En Silla De Pista — Miguel Ángel Aguilar / On Arena Entrance by Miguel Ángel Aguilar (spanish book edition)

Decir que me parece un libro interesante como entretenido a través de las vivencias del autor perdiendo un pupilo en ciencias, donde en el prólogo ya nos avisa que los periodistas gozan de propiedades análogas a las de los catalizadores. Su presencia hace posibles determinados procesos o reacciones químicas sin que ellos mismos sufran desgaste o alteración alguna. De los periodistas se espera que se comporten como los bomberos y corran hacia el fuego cuando los demás lo hacen en sentido contrario para escapar de las llamas. La vocación de testigo los acompaña, sabedores de que no hay prenda como la vista y de que nada sustituye el contacto personal. Sin que la proximidad, más aún cuando deriva en amontonamiento, aporte garantía de esclarecimiento ni proporcione otra cosa que confusión. Solo el mantenimiento de la distancia, tanto física como gramatical, permite informar de manera crítica, sin desenfoques.

Sociedad Editora Universal reclamó de modo incesante, sin resultado alguno, la devolución del Heraldo de Madrid a partir de 1947, cuando Juan Pujol abandonó la sede de Marqués de Cubas para trasladarse con su Madrid, Diario de la Noche al edificio de nueva construcción que hacía chaflán entre las calles de General Pardiñas y Maldonado. Cartas de la editora a Falange Española y requerimientos notariales se sucedieron sin resultado alguno. El edificio del periódico erigido en la calle Marqués de Cubas fue finalmente subastado y adquirido por el Banco de España para ampliar su sede. Treinta años después, siendo yo director de Diario 16, conocí al presidente de Sociedad Editora Universal, Guillermo Busquets Le Monnier, y presté todo el apoyo a su reclamación jamás atendida.

Durante toda la etapa franquista, se practicaba con verdadero afán la ocultación y el disimulo característicos del antiperiodismo. Por ejemplo, en la redacción del diario Madrid, cuando queríamos que llegara a publicarse una noticia contraria al régimen que considerábamos importante, procurábamos situarla de la manera más insignificante posible, en página par, por abajo, titulada a una columna, porque presentándola de forma que pasara más inadvertida tenía mayores probabilidades de aparecer, que era nuestro objetivo. Mientras que titulándola con garra, por arriba, en página impar, como nos hubiera gustado, era más probable que fuera descartada antes de llegar a la rotativa. Además, nadie quería generar un perjuicio a la publicación en la que trabajaba.
Los corresponsales extranjeros, al dar voz a quienes estaban silenciados en los medios de comunicación españoles, producían la consiguiente irritación del régimen, que procedía a prohibir la difusión del periódico que fuese. Así Le Monde quedaba fuera de circulación cada dos por tres por orden del liberalísimo Fraga, quien se valía de aquel infame semanario, El Español, de un falangismo furioso y petulante que dirigía Juan Aparicio —al frente de la Dirección General de Prensa entre 1951 y 1957— para ejercer una vigilancia difamatoria y arremeter contra los periodistas descarriados por los caminos de la disidencia y, en particular, contra los corresponsales extranjeros siempre sospechosos de sumarse a la «conspiración judeo-masónico-bolchevique contra España». Tenía aversión especial por el de Le Monde, tal vez por su condición de antiguo camarada, y en cuanto le llegaba noticia de que había estado en algún lugar de copas le tildaba de borracho.

Sobre el diario Madrid a propósito del vigésimo aniversario de su cierre, la vida del diario Madrid «verdadero», el que fue de 1966 a 1971, estuvo marcada por un casi permanente estado de agitación. Veinte expedientes incoados, una suspensión por cuatro meses entre mayo y septiembre de 1968, querellas criminales, procesamientos ante el Tribunal de Orden Público ya mencionados, diatribas de la prensa falangista y sindical sobre su línea editorial e innumerables luchas internas marcaron un escenario complejo.
Si bien no se puede considerar que el periódico fuera de oposición al régimen, algo impensable e imposible en aquella época, las acusaciones le llovían por la falta de calor en el elogio a Franco.
La plantilla del Madrid había tenido que decantarse entre dos opciones: mantener el puesto de trabajo aceptando un cambio en la dirección del periódico o rechazar la imposición de un director. Prefirió la segunda opción con la temida consecuencia del cierre. Un cierre que produjo un escarmiento generalizado en las demás publicaciones. La plantilla de trabajadores se sumó a una lista negra de apestados, porque para otros diarios darles empleo significaba desairar al régimen.

