El Viaje A Italia. Historia De Una Gran Tradición Cultural — Attilio Brilli / Il Viaggio In Italia (The Trip To Italy. History of a Great Cultural Tradition) by Attilio Brilli

Este libro es esencial, ha revisado toda la literatura sobre el viaje a Europa, de moda sobre todo para los ingleses cultos y ricos del XVIII y XIX. Es de lectura imprescindible para aquellos que quieran conocer las formas y modos del Gran Tour puesto que los va describiendo todos y esencial para entender el arte del viaje.
La historia del viaje a Italia es una ocasión de excepcional relevancia no sólo y no tanto en la historia del viajar, sino también por lo que se refiere al continuo enfrentamiento de culturas distintas que se exhiben, se miden una respecto de la otra y se comparan en el mudable curso del tiempo, en un escenario, por el contrario, ilusoriamente inmutable. Pero las cosas, en todo lugar, cambian por transformación propia y por las transformaciones operadas por los hombres, aun en el caso de que las consideren los ingenuos pastores de la arcadia o los bandidos románticos.

El viajero ha encarnado desde los primeros tiempos la esencia mítica de la civilización occidental, en cuanto individuo comprometido con el viaje iniciático y con el desafío a lo desconocido. Sucesivamente ha revestido las formas del mito cristiano, hilvanando las estaciones rituales en la búsqueda del Santo Grial. Ha permitido, en fin, que la narrativa se plasmara en la matriz misma del viaje peligroso: en las secuencias de la novela griega de aventuras, en el epos medieval, en la novela picaresca1. Toda una tradición literaria resulta así permeada hasta nuestros días de la idea misma del viaje, entendido como metáfora de la existencia: desde los locuaces peregrinos de Chaucer, al itinerario alegórico cristiano, el héroe de Bunyan, al sarcástico de Gulliver, la criatura de Swift.
Los primeros libros de caminos, o las rudimentarias guías que especifican los recorridos a través de los distintos países europeos y que culminan en los dos polos de referencia italianos se deben a la práctica del peregrinaje. Estos dos polos son, uno, Venecia, en cuanto puerto de embarque hacia el Oriente; el otro, Roma, destino unas veces complementario, otras alternativo a la peregrinación a ultramar. Las guías de los peregrinos apenas si son aproximadas listas de aglomerados urbanos, de ventas, de ciudades, pasos de montaña, vados fluviales y puntos de embarque marítimos, con un relativo cómputo de las distancias. Estas guías de peregrinación -o también libri poenitentiales-, al menos en lo que a Italia se refiere, tratan de una vez por todas, nos atrevemos a decir, buena parte del itinerario más frecuentemente recorrido en el curso del viaje a Italia desde siglo XVI al nacimiento del turismo.
Existen, además, los que podríamos definir como viajes de espionaje tecnológico, es decir, viajes de instrucción técnica y de cuidadosa observación que recopilan documentación puesta al día sobre “canales, molinos, acequias, salinas, instalaciones para trabajar el hierro, el cobre, el papel, la manipulación de la seda, de la lana, talleres de acuñación, los de artillería y los de la pólvora, serrerías, curtido de pieles y cosas por el estilo”. Se trata de viajes subvencionados por un gobierno en particular, en el que se implica a personas de talento y de relevante formación técnica y científica, a los que se les recomienda prudencia y capacidad de simulación a la vista de la cuidadosa vigilancia de las manufacturas y entidades productivas. Que la mirada del forastero se ha considerado siempre bajo sospecha lo demuestra la larga serie de episodios de supuesto espionaje en el que resultan implicados viandantes totalmente ajenos, episodios que en los diferentes relatos se convierten en anécdotas o, a veces, incluso, ocurrencias retóricas.

Para Petrarca el viaje es siempre, indisolublemente, al tiempo, una aventura del espíritu, un viaje a la historia a través de los libros, y en ese su sentirse extranjero en su patria, un exiliado, un inquieto viajero en la brevedad de la vida, el hombre de fe y el hombre de ciencia, el moderno y el antiguo, siempre caminaron de la mano.

Las relaciones de los diplomáticos, las lamentaciones de los mercaderes -es decir, de todos aquellos que instauran una relación exclusiva e intensa, de fe o de profesión, con el andar por los caminos- y descartados igualmente cuantos recorren pistas y sendas europeas con la actividad de los mercenarios, el mimetismo de los actores y la desmemoria de los errantes, no queda más que tomar en consideración una singular figura de viajero, para el cual, el viaje, representa una forma de amadísimo y espléndido desperdicio, si bien motivado en manera distinta, y de taumaturgia del alma, a partir del último tramo del Cinquecento. Un viaje que carece todavía de la consciencia de la fatal atracción por lo antiguo, de ese reclamo del pasado que acabará siendo motivo dominante en el siglo XVIII, pero que desde ahora opone el paseo por las capitales europeas del saber, tanto del saber antiguo como del moderno, a las extensas landas de un mundo desconocido en las que, en el riesgo cotidiano de la existencia, se ponen en juego fortunas individuales y las públicas de los estados. Un viaje a la búsqueda de las raíces culturales de ese mundo moderno que, simultáneamente, busca en otros lugares los espacios de su propia expansión.

