Manifiesto Redneck: De Cómo Los Hillbillies, Los Hicks Y La Basura Blanca Se Convirtieron En Los Chivos Expiatorios De Estados Unidos — Jim Goad / The Redneck Manifesto: How Hillbillies, Hicks, And White Trash Became America’s Scapegoats by Jim Goad

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Libro ameno y divertido, que reparte mandobles de principio a fín. Tiene el mérito de estar escrito hace la friolera de veinte años y se ha puesto de moda injustamente como explicación del triunfo de Trump.
El libro es la historia de los pobres blancos desde la época de las colonias inglesas en Virgnia a la actualidad, de siervos-esclavos a objeto de mofa :”paletos” “ignorantes” o simplemente “blancos pobres”. El autor se identifica como integrante de ese grupo: “basura blanca” descendiente de siervos blancos como él, para pasar a exponer la historia de dicho grupo, al que se designa de mil formas, todas negativas, entre ellas la que da título al libro “cuello rojo” por el cuello de un blanco plantando algodón o dejándose el lomo.
Ya las colonias inglesas se nutrieron de mano de obra sierva o esclava, traída de Europa (Irlanda-Escocia e Inglaterra) a la fuerza: desde niños capturados, reclusos, mendigos, a pueblos sometidos como el irlandés. Tras la Independencia de Estados Unidos a la guerra de Secesión, el autor incide en la motivación económica del Norte ajena al tema de la esclavitud, y en concreto desmonta la figura de Lincoln como adalid del abolicionismo, aportando citas racistas del presidente americano. De ese modo va desgranando como los blancos pobres fueron los grandes perdedores del proceso histórico, cómo se utilizó y utiliza el color de piel para evitar la lucha de clases y cómo “el sueño americano” es como la creencia en Papá Noel o el ratón Pérez. Guarda su artillería para los progresistas blancos con su culpabilidad a cuestas y su hipocresía, que centran sus objetivos sentimentales lo más lejos posible, bien lejos de los pobres blancos vecinos y en cambio dirigen sus simpatias por personas que viven al otro lado del orbe. Algo que criticaron Marx y Dickens con respecto a la autora de “la cabaña del tío Tom”, una abolicionista rica norteña que hablaba maravillas de una duquesa británica que la invitó y lloraba a mares con su novela por el padecimiento de los esclavos negros en Estados Unidos, señora de una familia que no pestañeó en quemar vivos a sus colonos escoceses. Esa hipocresía social, que ya criticó Emerson, de empatizar con el lejano y odiar o ignorar al cercano, es necesaria y útil para mantener el poder “divide et impera” se destapa en el libro con todo lujo de detalles, algunos muy interesantes. Así es el caso de la columna de pobretones que apoyó a Washington en su fe para pagar menos impuestos a Inglaterra y como fue saqueada al término de la guerra con muchos más impuestos a su medio de vida: la fabricación de alcohol, por lo que se levantó en armas contra el gobierno y fué aplastada a sangre. Del pasado vamos al presente, la denigración de la cultura “redneck”, mediante la demonización de la posesión de armas, el etiquetar de paranoia, de loco a todo el que disienta de las versiones oficiales del gobierno y del control y la fuerza del estado sobre los individuos y sus bolsillos, hasta llegar a la dictadura de lo políticamente correcto imperante en la política y la propaganda mediática actual.
El libro también tiene dos capítulos, dedicados a la cultura y religión redneck donde se detallan desde mitologías Big Foot, los ovnis, al esparcimiento con las anfetaminas caseras, el alcohol de garrafón y la música country, Elvis y los controladores de serpientes y bebedores de estricnina.
El autor ajeno a lo imperante apela a la lucha de clases, alerta sobre la sobrepoblación, el industrialismo, el mito del trabajo, “cuando no dejas de trabajar y a penas te da para comer, podemos hablar de servidumbre”, de la deuda y sus intereses cada vez más grande heredada de generación en generación por el gasto gubernamental, la inhóspita ciudad, el control de los ciudadanos por el gobierno, además de advertir que vamos camino de que se imponga en todo el globo un Feudalismo de las Multinacionales.
Termina con un esbozo de la actualidad, hace veinte años como dije, lanzando un escupitajo al progresista blanco “una mezcla de Stalin y la Madre Teresa” sin sentido del humor que domina los medios culturales propagandísticos, dictador de lo políticamente correcto. Controlador del pensamiento y la moral a través de los medios y Hollywood, deseándole que, para variar, ponga su cuellecito blanco al Sol hasta que se ponga bien rojo con el trabajo duro a ver si sigue teniendo esa sarta de buenos deseos vacíos de contenido y prejuicios contra los “paletos”.

Profanador e irreverente, el Sr. Goad, defiende su herencia y pedigrí del campesino sureño con brío y mucho color. Siendo negro, tengo una gran simpatía por el punto de vista del autor, y puedo dar fe del hecho de que su narrativa revisada de la historia de los Estados Unidos es en su mayor parte cierta. Sin embargo, no veo una sola desviación de las racionalizaciones que da para la lamentable situación de los campesinos sureños y que los negros dan su triste situación similar, a saber: que ambos grupos pasaron 150 y 200 años respectivamente en la esclavitud al estilo estadounidense, donde cada uno luego “resultó” sin una olla proverbial en la que orinar. En este sentido, es difícil no concluir que, de una manera indirecta involuntaria, el autor ha confirmado a la perfección el argumento negro de que nuestro lamentable estado de desarrollo puede ser dirigido directamente de vuelta a la esclavitud, tal como él asegura que se puede hacer por los rednecks.
