Causas Naturales. Cómo Nos Matamos Por Vivir Más — Barbara Ehrenreich / Natural Causes: An Epidemic of Wellness, the Certainty of Dying, and Killing Ourselves to Live Longer by Barbara Enrenreich

Causas naturales no está al nivel de otros libros pero contiene reflexiones y visiones personales interesantes sobre el negocio del wellness (bienestar). El libro está muy bien documentado y lleno de referencias actuales.

Era intrigante, si no completamente satisfactorio. Mi mayor problema fue que el autor dedicó mucho espacio a las ideas que sentí que eran realmente tangenciales a lo que prometía el título y el subtítulo del libro.
En lo que estaba pensando / esperando que el libro se enfocara era:
“La posibilidad verdaderamente siniestra es que para muchos de nosotros, todas las pequeñas medidas que tomamos para mantenernos en forma – todas las privaciones y esfuerzos – solo nos llevarán a una mayor oportunidad de vivir con discapacidades incapacitantes y humillantes”. (P. 168)
Desafortunadamente, el libro se desvía rápidamente para hablar sobre cómo las mujeres son humilladas por el establecimiento médico (Capítulo.2). Estas fueron en su mayoría ideas nuevas para mí y creo que son dignas de una mayor exploración, pero eso no es lo que quería leer en “Causas naturales”.
El Capítulo 3, que explica que la medicina no es realmente tan científica como nos podrían haber hecho creer (no es una sorpresa para mí) es un poco más importante, sino que también se adentra en temas como los “adornos teatrales” de la medicina que tendían para distraerme de mis preguntas principales: ¿Realmente me estoy matando para vivir más tiempo? Y si es así, ¿qué debo dejar de hacer?
Capítulo. 4 comienza a volver a los problemas que hacemos para tratar de vivir vidas más largas y sanas (por ejemplo, correr, ir al gimnasio). Una incursión en el trasfondo de cómo estos tipos de comportamientos comenzaron a incorporarse a las expectativas corporativas de mantener bajos los costos de la asistencia médica, ayudó a proporcionar un contexto, por lo que no pareció distraer demasiado.
Capítulo. 5 en la “Locura de la atención plena” me conmovió, porque me inclino por algunas de esas prácticas y también tengo mucho respeto por algunos de los investigadores que han escrito sobre esto (es importante tener en cuenta que estos investigadores son No necesariamente las mismas personas que han popularizado la idea de “atención plena”. Debido a mis propios prejuicios, me resultó difícil concentrarme en los puntos que se explican en este capítulo.
Era capítulo. 6, sin embargo, en “Muerte en el contexto social” que realmente me hizo dar un paso atrás y reconocer cuán “irreflexivas” fueron algunas de mis ideas. El capítulo planteó algunos puntos positivos sobre el hecho de que incluso si hacemos todas las “cosas correctas” (independientemente de lo que ocurran en este momento), todavía existe la posibilidad de que muramos más jóvenes de lo que podríamos haber esperado. Eso no fue una sorpresa para mí. Lo que encontré más interesante fue la conexión que el autor hizo entre la forma en que denigramos a las personas pobres de la clase trabajadora por sus elecciones sin entender completamente esas elecciones. Al hablar sobre fumar, lo que aborrezco, ella incluyó esta cita, que sigue persiguiéndome:
“Yo fumo. Es caro. También es la mejor opción. Ya ves, siempre estoy, siempre agotado. Es un estimulante. Cuando estoy demasiado cansado para caminar un paso más, puedo fumar e ir por una hora más. Cuando estoy enfurecido, abatido e incapaz de lograr una cosa más, fumo y me siento un poco mejor, solo por un minuto. Es la única relajación que se me permite “.
El autor vuelve a este tema de cómo gran parte de lo que se promueve como necesario para llevar una vida saludable en realidad no está disponible para la mayoría de la población porque no tienen los recursos para seguir esas estrategias. Peor aún, tendemos a difamar a las personas, especialmente a aquellos que son pobres o de clase trabajadora, por las decisiones que toman. A menudo vamos tan lejos como para implicar (o incluso afirmar explícitamente) que estas personas no son lo suficientemente inteligentes o lo suficientemente disciplinadas como para tomar buenas decisiones, cuando el verdadero culpable no es el individuo sino el entorno en el que están incrustados. Como ejemplo del contraste, más adelante en el libro, el autor señala: “Mientras que los pobres son reprendidos por los estilos de vida poco saludables, los ricos son aplaudidos por la cumbre del Everest, una empresa con una tasa de mortalidad del 6,5 por ciento …” (p. 168)
Capítulo. 7, titulado “La guerra entre el conflicto y la armonía” parecía establecer una opción obviamente falsa, en lugar de reconocer que vivimos en un mundo muy complejo que nos obliga a adoptar un enfoque de “ambos / y” en lugar de un “o / o ”Enfoque. También pensé que los ataques del autor a la teoría de sistemas estaban equivocados y no estaban bien justificados, aunque podría ser porque soy un gran fanático de la teoría de sistemas. Hay ideas importantes en este capítulo, pero me temo que están menoscabadas (al menos para mí) por la crítica de adoptar un enfoque de sistemas y también por la inclusión de lo que se sintió como una tangente muy extraña en la menstruación.
Capítulo. 8, “Traición celular”, vuelve a lo que pensé que era una idea central para el libro: el hecho de que las células con las que contamos para mantenernos sanos nos pueden volver muy graves. Capítulo. 9 (“pequeñas mentes”), sin embargo, se adentra en preguntas filosóficas sobre si estas células piensan en lo que están haciendo o no. Francamente, no me importa si las células piensan: mi objetivo no es culpar a las pequeñas células por ser intencionalmente intencional para mí; Solo quiero entender lo que está pasando a un nivel más práctico.
“Envejecimiento exitoso” (Capítulo. 10) vuelve a mi idea del tema central, antes de que el libro concluya volviendo a la filosofía nuevamente en los Capítulos 11 y 12 (“La invención del Ser” y “Matando al Ser, regocijándose en un mundo vivo ”).
En resumen, me alegro de haber leído el libro, pero también me alegro de haberlo obtenido de un amigo porque no me veo volviendo a consultarlo regularmente. Y a pesar de mi deseo de que el libro hubiera estado más enfocado, en realidad sentí que muchos de los temas que consideré tangenciales eran muy interesantes y en los que valía la pena pensar. Simplemente hubiera preferido leer sobre ellos en un libro separado.

