Atlántida. El Misterio Del Continente Perdido — Roberto Pinotti / Atlantide. Il Mistero Dei Continenti Perduti (Atlantis The Mystery of the Lost Continent) by Roberto Pinotti

Me parece un buen libro sobre el sexto continente.
Las primeras noticias de la Atlántida proceden de los textos del célebre filósofo griego Platón, que vivió en el siglo IV a. C. Por eso el problema de la Atlántida tiene a sus espaldas más de dos mil años de historia. Durante este período se han acumulado un gran número de trabajos científicos y de obras literarias. Actualmente el número de volúmenes dedicados a este tema supera los dos mil, teniendo en cuenta que el índice bibliográfico de J. Gattefossé y C. Roux, de 1926, ya registraba unos mil setecientos.
En general el problema de la Atlántida se caracteriza por el hecho de que los elementos susceptibles de servir para demostrar su pasada existencia, como dijo E. F. Khaghemeister, representan un conjunto de una gran cantidad de pequeños hechos y observaciones, cada uno de los cuales, considerado por separado, no tiene mucho significado y no puede considerarse un elemento probatorio indiscutible. El problema de la Atlántida es una especie de problema estadístico, constituido por un gran número de hechos minúsculos junto a los que se pasa sin reparar en ellos.
En consecuencia, un conocimiento unilateral de los materiales del problema conduce fácilmente al hipercriticismo.

La base principal del escepticismo respecto a la Atlántida, y especialmente a la leyenda de Platón, son dos circunstancias que atribuyen al problema un aspecto fantástico:
1. La localización de la Atlántida en el océano Atlántico, donde, según la opinión común, desde los tiempos más remotos solo ha habido océano.
2. La existencia en ella de una humanidad civilizada en un período en el que el resto del mundo se encontraba todavía como mínimo en el estado mesolítico, lo que no tiene precedentes en la historia de la humanidad ni encaja en ningún canon.
Así se explica también por qué la mayoría de los atlantólogos ha preferido soslayar las dificultades rechazando la esencia de la leyenda, la localización de la Atlántida en el océano Atlántico, situándola en su lugar en lugares diversos, y especialmente en las regiones mediterráneas.
En cambio, el problema de la Atlántida es en primer lugar un problema geológico, no étnico-histórico, y solo la definición de la historia geológica del océano Atlántico, junto a investigaciones oceanográficas en profundidad, puede resolver este enigma plurisecular. La tarea de los atlantólogos es mostrar lo que hay de verdad en las distintas fuentes.

El estudio batimétrico de los océanos demostró la existencia de poderosos sistemas montañosos ahora sumergidos. Actualmente se conocen cadenas montañosas en todos los océanos. Concretamente:
– Océano Ártico. A lo largo de todo el océano se desarrollan las cadenas Lomonosov y Mendeleyev. Muy probablemente se trata de los restos de antiguas cadenas de pliegues rocosos que unían la Siberia septentrional con las islas del archipiélago ártico canadiense y que continuaban más allá, en el continente.
– Océano Atlántico. Casi en el centro del océano se despliega la gigantesca cadena montañosa submarina Mesoatlántica, dividida cerca del ecuador por la profunda zona de fractura Romanche. Por este motivo la cadena puede considerarse dividida en dos partes: la cadena del Atlántico norte, con la correspondiente meseta submarina de las Azores a occidente (donde es posible que estuviese situada la Atlántida, como se analizará más detalladamente en las siguientes páginas de este libro) y la cadena del Atlántico sur, con la correspondiente meseta del Río Grande a occidente.
– Océano Índico. Como en el océano Atlántico, también en el Índico existe, desde Oriente a África, una cadena Medio Índica. Al norte se extiende hasta orillas de Arabia, con otra rama hasta el Indostán, y al sur, rodeando África, va a unirse a la Mesoatlántica, con lo que forma una única y gigantesca cadena montañosa que bordea Eurasia y África.
– Océano Pacífico. Este es el océano más rico en cadenas montañosas medias. Entre ellas, sin embargo, solo la cadena central del Pacífico está realmente en el centro, atravesando el océano en sentido transversal. Las otras cadenas submarinas están dispuestas a lo largo de los márgenes del océano. Algunas, por ejemplo, la de las Hawái o la Oriental, siguen en general la dirección de los arrecifes adyacentes a los continentes.
Más allá de cualquier tradición, por tanto, la existencia de estas cadenas y mesetas montañosas hundidas lleva a pensar en la precedente existencia de continentes perdidos: la Atlántida en el océano Atlántico, Mu en el océano Pacífico y Lemuria en el océano Índico, por citar las diferentes hipótesis avanzadas a lo largo del tiempo.
De estos hipotéticos continentes el más extenso sería la Atlántida, dispuesto a lo largo del ecuador en dos enormes islas: Atlántida septentrional y Atlántida meridional.

Menos conocida es Lemuria, el continente desaparecido del océano Índico, cuyos restos podrían ser la dorsal Mesoíndica que se levanta sobre los restos del primigenio y enorme continente del hemisferio meridional, Gondwana. Algunos estudiosos consideran que este continente fue la cuna de la humanidad.
Respecto a esto, conviene recordar que los restos más antiguos del antepasado del hombre fueron encontrados, no hace mucho tiempo, en África oriental y meridional. Y entre África oriental y la cadena Medio Índica se encuentran algunas islas de origen claramente continental, que habrían podido ser puentes en el pasado; por no hablar de Madagascar, patria de los primates lémures.
Resumiendo, más allá de la escéptica superficialidad de los no documentados, el enigma de los continentes perdidos está hoy más vivo que nunca.

