El Abuelo — Aleksandr Chudakov / A Gloom Descends Upon the Ancient Steps by Aleksandr Chudakov

Una amiga rusa me recomendó esta novela que ganó el premio Booker ruso en 2011 y es una joya en la mejor de a tradición rusa de Tolstoi, Chejov… imprescindible.
Estamos frente a una obra costumbrista, sí, pero que nos lleva de viaje, pues ese costumbrismo hace innecesario desvirtuar la realidad. El arranque tiene lugar cuando el abuelo reúne a sus hijos para repartir la herencia. Pero para el narrador la herencia la recibió en vida: la generosidad, la voluntad, el amor por las raíces y el aprendizaje de eso tan complicado de manejar que es la nostalgia, corre por las venas del nieto. A su vez, asistimos a la evolución, lenta, lentísima hasta el último momento, de la vida rural en un lugar fuera del tiempo, es decir, fuera de la Historia.
Es difícil no situar al abuelo del narrador entre los personajes más memorables de la literatura rusa.

Nos ofrece un testimonio casi enciclopédico de la vida durante todo un siglo, haciendo especial hincapié en los difíciles años del régimen soviético: el exilio, la represión, el duro trabajo, el hambre… pero también la familia, la tradición ancestral, la cultura, la libertad y la esperanza. Chebachinsk, una ciudad al norte de Kazajistán habitada por exiliados políticos, es el escenario central de esta historia que abarca las vidas de cuatro generaciones y que se desarrolla en torno a las figuras de Antón, el niño que terminará siendo un historiador afincado en Moscú, y su abuelo, un prodigio de fuerza y sabiduría que a los noventa y siete años decide convocar a la familia ante la proximidad de su muerte.

La economía política del abuelo era sencilla: el estado roba, se apropia de todo. Lo único que no tenía claro era adonde se iba ese «todo».
—Antes, el dueño de una tiendecilla del tres al cuarto vivía de ella y alimentaba a una familia entera. Ahora todas las tiendas, los grandes almacenes, el comercio exterior pertenecen al estado. ¡Es un intercambio mercantil gigantesco!.
—Ya no me apetece comer, ni dormir, ni vivir. Porque ¿qué es la vida? Es el proceso de conocer a Dios, al hombre, el arte. De comprender a Dios estoy igual de lejos que hace ochenta años, cuando, siendo adolescente, ingresé en el seminario conciliar. Al hombre, bueno, a ese respecto nadie comprende.

Cuando en los baños se congelaba la tubería, la abuela bañaba a Antón en casa, en una gamella de madera tan larga que él, un niño de no poca estatura, se estiraba allí y aún sobraba sitio. Nunca en su vida Antón ha vuelto a ver otra gamella tan larga en ningún lugar, ni en las aldeas hutsules, ni en Transbaikalia, ni en los aúles de Daguestán. Hecha de un tronco de roble vaciado, más bien se asemejaba al abrevadero para el ganado que había junto al pozo, por no decir a aquel bote que hizo Robinson ahuecando un árbol abatido y que luego no pudo ni mover: cuando había que subir la gamella a la mesa donde se organizaba el lavado, la abuela llamaba al abuelo o a tía Tamara. A Antón el baño no le hacía ni pizca de gracia: el jabón casero picaba en los ojos sobremanera, la abuela siempre tenía prisa y le frotaba el pelo tan enérgicamente que la cabeza le oscilaba como la de un monigote, los dedos de la abuela eran de hierro, forjados en las coladas para una familia enorme desde 1917.
La vida nocturna giraba en torno a la lámpara de queroseno, que era de cobre, elevada sobre un pie alto, producto de la fábrica vienesa de Ditmar y los hermanos Brünner, de diez líneas. Según el abuelo, la numeración hacía referencia a la anchura de la mecha, que se medía en líneas, cada línea equivalía a un doceavo de pulgada. El abuelo había oído que a finales de siglo la compañía vienesa ofrecía más de quinientos modelos de lámparas de queroseno, el abuelo se encargaba personalmente de preparar la lámpara para la larga función nocturna, delegarlo era impensable: si hubieran roto el vidrio todo se habría ido al traste, ¡la de lámparas sin cubiertas de vidrio que había visto Antón en Chebachinsk, todas parecían candilejas! El abuelo cortaba el lienzo (lo llamaba en polaco knot, a Antón le encantaba la palabra, rimaba: «knot-no-hace-boicot»). La limpieza del vidrio se hacía con una bola de papel de periódico estrujado. El papel de periódico era una cuestión delicada: éramos suscriptores de un solo rotativo, Pravda, que era intocable ya que se guardaba para las ponencias de padre sobre la situación internacional.
Ni siquiera el abuelo disponía de información sobre la vejiga de la corza, tampoco sabía nada de la del saiga, otro animal que habitaba en la estepa cercana, no mucho más allá de la mina Stepniak.
La palabra «preservativo» sonaba bien, aunque después de sopesar pros y contras, Antón dio preferencia a otra palabra que había oído esos días. «Pso-ri-a-sis».