Todas las pruebas y cribados innecesarios se hacen porque los médicos las mandan, pero dentro de la profesión hay una creciente rebelión. El sobrediagnóstico empieza a verse como un problema de salud pública y en ocasiones se alude a él como “epidemia”.
Con la edad, el análisis coste-beneficio cambia. Por un lado, la atención sanitaria se vuelve más asequible, al menos para los estadounidenses, que a los sesenta y cinco años tienen derecho a Medicare.
¿Cómo van a ganar dinero un médico o un hospital o una compañía farmacéutica con pacientes que están, en términos generales, sanos? Pues sometiéndolos a pruebas y exámenes que, en cantidades suficientes, terminarán por detectar que algo va mal o al menos hay que vigilarlo.
Pero el sistema médico con afán de lucro no es el único responsable del sobretratamiento y el sobrediagnóstico. Los consumidores individuales, es decir, los pacientes tanto antiguos como potenciales pueden exigir las pruebas e incluso amenazar con una demanda por malas prácticas si consideran que se les están negando. En las últimas dos décadas han surgido grupos de “defensa del paciente” dedicados a “convertir en marca” docenas de enfermedades y publicitar la necesidad de pruebas para su tratamiento. Muchos cuentan con portavoces famosos –Katie Couric para el cáncer colorrectal, Rudy Giuliani para el de próstata– y cada uno tiene un lazo de un color distintivo: rosa para el cáncer de mama, morado para el testicular, negro para el melanoma, el dibujo de un puzle para el autismo, etcétera, así como días especiales para hacer publicidad intensiva y presión política. El objetivo de todas estas acciones es “concienciar”, es decir, lograr que la gente quiera someterse a pruebas para detectar cáncer de mama y colon.
El cáncer de tiroides es especialmente vulnerable al sobrediagnóstico. Cuando se introdujeron técnicas de diagnóstico por imagen más potentes, los médicos empezaron a detectar bultos minúsculos en el cuello de pacientes y a extirparlos en el quirófano, estuviera la cirugía justificada o no. Se calcula que entre el 70 y el 80% de cirugías por cáncer tiroideo practicadas a mujeres estadounidenses, francesas e italianas en la primera década del siglo XXI se juzgarían innecesarias hoy.