(Sahara) Marruecos se adelantó a impugnar el referéndum alegando la manipulación del censo. El ministro de Exteriores, Gregorio López Bravo, pensó en 1973 iniciar un cubileteo sobre el desacuerdo de las pretensiones de Marruecos, Argelia y Mauritania. Se hablaba también de promover un Estado independiente bajo la garantía militar y diplomática de España, mediante una fórmula imaginada sobre el modelo de Puerto Rico. Como tantas veces, la que hubiera podido ser propuesta española antes de plasmarse de manera formal tuvo la virtud de concitar en contra la oposición de los países del Magreb y del resto de los países árabes. La reivindicación nacionalista del Sahara y la tensión Rabat-Madrid sirvieron de alivio a las dificultades interiores marroquíes. Además, se planteó con gran habilidad en el momento de mayor debilidad del régimen, cuando Franco entraba en fase del eclipse total. Siempre dispuesto, José Solís Ruiz, que desde el 13 de junio había vuelto al Gobierno como ministro secretario general del Movimiento, acudió a entrevistarse con el rey Hasán II para hablar «de cordobés a cordobés». Pero esos apaciguamientos fueron de corta duración.
Mi primera crónica desde El Aaiún, que se publicó en el número 27 del semanario Posible correspondiente al 17-23 de julio de 1975, empezaba: «Dijo Kissinger: “El Sahara para Marruecos”. Y la luz se hizo». La crónica daba cuenta de que la reiterada postura española en favor de un Sahara independiente se había difuminado y que, con altas inspiraciones, ganaba puntos una «negociación flexible» con Marruecos. Subrayaba que las argumentaciones a base del sentido moral y las responsabilidades con los saharauis iban dejando paso a un pragmatismo que partía de una burda evaluación de los propios intereses. Y anotaba que en pocas semanas las preocupaciones habían cambiado de signo, tras la captura de una patrulla militar española y la muerte de cinco soldados que ya he mencionado.

Casi al año de la muerte de Franco, en mayo de 1976, sucedió la aparición de El País. Nunca sabrá su editora la gratitud que debe al régimen por haber impedido la salida del periódico en vida del general superlativo. Porque esa demora le permitió salir a escena sin tener mancha alguna en el uniforme, ni deuda de agradecimiento al régimen que se eclipsaba, y habiendo podido prepararse de manera concienzuda para que desde el despegue fuera un éxito fulminante, solo deslucido por la arrogancia de la que se imbuyeron algunos de sus promotores desde ese mismo instante.
En aquellos años, entre los periodistas cundió un ambiente de gran generosidad ajena al sectarismo. Se ha hablado mucho de la Transición como un pacto tenebroso. En absoluto es verdad. No fue la suma de todos los miedos, sino de todos los atrevimientos.
El primer Gobierno de la monarquía de Juan Carlos I no lograba crear una nueva inercia política y vivía sobre los residuos del sistema anterior. Las tensiones internas suscitadas por la finalidad y la lentitud del ritmo de las reformas agudizaban las contradicciones. En mayo de 1976 se distinguían algunas posiciones. Un sector que exhibía la etiqueta reformista con Fraga y José María de Areilza, por ejemplo, pretendía acercarse a la oposición democrática y pactar las modificaciones legales por introducir. Los tecnócratas con afinidades en el Opus Dei deseaban poner fin al periodo de permisividad y propiciar un rearme moral, teniendo como aliados naturales algunos uniformes.

En las postrimerías del franquismo fundamos el Club Blanco White con el propósito de echarnos al plato a los próceres que se prestaran. La nómina de fundadores la componíamos Lorenzo Contreras, José Oneto, Pedro Calvo Hernando, Ramón Pi, José Antonio Nováis, Josep Meliá, Luis Apostua, Federico Ysart y yo. Cuando Adolfo Suárez formó gobierno después de las elecciones del 15 de junio de 1977, entraron en política Josep Meliá como secretario de Estado para la Información; Federico Ysart como asesor del vicepresidente Fernando Abril Martorell, y Luis Apostua como director general en el Ministerio de Justicia de Francisco Fernández Ordóñez. Los tres quedaron en situación de excedencia periodística y en su lugar cooptamos a Juan Luis Cebrián, Pedro Altares y Félix Santos. Nunca tuvimos estatutos ni directiva. Hice de tesorero encargado de recabar las aportaciones de todos evitando la morosidad y de mantener al día las cuentas con el restaurante. Fracasé en el empeño porque cuando dejamos de reunirnos a mediados de los años ochenta debíamos a Nicolasa alrededor de 8.000 pesetas.

No sin sobresaltos, agudos conflictos de lealtades, ruido de sables e intentonas golpistas de diverso calibre se llegó en el reinado de Juan Carlos I al momento en que los militares alcanzaron mayoritariamente una adecuada comprensión de sus nuevos y más honrosos deberes y se sintieron aliviados de las misiones que los habían convertido en fuerzas ocupantes de su propio país y en represores de sus conciudadanos. Más allá de las proclamaciones al uso, a la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 las Fuerzas Armadas quedaban en una situación de penuria de medios, déficit de dotaciones y material, bajo nivel de entrenamiento, irracional macrocefalia de los cuadros de mando, frustración generalizada por el estancamiento en los ascensos, deterioro de las prestaciones sanitarias y sociales, inoperatividad, aislamiento y desmoralización por el quebranto a la dignidad nacional que suponían las condiciones afrentosas en que se cedieron bases militares a Estados Unidos y por la forma en que se procedió a la retrocesión de Ifni o se comenzó a abandonar el Sahara y sus poblaciones mediante una retirada precipitada y unilateral.
Sin embargo, esta serie de postergaciones y abandonos, cuya enumeración podría alargarse con otros muchos ejemplos, en modo alguno fue óbice para que en las filas de los militares profesionales cundiera una adhesión progresiva al general Franco que llegaba a extremos de mitificación, pese a que fuera el primer y máximo responsable de tan visibles deterioros.
Así, un sector relevante de los militares profesionales derivó hacia el golpismo, concebido como el camino más corto para asegurar la cuarteada perennidad del régimen que fenecía. Por eso se instalaron en el antagonismo hacia cuantos propugnaban la reforma o la ruptura. Los militares se sentían escrutados por una prensa que consideraban hostil y reaccionaban encausando ante los tribunales castrenses a los periodistas desafectos, planteándoles querellas por injurias y calumnias. A la recíproca, los periodistas tenían la propensión de atribuir a todos los militares una abierta intencionalidad golpista. Todo esto ambientado por el terrorismo etarra, que mostraba predilección por los uniformados y multiplicaba sus atentados con víctimas mortales, que pasaron de la veintena en el periodo 1974-1977 a cerca de ochenta en 1978, más de un centenar al año siguiente y más de ciento veinte en 1980. Terrorismo y golpismo formaban una espiral de acción-reacción que se retroalimentaba.

