministro y ahora miembro del comité ejecutivo del sindicato, les había advertido: «No hacen directivas. ¡Crimea es, a priori, un territorio de Rusia!».
Crimea se había convertido en el nuevo grito de campaña en torno al cual la nación se uniría detrás de Putin, el argumento que ponía fin a cualquier debate. La anexión llevó su índice de aceptación a más de un 85 %, y el estado de sitio que siguió —‌amplificado por la propaganda política orwelliana en la televisión estatal— sostuvo el apoyo popular a Putin en el país durante los meses venideros.
El dominio de Putin no era ahora más permanente de lo que había sido inevitable. No obstante, parecía inexorable. Putin no se enfrentaba a un desafío obvio a su poder antes de las elecciones presidenciales programadas para 2018. Por ley, podía seguir ejerciendo durante seis años más después de eso. Cuando dejara el cargo —‌si lo dejaba— en 2024, no tendría ni setenta y dos años. Brézhnev había muerto en funciones a los setenta y cinco; Stalin, a los setenta y cuatro. Tal vez entonces le entregara el poder a un nuevo líder, otra vez a Medvédev, quizás, o a otro miembro del círculo interno. En última instancia, dependería de él. El destino de Rusia ahora se entrelazaba con el suyo propio, corriendo hacia delante como la troika de Almas muertas, de Gógol, hacia un destino desconocido. Probablemente ni siquiera Putin supiera adónde, excepto hacia delante, impetuoso, impenitente, imperturbable. «El aire estalla, en añicos, y se hace viento —‌escribió Gógol de la troika—. Todo en la tierra vuela, y otras naciones y Estados, mirando de soslayo, se apartan para abrir paso.

So much of Putin’s life would seem completely alien to the average American experience. Born and raised in the aftermath of WWII in a place struggling from its own efforts to rebuild, Putin was shaped by forces unknowable by most. The author begins at the beginning and offers insight not only into Putin’s early life, but also the people and events that shaped and influenced him. What fueled his early fascination with the KGB and how his early KGB career differed from his ideals – even though he seemed to excel and was rewarded with more responsibility.
This is a very readable biography of a complicated current figure. The author has researched it to painstaking lengths. Including the works cited, there are over 500 pages in this book. Separated in five parts, it’s an extremely impressive scholarly effort. Included are:

Part One
1. Homo Sovieticus
2. A Warm Heart, a Cool Head and Clean Hands
3. A Middling Spy in a Dying Empire
4. Democracy Faces a Hungry Winter

Part Two
5. The Spy Comes in from the Cold
6. Mismanaged Democracy
7. An Unexpected Path to Power
8. Swimming in the Same River Twice
9. Kompromat
10. In the Outhouse

Part Three
11. Becoming Portugal
12. Putin’s Soul
13. The Gods Slept on their Heads
14. Annus Horribilis
15. The Orange Contagion
16. Kremlin, Inc.
17. Poison
18. The 2008 Problem

Part Four
19. The Regency
20. Action Man
21. The Return

Part Five
22. The Restoration
23. Alone on Olympus
24. Putingrad
25. Our Russia

Acknowledgments
Notes
Bibliography
Index

This was a fascinating read. I, like many, start with an assumption that Putin’s spectacular rise was strategic and deliberate. The author instead presents a critical picture, but one in which Putin is more opportunistic than strategic. The book is well-written and pacey covering Putin’s birth through the KGB years, time as a behind-the-scenes operative, a pragmatic first-term President, and now a danger to the 2015 geo-political balance. I listened on Audible which was sufficient. After reading, I added Boris Yeltsin’s memoir to my list of future reads.
Putin’s formative years demonstrate a boy looking for meaning and purpose. He became interested in martial arts while looking for a sport with discipline and individual achievement. He grew up next to a religious Jewish couple and learned tolerance that would serve him (and the Jews of Russia) well later in life. He listened to the Beatles. He developed an interest in spy thanks to inspiring movies. He first started with the KGB by literally knocking on their door, being sent away, but using the experience as a reason to go to law school rather than follow an engineering path.
The KGB was a mess during Putin’s time. Putin was stationed in Dresden as the Berlin Wall fell. As chaos erupted, he called Moscow for instruction, but got none, emphasizing just how bad things were for the Soviet Union. A legend developed of Putin defending the embassy in a one-on-many gun battle. Ultimately, his time in the KGB was valuable in motivating/allowing him to read foreign papers, learn about the world outside of Russia, live out his adolescent dreams of adventure, and build a network of loyal friends.
After Perestroika, Putin was a behind-the-scenes man in St. Petersburg. In the role, he developed international connections and administrative experience. The book contains a great example of the challenges in establishing capitalism. St. Petersburg attempted to build a casino industry. Private companies started. The city gave companies buildings in exchange for 51% of the casinos. Casinos failed to show any income resulting in the city having given away buildings and rights for nothing in exchange. The best capitalist impulses are useless without rule-of-law to establish clear property rights. We also learn that Putin wasn’t wealthy. His dacha burned down during this time of his life and only $5k of cash was recovered. That’s surprising given Putin’s later financial position and the access he had at this time in his life.
Putin’s rise to the Presidency was fast. Yeltsin selected him as successor during his impeachment hearings with the author describes as “the last debate of communist Russia.” Yeltsin stepped down and Putin (surprised) took over. The procedure allowed for snap elections and favors incumbents. He was an operative who had been at the edges of politics. Russians didn’t know enough yet to dis-trust him. As President, he quickly cut the oligarchs out of politics, allowing them to retain wealth but not power. It was a pragmatic change and sharp contrast to Yeltsin. Both elections were corrupt by Western standards, but even the critical author concedes that Putin would have won by landslides in squeaky-clean processes. One lesson I take from the book is that you don’t need corrupt elections / broader cover-ups if the ballots / processes are sufficiently stacked in advance.
War in Chechnya was a marquee event for Putin’s presidency. Amid many questions (e.g. “did Putin justify the war by bombing a Russian apartment building and blaming the Chechens”?), Putin did succeed in making the war an assertion of Russian pride at a time when the population felt weak and vulnerable. He spoke of a population being “liberated” rather than “occupied”. Landing in his general’s gear did a lot for Putin and a lot for Russia. On the other hand, Putin failed around the Kursk submarine disaster. He withheld information from the public, showed no empathy, and may have been negligent in not inviting other countries to help.
It’s a delicate balance between Russian strength and Russian stubbornness. The book reminds me of Age of Ambition which discusses China’s recent history. Like the Chinese, Russians have increasing expectations from their government. In Russia’s case, like China’s, these include basic personal safety, and acceptable levels of economic activity / quality of life. More unique to Russia is a sense of pride – Russian’s want to feel powerful in the world. It will be interesting to see how this view evolves when those born into the Soviet Union age and fade from political life.
Putin’s foreign policy became more aggressive over time. After September 11th, Putin was helpful and excited to participate in geo-politics. This period includes the famous George W. Bush “I looked into his eyes…” comment. Alas, relations cooled when Putin failed to win negotiations over missile defense and became increasing concerned about NATO intervention in former Soviet states. Putin was publicly critical over the Iraq war. Relations hit a new low when Russia (allegedly) bombed a civilian plane over Ukraine in 2014, culminating with Putin being un-invited from a G-8 meeting. Even relations with Germany (dependent on Russian natural gas) became strained.
Putin’s ego grew dangerously large through the second half of his first term, through Medvedev’s term, and into today’s second term. He surrounded himself with “yes men”, built spectacular personal wealth for himself and longtime friends (largely by treating Gazprom as his personal fiefdom), allowed KGB operatives to execute brazen operations including poisonings in London and Ukraine, drove the expensive Olympics in Sochi, and personally remade himself with plastic surgery and a divorce. The Putin we face today is one with extensive power and respect across Russia. He is aggressively trying to build Russia’s confidence and place in the world. On the one hand, I don’t blame him – it’s simple realpolitik. On the other hand, I worry about his personal turns toward the ridiculous and lack of organizational structure / clear successor in Russia. It’s gonna’ be a bumpy ride.