Wegener, por ejemplo, propone admitir que originariamente los continentes formaban una única masa, que de alguna forma se ha roto y que los trozos se han separado como se separan los dedos de una mano. Y los argumentos con los que la paleontología sostiene esta teoría, aunque discutidos, poseen una solidez innegable. Solo recordaremos uno de los más relevantes y más frecuentemente citados: la concordancia del contorno de la costa oriental del Nuevo Mundo con el de la costa occidental del Antiguo.
Otros escritores, a los que Buffon había precedido, supusieron que existían puentes de un continente a otro, y llegaron a darles nombres: puente del Atlántico norte boreal o Eria, que unía Canadá con Groenlandia y acababa a las puertas de Europa, entonces inexistente; puente del Atlántico sur tropical o Gondwana (nombre derivado de una región de la India actual), que unía Brasil con África y con la India, y durante un cierto tiempo también con Australia; puente austral o Archielenis…
La exposición de Platón es en realidad un tratado detallado y al mismo tiempo sobrio y conciso, dirigido a destacar las características del país de la Atlántida, con una serie de indicaciones precisas sobre la posición de la isla desaparecida, definida textualmente como «el paso a un gran continente opuesto»: América, desconocida para los pueblos mediterráneos. Indicaciones, por tanto, que ni el mismo Platón podía saber si respondían a la verdad. Ni Platón ni tampoco Sonchis (tal era según Plutarco, en Isis y Osidis, el nombre del sacerdote de Sais relator de la noticia; Proclo, en cambio, dice que se llamaba Pateneit); los dos, tanto uno como otro, solo son fieles ecos que transmiten una noticia procedente de la más remota antigüedad; su gran mérito no es solo haber creído, sino haber sido fieles en la transmisión de algo que no acaban de comprender del todo. Como Platón, justamente.
El canal rectilíneo que comunica el mar con el canal circular exterior (los canales circulares fueron excavados por Poseidón) tiene 8.880 m (50 estadios) de largo; 88 m de ancho y una profundidad de 29 m. Este canal cumple casi la función de puerto para las embarcaciones procedentes del mar. Cabe señalar al respecto la anchura exagerada. Casi 100 m es una anchura inusitada para un canal. Si Platón se lo hubiese inventado, podemos estar seguros de que no hubiera atribuido esta dimensión a sus canales. En cambio, la cosa cambia si lo único que hace es repetir fielmente unas cifras que responden a una realidad muy particular. De hecho, estos canales no tienen un objetivo comercial de navegabilidad. Las cifras y las dimensiones, como, por ejemplo, las dimensiones de las pirámides, tienen todas una significación particular que se nos escapa, pero que sin duda existe.
Había dos templos: unoconsagrado a Poseidón y a Clito, esdecir, a los dos progenitores de los atlantes; Platón no da sus dimensiones, solo proporciona algunos detalles sobre la decoración y sobre el uso al que estaba destinado el edificio; pero había otro templo dedicado a Poseidón. Este templo tenía la longitud de un estadio (177,60 m) y la anchura de tres pletros (88,60 m). Siguen algunos detalles sobre su decoración, sobre las estatuas en el interior y sobre las estatuas que adornaban el recinto sagrado en torno al templo. Las del interior eran estatuas de divinidades; las del exterior, estatuas de descendientes de los dioses, es decir, de los diversos reyes que se habían sucedido en el trono. No faltaban estatuas de otros personajes.

Por lo que sabemos, ningún griego había llegado nunca al extremo norte hasta que, en tiempos de Platón, la ciudad de Massalia (Marsella) envió a Piteas a explorar la Europa septentrional, para descubrir de dónde procedían ciertas mercancías. Piteas costeó el continente hasta la desembocadura del Rin, vio Britania y oyó hablar de una isla lejana, en el norte, llamada Thule. Probablemente se trataba de Shetland o de las Orcadas, aunque algunos sostienen que fuera Noruega o Islandia. Más allá de Thule, le dijeron a Piteas, no se podía ir. Y Piteas tomó acta de ello.
Sin embargo, el concepto de última Thule expresado por el mundo clásico contenía en sí mismo la esperanza de poderlo superar algún día, rompiendo los vínculos tradicionalmente impuestos por el confín mítico de las Columnas de Hércules.
Parecería que Platón o el sacerdote saíta, en efecto, supieran algo de la existencia del continente al que llamamos América. «Los navegantes, entonces, podían pasar de esta isla (que era la principal del archipiélago de la Atlántida) a las otras, y más allá, a todo el continente opuesto [katantikru pasan epeiron], ya que la tierra rodeada por aquel océano era, en el sentido literal de la palabra, un continente.»
Estas palabras de Platón permanecieron oscuras durante dieciocho siglos; solo después de Colón brilló en ellas la luz del Nuevo Mundo.

