La Sociedad Que Seremos: Digitales, Analógicos, Acomodados Y Empobrecidos — Belen Barreiro / The Society That We Will Be: Digital, Analog, Accommodated and Poorest by Belen Barreiro (spanish book edition)

Me ha parecido un libro demasiado irregular, sesgado y para nada un ensayo, interesante con opiniones más coherentes, pero decepcionado en parte, bajo mi punto mas que análisis es la presentación de multitud de datos con opiniones bastante sesgadas.
Su premisa fundamental es que la sociedad sale de la recesión y entra en la revolución digital dividida en cuatro grandes grupos: digitales acomodados, digitales empobrecidos, analógicos salvados y analógicos hundidos. Los primeros se inclinan a Ciudadanos, los segundos a Podemos, los terceros al PP y los cuartos al PSOE. Pasó la crisis, pero casi nada es ni será igual.

Las sociedades, como los individuos, se mueven por rutinas que cambian cuando algo sucede. Los acontecimientos pueden ser de muy distinta naturaleza: positivos o negativos, paulatinos o súbitos. Hay sucesos imprevistos que provocan una avalancha de cambios de tal calado que en muy poco tiempo producen transformaciones sociales profundas. En otras ocasiones, los cambios no ocurren con tanta brusquedad. En los últimos años, la sociedad se ha visto sacudida por dos grandes acontecimientos que han revolucionado cómo somos, cómo vivimos y cómo pensamos: la crisis económica, el propulsor de cambio social más reciente, y la revolución tecnológica.
La crisis despierta el sentimiento de que el trabajo ya no es garantía ni de seguridad ni mucho menos de bienestar. Tampoco constituye un generador de expectativas.
La crisis económica no explica por sí sola la expansión de la brecha social en España. Otros países del Sur de Europa, como Grecia y Portugal, consiguen frenar el auge de la desigualdad social en los años de recesión. Según muestra en el primer Informe sobre la Desigualdad publicado por la Fundación Alternativas en 2013, la altísima tasa de paro, especialmente entre los responsables del hogar, así como la debilidad de nuestro sistema de protección social, aún más endeble tras los recortes, explican en gran medida por qué España empeora más que otros países su posición en la clasificación del índice Gini.
La desafección no sólo ha afectado a la política: también se ha extendido a la economía, derrumbándose el respaldo al capitalismo. Los ciudadanos se han vuelto muy críticos con el sistema, tal y como lo habían conocido, al que achacan gran parte de las culpas de su malestar. «El capitalismo en España es igual a corrupción». Sin embargo, la fractura «élite-ciudadanía», tanto en el ámbito económico como político, ha ido acompañada de otro cambio social enormemente relevante: en estos años, los españoles se han hecho más activos y cooperativos. Los ciudadanos han buscado por sí mismos y dentro de la propia sociedad algunas de las soluciones que las élites no les han dado.

El divorcio entre el consumidor y las grandes corporaciones incide negativamente en la reputación de las grandes marcas, así como en su fidelidad a ellas. Según Mikroscopia, el estudio de MyWord, de las treinta y cuatro incluidas, que por término medio logran más aprobaciones que suspensos, todas sin excepción se ven afectadas por la presencia del consumidor rebelde.
La valoración neta del conjunto de marcas, con valores entre -100 y +100, cae 27,3 puntos entre los consumidores rebeldes. El sector de las telecomunicaciones es el más afectado, seguido de la banca, las energéticas, la alimentación y bebidas, los establecimientos comerciales, las de belleza y las tecnológicas o las compañías digitales.
España se ha empobrecido. Y, en el camino, la mayoría de los ciudadanos percibe que ha ido a menos. En 2015, el 52 por ciento cree que ha descendido posiciones en la escala social como consecuencia de la crisis, mientras que un 36 por ciento percibe que no ha variado y un 1,2 por ciento que ha ascendido. El grueso lo componen las personas de clase media que pasan a formar parte —o así lo creen ellos— de las filas de la clase media-baja: suman el 26 por ciento.