Putin was an uneducated laborer, one of the four sons of Spiridon Putin, a cook who had worked at the famed Astoria Hotel before the Revolution. Spiridon, despite sympathizing with the Bolsheviks, fled the imperial capital during the civil war and the famine that followed the October Revolution of 1917.
Vladimir Putin was already a veteran when the Nazis invaded the Soviet Union in June 1941. He had served as a submariner in the thirties before settling not far from Leningrad, in the village of Petrodvorets, where Peter I of Russia had built his palace on the Gulf of Finland. In the chaotic days that followed the invasion, like many citizens, Putin immediately went out to volunteer to defend the nation, and was initially assigned to the special demolitions detachment of the People’s Commissariat for Internal Affairs or NKVD, the dreaded agency of secret police that later would become the KGB (Committee for the Security of the State). The NKVD created 2,222 of these detachments to besiege the Nazis behind the front, which was rapidly advancing at that time. One of Putin’s first missions in the war was a disaster.
For many Russians, even those who had suffered under his tyranny, Stalin remained the revered father of the nation that had led the country to victory against the Nazis; the darkest angles of his government were elided, whether out of fear, complicity or guilt, which left a contradictory legacy that would dominate Soviet society for decades. As he later recalled, he himself was “a very successful product of patriotic education that was imparted to Soviet man”.

Vladimir Putin fulfilled his dream of joining the KGB in the summer of 1975, but he never became the secret agent he imagined in his childhood. His admission was that of processing, except for a funny communication error that occurred when it was presented that spring before the employment commission of the university that assigned jobs to graduates in the Soviet system. An official from the university’s Law Department announced that Vladimir would eventually join Leningrad’s body of litigation lawyers.
Blinded by official propaganda or by indifference, Vladimir rationalized and idealized the work of the KGB. He believed that the intelligence officer was the defender of law and order. In the summer of 1976, he left the KGB academy as a first lieutenant. He did not return to the personnel department, but to the counterintelligence department, the Second Principal Directory of the KGB. He participated in operations that did not fight the enemy outside, but the internal enemy. He became a communist bureaucrat who sought, above all things, to maintain social order and political control, although very little was known about his activities at the time. Neither his friends nor even his colleagues knew exactly what Vladimir was doing, that for many years he made a great effort to keep the details of his work secret.

With his arrival in Dresden in August 1985, Vladimir had fulfilled his childhood dream: he was now an external intelligence officer sent abroad to fight the enemies of the State. And yet, his experience was much less cinematic than he had ever imagined. He was not even an undercover agent. He was a KGB officer, joining the dissolute and cynical staff of a provincial border post in the agency’s empire. His colleagues soon nicknamed him Little Volody, since there were already two other Vladimir in the mansion on Angelika Street, Volodia grande and Volodia mustachioed. Volodya Grande was Vladimir Usoltsev, who had arrived two years earlier. He had trained and served in provincial offices of the KGB in Belarus and Krasnoyarsk, and by then he was very jaded.
Major Putin established his life in Germany quite comfortably. For the first time in his adult life, he stopped practicing judo and abandoned regular exercise. Although he was never a drinker, he acquired a taste for beer, especially the Radeberger Pilsner, which was brewed in a small town near Dresden. He made friends with a bartender who regularly filled his glass – a small cane – and soon added 10 kilos to his petite structure. Almost immediately after her arrival, Liudmila was again pregnant, and her second daughter, Yekaterina-Katia, was born on August 31, 1986. Usoltsev sensed that Vladimir should feel “somewhat discouraged” for not having had a son.
As a husband and father, Putin turned out to be somewhat macho. She refused to help with shopping, cooking or anything else that involved domestic chores, because she believed in the traditional division of marital roles. During a brief hospitalization during Lyudmila’s pregnancy in Dresden, he had been alone for three days with Masha and was overwhelmed by the effort. He was “the provider and the advocate,” in Liudmila’s words, and she had to take care of the rest. To eat he was very selective, to the point of refusing to touch dishes he did not like.
The role of Lieutenant-Colonel Putin in the events surrounding the dissolution of East Germany was a small act to combat uncertainty, if not danger. For a moment, he was really an intelligence officer standing alone and defending his country, a man alone capable of affecting the course of history – in Germany, nothing less – as he had imagined when he was an impressionable young man twenty years ago. . He acted with calm and stoic determination. He avoided a leak of information and also the shedding of blood. However, his actions that night would receive no recognition, no mention, no medal. “Moscow is silent.” The phrase persecuted him for years after that. That night he sensed that his career was coming to an end. Also your country.