Tan colorido como su análisis es, creo que el sarcasmo chorreante del autor era demasiado inteligente a la mitad, y, la mayoría de las veces, se metió en el camino de contar una historia limpia. Pero luego, al completar el libro, tal vez sea mejor, ya que el análisis del autor sufre otros defectos fatales.
Primero y más notoriamente, es su intento de establecer una equivalencia falsa entre nigg ers y “basura blanca”. Este intento falla por completo. El hecho de que ambos sufrieron la esclavitud a manos de otros hombres blancos, no los hace equivalentes en todos los demás aspectos. Además, la esclavitud negra duró medio siglo más y fue permanente. E incluso cuando se prohibió la esclavitud, continuó en la forma de varias formas alternativas, como las granjas de liberación de trabajo penal, el cultivo compartido, y otro siglo de Jim Crow legalmente sancionado. Esto también fue seguido por lo que Michelle Anderson llama en su reciente libro “el nuevo Jim Crow” sobre el encarcelamiento de negros e hispanos. Ahora, también tenemos el complejo industrial penitenciario establecido especialmente como una “tubería de niños a adultos” desde el ghetto directamente a las camas de prisión con fines de lucro.
Dicho esto, esta petición especial para “trailer de la basura de la humanidad” tiene sus mejores momentos. Por ejemplo, estoy totalmente de acuerdo con el autor en que las patologías blancas pobres casi nunca se ven como una respuesta a factores ambientales (como haber compartido un siglo y medio en la esclavitud junto a los negros), mientras que las patologías no blancas nunca se ven en ningún Otra manera. Incluso el autor conservador, Tom Sowell, entiende mal este punto en su horrible libro “Black Rednecks and White Liberals”.
Sin embargo, tan bueno como es la defensa de este autor de su pedigrí blanco de clase baja, no se le puede permitir salirse con la segunda falla evidente de su análisis: combinar selectivamente “basura de tráiler” con “blancura escrita grande” cuando conviene a su tesis pero separándolos, cuando no es así. A diferencia de los sentimientos emocionales, donde se puede montar a horcajadas en la valla. Analíticamente, el autor debe estar dentro o fuera de la jerarquía gobernante de Estados Unidos. No puede poner un pie en ambos campos: debe estar a favor o en contra de los esclavizadores, pero no a los dos. No se puede permitir que un análisis válido siga las emociones del autor: a caballo entre la valla jerárquica económica-racial-sexual.
Pero debe decirse que el Sr. Goad, está en la buena compañía de otros clasistas, cuando él también construye una narrativa falsa basada en una falsa alternativa de jerarquía “solo económica”. Como ellos, él también procede a pretender que nosotros, los lectores, no podemos ver que el único problema del campesino es uno existencial: “un hombre blanco en buena posición” está siendo discriminado. Esta discriminación le impide escalar lo que los clasistas pretenden ser una escalera de “clase solamente”. El mayor deseo de los rednecks no es otro que el de poder unirse a sus antiguos hermanos barones ladrones blancos ricos en la parte superior de la cadena alimentaria económica.
En esta versión defectuosa de la jerarquía social de Estados Unidos, el sexo y la raza se combinan en no temas. Pero el hecho es que la jerarquía social estadounidense no es unidimensional, sino que se basa únicamente en el poder y la economía, pero es una fórmula compleja entrelazada basada también en la raza y el sexo.
En términos simples y claros, en Estados Unidos, no existe una jerarquía “solo económica”. Solo existe una jerarquía compleja, profundamente entrelazada de raza, sexo, poder y economía. Período.
Así, aquí, por un lado, el Sr. Goad sostiene que la jerarquía de clases de los Estados Unidos se basa únicamente en la economía y el poder, y que la raza y el sexo no tienen nada que ver con eso. Esta manera de pensar mental, le permite descartar el reclamo de negros y mujeres al mismo tiempo que hace un llamado especial a los campesinos sureños basado en la misma familia de atributos negativos utilizados para negar a los negros y las mujeres su igualdad.
De acuerdo con esta ilógica, el mundo social de los Estados Unidos estaría bien si a los sureños se les concediera su parte adecuada del poder blanco ilícito que se les debía: negros y mujeres, malditos sean.
Cuando se descodifica una ilógica de este tipo, descubrimos que, a lo largo del libro, el autor solo se ha molestado por una cosa: que a su propia clase de campesino sureño no se le haya permitido ascender a la cima de la jerarquía económica, racial y comparte un lugar con sus hermanos Barón ladrón blancos más ricos.
Y eso es exactamente lo que encontramos en la base de todas las ideologías políticas de derecha: la política basada en la noción falsa de que la jerarquía de clases de Estados Unidos se basa solo en la economía y el poder y no también en el sexo y la raza. Al igual que el autor, los conservadores quieren retener la opresión racial y sexual como parte de la jerarquía estadounidense, al permitir que los blancos pobres solo puedan ascender en la escalera al éxito, donde luego pueden compartir ser opresores en la parte superior de la cadena alimentaria con el otros barones ladrones blancos. Cualquier tonto puede ver que esta es solo una forma alternativa de alcanzar la supremacía blanca a través de la puerta de atrás, y sin siquiera reconocer que la supremacía blanca es el objetivo final del campesino sureño.