En CHEBACHINSK había dos escuelas. Una de ellas, la que cubría la enseñanza secundaria hasta el séptimo grado, se alojaba encima del antiguo almacén del mercader Sapogov; el edificio había sobrevivido a tres guerras y a dos revoluciones sin precisar reparación alguna, como todos los demás edificios de Sapogov. La otra escuela, la de diez grados, donde estudió Antón, fue construida durante los años treinta al estilo que más se llevaba entonces, «la barraca, deprisa y corriendo», usando la madera sin secar y el enlucido aplicado al maderaje húmedo; la escuela requería mantenimiento anual, aún así seguía pareciendo un cobertizo, durante los años de la guerra no conoció el más mínimo remiendo y quedó totalmente arruinada. Era fría y húmeda, los pasillos olían a tufo y las aulas apestaban a moho y ratones, los cuales, por alguna razón, salían de sus ratoneras por los agujeros de la madera podrida justo durante las clases. Las chicas se encaramaban a sus escritorios y se ponían a chillar. En las aulas nadie se quitaba la ropa de calle, nos sentábamos tres alumnos por pupitre, tan apretados que era imposible darse la vuelta, y hacía tanto frío que los dedos no podían sujetar las plumas. La tinta iba en tinteros de vidrio de los llamados inderramables. El nombre nos desconcertaba, valiente imbécil el inventor, pensábamos todos, ya que para derramarla solo hacía falta sacudirla con un poco de maña: si al principio se le daba un meneo suave y después dos batidas vigorosas, el derrame estaba asegurado, se obtenía un hermoso y espeso borbotón.

De niño, Antón se pasaba días enteros con su abuelo cuidando de las huertas familiares. Sembraban semillas, plántulas, aplicaban fertilizantes orgánicos; el abuelo condenaba la nueva moda de los fertilizantes inorgánicos y predecía que el mundo volvería al estiércol. Pasados muchos años, Antón leyó —ya no tenía a quién contárselo— que en Inglaterra había surgido todo un movimiento de «naturalistas» que rechazaban los fertilizantes minerales. Y aún más tarde, vio una foto en un periódico: un labrador seguía a un arado tirado por un simpático caballo, la imagen le recordó el lado izquierdo de una ilustración en el Calendario del koljosiano titulada: Entonces y ahora (en el lado derecho se veía un tractor). La leyenda decía: «En Inglaterra los agricultores dispuestos a rechazar el uso de tractores y volver al método tradicional pueden acudir a los pertinentes cursillos. La foto corresponde a una clase práctica». Esto tampoco habría sorprendido al abuelo, él no paraba de repetir que el tractor es demasiado pesado y destroza el suelo. Si el arado fuese solo…

Siempre que Antón volvía de Chebachinsk, lo cargaban con varios paquetes que tenía que entregar en Moscú. La ciudad provincial tenía unos lazos muy estrechos con la capital.