It was quite bitter for Vladimir Putin to witness the collapse of the Soviet ideal in Europe and be powerless to reverse the losses. He knew that a divided Germany could not last, despite Erich Honecker’s promise in early 1989 that the Berlin Wall would remain “for fifty, even a hundred years.” For Putin, the most important thing was what he perceived as an unconditional surrender of the Soviet Union, followed by a humiliating, chaotic and catastrophic setback. “That was painful,” he said. They just abandoned everything and left.
The Putin had followed from a distance the convulsion of the Gorbachev era – the public exaltation engendered by perestroika and glasnost – but, beyond their expectations, what they found upon arrival disappointed them. After the relative comforts of East Germany, life in his country was a shock.
His career as a KGB officer was at a crossroads. It was one in the midst of a massive repatriation of intelligence agents arriving from abroad, not only from Germany, but from all of Eastern Europe and other battlefields further away from the Cold War, such as Afghanistan, Angola, Mongolia, Vietnam, Nicaragua and Yemen. They had been defeated, defeated and, indeed, had lost their jobs: they were refugees displaced from a crumbling empire. The Center in Moscow was the usual destination for officers returning from a mission abroad. Only that nothing was usual anymore. For three months in the early 1990s, Putin did not even get paid. The KGB initially offered him a position at the headquarters of the First Main Directory in Yasenevo, the wooded and heavily guarded complex southwest of Moscow. His rank and appointment would normally have made him deserve an apartment in Moscow, but none were available.
At dawn on August 21, however, the coup d’état had collapsed. Gorbachev had been released from house arrest and was returning to Moscow. Boris Yeltsin, the public face of the resistance, would become the leader of the new Russian nation that emerged. Sobchak had led the resistance in Leningrad, and became one of the most prominent democrats in the nation. Out of all his designs, Vladimir Putin landed on the victorious side of the collapse of the Soviet Union. And yet, he did not share the euphoria felt by many Russians. On the contrary: it was a difficult experience for him. Liudmila and her friends described the period as the most complicated of her life. “In fact,” he said, “it destroyed my life.” Colonel Leshchev, who had been his superior at the KGB headquarters in Leningrad, said Putin’s resignation was more pragmatic than idealistic.

The Dresdner Bank opened in January 1992 with the aim of creating the financial infrastructure necessary to integrate the Russian economy into the German market and help privatize or restructure the vast Soviet state enterprises, top-down mastodons that were unlikely to be able to adapt quickly to the market forces. His first project was to assist the Kirov factory, which was in danger of bankruptcy, which could cost the employment of thousands of workers who had supported Sobchak during the 1991 coup d’état. For the Dresdner, it was a risky bet about the future of Russia. Not only the finances of St. Petersburg were in disarray: also the laws, regulations and supervision. The whole economy, the whole country, was plunged into chaos and on the way to getting worse.
Putin became one of them, and Dresdner’s pioneering investment would reward the bank and Warnig dramatically during the following years. Dresdner was followed by Deutsche Bank, the Banque Nationale de Paris and Crédit Lyonnais. The Spanish candy factory Chupa Chups began producing chupachups in Saint Petersburg in 1991. Otis Elevator opened a branch, anticipating the renovation of the old buildings of the city. Procter & Gamble, which had invited Sobchak to its headquarters in the United States the previous year, opened an office in the city almost immediately after the coup. Sobchak enjoyed his role as father of the city, but it was Putin, behind the scenes, who negotiated agreements with foreigners and reviewed the details. “Vladimir Putin was the person who was there to implement what Sobchak wanted,” said Kaj Hober, a Swedish lawyer who dealt with him then.
Despite its proximity to the power and control of government transactions valued at millions of dollars – unimaginable sums for a low-ranking intelligence officer – Putin still lived modestly, or at least not as ostentatiously as Sobchak and the generation of the “new” Russian businessmen, who were soon amassing enormous fortunes and dressing in conformity. As deputy mayor, he was assigned a state dacha in Zelenogorsk – he had previously belonged to the East German consulate, no less – and although he was located about 50 kilometers from the center of the city, he moved his family there, instead of continuing to live near Smolni with his parents. Putin then acquired an apartment in the city, on Vasilyvsky Island – supposedly Sobchak, which was accused of transferring hundreds of properties to private hands – and devoted himself to renovating it little by little. Liudmila worked in the university teaching German (although his was far from perfect) and took the girls to school, to swimming, to the violin lessons that had begun at the insistence of Sergei Rolduguin. It was a busy life, but as safe as anyone’s in the turbulent Russia of the nineties, when everything seemed to hang in the balance, even for the Putins.

With the political turmoil of 1993, Sobchak became more dependent on Putin, as did his confidence in him. The newspaper Komersant described Putin as “a man as close to Sobchak as Prince Menshikov was to Peter the Great,” referring to the man who was the commander and confidant of the Tsar in the eighteenth century, until he was exiled to Siberia after the death of Pedro. Putin, said Sobchak, was a “brave and determined person,” with no other designs on Sobchak’s authority or even his own position. As a result, he introduced his vice mayor into the city administration even more, and not only in the field of foreign investment, but also in his fights with critics and prosecutors who began to inquire into Sobchak’s financial affairs.
Putin’s salvation was not long in coming, and came from where he was most unlikely: the former ally of his boss, turned enemy, Boris Yeltsin. Yeltsin had fared better with voters than Sobchak; Having won the presidency for the second time in the summer of 1996 seemed no less miraculous than the discovery of Putin’s cross among the ashes of his dacha. Yeltsin’s approval rating at the end of 1995 had fallen to 3%. The war he had waged in 1994 to defeat the independence movement in Chechnya, which he had promised would be short and glorious, had become a bloody and humiliating impasse. The economy had continued its incessant collapse, as did Yeltsin’s health. At the end of 1995, he had the first of what would be a series of cardiac arrests, the seriousness of which was not shared with the public.
Putin’s job was to restore order, put an end to the most uncontrolled plans that were holding back the government and the economy. The work exposed him to the corruption that ate away at the country, but also to the political risks of exposing those in power. Putin soon learned that service in the Kremlin required delicacy and discretion to interpret how far to conduct his investigations. Within a few days of taking over the board, Putin publicly acquiesced to Yeltsin and a former defense minister, General Pável Grachov, about a scandal in which the military command in the Caucasus had transferred between 1993 and 1996 , for the value of 1,000 million dollars, tanks and other armaments to Armenia to help her in her war against Azerbaijan, despite a Russian law against the sale of arms to either side. To soften the scandal, Putin gave interviews to the Komersant newspaper and the radio station Ejo Moskvi. He confirmed that the transfers had taken place and that the investigations had found those responsible, although he refused to name them evasively.