El punto que el autor siempre falla es que los sureños siempre han sido miembros de tribus blancas “en buena posición” debido a su ardiente deseo de identificarse con su blancura, y por lo tanto con sus hermanos barones ladrones. Despojarse de su blancura nunca ha sido una opción. Y este hecho no es materia de debate, como ha sido cierto al menos desde la Rebelión de Nathaniel Bacon en 1676. Desde entonces, cuando los esclavos rojos, negros y blancos se unieron para matar la plantación y la clase de esclavos, campesinos sureños como grupo han elegido constantemente ponerse del lado de los propietarios de las plantaciones blancas y la clase corporativa.
Francamente, me alegro de que este autor haya tenido el valor de finalmente reconocer y admitir lo obvio: que los blancos pobres no son tan tontos como para no darse cuenta de que dispararse en el pie al aliarse con la clase empresarial es, de hecho, una forma consciente y deliberada de ayudando a aquellos que nos oprimen a todos a continuar haciéndolo. A pesar de la defensa del autor de ellos, este hecho por sí solo demuestra que los campesinos sureños no tienen a nadie a quien culpar sino a sí mismos por ser oprimidos por sus propios hermanos blancos.
De hecho, no es una exageración sugerir que aliarse con los miembros de la clase blanca corporativa y de plantaciones, es un artículo de fe con los campesinos sureños, que continúan haciéndolo sin importar lo mal que duela a su propia clase baja. intereses económicos y políticos. Y como el autor tan astutamente señaló: si los negros pobres y los blancos pobres alguna vez combinaran sus esfuerzos, constituirían una coalición inmejorable en el proceso político estadounidense. Parece que después de la Rebelión de Bacon, la clase de barones ladrones también se dio cuenta de esto como una amenaza potencial para su base de poder, y desde entonces, nunca ha habido un movimiento social o político que haya involucrado una coalición política entre negros y blancos pobres. para luchar contra la opresión de la clase del barón ladrón.
Por el contrario, puedo señalar al pasar que los blancos pobres en Brasil (que tiene una historia racial similar a la de Estados Unidos), no se ponen del lado de los blancos de clase alta. En cambio, se ponen de parte de la política de los mulatos y los negros, con quienes también se casan frecuentemente.
Obviamente, hay una buena razón para que los estadounidenses blancos de clase baja se “distancian” de los negros y otras minorías de color: entre otros, disfrutan de la abundancia de beneficios racistas tangibles e intangibles que obtienen de forma automática simplemente teniendo el invaluable boleto genético de piel blanca.
Como se señaló anteriormente, que han elegido permanecer en la reserva blanca, aunque a lo largo de la mayor parte de la historia estadounidense ni siquiera fueron considerados blancos, y en cualquier caso han estado en el extremo receptor de la brutalidad blanca, regresa a la La Rebelión de Bacon que fracasó, y durante el siguiente siglo y medio, los esclavos blancos, en su mayoría de ascendencia irlandesa y escocesa, fueron liberados lentamente y elevados a una entrada adecuada en una capilla blanca. Esa identidad blanca, no solo se ha estancado, sino que hace que los campesinos sureños se vean a sí mismos como mejores que los negros, ha sido la parte existencial más valiosa de la identidad del campesino sureño y su autoestima.
Al principio, la elevación del sureño a la blancura era solo un estado asignado simbólicamente. Su estatus y valor como esclavos no cambiarían ni un ápice por otro siglo y medio, cuarenta años después de la Revolución Americana, de hecho. Pero a pesar de esto, la elevación simbólica de los irlandeses y escoceses pobres a la raza blanca tuvo éxito más allá de los sueños más salvajes de los dueños de las plantaciones. Se convirtió en una cuestión de cuña permanente que todavía funciona: es magia que separa a los pobres de Estados Unidos por color, incluso hoy en día.
Por lo tanto, el punto principal del autor no se puede evitar: los sureños, han conservado las cicatrices psicológicas de la esclavitud con la misma seguridad que los negros. Pero tener una tarjeta genética para “salir de la esclavitud libre”, una que los elevó a la “raza del amo” como blancos, y por lo tanto como supervisores de esclavos negros, debería haber hecho toda la diferencia en el mundo, ¿pero no fue así? ¿Por qué? Dado que el análisis del autor está plagado de defectos, no pudo dar una respuesta clara y convincente a esta pregunta.
De hecho, los rednecks, incluso con el activo inestimable de la piel blanca, que les permite ocultar sus deficiencias a la vista, no están mejor que los negros o los nativos americanos. De alguna manera, todavía han logrado derrochar esta enorme ventaja, terminando en el fondo del barril sociológico.

Un Hill-Billie es un ciudadano blanco, libre y sin restricciones, de Alabama, que habita en las colinas, carece de medios reseñables, se viste como buenamente puede, habla como le da la gana, bebe whisky en cuanto tiene la oportunidad y dispara su revólver cuando se le antoja».
«Yahoo», otra denominación habitual para los bobos rurales, fue acuñada por Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver, en 1726. El narrador se describe penetrando «en el campo, decidido a entregarme a los primeros salvajes que me encuentre». No tarda en toparse con los infames Yahoos, «que parecen ser los menos domesticables de todos los animales». Swift, que debería figurar como una suerte de profeta de la literatura hillbilly (se anticipa a Deliverance en casi doscientos cincuenta años) describió a los «execrables Yahoos» como una especie que había derivado de una sólida población de la planicie pero se había «retirado a las montañas y, degenerando progresivamente, se volvió con el tiempo mucho más salvaje que aquellos de su propia especie que permanecieron en la tierra de la que vinieron».
Mientras que hillbilly y yahoo señalan un lugar en el mapa, puede decirse que «redneck» designa un lugar del corazón con mayor frecuencia un aneurisma mental que late con terquedad suicida y odio ponzoñoso. La palabra «redneck» se basa en un rasgo psicológico.