La primera edición de los Essays, de 1597, requiere el espacio de una cita que se ha convertido, desde muchos puntos de vista, en proverbial:
Viajar, para los jóvenes, es parte de su educación, para los adultos de su experiencia. Quien viaja a un país extranjero sin algún conocimiento de la lengua, vaya primero a la escuela y luego al viaje. Apruebo totalmente el hecho de que los jóvenes viajen acompañados de un tutor o un criado serio, a condición de que éste sepa la lengua del país y haya estado allí antes, de manera que pueda indicarles las cosas que hay que ver en los países a los que viajan, cuáles son las personas que hay que conocer, cuáles sean los estudios y la cultura que lo nuevo ofrece, de otra manera esos viajeros irán con los ojos vendados y poco será lo que tengan que observar.

Los primeros nombres de cierto peso literario con los que se conecta la idea del viaje italiano son los de las figuras más representativas de la cultura europea de los siglos XVI y XVII, desde Philip Sidney a Thomas Hoby, desde Michel de Montaigne a François Rabelais, desde Joseph Fürttenbach a Thomas Hobbes, Lord Herbert de Chesbury yJohn Milton. A pesar de que los testimonios e impresiones que nos han llegado de estos personajes son, aveces, de carácter fragmentario o indirecto, a ellos, precisamente, les debemos la difusión de la idea del viaje a Italia entre las clases dominantes de sus respectivos países. Por lo demás, el destino ha querido que quedaran sin eco inmediato las que hoy consideramos, por excelencia, las dos voces de esa basilar costumbre, el Journal de voyage in Italie, escrito in itinere por Michel de Montaigne y su secretario en 1580-81, inédito hasta 1774.
La pasión que, a lo largo del siglo, envuelve a quienes miran Italia como ilimitado repertorio de la tradición clásica, es de tal magnitud que, en 1666, Colbert funda la Academia de Francia en Roma, ciudad que, antes incluso que Nápoles o Florencia, se convierte en parada y punto de encuentro para artistas de toda Europa. Desde Roma, precisamente, es de donde parten enteras generaciones de artistas que remontan los caminos consulares para trazar itinerarios inéditos de arte. Pero, dado que nuestro viaje apenas si está en el inicio, tenemos que proceder escuchando nuevos grupos de viajeros. En cualquier caso, será útil recordar desde ahora al lector, que en los próximos capítulos del libro encontrará información detallada sobre el equipaje, material o espiritual, del provecto viajero, para luego pasar a reseñar dolores y gozos que el viaje proporciona a manos llenas.
Casi única excepción en Europa, España parece que permaneció, durante mucho tiempo, ajena a esta importante costumbre cultural. Pero no debemos olvidar que, desde la segunda mitad del siglo XVI, la península italiana es un fundamental campo de acción de la política militar y económica española. Como tal, Italia atrae literatos, políticos y hombres de armas ibéricos que poco tienen que ver con la emergente costumbre educativa del viaje a Italia.
Antes del siglo XVIII, el siglo de oro de los viajes, de los itinerarios más frecuentemente transitados y el de los inexplorados, el siglo de los amantes apasionados de Italia y sus mil caras, el de las incansables y geniales viajeras, el del excepcional vigor de la literatura de viajes y, naturalmente, el de las mejoras que caracterizan el viaje material (carreteras, puentes, vados, postas, ventas, carruajes), resultará oportuno recorrer sintéticamente los momentos que definen el viaje del siglo XVII, sin cuya variada herencia sería inconcebible lo que luego será, precisamente, el siglo de oro del viaje a Italia. Con todo ello, lo que queremos es poner de relieve el verdadero impulso que anima al viajero de este siglo XVII: la curiosidad, término este que nada excluye de su campo de atención, tanto si se trata de coleccionar rarezas artísticas o naturales como de observar fenómenos infrecuentes de la naturaleza, usos y costumbres de los pueblos, o de indagar sobre sus economías o sobre los sistemas legislativos y políticos. El viajero del seiscientos es siempre, en cierto sentido, un filósofo experimental al que no le faltan ni una mirada perspicaz, ni la excepcional voluntad de atesoramiento.

Nunca como durante la Ilustración estuvo el viaje tan motivado por una específica ideología que estructurara la capacidad de la percepción y, por tanto, el alcance descriptivo e iconográfico de cada uno de los viajeros. Aunque más adelante, cuando hablemos de los redactores de memoriales y guías, así como de la obra de los acuarelistas y pintores topográficos, tendremos ocasión de tratar de uno y otro aspecto, del literario y del ilustrativo, no podemos prescindir aquí de los principios generales de la teorización que, sobre el viaje, elaboran, desde sus propias perspectivas, el filósofo natural, el pedagogo y el hombre de Iglesia. A esos principios se debe la imperturbabilidad y la distancia con la que se describen no sólo las ciudades y paisajes de la Italia histórica o de la antigüedad, inmersa en la luminosa frialdad de los cuadros de Poussin o de Claudio de Lorena, sino también los lugares mismos en los que la naturaleza muestra su rostro perturbado, magmático y misterioso, desde los Campos Flegreos, a la minas de azufre, a los volcanes, auténticos reclamos.

