Falkland – Malvinas. Panfleto Contra La Guerra — Samuel Johnson / Thoughts On the Late Transactions Respecting Falkland’s Islands by Samuel Johnson

Interesante obra. Situemos la época del panfleto, la de este arranca a finales de 1769 en la pequeña Isla Trinidad (o Saunders), al norte del archipiélago. En la costa sureste de la isla había por entonces un asentamiento militar, llamado Puerto Egmont. En 1763 había terminado la guerra de los Siete Años. Los Mares del Sur entraron entonces, de manera silenciosa pero irresistible, en el foco de interés de las potencias europeas. Francia e Inglaterra, sin puertos propios donde abastecer sus navíos durante la travesía transatlántica hacia Oriente, proyectaron pues hacerse de una plaza. Marinos suyos y de otras naciones habían trashumado aquellos mares durante más de un siglo, pero los únicos que tenían la seguridad de un puerto permanente más o menos al alcance de los barcos de la época eran los españoles y los portugueses.
De aquellos dos países el primero en establecerse en las islas fue Francia, con la fundación de Port Louis en el extremo noreste del archipiélago y la creación, a instancias de Louis Antoine de Bougainville, de una auténtica colonia, un establecimiento pensado para poblar. Dos años más tarde llegaron los ingleses, aunque tan solo al año siguiente, en 1766, se instalaron, y no con una colonia sino con un mero destacamento. Sentaron sus reales en Puerto Egmont, ubicado ante una gran bahía en un sitio que los franceses habían denominado Port de la Croisade. Así pues, España fue la última nación en establecerse en las islas. Su gobierno, preocupado por la escalada, determinó negociar con Francia el desmantelamiento de la colonia de Bougainville, disponer en su lugar una guarnición con su gobernador y mudar el nombre de Louis por el de Felipe (aunque con el tiempo llegaría a primar el de Soledad). Así se hizo, no sin que además se advirtiese al gobernador de la capitanía de Buenos Aires, Francisco Bucarelli, que estuviera ojo avizor.

Es innegable que asimismo del lado inglés hubo clamor de guerra, pero no en el gobierno, que prefería la paz, sino en la oposición, precisamente en su parte más radical. En 1770, año del conflicto, las riendas del gobierno caían en manos del joven North, conde de Guilford. North era un miembro del partido tory, aunque esta vieja etiqueta ya por aquel entonces significaba poco y nada. De hecho, era el último de una turbulenta serie de ministros que se venían debatiendo.
North resistió el embate interno. Y las negociaciones con la diplomacia española, llevadas en secreto por él y su encargado de los asuntos del sur, el conde de Rochford, pusieron fin al conflicto externo sin que la sangre llegara al río, o mejor dicho al mar. Era el mes de enero de 1771; el tratado acordaba devolver Puerto Egmont a los ingleses sin que ello afectara la cuestión de la soberanía. La salvedad acabó sin embargo por desalar la virulencia de la oposición británica, quien interpretó que te cláusula de no innovar favorecía a España, reconocida soberana de esos mares…
El primer y en cierto sentido casi único libro riguroso sobre la prehistoria de las islas (lo sucedido antes de 1833, año en que las Malvinas pasaron definitivamente a manos inglesas), tiene ya más de cien años y fue redactado en francés: Les Îles Malouines. Nouvel exposé d’un vieux litige, de Paul Groussac, si el libro fundamental sobre la prehistoria del conflicto por la posesión de las islas fue escrito en francés, el segundo y casi definitivo fue escrito en inglés. Su autor es norteamericano, Julius Goebel, lo que no le impide ser un campeón de la tesis argentina. The Struggle for the Falkland Islands. A Study in Legal and Diplomatic History fue publicado en Estados Unidos el año 1927.
Otra circunstancia curiosa es que durante la guerra entre la Argentina de los militares y la Inglaterra de Thatcher, muchos periodistas y estudiosos de diversas partes del mundo se sirvieron del panfleto de Johnson, ya sea para informarse de los antecedentes del conflicto o para inspirar en él sus reflexiones. En Inglaterra se reeditó, siendo que entre las antologías de Johnson y sus Obras completas ya debía haber aparecido medio centenar de veces. Y ese mismo año, para dar otro ejemplo, fue traducido al italiano.
Johnson podría haber dicho que la alternativa es falsa en la medida en que los polos son intercambiables; tan superficial resulta muchas veces nuestro juicio. O aún: que en una guerra —y dejando aparte a los que medran con ella— solamente hay vencidos.