After a year of leading the Main Control Board, Putin began to tire of conducting research that produced ambivalent results. He had uncovered corruption, but cases were stuck in a judicial system that, he understood, was easy to manipulate. He had little power to question the vested interests of officials, nor did he show much fervor for undertaking a crusade to change the system. “It was not a very creative job,” he recalled. He said he considered leaving the erratic Yeltsin government to go to the private sector in the winter between 1997 and 1998. He thought about opening a legal firm, although he doubted if he could live on that.
As head of the country’s internal intelligence agency, Putin carried at least part of the blame, Yeltsin thought. Putin’s political fate now seemed tied to Yeltsin’s unpredictable whim. Yeltsin re-quoted him on December 15, this time in the Kremlin, during one of his rare days in the presidential office. I wanted to discuss the Starovoitova case, the outbreak of racist statements in Parliament, the plot against Berezovski and Putin’s progress in restructuring the FSB. Putin left the meeting emphasizing that he had not lost the president’s faith, while he sounded like someone worried about losing him. He accused those who spread the rumors, apparently from within the opposing sectors of Yeltsin, of wanting to “sow seeds of uncertainty among the administrative and executive staff of the service or weaken their control.” At the base of the rumors «lies fear», he said, «fear of security service». Putin seemed to cling to his position with difficulty. He announced that when Yeltsin finished his term – in just a year and a half, then – he would resign to make room for a new intelligence chief under the mandate of a new president. “It’s obvious that I’ll have to leave”.

Dagestan is the southernmost part of Russia, a land of great ethnic diversity that borders the Caspian Sea and rises to the mountain peaks of the eastern Caucasus and its border with Chechnya. Like Chechnya, it is predominantly Muslim, but it is also one of the most heterogeneous places in the world, with dozens of ethnicities and languages. It was under Russian control for the first time at the beginning of the 19th century, and it had joined the other Caucasian republics to form a briefly independent State after the Bolshevik Revolution. With the collapse of the Soviet Union, however, it did not join Chechnya to declare Russia’s independence. The secession had little popular support among the various peoples, although the idea of ​​uniting with Chechnya was debated for much of the 1990s.
The commander who led the raid from Chechnya on August 7, Shamil Basáiev, declared his intention to create an Islamic State of Dagestan, with what he hoped to extend his political and ideological campaign of violence and terror, and reaffirm, thus, his own power in Chechnya. Along with the Saudi fighter Khatab, he led a force of two thousand fighters who took the small towns along the mountainous border. The exact objective of the offensive was still unclear, but, because the tension had been increasing since the abduction of General Shpigun (his corpse would later be found), the Russian army was better prepared. As Minister of the Interior and, later, as Prime Minister, Sergei Stepashin had drawn up plans for a police and military operation that would restore the federal order in Chechnya; Putin, as head of the FSB and head of the Yeltsin Security Council, was involved in shaping those plans.
Putin now had something much more ambitious in mind. He asked Yeltsin for “absolute power” to coordinate all security ministries and conduct military operations-an authority that officially corresponded to the president as commander-in-chief. Yeltsin accepted: it was the first time he delegated so much of his presidential prerogative to a prime minister.
On August 16, the Duma analyzed Putin’s candidacy and, by a small margin, confirmed him in his post after a debate that focused more on the electoral campaign than on his qualifications for the post or the violence that was taking place in the south. . He received two hundred and thirty-three votes, only seven more than the minimum necessary, and many less than those obtained by Stepashin, Primakov or Kiriyenko. At best, Putin looked like a transitional figure who would soon be swept aside. In his short, staccato statements to Parliament, Putin promised to restore discipline in the government and reminded the Russian generals of the deadline to expel the invaders in Dagestan.

Putin’s rise to power was so rapid, so unexpected, so astonishing, that a prominent Russian historian described it in mystical terms, as the act of a superior power bestowed upon a battered and grateful nation. Yeltsin, wrote the historian Roy Medvedev, had abandoned power “without revolution or bloodshed,” without a palace coup or conspiracy of any kind. Russia entered the new century with a new leader, interim President Putin, and almost the entire population perceived it not as a cause of alarm, but as a providential New Year’s gift.
Putin formed a political team from a circle of people he could trust, that is, his friends, who, he admitted, were few. «I have friends, of course. Unfortunately or, perhaps, fortunately, there are not so many, “he told journalist Mikhail Leontiev during an interview for the biographical documentary that state television presented before the election. «Because, then, you value more the friends you have. These are the people with whom we have been friends for many years, with some of them from school, with others from the university. The character of our relationship does not change. I have not been able to meet with them frequently recently, but meetings continue to take place on a regular basis.
From the beginning, Putin understood the importance of television for the authority of the Kremlin, its ability to shape not only its image, but the reality of Russia. Sergei Pugachov, a banker and friend who worked close to him in the Kremlin at the time, marveled at the way Putin obsessively followed the news broadcasts on television, even to the point of calling the directors of the channels in medium of a transmission to object aspects of his reports. He considered state chains a “natural resource” as precious as oil and gas. “According to him, the power base in Russia is not the army, not even the police: it is television,” said Pugachev. This is their deepest conviction. “Now, with almost a year in office, the three major television networks in Russia were firmly under the control of the Kremlin.

On February 19, 2003, Putin held another of his periodic meetings in the Kremlin with the bankers, industrialists and oilmen of Russia: the oligarchs who dominated the post-Soviet era. At its first meeting in 2000, Putin had come to be reconciled with most of them – despite Gusinski and Berezovsky – in an informal pact: they could keep their wealth as long as they stayed out of State affairs. It was not going to backtrack with the controversial privatizations of the 1990s, which would leave the oligarchs with their profits, as long as they, in deference to the Kremlin, put an end to their bloody and irresponsible battles for even more riches big. «What then should be the relationship with the so-called oligarchs? The same as with anyone. The same as with the owner of a small bakery or a shoe repair shop, “he wrote in an open letter to voters in Izvestia during his campaign. When Putin came to power, journalists and political observers, accustomed to the Kremlinology of the 1990s, had sought evidence of the influence of the oligarchs by misinterpreting that they would no longer pull the strings. Vladimir Gusinski had fled the country. The same Boris Berezovski, who presumptuously declared himself leader of the opposition in exile. The rest adapted to the Putin era.
The agreement in 2000 was a negotiated truce; in general terms, both sides followed the conditions. Contrary to popular perception, Putin did not insist that the oligarchs remain completely outside politics – some, like Román Abramóvich, held elected offices; It was enough that they did nothing to oppose the Kremlin. In turn, the magnates agreed to pay taxes and avoid public disputes with Putin about policies that could affect their fortunes. They also diligently joined the Russian Union of Industrialists and Entrepreneurs, which became the institutionalized forum for debating problems faced by the Russian economy. His subsequent meetings with Putin had been low profile, dedicated to taxes and legal reforms, the prospect of joining the World Trade Organization and the fate of the struggling auto industry.
Now, in 2003, a score of the richest men in the country – whose fortune, in sum, was greater than the entire economy of many countries – came together again to discuss something much more delicate: the intersection between companies and the Government , that dark link in which corruption flourished.

