Historia De Las Relaciones Internacionales — José Luis Neila Hernández & Antonio Moreno Juste & Adela María Alija Garabito & José Manuel Sáenz Rotko & Carlos Sanz Díaz / History Of International Relations by José Luis Neila Hernández & Antonio Moreno Juste & Adela María Alija Garabito & José Manuel Sáenz Rotko & Carlos Sanz Díaz (spanish book edition)

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Este libro para los que hemos estudiado relaciones internacionales me parece un muy interesante manual, didáctico y que debe ser leído, además al final del libro se acompaña un anexo de mapas.
En el tránsito del siglo XVIII al XIX las relaciones internacionales se transformaron en aspectos fundamentales, dando lugar al primer sistema internacional contemporáneo. La revolución y la guerra fueron los desencadenantes más importantes de esta transformación, que afectó a las ideas y principios en que se basaban las relaciones internacionales, a la práctica de la política exterior de los Estados y a las relaciones entre las potencias. Para valorar adecuadamente los elementos de continuidad y cambio que trajo el ciclo revolucionario y bélico del periodo 1776-1815, debemos arrancar del funcionamiento del sistema internacional moderno en el siglo XVIII y examinar cómo impactaron sobre el mismo las revoluciones americana y francesa.

A lo largo de la Edad Moderna los Estados europeos desarrollaron relaciones regulares de conflicto y cooperación entre ellos. Estas relaciones se fueron forjando en el transcurso de una larga secuencia de guerras y negociaciones diplomáticas, así como de intercambios comerciales y culturales. A través de estas interacciones, los Estados se vincularon unos a otros en un sistema internacional centrado en el continente europeo pero proyectado sobre el resto del mundo mediante la exploración y colonización de amplias zonas de las Américas, así como de Asia, África y el resto del globo.
La base legal del sistema de Westfalia, contenida en los Tratados de Paz firmados en Münster y Osnabrück en 1648, se completaba con elementos culturales, políticos e institucionales que permitían el funcionamiento regular del sistema. Culturalmente se trataba de un sistema eurocéntrico enraizado en la imaginación moderna de las potencias del Viejo Continente como miembros de una misma familia (tal como la describía en el siglo XVI el español Francisco de Vitoria), la Cristiandad (Christianitas) de los tiempos medievales, que en la concepción contemporánea se transmutó en el concepto de mundo civilizado por contraposición a los pueblos bárbaros e inferiores, objeto de la acción colonizadora y de la pretendida «misión civilizatoria» europea —con el Imperio Otomano ocupando una ambigua posición intermedia en la imaginación europea y orientalista de la época—.
El sistema se basaba igualmente en instituciones compartidas que actuaban como mecanismos reguladores de las relaciones entre las potencias. Las principales instituciones eran:
1.la guerra, sometida a normas comunes acerca de cuándo y bajo qué supuestos era legítimo guerrear (ius ad bellum), en aplicación del principio de guerra justa, y acerca del comportamiento permitido en el campo de batalla (ius in bello);
2.la diplomacia, ejercida por enviados del soberano en misión extraordinaria o —cada vez más— en calidad de representantes permanentes ante otro estado; y
3.el derecho internacional, en proceso de progresiva positivación a partir de las obras del español Francisco de Vitoria (De potestate civili, 1529) y del holandés Hugo Grotius (Tratado de la guerra y la paz, 1625).
Desde el punto de vista político, el sistema internacional descansaba en la interacción entre soberanos, que eran —con escasas excepciones— quienes en última instancia dirigían la política exterior de sus estados. Esto confería a las relaciones internacionales del siglo XVIII un carácter esencialmente dinástico y hacía de las disputas territoriales entre familias reinantes el motor de la política internacional.