Ante el éxito de los marinos españoles, tan solo los ingleses se sintieron animados a indagar si algo quedaba que pudiera valer la aventura o incitar a la apropiación. Despacharon a Gaboto hacia el norte, pero en el norte no había oro ni plata. Las mejores regiones ya ocupadas, no cejaron sin embargo en sus trabajos y conservaron la fe. Fueron la segunda nación que arrostró la vastedad del océano Pacífico y los segundos circunnavegantes del globo.
A causa de la guerra entre Isabel y Felipe las riquezas de América se convirtieron en un trofeo legítimo; aquellos, pues, que temían el peligro menos que la pobreza, imaginaron que la fortuna sería fácil de alcanzar despojando a los españoles. Nada es imposible cuando la honra y el provecho asocian su autoridad; el espíritu y el vigor de aquellas expediciones ensancharon nuestro panorama del Nuevo Mundo y nos hicieron conocer por vez primera sus costas más lejanas.
En el fatídico viaje de Cavendish (1592), el capitán Davis, que había sido enviado para asociársele y después se separó de él o lo abandonó, fue arrastrado por la violencia de los elementos hacia el estrecho de Magallanes, las tierras hoy llamadas Islas Falkland; pero no fue capaz, en la urgencia, de hacer ninguna observación y las dejó, tal como las encontró, sin nombre.
No mucho tiempo después (1594), estando sir Richard Hawkins en los mismos mares y con idénticos designios, volvió a divisar esas islas —si es que eran, en realidad, las mismas islas—, y en honor de su ama y señora las denominó Hawkins’s Maiden Land.
Este viaje careció del eco necesario para que el nuevo nombre obtuviera una acogida general, porque cuando los holandeses, ahora lo bastante fuertes no solo para defenderse a sí mismos sino también para atacar a sus superiores, enviaron a Verhagen y a Sebald de Weert al Mar del Sur (1598), esas islas, dadas por ignotas, recibieron el nombre de Islas Sebald y fueron señaladas, desde entonces, en los mapas; no obstante lo cual Frézier nos dice que todavía eran consideradas de existencia dudosa.
Es posible que su nombre inglés actual les fuera dado por Strong (1689), cuyo cuaderno de bitácora, aún inédito, se puede consultar en el Museo. Ese nombre fue adoptado por Halley, y es a partir de ese momento, creo, que se admite en nuestros mapas.
Durante el viaje de Anson produjo tal efecto sobre los hombres de Estado de aquel tiempo que (en 1748) se equiparon algunas corbetas a fin de recabar un conocimiento detallado de las islas Pepys y Falkland y de realizar nuevos hallazgos en el Mar del Sur. Si bien es probable que esta expedición fuera planeada para quedar en secreto, no pudo ser encubierta por mucho tiempo a Wall, el embajador español, quien se opuso con tanta vehemencia a ella, y con tanta energía sostuvo el derecho de los españoles al dominio exclusivo del Mar del Sur, que el ministro inglés abandonó parte de su plan original. Una vez que declinamos todo propósito de asentamiento, se hizo patente que no podíamos sostener la legitimidad de nuestra expedición con argumentos del mismo peso que las objeciones de Carvajal. Por lo cual el Ministerio desechó el plan en su totalidad, sin exigírsenos empero ninguna declaración que anulara nuestro derecho a proseguirlo más adelante.
Después de eso la isla Falkland fue olvidada o postergada, hasta que la dirección de los asuntos navales fue confiada al conde de Egmont, hombre de espíritu ferviente y vigoroso, de vasto saber y proyectos magníficos, pero con el juicio algo viciado por cierta excesiva complacencia en proyectos románticos y especulaciones quiméricas.
La sed de lord Egmont por la novedad lo decidió a emprender pesquisas sobre las Islas de Falkland y despachó al capitán Byron.