El término «redneck» hace referencia a una circunstancia muy concreta, la nuca roja, achicharrada de tanto trabajar al sol, de los aparceros blancos pobres. Suele utilizarse para referirse peyorativamente a los sureños conservadores. Muy de interior, baja renta, lata de cerveza y bandera confederada.
El «hillbilly» también ha llegado a convertirse en un término insultante para referirse a los habitantes de ciertas áreas remotas, rurales o montañosas, sobre todo de la cordillera de los Apalaches y, en ocasiones, de los Ozarks, dos de las zonas más pobres del país. Denota aislamiento respecto a la cultura dominante (accidental o voluntario).
«Un Hill-Billie es un ciudadano blanco, libre y sin restricciones, de Alabama, que habita en las colinas (“hills”), carece de medios reseñables, se viste como buenamente puede, habla como le da la gana, bebe whisky en cuanto tiene la oportunidad y dispara su revólver cuando se le antoja». El estereotipo lo pinta como un blanco sureño con barba descuidada, muy mala dentadura, escasa educación, un rifle y un sombrero de paja destrozado que anda descalzo, casi en harapos, bebe whisky ilegal de elaboración casera, toca el banjo o el violín, tiene una camioneta que se cae a trozos y, en general, es feliz con lo poco que tiene. Ha dado lugar a un género musical: la música hillbilly.
Los términos «hick», «rube», «hayseed» y «yokel» como denominaciones peyorativas rurales que se construyen de manera similar a la de «hillbilly» (Billy de las colinas), tirando del nombre propio de un varón imaginario que, supuestamente, vendría a representar a todos los hombres del campo; en el caso de «hick» la palabra procede de una variante actualmente obsoleta del nombre «Richard», «rube» es una abreviatura rural de «Reuben». El caso de «Hayseed» apunta directamente a la vida rural, por lo de simiente («seed») y heno («hay»), más utilizado en el Medio Oeste rural. «Yokel» parece designar a un tipo de granjero, el que lleva el yugo («yoke»), un pobre diablo.
La etimología del término «cracker» y su derivado «corn-cracker». Encuentra su origen en Bretaña, en el siglo XVII, como sinónimo de bomba (como en el caso de «firecracker», petardo). Vendría a referirse a una persona de ira explosiva o demasiado ruidosa. También rastrea la raíz hasta el término «corn-crackers», los «cruje-maíz» o «chasca-maíz», porque machacar, o crujir, el maíz, era una de las pocas formas que tenían los primeros moradores de los bosques norteamericanos para obtener alimento. Otra explicación que apunta el autor es la de que «cracker» sea una reducción de «whip-cracker», una expresión inventada por los urbanitas sureños para etiquetar a los vaqueros rurales (chasqueadores) de Georgia y Florida que conducían a sus mulas y sus bueyes por tierras de pastoreo valiéndose de un látigo.
A mediados del siglo XIX, poco a poco, los afroamericanos empezaron a favorecer el uso de la palabra «cracker» para denigrar al odiado blanquito, abandonando el término que hasta entonces tenía más solera: «po’ buckra», una mezcla de pobre («poor») y una palabra africana que viene a significar algo parecido a «demonio blancucho».
«Honky» también suelen utilizarlo los afroamericanos para humillar a los blancos, sobre todo en el Sur. Su origen es misterioso. Puede ser una variante de «hunky», que a su vez proviene de «bohunk», término despectivo con que se conocía a la población inmigrante magiar de Bohemia a principios del siglo XX. También puede proceder de los mineros de carbón de Oak Hill (Virginia Occidental), en la época en la que era un oficio segregado: los negros en una sección, los blancos en otra y los extranjeros que no hablaban inglés en una tercera que se conocía como «Hunk Hill», la zona de los Hunkies. Honky también puede ser una mutación del término «xonq nopp», que en idioma wólof de África Occidental significa «persona de orejas rojas» y, por tanto, «persona de raza blanca». Llegaría a Estados Unidos a bordo de los barcos negreros.
Otro posible origen documentado es el apodo que, allá por 1920, la población negra daba a los blancos temerosos que iban en coche a los barrios negros y tocaban el claxon («honk») para que las prostitutas afroamericanas se acercasen y se fuesen con ellos sin necesidad de salir del coche y exponerse a indecibles peligros.
«Bumpkin», sinónimo de «yokel», se refiere a las personas que viven en las zonas rurales, algo necias y con escasa educación. Gente muy poco sofisticada y apenas interesada en la cultura. Visten como espantapájaros y no hay quien les entienda al hablar. Pueblerino y paleto suelen ser las traducciones más habituales.
Un «peckerwood» es un sureño blanco rural, por lo general pobre, sin cultura, ignorante e intolerante. El término ganó popularidad en el Sur profundo a principios del siglo XX con uso claramente peyorativo. Se le da la vuelta a la palabra «woodpecker», el pájaro carpintero que luce una mancha roja en la parte posterior de la cabeza, con lo que resulta que estamos hablando de un «redneck» en toda regla. En el folklore de comienzos del siglo XX se utilizaba como contraste simbólico con el «blackbird» (el mirlo, traducido literalmente, «el pájaro negro») que representaba a los afroamericanos. En la subcultura carcelaria (y de banda motera) el término hace alusión a los presos blancos en general.