Pese a los focos de descontento que se multiplicaban por Europa, en 1810 el Imperio Francés se hallaba en su cénit. En aquel año, el sistema napoleónico integraba los siguientes estados y territorios:
a)Francia, ampliada a 130 departamentos que abarcaban desde Lübeck en el Báltico hasta Roma en Italia, y que integraba Bélgica, Holanda y la orilla izquierda del Rhin, Ginebra, el Valais, Piamonte, la Toscana, buena parte de los Estados Pontificios y las Provincias Ilirias;
b)el Reino de Italia;
c)los estados del «sistema familiar» gobernados por los hermanos de Napoleón: los reinos de España, Nápoles y Westfalia, los grandes ducados de Berg y de Toscana, y los ducados de Lucca y Guastalla;
d)los protectorados: Confederación Suiza, de 22 cantones; Confederación del Rhin, de 36 estados, y Gran Ducado de Varsovia;
e)los aliados: Rusia, Prusia, Austria, Suecia y Dinamarca-Noruega.

Mientras Europa se debatía entre la consolidación del sistema napoleónico y su contestación por las potencias coaligadas, los efectos combinados de la crisis del Antiguo Régimen y el impacto de las revoluciones alteraron profundamente las relaciones internacionales del continente americano. La mayor parte de las posesiones españolas en América conquistó la independencia en un proceso abierto en 1810 y completado en 1828. La crisis política de la España peninsular durante la guerra contra los franceses permitió a las elites criollas, organizadas en Juntas, enarbolar las ideas ilustradas y los principios liberales de las revoluciones americana y francesa con el fin de lograr la emancipación respecto de la metrópoli. La revolución y crisis colonial así abierta se desarrolló en tres fases:
1.Entre 1810 y 1814 los movimientos independentistas lograron imponerse en casi toda la América Hispana.
2.Entre 1815 y 1819 las fuerzas realistas de Fernando VII retomaron el control de la situación, excepto en el Cono Sur, revocando las declaraciones de independencia.
3.entre 1820 y 1823 el periodo del Trienio Liberal en la península Ibérica significó el desfondamiento de la autoridad española en América, donde los movimientos independentistas reorganizados lograron expulsar a las autoridades metropolitanas, uno tras otro, de casi todos los territorios todavía obedientes a Madrid. La batalla de Ayacucho (1824) y las acciones militares en el Callao y Chiloé (1826) fueron las últimas derrotas españolas en este conflicto en el que destacaron figuras fundacionales de la independencia americana, como José San Martín, Antonio José de Sucre y Simón Bolívar, el Libertador.
Bolívar soñaba con una unión confederal de las repúblicas hispanoamericanas, inspirándose en el prócer venezolano Francisco de Miranda, pero sus proyectos fracasaron en el Congreso de Panamá de 1826 frente a los diversos particularismos de los nuevos estados y a las interferencias de Estados Unidos y Reino Unido, observadores en el Congreso junto con los Países Bajos. En lugar de una unidad política se consolidaron 18 Estados entre el Río Grande y Tierra de Fuego, con fronteras enraizadas a menudo en las demarcaciones administrativas de la época colonial, y con algunos límites cuestionados, lo que derivará posteriormente en varios conflictos internacionales: Paraguay (1811), Uruguay (1815), Argentina (1816), Chile (1818), la Gran Colombia (1819, que incluía Venezuela, Ecuador y Panamá), Ecuador (1820), Perú (1821), México (1821), Panamá (1821), los estados de Centroamérica (1821), Bolivia (1824), etc.
Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, las independencias crearon un subsistema regional de Estados en el continente americano, en el que Estados Unidos dejó patente su voluntad de preponderancia frente a las pretensiones intervencionistas de la Santa Alianza, como quedó de manifiesto en la Doctrina Monroe (1823). No obstante, las potencias coloniales europeas, y en especial el Reino Unido, que conservaban posesiones en el Caribe e intereses estratégicos y comerciales en diversas zonas del continente, continuaron desempeñando un papel no desdeñable en la política americana.
En cuanto a España, las independencias, no reconocidas formalmente por Madrid hasta los años 1836-1850, contribuyeron a su degradación a potencia de tercer nivel en el juego internacional del siglo XIX, pese a retener la rica colonia de Cuba, con Puerto Rico en el Caribe, y las Filipinas, las Palaos, las Marianas y las Carolinas en el Pacífico, hasta 1898.