La Atlántida existió, dicen geólogos y mineralogistas. Y estas son las pruebas.
Las islas que ocupan aquí y allá su supuesta colocación entre África y América son islas volcánicas, y en esa zona del planeta se han producido varias veces erupciones con manifestaciones sísmicas. En efecto, en el Atlántico septentrional, arriba de todo, hacia las tierras árticas, tenemos los volcanes de Bird Island y de Jan Mayen, directamente relacionados con los de Islandia, la tierra por excelencia de las manifestaciones plutonianas. Los volcanes de esta isla, donde todavía abundan los géiseres, forman siete grupos importantes, el más conocido de los cuales es el de Hecla. La erupción de 1845 es famosa en los anales modernos. Duró siete meses, durante los cuales las cenizas que vomitó el volcán llegaron hasta Europa. Y, sin embargo, esta manifestación no fue nada comparada con la de 1783: aquel año las lavas salieron por una grieta gigante de 20 km de longitud y sembrada de más de quinientos cráteres de todas las dimensiones. El valle entero de Skapta quedó sepultado por el derramamiento de lava, que alcanzó nada menos que 27 km3. Desde el paralelo 50 llegamos a la meseta submarina de las Azores cuya parte media hace asomar por encima del agua nueve islas volcánicas. Al contemplar sus cinco volcanes con sus laderas cubiertas de vegetación, se diría que están extinguidos para siempre y, sin embargo, en los tiempos pasados y aún en los históricos, han tenido más de un despertar funesto.
Entre los geólogos y los oceanógrafos existen dos escuelas, con posturas diametralmente opuestas respecto a la naturaleza y al origen de los océanos. Hoy, en el presunto lugar de la Atlántida se halla el océano con varios kilómetros de profundidad. Si la Atlántida hubiera estado allí, en una época geológica no remota, una cierta parte del océano habría estado ocupada por tierra firme, lo que contrasta con el carácter permanente de los océanos sostenido por los estudiosos americanos en sus diversas variantes, incluida la hipótesis de la expansión de la Tierra. Según esta hipótesis los océanos existirían desde siempre en los mismos lugares y casi con las mismas dimensiones de hoy. Está claro que en este caso no se puede hablar de la existencia de la Atlántida. Muchos estudiosos rusos consideran, en cambio, que donde hoy se encuentran los océanos podría haber habido en el pasado importantes macizos de tierra firme posteriormente sumergidos. Y desde este punto de vista la existencia de la Atlántida es plenamente posible. El más joven de todos los océanos parecería ser el Atlántico, que ha sido teatro de una impetuosa actividad geológica y volcánica. Ahora bien, suponiendo que la Atlántida se encontrara en el océano Atlántico, ¿dónde estaba exactamente? Muchos, entre ellos Nicolai F. Jirov y E. F. Khaghemeister, han avanzado la hipótesis de que podría estar unida de alguna forma a la meseta submarina sobre la que hoy se encuentran las islas Azores.
La Atlántida existió, dicen zoólogos y paleontólogos. Entre la fauna de las Azores, de Madeira, de las Canarias, de Cabo Verde, de las Antillas y de América central, se observan desde siempre unas analogías que solo pueden explicarse a través de una relación continental de estos territorios en una época determinada. Hay que señalar que si estuvieron unidos a América hasta una época relativamente reciente, antes se separaron de África, aunque esta se halle mucho más cerca, porque las concordancias entre estos territorios y África son mucho más antiguas. Se cree que en el Mioceno existía este espacio marino entre África y lo que podemos llamar la Atlántida. Antes de esta época, los cuatro archipiélagos mencionados más arriba formaban una sola tierra, unida al norte con España, al sur con Mauritania, mientras que al oeste se prolongaba hasta las Bermudas y las Antillas.

Solo un reducido número de personas, iniciados, teósofos, ocultistas, conocen el nombre de James Churchward, el misterioso coronel que hace más de un siglo se lanzó en busca de los antiguos lugares donde, según él, en el origen de los tiempos debía encontrarse el Paraíso terrestre, y creyó haberlo situado en el mítico continente de Mu.
En tres obras editadas en los años treinta (The Lost Continent of Mu, The Children of Mu y The Sacred Symbols of Mu, seguidas de una cuarta en dos tomos, The Cosmic Forces of Mu), Churchward narra las circunstancias que lo llevaron al descubrimiento de aquel gran continente del océano Pacífico, al que da el nombre de Mu, o Tierra Madre.
Todo esto sucedió en la India, en el primer período de la vida de Churchward, hacia 1870. En aquella época, una terrible carestía devastaba la península india y Churchward se había convertido en asistente del sumo sacerdote de un templo-escuela. Un día el joven inglés, mientras estudiaba un bajorrelieve cubierto de signos misteriosos en el patio del templo, fue sorprendido por el sumo sacerdote, también gran aficionado a la arqueología y a los textos antiguos, que se hizo amigo suyo y
empezó a darle pruebas de benevolencia cada vez más numerosas.
Durante un par de años, los dos hombres estudiaron los signos misteriosos del bajorrelieve. Según el sumo sacerdote, aquellos signos expresaban la lengua original de la humanidad, lengua solo comprensible para otros dos iniciados hindúes, porque las inscripciones poseían un sentido oculto, dado por los naacal, o ‘altos hermanos’, religiosos llegados en época remota de la Tierra Madre para enseñar la lectura de las Sagradas Escrituras.
Fue entonces cuando el gran sacerdote reveló a Churchward la existencia de unas tablillas antiquísimas en los archivos secretos del templo. Según él, las tablillas habían sido escritas por los naacal.

Continuando mis investigaciones, descubrí que aquel continente desaparecido representaba sin duda alguna el hábitat originario de la humanidad. En aquellas maravillosas regiones había vivido un pueblo que había acabado colonizando toda la Tierra. Pero, de repente, Mu había sido barrida de la faz del planeta por terremotos apocalípticos, seguidos por una invasión de las aguas, hace doce mil años. En un torbellino de fuego y de agua, Mu había desaparecido.

Ahora Churchward tenía casi la certeza de la existencia pasada de un continente situado en el corazón del Pacífico, pero debía buscar las pruebas de esa existencia, a costa de dedicarle la vida entera. Y eso es lo que hizo.
Durante sus viajes, Churchward pudo descubrir numerosos indicios, pero nunca logró descubrir ningún documento, ningún texto que corroborase las afirmaciones contenidas en las tablillas hindúes. Luego, inesperadamente, muchos años después de su primer descubrimiento, llegaron a sus oídos las aventuras vividas por un geólogo, William Niven, que, durante unas excavaciones en territorio mexicano, también había descubierto unas extrañas tablillas.
Desde sus siete grandes ciudades, la civilización de Mu se expandía en todas direcciones, hasta las colonias más lejanas, situadas al otro lado de los mares.
La más importante de estas colonias era la de los uighur, que reinaba en toda Asia y Europa meridional hace unos diecisiete mil años, donde los uighur habrían dado origen a las denominadas razas arias.
El poderoso imperio de Mu, que extendía su influencia tanto hasta el extremo este como hasta el extremo oeste, debió de haber sido violentamente devastado, en su apogeo, por dos cataclismos terribles, a muchos siglos de distancia uno del otro. Fue el segundo el que hizo hundirse todo el continente bajo las olas del océano Pacífico. Dos gigantescas olas, que recorrieron la extensión del océano como dos altísimas murallas.
En la isla Tonga-Tabu, por ejemplo, existe un arca de piedra de 170 toneladas, de origen desconocido para los indígenas. Ninguno de los materiales utilizados para su construcción se encuentra en la isla, por lo que cabe suponer que hayan sido traídos de otros lugares. Pero ¿de dónde? ¿Cómo? Y ¿por qué?
En las islas Carolinas, y especialmente en Ponape, se hallaron ruinas inmensas, con grandes templos, canales subterráneos y terrazas, todo en piedra basáltica. Tampoco aquí los indígenas poseen ninguna tradición que permita remontarse al origen de aquellas obras ciclópeas. Según Churchward, aquellos serían los vestigios de una de las siete grandes ciudades de Mu.
Y la lista puede continuar, larguísima: las murallas de piedra de la isla de Lele, las pirámides de la isla de Kingsmill, la plataforma de piedra rosa de la isla Navigator, columnas de forma troncocónica en las islas Marianas…
Bulos o no, el mito de Mu, en cualquier caso, continúa. Y no solo a nivel librero. En 1972 —y es sumamente indicativo— el cantautor italiano Riccardo Cocciante (entonces conocido como Richard Cocciante) produjo un long-play dedicado enteramente al continente perdido del Pacífico, comercializado por la popular RCA italiana y titulado, justamente, Mu. También la alemana Colorsound Library de Múnich publicó el long-play Lost Continents («Continentes perdidos») producido por Joel Vandroogenbroeck.
Los arqueólogos han descubierto signos de una civilización que podría remontarse a varios miles de años antes del Imperio inca.
¿Se trata de Mu? Sea como sea, la tradición de una tierra sumergida en el Pacífico está muy presente en Oceanía.