El 23 de febrero de 1982, un año exacto después del golpe y en pleno juicio, Diario 16 publicaba bajo el título «Así asaltamos el Congreso» una entrevista con un soldado raso que participó en la toma del Parlamento, en la que afirmaba haber sufrido presiones y amenazas de disparos por parte del capitán Carlos Álvarez-Arenas si rehusaba sumarse a la compañía de la Policía Militar que iba a salir del acuartelamiento de la División Acorazada en El Goloso hacia el Congreso de los Diputados, en apoyo a quienes lo habían asaltado. Molestos con esa entrevista, los encausados hicieron un plante y advirtieron que no saldrían a la sala del juicio a menos que se expulsara antes de ella a Pedro J. Ramírez, entonces director de Diario 16. El presidente del tribunal, teniente general Federico Gómez Salazar, cedió al plante y ordenó la expulsión del periodista, con el sobresalto consiguiente de sus colegas, que permanecieron impávidos. Consciente de estar acreditado en nombre de la Asociación de la Prensa y a pesar de la pésima relación que manteníamos, cogí del brazo a Pedro J. y lo acompañé a la salida de la sala hasta que abandonó el acuartelamiento. Al día siguiente la foto era portada del Diario 16.

Televisión Española nació en poco más que un chalé en los altos del paseo de La Habana en Madrid el 28 de octubre de 1956. Luis Ángel de la Viuda, que formaba parte de esa aguerrida hueste y pasados los años llegaría a ser su director general, recuerda cómo las emisiones empezaban a diario con la carta de ajuste y concluían al cabo de dos horas con la despedida y cierre a base de imágenes de banderas al viento y banda sonora con acordes del himno nacional. Parece que aquellos pioneros reclutados en fase experimental, exhaustos al concluir la jornada, acababan concentrados en el despacho del director Victoriano Fernández Asís, quien oficiaba de mantenedor de una tertulia que animaba con el relato de anécdotas y sucedidos de su vida profesional.
Cuando José Luis Balbín pasó a ser director de Informativos de TVE, Pablo Sebastián influyó para que me nombrara subdirector. Antes de incorporarme quise saber en qué consistiría mi trabajo, cuáles serían mis funciones y qué responsabilidades me serían exigibles. Estuve una semana en esas averiguaciones, acudiendo cada día a la sede de Prado del Rey, pero nunca llegué a conocer qué se esperaba de mí, ni cuáles serían, por ejemplo, mis relaciones con los directores de los telediarios. De manera que preferí retirarme con orden, sin devengar cantidad ni formalizar contrato alguno. Años después Pilar Miró, siendo directora general de RTVE, me ofreció dirigir y presentar un programa de debate. Entonces era director de Información de la agencia EFE y consideraba que todas las horas del día eran pocas para esa tarea, de manera que rehusé. Nunca compatibilicé mi encomienda en EFE con ningún otro empeño periodístico.

(Telecinco) En una ocasión Luis Mariñas me pidió que lo acompañara a un encuentro con Valerio Lazarov para convencerlo de la conveniencia de que la cadena estableciera corresponsalías y reaccionara a los acontecimientos con enviados especiales al foco de la noticia. El primer ensayo fue Moscú, donde un equipo de Tele 5 fue a cubrir los sucesos desencadenados en la madrugada del 4 de octubre de 1993, cuando el primer presidente elegido democráticamente en Rusia, Boris Yeltsin, ordenó bombardear el Parlamento heredado de la URSS para desalojar a los diputados que se habían atrincherado allí, un asalto que marcó el final de una época. Los destacados en Moscú llamaban una hora antes de entrar en conexión para informarse de lo que allí estaba pasando y luego buscaban un encuadre apropiado para contarlo. Se cumplía el principio de que la proximidad confunde y la distancia esclarece y que estar en el lugar de los acontecimientos para nada garantiza un mejor conocimiento.
Llegó la campaña electoral que precedió a los comicios de 3 de marzo de 1996 y con el director de Informativos, Luis Mariñas, y Fernando Ónega entrevistamos a los cabezas de cartel, incluido el todavía presidente Felipe González y el aspirante José María Aznar, que llevaba en su programa la cadena perpetua sin redención alguna de pena.
Mis colaboraciones en televisión se centraron entonces en El programa de Ana Rosa en Tele 5, donde Federico Jiménez Losantos dijo solo querer debatir conmigo y, a partir de abril de 2013, en Más vale tarde, que de manera exitosa dirigía Mamen Mendizábal en La Sexta y que para mí supuso una fórmula original por salirse del formato de tertulia cerrada y proponer que nos pronunciáramos sobre las informaciones que entraban en directo.