Tal y como se explica en una nota a pie de página, el origen del término «Bubba» se relaciona con un mote derivado de la palabra «brother» (hermano). Un apelativo cariñoso que suele darse a los hermanos mayores dentro del círculo familiar, o a un buen amigo. Su aparición en el Sur de Estados Unidos parece proceder de la lengua creole de los afroamericanos de las islas de Carolina del Sur, concretamente de la expresión Krio «bohboh» (niño), que entre los gullah aparece como «buhbuh». Bubba suele utilizarse fuera del Sur de manera ofensiva para señalar a una persona de bajo estrato económico y educación limitada.
«Linthead» es un término despectivo de principios del siglo XX, muy de las zonas montañosas del Sur, para designar a los empleados de la industria algodonera (de «lint», pelusa y «head», cabeza: cabeza llena de pelusa). Luego se generalizaría para referirse al típico blanco sureño de clase baja.
Y por último «shit-kicker». Persona del campo ruin y poco sofisticada, bastante lerda, que anda pisando o pateando bostas de vaca (de «shit», mierda y «kicker», pateador). El paleto de toda la vida.

La religión siempre ha sido una fregona de esponja para absorber las tensiones de clase. Es una válvula de escape. Sin ella, los asuntos de clase se revelarían de un modo más abrupto. Quienes menosprecian a los rednecks estúpidos de cara de cerdo y sus primitivas religiones de hombres de las cavernas deberían ALEGRARSE de que la basura haya sido aplacada con falsos credos y promesas. Porque si estos creyentes acérrimos centrasen alguna vez la mirada sobre la tierra, podrían darse cuenta de lo mucho que les han engañado y pasarían de la religión reaccionaria a la política radical.
La política de orgullo racial de este país siempre ha sido separada y desigual. El orgullo étnico solía ser solo cosa de blancos. Ahora es solo para los no blancos. El orgullo negro, como todas las tonalidades de orgullo, no es inherentemente bueno o malo; es el modo en que se usa. Lo que resulta curioso desde el punto de vista sociológico es que está floreciendo en un clima en el que la autoestima étnica se prohíbe a los blancos. La sociedad no parece equipada para tratar con el orgullo UNILATERAL. En el momento en que la supremacía blanca se estrelló contra el suelo, la supremacía negra pareció surgir de las llamas. ¿Cuál es este mecanismo social que permite el orgullo en un grupo solo a expensas del orgullo de otro?
En el fondo, creo que el orgullo étnico es una soplapollez. Yo solo me atribuyo el mérito de lo que he hecho, no de lo que haya podido hacer «mi gente». El orgullo étnico me recuerda a esos fofos teleadictos fanáticos del deporte que se sienten responsables cada vez que sus equipos ganan.
El chorreo de grasa cultural de los años sesenta ya no es aplicable en el siglo XXI. Pero la política de clases sí. En antiindustrialismo también. El individualismo rural redneck, que en cierto momento se consideró un signo inequívoco de retraso mental, parecerá sensato de cara a la desbordante superpoblación. Hay un montón de filósofos de primera clase ocultos en las colinas, demasiado inteligentes para volver a acercarse siquiera a la ciudad. Hace mutis el progre blanco. Entra en escena el redneck. La vanguardia es la vieja guardia. El East Village es zona muerta. San Francisco es el cráter de un bombardeo. La Orilla Izquierda se ha hundido en el río. La bohemia es tierra quemada. Pero las colinas siguen en pie.

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Book entertaining and fun, which distribuble twists from beginning to end. It has the merit of being written a whopping twenty years ago and has become unfairly fashionable as an explanation of Trump’s triumph.
The book is the history of the poor white people from the time of the English colonies in Virgnia to the present day, from serfs-slaves to the object of mockery: “rednecks” “ignorant” or simply “poor whites”. The author identifies himself as a member of that group: “white garbage” descended from white serfs like him, to go on to expose the history of this group, which is designated in a thousand ways, all negative, including the one that gives title to the book “Red neck” by the neck of a white planting cotton or leaving the back.
Already the English colonies were nourished by slave labor or slave labor, brought from Europe (Ireland-Scotland and England) by force: from captured children, inmates, beggars, to subject peoples like the Irish. After the independence of the United States to the Civil War, the author focuses on the economic motivation of the North outside the issue of slavery, and in particular dismantles the figure of Lincoln as a champion of abolitionism, providing racist quotes from the American president. In this way, the poor whites were the great losers of the historical process, how the skin color was used and used to avoid the class struggle and how “the American dream” is like the belief in Santa Claus or the mouse Pérez . He keeps his artillery for the white progressives with his guilt and hypocrisy, which centers his sentimental goals as far as possible, far from the poor white neighbors and instead direct their sympathies for people living on the other side of the globe. Something that Marx and Dickens criticized with respect to the author of “Uncle Tom’s cabin”, a rich northern abolitionist who spoke wonders of a British duchess who invited her and cried to sea with her novel for the suffering of black slaves in the United States. United, mistress of a family that did not blink to burn their Scottish settlers alive. That social hypocrisy, already criticized by Emerson, to empathize with the distant and hate or ignore the near, is necessary and useful to maintain power “divide et impera” is uncovered in the book with great detail, some very interesting. This is the case of the column of poor who supported Washington in its faith to pay less taxes to England and how it was looted at the end of the war with many more taxes on their livelihood: the manufacture of alcohol, so He raised arms against the government and was crushed to death. From the past we go to the present, the denigration of the “redneck” culture, through the demonization of the possession of weapons, the labeling of paranoia, of madness to everyone who disagrees with the official versions of the government and the control and force of the state on the individuals and their pockets, until arriving at the dictatorship of the politically correct thing prevailing in the politics and the current media propaganda.