For Putin, the risk in Ukraine was much higher. Georgia was a minor state that posed no great threat to the influence of Moscow. Ukraine, on the other hand, maintained deep ethnic, cultural and economic ties with Russia (and with Putin). It was the historical root of Russia itself: Kievan Rus, the medieval fief whose leader, Vladimir the Great, adopted Christianity in 988, and the border of the czarist empires that followed – his name, translated literally, is “the Ukraine” , “border”-. Its borders had changed over time: parts of its western territory had belonged to Poland or the Austro-Hungarian Empire; Stalin took part of it with his secret pact with Hitler in 1939 and, the rest, after the end of the Great Patriotic War. The modern constitution of Ukraine took shape, but it seemed ephemeral, subject to larger geopolitical forces, like most of the border areas during history. In 1954, Nikita Khrushchev decreed that Crimea, conquered by Catherine the Great in the eighteenth century and defended heroically against the Nazis, would be ruled by the Ukrainian Soviet Socialist Republic from Kiev, not from Moscow.
The Orange Revolution, as it was known, was treated in Russia as a humiliating defeat and, in the Kremlin, as an ominous warning. Putin the strategist had been overcome in cunning in a geopolitical struggle, and kept the experience with rancor. The Kremlin responded by intensifying pressure on Russian NGOs, redoubling their hunt for foreign spies and creating their own youth movement to contain any manifestation of youth dissent. It was called “Nashi,” and its ideology and practices had more than a slight resemblance to the Komsomol of the Soviet Union or, even, to critics, to the Hitler Youth. Putin was increasingly defensive and more wary of international warnings about Russia’s track record of basic democratic rights. He considered him hypocritical, especially coming from the United States, that with President Bush he was pursuing a hyper-aggressive foreign policy that had overthrown governments in Afghanistan, Iraq and, now, he believed, Ukraine. His warm initial relationship with Bush had cooled, and he was about to cool down even more.
He pointed out that the “shared sacrifice” united the fifteen republics of the Soviet Union, now independent nations that went their own ways in the case of the Baltic countries, Georgia and, much to the frustration of Putin, Ukraine. The reconciliation of Germany and Russia, he said, should be a model of international relations for the 21st century. However, not far from the Kremlin, the Pushkin Museum commemorated the sixtieth anniversary with an exhibition of five hundred and fifty-two ancient works of art, including Greek bronzes, Etruscan figures and fragments of Roman wall paintings from which the Soviet Union had seized of a bunker in Berlin and that Russia still refused to return.

A week before the second round for the presidential elections in Ukraine in December 2004, Russia dismantled Yukos Oil. In his public statements, from the moment the case began, Putin had insisted that the Kremlin had no intention of doing so, and many people – the other magnates, foreign investors, ordinary Russians – had believed him. They assumed that, even if all the prosecution came from animosity toward Khodorkovsky, Putin would not destroy the country’s richest company. However, as the judicial attack against Khodorkovsky and Yukos continued, Putin began to find it more difficult to defend his own innocence or deny what was beginning to become obvious. He may not have initiated criminal and prosecutorial charges against Yukos, according to a Kremlin official, but “at some point he went from observer to participant and then leader” of the company’s final demolition and redistribution of its assets. richer, the jewel in the crown of his oil empire.
Yuganskneftegaz was the main Yukos production unit. It was located on a tributary of the Obi River in western Siberia. The first wells were opened during the Soviet oil boom in the 1960s, but production had declined steadily over time, with a lousy administration in the years before and after the Soviet collapse. Khodorkovsky’s bank acquired the project as part of the infamous “loan for shares” agreement that protected Yeltsin’s presidency. The bank’s investors paid only 150 million dollars for Yuganskneftegaz and, after some turbulent years, brought from abroad experience and technology to transform it.
As some feared, the Yukos case did not announce the renationalisation of all of Russia’s recently privatized industries, especially those that used Russian natural resources, but it was a turning point and a model for the constant intrusion of the State into the important industries of the country.
Each new acquisition emboldened Putin. At the end of 2005, Gazprom increased the price of natural gas delivered to Ukraine, which went from the offer of 50 dollars per 1,000 cubic meters to 230 dollars, in line with the prices charged in the rest of Europe. The increase was a clear punishment for Yushchenko’s flirtation with the West after assuming power. Putin had negotiated the lowest price before the elections, hoping to boost the chances of Yanukovych, but now, with the renewal of the contract and Yushchenko orienting the country towards Europe, Putin would make Ukraine pay more. It was not a political issue, Putin insisted, only business, but he sounded resentful. “Why should we pay for that?” He said about the embrace of the West of Ukraine.
On New Year’s Eve, Putin offered a three-month extension and a loan to help Ukraine, but, as the country continued to refuse, Gazprom cut off the gas on New Year’s Day, with the blessing of Putin. As an aggressive tactic, it was counterproductive. Since most of the natural gas from Russia to Europe flowed through pipelines through Ukraine, the decision spread across the continent during the harsh winter. Instead of letting the rest of Russia’s gas continue its course to Europe, Ukraine siphoned out what it needed, triggering lows in Austria, France, Italy, Moldova, Poland, Romania, Slovakia and Hungary. Russia had the rules on its side, but Putin’s tactics made even those who had argued that Russia deserved respect nervous.
Rosneft was valued at close to 80,000 million dollars. It was no coincidence that the offer was made on the eve of the G8 summit, which was held for the first time in St. Petersburg, with Putin as host. The Kremlin prepared an ambitious agenda that included Russia’s position as a guarantor of energy security, despite the conflict with Ukraine and, later, with Georgia and Belarus over natural gas. The rise of Rosneft proved that Russia had corrected itself again and, on the eve of the summit, Putin overflowed confidence, even swagger, which for a time had seemed tempered by the terror of Beslan, the contagion of popular uprisings and the increase in criticism about the course taken by Russia.
“The market,” Sechin said in the company’s next annual report, “has spoken”.