Los occidentales necesitan los formulismos de la Ciencia con mayúsculas: máquinas de diagnóstico por imagen, centrifugadoras y habitaciones estériles o al menos desnudas. Pero, hasta donde yo sé, nadie ha puesto en duda esta tesis. ¿Ayudaría añadir flores, música relajante y caras amables a la interacción tradicional con el médico? Y si el verdadero propósito del ritual médico es mostrar apoyo social al paciente, estoy segura de que podríamos hacerlo de maneras que sean menos grotescamente caras, así como menos angustiosas y degradantes.
El cribado para detección del cáncer presenta un problema inherente: se ha basado en la suposición de que un tumor es como una criatura viva, que pasa de pequeña a grande y, al mismo tiempo, de benigna a maligna. De ahí el énfasis en asignar “estadios” a los tumores, de cero a cuatro, en función de su tamaño y de si existen indicios de metástasis en el cuerpo. Resulta, sin embargo, que el tamaño no es un indicador fiable del nivel de amenaza. Un tumor pequeño puede ser muy agresivo, lo mismo que uno grande puede ser “indolente”, lo que quiere decir que hay muchas personas tratadas por tumores que quizá nunca hubieran llegado a suponer un problema. Un estudio reciente descubrió que casi la mitad de hombres de más de sesenta y seis años tratados de cáncer de próstata tienen escasas probabilidades de vivir lo bastante para desarrollar la enfermedad. Sí vivirán lo suficiente, en cambio, para sufrir las consecuencias adversas de su tratamiento.
Existen argumentos en contra de un apoyo excesivo en las pruebas estadísticas. Se dice, por ejemplo, que puede enmascarar el conjunto de problemas únicos de un paciente. Tal y como lo expresa el popular médico y escritor Jerome Groopman: “Las estadísticas no pueden sustituir al hecho de tener un ser humano delante. Las estadísticas representan promedios, no individuos”. Otro argumento que se esgrime con frecuencia en contra de la medicina basada en la evidencia es que puede convertirse en un arma de las aseguradoras para limitar el reembolso por cuidados médicos. Siempre es mejor pasarse que no llegar, insisten los liberales de la medicina, en lugar de promover una austeridad potencialmente peligrosa. Así que existen argumentos razonables contra la adopción acrítica de una medicina basada en la evidencia. Pero la noción de que socava una interacción que “trasciende la mera idea de curación” no es uno de ellos.