Como nos recuerda Alfred Métraux:
La isla de Pascua, lejos de ser el tejado de un mundo hundido, nació hace algunas decenas de miles de años a raíz de erupciones volcánicas. El análisis microscópico de sus rocas no ha revelado la más mínima partícula mineral procedente de una plataforma continental. El suelo y sus volcanes están enteramente compuestos de masas fundidas o pulverizadas por los antiguos cráteres. Todos estos volcanes hoy están apagados y probablemente ya habían dejado de eructar lava y escorias miles de años antes de la aparición del hombre.
¿Ningún continente sumergido, entonces? Sigue diciendo Métraux:
Se podrá objetar que las mismas erupciones submarinas que crean las islas luego podrían destruirlas con la misma rapidez. Dicho de otra forma, la isla de Pascua, aunque de formación volcánica, ¿no podría ser el resto de una tierra mucho más vasta, mutilada por la actividad de los volcanes?.
Sea como sea, lo que hoy está fuera de toda duda es que hace al menos ocho mil años una inmensa catástrofe natural sacudió realmente todo el sureste asiático, que entonces constituía un único y enorme puente continental hacia Australia, conocido como Sondalandia o Región de la Sonda. Gran parte de dichos territorios quedó sumergida y el consiguiente éxodo en masa —por tierra y por mar— vio a las poblaciones locales seguir la ruta de los cuatro puntos cardinales: al norte hacia Asia interior, al este hacia el Pacífico, al oeste hacia el océano Índico y al sur hacia Australia. Según los recientes estudios del inglés Stephen Oppenheimer, las tierras invadidas por las aguas habrían sido la cuna primigenia de descubrimientos epocales (como el cultivo del arroz) y de la propia civilización al final de la glaciación, y mientras Australia y Nueva Guinea habrían estado unidas en una única masa continental (el Sahulland), la línea de costa de la región chino-nipona habría estado muy extendida hacia el Pacífico, comprendiendo islas como Hainan, Taiwán y también Yonaguni (el Nanhailand). Es evidente, por tanto, que la presencia de objetos arquitectónicos fabricados por el hombre en zonas (hoy comprendidas entre los 50 y los 100 m de profundidad) antes al aire libre, no solo es plausible sino altamente probable. Y que el complejo de Yonaguni (incluso considerando su génesis de origen natural), con su incómodo ligamento lítico en L, encaja perfectamente en el mencionado escenario de hundimiento catastrófico que —con el debido respeto de los ambientes académicos más conservadores— no puede ser negado, se saque o no a colación al mítico Mu.

Las aguas ascendieron y cubrieron los valles de un extremo a otro de la Tierra. Las tierras altas permanecieron, el fondo de la Tierra [los países situados en las antípodas] se quedó seco; allí habitaron los que habían huido, los hombres del Rostro Claro y del Ojo Derecho […].
Cuando los Señores del Rostro Oscuro se despertaron y enseguida pensaron en sus vimanas para escapar de las aguas inminentes, se dieron cuenta de que habían desaparecido.

Es evidente que el texto mostrado más arriba, debidamente expurgado de los valores espiritualistas de orden teosófico, se refiere al catastrófico hundimiento de un continente y a un Diluvio Universal, a la caída simultánea de estrellas (meteoritos o pequeños asteroides), a un éxodo hacia zonas continentales más seguras del planeta, como también a un conflicto entre dos potencias adversas, caracterizado por una técnica avanzadísima que había desarrollado, hablando en términos modernos, medios voladores de gran potencia, en este caso también utilizados para una evacuación preventiva contra el enemigo, y detectores o sensores, gases paralizantes o narcotizantes, armas de fuego destructivas (agnystra), guerra electrónica y alta tecnología: algo completamente extraño a nuestro marco mental, evidentemente, pero que ha permanecido, de todas formas, en la vaga memoria de varias culturas, desde la India hasta América y Europa.

Pues bien, en la prehistoria celta encontramos al semidios irlandés Cuchulain (de nombre casi homófono al de Kukulkán) que ataca el vehículo de un rival con su aéreo «carro encantado». Los costados del vehículo del adversario, revestidos de metal, se abren y «las dos grandes piedras blancas engastadas en su interior, grandes como ruedas de molino» caen fuera. Como resultado, el «carro cae al suelo con un ruido de trueno, como bastiones que se derrumban».
Pues bien, la descripción de este carro encantado volador, parecido a los vimana indo-arios, la encontramos también en América. Nos estamos refiriendo a un libro de finales de los años treinta, escrito por el coronel A. Braghin, un autor dedicado al estudio del enigma de la Atlántida entre las dos guerras mundiales.