La generación precaria
Han nacido en democracia, entre 1983 y 1997. En 2015, al inicio de la recuperación, tienen entre 18 y 32 años y representan el 16,3 por ciento de la población, 6 puntos menos que en 1982. Es la única generación plenamente digital: a finales de 2015, el 97 por ciento ha usado Internet en los últimos tres meses, frente al 82 por ciento que lo ha hecho entre los que tenían de 33 a 56 años, o el 43 por ciento de los de 57 o más. Es la generación más azotada por la crisis: la que más sufre el paro —el doble que la media—, la precariedad laboral y la contracción salarial.
Los jóvenes no sólo recelan de los grandes partidos. En el otoño de 2015, pocas semanas antes de que se celebrasen las elecciones generales, la desconfianza de los millennials hacia el presidente del Gobierno alcanza cifras dramáticas: únicamente el 6,3 por ciento de ellos dice confiar en Mariano Rajoy, cuando entre los mayores de sesenta y cinco lo hace el 29,4 por ciento, una diferencia de 23,1 puntos porcentuales. En períodos anteriores, los jóvenes habían mostrado algo más de recelo que sus mayores hacia el presidente, pero con diferencias pequeñas.
Pero no sólo el sistema político sufre los efectos de la desconfianza de los jóvenes: también lo hacen las grandes corporaciones. En España, en 2015, la valoración de un conjunto de 34 marcas es peor entre los millennials que entre las generaciones mayores: en los sectores de retail, gran consumo, telecomunicaciones y tecnología, las grandes firmas despiertan más recelo entre las personas de menor edad. La diferencia es más acusada entre las marcas de gran consumo, como las de alimentación y bebidas.
A muchos jóvenes, la crisis económica les ha usurpado «oportunidades para construir sus sueños, para llegar a ser lo que quieren ser». A la vez, la revolución tecnológica los ha dotado de herramientas para compartir experiencias y frustraciones, así como para definir nuevas prioridades, identidades y posicionamientos políticos. Los jóvenes han emprendido un proceso de diferenciación forzado y lo están haciendo de forma colectiva, esto es, como generación.

La tecnología también está transformando nuestras relaciones personales, convirtiéndose en una herramienta esencial de ellas. Algo más de ocho de cada diez españoles mantienen contacto cara a cara al menos una vez a la semana con familiares y amigos; sin embargo, las relaciones virtuales refuerzan y complementan esos vínculos directos. Las llamadas de móvil y los mensajes instantáneos nos hermanan sobre todo con las personas que nos son más próximas. El uso de WhatsApp puede llegar a ser absolutamente desquiciado.
En España no sólo hay un uso relativamente extenso de las redes sociales: el tiempo invertido en ellas también es mayor que el que se da en otros países de nuestro entorno. Por término medio, pasamos 1 hora y 36 minutos en las redes, más que los británicos, los alemanes y los franceses, aunque menos que los italianos, que llegan casi a las dos horas diarias. Entre los que están en alguna red, el 75,1 por ciento entra en ella al menos una vez al día, aunque un 16,7 por ciento lo hace continuamente. Las redes sociales amplían, además, los vínculos entre las personas.

Internet despierta muchos más temores entre los internautas españoles que entre los de otros países europeos, pese a que las víctimas declaradas de los crímenes cibernéticos están en nuestro país sistemáticamente por debajo de la media de la Unión. Tenemos mucho más miedo de lo que los datos justifican. Por ejemplo, somos el país de la UE con más temor a ser víctima de fraude en la compra de un producto online (los temores incluyen que no sea entregado, que sea defectuoso o no sea como se anunciaba), con un 71 por ciento que así lo declara y, sin embargo, únicamente el 3 por ciento ha sufrido un crimen semejante —ocupamos el tercer puesto en la cola de países con menos fraude declarado en la compra online—. Esta disonancia entre lo que creemos que nos va a ocurrir y lo que realmente nos sucede se produce sistemáticamente en los diez tipos de crímenes cibernéticos incluidos en el Eurobarómetro. España, en todo caso, es un país que puntúa bajo en los rankings de confianza interpersonal.
Por ello, en un mundo digitalizado, en el que las redes sociales tienen cada vez mayor peso, a los partidos políticos o a las grandes corporaciones que quieran consolidarse y crecer les conviene actuar con coherencia y ejemplaridad. Si se hace lo que se dice y se dice lo que se hace, será más probable que las redes sean más aliadas que enemigas. En las redes sociales es más difícil salir impune de las mentiras y lo es mucho más para los que desconocen cómo son las singularidades de la sociedad digital.