Cuando hubo guarnición estacionada en Puerto Egmont se hizo necesario saber qué alimentos se podían cultivar. Se preparó un huerto, pero las plantas que salieron se marchitaron antes de poder desarrollarse. Se sembraron algunas semillas de abeto, pero con ser este un árbol originario de climas duros, los jóvenes abetos que asomaron a la superficie del terreno murieron como hierbas raquíticas. El frío duró mucho tiempo y el océano rara vez estuvo en calma.
Al ganado le fue mejor que a las plantas. Las cabras, ovejas y cerdos que fueron llevados hasta allí, crecieron y se multiplicaron como en otras partes.
Nil mortalibus arduum est. No hay nada que el coraje humano no esté dispuesto a emprender y poco que la paciencia humana no soporte. La guarnición vivió en la Isla de Falkland, encogiéndose ante el viento y estremeciéndose frente a las olas.
Jamás aquella colonia habría podido ser independiente, ya que jamás habría sido capaz de bastarse a sí misma. Los suministros necesarios se despachaban en forma anual desde Inglaterra.

El Ministerio inglés solicitó todo lo que era razonable y consiguió todo lo que solicitó. Nuestro honor nacional sigue incólume y nuestro interés, si algún interés tenemos, está suficientemente resguardado. Nadie puede haber entre nosotros a quien esta transacción no le parezca felizmente concluida excepto aquellos que habiendo cifrado sus esperanzas en las calamidades públicas, acechaban como buitres a la espera de una jornada de matanza. Tras haber agotado todas las artes de la sedición doméstica, apurado la violencia y fatigado la falsedad, se regodeaban todavía en la ilusión de recibir alguna ayuda de la arrogancia o de la malicia de España; y cuando ya no fueron capaces de empujar a la gente a lamentarse de unas aflicciones que ni siquiera ellos sienten, aún tuvieron el consuelo de saber que auténticos males todavía eran posibles, siendo bien conocida aquella determinación que tienen de achacar todos los males a sus gobernantes.
Les pareció pues que con la reconciliación perdían la última áncora que les quedaba y la recibieron no solo con la zozobra del desengaño sino con la rabia de la desesperación.
Pero ahora nuestros enemigos han perdido toda esperanza, y nuestros amigos se han recobrado, quiero creer, de sus temores. Imaginarse que nuestro gobierno pueda ser subvertido por la chusma, a la que su misma tolerancia ha mimado hasta volverla descarada, es temer que una ciudad pueda ser anegada por el desborde de sus albañales. El desorden que la cobardía o la malicia interpretaron como corrupción de los órganos vitales o como descomposición de los nervios, parece al fin y al cabo no haber sido más que una phtiriasis política, dolencia demasiado repulsiva para recibir nombre más claro; antes producto de la negligencia que de la debilidad y más vergonzosa que dañina.
Entre los perturbadores de nuestra paz hay algunos animales de mayor bulto, con rugido tan potente que creímos que eran formidables, aunque ahora advertimos que sonido y fuerza no siempre van a la par.
Hemos ganado fuerza material gracias a la reconstrucción de nuestra flota; hemos demostrado a Europa que diez años de guerra todavía no nos han dejado exhaustos; y hemos reforzado nuestro asiento en una isla hacia la cual veinte años atrás ni siquiera nos aventurábamos a dirigir la mirada.
Estas gratificaciones son solo para espíritus honestos; pero ha llegado el momento en que la esperanza alcance a todos. Hasta los patriotas pueden extraer ventajas de la actual felicidad del pueblo. El ser inofensivo, aunque fuera por impotencia, confiere cierto grado de bondad; ningún hombre odia a un gusano tanto como a una víbora; alguna vez fueron temidos lo suficiente como para ser detestados como serpientes capaces de morder; ahora han demostrado que solo son capaces de silbar, y que pueden, pues, deslizarse de incógnito en sus cuevas y mudar de piel, sin ser molestados ni recordados.