El abuelo murió en vísperas de la Pascua. A última hora volvió en sí y preguntó qué día era. Era Viernes Santo. Y dijo: «Qué maravilloso… morir un…».
«Abuelo, ¿cuál es tu deseo?». El abuelo respondía: «que me dejes dormir mi siesta tranquilo», o «que en el diario Pravda haya un tanto por ciento de verdad». En la última visita de Antón, el abuelo dijo: «mi deseo es morir en vísperas de la Pascua, un día de la Semana Grande».
Antón se perdió el funeral, tardó cuatro días en llegar; por primera vez en todos aquellos viajes, ni leía ni escribía. Aunque tampoco pensó en el abuelo, la muerte como tal era lo que ocupaba su mente. La noción de la muerte entró en su ser de la mano del abuelo. El siempre era el más viejo, así que cuando Antón vinculó el concepto de la edad con la muerte, se dio cuenta de que el más cercano a ella era el abuelo, y a continuación pasó media noche llorando con la cabeza escondida debajo de la manta.
Pero los años pasaban, morían los vecinos, los maestros, la gente más joven que el abuelo, que seguía vivo y coleando, más sano y más fuerte que los jóvenes a su alrededor. Poco a poco la idea de la muerte se desvaneció.
El abuelo había conocido dos mundos. El primero fue el mundo de su juventud y de su madurez. Era un mundo simple y comprensible: un hombre trabajaba y recibía su compensación, por tanto, estaba en condiciones de adquirir una “El abuelo había conocido dos mundos. El primero fue el mundo de su juventud y de su madurez. Era un mundo simple y comprensible: un hombre trabajaba y recibía su compensación, por tanto, estaba en condiciones de adquirir una vivienda, las cosas y los alimentos sin tener que lidiar con listas, cupones, cartillas de racionamiento o colas interminables. Aquel mundo se desvaneció materialmente, pero el abuelo aprendió a recrear su semejanza a fuerza de conocimiento, ingenio e indómitos esfuerzos propios y de su familia, porque ninguna revolución es capaz de alterar las leyes del nacimiento y de la vida de las cosas y las plantas. Lo que una revolución sí puede es rehacer el mundo inmaterial del hombre, y lo hizo. La jerarquía de valores se derrumbó: un país con una historia multisecular empezó a vivir según normas ideadas hacía nada; lo que antes se consideraba ilícito se convirtió en la nueva ley. Sin embargo, su alma preservaba el mundo antiguo y el mundo nuevo no la corrompió. Percibía el viejo mundo como si fuera real, el abuelo continuaba su diálogo diario con sus autores favoritos religiosos y seculares, con sus confesores del seminario, con sus amigos, su padre y sus hermanos. Lo irreal para él era el nuevo mundo: nunca logró comprender racional ni emocionalmente cómo podía haber nacido todo esto y, para colmo, cómo se había consolidado tan deprisa, y jamás dudó de que un día este reino de fantasmas desaparecería con la misma rapidez con la que había surgido.
Dos días antes de morir, el abuelo la llamó y le pidió su perdón.
—¿Por qué? —lloraba la abuela—. ¿Qué tengo que perdonarte?
—Te prometí la felicidad, la tranquilidad y la abundancia, lo que te di fue la pobreza, los problemas y el trabajo agotador. Me creía capaz de ofrecerte una buena vida porque era joven, porque sabía hacer tantas cosas, porque era fuerte.

A russian friend of mine recommended this novel that won the Russian Booker prize in 2011 and is a gem in the best of Russian tradition of Tolstoy, Chekhov … essential.
We are in front of a costumbrista work, yes, but that takes us on a trip, because that costumbrismo makes unnecessary to distort reality. The start takes place when the grandfather gathers his children to distribute the inheritance. But for the narrator the inheritance received it in life: generosity, will, love for the roots and the learning of that so complicated to manage that it is nostalgia, runs through the veins of the grandson. At the same time, we are witnessing the evolution, slow, very slow until the last moment, of rural life in a place outside of time, that is, outside of History.
It is difficult not to place the narrator’s grandfather among the most memorable characters in Russian literature.