No direct evidence has yet emerged that Putin had anything to do with Litvinenko’s death or Politkóvskaia’s death, or any of the other mysterious and unresolved crimes that bore the hallmark of political assassinations during his rule. By then, however, his position in the West had sunk so much that few doubted that, at a minimum, he had created a climate that made political assassinations seem decidedly ordinary. In the period that followed the poisoning of Litvinenko, older cases suddenly took on renewed importance. Yuri Shchekochijin, a member of Parliament and a journalist who also worked for the Politkovskaya newspaper, died in 2003 of a sudden illness that suggested poisoning; I had just written an article about an investigation that was stopped but then, three years later, was about to resurface between new intrigues. Another case involved the strange death of a man who allegedly acted as a mediator in the Yukos case in 2004; the victim, Roman Tsepov, an acquaintance of Putin in the nineties, died in a way that ominously announced the case of Litvinenko: he succumbed to a radiation illness supposedly just days after being invited to have a cup of tea in the barracks General of the FSB in St. Petersburg.
Putin did his best to make it less dramatic, but Russian officials vigorously tried to weaken the story that was spreading all over the world. They did it with more enthusiasm than they showed to investigate the murder. When traces of polonium 210 were found in Kovtun’s body, the prosecution announced an investigation into the attempt to assassinate him. A month later he announced, without evidence or even explanation, that Litvinenko’s death was linked, in some way, to the ongoing prosecution of Yukos. When Putin appeared at a press conference in February 2007, he despised Litvinenko as an unimportant guard of border troops who had broken his oath of office and then fled the country.
The spectacle increased the suspicion in Russia that the murder of Litvinenko, like that of Politkóvskaia and others, was part of an elaborate conspiracy to dictate the outcome of Russia’s political transition. The only questions left to answer were whether the conspirators were inside or outside Russia and whether they were conspiring to keep Putin in power or to force him to abandon him. In June, two days after Britain expelled four Russian diplomats in retaliation for Russia’s refusal to extradite Lugovoi, British police arrested a mysterious Russian who had arrived in London with false papers. Suspecting that he was trying to kill Berezovsky, he was expelled from the country. In July, Royal Air Force fighter jets had to hurry to intercept Russian strategic bombers TU-95, which tested British air defenses as the Soviet Union had done in the Cold War. It was as if the bear that had been the Soviet Union had awakened after two decades of hibernation.

Despite Putin’s size as prime minister, many began to believe that Medvedev would carry out the liberalizing reforms that Putin had failed to achieve. One of those who harbored hopes about Medvedev’s promise remained in the Siberian cell where he had been confined: Mikhail Khodorkovsky. Now he was eligible for parole, and his lawyers appealed in July for early release. The other was the American who wanted to replace George Bush as president of the United States: Barack Obama. While Medvedev’s boat gently rocked in the current of the Volga that August night, his presidency seemed to be on the verge of an optimistic new era. Instead, he, on the other hand, was about to face his biggest challenge. And he had not even reached the hundredth day in office.
What President Bush did not understand was the extent to which the Russians blamed their Administration for the conflict. Although it was not he who gave green light to Saakashvili’s plan to take South Ossetia, as the Russians suspected, Bush had supported Saakashvili with military training and the promise of becoming a NATO member state at the Bucharest summit in April, despite Putin’s personal warnings to Bush that such an invitation would be a provocation for Russia. Saakashvili did not understand that, despite all the effort he had made to win over the Americans, with praise for Bush and the sending of troops to Iraq, neither the United States nor NATO were prepared to come to his aid in a war against Russia. This calculation error had a very high cost for Georgia.
In his conversation with Bush, Medvedev compared Saakashvili to Saddam Hussein and told Bush that the Georgians had already killed 1,500 people, a flagrant exaggeration. It was now clear that Russia had no intention of retreating.
A second crippling blow to Medvedev’s nascent presidency came just weeks after the end of the war in Georgia. The unforeseen benefits of the steady increase in revenues from oil and gas had stimulated the country’s economic boom, which had increased retail sales of everything from imported cars to furniture and food. The economy had grown at an average of almost 7% per year during Putin’s presidency, who had managed to pay off the country’s foreign debt, had amassed hundreds of billions of dollars in foreign exchange reserves and, without giving in to pressure from spend them freely, had built a stabilization fund that would protect the country from any slowdown. Recently installed in his position as prime minister, Putin acted as if his greatest legacy was irreversible. However, coinciding with the political transition of 2008, the Russian economy began to slow down. With the increase in inflation, the new prime minister tried to impose his will on the market and the oligarchs. In July, prompted by complaints from energy executives about rising steel prices for pipelines, he convened a meeting of the metallurgical industry in Nizhny Novgorod, whose purpose was clear when he pointed to the billionaire owner of Russia’s largest steelmaker, Mechel, for selling its coking coal in the domestic market at higher prices than abroad, thereby avoiding taxes. (Igor Sechin was the one who brought the matter to his attention, according to the information, due to the economic hardship that Rosneft accused.) The owner of the company, Igor Ziuzin, already under pressure from his customers and competitors, made the mistake of skipping the conference.
In his eight years as president, Putin had always been able to deflect criticism of the government, which was headed by the prime minister. Now that he was in that position, he turned the blame away. It was dispatched against what it considered the external cause of the afflictions of Russia: United States. In October, he took the exceptional step of visiting the Duma to meet with the communists as a block of delegates for the first time in all his years in power.
The crisis exposed the underlying structural weakness of the Russian economy, its dependence on energy resources, the faltering industrial base, widespread corruption, and eroded infrastructure. (The country had fewer kilometers of paved roads in 2008 than in 1997).