El descubrimiento sentimental de Italia en más de un sentido, considerando que, por primera vez -al menos durante dos siglos de viajes ininterrumpidos- la costumbre de viajar a la península registra una prolongada interrupción que dura unos quince años, que va desde el principio de las campañas napoleónicas hasta Waterloo. Un buen número de libros de viaje que aparecen inmediatamente después de 1815 y la reimpresión de las guías más conocidas de finales del siglo XVIII, dan testimonio de una continuación entusiasta del hábito itinerante que, a través de los caminos de Europa, lleva hasta Italia. “Nuestra nación es una nación de viajeros”, anota con elocuente ironía Samuel Rogers en su difundidísima guía en verso Italy, de 1822, “como siempre lo fue, con el apoyo de todos: desde el potentado milord seguido de su séquito.
El viajero romántico necesita constantemente, para que se le abra un horizonte imaginativo, fijar un enganche con esa realidad más allá de la cual fija la mirada, un enganche con la escena que se le aparece ante los ojos, con los contextos ambientales que atraviesa. Este enganche se le ofrece mediante la categoría estética de lo “pintoresco” tal y como ha sido determinada a través de las teorías estéticas de Samuel Gilpin y de Uvedale Price, a la que el amplio plantel de acuarelistas y grabadores topográficos británicos, desde Turner a los Cozens, a William Pars, a Samuel Prout, aJohn Duffleding Harding, a David Roberts ha traducido en praxis figurativa. La amplia fortuna de la tradición pintoresca en la cultura del viaje, tanto en las piezas únicas de las acuarelas como en los múltiples grabados en prensa, elaborados para los numerosos road books, y para las múltiples versiones del Italian scenery, radica en el haber sabido tratar y poner de relieve los detalles más significativos, su-gerentes, agradables del rostro de la naturaleza. El corte o el encuadre pintoresco implican una dialéctica incesante entre la uniformidad estilística y compositiva del arte y de la variedad de los elementos naturales.

Una contribución esencial y, en muchos aspectos innovadora, de la tradición del viaje a Italia y, con ello, de la representación literaria e iconográfica de la península, proviene, a partir del finales del siglo XVIII y para toda la época posterior, de los viajeros del nuevo mundo. Hacia la mitad del siglo XIX, el abogado George Stillman Hilard comenta el fenómeno, que goza ya de una sólida tradición, sosteniendo que ningún país como Italia reúne tantos atractivos, o habla de tantas y tan variadas promesas. No sentirse atraído por Italia, no experimentar gratitud por haberla visitado, no recordarla con el más vivo de los intereses, quiere decir ser indiferente a todo aquello que existió antes del nacimiento del Nuevo mundo, el mundo americano. Ningún otro país ha dado tantos grandes hombres, ni ha dejado una herencia tan importante al espíritu contemporáneo, ni ha pasado por tantos cambios, ni está en disposición de ofrecer tantos y deferentes atractivos. El estadista, el estudioso, el peregrino, el artista, todos convergen hacia allí, punto de atracción.

La literatura de viaje ha privilegiado, casi exclusivamente, las listas de las cosas a visitar, las observaciones sobre lo visitado y las reflexiones subsiguientes. La figura del viajero con sus necesidades físicas, su bagaje sentimental y afectivo -además del efectivo- y su propia capacidad de reacción individual entreverada de evasiones, de miedos, de angustias, es oportunamente ocultada tras la abundancia de información cultural, naturalista, topográfica o de costumbres. Los fines didácticos que sostienen, a partir de finales del siglo XVI, la literatura de viaje dedicada a informar de lo nuevo y, al mismo tiempo, a aligerar las mentes de los prejuicios, no dejan espacio, ni siquiera desde el punto de vista de la mera anécdota, para el tema prosaico y trivial de los estímulos del cuerpo, para las instancias de la cotidianeidad, para las dudas sobre el sentido mismo del viaje que se está realizando. Tampoco dejan que se transparente algo de cuanto concierne al desarrollo material del viaje, a no ser por un ocasional e irónico gusto antifrástico: “¿Conoces el país en el que florecen los limones?” escribía el sarcástico Heinrich Heine de los Reisebilder (1823-1826) citando a Goethe.