Desaparecido muy joven Carlos Llamas, con poco más de cincuenta años, le sucedió al frente de Hora 25 Ángels Barceló, que estaba ya en la casa dirigiendo el programa de fin de semana A vivir que son dos días. También cambiaron los participantes en la tertulia. «Con la grande polvareda perdimos a don Beltrán» —dice el romance— y también a Carlos Carnicero y Santiago Belloch; continuaron algunos como José María Ridao, María Esperanza Sánchez, Emilio Contreras, Carmen del Riego y Cristina de la Hoz; y aparecieron otros como Fernando Vallespín, Alberto Pozas y Javier González Ferrari.
Con Àngels a los mandos, un martes por la noche entré en el estudio raspando la hora del comienzo de la tertulia de Hora 25 con un montón de papeles y libros bajo el brazo. Àngels quiso saber qué llevaba en ese amasijo. Entonces mencioné entre los recortes de prensa las dos páginas de publicidad de los pagarés de Nueva Rumasa que en aquellos días se prodigaban en todas las publicaciones impresas.
Nueva Rumasa emitía una emisión de pagarés corporativos al 8 por ciento anual». Se aseguraba que era «una sólida oportunidad de inversión garantizada por un tesoro de valor incalculable». En la línea siguiente podía averiguarse que el tesoro consistía en unas «extraordinarias existencias de viejísimo brandy de Jerez, con certificado del Consejo Regulador de la Denominación Brandy de Jerez y con una valoración realizada por el insigne y prestigioso profesor del IESE y doctorado por Harvard, don Pablo Fernández López, de más de 1.200 millones de euros, cifra muy superior al valor histórico que figura en los libros y libre de cargas».
Àngels interrumpió mis explicaciones para dar paso a la publicidad. Ya fuera de micrófono le pregunté si también en la SER estaban entrando los anuncios de Nueva Rumasa y, por tanto, era recomendable cambiar de tema. Àngels dijo que sí habían entrado esos anuncios, pero que podía seguir explicando el timo.
Precisaba que existía documento informativo disponible, que eran «pagarés emitidos por Maspalomas Hoteles S. A.» e indicaba que «esta operación, conforme a lo establecido en el artículo 30 bis del Mercado de Valores, no requiere del registro previo de un folleto en la CNMV». Se hacía constar además «que la inversión mínima era de 50.000 euros y que los pagarés no estarían admitidos a negociación en ningún mercado secundario».
Llegados a este punto dije a los oyentes que había algunas preguntas inexcusables después de las que habíamos tenido con la Rumasa de 1983, con Afinsa y los filatélicos, con Gescartera y Pilar Valiente —exdirectora general de la inspección de la Agencia Tributaria, luego dimitida presidenta de la CNMV a raíz de ese escándalo y, tiempo después, aupada a la Oficina Antifraude por el ministro Cristóbal Montoro—, con el aceite de colza, con Sofico y Eugenio Peydró, y con tantos otros sobresaltos anteriores a 2009.
De toda esta estafa publicitada a doble página, era difícil escribir descodificando la letra pequeña en servicio a los lectores en las cabeceras que se beneficiaban de la campaña que pagaba el anunciante. Por eso opté por hacerlo en el semanario El Siglo donde, por lo que respecta a los pagarés de Nueva Rumasa, se cumplía aquel principio enunciado por la revista satírica La Codorniz según el cual «donde no hay publicidad resplandece la verdad». A El Siglo no llegaba la manga riega de esa publicidad y pude hacerlo sin problema alguno el 26 de octubre de 2009. Otras publicaciones optaron por insertar los anuncios y cerrarse a dar espacio en sus páginas a cualquier crítica que tanto hubieran agradecido los lectores. Solo cuando tiempo después estalló el escándalo y quedó patente la estafa, salieron valerosos para poner en su sitio a Ruiz Mateos. El conocido espectáculo de las lanzadas a moro muerto o de arrimarse a toro pasado.