It offers an almost encyclopedic testimony of life for a whole century, with special emphasis on the difficult years of the Soviet regime: exile, repression, hard work, hunger … but also the family, the ancestral tradition, culture, freedom and hope. Chebachinsk, a city in northern Kazakhstan inhabited by political exiles, is the central scenario of this story that spans the lives of four generations and develops around the figures of Anton, the child who will end up being a historian based in Moscow, and his grandfather, a prodigy of strength and wisdom who at the age of ninety-seven decides to summon the family to the approach of his death.

Grandpa’s political economy was simple: the state steals, appropriates everything. The only thing I did not know was where that “everything” was going.
-Before, the owner of a small store from three to four lived on it and fed a whole family. Now all the stores, the department stores, the foreign trade belong to the state. It is a gigantic mercantile exchange !.
-I no longer want to eat, sleep, or live. Because what is life? It is the process of knowing God, man, art. To understand God I am just as far away as I was eighty years ago, when, as a teenager, I entered the conciliar seminary. To the man, well, in that respect nobody understands.

When the pipes froze in the baths, the grandmother bathed Antón at home, in a wooden suit so long that he, a child of no small stature, stretched there and there was still room left. Never in his life did Anton ever see another gamella so long anywhere, not in the Hutsul villages, not in Transbaikalia, not in the augles of Dagestan. Made of a trunk of oak emptied, rather resembled the watering hole for the cattle that was next to the well, not to say that boat that made Robinson hollowing a tree down and then could not even move: when you had to climb the gamella At the table where the washing was organized, the grandmother called her grandfather or Aunt Tamara. Anton did not care for the bathroom: the homemade soap was stinging in the eyes, the grandmother was always in a hurry and rubbing her hair so energetically that her head was swinging like a puppet’s, her grandmother’s fingers were of iron, forged in the lava flows for a huge family since 1917.
The nightlife revolved around the kerosene lamp, which was made of copper, raised on a high foot, product of the Viennese factory of Ditmar and the Brünner brothers, of ten lines. According to the grandfather, the numbering referred to the width of the wick, which was measured in lines, each line equaling one twelfth of an inch. Grandfather had heard that at the end of the century the Viennese company offered more than five hundred models of kerosene lamps, the grandfather was personally responsible for preparing the lamp for the long night function, delegate it was unthinkable: if they had broken the glass everything would have gone At the edge, the one with lamps without glass covers that Antón had seen in Chebachinsk, they all looked like footlights! The grandfather cut the canvas (he called it in Polish knot, Anton loved the word, rhymed: “knot-don’t-do-boycott”). The cleaning of the glass was done with a ball of crushed newspaper. Newspaper was a sensitive issue: we were subscribers to a single newspaper, Pravda, which was untouchable since it was kept for father’s papers on the international situation.
Not even the grandfather had information about the bladder of the deer, nor did he know anything about the saiga, another animal that lived in the nearby steppe, not much further than the Stepniak mine.
The word “condom” sounded good, although after weighing pros and cons, Anton gave preference to another word he had heard those days. “Psoriasis”.

In CHEBACHINSK there were two schools. One of them, which covered secondary education up to the seventh grade, was housed above the former store of the merchant Sapogov; the building had survived three wars and two revolutions without needing repair, like all the other Sapogov buildings. The other school, the ten-grade school, where Anton studied, was built during the 1930s in the style that was best worn then, “the barraca, fast and running,” using the dry wood and the plaster applied to the wet wood; the school required annual maintenance, yet it still looked like a shed, during the war years it did not know the slightest patch and was totally ruined. It was cold and wet, the corridors smelled of stink, and the classrooms reeked of mold and mice, which, for some reason, came out of their mousetraps through holes in the rotten wood just during class. The girls climbed to their desks and began to scream. In the classrooms nobody took off their street clothes, we sat three students per desk, so tight that it was impossible to turn around, and it was so cold that the fingers could not hold the feathers. The ink was in glass inkwells called inderramables. The name puzzled us, brave fool the inventor, we all thought, because to spill it you just had to shake it with a little skill: if at first you gave it a gentle wiggle and then two vigorous shakes, the spill was assured, you get a beautiful and thick spurt.