Una cosa es fantasear acerca de los viajes a realizar y otra bien distinta predisponerse, incluso mentalmente, para la partida y hasta preparar, como suele decirse, armas y bagajes. No es fácil encontrar atención más solícita que la demostrada por Lord Chesterfield para con el viaje del hijo en su desarrollo concreto y efectivo, compuesto de acontecimientos imprevistos, incidentes, necesidades a las que se debe atender si demora. Por otro lado, cualquier aristócrata o rico burgués británico, francés, flamenco, alemán o escandinavo que hubiera decidido partir hacia Italia o que hubiese mandado allí a su vástago, sabía bien que necesitaba encarar un trabajo minucioso en la realización del proyecto del viaje, así como prepararse para una serie de largos preparativos. Éstos dependían, naturalmente, del fin específico que se perseguía. De modo que no merece la pena detenerse en quien fuera propenso al cultivo de una disciplina y un campo de investigación concretos, respecto de los cuales hubiera demostrado una formación anterior.

Hoy tendemos a considerar el viaje, todo tipo de viaje, como un desplazamiento rápido, más o menos cómodo, de un lugar a otro del país, del continente, o del planeta. Antes, el viaje era una experiencia irrepetible que exigía una cuidadosa preparación, cautela, prudencia y, sobre todo -en la pretensión de hacerlo de la manera más agradable posible-, organización, empezando por la selección y atención al medio de transporte. El éxito de un viaje a Italia que, en su momento podía prolongarse durante más de un año, dependía, cuando se hacía en vehículo privado, de los hallazgos más modernos de la técnica y de las contribuciones de los artesanos. Carroceros, carpinteros, ebanistas, cerrajeros, caldereros, guarnicioneros, tapiceros, plateros son sólo algunos de los oficios comprometidos en proyectar y construir vehículos ágiles, cómodos, resistentes y, además de los vehículos, toda una serie de accesorios y acabados sin otro fin que hacer menos incómodo y monótono el lento y destartalado recorrido por los caminos de Italia.
El viajero de alto rango que recorre los países europeos entre el siglo XVI y el XIX no piensa todo el rato, como el común de los turistas, en volver a casa. No quiere decir esto que fuese inmune a la nostalgia o que, por otra parte, se caracterizara por una petulante seguridad en su vagabundear.

Los incidentes son la sal de los viajes porque ponen en evidencia la inseguridad, la aleatoriedad y su pertenencia al reino de la aventura. Reducido por lo general a mero traslado de una ciudad a otra, el viaje rescata así, de manera inesperada, su propio estatuto de acontecimiento imponderable y el derecho a convertirse en objeto narrativo. Las condiciones de las carreteras son, con frecuencia, causa o concausa de los problemas mecánicos y de los incidentes en los que se ven envueltas las carrozas. Entre las averías más frecuentes están la ruptura de las correas de suspensión, la de las ballestas, la de las ruedas y la de los ejes. En 1739 el presidente de Brosses, y no es el único, desde luego, considera fuente de continua preocupación para los viajeros el camino entre Siena y Roma a causa de las pésimas condiciones en que se encuentra, todo ello sin contar las barras y ejes destrozados, los vuelcos y resbalones en las cunetas: “La primera vez que volcamos”, continúa Brosses, “¡le sacudí un par de patadas en el trasero al conductor!.
Ponerse en manos de la hospitalidad privada mediante el sistema de cartas de recomendación es un modo recurrente puesto en boga por los viajeros del Grand Tour y luego utilizado de forma indiscriminada en el viaje italiano. Lo que no quita para que, ya en el Cinquecento, la hospedería pública estuviera suficientemente organizada en los principales trayectos viarios de Europa occidental, la península italiana incluida.
El viajero que no recurre a la hospitalidad privada, al beau monde encantado de acoger a sus pares de otros países, al llegar a una ciudad de tamaño mediano, puede dirigirse a las posadas comunes y a los hoteles, así como también a las llamadas “habitaciones de alquiler” (camere locande). Menos caras que los hoteles y más decorosas que las desconchadas ventas de postas, las habitaciones de alquiler garantizan comida y alojamiento, incluso servicio de lavandería. Las opiniones acerca de estas pensiones ante litteram resultan, en general, positivas a lo largo de tres siglos.

Con toda su dulzura, Italia se reveló como una trampa fatal y, durante todos aquellos años de sufrimiento de nostalgia y de esperanzas insistentemente frustradas por el destino, jamás pensó en escribir un libro. Incluso ahora que los amigos ruegan que lo haga, le asaltan no pocas dudas. Valenciennes no era un fétido agujero como otros en los que había sido confinado anteriormente, había bosques, prados y una cierta posibilidad de movimiento. Pero ni sombra de bibliotecas y apenas si podía contar, sólo, con los cuadernos llenos de notas redactadas durante el viaje a Italia, ocasionales y fragmentarias, como son por naturaleza este tipo de apuntes. Pero desde el momento en que Napoleón dio señales de erigirse en patrón de las letras, todos le aconsejaron que escribiese un libro y lo publicara cuanto antes en Inglaterra para, luego, enviarlo a quien correspondiera en Francia con la demanda de clemencia. Otros detenidos ingleses habían conseguido así la libertad. Así fue como, en la onda de una esperanza renovada, Joseph Forsyth redactó sus propias Remarks on Antiquities, Arts, and Letters during an Excursion in Italy in the Year 1802 and 1803. Antes de empezar se había impuesto dejar de lado toda emoción y saquear con absoluta distancia su todavía fresca memoria. Pero todo eso era mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque a cada paso, a cada engaño de los recuerdos, se le presentaba a la mente la misma, obsesiva y atroz escena que hería las páginas en las que tendría que haber descrito el cielo turquesa de Génova, de Nápoles o Florencia: un par de canallas que, a las cuatro de la madrugada rompen la ventana, le sacan de la cama de la posada y le mandan a Francia detenido. Había sucedido muchos años antes, tal y como secamente anotó a modo de conclusión del libro: “Llegué a Turín el 25 de mayo de 1803. Al día siguiente fui arrestado como ciudadano británico y hoy, 1 de junio de 1812, transcurro en Valenciennes, mi décimo año en prisión.