La idea de que cada uno de nosotros es responsable de su salud es quizá más significativa por lo que deja fuera: no solo factores ambientales y socioeconómicos, sino trabajadores sanitarios de toda clase y condición que no estaban en absoluto preparados para la revolución del fitness.
Además, la ideología de autosuperación y responsabilidad personal que subyace en la moda del fitness tiende a hacer irrelevantes a los médicos.
Una de las vías para la profesión médica de mantener su control en un mundo donde se imponía cada vez más el hazlo tú mismo en lo que la salud se refiere era convertir la consulta en una suerte de estación más del “viaje a la forma física” del paciente, un lugar donde revisarse de forma periódica la presión sanguínea, los niveles de colesterol y otros marcadores de forma física. Y durante años, en las décadas de 1980 y 1990, los devotos del fitness aceptaron de buen grado esta opción, cuidando sus hábitos de alimentación y de ejercicio físico, e informando a su médico periódicamente.
En cualquier caso, la cultura del fitness se ha vuelto más combativa que cuando empecé a participar de ella. Ya no basta con “seguir una buena tabla de ejercicios” tal y como aconseja cada día la recepcionista de mi gimnasio; hay que “darlo todo”. La salud y la fortaleza física son objetivos sosos comparados con el nuevo lema de “fuerza explosiva”.
En la última década, de hecho, ha surgido un nuevo motivo de alarma. La mente no solo es susceptible de que la manipulen trastornos emocionales tradicionales como la depresión, sino que sus poderes cognitivos fundamentales parecen estar menguando. Profesores, padres y psicólogos han detectado un marcado descenso en la capacidad de prestar atención tanto en niños como en adultos.
El TDA y el TDAH son ahora mismo los dos diagnósticos pediátricos más comunes después del asma, en parte por razones que no tienen nada que ver con la epidemiología. Durante la primera década del siglo XXI, las compañías farmacéuticas empezaron a comercializar estimulantes como Aderall y Ritalin como tratamientos para el TDA y el TDAH, a menudo abordando a padres e incluso a niños directamente.
El mindfulness no se hizo público como “movimiento” hasta la segunda década del siglo XXI, cuando Soren Gordhament, exprofesor de meditación de jóvenes vulnerables y durante un tiempo asistente personal del principal budista de Hollywood, Richard Gere, se encontró arruinado, divorciado y con un grave problema de adicción a Twitter. Tenía que hacer algo para contrarrestar la adicción a los dispositivos electrónicos, y tenía que ser algo que no hiciera sentirse amenazados a los multimillonarios que los habían introducido en nuestras vidas. Hoy el mindfulness, en su versión refinada y laica, se ha extendido mucho más allá de Silicon Valley y su industria principal hasta convertirse en un rasgo machaconamente ubicuo del paisaje verbal, como lo fue en su momento “pensamiento positivo”. Mientras que la versión anterior y más exigente del budismo atrajo a escasas celebridades aparte de Richard Gere, el mindfulness tiene todo un ejército de practicantes famosos: Arianna Huffington, Gwyneth Paltrow y Anderson Cooper, entre ellos. Debutó en Davos en 2013 ante una gran multitud, y se han celebrado congresos Wisdom 2.0 en Nueva York y Dublín, así como San Francisco.
La “neuroplasticidad” es un término que suena de lo más científico, pero en realidad es una propiedad innata del tejido neuronal, que persiste hagamos o no un esfuerzo consciente por reprogramar nuestro cerebro. Todo lo que experimentamos de manera subjetiva, cada pensamiento y emoción, produce por lo menos cambios fisiológicos pasajeros en el cerebro. Un episodio traumático o una adicción pueden conducir a cambios duraderos; incluso acontecimientos fugaces pueden dejar un rastro químico en el cerebro que experimentamos en forma de recuerdos. De hecho, “plasticidad” es una pálida descripción de la transformación constante e interminable que experimenta el tejido neuronal. Las neuronas entran en contacto unas con otras mediante unas protuberancias membranosas diminutas llamadas “espinas dendríticas”, que pueden formarse o desaparecer en cuestión de minutos o segundos.
Así pues, la ciencia no es lo que legitima la práctica del mindfulness. Lo único que la ciencia ha aportado es la idea de neuroplasticidad, que se transformó en la metáfora del cerebro como músculo, que a su vez dio lugar a la metáfora del mindfulness como forma de entrenamiento. La mente puede controlarse en igual medida que el cuerpo, mediante el ejercicio disciplinado, a ser posible en un espacio concreto, como la sala de meditación de una empresa que, sugiere Tan, debe verse como algo tan normal como el gimnasio de una compañía.
Claro que hay aquí un pequeño misterio metafísico: ¿Quién manda? En el caso de la forma física, la dualidad reside solo entre el cuerpo, que se consideraba inerte, y la mente, imaginada como una esencia inmaterial, el emplazamiento del “yo” o del “nosotros”.

Muchas de las personas que se entregaron a la “fiebre” de la vida saludable de finales del siglo XX, personas que hacían ejercicio, que cuidaban su alimentación, se abstenían de fumar y de beber en exceso, se han muerto a pesar de todo.
No hay, por supuesto, una teoría unificadora, ni por supuesto una fuente cultural que cimente el batiburrillo de prácticas e intervenciones que se ofrecen en nombre del wellness. Pero si leemos suficientes textos publicitarios, termina por surgir un denominador común cuyos términos clave son “armonía”, “plenitud” y “equilibrio”. De haber aquí una filosofía, sería el holismo, origen del tan usado adjetivo “holístico”. Todo, el cuerpo, la mente y el espíritu, la alimentación y la actitud, está conectado y debe alinearse en pro de la eficacia máxima, ya sea para alcanzar “poder” y “renovación personal” o solo perder unos kilos. El conflicto puede ser algo endémico a la humanidad, con sus marcadas desigualdades, pero dentro del individuo debe abolirse. ¿Con que fin? Sentirse bien, por supuesto, que es lo mismo que sentirse poderoso. Expresado en términos más mecanicistas, el wellness es la manera de convertirse en una máquina autocorrectora cada vez más perfecta, capaz de fijarse objetivos y de avanzar hacia ellos con tranquila determinación.
Las técnicas de bienestar patrocinadas por famosos carecen de base científica, aunque no excluyo que existan estudios aleatorios a gran escala y de doble ciego sobre, digamos, los efectos saludables de consumir polvo de perla de los que yo no tengo noticia. Pero hay otras técnicas de bienestar igualmente pasivas y sin azúcares añadidos que afirman tener mayor base científica, como la “tactoterapia”.
En el siglo XX la ciencia médica empezó a pensar en el envejecimiento como enfermedad y no como una etapa normal del ciclo de la vida. Las mujeres estaban acostumbradas a vivir “medicalizadas” desde la pubertad a la menopausia, con los embarazos y el parto como episodios agudos que requerían supervisión intensiva y, a menudo, intervención médica. Pero puesto que envejecer no tenía cura, a las personas mayores se las dejaba que se cuidaran solas, algo que en otro tiempo solían hacer recurriendo a tónicos y elixires ricos en alcohol y cocaína que es posible que resultaran, al menos a corto plazo, muy efectivos. Hasta las décadas de 1960 y 1970 no se propuso, por parte de un investigador, una teoría del envejecimiento a nivel subcelular que, en el marco de la biología reduccionista que imperaba entonces, era el único nivel considerado interesante. Se trataba de la “teoría de los telómeros”: cada vez que una célula se divide, los extremos de sus cromosomas (los telómeros) se acortan, hasta que llega un momento en que la división se vuelve imposible.
La teoría presenta algunos problemas: hay muchos tipos de células, como las cardiacas y las neuronales, que no se reproducen o lo hacen solo de manera infrecuente y, sin embargo, envejecen. Pero también encerraba una tentadora oportunidad comercial en forma de fármacos que podrían alargar y fortalecer los telómeros, aunque su promesa no se haya cumplido aún. Se han identificado muchos otros agentes químicos que intervienen en el envejecimiento, cada uno con su panacea correspondiente.