Los partidos políticos y las marcas, por tanto, se enfrentan a una sociedad plena de contradicciones, con realidades sociales que colisionan y que difícilmente se complementan. Hay cuatro sociedades embutidas en una sola. Los digitales, tienen mucho en común: están construyendo un mundo, sobre todo, más poroso, por lo que cualquier marca, política o comercial, que quiera empatizar con ellos debe aprender a ser igual de permeable. Esto exige un esfuerzo de comprensión y adaptación permanente de las marcas, pues se enfrentan a unos votantes y consumidores a la vanguardia, cambiantes y, en cierto sentido, insaciables. Por el contrario, los analógicos, protegen el mundo en el que viven. Ellos no construyen, forman parte de un país cerrado en su cascarón, alerta ante lo que está por venir y asustados por vivir en un mundo que cambia demasiado rápido y que no entienden. Frente a ellos, los partidos y las marcas deben desplegar estrategias de resguardo, de amparo, contrarias, en gran medida, a lo que exige al dinamismo y la innovación que demanda la sociedad digital. Como si el horizonte no fuese lo suficientemente complejo, la sociedad cuádruple requiere, además de una adaptación a ritmos de digitalización muy diversos, adecuar lo que se ofrece a unos consumidores muy desiguales en sus economías personales o familiares. Por supuesto, en el diálogo con los ciudadanos y consumidores, las marcas podrán tejer a partir de lo que une a las cuatro Españas. La escasa tolerancia hacia el sufrimiento ajeno es una de ellas y, probablemente, de las más importantes.

I found a book too irregular, biased and not at all an essay, interesting with more coherent opinions, but disappointed in part, under my point more than analysis is the presentation of a multitude of data with rather biased opinions.
Its fundamental premise is that society emerges from the recession and enters the digital revolution divided into four major groups: well-off digital, impoverished digital, analogue saved and analog analogues sunk. The first are inclined to Citizens, the second to Podemos, the third to the PP and the fourth to the PSOE. The crisis passed, but almost nothing is nor will be the same.

Societies, like individuals, move through routines that change when something happens. Events can be very different in nature: positive or negative, gradual or sudden. There are unforeseen events that cause an avalanche of changes of such depth that in a very short time they produce profound social transformations. At other times, the changes do not happen so abruptly. In recent years, society has been shaken by two major events that have revolutionized how we are, how we live and how we think: the economic crisis, the most recent promoter of social change, and the technological revolution.
The crisis awakens the feeling that work is no longer a guarantee or security or much less welfare. Nor is it a generator of expectations.
The economic crisis does not explain the expansion of the social gap in Spain by itself. Other countries in Southern Europe, such as Greece and Portugal, manage to stop the rise of social inequality in the years of recession. As shown in the first Report on Inequality published by Fundación Alternativas in 2013, the very high unemployment rate, especially among those responsible for the household, as well as the weakness of our social protection system, which is even weaker after the cuts, explain largely because of the fact that Spain is worsening its position in the Gini index ranking more than other countries.
Disaffection has not only affected politics: it has also spread to the economy, collapsing support for capitalism. Citizens have become very critical of the system, as they had known it, to which they attribute a large part of the faults of their discomfort. «Capitalism in Spain is equal to corruption». However, the “elite-citizenship” fracture, both in the economic and political spheres, has been accompanied by another enormously relevant social change: in these years, Spaniards have become more active and cooperative. Citizens have sought for themselves and within their own society some of the solutions that the elites have not given them.

The divorce between the consumer and the big corporations has a negative impact on the reputation of the big brands, as well as on their loyalty to them. According to Mikroscopia, MyWord’s study, of the thirty-four included, which on average achieve more approvals than failures, all without exception are affected by the presence of the rebel consumer.
The net valuation of the group of brands, with values ​​between -100 and +100, falls 27.3 points among the rebellious consumers. The telecommunications sector is the most affected, followed by banking, energy, food and beverages, commercial establishments, beauty and technology companies or digital companies.
Spain has become impoverished. And, on the way, most citizens perceive that it has gone less. In 2015, 52 percent believe that they have declined positions in the social scale as a result of the crisis, while 36 percent perceive that has not changed and 1.2 percent has risen. The bulk is composed of middle class people who become part of the ranks of the lower middle class – or so they believe – amounting to 26 percent.