El periodo entre 1815 y 1848 es muy relevante desde el punto de vista de las relaciones internacionales. En esa época se desarrolló un «Sistema de Congresos» para garantizar el orden en Europa, una forma de relación entre los Estados basada en el nuevo concepto de seguridad colectiva, fundamento del llamado concierto europeo.
El marco político e ideológico del sistema fue la «Restauración», una etapa que se inicia en 1815 con el Congreso de Viena. Las viejas monarquías se unieron para restaurar el «antiguo orden» y reconstruir el mapa europeo, trastornado por la experiencia napoleónica. Sin embargo, los movimientos liberales, los nacionalismos y la realidad económico-social lucharon contra el orden impuesto ya desde 1820.
En 1813 Napoleón tenía a todas las potencias europeas en contra, ya había perdido España, Alemania, Holanda, el norte de Italia y Nápoles. A pesar del genio militar de Napoleón y de las divisiones en la coalición antinapoleónica, los aliados, más numerosos, lograron la victoria.
Las negociaciones se habían desarrollado en paralelo a las ofensivas militares. Los temas más controvertidos eran, por un lado, el futuro político de Francia y la delimitación de sus fronteras y, por otro, la llamada «cuestión polaca». Austria actuó como impulsora de una paz de compromiso que garantizara el equilibrio y la estabilidad europea: no aumentar demasiado el poder ruso, no dejar a Francia completamente derrumbada. El Tratado de Chaumont de 9 de marzo de 1814 garantizaba la unidad de acción aliada a pesar de las disensiones. Considerado un logro diplomático de Castlereagh, secretario de Exteriores de Gran Bretaña, Chaumont fue renovado varias veces y selló la alianza de las cuatro potencias (Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña).

(Congreso de Viena) La nostalgia de la unidad medieval europea con la cristiandad como nexo, la defensa de la autoridad y de la jerarquía, la imposibilidad de la igualdad entre los hombres, son ideas presentes en los románticos conservadores.
Son tres los principios básicos que inspiran las negociaciones del congreso y que habrían de marcar la práctica política y diplomática posterior:
•El principio de equilibrio entre las potencias, equilibrio que garantiza la paz e idea fundamental de toda la teoría política de Metternich, protagonista principal del congreso.
•El principio de legitimidad, que se interpreta como legitimidad monárquica, tal y como se planteaba en el Antiguo Régimen. En los escritos de Talleyrand y de Metternich se invoca a las dinastías históricas como titulares de la legitimidad que les fue sustraída por la fuerza.
•El principio de intervención de las grandes potencias en los asuntos internos de los restantes países, en la medida en que su situación pudiera afectar al equilibrio general. El principio de intervención implicaba el derecho de los grandes a restablecer el «orden» tanto en el campo internacional como en el interior de las naciones.
El Acta final del Congreso recoge lo que habría de ser una reorganización del mapa europeo:
•Polonia continuaría bajo dominio extranjero, repartida entre Prusia, Austria y Rusia, que así aumentaba sus límites occidentales. El pequeño reino de Polonia que se creó, «la Polonia del Congreso», quedaba bajo la soberanía del zar. La cuestión polaca y la de Sajonia quedaban encuadradas en lo que se denominaba «cuestión polaco-sajona». Este tema se convirtió en crucial y enturbió las negociaciones hasta casi provocar una ruptura entre los aliados. Se llegó a una solución de compromiso entre las dos posturas extremas representadas por Rusia y Prusia. Ni Francia ni Austria ni Gran Bretaña estaban dispuestas a admitir una excesiva expansión rusa ni a que Prusia se anexionase toda Sajonia. Aun así, Prusia y, sobre todo, Rusia, aunque no en la medida de sus ambiciones, resultaron beneficiadas.
•Los Estados italianos fueron reconstituidos. El reino de Lombardía-Venecia, el Tirol y las provincias Ilirias pasaron a Austria, que se afianzó en Italia, colocando además a miembros de la familia imperial en distintos ducados: Toscana, Parma y Módena. El reino de Piamonte-Cerdeña recibió Génova y recuperó Saboya, Cerdeña y Niza. El reino de Nápoles-Dos Sicilias volvió a los Borbones y, por último, se reconstruyeron los Estados de la Iglesia bajo soberanía papal.
•Los Estados alemanes. Los intereses allí en juego eran, sobre todo, austriacos y prusianos. Metternich pensaba que la creación de una Confederación Germánica debía servir de freno a los intentos expansionistas de Francia y Rusia, desempeñando un papel importante en el sistema de seguridad europeo. La Confederación quedó constituida por treinta y nueve Estados, de los cuales eran reinos: Prusia, Baviera, Wurtemberg, Sajonia y Hannover y el Imperio austriaco, que estaba incluido en la Confederación y presidía la Dieta, cuya sede se estableció en Fráncfort.
•Cambios territoriales en el norte de Europa. Suecia, cuyo rey siguió siendo Carlos XIV, el antiguo mariscal napoleónico Bernardotte, perdió Finlandia, en favor de Rusia, y Pomerania, que pasó a Prusia; a cambio, Noruega se incorporó a la corona sueca. Dinamarca recibió territorios alemanes: Schleswig, Holstein y Lavenburgo. Holanda, concebida como Estado tapón, se convirtió en el efímero Reino Unido de los Países Bajos, con la anexión de las provincias belgas, cedidas por Austria.
•Suiza. La Confederación Helvética, otro de los Estados tapón para aislar a Francia, fue reconocida como estado neutral, se fijaron sus fronteras, estableciéndose veintidós cantones.
•Gran Bretaña fue la potencia más beneficiada, su rango de primera potencia marítima era indiscutible al quedarse con el control de las rutas más importantes. En el Mediterráneo se asentó en Malta y en las islas Jónicas. En las Antillas, Trinidad-Tobago le garantizaba un mejor acceso al comercio con América Central y del Sur. Holanda le cedió El Cabo y Ceilán en la ruta de las Indias.
El mapa europeo que surgió de Viena fue trazado siguiendo los intereses de las grandes potencias y el principio de equilibrio. Quedaban cuestiones sin resolver y problemas enquistados que aparecerían de manera recurrente a lo largo del siglo XIX. No se tuvieron en cuenta reivindicaciones nacionales y se forzaron uniones artificiales. Noruega se unió a Suecia y Bélgica a Holanda, se mantenía la división de Italia y de Alemania, donde se estaban avivando movimientos nacionalistas, Polonia quedaba repartida, los pueblos balcánicos siguieron bajo el Imperio Turco y por toda Europa se evidenciaban las fisuras de la seguridad aparente de la Restauración. Entre las propias grandes potencias se dibujaban los futuros conflictos: entre Reino Unido y Rusia, las tensiones en el Imperio Otomano y Asia Central.