En cierta manera, el ego o el yo supone un gran logro. Desde luego es difícil imaginar la historia de la humanidad sin este motor interno de conquista y descubrimiento. El yo nos mantiene alerta y atentos a posibles amenazas; la vanidad ayuda a impulsar algunos de nuestros mejores logros. Sobre todo en una cultura capitalista tan competitiva, ¿cómo podría nadie sobrevivir sin un ego bien engrasado y con gran capacidad de reacción?.
Lo mismo puede decirse del sistema inmune. Nos salva una y otra vez de microbios depredadores, pero también nos puede traicionar, con consecuencias mortales. El filósofo e inmunólogo Alfred Tauber escribió sobre el yo como metáfora del sistema inmune, pero es posible darle la vuelta y decir que el sistema inmune es una metáfora del yo. Su función evidente es defender el organismo, pero se trata de una defensa potencialmente traidora, como la guardia pretoriana que vuelve sus espadas contra el emperador. Así como el sistema inmune puede desencadenar las inflamaciones que terminan por matarnos, el yo puede atacar una cicatriz psíquica (por lo común un sentimiento de derrota o de abandono) hasta que aparece una enfermedad detectable, como un desorden obsesivo compulsivo, una depresión o una ansiedad incapacitante.
Para aquellos de nosotros, lo que seguramente equivale a decir la mayoría, que, con o sin drogas, con o sin religión, han atisbado este universo animado, la muerte no es un aterrador salto al abismo, sino algo más parecido a un abrazo a la vida que continúa.

“Natural causes” isn’t at the level of other books but contains reflections and interesting personal visions about the wellness business. The book is very well documented and full of current references.