El auténtico enriquecimiento que puede lograrse viene de la historia, de los monumentos, de la música, de la lengua del país que se está visitando, experiencias todas vividas en forma de gratificaciones personales y no de la palabra, del gesto, de la pulsión sentimental de quien lo habita. Como Don Giovanni, el joven Boswell exhibe el pergamino de sus conquistas y, en esto, no podemos más que admirar la absoluta falta de hipocresía en comparación con la mayoría de los viajeros. Pero una lista es también una ostentación y el auténtico Don Giovanni hace que quien lo muestre sea Leporello.
Visitar las antiguas ciudades italianas significa sumergirse en un profundo y delicioso baño de civilización antigua. Hoy se mira a esas ciudades como se mirarían criaturas novelescas supervivientes de otras etapas de la historia, pero también como presencias vivas de la realidad ambiental italiana moderna. Su encanto reside en la vista de conjunto, en la intacta composición estructural y en la textura de los paramentos y los estilos, sin la vana decrepitud de las ciudades museo. La vista de una antigua ciudad italiana alzada sobre la colina acumula el doble encanto del objeto -como dice William Haz-litt— visto desde la distancia, una distancia espacial que invita a la imaginación a colmar los vacíos y a coser las suturas y desgarrones, y una distancia temporal que las permite aflorar como simulacros de otras épocas en el jardín de la memoria.

Efectivamente, no sólo es que estos magníficos viajeros nos queden cerca en el tiempo, sino que, además, nos hablan en un lenguaje que puede constituir un valioso antídoto contra la homogeneización y la pérdida de identidad, contra la descomposición y el desgaste de los lugares que son más caros a la memoria occidental. Y, además de ser un antídoto, pueden suscitar en el visitante esa fantasía visual, esa imaginación creadora cada vez más herida por el turismo apresurado y sus asépticas guías.

El libro termina con unos dibujos de la Italia de la época en un libro que es una joya para amantes de género.

This book is essential, it has reviewed all the literature on the trip to Europe, fashionable especially for the educated English and rich of the XVIII and XIX. It is essential reading for those who want to know the ways and ways of the Grand Tour since it describes them all and essential to understand the art of travel.
The history of the trip to Italy is an occasion of exceptional relevance not only and not so much in the history of travel, but also in terms of the continuous confrontation of different cultures that are exhibited, measured against each other and compared in the changing course of time, in a scenario, on the contrary, illusoryly immutable. But things, in every place, change by their own transformation and by the transformations operated by men, even if they are considered by the naive shepherds of the Arcadia or the romantic bandits.

The traveler has embodied from the earliest times the mythical essence of Western civilization, as an individual committed to the initiatory journey and the challenge to the unknown. Successively he has covered the forms of the Christian myth, basting the ritual stations in the search for the Holy Grail. It has allowed, in short, that the narrative be embodied in the very matrix of the dangerous journey: in the sequences of the Greek novel of adventures, in the medieval epos, in the picaresque novel1. A whole literary tradition is thus permeated to this day of the very idea of ​​travel, understood as a metaphor of existence: from the loquacious pilgrims of Chaucer, to the Christian allegorical itinerary, the hero of Bunyan, the sarcastic of Gulliver, the creature of Swift .
The first road books, or the rudimentary guides that specify the routes through the different European countries and that culminate in the two Italian reference poles are due to the practice of pilgrimage. These two poles are, one, Venice, as a port of embarkation towards the East; the other, Rome, destination sometimes complementary, others alternative to the pilgrimage overseas. Pilgrim guides are hardly approximate lists of urban agglomerations, sales, cities, mountain passes, river fords and maritime embarkation points, with a relative computation of distances. These pilgrimage guides -or also libri poenitentiales-, at least as far as Italy is concerned, try once and for all, we dare to say, a good part of the itinerary most frequently covered in the course of the trip to Italy since the 16th century at the birth of tourism.
There are, in addition, what we could define as trips of technological espionage, that is, trips of technical instruction and careful observation that compile up-to-date documentation on “canals, mills, ditches, saltworks, facilities for working iron, copper, the paper, the manipulation of silk, of wool, minting workshops, artillery and gunpowder workshops, saw mills, tanning of skins and things like that “. These are trips subsidized by a government in particular, which involves people of talent and relevant technical and scientific training, who are recommended prudence and simulation ability in view of the careful surveillance of manufacturing and productive entities. That the stranger’s gaze has always been considered suspicious is shown by the long series of episodes of supposed espionage in which passers-by are totally involved, episodes that in the different stories become anecdotes or, sometimes, even rhetorical occurrences.