Durante varios años, dicen los Puranas indios y el suramericano Popol Vuh, las estrellas y el Sol y el cielo permanecieron ocultos por nubes volcánicas y por violentas tempestades. Pareció que hubiera llegado el fin del mundo. Y los poderosos gobernantes celestes, dejaron atrás el rebaño humano superviviente y se marcharon desesperados. Hay una frase, en el citado comentario, que suena como el escalofriante tañido fúnebre de la gran civilización antediluviana, observa Leslie:
Los Tronos Azules quedan vacantes. Los Señores de la Faz Resplandeciente, los Reyes de la Luz, se marcharon encolerizados.

Un gran acontecimiento astrológico, una agrupación especial de planetas y unas condiciones magnéticas especialmente favorables a la Tierra, marcaron el momento propicio. Esto sucedió hace unos seis millones y medio de años. No quedaba nada por hacer, salvo lo que solo Ellos eran capaces de llevar a cabo.
Entonces, bajo el estruendo impetuoso del rápido descenso, desde alturas incalculables, envuelto en masas deslumbrantes de fuego que llenaban el cielo de enormes lenguas llameantes, se lanzó a través de los espacios aéreos el carro de los Hijos del Fuego, los Señores de la Llama procedentes de Venus; y se detuvo manteniéndose suspendido sobre la «Isla Blanca», que yacía sonriente en el golfo del mar de Gobi; era verde y radiante, cubierta de masas de flores fragantes y multicolores; la Tierra ofrecía todo lo mejor que tenía, y lo más hermoso, para dar la bienvenida a su Rey. Hélo ahí, «el Adolescente de las dieciséis primaveras», Sanat Kumara, «la Eterna Juventud Virginal», el nuevo Rey de la Tierra, que llega a su Reino con Sus tres Discípulos, los tres Kumara, sus Ayudantes que lo rodean. Treinta Seres poderosos, grandes más allá de toda comprensión terrestre, estaban con ellos por orden jerárquico

Este pasaje describe punto por punto la llegada a la Tierra, antes de la aparición del hombre, de los Señores de la Llama a bordo de un vimana particular: no una aeronave, sino una nave espacial extraterrestre. Desde entonces estos seres habrían intervenido sistemáticamente en el desarrollo de las formas de vida terrestres, incluida la humana, y desde su centro oculto subterráneo de Shamballa durante mucho tiempo de ellos habría dependido la gran civilización antediluviana, realizada después por la humanidad primigenia bajo su directa tutela.

En septiembre de 2000 los medios de comunicación refirieron que un pequeño cuerpo celeste (denominado 2000 QW7) estuvo a punto de chocar contra la Tierra, que le pasó peligrosamente de refilón (a una distancia de solo 4 millones de kilómetros). Lo comunicaron los astrónomos del Observatorio Radiotelescopio estadounidense de Arecibo, en Puerto Rico, con lo que nos recordaron los persistentes y nada infrecuentes peligros para nuestro mundo de un devastador impacto espacial por parte de numerosos asteroides presentes en la franja orbital entre Marte y Júpiter. Fue uno de estos «pedruscos» cósmicos (que muchos astrónomos consideran los restos de un planeta explotado) el que se abatió sobre nuestro planeta hace sesenta y cinco millones de años y causó la extinción de los dinosaurios, y más tarde fue también uno de estos pequeños planetas el que se estrelló con toda probabilidad en el Atlántico, lo que provocó el hundimiento del archipiélago de la Atlántida. La historia tiende a repetirse…

I think it’s a good book about the sixth continent.
The first news of Atlantis comes from the texts of the famous Greek philosopher Plato, who lived in the fourth century BC. C. That’s why the problem of Atlantis has more than two thousand years of history behind it. During this period a large number of scientific works and literary works have accumulated. Currently the number of volumes devoted to this subject exceeds two thousand, taking into account that the bibliographic index of J. Gattefossé and C. Roux, of 1926, already registered about one thousand seven hundred.
In general, the problem of Atlantis is characterized by the fact that the elements capable of serving to demonstrate its past existence, as EF Khaghemeister said, represent a set of a large number of small facts and observations, each of which, considered separately, it does not have much meaning and can not be considered an indisputable evidentiary element. The problem of Atlantis is a kind of statistical problem, consisting of a large number of minuscule facts that are passed on without paying attention to them.
Consequently, a unilateral knowledge of the materials of the problem easily leads to hypercriticism.

The main basis of skepticism about Atlantis, and especially the legend of Plato, are two circumstances that attribute a fantastic aspect to the problem:
1. The location of Atlantis in the Atlantic Ocean, where, according to the common opinion, since the earliest times there has only been an ocean.
2. The existence in her of a civilized humanity in a period in which the rest of the world was still at least in the mesolithic state, which is unprecedented in the history of humanity and does not fit into any canon.
This explains why most of the atlantologists have preferred to avoid difficulties by rejecting the essence of the legend, the location of Atlantis in the Atlantic Ocean, placing it in its place in different places, and especially in the Mediterranean regions.
On the other hand, the problem of Atlantis is first of all a geological, not ethnic-historical problem, and only the definition of the geological history of the Atlantic Ocean, together with in-depth oceanographic investigations, can solve this multi-century enigma. The task of the atlantologists is to show what is true in the different sources.

The bathymetric study of the oceans demonstrated the existence of powerful mountainous systems now submerged. Currently mountain ranges are known in all oceans. Specifically:
– Arctic Ocean. The Lomonosov and Mendeleyev chains are developed throughout the ocean. It is most likely the remains of ancient chains of rocky folds that linked the northern Siberia with the islands of the Canadian Arctic archipelago and that continued further on the continent.
– Atlantic Ocean. Almost in the center of the ocean, the gigantic Mesoatlantic undersea mountain range unfolds, divided near the equator by the deep Romanche fracture zone. For this reason the chain can be considered divided into two parts: the North Atlantic chain, with the corresponding submarine plateau of the Azores to the West (where it is possible that Atlantis was located, as will be analyzed in more detail in the following pages of this book). ) and the South Atlantic chain, with the corresponding plateau of the Rio Grande to the west.
– Indian Ocean. As in the Atlantic Ocean, also in the Indian Ocean there is, from East to Africa, a Medium Indica chain. To the north it extends to the shores of Arabia, with another branch to Hindustan, and to the south, surrounding Africa, it is going to join the Mesoatlantica, forming a unique and gigantic mountain range that borders Eurasia and Africa.
– Pacific Ocean. This is the richest ocean in the middle mountain ranges. Among them, however, only the central chain of the Pacific is really in the center, crossing the ocean in a transverse direction. The other underwater chains are arranged along the margins of the ocean. Some, for example, that of the Hawaiian or Eastern, generally follow the direction of the reefs adjacent to the continents.
Beyond any tradition, therefore, the existence of these sunken mountain ranges and plateaus leads one to think of the previous existence of lost continents: Atlantis in the Atlantic Ocean, Mu in the Pacific Ocean and Lemuria in the Indian Ocean, to name a few. the different hypotheses advanced over time.
Of these hypothetical continents the most extensive would be Atlantis, arranged along the equator in two huge islands: northern Atlantis and southern Atlantis.