Desde que en 1994 llegara Jesús Ceberio como director del periódico, El País decidió incorporar columnas diarias en cada una de las secciones: Internacional, Nacional, Economía, Cultura y Deportes. A ese título, sin rastro contractual alguno, mantuve desde entonces una columna los martes en las páginas de Nacional. Mi estreno como columnista semanal fue el 23 de noviembre de 1994 con una columna titulada «Corrupción y oxidación de los metales». La que se convertiría en la última apareció el 27 de octubre de 2015 con el título «Rajoy se despide de ustedes». Fueron, por tanto, veintiún años de columnas de periodicidad semanal, que pasó a quincenal en mayo de ese último año, apenas cinco meses antes de ser declarada en extinción. No recuerdo más incomparecencias que las de los meses de agosto, de modo que calculo que en el periódico se habrán publicado unas mil cien columnas con mi firma.
El caso es que, el 10 de noviembre de 2015, el diario El País decidió prescindir de la colaboración semanal que manteníamos desde el año 1994 como consecuencia de unas manifestaciones mías recogidas por el diario The New York Times en las que defendí que los grandes periódicos estaban en manos de sus acreedores, que trabajar en el diario de Prisa era el sueño de todo periodista y que en ese momento, sin embargo, había colegas que abandonaban el barco con la sensación de divisar horizontes de censura. Hablé unos cuarenta minutos con el corresponsal del NYT, Raphael Minder, quien estaba haciendo un retrato en crudo de la prensa de papel en nuestro país a partir de un informe crítico del Instituto Internacional de Prensa (IPI, por sus siglas en inglés). La presentaba endeudada y sujeta a lazos empresariales que coartaban su independencia. Sentí que hubiera molestado, pero a veces estamos tan convencidos de que somos libres que actuamos como si lo fuéramos sin reparo alguno.

El periodista puede ayudar a la comprensión de las noticias mediante observaciones que le den su alcance exacto, dado que su origen e intención distan de ser siempre evidentes. Le incumbe el deber de la reflexión y de la escrupulosidad y, sobre todo, el de alertar el sentido crítico de su audiencia en vez de favorecer la inclinación hacia lo fácil.

To my way of thinking I find an interesting book as entertaining through the experiences of the author losing a pupil in science, where in the prologue and tells us that journalists enjoy properties analogous to those of catalysts. Their presence makes certain chemical processes or reactions possible without them suffering wear or alteration. Journalists are expected to behave like firefighters and run towards the fire when others do it in the opposite direction to escape the flames. Witness vocation accompanies them, knowing that there is no pledge such as sight and that nothing replaces personal contact. Without the proximity, even more so when it results in stacking, provide clarity guarantee or provide nothing but confusion. Only the maintenance of distance, both physical and grammatical, allows critical reporting, without blurring.

Sociedad Editora Universal claimed incessantly, without any result, the return of the Madrid Herald from 1947, when Juan Pujol left the headquarters of Marqués de Cubas to move with his Madrid, Diario de la Noche, to the newly built building Chamfer between the streets of General Pardiñas and Maldonado. Letters from the editor to the Spanish Falange and notarial requirements followed without any result. The newspaper building erected on Marqués de Cubas street was finally auctioned and acquired by the Bank of Spain to expand its headquarters. Thirty years later, when I was director of Diario 16, I met the president of Sociedad Editora Universal, Guillermo Busquets Le Monnier, and I lent my full support to his claim that was never answered.

Throughout the Francoist era, the concealment and dissimulation characteristic of anti-journalism was practiced with real zeal. For example, in the writing of the newspaper Madrid, when we wanted to publish a news contrary to the regime that we considered important, we tried to place it as insignificantly as possible, on a page, below, titled to a column, because presenting it in a way If it were to go unnoticed, it was more likely to appear, which was our goal. While grabbing it with a claw, on the top, on an odd page, as we would have liked, it was more likely to be discarded before reaching the press. In addition, nobody wanted to generate a damage to the publication in which he worked.
The foreign correspondents, by giving voice to those who were silenced in the Spanish media, produced the consequent irritation of the regime, which proceeded to prohibit the dissemination of the newspaper. Thus Le Monde was out of circulation every two times by order of the liberalissimo Fraga, who used that infamous weekly, El Español, for a furious and petulant falangism directed by Juan Aparicio – at the head of the General Directorate of the Press between 1951 and 1957- to exercise defamatory surveillance and lash out against journalists who have gone astray along the paths of dissent and, in particular, against foreign correspondents who are always suspected of joining the “Judeo-Masonic-Bolshevik conspiracy against Spain.” He had a special dislike for Le Monde’s, perhaps because of his condition as an old comrade, and as soon as news reached him that he had been somewhere to drink, he called him a drunk.

On the Madrid newspaper, on the occasion of the twentieth anniversary of its closure, the life of the “real” Madrid newspaper, which was from 1966 to 1971, was marked by an almost permanent state of agitation. Twenty proceedings initiated, a suspension for four months between May and September 1968, criminal complaints, prosecutions before the Court of Public Order already mentioned, diatribes of the Falangist and trade union press on his editorial line and innumerable internal struggles marked a complex scenario.
Although it can not be considered that the newspaper was opposed to the regime, something unthinkable and impossible at that time, the accusations were raining because of the lack of warmth in the praise of Franco.
The staff of Madrid had to choose between two options: keep the job accepting a change in the direction of the newspaper or reject the imposition of a director. He preferred the second option with the dreaded consequence of the closure. A closure that produced a widespread warning in the other publications. The workforce was added to a blacklist of plague victims, because for other newspapers, giving them jobs meant snubbing the regime.