As a child, Anton spent whole days with his grandfather taking care of family gardens. They planted seeds, seedlings, applied organic fertilizers; Grandfather condemned the new fashion of inorganic fertilizers and predicted that the world would return to dung. After many years, Anton read-he had no one to tell him about-that in England there had been a whole movement of “naturalists” who rejected mineral fertilizers. And even later, he saw a picture in a newspaper: a farmer followed a plow pulled by a nice horse, the image reminded him of the left side of an illustration in the Kolkhozian Calendar entitled: Then and now (on the right side is I saw a tractor). The caption read: “In England, farmers willing to refuse the use of tractors and return to the traditional method can go to the relevant courses. The photo corresponds to a practical class ». This would not have surprised the grandfather either, he kept repeating that the tractor is too heavy and destroys the ground. If the plow was only …

Whenever Antón returned from Chebachinsk, he was loaded with several packages that he had to deliver in Moscow. The provincial city had very close ties with the capital.

The grandfather died on the eve of Easter. At the last minute he came to himself and asked what day it was. It was Good Friday. And he said: “How wonderful … to die …”
“Grandpa, what is your wish?” The grandfather answered: “let me sleep my quiet nap”, or “that in the Pravda newspaper there is a certain percentage of truth”. At Anton’s last visit, the grandfather said: “My wish is to die on the eve of Easter, one day of the Big Week.”
Anton missed the funeral, it took four days to arrive; For the first time in all those trips, he neither read nor wrote. Although he did not think of his grandfather either, death as such was what occupied his mind. The notion of death entered his being at the hands of his grandfather. He was always the oldest, so when Anton linked the concept of age with death, he realized that the closest to her was his grandfather, and then he spent half the night crying with his head hidden under the blanket.
But the years passed, the neighbors died, the teachers, the people younger than the grandfather, who was still alive and kicking, healthier and stronger than the young people around him. Little by little the idea of ​​death vanished.
Grandpa had known two worlds. The first was the world of his youth and his maturity. It was a simple and comprehensible world: a man worked and received his compensation, therefore, he was in a position to acquire a “The grandfather had known two worlds. The first was the world of his youth and his maturity. It was a simple and understandable world: a man worked and received his compensation, therefore, he was in a position to acquire housing, things and food without having to deal with lists, coupons, ration cards or endless lines. That world materially vanished, but grandfather learned to recreate his resemblance by the strength of knowledge, ingenuity and untamed efforts of his own and his family, because no revolution is capable of altering the laws of birth and life of things and plants . What a revolution can do is to remake the immaterial world of man, and he did it. The hierarchy of values ​​collapsed: a country with a centuries-old history began to live according to standards designed to do nothing; What was previously considered unlawful became the new law. However, his soul preserved the ancient world and the new world did not corrupt it. Perceived the old world as if it were real, the grandfather continued his daily dialogue with his favorite religious and secular authors, with his confessors of the seminary, with his friends, his father and his brothers. The unreal for him was the new world: he never managed to understand rationally or emotionally how all this could have been born and, on top of that, how he had established himself so quickly, and he never doubted that one day this kingdom of ghosts would disappear with the same speed with the one that had emerged.
Two days before she died, her grandfather called her and asked for her forgiveness.
-Why? Cried the grandmother. What do I have to forgive you?
-I promised you happiness, tranquility and abundance, what I gave you was poverty, problems and exhausting work. I thought I could offer you a good life because I was young, because I knew how to do so many things, because I was strong.

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