La Santa Alianza fue un pacto firmado el 26 de septiembre de 1815 entre los soberanos de Rusia, Austria y Prusia, a iniciativa de Alejandro I, zar de Rusia. El objetivo de esta Alianza era que la política internacional tuviese como pilares los preceptos cristianos. El tono religioso del pacto y el hecho de que fueran los reyes personalmente, y no los Gobiernos, los que firmaran, se debieron al zar Alejandro.
El texto de la «Santa» decía que las relaciones entre los soberanos debían basarse «sobre las sublimes verdades que nos enseña la santa religión de Nuestro Salvador». Invocaba preceptos como «justicia, caridad cristiana y paz» y alentaba la unión fraterna de los soberanos que debían ser como «padres de familia para sus súbditos y sus ejércitos». Todos los gobiernos debían en adelante conducirse como miembros de «una y misma nación cristiana». La Santa Alianza, abierta a todas las potencias, fue recibida con poco entusiasmo en los ambientes diplomáticos de la época. Gran Bretaña no formó parte de ella, ya que el príncipe regente, futuro Jorge IV, no la firmó, alegando que, según las leyes británicas, necesitaba la firma de un ministro responsable.
Las diferencias fundamentales entre las revoluciones de 1848 y 1830 pueden sintetizarse en los siguientes puntos:
•El liberalismo, motor de las revoluciones, aparece dividido entre el doctrinario (sufragio censitario, soberanía nacional, igualdad jurídica, monarquía) y el demócrata (sufragio universal, soberanía popular, justicia social, república). La fractura política va acompañada de una fractura social que está presente en las revueltas.
•En las revoluciones de 1848 en los países occidentales industrializados hay una importante presencia de la clase obrera que tiene sus propias reivindicaciones. Por tanto, a diferencia de las de 1830, en el 1848 aparece el socialismo como una fuerte incipiente junto al liberalismo y al nacionalismo.
•En 1848, la revolución alcanza al corazón del sistema europeo: el Imperio Austriaco, que se había mantenido al margen en las otras oleadas revolucionarias, es escenario de un estallido revolucionario muy intenso en su lucha contra la persistencia del absolutismo y del régimen señorial.