I. Declaraciones diplomáticas

DECLARACIÓN DE ESPAÑA
Habiéndose Su Majestad Británica quejado de la violencia que había sido cometida el 10 de junio del año 1770, en la isla llamada por lo común Gran Malvina y por los ingleses Isla de Falkland, obligando por la fuerza al Comandante y a los súbditos de S. M. Británica a evacuar el Puerto llamado por ellos Egmont, procedimiento ofensivo del honor de Su Corona; el Príncipe Masserano, Embajador Extraordinario de Su Majestad Católica, ha recibido la orden de declarar, y declara, que S. M. Católica, considerando el amor por la paz y por el mantenimiento de la buena armonía con S. M. Británica del que ella está animada, y considerando que este acontecimiento podría interrumpirla, ha visto con desagrado esta expedición capaz de perturbarla, y persuadida como está de la reciprocidad de los sentimientos de S. M. Británica y de la distancia a que estará de autorizar algo que pueda perturbar el buen entendimiento entre las dos Cortes, S. M. C. desautoriza la susodicha empresa violenta y en consecuencia el Príncipe Masserano declara que S. M. C. se compromete a dar órdenes inmediatas de volver a poner las cosas, en la Gran Malvina, en el Puerto llamado Egmont, precisamente en el estado en que ellas se encontraban antes del 10 de junio de 1770, a cuyo efecto S. M. C. dará orden a uno de sus oficiales de devolver, al oficial autorizado por S. M. Británica, el Puerto y Fuerte llamado Egmont, con toda la artillería, las municiones de guerra y efectos de S. M. B. y de sus súbditos, que se encontraron allí el día señalado, conforme al inventario que se había hecho de ello.
El Príncipe Masserano declara a su vez en nombre de su superior el Rey, que el compromiso de Su mencionada Majestad Católica de restituir a S. M. Británica la posesión del Fuerte y el Puerto llamado Egmont, no puede ni debe de ningún modo afectar la cuestión del derecho anterior de soberanía de las islas Malvinas, por otro nombre de Falkland.
Dando fe de lo cual, yo, el susodicho Embajador Extraordinario, he firmado la presente Declaración con mi firma ordinaria y a esta he hecho colocar el sello de mis armas. En Londres, 22 de enero de 1771.
Firmado: Príncipe Masserano.

ACEPTACIÓN DE GRAN BRETAÑA
Habiendo Su Majestad Católica autorizado a S. E. el Príncipe Masserano, su Embajador Extraordinario, a ofrecer en nombre de S. M. al Rey de Gran Bretaña, al desposeerla del Fuerte y del Puerto de Puerto Egmont, y habiendo el dicho Embajador firmado hoy una Declaración, que acaba de entregar, expresando en ella que teniendo S. M. C. el deseo de restablecer la buena armonía y amistad que existía antes entre las dos Coronas, desautoriza la expedición contra Puerto Egmont, en la cual ha sido empleada la fuerza contra las posesiones, el Comandante y los súbditos de S. M. B. y se compromete también en que todas las cosas serán de inmediato colocadas nuevamente en la situación precisa en la que estaban antes del to de junio de 1770, y que S. M. C. dará órdenes en consecuencia, a uno de sus oficiales, de devolver al oficial autorizado por S. M. B., el Puerto y el Fuerte de Puerto Egmont, así como toda la artillería, las municiones y efectos de S. M. B. y de sus súbditos, según el inventario que se ha realizado de ello; y habiéndose además el dicho Embajador comprometido, en Nombre de S. M. C., en que el contenido de dicha Declaración será ejecutado por S. M. C. y que duplicados de las órdenes de Su dicha M. C. a sus oficiales serán puestas entre las manos de uno de los principales Secretarios de Estado de S. M. B. en el espacio de seis semanas, S. M. B., a fin de mostrar las mismas disposiciones amistosas de su parte, me ha autorizado a declarar que ella mirará dicha Declaración del Príncipe Masserano, con el cumplimiento íntegro de dicho compromiso por parte de S. M. C, como una satisfacción de la injuria hecha a la Corona de Gran Bretaña.
En fe de lo cual yo, el suscrito, uno de los principales Secretarios de Estado de S. M. B., he firmado la presente con mi firma ordinaria y a esta he hecho colocar el sello de mis armas.
Londres, 22 de enero de 1771.
Firmado: Rochford