He is less boastful now, “said Henry Kissinger shortly after meeting Putin in Moscow in January 2012, while the protests continued. The old statesman of Realpolitik had met regularly with Putin from the moment of his arrival to power. Putin remembered with admiration the first meeting between them, when he picked up Kissinger from the airport in St. Petersburg in the 1990s and the older man flattered him by saying, “All respectable people started in intelligence.” Putin considered Kissinger a trusted adviser, a counselor who respected him and the interests of Russia, whatever the changing situation of relations with the United States. Kissinger, the old “cold warrior” who had long advocated deeper cooperation with Russia, matched it in admiration. “Putin is not a Stalin who feels compelled to destroy anyone who can, potentially in the future, disagree with him,” he had once said. Putin is someone who wants to amass the power necessary to fulfill his immediate task.
The support of the Church to Putin, an ostentatious if not deeply devout believer, was not surprising, but, in a secular nation with a constitution that formally separated the Church from the State, the choreographic display of allegiance to Putin at the height of The turbulent election season provoked outrage, such as Pussy Riot’s protest in the church of Christ the Savior. There were rumors that the Kremlin had pressured the patriarch and the others to appear with Putin. Soon there were articles in the opposition press that recycled old rumors about Cyril’s affiliation with the KGB, his commercial incursions in the import of tobacco in the 1990s and his taste for the most exquisite luxuries, including a large dacha , a private yacht and expensive watches. (He denied owning the latter until the unprofessional retouching of an official photograph showed the reflection of a dazzling clock on a glossy board.) The Church, once very repressed, had emerged from the Soviet collapse as one of the most respected institutions of the country, seen by many of its followers as an institution above the country’s politics. Now Cyril led his faithful directly to an alliance with the state: barely a month after expressing solidarity with the protesters, he now complained that his demands were “shrill cries” from those who valued a culture of Western consumption incompatible with traditions. Russian
The arrests and the seriousness of the accusations provoked a renewed indignation, now infused with consternation by the incapacity of the protests to achieve something more than to dim the easy electoral victory of Putin. The three women became international celebrities, admired for challenging an authoritarian regime. Amnesty International declared them to be prisoners of conscience, while prominent musicians – Faith No More, Madonna, Pete Townshend, Paul McCartney – defended their cause. In Russia, however, their fate turned out to be much more complicated: their protest divided the already fractured opposition and, with the jubilant connivance of the Kremlin, they did everything to discredit them, especially in the eyes of the general public.
The inauguration ceremony of Putin took place at noon with the pomp of the others, transmitted to the nation with solemnity, just as before. Only this time the cameras met with Putin in the prime minister’s office in the White House and followed him up the carpeted stairs of the main entrance to the Mercedes-Benz that awaited him. For six minutes, an aerial camera followed the convoy of police motorcycles escorting Putin’s car and two others as they made their way to the Kremlin, where Medvedev waited, who had already greeted the honor guard. The convoy passed through streets that had been emptied not only of traffic, but also of people. Nobody watched. No one greeted or cheered on that sunny morning. Nobody even dared to be outside.
The Russian people were not prepared to challenge the system that had slowly taken control of society. It was not Putin himself the villain in the prosecution against them, he believed. He alone represented the face of a conservative and deeply patriarchal society. The villain was the insensitive conformity of a system, in culture and in politics, which made it too risky to even consider any divergence of thought. “The problem was not that everyone thought we were innocent, that the accusations against us were illegitimate, that only Putin was bad and he made phone calls and made complaints about the case,” explained Katia. The problem was that everyone believed that we were guilty.

Putin’s personal life remained a well-guarded secret for all, except those who knew him best, a small and discreet circle; a circle that had been remarkably constant over the years, but that was also increasingly insular. Everything the Russians knew about Putin’s life, they knew it in this way, in measured and small glimpses that the Kremlin prepared or allowed to appear, always circumspect, occasionally revealing. Putin’s fondness for working late at night and keeping visitors waiting for hours had become infamous. Even his friends waited to see him at dawn. Igor Shadjan, the filmmaker who had interviewed him two decades ago, remembered having met with Putin the last time at one o’clock in the morning, after waiting for hours while a line of officials and executives entered his office one by one .
Even less was known about Putin’s youngest daughter, Katia, who, they said, had specialized in Asian studies at the university. The rumor had long been that he was dating the son of a South Korean admiral, even that he had married him, although that turned out not to be true. She started competition dance and became vice president of the World Confederation of Rocanrol with the name Katerina Vladimirovna Tíjonova (the surname, evidently taken from the patronymic of Liudmila’s mother). At the end of 2012, at the age of twenty-six, she became director of the National Intellectual Development Fund, an organization that built a $ 1.6 billion high-tech research center on the grounds of Moscow State University. .
Putin’s obsessions were still work and sport. Ice hockey became a new hobby in 2011, after attending a youth tournament. It was a sport that also occupied his friends Timchenko and the Rotenberg brothers, Boris and Arkadi, who owned professional teams in the Continental Hockey League of Russia. Putin spent hours learning to skate and use the stick, a sign of the same avidity he showed in learning martial arts as a young man.
Putin’s decision to lift the veil over his personal life coincided with the socially conservative turn of his policies, which proclaimed Russian faith and morals in the struggle to define and defend the idea of ​​the state. For the most part, the Russians reacted with indifference, even with empathy. The only surprise was the choice of the right moment. The divorce would not be official until the following year. Meanwhile, their separation gave rise to a frenzy of speculation that Putin was getting ready to marry again, perhaps with Alina Kabáieva, who was said to have had a son of his in 2010 (and a daughter in 2012). Kabáieva, who had appeared on the cover of the Russian edition of Vogue in January 2011, in a dazzling Balmain dress, repeatedly denied having children. (A boy who had appeared in her life, she said, was her nephew.) Rumors of other romances involving undercover agent Ana Chapman and Putin’s official photographer, Yana Lapikova …
Putin did not seem any more genuine than the political schemes he had perfected. After more than twelve years in the center of public attention, he had become a distant figure, as remote from the people as the general secretaries or the Tsars who preceded him, as powerful and inscrutable as Klamm’s elusive authority in The castle, from Kafka. “You know, it’s not about Putin anymore,” Gleb Pavlovski said. We talk too much about Putin. Putin is our zero, a void, a screen where we project our desires, our love, our hate.