The book also has two chapters, dedicated to the redneck culture and religion where they are detailed from Big Foot mythologies, UFOs, leisure with homemade amphetamines, bottle alcohol and country music, Elvis and snake handlers and drinkers of strychnine.
The author, oblivious to the prevailing, appeals to the class struggle, warns about overpopulation, industrialism, the myth of work, “when you do not stop working and you get enough to eat, we can talk about servitude”, about the debt and its increasingly large interests inherited from generation to generation by government spending, the inhospitable city, the control of citizens by the government, in addition to warn that we are on the way to imposing a multinational feudalism across the globe.
It ends with an outline of the present, twenty years ago as I said, spitting at the white progressive “a mixture of Stalin and Mother Teresa” without sense of humor that dominates the propaganda cultural media, dictator of the politically correct. Controller of thought and morality through the media and Hollywood, wishing you, for a change, to put your little white neck to the Sun until it gets well red with hard work to see if it still has that string of good wishes empty of content and prejudice against the “rednecks”.

Profane and irreverent, Mr. Goad, defends his redneck heritage and pedigree with verve and much color. Being black, I have great sympathy for the author’s point of view, and can attest to the fact that his revised narrative of American history, is mostly true. Yet, I see not a single deviation from the rationalizations he gives for the sorry plight of rednecks and that blacks give for their similar sorry plight, namely: that both groups spent 150 and 200 years respectively in American-style slavery, where they each were then “turned out” without a proverbial pot to urinate in. In this sense, it is difficult not to conclude that in a backhanded unintended sort of way, the author has confirmed to a tee, the black argument that our sorry state of development can be vectored directly back to slavery — just as he claims can be done for rednecks.
As colorful as his analysis is, I believe the author’s dripping sarcasm was too clever by half, and, as often as not, got in the way of telling a clean story. But then, upon completing the book, perhaps that is just as well, as the author’s analysis suffers other fatal flaws.
First and most egregiously, is his attempt to draw a false equivalency between nigg*ers and “white trash.” This attempt fails utterly. Just because they both suffered enslavement at the hands of other white men, does not render them equivalent in every other respect. Plus, black slavery lasted half a century longer and was permanent. And even when slavery was outlawed, it continued in the form of several alternative guises such as penal work-release farms, share cropping, and another century of legally sanctioned Jim Crow. This too was followed by what Michelle Anderson calls in her recent book “the new Jim Crow” of over-incarceration of blacks and hispanics. Now, we also have the prison-industrial complex established especially as a “kid-to-adult-pipeline” from the ghetto directly to profit-making prison beds.
That said, this special plea for “trailer trash humanity” does have its finer moments. For instance, I agree with the author completely that poor white pathologies are almost never seen as a response to environmental factors (such as having shared a century and a half in slavery along side blacks), while non-white pathologies are never seen in any other way. Even the conservative author, Tom Sowell, gets this point wrong in his horrible book “Black Rednecks and White Liberals.”
Yet, as good as this author’s defense of his lower-class white pedigree is, he cannot be allowed to get away with the second glaring flaw of his analysis: selectively conflating “trailer trash” with “whiteness writ large” when it suits his thesis but separating them out, when it does not. Unlike emotional feelings, where he can straddle the fence. Analytically, the author must either be in, or out of America’s governing hierarchy. He cannot have a foot in both camps: he must either be for or against the enslavers, but not both. A valid analysis cannot be allowed to only follow the author’s emotions: straddling the economic-race-sex hierarchical fence.
But it must be said that Mr. Goad, is in the good company of other classists, when he too builds a false narrative based on a false alternative “economic only” hierarchy. Like them, he too then proceeds to pretend that we readers cannot see that the redneck’s only problem is an existential one: “a white man in good standing” is being discriminated against. This discrimination prevents him from climbing what the classists pretend to be a “class only” ladder. The rednecks fondest desire is none other than to be able to join his erstwhile rich white robber baron brothers at the top of the economic food chain.
In this faulty rendition of America’s social hierarchy, sex and race are conflated into non-issues. But the fact of the matter is that the American social hierarchy is not uni-dimensional, one based only on power and economics alone, but is one that, through and through, is a complex intertwined formula also based on race and sex.
Put simply and clearly, in America, there is no such thing as an “economic only” hierarchy. There is only a complex, deeply intertwined race, sex, power, and economic hierarchy. Period.
Thus here, on the one hand Mr. Goad contends that America’s class hierarchy is based only on economics and power, with race and sex having nothing at all to do with it. This sleight of mind thinking, allows him to dismiss the claim of blacks and women in the same breath that he makes a special plead for rednecks based on the same family of negative attributes used to deny blacks and women their equality?
According to this illogic, the American social world would be fine if only rednecks were granted their proper share of the illicit white power due them — blacks and women, be-damned.
When such illogic is decoded, we discover that throughout the book, the author has been upset about only one thing: that his own redneck class has not been allowed to climb to the top of the ladder of the economic, race, and sex hierarchy to share a spot with his richer white robber baron brothers.
And that is indeed exactly what we find at the bottom of all right wing political ideologies: politics based on the false notion that America’s class hierarchy is based only on economics and power and not also on sex and race. Like the author, conservatives want to retain the race and sex oppression as part of the American hierarchy, by allowing poor whites alone to be able to ascend the ladder to success where they can then share being oppressors at the top of the food chain with the other white robber barons. Any fool can see that this is only an alternative way of achieving white supremacy through the back door — and without even acknowledging that white supremacy is the redneck’s ultimate goal.