Throughout the Francoist era, the concealment and dissimulation characteristic of anti-journalism was practiced with real zeal. For example, in the writing of the newspaper Madrid, when we wanted to publish a news contrary to the regime that we considered important, we tried to place it as insignificantly as possible, on a page, below, titled to a column, because presenting it in a way If it were to go unnoticed, it was more likely to appear, which was our goal. While grabbing it with a claw, on the top, on an odd page, as we would have liked, it was more likely to be discarded before reaching the press. In addition, nobody wanted to generate a damage to the publication in which he worked.
The foreign correspondents, by giving voice to those who were silenced in the Spanish media, produced the consequent irritation of the regime, which proceeded to prohibit the dissemination of the newspaper. Thus Le Monde was out of circulation every two times by order of the liberalissimo Fraga, who used that infamous weekly, El Español, for a furious and petulant falangism directed by Juan Aparicio – at the head of the General Directorate of the Press between 1951 and 1957- to exercise defamatory surveillance and lash out against journalists who have gone astray along the paths of dissent and, in particular, against foreign correspondents who are always suspected of joining the “Judeo-Masonic-Bolshevik conspiracy against Spain.” He had a special dislike for Le Monde’s, perhaps because of his condition as an old comrade, and as soon as news reached him that he had been somewhere to drink, he called him a drunk.

On the Madrid newspaper, on the occasion of the twentieth anniversary of its closure, the life of the “real” Madrid newspaper, which was from 1966 to 1971, was marked by an almost permanent state of agitation. Twenty proceedings initiated, a suspension for four months between May and September 1968, criminal complaints, prosecutions before the Court of Public Order already mentioned, diatribes of the Falangist and trade union press on his editorial line and innumerable internal struggles marked a complex scenario.
Although it can not be considered that the newspaper was opposed to the regime, something unthinkable and impossible at that time, the accusations were raining because of the lack of warmth in the praise of Franco.
The staff of Madrid had to choose between two options: keep the job accepting a change in the direction of the newspaper or reject the imposition of a director. He preferred the second option with the dreaded consequence of the closure. A closure that produced a widespread warning in the other publications. The workforce was added to a blacklist of plague victims, because for other newspapers, giving them jobs meant snubbing the regime.

(Sahara) Morocco went ahead to challenge the referendum alleging manipulation of the census. The Minister of Foreign Affairs, Gregorio López Bravo, thought in 1973 to start a debate about the disagreement of the claims of Morocco, Algeria and Mauritania. There was also talk of promoting an independent State under the military and diplomatic guarantee of Spain, through a formula imagined on the model of Puerto Rico. As many times before, what could have been a Spanish proposal before being formally formulated had the virtue of appealing against the opposition of the Maghreb countries and the rest of the Arab countries. The nationalist claim to the Sahara and the Rabat-Madrid tension served as a relief to the Moroccan internal difficulties. In addition, it was raised with great skill at the time of greatest weakness of the regime, when Franco entered the phase of total eclipse. Always ready, José Solís Ruiz, who since June 13 had returned to the Government as minister general secretary of the Movement, went to meet with King Hassan II to speak “from Cordoba to Cordoba.” But those appeasements were short-lived.
My first chronicle from El Aaiún, which was published in number 27 of the weekly Posible corresponding to July 17-23, 1975, began: “Said Kissinger:” The Sahara for Morocco. ” And there was light”. The chronicle realized that the repeated Spanish position in favor of an independent Sahara had faded and that, with high inspirations, points earned a “flexible negotiation” with Morocco. He stressed that the arguments based on moral sense and responsibilities with the Saharawi were giving way to a pragmatism that started from a crude assessment of one’s own interests. And noted that in a few weeks the concerns had changed sign, after the capture of a Spanish military patrol and the death of five soldiers that I mentioned.

Almost a year after Franco’s death, in May 1976, El País appeared. The editor will never know the gratitude he owes to the regime for having prevented the newspaper from leaving the superlative general during his lifetime. Because that delay allowed him to go on stage without any stain on the uniform, no debt of gratitude to the regime that was eclipsed, and having been able to prepare thoroughly so that from the takeoff it was a fulminating success, only tarnished by the arrogance of the that some of its promoters imbued from that moment.
In those years, journalists spread an atmosphere of great generosity alien to sectarianism. There has been a lot of talk about the Transition as a dark pact. Not at all true. It was not the sum of all the fears, but of all the daring.
The first government of the monarchy of Juan Carlos I failed to create a new political inertia and lived on the waste of the previous system. The internal tensions provoked by the purpose and the slow pace of the reforms sharpened the contradictions. In May of 1976 some positions were distinguished. A sector that exhibited the reformist label with Fraga and José María de Areilza, for example, wanted to approach the democratic opposition and agree on the legal changes to be introduced. The technocrats with affinities in Opus Dei wanted to end the period of permissiveness and promote a moral rearmament, having some uniforms as natural allies.

In the last years of the Franco regime, we founded the White White Club with the purpose of throwing ourselves to the plate to the heroes who lent themselves. The list of founders was composed by Lorenzo Contreras, José Oneto, Pedro Calvo Hernando, Ramón Pi, José Antonio Nováis, Josep Meliá, Luis Apostua, Federico Ysart and myself. When Adolfo Suárez formed a government after the elections of June 15, 1977, Josep Meliá entered politics as Secretary of State for Information; Federico Ysart as advisor to the vice-president Fernando Abril Martorell, and Luis Apostua as general director in the Ministry of Justice of Francisco Fernández Ordóñez. The three were left in a situation of journalistic leave and in their place we co-opted Juan Luis Cebrián, Pedro Altares and Félix Santos. We never had statutes or directive. I was the treasurer in charge of collecting contributions from everyone, avoiding delinquency and keeping accounts with the restaurant up to date. I failed in the effort because when we stopped meeting in the mid-eighties we had Nicolasa around 8,000 pesetas.