For Petrarch the trip is always, indissolubly, at the same time, an adventure of the spirit, a trip to history through the books, and in that his feeling alien in his homeland, an exile, a restless traveler in the brevity of life , the man of faith and the man of science, the modern and the old, always walked hand in hand.

The relations of the diplomats, the lamentations of the merchants – that is to say, of all those who establish an exclusive and intense relationship, of faith or profession, with walking on the roads – and discarded equally those who cross European tracks and paths with the The activity of the mercenaries, the mimicry of the actors and the forgetfulness of the wanderers, all that remains is to take into consideration a singular figure of traveler, for whom, the journey, represents a form of beloved and splendid waste, although motivated in different way, and thaumaturgy of the soul, from the last section of the Cinquecento. A journey that still lacks the awareness of the fatal attraction for the old, of that claim of the past that will end up being a dominant motif in the eighteenth century, but which now opposes the walk through the European capitals of knowledge, both ancient knowledge and from the modern, to the extensive moors of an unknown world in which, in the daily risk of existence, individual fortunes and public states are at stake. A journey to the search for the cultural roots of that modern world that simultaneously seeks in other places the spaces of its own expansion.

The first edition of the Essays, of 1597, requires the space of an appointment that has become, from many points of view, proverbial:
Traveling, for young people, is part of their education, for the adults of their experience. Those who travel to a foreign country without some knowledge of the language, go first to school and then to the trip. I fully approve of the fact that young people travel accompanied by a tutor or a serious servant, provided that they know the language of the country and have been there before, so that they can tell them the things that must be seen in the countries to which they belong. who travel, what are the people that must be known, what are the studies and the culture that the new offers, otherwise those travelers will go blindfolded and little will be what they have to observe.

The first names of certain literary weight with which the idea of ​​the Italian trip is connected are those of the most representative figures of European culture of the sixteenth and seventeenth centuries, from Philip Sidney to Thomas Hoby, from Michel de Montaigne to François Rabelais, from Joseph Fürttenbach to Thomas Hobbes, Lord Herbert of Chesbury and John Milton. Although the testimonies and impressions that have come to us from these characters are, sometimes, fragmentary or indirect, to them, precisely, we owe them the diffusion of the idea of ​​the trip to Italy between the dominant classes of their respective countries. For the rest, fate wanted to leave without immediate echo what we consider today, par excellence, the two voices of that basilar custom, the Journal de voyage in Italie, written in itinere by Michel de Montaigne and his secretary in 1580-81 , unpublished until 1774.
The passion that, throughout the century, involves those who see Italy as an unlimited repertoire of the classical tradition, is such that, in 1666, Colbert founded the Academy of France in Rome, a city that, even before Naples or Florence , it becomes a stop and a meeting point for artists from all over Europe. From Rome, precisely, it is from where entire generations of artists who go back the consular roads to trace unprecedented itineraries of art. But, since our trip is barely in the beginning, we have to proceed listening to new groups of travelers. In any case, it will be useful to remind the reader from now on, that in the next chapters of the book you will find detailed information about the baggage, material or spiritual, of the traveler’s project, and then go on to describe pains and joys that the trip provides full hands.
Almost the only exception in Europe, Spain seems to have remained, for a long time, oblivious to this important cultural custom. But we must not forget that, since the second half of the sixteenth century, the Italian peninsula is a fundamental field of action of Spanish military and economic policy. As such, Italy attracts literary men, politicians and men of Iberian arms that have little to do with the emerging educational habit of the trip to Italy.
Before the 18th century, the golden age of travel, of the most frequently traveled itineraries and of the unexplored ones, the century of the passionate lovers of Italy and its thousand faces, the one of the tireless and genial travelers, the one of exceptional vigor of the literature of travel and, naturally, of the improvements that characterize the material journey (roads, bridges, fords, buses, sales, carriages), it will be opportune to go through the moments that define the trip of the XVII century, without whose varied heritage It would be inconceivable what will then be, precisely, the golden century of the trip to Italy. With all this, what we want is to highlight the real impulse that animates the traveler of this seventeenth century: curiosity, a term that excludes nothing from its field of attention, whether it is collecting artistic or natural oddities or observing infrequent phenomena of the nature, uses and customs of the people, or of inquiring about their economies or about the legislative and political systems. The traveler of the six hundred is always, in a certain sense, an experimental philosopher who does not lack an insightful look, nor the exceptional will of hoarding.