The point that the author consistently fails to make is that rednecks have always been white tribal members “in good standing” owing to their own burning desire to identify with their whiteness, and thus with their robber baron brothers. Shedding their whiteness has never been an option. And this fact is not a matter up for debate, as it has been true at least since Nathaniel Bacon’s Rebellion in 1676. Ever since then, when red, black and white slaves rallied to kill off the plantation and slave class, rednecks as a group have consistently elected to side with the white plantation owners and the corporate class.
I frankly am glad that this author had the courage to finally acknowledge and admit the obvious: that poor whites are not so dumb that they cannot see that shooting themselves in the foot by siding with the corporate class, is indeed a conscious and willful way of helping those who oppress us all to continue doing so. Despite the author’s defense of them, this fact alone proves that rednecks have no one to blame but themselves for being oppressed by their own white brothers.
In fact, it is not an exaggeration at all to suggest that siding with members of the white corporate and plantation class, is such an article of faith with rednecks, that they continue to do so no matter how badly it hurts their own lower-class economic and political interests. And as the author so astutely pointed out: were poor blacks and poor whites ever to combine their efforts, they would constitute an unbeatable coalition in the American political process. It seems that after Bacon’s Rebellion, the robber baron class caught on to this point too as a potential threat to their power base, and ever since, there has never been a social or political movement that has involved a political coalition between poor blacks and whites to fight against the oppression of the robber baron class.
In contrast, I might point out in passing that poor whites in Brazil (which has a similar racial history as America’s), do not side with upper class whites. Instead they side with the politics of mulattoes and blacks — with whom they also frequently intermarry.
Obviously there is good reason for lower-class white Americans to “distance” themselves from blacks and other colored minorities: Among others, they get to enjoy unencumbered the cornucopia of both tangible and intangible racist benefits that accrue to them automatically simply by having the invaluable genetic ticket of white skin.
As noted above, that they have elected to stay on the white reservation — even though throughout most of American history they were not even considered white, and in any case have been on the receiving end of white brutality themselves — goes back to the Bacon Rebellion which failed, and over the next century and a half, white slaves, mostly of Irish and Scottish descent, were slowly freed and elevated to proper entry into full white-hood. That white identity, has not just stuck, but since it makes rednecks see themselves as better than blacks, has been the most valuable existential part of the redneck identity and self-worth.
At first, the redneck’s elevation to whiteness was a symbolically assigned status only. Their status and value as slaves would not change one iota for another century and a half — a full forty years after the American Revolution, in fact. But despite this, the symbolic elevation of poor Irish and Scots into the white race succeeded beyond the plantation owners wildest dreams. It evolved into a permanent wedge issue that still works it’s magic separating America’s poor by color, even today.
Thus, the author’s main point cannot be avoided: rednecks, have retained the psychological scars of slavery just as surely as blacks have. But having a genetic “get out of slavery free” card, one that elevated them into the “master’s race” as whites, and thus as overseers of black slaves, should have made all the difference in the world, but it did not? Why? Since the author’s analysis is riddled with flaws, it could not give a clear and convincing answer to this question.
Indeed, rednecks, even with the invaluable asset of white skin, which allows them to hide their inadequacies in plain sight, are still no better off than blacks or Native Americans. Somehow they still have managed to squander this enormous advantage, ending up at the very bottom of the sociological barrel.

A Hill-Billie is a white, free and unrestricted citizen of Alabama, who lives in the hills, lacks noticeable means, dresses as he can, talks as he pleases, drinks whiskey as soon as he has the opportunity and shoots his revolver whenever he wants. ”
“Yahoo”, another common name for rural boobies, was coined by Jonathan Swift in Gulliver’s Travels, in 1726. The narrator describes himself as penetrating “in the field, determined to hand me over to the first savages to find me.” He soon encounters the infamous Yahoos, “who seem to be the least domesticable of all animals.” Swift, who should figure as a kind of prophet of hillbilly literature (anticipates Deliverance in nearly two hundred and fifty years) described the “despicable Yahoos” as a species that had derived from a solid population of the plain but had “retired” to the mountains and, progressively degenerating, it became with time much more wild than those of their own species that remained in the land from which they came».
While hillbilly and yahoo point to a place on the map, it can be said that “redneck” designates a heart site more often a mental aneurism that beats with suicidal stubbornness and poisonous hatred. The word “redneck” is based on a psychological trait.
The term “redneck” refers to a very specific circumstance, the red nape, burned from so much work in the sun, by poor white sharecroppers. It is often used to pejoratively refer to conservative southerners. Very interior, low income, beer can and Confederate flag.
The “hillbilly” has also become an insulting term to refer to the inhabitants of certain remote, rural or mountainous areas, especially the Appalachian mountain range and, occasionally, the Ozarks, two of the poorest areas from the country. Denotes isolation with respect to the dominant culture (accidental or voluntary).
«A Hill-Billie is a white, free and unrestricted citizen of Alabama, who lives in the hills (hills), lacks noteworthy means, dresses as best he can, speaks as he pleases, drinks whiskey in how much he has the chance and shoots his revolver whenever he wants. ” The stereotype depicts him as a southern white man with a sloppy beard, very bad teeth, poor education, a rifle and a shattered straw hat that goes barefoot, almost in rags, drinks homemade illegal whiskey, plays the banjo or the violin, has a truck that falls apart and, in general, is happy with what little it has. It has given rise to a musical genre: hillbilly music.