Interesting work. Let’s place the pamphlet time, the one of this starts at the end of 1769 in the small Island Trinidad (or Saunders), to the north of the archipelago. At the southeast coast of the island there was then a military settlement, called Puerto Egmont. In 1763 the Seven Years War was over. The South Seas then entered, in a silent but irresistible way, into the focus of interest of the European powers. France and England, without their own ports where to supply their ships during the transatlantic voyage to the East, projected therefore a square. Sailors of his and other nations had transhumed those seas for more than a century, but the only ones who had the security of a permanent port more or less within reach of the ships of the time were the Spaniards and the Portuguese.
Of those two countries the first to settle on the islands was France, with the founding of Port Louis in the extreme northeast of the archipelago and the creation, at the behest of Louis Antoine de Bougainville, of an authentic colony, an establishment designed to populate. Two years later the English arrived, although only the following year, in 1766, they settled, and not with a colony but with a mere detachment. They sat their reals in Puerto Egmont, located before a large bay in a place that the French had called Port de la Croisade. So, Spain was the last nation to settle on the islands. His government, worried about the escalation, determined to negotiate with France the dismantling of the Bougainville colony, to have a garrison in place with its governor and to change the name of Louis for Felipe’s (although with time the Soledad would come to prevail ). This was done, not without the warning to the governor of the captaincy of Buenos Aires, Francisco Bucarelli, that he was watching.

It is undeniable that on the english side there was a clamor for war, but not in the government, which preferred peace, but in the opposition, precisely in its most radical part. In 1770, the year of the conflict, the reins of government fell into the hands of young North, Earl of Guilford. North was a member of the Tory party, although this old label back then meant little and nothing. In fact, it was the last of a turbulent series of ministers who had been debating.
North resisted the internal attack. And negotiations with Spanish diplomacy, carried out in secret by him and his charge of southern affairs, the Earl of Rochford, put an end to the external conflict without the blood reaching the river, or rather the sea. It was the month of January 1771; the treaty agreed to return Port Egmont to the English without affecting the question of sovereignty. The proviso ended however to discourage the virulence of the British opposition, who interpreted that the clause of not innovating favored Spain, recognized sovereign of those seas …
The first and in a sense almost unique rigorous book on the prehistory of the islands (what happened before 1833, the year in which the Malvinas passed definitely into English hands), is now more than one hundred years old and was written in French: Les Îles Malouines . Nouvel exposé d’un vieux litige, by Paul Groussac, if the fundamental book on the prehistory of the conflict for the possession of the islands was written in French, the second and almost definitive was written in English. Its author is American, Julius Goebel, which does not prevent him from being a champion of the Argentine thesis. The Struggle for the Falkland Islands. A Study in Legal and Diplomatic History was published in the United States in 1927.
Another curious circumstance is that during the war between Argentina of the military and Thatcher’s England, many journalists and scholars from different parts of the world used the pamphlet of Johnson, either to learn about the background of the conflict or to inspire him. your reflections In England it was reissued, being that between the anthologies of Johnson and his Complete Works he must have already appeared half a hundred times. And that same year, to give another example, it was translated into Italian.
Johnson could have said that the alternative is false insofar as the poles are interchangeable; so superficial is often our judgment. Or even that in a war-and leaving aside those who thrive with it-there are only losers.