It was intriguing, if not wholly satisfying. My biggest issue with it was that the author devoted a lot of space to ideas that I felt were really tangential to what was being promised by the title and subtitle of the book.
What I was thinking/hoping the book would focus on was:
“The truly sinister possibility is that for many of us, all the little measures we take to remain fit – all the deprivations and exertions – will only lead to a longer chance to live with crippling and humiliating disabilities.” (p. 168)
Unfortunately, the book quickly veers off to talk about how women are humiliated by the medical establishment (Ch.2). These were mostly new ideas for me and I think they are worthy of further exploration, but that is not what I wanted to read about in “Natural Causes.”
Chapter 3, which explains that medicine is not really as scientific as we might have been led to believe (not a surprise to me) is a bit more on point, but also wanders into topics such as the “theatrical trappings” of medicine that tended to distract from my core questions – Am I really killing myself to live longer? And if so, what should I stop doing?
Ch. 4 starts to get back to issues things we do to try live longer, healthier lives (e.g., jogging, gym going). A foray into the background of how these types of behaviors began to be built in to corporate expectations to keep down healthcare costs, helped provide context, so that didn’t seem too distracting
Ch. 5 on the “Madness of Mindfulness” struck a nerve with me, because I am inclined toward some of those practices and also have a lot of respect for some of the researchers who have written about it (It is important to note that these researchers are not necessarily the same people who have popularized the idea of “mindfulness.”) Because of my own biases, I found it hard to stay focused on the points being made in this chapter.
It was Ch. 6, however, on “Death in Social Context” that really caused me to step back and recognize just how “thoughtless” some of my ideas were. The chapter raised some good points about the fact that even if we do all the “right things” (whatever those things may happen to be at the moment), there is still a chance that we will die younger than we might have expected. That wasn’t a surprise to me. What I found most thought provoking was the connection that the author made between how we denigrate poor, working class people for their choices without fully understanding those choices. In talking about smoking, which I abhor, she included this quote, which continues to haunt me:
“I smoke. It’s expensive. It’s also the best option. You see, I am always, always exhausted. It’s a stimulant. When I am too tired to walk one more step, I can smoke and go for another hour. When I am enraged an beaten down and incapable of accomplishing one more ting, I an smoke and I feel a little better, for just a minute. It is the only relaxation I am allowed.”
The author comes back to this issue of how a great deal of what is promoted as being necessary to live a healthy life is actually unavailable to a majority of the population because they do not have the resources to pursue those strategies. Even worse, we tend to malign people, especially those who are poor or working class, for the choices they make. Often we go so far as to imply (or even state explicitly) that these people aren’t smart enough or well disciplined enough to make good choices, when the real culprit not the individual but the environment in which they are embedded. As an example of the contrast, later in the book the author notes: “While the poor are chided for unhealthy lifestyles, the rich are applauded for summiting Everest, an enterprise with a 6.5 percent mortality rate …” (p. 168)
Ch. 7, entitled “The War between Conflict and Harmony” seemed to set up an obviously false choice, rather than recognizing that we live in a very complex world that requires us to take a “both/and” approach rather than an “either/or” approach. I also thought that the author’s attacks on systems theory were misguided and not well justified, although this could be because I am a big fan of systems theory. There are important ideas in this chapter, but I’m afraid that they are undermined (at least for me) by the criticism of taking a systems approach and also by the inclusion of what felt was a very odd tangent on menstruation.
Ch. 8, “Cellular Treason,” gets back to what I thought of as a core idea for the book – the fact that the very cells we count on to keep us healthy can turn on us and make us very, very ill. Ch. 9 (“Tiny Minds”), however, wanders into philosophical questions about whether these cells think about what they are doing or not. Frankly, I do not care if cells think — my goal is not to blame the little cells for being intentionally mean to me; I just want to understand what is going on at a more practical level.
“Successful Aging,” (Ch. 10) comes back to my idea of the core theme, before the book concludes by wandering back into philosophy again in Chapters 11 and 12 (“The Invention of the Self” and “Killing the Self, Rejoicing in a Living World”).
In sum, I am glad that I read the book, but am also glad that I got it from a friend because I don’t’ see myself returning to reference it on a regular basis. And despite my wish that the book had been more focused, I actually felt that many of the topics that I saw as tangential were very interesting and worth thinking about in their own right. I just would have preferred to read about them in a separate book.

All the unnecessary tests and screenings are done because the doctors send them, but within the profession there is a growing rebellion. Overdiagnosis begins to be seen as a public health problem and is sometimes referred to as an “epidemic”.
With age, the cost-benefit analysis changes. On the one hand, health care becomes more affordable, at least for Americans, who at sixty-five are entitled to Medicare.
How will a doctor or a hospital or a pharmaceutical company make money with patients who are, in general terms, healthy? Well, submitting them to tests and exams that, in sufficient quantities, will eventually detect that something is going wrong or at least have to be watched.
But the medical system with profit motive is not the only one responsible for overtreatment and overdiagnosis. Individual consumers, that is, old and potential patients, can demand tests and even threaten a lawsuit for malpractice if they feel they are being denied. In the last two decades, “patient advocacy” groups have emerged, dedicated to “turning into a brand” dozens of diseases and publicizing the need for tests for their treatment. Many have famous spokespeople – Katie Couric for colorectal cancer, Rudy Giuliani for prostate cancer – and each has a distinctive color tie: pink for breast cancer, purple for the testicular, black for melanoma, drawing of a puzzle for autism, etc., as well as special days for intensive advertising and political pressure. The objective of all these actions is to “raise awareness”, that is, to get people to undergo tests to detect breast and colon cancer.
Thyroid cancer is especially vulnerable to overdiagnosis. When more powerful imaging techniques were introduced, doctors began to detect tiny lumps in the patients’ necks and to remove them in the operating room, whether the surgery was justified or not. It is estimated that between 70 and 80% of surgeries for thyroid cancer performed on American, French and Italian women in the first decade of the 21st century would be deemed unnecessary today.