The terms “hick”, “rube”, “hayseed” and “yokel” as rural pejorative names are constructed in a similar way to “hillbilly” (Billy of the hills), pulling the proper name of an imaginary male who, supposedly, he would come to represent all the men of the field; in the case of «hick» the word comes from a now obsolete variant of the name «Richard», «rube» is a rural abbreviation of «Reuben». The case of «Hayseed» points directly to rural life, for the seed (“seed”) and hay (“there is”), which is more used in the rural Midwest. “Yokel” seems to designate a type of farmer, the one who carries the yoke (“yoke”), a poor devil.
The etymology of the term “cracker” and its derivative “corn-cracker”. Finds its origin in Britain, in the seventeenth century, as synonymous with a bomb (as in the case of “firecracker”, firecracker). It would come to refer to a person of explosive or too noisy anger. It also traces the root to the term “corn-crackers,” the “crunch-corn” or “click-corn,” because crushing, or crunching, corn was one of the few forms that had the first inhabitants of the North American forests to obtain food. Another explanation that the author points out is that “cracker” is a reduction of “whip-cracker,” an expression invented by southern urbanites to label the rural cowboys (snappers) of Georgia and Florida who drove their mules and their oxen through grazing lands using a whip.
In the mid-nineteenth century, little by little, African-Americans began to favor the use of the word “cracker” to denigrate the hated white, abandoning the term that hitherto had more tradition: “po ‘buckra”, a mixture of poor ( “Poor”) and an African word that comes to mean something like “white demon”.
“Honky” is also often used by African-Americans to humiliate whites, especially in the South. Its origin is mysterious. It can be a variant of «hunky», which in turn comes from «bohunk», a contemptuous term used to describe the Magyar immigrant population of Bohemia at the beginning of the 20th century. It may also come from coal miners in Oak Hill, West Virginia, at the time it was a segregated trade: blacks in one section, whites in another, and foreigners who did not speak English in a third that was known as “Hunk Hill”, the area of ​​the Hunkies. Honky can also be a mutation of the term “xonq nopp”, which in the Wolof language of West Africa means “person with red ears” and, therefore, “white person”. He would arrive in the United States aboard the slave ships.
Another possible documented origin is the nickname that, back in 1920, the black population gave to the fearful whites who drove to the black neighborhoods and honked their horns for African-American prostitutes to come and go with them. no need to get out of the car and expose themselves to untold dangers.
«Bumpkin», synonymous with «yokel», refers to people who live in rural areas, somewhat foolish and with little education. Very unsophisticated people and hardly interested in culture. They dress like scarecrows and there is no one who understands them when speaking. Pueblerino and paleto are usually the most common translations.
A “peckerwood” is a rural white Southerner, usually poor, without culture, ignorant and intolerant. The term gained popularity in the deep South at the beginning of the 20th century with clearly pejorative use. The word “woodpecker” is turned over, the woodpecker that wears a red spot on the back of the head, so that we are talking about a full-fledged “redneck”. In the folklore of the early twentieth century was used as a symbolic contrast with the “blackbird” (the blackbird, translated literally, “the black bird”) that represented African-Americans. In the prison subculture (and biker gang) the term refers to white prisoners in general.
As explained in a footnote, the origin of the term “Bubba” is related to a nickname derived from the word “brother” (brother). An affectionate nickname that is usually given to older siblings within the family circle, or to a good friend. Its appearance in the South of the United States seems to come from the Creole language of the African-Americans of the islands of South Carolina, specifically the expression Krio «bohboh» (child), which among the Gullah appears as «buhbuh». Bubba is often used offensively in the South to point out a person of low economic status and limited education.
“Linthead” is a derogatory term of the early twentieth century, very much in the mountainous areas of the South, to designate the employees of the cotton industry (of «lint», fluff and «head», head: head full of fluff). Then it would generalize to refer to the typical southern white low class.
And finally «shit-kicker». A rude and unsophisticated person, rather slow, walking or kicking cow dung (shit, shit and kicker, kicker). The life-long redneck.

Religion has always been a sponge mop to absorb class tensions. It is an exhaust valve. Without it, class issues would be revealed in a more abrupt way. Those who despise the pig-faced stupid rednecks and their primitive caveman religions should REJOICE that the garbage has been placated with false creeds and promises. Because if these staunch believers ever focused their eyes on the earth, they could realize how much they have been deceived and they would pass from the reactionary religion to radical politics.
The politics of racial pride in this country has always been separate and unequal. Ethnic pride used to be only about whites. Now it’s only for non-whites. Black pride, like all shades of pride, is not inherently good or bad; It is the way it is used. What is curious from the sociological point of view is that it is flourishing in a climate in which ethnic self-esteem is forbidden to whites. Society does not seem equipped to deal with UNILATERAL pride. At the moment when the white supremacy crashed to the ground, the black supremacy seemed to rise from the flames. What is this social mechanism that allows pride in one group only at the expense of another’s pride?
Deep down, I think that ethnic pride is a puffball. I only attribute the merit of what I have done, not what “my people” could have done. Ethnic pride reminds me of those flabby couch potatoes fans who feel responsible every time their teams win.
The cultural fat drip of the sixties is no longer applicable in the 21st century. But the class policy does. In anti-industrialism too. Rural redneck individualism, which at one time was considered an unequivocal sign of mental retardation, will seem sensible in the face of overflowing overpopulation. There are a lot of first-class philosophers hiding in the hills, too smart to even come close to the city again. Muis the white progre. The redneck enters the scene. The vanguard is the old guard. The East Village is a dead zone. San Francisco is the crater of a bombing. The Left Bank has sunk into the river. Bohemian is scorched earth. But the hills are still standing.

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