Los estallidos revolucionarios de 1848 duraron poco, pero su huella fue importante en las siguientes décadas. Entre 1848 y 1890 hubo cambios significativos en el sistema europeo. El movimiento de las nacionalidades se haría cada vez más fuerte a partir de la segunda mitad del siglo, dando como resultado la construcción nacional de Alemania e Italia. Los nacionalismos de diverso tipo, tanto de Estado como de minorías nacionales, llegarían hasta bien entrado el siglo XX. Liberalismo y nacionalismo se irían transformando en fuerzas conservadoras y en sostenes de la carrera imperialista europea.
El ya decadente Sistema de Congresos establecido en Viena, el Concierto Europeo, basado en los principios de equilibrio, de intervención y de legitimidad monárquica, fue definitivamente eliminado por la aparición de nuevas fuerzas políticas y sociales, y también nuevos actores. El poder se desplazaba al centro del continente, y fue el recién nacido II Reich alemán el que reformuló un nuevo sistema de alianzas en función de sus objetivos políticos.
La unificación de Alemania cambió totalmente el orden de fuerzas en Europa. Alemania acababa de convertirse en la fuerza más poderosa del continente, demográfica, económica, militar y políticamente hablando. El artífice de la unificación de Alemania había sido el canciller prusiano, Otto von Bismarck, ahora convertido en canciller del Reich. Otto von Bismarck gozaba de un prestigio casi absoluto en Alemania y se disponía a dirigir la política interior y exterior de toda Alemania de forma personalísima.
El sistema internacional reinante entre 1871 y 1890 suele recibir el nombre de Sistema de Bismarck. En él, Alemania se convirtió en una fuerza dinámica, la fuerza pivot en torno a cuya política internacional gravitan las demás potencias, al menos en términos de política europea y en especial entre 1881 y 1887.
El potencial germano no se puso, sin embargo, al servicio de la ampliación del Reich. Su canciller se esforzó en presentar a Alemania como potencia «saciada» que había cumplido con la unificación todas sus aspiraciones internacionales. La nueva política exterior iba a ser conservadora y pacífica, centrada en consolidar Alemania interna y externamente, eso sí, desde una posición hegemónica de facto.
Los desencuentros entre el emperador y su canciller no se hicieron esperar, primero en cuestiones de política nacional y con el paso de los meses también en política exterior. Guillermo II entendía que el Tratado de Reaseguro limitaba el marco de maniobra diplomático de Alemania. Y ciertamente era así, porque para Bismarck había primado siempre la consideración de conservar la paz en Europa como instrumento más útil para consolidar un Reich alemán hegemónico. Pero la nueva generación, por una parte, consideraba que dicha consolidación estaba ya completada y aspiraba, por otra, a llevar a su patria a mayor grandeza y gloria. Tras diferencias insalvables con Guillermo II, Bismarck entregó el 18 de marzo de 1890 su carta de dimisión.