Westerners need the formulations of Science in capital letters: diagnostic imaging machines, centrifuges and rooms that are sterile or at least bare. But, as far as I know, nobody has questioned this thesis. Would it help to add flowers, relaxing music and friendly faces to the traditional interaction with the doctor? And if the true purpose of medical ritual is to show social support to the patient, I’m sure we could do it in ways that are less grotesquely expensive, less agonizing and degrading.
Screening for cancer presents an inherent problem: it has been based on the assumption that a tumor is like a living creature, passing from small to large and, at the same time, from benign to malignant. Hence the emphasis on assigning “stages” to tumors, from zero to four, depending on their size and if there are signs of metastasis in the body. It turns out, however, that size is not a reliable indicator of the level of threat. A small tumor can be very aggressive, just as a large one can be “indolent”, which means that there are many people treated for tumors that may never have been a problem. A recent study found that almost half of men over the age of sixty-six treated for prostate cancer are unlikely to live long enough to develop the disease. Yes, they will live long enough, on the other hand, to suffer the adverse consequences of their treatment.
There are arguments against excessive support in statistical tests. It is said, for example, that it can mask the set of unique problems of a patient. As the popular doctor and writer Jerome Groopman puts it: “Statistics can not replace the fact of having a human being in front of you. The statistics represent averages, not individuals. ” Another argument often put forward against evidence-based medicine is that it can become a weapon for insurers to limit reimbursement for medical care. It is always better to pass than not to arrive, insist the liberals of medicine, instead of promoting a potentially dangerous austerity. So there are reasonable arguments against the uncritical adoption of an evidence-based medicine. But the notion that it undermines an interaction that “transcends the mere idea of ​​cure” is not one of them.

The idea that each of us is responsible for their health is perhaps more significant for what is left out: not only environmental and socioeconomic factors, but health workers of all kinds and conditions who were not at all prepared for the fitness revolution.
In addition, the ideology of self-improvement and personal responsibility that underlies fitness fashion tends to make doctors irrelevant.
One of the ways for the medical profession to maintain its control in a world where it was increasingly imposed the do it yourself in what health concerns was to turn the query into a kind of station more than the “journey to physical form” of the patient, a place to periodically check blood pressure, cholesterol levels and other physical fitness markers. And for years, in the 1980s and 1990s, fitness devotees willingly accepted this option, taking care of their eating habits and physical exercise, and informing their doctor periodically.
In any case, the fitness culture has become more combative than when I started participating in it. It is no longer enough to “follow a good table of exercises” as advised by the receptionist of my gym every day; you have to “give everything”. Health and physical strength are bland objectives compared to the new motto of “explosive force”.
In the last decade, in fact, a new cause for alarm has emerged. The mind is not only susceptible to being manipulated by traditional emotional disorders such as depression, but its fundamental cognitive powers seem to be waning. Teachers, parents and psychologists have detected a marked decline in the ability to pay attention in both children and adults.
ADD and ADHD are now the two most common pediatric diagnoses after asthma, partly for reasons that have nothing to do with epidemiology. During the first decade of the 21st century, pharmaceutical companies began to market stimulants such as Aderall and Ritalin as treatments for ADD and ADHD, often addressing parents and even children directly.
Mindfulness was not made public as a “movement” until the second decade of the 21st century, when Soren Gordhament, a former meditation teacher of vulnerable young people and for a time personal assistant to the leading Buddhist of Hollywood, Richard Gere, found himself ruined, divorced and with a serious problem of addiction to Twitter. I had to do something to counteract the addiction to electronic devices, and it had to be something that did not make the billionaires who had introduced them into our lives feel threatened. Today, mindfulness, in its refined and secular version, has extended far beyond Silicon Valley and its main industry to become a staunchly ubiquitous feature of the verbal landscape, as it once was “positive thinking.” While the earlier and more demanding version of Buddhism attracted few celebrities other than Richard Gere, mindfulness has an army of famous practitioners: Arianna Huffington, Gwyneth Paltrow and Anderson Cooper, among them. He debuted in Davos in 2013 in front of a large crowd, and Wisdom 2.0 congresses were held in New York and Dublin, as well as San Francisco.
“Neuroplasticity” is a term that sounds most scientific, but in reality it is an innate property of neural tissue, which persists whether or not we make a conscious effort to reprogram our brain. Everything we experience in a subjective way, every thought and emotion, produces at least physiological changes in the brain. A traumatic episode or an addiction can lead to lasting changes; even fleeting events can leave a chemical trace in the brain that we experience in the form of memories. In fact, “plasticity” is a pale description of the constant and endless transformation that neuronal tissue undergoes. The neurons come into contact with each other through tiny membranous protuberances called “dendritic spines,” which can form or disappear in a matter of minutes or seconds.
So, science is not what legitimizes the practice of mindfulness. The only thing that science has contributed is the idea of ​​neuroplasticity, which became the metaphor of the brain as a muscle, which in turn gave rise to the metaphor of mindfulness as a form of training. The mind can be controlled to the same extent as the body, through disciplined exercise, if possible in a particular space, such as the meditation room of a company that, Tan suggests, should be seen as something as normal as a company gym.
Of course there is a little metaphysical mystery here: Who is in charge? In the case of physical form, duality resides only between the body, which was considered inert, and the mind, imagined as an immaterial essence, the location of the “I” or “we”.