Putin wanted the Olympic Games to be a symbol of Russia, and they were. All the projects were infested with corruption, which increased both the expenses that were difficult to ignore or hide. At the beginning of 2013, Dmitri Kozak, his close assistant and now the deputy prime minister that he had put in charge of Sochi, dropped in public statements that the cost for the Sochi preparations had been inflated, going from the 12,000 million dollars that Putin had promised to the International Olympic Committee to some impressive 51,000 million dollars. They were the most expensive Olympics in history: five times the sum that Vancouver had spent to host the 2010 Winter Olympics, more than Beijing had spent to host the much larger Summer Olympic Games in 2008. In a country with an economy still struggling, the figure was so tied to the political that Kozak and other ministers were ordered never to mention it again. The waste was ridiculed. The Russian edition of Esquire estimated that, with the total spent for the highway and the railway that led to the mountain, the engineers could have paved the road with 1 centimeter of black caviar, 6 centimeters of truffles …
The costs and the assumption that much of the money had been stolen led many to question the wisdom of hosting the Olympic Games. They were the adverse effects that many cities suffer, but in Russia the expense came at an unfavorable time. Russia’s economy still depended heavily on natural resources and, after recovering from the worst of the economic crisis, had stagnated again. Growth had slowed, going from 3% in 2012 to 1% in 2013. The boom in consumption fueled by oil prices had not translated into better services from the Government. Putin’s acceptance indices – an imperfect measure given state control exercised over the media – collapsed in 2013 to the lowest level recorded since he was president for the first time, in 2000. According to one agency, the acceptance index of Putin had reached its peak the month after the war in Georgia, with 88%, but by then it was tumbling just over 60%.
For Putin, however, the expansion of “Europe” to include Ukraine was tantamount to an intrusion into Russia that, in his mind, would be followed by the further intrusion of NATO. Russia’s own relations with the bloc had stalled, made difficult by the suspicions of many European states, especially those that had once belonged to the Soviet sphere, regarding energy and human rights policies: a summit in Yekaterinburg in May had failed to secure an agreement that would allow visa-free travel to Russian government officials amid a debate about whether US “Magnitsky sanctions” should be adopted on the continent. Putin’s efforts to bring Ukraine closer to Russia, a link he had first proposed to Leonid Kuchma on the eve of the Orange Revolution in 2004, had advanced little, blocked by internal political divisions in Ukraine.
The Eurasian Union was the manifestation of an ideology that had taken root in Putin and his inner circle, an ideology that had been absent from the pragmatism that had characterized Putin’s government until then. Eurasianism in Russia was a deeply conservative philosophy driven underground (or abroad) by the internationalist ideology of the Soviet Union. It had resurged in the 1990s, mixing religious and monarchist ideas of exiles like Ivan Ilyin, the philosopher Putin used to quote.
In the face of the Olympic Games, Putin tried to be magnanimous in the country. After a year of severe repression and new repressive laws, the Kremlin signaled a détente in the summer of 2013. In July, the Kírov court had sentenced Navalni for enrichment allegations, but then, after a night of confusion which included protests and frantic consultations between the Kremlin and the court, was released with only a suspended sentence. Then the Kremlin allowed Navalni to campaign – first furtively, then openly – as a candidate for the mayoralty of Moscow in August against the acting mayor, Sergei Sobyanin.
The newspaper’s website was closed, along with the opposition websites grani.ru and kasparov.ru. The Kremlin, which had once been largely indifferent to the permissive ethos of the Internet, had come to understand the threat it posed; he had adjusted the nuts with regulations against the spread of “extremism” and now invoked them with more vigor than ever in the Putin era. The crackdown on dissent – a campaign of denunciation so exaggerated that it could only have been orchestrated by Kremlin media operatives – gave the impression that the country was moving towards war once again.

The rupture between Russia and the West now seemed irrevocable and deliberate. The United States had already extended its sanctions the day before the demolition of flight 17, and in the period after the accident, all opposition to the intensification of sanctions was also evaporated in Europe. Now, whole sectors of the economy, such as banking and energy, faced sanctions not only for officials and friends close to Putin. By mid-2014, the flight of capital had reached 75,000 million dollars so far that year, since those who had cash sought safe ports abroad; By the end of the year, 150,000 million dollars had escaped the country. The economy, already decelerated, collapsed with the fall of investments. The value of the ruble collapsed, despite the efforts of the Central Bank to shore it up. The price of oil collapsed – the guilt of which Putin attributed to a conspiracy between the United States and Saudi Arabia – and that put pressure on the budget.
Putin had not miscalculated his actions against Crimea and, later, in eastern Ukraine. He simply did not care how the West responded. The change in Putin’s behavior worsened after the demolition of flight 17, according to his old friend Sergei Rolduguin. “I’ve noticed that the more they bother him, the harder he gets,” Rolduguin said. It was as if the political uprising in Ukraine affected him deeply and personally, like a mockery in the schoolyard that forced him to release blows. Merkel, according to Rolduguin, had angered Putin by dismissing concerns he raised about the radicals in the ranks of the new Ukrainian government, about threats against Russian minorities in the country, about the atrocities being committed by the troops Ukrainian civilians Everyone wanted to blame him for the missile that destroyed the passenger plane, but what about the atrocities committed by the Ukrainian government against those in the east? Where before he had been patient with Merkel and other leaders, now he was irritated.
On July 31, 2014, some of the richest men in Russia gathered in Moscow at the headquarters of the Russian football federation to discuss an unexpected consequence of Putin’s annexation of Crimea. Among them, were the officials of the federation, as well as the owners of the most outstanding professional teams: Sergei Galitski, owner of a chain of supermarkets and the football club Krasnodar; Suleiman Kerimov, the tycoon owner of Anzhi Majachkala, in Dagestan; and Vladimir Yakunin, whose Russian Railroads sponsored Lokomotiv Moscow. The agenda included a vote by the executive committee of the foundation on the inclusion of the three Crimean clubs in the Russian league.
Nine days later, after Putin had made his wishes clear, the union’s executive committee accepted the three new teams in Russia’s professional league. Sergei Stepashin, Putin’s predecessor as prime minister and now a member of the union’s executive committee, had warned them: “They do not make directives. Crimea is, a priori, a territory of Russia! ».
Crimea had become the new campaign cry around which the nation would unite behind Putin, the argument that put an end to any debate. The annexation brought its acceptance rate to more than 85%, and the state of siege that followed – amplified by Orwellian political propaganda on state television – sustained popular support for Putin in the country during the coming months.
Putin’s rule was no longer more permanent than had been inevitable. However, it seemed inexorable. Putin did not face an obvious challenge to his power before the presidential elections scheduled for 2018. By law, he could continue to serve for six more years after that. When he left office-if he left it-in 2024, he would not be seventy-two years old. Brezhnev had died in office at seventy-five; Stalin, at seventy-four. Maybe then I would hand over power to a new leader, again to Medvedev, perhaps, or another member of the inner circle. Ultimately, it would depend on him. The fate of Russia now intertwined with his own, running forward as the troika of Dead Souls, of Gogol, towards an unknown destination. Probably not even Putin knew where, except forward, impetuous, unrepentant, imperturbable. “The air explodes, shattered, and becomes windy,” wrote Gogol of the troika. Everything on earth flies, and other nations and states, looking sideways, move aside to make way.

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