In the face of the success of the Spanish sailors, only the English felt encouraged to inquire if anything remained that could be worth the adventure or incite appropriation. They dispatched Gaboto to the north, but in the north there was no gold or silver. The best regions already occupied, however, did not give up their work and kept the faith. They were the second nation to face the vastness of the Pacific Ocean and the second circumnavigators of the globe.
Because of the war between Isabel and Felipe, the riches of America became a legitimate trophy; those, then, who feared danger less than poverty, imagined that fortune would be easy to attain by stripping the Spaniards. Nothing is impossible when honor and profit associate their authority; the spirit and vigor of those expeditions enlarged our panorama of the New World and made us know for the first time its most distant coasts.
On the fateful voyage of Cavendish (1592), Captain Davis, who had been sent to associate with him and then separated from him or abandoned him, was dragged by the violence of the elements towards the Strait of Magellan, the lands today called Falkland Islands ; but he was not able, in the urgency, to make any observation and left them, as he found them, without a name.
Not long after (1594), Sir Richard Hawkins being in the same seas and with identical designs, he again saw those islands -if they were, in fact, the same islands-, and in honor of his mistress and mistress he called them Hawkins’s Maiden Land.
This trip lacked the necessary echo for the new name to obtain a general welcome, because when the Dutch, now strong enough not only to defend themselves but also to attack their superiors, sent Verhagen and Sebald de Weert to the Sea of South (1598), those islands, given by unknown, received the name of Sebald Islands and were indicated, since then, on maps; nevertheless Frézier tells us that they were still considered doubtful existence.
It is possible that his current English name was given to them by Strong (1689), whose logbook, still unpublished, can be consulted in the Museum. That name was adopted by Halley, and it is from that moment, I think, that it is admitted in our maps.
During Anson’s voyage it had such an effect on the statesmen of that time that (in 1748) some corvettes were equipped in order to obtain a detailed knowledge of the islands of Pepys and Falkland and to make new discoveries in the South Sea. While it is likely that this expedition was planned to be secret, it could not be disguised for a long time to Wall, the Spanish ambassador, who opposed it with such vehemence to it, and with so much energy upheld the right of the Spaniards to the exclusive domain of the South Sea, that the English minister abandoned part of his original plan. Once we declined all settlement purposes, it became clear that we could not sustain the legitimacy of our expedition with arguments of the same weight as Carvajal’s objections. For this reason, the Ministry rejected the plan in its entirety, without demanding from us, however, any declaration that would annul our right to continue it later.
After that Falkland Island was forgotten or postponed, until the direction of naval affairs was entrusted to the Count of Egmont, a man of fervent and vigorous spirit, of vast knowledge and magnificent projects, but with the judgment somewhat vitiated by certain excessive complacency in romantic projects and chimerical speculations.
Lord Egmont’s thirst for novelty decided him to make inquiries about the Falkland Islands and dispatched Captain Byron.

When there was a garrison stationed in Puerto Egmont, it became necessary to know what food could be grown. An orchard was prepared, but the plants that came out withered before they could develop. Some fir seeds were planted, but with this being a tree native to hard climates, the young fir trees that appeared on the surface of the land died like stunted weeds. The cold lasted a long time and the ocean was rarely calm.
The cattle fared better than the plants. The goats, sheep and pigs that were brought there, grew and multiplied as elsewhere.
Nil mortalibus arduum est. There is nothing that human courage is not willing to undertake and little that human patience does not support. The garrison lived on the Isle of Falkland, shrinking before the wind and shuddering in front of the waves.
Never would that colony have been able to be independent, since it would never have been able to support itself. The necessary supplies were shipped annually from England.

The English Ministry requested everything that was reasonable and got everything it requested. Our national honor remains untouched and our interest, if we have any interest, is sufficiently protected. No one can be among us to whom this transaction does not seem happily concluded except those who, having pinned their hopes on public calamities, lurked like vultures waiting for a day of slaughter. Having exhausted all the arts of domestic sedition, hurried violence and fatigued falsehood, they still rejoiced in the illusion of receiving some help from the arrogance or malice of Spain; and when they were no longer able to push people to complain about afflictions that even they do not feel, they still had the consolation of knowing that real evils were still possible, and that determination to blame all the evils on their rulers is well known. .
It seemed to them that with the reconciliation they lost the last anchor they had and received it not only with the anxiety of disappointment but with the rage of despair.
But now our enemies have lost all hope, and our friends have recovered, I want to believe, from their fears. To imagine that our government can be subverted by the rabble, to which its very tolerance has pampered to make it shameless, is to fear that a city could be flooded by the overflowing of its sewers. The disorder that cowardice or malice interpreted as corruption of the vital organs or as decomposition of the nerves, seems after all to have been nothing more than a political phtiriasis, a disease too repulsive to receive a clearer name; before product of negligence than of weakness and more shameful than harmful.
Among the disturbers of our peace there are some animals of greater bulk, with a roar so powerful that we thought they were formidable, although now we realize that sound and force do not always go hand in hand.
We have gained material strength thanks to the reconstruction of our fleet; we have shown Europe that ten years of war have not left us exhausted; and we have reinforced our seat on an island towards which twenty years ago we did not even venture to look.
These gratifications are only for honest spirits; But the time has come when hope reaches everyone. Even patriots can take advantage of the current happiness of the people. Being harmless, even out of impotence, confers a certain degree of goodness; no man hates a worm as much as a viper; once they were feared enough to be detested as snakes capable of biting; now they have shown that they are only able to whistle, and that they can, therefore, slip incognito in their caves and change their skin, without being disturbed or remembered.