Less known is Lemuria, the vanished continent of the Indian Ocean, whose remains could be the Mesoindic ridge that rises over the remains of the primordial and enormous continent of the southern hemisphere, Gondwana. Some scholars consider that this continent was the cradle of humanity.
Regarding this, it is worth remembering that the oldest remains of the ancestor of man were found, not so long ago, in eastern and southern Africa. And between East Africa and the Mid-Indian chain there are some islands of distinctly continental origin, which could have been bridges in the past; not to mention Madagascar, home of the lemur primates.
In short, beyond the skeptical superficiality of the undocumented, the enigma of the lost continents is today more alive than ever.

Wegener, for example, proposes to admit that originally the continents formed a single mass, that somehow has been broken and that the pieces have separated as the fingers of a hand separate. And the arguments with which paleontology supports this theory, although discussed, have an undeniable solidity. We will only remember one of the most relevant and frequently cited ones: the agreement of the contour of the eastern coast of the New World with that of the western coast of the Old.
Other writers, whom Buffon had preceded, assumed that bridges existed from one continent to another, and came to give them names: northern Atlantic bridge or Eria, which united Canada with Greenland and ended at the gates of Europe, then nonexistent; bridge of the tropical South Atlantic or Gondwana (name derived from a region of present-day India), that united Brazil with Africa and with India, and during a certain time also with Australia; austral bridge or Archielenis …
Plato’s exposition is actually a detailed and at the same time sober and concise treatise, aimed at highlighting the characteristics of the country of Atlantis, with a series of precise indications about the position of the vanished island, defined verbatim as «the passage to a great opposite continent »: America, unknown to the Mediterranean peoples. Indications, therefore, that even Plato could not know if they responded to the truth. Neither Plato nor Sonchis (such was according to Plutarch, in Isis and Osidis, the name of the priest of Sais relator of the news, Proclus, however, says that his name was Pateneit); both, both one and the other, are only faithful echoes that transmit a news from the most remote antiquity; his great merit is not only to have believed, but to have been faithful in the transmission of something that they do not fully understand at all. Like Plato, exactly.
The rectilinear channel that communicates the sea with the outer circular channel (the circular channels were excavated by Poseidón) has 8,880 m (50 stages) in length; 88 m wide and 29 m deep. This channel serves almost as a port for vessels from the sea. It should be noted in this regard the exaggerated width. Almost 100 m is an unusual width for a channel. If Plato had invented it, we can be sure that he did not attribute this dimension to his channels. On the other hand, things change if all he does is faithfully repeat figures that respond to a very particular reality. In fact, these channels do not have a commercial navigability objective. The figures and dimensions, such as, for example, the dimensions of the pyramids, all have a particular significance that escapes us, but which undoubtedly exists.
There were two temples: one consecrated to Poseidon and Clito, that is, to the two progenitors of the Atlanteans; Plato does not give its dimensions, it only provides some details about the decoration and about the use to which the building was destined; but there was another temple dedicated to Poseidon. This temple had the length of a stadium (177.60 m) and the width of three pits (88.60 m). They follow some details on its decoration, on the statues in the interior and on the statues that adorned the sacred enclosure around the temple. Those inside were statues of deities; those of the outside, statues of descendants of the gods, that is, of the various kings who had succeeded to the throne. There were no missing statues of other characters.

As far as we know, no greek had ever reached the far north until, in Plato’s time, the city of Massalia (Marseilles) sent Pytheas to explore northern Europe, to discover where certain goods came from. Pytheas went around the continent to the mouth of the Rhine, saw Britain and heard about a distant island, in the north, called Thule. Probably it was Shetland or Orkney, although some claim it was Norway or Iceland. Beyond Thule, they told Pytheas, he could not leave. And Piteas took note of it.
However, the concept of the last Thule expressed by the classical world contained in itself the hope of being able to overcome it one day, breaking the bonds traditionally imposed by the mythical confines of the Columns of Hercules.
It would seem that Plato or the Saite priest, in fact, knew something of the existence of the continent we call America. “The navigators, then, could pass from this island (which was the main one of the Atlantis archipelago) to the others, and beyond, to the whole opposite continent [katantikru pass epeiron], since the land surrounded by that ocean was , in the literal sense of the word, a continent. ”
These words of Plato remained dark for eighteen centuries; only after Columbus did the light of the New World shine on them.