Never as during the Enlightenment was the trip so motivated by a specific ideology that would structure the capacity of perception and, therefore, the descriptive and iconographic scope of each of the travelers. Although later, when we speak of the editors of memorials and guides, as well as of the work of watercolourists and topographic painters, we will have occasion to deal with both aspects, literary and illustrative, we can not dispense here with the general principles of the theorization that, on the journey, the natural philosopher, the pedagogue and the man of the Church elaborate from their own perspectives. These principles are due to the imperturbability and distance with which not only the cities and landscapes of historical Italy or antiquity are described, immersed in the luminous coldness of Poussin’s or Claudius de Lorraine’s paintings, but also the places in which nature shows its disturbed, magmatic and mysterious face, from the Phlegrean Fields, to the sulfur mines, to the volcanoes, real claims.

The sentimental discovery of Italy in more than one sense, considering that, for the first time – at least during two centuries of uninterrupted travel – the custom of traveling to the peninsula registers a prolonged interruption lasting about fifteen years, which goes from the beginning of the Napoleonic campaigns to Waterloo. A good number of travel books that appear immediately after 1815 and the reprinting of the best known guides of the late eighteenth century, testify to an enthusiastic continuation of the itinerant habit that, through the roads of Europe, leads to Italy. “Our nation is a nation of travelers,” writes Samuel Rogers with eloquent irony in his widely circulated guide in Italian verse, 1822, “as it always was, with the support of everyone: from the powerful lord followed by his entourage.
The romantic traveler constantly needs, in order to open an imaginative horizon, to establish a connection with that reality beyond which he fixes his gaze, an attachment to the scene that appears before his eyes, with the environmental contexts he goes through. This attachment is offered through the aesthetic category of the “picturesque” as determined by the aesthetic theories of Samuel Gilpin and Uvedale Price, to which the large body of British watercolourists and topographic engravers, from Turner to the Cozens, William Pars, Samuel Prout, John Duffleding Harding, David Roberts has translated into figurative praxis. The ample fortune of the picturesque tradition in the culture of the trip, as much in the unique pieces of the watercolors as in the multiple engravings in press, elaborated for the numerous road books, and for the multiple versions of the Italian scenery, lies in having known try and highlight the most significant details, his-managers, pleasant face of nature. The picturesque cut or framing implies an incessant dialectic between the stylistic and compositional uniformity of art and the variety of natural elements.

An essential and, in many ways innovative, contribution of the tradition of the trip to Italy and, with it, of the literary and iconographic representation of the peninsula, comes, from the end of the 18th century and for the whole later period, from the New world travelers. Towards the middle of the 19th century, the lawyer George Stillman Hilard comments on the phenomenon, which already enjoys a solid tradition, maintaining that no country like Italy has so many attractions, or speaks of so many and varied promises. Not being attracted to Italy, not experiencing gratitude for having visited it, not remembering it with the keenest of interests, means being indifferent to everything that existed before the birth of the New World, the American world. No other country has given so many great men, nor has it left such an important legacy to the contemporary spirit, nor has it undergone so many changes, nor is it in a position to offer so many and deferential attractions. The statesman, the scholar, the pilgrim, the artist, all converge towards there, a point of attraction.

The literature of travel has privileged, almost exclusively, the lists of things to visit, the observations on the visited and the subsequent reflections. The figure of the traveler with his physical needs, his sentimental and emotional baggage-in addition to cash-and his own capacity for individual reaction mixed with evasions, fears, anguish, is opportunely hidden behind the abundance of cultural, naturalistic, topographic or of customs. The didactic aims that sustain, from the end of the 16th century, the travel literature dedicated to informing the new and, at the same time, lightening the minds of prejudices, do not leave space, even from the point of view of the mere anecdote, for the prosaic and trivial subject of the stimuli of the body, for the instances of everyday life, for doubts about the very meaning of the trip that is being made. Nor do they allow anything of the material development of the trip to be transparent, except for an occasional and ironic antiframatic taste: “Do you know the country where the lemons bloom?” Wrote the sarcastic Heinrich Heine of the Reisebilders (1823-). 1826) quoting Goethe.

It is one thing to fantasize about the trips to be made and quite another to be predisposed, even mentally, to the departure and even to prepare, as they say, weapons and baggage. It is not easy to find more solicitous attention than that shown by Lord Chesterfield for the journey of the son in his concrete and effective development, composed of unforeseen events, incidents, needs to be attended to if delayed. On the other hand, any aristocrat or rich British, French, Flemish, German or Scandinavian bourgeois who had decided to leave for Italy or who had sent his offspring there, knew well that he needed to undertake a meticulous work in carrying out the project of the trip, as well how to prepare for a series of long preparations. These depended, of course, on the specific purpose pursued. So it is not worth dwelling on who was prone to the cultivation of a particular discipline and field of research, about which he would have demonstrated previous training.