Not without frights, sharp conflicts of loyalties, saber rattling and coup attempts of different caliber came in the reign of Juan Carlos I at the time when the military mostly reached an adequate understanding of their new and more honorable duties and were relieved the missions that had turned them into occupying forces of their own country and repressive of their fellow citizens. Beyond the proclamations to the use, to the death of Franco the 20 of November of 1975 the Armed Forces were in a situation of shortage of means, deficit of endowments and material, low level of training, irrational macrocephaly of the control panels, widespread frustration due to the stagnation in promotions, deterioration of health and social benefits, inoperativeness, isolation and demoralization due to the loss of national dignity caused by the outrageous conditions in which military bases were transferred to the United States and by the way in which it proceeded to the retrocession of Ifni or it began to leave the Sahara and its populations through a hasty and unilateral withdrawal.
However, this series of postponements and abandonments, whose enumeration could be extended with many other examples, in no way precluded a progressive adhesion to General Franco in the ranks of the professional military that reached the extremes of mythification, despite the fact that was the first and maximum responsible for such visible deterioration.
Thus, a relevant sector of the professional military led to coup, conceived as the shortest way to ensure the quartered perenniality of the regime that died. That is why they settled in antagonism towards those who advocated reform or rupture. The military felt they were being scrutinized by a press that they considered hostile and reacted by prosecuting the disaffected journalists before the military courts, complaining about insults and slander. To the reciprocal, the journalists had the propensity to attribute to all the military an open coup intentionality. All this set by ETA terrorism, which showed a predilection for the uniformed and multiplied their attacks with fatalities, which went from twenty in the period 1974-1977 to about eighty in 1978, more than a hundred the following year and more than one hundred and twenty in 1980. Terrorism and coup were a spiral of action-reaction that fed back.

On February 23, 1982, exactly one year after the coup and in full trial, Diario 16 published under the title “Thus we assaulted the Congress” an interview with a private who participated in the takeover of Parliament, in which he claimed to have suffered pressure and threats of shooting by Captain Carlos Álvarez-Arenas if he refused to join the military police company that was going to leave the barracks of the Armored Division in El Goloso to the Congress of Deputies, in support of those who had assaulted him . Annoyed with this interview, the defendants made a placard and warned that they would not go to the courtroom unless Pedro J. Ramírez, then director of Diario 16, was expelled before her. The president of the court, Lieutenant General Federico Gómez Salazar , yielded to the plant and ordered the expulsion of the journalist, with the consequent fright of his colleagues, who remained undaunted. Aware of being accredited in the name of the Press Association and in spite of the terrible relationship that we maintained, I took Pedro J. by the arm and accompanied him to the exit of the room until he left the quartering. The next day the photo was the cover of Diario 16.

Televisión Española was born in little more than a chalet at the top of the Paseo de La Habana in Madrid on October 28, 1956. Luis Ángel de la Viuda, who was part of that brave host and over the years would become its general director, remember how the emissions began daily with the adjustment letter and concluded after two hours with the farewell and closing based on images of flags in the wind and soundtrack with chords of the national anthem. It seems that those pioneers recruited in the experimental phase, exhausted at the end of the day, ended up concentrated in the office of the director Victoriano Fernández Asís, who officiated as the maintainer of a gathering that animated with the story of anecdotes and successes of his professional life.
When José Luis Balbín became news director of TVE, Pablo Sebastián influenced me to be appointed deputy director. Before joining, I wanted to know what my job would be, what my duties would be and what responsibilities would be required of me. I spent a week in these inquiries, going every day to the headquarters of Prado del Rey, but I never got to know what was expected of me, nor what, for example, would be my relations with the directors of the television news. So I preferred to retire with order, without accruing amount or formalize any contract. Years later, Pilar Miró, as general director of RTVE, offered to direct and present a debate program. Then I was the Information Director of the EFE agency and I considered that all the hours of the day were few for that task, so I refused. I never reconciled my assignment in EFE with any other journalistic effort.

(Telecinco) On one occasion Luis Mariñas asked me to accompany him to a meeting with Valerio Lazarov to convince him of the convenience of the chain establishing correspondents and reacting to events with special envoys to the news focus. The first rehearsal was Moscow, where a Tele 5 team went to cover the events unleashed at dawn on October 4, 1993, when the first democratically elected president in Russia, Boris Yeltsin, ordered to bomb the parliament inherited from the USSR to dislodge to the deputies who had entrenched themselves there, an assault that marked the end of an era. The people in Moscow called an hour before going online to find out what was going on there and then they were looking for an appropriate frame to tell. The principle that proximity confuses and distance is clarified and that being in the place of events guarantees a better knowledge is fulfilled.
The electoral campaign that preceded the elections of March 3, 1996, and with the director of News, Luis Mariñas, and Fernando Ónega, we interviewed the headliners, including the still president Felipe González and the candidate José María Aznar, who was carrying in his program the life sentence without any redemption of punishment.
My collaborations in television focused then on Ana Rosa’s program on Tele 5, where Federico Jiménez Losantos said he only wanted to debate with me and, as of April 2013, in Más vale tarde, which Mamen Mendizábal successfully directed at La Sexta and that for me was an original formula for leaving the format of closed chat and propose that we pronounce on the information that entered live.