Atlantis existed, say geologists and mineralogists. And these are the tests.
The islands that occupy here and there their supposed placement between Africa and America are volcanic islands, and in that area of ​​the planet there have been several eruptions with seismic manifestations. Indeed, in the North Atlantic, above all, towards the Arctic lands, we have the volcanoes of Bird Island and Jan Mayen, directly related to those of Iceland, the land par excellence of the Plutonian manifestations. The volcanoes of this island, where geysers still abound, form seven important groups, the best known of which is Hecla. The eruption of 1845 is famous in modern annals. It lasted seven months, during which the ashes that vomited the volcano reached Europe. And, nevertheless, this demonstration was nothing compared to that of 1783: that year the lava came out through a giant crack of 20 km in length and planted with more than five hundred craters of all dimensions. The whole valley of Skapta was buried by the lava flow, which reached no less than 27 km3. From the 50th parallel we reach the submarine plateau of the Azores whose middle part makes nine volcanic islands rise above the water. When contemplating its five volcanoes with their slopes covered with vegetation, one would say that they are extinct forever, and yet, in the past and even in the historical times, they have had more than one fatal awakening.
Among geologists and oceanographers there are two schools, with diametrically opposed positions regarding the nature and origin of the oceans. Today, in the presumed place of Atlantis is the ocean with several kilometers of depth. If Atlantis had been there, in a non-remote geological epoch, a certain part of the ocean would have been occupied by the mainland, which contrasts with the permanent nature of the oceans sustained by American scholars in their various variants, including the hypothesis of the expansion of the Earth. According to this hypothesis, the oceans would always exist in the same places and with almost the same dimensions as today. It is clear that in this case you can not talk about the existence of Atlantis. Many Russian scholars consider, on the other hand, that where today the oceans are located there could have been in the past important massifs of submerged land. And from this point of view the existence of Atlantis is fully possible. The youngest of all the oceans would seem to be the Atlantic, which has been the theater of an impetuous geological and volcanic activity. Now, supposing that Atlantis was in the Atlantic Ocean, where exactly was it? Many, among them Nicolai F. Jirov and E. F. Khaghemeister, have advanced the hypothesis that it could be linked in some way to the submarine plateau on which today the Azores are located.
Atlantis existed, say zoologists and paleontologists. Among the fauna of the Azores, of Madeira, of the Canaries, of Green Cape, of the Antilles and of Central America, we have always observed analogies that can only be explained through a continental relationship of these territories at a given time. It should be noted that if they were united to America until relatively recently, they separated from Africa, although it is much closer, because the agreements between these territories and Africa are much older. It is believed that in the Miocene this marine space existed between Africa and what we may call Atlantis. Before this time, the four archipelagos mentioned above formed a single land, united to the north with Spain, to the south with Mauritania, while to the west it extended to Bermuda and the Antilles.

Only a small number of people, initiates, theosophists, occultists, know the name of James Churchward, the mysterious colonel who, more than a century ago, launched himself in search of the ancient places where, according to him, in the beginning of time the terrestrial Paradise, and believed to have located it in the mythical continent of Mu.
In three works published in the 1930s (The Lost Continent of Mu, The Children of Mu and The Sacred Symbols of Mu, followed by a fourth in two volumes, The Cosmic Forces of Mu), Churchward narrates the circumstances that led to the discovery of that great continent of the Pacific Ocean, to which it gives the name of Mu, or Mother Earth.
All this happened in India, in the first period of Churchward’s life, around 1870. At that time, a terrible famine devastated the Indian peninsula and Churchward had become assistant to the high priest of a temple-school. One day the young Englishman, while studying a bas-relief covered with mysterious signs in the courtyard of the temple, was surprised by the high priest, also a great fan of archeology and ancient texts, who became his friend and
He began to give him more and more numerous benevolence tests.
For a couple of years, the two men studied the mysterious signs of the bas-relief. According to the high priest, those signs expressed the original language of humanity, a language only understood by two other Hindu initiates, because the inscriptions had a hidden meaning, given by the naacal, or ‘high brothers’, religious who arrived at a remote time in the Mother Earth to teach the reading of the Holy Scriptures.
It was then that the high priest revealed to Churchward the existence of ancient tablets in the secret archives of the temple. According to him, the tablets had been written by the naacal.

Continuing my research, I discovered that the vanished continent undoubtedly represented the original habitat of humanity. In those wonderful regions had lived a town that had ended colonizing the entire Earth. But, suddenly, Mu had been swept from the face of the planet by apocalyptic earthquakes, followed by an invasion of the waters, twelve thousand years ago. In a whirlwind of fire and water, Mu had disappeared.

Now Churchward was almost certain of the past existence of a continent located in the heart of the Pacific, but he had to look for proof of that existence, at the cost of dedicating his entire life to it. And that’s what he did.
During his travels, Churchward was able to discover numerous indications, but he never managed to discover any document, no text that corroborated the affirmations contained in the Hindu tablets. Then, unexpectedly, many years after his first discovery, the adventures of a geologist, William Niven, who, during excavations in Mexican territory, had discovered strange tablets, reached his ears.
From its seven great cities, the civilization of Mu expanded in all directions, to the most distant colonies, located on the other side of the seas.
The most important of these colonies was that of the Uighur, who reigned throughout Asia and southern Europe about seventeen thousand years ago, where the Uighur would have given rise to the so-called Aryan races.
The mighty empire of Mu, extending its influence to the extreme east as well as to the extreme west, must have been violently devastated, in its heyday, by two terrible cataclysms, many centuries apart from each other. It was the second that made the whole continent sink under the waves of the Pacific Ocean. Two gigantic waves, that crossed the extension of the ocean like two very high walls.
On Tonga-Tabu Island, for example, there is a stone ark of 170 tons, of unknown origin to the natives. None of the materials used for its construction is found on the island, so it can be assumed that they have been brought from other places. But, from where? How? And because?
In the Caroline Islands, and especially in Ponape, immense ruins were found, with large temples, underground canals and terraces, all in basaltic stone. Neither here do the natives possess any tradition that allows us to go back to the origin of those cyclopean works. According to Churchward, those would be the vestiges of one of the seven great cities of Mu.
And the list can continue, very long: the stone walls of the island of Lele, the pyramids of Kingsmill Island, the pink stone platform of Navigator Island, truncated cone-shaped columns in the Mariana Islands …
Bullshit or not, the myth of Mu, in any case, continues. And not only at the bookseller level. In 1972 – and it is highly indicative – the Italian singer-songwriter Riccardo Cocciante (then known as Richard Cocciante) produced a long-play entirely dedicated to the lost continent of the Pacific, commercialized by the popular Italian RCA and entitled, precisely, Mu. Also the German Colorsound Library of Munich published the long-play Lost Continents (“Lost Continents”) produced by Joel Vandroogenbroeck.
Archaeologists have discovered signs of a civilization that could go back several thousand years before the Inca Empire.
Is it about Mu? Be that as it may, the tradition of a land submerged in the Pacific is very present in Oceania.