I. Diplomatic statements

DECLARATION OF SPAIN
His British Majesty having complained of the violence that had been committed on June 10, 1770, on the island commonly called Great Malvina and by the English Falkland Isle, forcibly forcing the Commander and the subjects of British HM evacuate the Port called by them Egmont, offensive procedure of the honor of His Crown; Prince Masserano, Extraordinary Ambassador of His Catholic Majesty, has been ordered to declare, and declares, that His Catholic Majesty, considering the love for peace and for the maintenance of good harmony with His Britannic Majesty of which she is animated, and considering that this event could interrupt her, she has seen with displeasure this expedition capable of disturbing her, and persuaded as she is of the reciprocity of British SM’s feelings and of the distance to which she will authorize something that could disturb the good understanding between the two Cortes, SMC disavows the aforementioned violent enterprise and consequently Prince Masserano declares that SMC is committed to give immediate orders to put things back, in the Great Malvina, in the Port called Egmont, precisely in the state in which they were before the June 10, 1770, to which effect SMC will order one of its officers to return, to the officer authorized by S. M. Britannica, the Port and Fort named Egmont, with all the artillery, munitions of war and effects of St. M. and his subjects, who met there on the appointed day, according to the inventory that had been made of it.
The Prince Masserano declares in his superior’s name the King, that the commitment of His aforementioned Catholic Majesty to restitute to SM Britannica the possession of the Fort and the Port called Egmont, can not and should not in any way affect the question of law previous sovereignty of the Malvinas Islands, by another name of Falkland.
Attesting to which, I, the above-mentioned Ambassador Extraordinary, have signed this Declaration with my ordinary signature and I have placed the seal of my arms. In London, January 22, 1771.
Signed: Prince Masserano.

ACCEPTANCE OF GREAT BRITAIN
Having His Catholic Majesty authorized His Excellency Prince Masserano, his Extraordinary Ambassador, to offer on behalf of His Majesty the King of Great Britain, to dispossess her of the Fort and the Port of Port Egmont, and having said Ambassador signed today a Declaration, which ends to deliver, expressing in it that having SMC the desire to restore the good harmony and friendship that existed before between the two Crowns, it disavows the expedition against Port Egmont, in which the force has been used against the possessions, the Commander and the subjects of SMB and is also committed that all things will be immediately placed back in the precise situation in which they were before the June of 1770, and that SMC will give orders accordingly, to one of its officers, to return the officer authorized by SMB, the Port and the Fort of Port Egmont, as well as all the artillery, ammunition and effects of SMB and its subjects, according to the inventory that has been made of it; and the aforementioned Ambassador being committed, on behalf of SMC, in that the content of said Declaration will be executed by SMC and that duplicates of the orders of His said MC to his officers will be placed in the hands of one of the principal Secretaries of State of SMB in the space of six weeks, SMB, in order to show the same friendly dispositions on its part, has authorized me to declare that it will look at said Declaration of Prince Masserano, with the full fulfillment of said commitment on the part of SM C, as a satisfaction of the injury done to the Crown of Great Britain.
In faith of which I, the undersigned, one of the principal Secretaries of State of S.M. B., have signed the present with my ordinary signature and this I have placed the seal of my arms.
London, January 22, 1771.
Signed: Rochford

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