Very young Carlos Llamas disappeared, with just over fifty years, he was succeeded by Hora 25 Ángels Barceló, who was already in the house directing the weekend program A vivir, which is two days. The participants in the gathering also changed. “With the great dust we lost Don Beltrán,” says the romance, “and also to Carlos Carnicero and Santiago Belloch; Some of them continued, such as José María Ridao, María Esperanza Sánchez, Emilio Contreras, Carmen del Riego and Cristina de la Hoz; and appeared others like Fernando Vallespín, Alberto Pozas and Javier González Ferrari.
With Àngels at the controls, one Tuesday night I entered the studio scraping the hour of the beginning of the gathering of Hour 25 with a pile of papers and books under the arm. Angels wanted to know what was in that dough. Then I mentioned between the press clippings the two pages of advertising of the New Rumasa promissory notes that in those days were printed in all the printed publications.
Nueva Rumasa issued an issue of corporate notes at 8 percent per annum. It was claimed to be “a solid investment opportunity guaranteed by an invaluable treasure.” In the following line it could be ascertained that the treasure consisted of “extraordinary existences of very old brandy from Jerez, with a certificate from the Regulatory Board of the Brandy Denomination of Jerez and with an appraisal made by the distinguished and prestigious IESE professor and a PhD from Harvard, Mr. Pablo Fernández López, of more than 1,200 million euros, a figure much higher than the historical value that appears in the books and free of charge “.
Angels interrupted my explanations to make way for publicity. Out of the microphone, I asked him if the announcements of Nueva Rumasa were also entering the SER and, therefore, it was advisable to change the subject. Angels said that they had entered those ads, but could continue explaining the scam.
He specified that there was an information document available, which were “promissory notes issued by Maspalomas Hoteles SA” and indicated that “this operation, in accordance with the provisions of article 30 bis of the Securities Market, does not require prior registration of a prospectus with the CNMV” . It was also stated that “the minimum investment was 50,000 euros and that the promissory notes would not be admitted to trading in any secondary market”.
At this point I told the listeners that there were some inexcusable questions after the ones we had with Rumasa in 1983, with Afinsa and the philatelists, with Gescartera and Pilar Valiente -exdirectora general of the inspection of the Tax Agency, then resigned as president of the CNMV as a result of that scandal and, afterwards, the Anti-fraud Office by the Minister Cristóbal Montoro-, with rapeseed oil, with Sofico and Eugenio Peydró, and with so many other upsets prior to 2009.
Of all this double-page advertising scam, it was difficult to write decoding the small print in service to the readers in the headers that benefited from the campaign paid by the advertiser. That is why I opted to do so in the weekly newspaper El Siglo where, as regards the New Rumasa promissory notes, that principle enunciated by the satirical magazine La Codorniz was fulfilled according to which “where there is no advertising, the truth shines forth”. A Century did not reach the sleeve irrigates of that publicity and I could do it without problem some on October 26, 2009. Other publications chose to insert the ads and close to give space on their pages to any criticism that both readers would have appreciated. Only when time after the scandal broke and the scam was patent, did they go out courageous to put Ruiz Mateos in his place. The well-known spectacle of those thrown into the dead Moor or of getting close to a past bull.

Since Jesus Ceberio arrived in 1994 as editor of the newspaper, El País decided to incorporate daily columns in each of the sections: International, National, Economy, Culture and Sports. To that title, without any contractual sign whatsoever, I kept a column on Tuesdays in the National pages. My premiere as a weekly columnist was on November 23, 1994 with a column entitled “Corruption and oxidation of metals.” The one that would become the last appeared on October 27, 2015 with the title “Rajoy says goodbye to you”. They were, therefore, twenty-one years of columns of weekly periodicity, that happened to fortnightly in May of that last year, just five months before being declared in extinction. I do not remember more than the August reports, so I calculate that some 1,100 columns with my signature will have been published in the newspaper.
The fact is that, on November 10, 2015, the newspaper El País decided to dispense with the weekly collaboration that we maintained since 1994 as a result of my statements collected by The New York Times in which I argued that the major newspapers they were in the hands of their creditors, that working in the newspaper of Prisa was the dream of every journalist and that at that time, however, there were colleagues who left the ship with the sensation of spotting horizons of censorship. I spoke for about forty minutes with the NYT correspondent, Raphael Minder, who was doing a crude portrait of the paper press in our country from a critical report by the International Press Institute (IPI, for its acronym in English). He presented her in debt and subject to business ties that restricted her independence. I felt that it would have bothered, but sometimes we are so convinced that we are free that we act as if we were free without any qualms.

The journalist can help the comprehension of the news by means of observations that give him his exact reach, since his origin and intention are not always evident. It has the duty of reflection and scrupulousness and, above all, of alerting the critical sense of its audience instead of favoring the inclination towards the easy.

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