The precarious generation
They were born in democracy, between 1983 and 1997. In 2015, at the beginning of the recovery, they are between 18 and 32 years old and represent 16.3 percent of the population, 6 points less than in 1982. It is the only fully digital generation : at the end of 2015, 97 percent have used the Internet in the last three months, compared to 82 percent who have used the Internet between those aged 33 to 56, or 43 percent of those aged 57 or older. It is the generation most hit by the crisis: the one that suffers the most unemployment – twice the average -, job insecurity and wage contraction.
Young people are not only suspicious of big games. In the fall of 2015, a few weeks before the general elections were held, the millennials’ distrust of the president of the government reaches dramatic figures: only 6.3 percent of them say they trust Mariano Rajoy, when among the elderly of sixty-five it does 29.4 percent, a difference of 23.1 percentage points. In previous periods, young people had shown a little more suspicion than their elders towards the president, but with small differences.
But not only the political system suffers the effects of the distrust of young people: so do the large corporations. In Spain, in 2015, the valuation of a set of 34 brands is worse among millennials than among the older generations: in the retail, consumer goods, telecommunications and technology sectors, the big firms awaken more suspicion among the younger people . The difference is more pronounced among consumer brands, such as food and beverages.
For many young people, the economic crisis has usurped them “opportunities to build their dreams, to become what they want to be”. At the same time, the technological revolution has given them tools to share experiences and frustrations, as well as to define new priorities, identities and political positions. Young people have embarked on a process of forced differentiation and they are doing it collectively, that is, as a generation.

Technology is also transforming our personal relationships, becoming an essential tool of them. Just over eight out of ten Spaniards have face-to-face contact at least once a week with family and friends; however, virtual relationships reinforce and complement those direct links. The calls of mobile and the instantaneous messages brother us especially with the people who are closer to us. The use of WhatsApp can become absolutely deranged.
In Spain, there is not only a relatively extensive use of social networks: the time spent on them is also greater than the time spent in other countries around us. On average, we spent 1 hour and 36 minutes on the networks, more than the British, the Germans and the French, although less than the Italians, who arrive almost at two hours a day. Among those in a network, 75.1 percent enter it at least once a day, although 16.7 percent do so continuously. Social networks also expand the links between people.

Internet arouses many more fears among Spanish Internet users than among those of other European countries, despite the fact that the declared victims of cyber crimes are systematically below the Union average in our country. We are much more afraid than the data justifies. For example, we are the EU country with the greatest fear of being a victim of fraud when buying an online product (fears include that it is not delivered, that it is defective or not as advertised), with 71 percent it declares it and, nevertheless, only 3 percent has suffered a similar crime – we occupy the third place in the queue of countries with less fraud declared in the online purchase-. This dissonance between what we believe will happen to us and what really happens to us occurs systematically in the ten types of cyber crimes included in the Eurobarometer. Spain, in any case, is a country that scores low in the rankings of interpersonal trust.
Therefore, in a digitalized world, in which social networks have increasing weight, political parties or large corporations that want to consolidate and grow should act with consistency and exemplarity. If what is said and what is done is said, it will be more likely that networks will be more allied than enemy. In social networks it is more difficult to get away with the lies and it is much more for those who do not know what the singularities of the digital society are like.

The political parties and the brands, therefore, face a society full of contradictions, with social realities that collide and that hardly complement each other. There are four societies embedded in one. Digitals, have much in common: they are building a world, above all, more porous, so any brand, political or commercial, that wants to empathize with them must learn to be equally permeable. This requires an effort of understanding and permanent adaptation of brands, as they face voters and consumers at the forefront, changing and, in a certain sense, insatiable. On the contrary, analogies, protect the world in which they live. They do not build, they are part of a closed country in its shell, alert to what is to come and scared to live in a world that changes too fast and that they do not understand. In front of them, the parties and the brands must deploy strategies of protection, of protection, contrary, to a large extent, to what it demands to the dynamism and the innovation that demands the digital society. As if the horizon was not complex enough, quadruple society requires, in addition to adapting to very diverse digitization rhythms, to adapt what is offered to very unequal consumers in their personal or family economies. Of course, in the dialogue with citizens and consumers, brands will be able to weave from what unites the four Spains. The little tolerance towards the suffering of others is one of them and, probably, of the most important ones.

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