Today we tend to consider the trip, any type of trip, as a quick, more or less comfortable displacement, from one place to another of the country, the continent, or the planet. Before, the trip was an unrepeatable experience that required careful preparation, caution, prudence and, above all, in the pretension to do it in the most pleasant way possible, organization, starting with the selection and attention to the means of transport. The success of a trip to Italy that, in its time could last for more than a year, depended, when it was done in private vehicle, of the most modern findings of the technique and the contributions of the craftsmen. Bodybuilders, carpenters, cabinetmakers, locksmiths, boilermakers, saddlers, upholsterers, silversmiths are just some of the trades engaged in designing and building agile, comfortable, resistant vehicles and, in addition to the vehicles, a whole series of accessories and finishes with no other purpose than to make the slow and dilapidated journey through the roads of Italy less uncomfortable and monotonous.
The high-ranking traveler who travels the European countries between the sixteenth and nineteenth century does not think all the time, like the average tourist, to return home. This does not mean that he was immune to nostalgia or that, on the other hand, he was characterized by a smug security in his wandering.

The incidents are the axe of the trips because they reveal the insecurity, the randomness and their belonging to the realm of adventure. Reduced, in general, to mere transfer from one city to another, the trip thus recovers, in an unexpected way, its own status as an imponderable event and the right to become a narrative object. Road conditions are often cause or concause of the mechanical problems and incidents in which the floats are involved. Among the most frequent faults are the breaking of the suspension belts, that of the leaf springs, that of the wheels and that of the axles. In 1739 the president of Brosses, and is not the only one, of course, considers the source of continuing concern for travelers the road between Siena and Rome because of the terrible conditions in which it is, all without counting the bars and axes destroyed , the rollovers and slips in the gutters: “The first time we overturned,” continues Brosses, “I kicked the driver’s ass twice!
Putting oneself in the hands of private hospitality through the letters of recommendation system is a recurring mode in vogue for Grand Tour travelers and then used indiscriminately on the Italian trip. What does not take away so that, already in the Cinquecento, the public hospitality was sufficiently organized on the main road routes of Western Europe, the Italian peninsula included.
The traveler who does not resort to private hospitality, to the beau monde delighted to welcome his peers from other countries, when arriving in a medium-sized city, can go to the common inns and hotels, as well as to the so-called “rooms” for rent “(camere locande). Less expensive than hotels and more demeaning than chipped post sales, the rental rooms guarantee food and lodging, even laundry service. Opinions about these pensions before litteram are, in general, positive for three centuries.

With all its sweetness, Italy revealed itself as a fatal trap and, during all those years of suffering of nostalgia and hopes insistently frustrated by fate, never thought of writing a book. Even now that friends beg him to do so, he is assaulted by many doubts. Valenciennes was not a fetid hole like others in which it had been confined previously, there were forests, meadows and a certain possibility of movement. But no shadow of libraries and could hardly count, only, with the notebooks full of notes written during the trip to Italy, occasional and fragmentary, as are by nature this type of notes. But from the moment that Napoleon gave signs of becoming the patron of letters, everyone advised him to write a book and publish it as soon as possible in England, then send it to the correspondent in France with the demand for clemency. Other English detainees had thus obtained freedom. So it was that, in the wave of renewed hope, Joseph Forsyth wrote his own Remarks on Antiquities, Arts, and Letters during an Excursion in Italy in the Year 1802 and 1803. Before he started, he had imposed himself to put aside all emotion and plunder with absolute distance his still fresh memory. But all that was much easier said than done, because at every step, every deception of memories, the same obsessive and atrocious scene that hurt the pages on which the turquoise sky should have described was presented to the mind. from Genoa, Naples or Florence: a couple of scoundrels who, at four in the morning, break the window, take him out of the bed of the inn and send him to France detained. It had happened many years before, as he bluntly noted in conclusion of the book: “I arrived in Turin on May 25, 1803. The next day I was arrested as a British citizen and today, June 1, 1812, I spent in Valenciennes, my tenth year in prison.

The authentic enrichment that can be achieved comes from history, from monuments, from music, from the language of the country that is being visited, all experiences lived in the form of personal gratifications and not of the word, of the gesture, of the sentimental drive of who inhabits it. Like Don Giovanni, the young Boswell exhibits the scroll of his conquests and, in this, we can only admire the absolute lack of hypocrisy in comparison with most travelers. But a list is also an ostentation and the real Don Giovanni makes the person who shows it Leporello.
To visit the ancient Italian cities means to immerse yourself in a deep and delicious bath of ancient civilization. Today we look at these cities as they would look like fictional creatures survivors of other stages of history, but also as living presences of the modern Italian environmental reality. Its charm lies in the overall view, in the intact structural composition and in the texture of the walls and styles, without the vain decrepitude of the museum cities. The view of an ancient Italian city rising on the hill accumulates the double charm of the object – as William Haz-litt says – seen from a distance, a spatial distance that invites the imagination to fill the voids and sew the sutures and tears, and a temporary distance that allows them to emerge as simulacra from other eras in the garden of memory.

Indeed, it is not only that these magnificent travelers stay close to us in time, but that they also speak to us in a language that can constitute a valuable antidote against homogenization and the loss of identity, against the decomposition and wear of places which are more expensive to Western memory. And, in addition to being an antidote, they can arouse in the visitor that visual fantasy, that creative imagination increasingly hurt by hurried tourism and its aseptic guides.

The book ends with some drawings of the Italy of the time in a book that is a gem for genre lovers.

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