As Alfred Métraux reminds us:
Easter Island, far from being the roof of a sunken world, was born some tens of thousands of years ago as a result of volcanic eruptions. The microscopic analysis of its rocks has not revealed the slightest mineral particle from a continental shelf. The soil and its volcanoes are entirely composed of masses or pulverized by ancient craters. All these volcanoes are now extinguished and probably had stopped burping lava and scoria thousands of years before the appearance of man.
No submerged continent, then? Keep saying Métraux:
It may be objected that the same submarine eruptions that create the islands could then destroy them as quickly. In other words, Easter Island, although of volcanic formation, could it not be the rest of a much vaster land, mutilated by the activity of volcanoes?
Be that as it may, what is beyond doubt today is that at least eight thousand years ago a huge natural catastrophe really shook all of Southeast Asia, which then constituted a unique and enormous continental bridge to Australia, known as Sondalandia or Región de la Probe. A large part of these territories was submerged and the subsequent mass exodus -by land and by sea- saw local populations follow the route of the four cardinal points: north towards interior Asia, east towards the Pacific, west towards Indian Ocean and south towards Australia. According to the recent studies of the Englishman Stephen Oppenheimer, the lands invaded by the waters would have been the primitive cradle of epochal discoveries (like the culture of the rice) and of the own civilization at the end of the glaciation, and while Australia and New Guinea would have been united in a single continental mass (the Sahulland), the coastline of the Sino-Japanese region would have been very extended towards the Pacific, comprising islands such as Hainan, Taiwan and also Yonaguni (the Nanhailand). It is evident, therefore, that the presence of architectural objects manufactured by man in areas (today between 50 and 100 m deep) before outdoors, is not only plausible but highly probable. And that the Yonaguni complex (even considering its genesis of natural origin), with its uncomfortable lytic ligament in L, fits perfectly into the aforementioned scenario of catastrophic subsidence which – with the due respect of the most conservative academic environments – can not be denied , whether or not the mythical Mu is mentioned.

The waters rose and covered the valleys from one end of the Earth to the other. The highlands remained, the bottom of the Earth [the countries located in the antipodes] remained dry; there lived those who had fled, the men of the Face Light and the Right Eye […].
When the Lords of the Dark Face woke up and immediately thought of their vimanas to escape the impending waters, they realized that they had disappeared.

It is evident that the text shown above, duly expurgated from the spiritual values ​​of the Theosophical order, refers to the catastrophic sinking of a continent and a Universal Flood, to the simultaneous fall of stars (meteorites or small asteroids), to an exodus to areas safer continentals of the planet, as well as a conflict between two adverse powers, characterized by a very advanced technique that had developed, speaking in modern terms, powerful means of flight, in this case also used for a preventive evacuation against the enemy, and detectors or sensors, gas paralyzing or narcotizing, destructive firearms (agnystra), electronic warfare and high technology: something completely foreign to our mental framework, evidently, but that has remained, anyway, in the vague memory of various cultures, from India to America and Europe.

Well, in Celtic prehistory we find the Irish demigod Cuchulain (whose name is almost homophonic to that of Kukulkan) who attacks a rival vehicle with his aerial “chariot chariot”. The sides of the adversary’s vehicle, covered with metal, open and “the two large white stones set inside it, big as mill wheels” fall outside. As a result, the “car falls to the ground with a noise of thunder, like bastions that collapse.”
Well, the description of this flying chariot, similar to the Indo-Aryan vimana, is also found in America. We are referring to a book of the late thirties, written by Colonel A. Braghin, an author dedicated to the study of the enigma of Atlantis between the two world wars.

For several years, say the Indian Puranas and the South American Popol Vuh, the stars and the Sun and the sky remained hidden by volcanic clouds and violent storms. It seemed that the end of the world had arrived. And the powerful celestial rulers, left behind the surviving human flock and left desperate. There is a phrase, in the aforementioned commentary, that sounds like the creepy death tolling of the great antediluvian civilization, Leslie observes:
The Blue Thrones are vacant. The Lords of the Resplendent Face, the Kings of Light, went away enraged.

A great astrological event, a special grouping of planets and magnetic conditions especially favorable to the Earth, marked the propitious moment. This happened about six and a half million years ago. There was nothing left to be done, except what only They were able to accomplish.
Then, under the impetuous rumble of the rapid descent, from incalculable heights, enveloped in dazzling masses of fire that filled the sky with enormous flaming tongues, the chariot of the Sons of Fire, the Lords of the Flame, was launched through the airspaces. coming from Venus; and he stopped, hanging on the “White Island”, which lay smiling in the gulf of the Gobi Sea; it was green and radiant, covered with masses of fragrant and multicolored flowers; Earth offered all the best it had, and the most beautiful, to welcome its King. There he was, “the Teenager of the sixteen springs,” Sanat Kumara, “the Eternal Virgin Youth,” the new King of the Earth, who comes to his Kingdom with His three Disciples, the three Kumara, his Helpers that surround him. Thirty powerful beings, great beyond all terrestrial understanding, were with them in hierarchical order

This passage describes point by point the arrival on Earth, before the appearance of man, of the Lords of the Flame aboard a particular vimana: not an aircraft, but an extraterrestrial spacecraft. Since then these beings would have systematically intervened in the development of terrestrial life forms, including human, and from their hidden underground center of Shamballa for a long time from them would have depended the great antediluvian civilization, made later by the primitive humanity under its direct guardianship.

In September 2000 the media reported that a small celestial body (called 2000 QW7) was on the verge of colliding with the Earth, which passed dangerously fast (at a distance of only 4 million kilometers). The astronomers of the American Radio Observatory Observatory in Arecibo, Puerto Rico, informed us, reminding us of the persistent and not infrequent dangers to our world of a devastating spatial impact on the part of numerous asteroids present in the orbital fringe between Mars and Jupiter. It was one of these cosmic “boulders” (which many astronomers consider the remains of an exploded planet) that fell on our planet sixty-five million years ago and caused the extinction of the dinosaurs, and later it was also one of these small planets that crashed in all probability in the Atlantic, which caused the collapse of the archipelago of Atlantis. History tends to repeat itself…

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