Many of the people who gave themselves to the “fever” of healthy life in the late twentieth century, people who exercised, who cared for their food, refrained from smoking and drinking excessively, have died despite everything.
There is, of course, no unifying theory, nor, of course, a cultural source that builds the hodgepodge of practices and interventions offered in the name of wellness. But if we read enough advertising texts, a common denominator ends up emerging whose key terms are “harmony”, “fullness” and “balance”. If there is a philosophy here, it would be holism, the origin of the so-called “holistic” adjective. Everything, the body, the mind and the spirit, the food and the attitude, is connected and must be aligned in favor of maximum efficiency, either to achieve “power” and “personal renewal” or just lose a few kilos. The conflict can be something endemic to humanity, with its marked inequalities, but within the individual it must be abolished. With what purpose? Feel good, of course, which is the same as feeling powerful. Expressed in more mechanistic terms, wellness is the way to become an increasingly perfect self-correcting machine, capable of setting goals and moving towards them with calm determination.
Wellness techniques sponsored by celebrities lack a scientific basis, although I do not exclude the existence of randomized, large-scale, double-blind studies on, say, the healthy effects of consuming pearl powder of which I am not aware. But there are other equally passive welfare techniques with no added sugars that claim to have a greater scientific basis, such as “tactotherapy”.
In the twentieth century medical science began to think of aging as a disease and not as a normal stage of the life cycle. Women were accustomed to living “medicalized” from puberty to menopause, with pregnancies and childbirth as acute episodes that required intensive supervision and, often, medical intervention. But since growing old had no cure, older people were left to take care of themselves, something they once used to do by using tonics and elixirs rich in alcohol and cocaine that may have been, at least in the short term, very effective. Until the 1960s and 1970s, a theory of aging at the subcellular level was not proposed by a researcher, which, in the framework of the reductionist biology that prevailed at that time, was the only level considered interesting. It was the “telomere theory”: every time a cell divides, the ends of its chromosomes (the telomeres) become shorter, until there comes a time when division becomes impossible.
The theory presents some problems: there are many types of cells, such as cardiac and neuronal, that do not reproduce or do so only infrequently and, however, age. But it also contained a tempting commercial opportunity in the form of drugs that could lengthen and strengthen the telomeres, although their promise has not yet been fulfilled. Many other chemical agents that intervene in aging have been identified, each with its corresponding panacea.

In a way, the ego or the ego is a great achievement. Of course it is difficult to imagine the history of humanity without this internal engine of conquest and discovery. The self keeps us alert and alert to possible threats; vanity helps to boost some of our best achievements. Especially in such a competitive capitalist culture, how could anyone survive without a well-oiled and highly responsive ego?
The same can be said of the immune system. It saves us again and again from predatory microbes, but it can also betray us, with deadly consequences. Philosopher and immunologist Alfred Tauber wrote about the self as a metaphor for the immune system, but it is possible to turn it around and say that the immune system is a metaphor for the self. Its obvious function is to defend the organism, but it is a potentially treacherous defense, like the praetorian guard that turns its swords against the emperor. Just as the immune system can trigger the inflammations that end up killing us, the ego can attack a psychic scar (usually a feeling of defeat or abandonment) until a detectable disease appears, such as an obsessive-compulsive disorder, depression or incapacitating anxiety.
For those of us, which surely means to say the majority, who, with or without drugs, with or without religion, have peered into this animated universe, death is not a scary leap into the abyss, but something more like a hug to the life that continues.

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