El Pacto —Covenant—, una vez aprobado por la Conferencia, constituiría la Parte I de cada uno de los tratados de paz. Constituido por un preámbulo y 26 artículos, el Pacto, como ingeniería político-jurídica al servicio de la paz, se convertiría en adelante en el fundamento institucional sobre el que descansaría la multilateralización de las relaciones internacionales de posguerra.
Los signatarios del Pacto, los Estados, se comprometían en su preámbulo a aceptar el compromiso de no recurrir a la guerra, mantener a la luz del día relaciones internacionales fundadas en la justicia y el honor, la rigurosa observancia del Derecho Internacional y el escrupuloso respeto a las obligaciones contraídas en los tratados. La Sociedad de Naciones afrontaría su tarea en una doble dimensión, inseparable la una de la otra: la garantía de la paz mediante la seguridad colectiva —arbitraje, desarme y seguridad— y la construcción de la paz a través de la cooperación.
La nueva organización internacional era en esencia una asociación de y entre Estados, cuyo objetivo central consistía en garantizar y crear las condiciones para la paz entre las naciones. Integrada en un principio por los Estados miembros originarios y los miembros admitidos, tal como se especificaba en el artículo 1.
La crisis del sistema de seguridad colectiva, cuyos primeros desafíos tendrían lugar a lo largo de la primera mitad de la década, no era sino la crisis del orden surgido de Versalles. En primer término, la crisis económica, que inició su andadura el 24 de octubre de 1929 con el crack bursátil de Nueva York y se propagó por la economía europea con toda su virulencia a partir de 1931, actuó como detonador de una crisis generalizada cuya naturaleza ya había sido percibida por los europeos durante la Gran Guerra. En Europa, Austria fue la primera víctima del desorden económico internacional, con la quiebra del Creditanstalt y el fracaso del proyecto de unión aduanera con Alemania, y poco después, ésta última, sufriría los rigores de la crisis con la quiebra del Darmstandter Bank. En Gran Bretaña, la crisis se saldaría con el abandono del patrón oro y la convertibilidad de la libra esterlina y el fin de las prácticas librecambistas. Mientras, en Francia se retrasarían los efectos de la crisis, pero su recuperación sería, asimismo, más lenta que en el resto de países industrializados.
En segundo término, la crisis económica incidió directamente en la crisis política de las democracias en la década de 1930. En estos años, afirma Jean-Baptiste Duroselle, se agravó el desequilibrio entre las democracias, profundamente pacíficas pero débiles, y los regímenes de corte totalitario y autoritario, partidarios de modificar el statu quo vigente en favor de sus intereses nacionales.
Y en tercer lugar, el sentimiento general de crisis acabaría filtrándose en la propia Sociedad de Naciones. El visible y creciente deterioro del «espíritu de Ginebra» acabó por activar de forma generalizada el recurso a las formas diplomáticas tradicionales tanto en las grandes como en las pequeñas potencias que, aun manteniendo las formalidades respecto a la legalidad de Ginebra, evidenciaban una quiebra en la credibilidad del organismo internacional.

Stalin no cumplió con su palabra, o al menos interpretó el sentido del término «democrático» de una manera que dista de su concepción en Occidente. Conforme pasaban las semanas, se evidenció que la URSS no iba a prescindir sin más de la posibilidad de dominar políticamente los territorios que sus tropas estaban ocupando, a saber, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria. Desde Moscú se dieron órdenes para asegurar que el gobierno provisional polaco respondiera más ante el Kremlin que ante el pueblo polaco y que se limpiara de todo elemento que se opusiera a ello.
Roosevelt falleció en abril sumido en un estado de profundo desencanto y con la sensación de que su obra de un nuevo orden mundial basado en los principios de libertad, democracia y respeto de una legalidad internacional estaba abocada al fracaso. No fue la Conferencia de Yalta sino la falta de aplicación, por parte de la URSS, de alguno de sus acuerdos lo que inició un distanciamiento entre los principales vencedores de la guerra. La brecha se amplió con la muerte del presidente y la llegada a la Casa Blanca de Harry Truman, falto de toda experiencia en política internacional.
Pero también es cierto que Estados Unidos y la Unión Soviética empezaron a verse a sí mismos como competidores en la aplicación en el continente europeo de sus respectivos objetivos de guerra y, más en general, sus ideologías. Antes todavía de que el conflicto mundial terminase con la rendición de Japón de agosto, la alianza de guerra dio paso a un pulso entre los vencedores que derivó, por los motivos y de la manera que veremos en el siguiente capítulo, en un nuevo conflicto, la Guerra Fría.

La expresión «Guerra Fría» no surgió como consecuencia de un acontecimiento o un factor determinado, sino que emergió de un estado de opinión y de una particular percepción de la realidad internacional en la segunda posguerra mundial. La agencia norteamericana Associated Press se interrogaba en un despacho fechado el 4 de mayo de 1950 sobre el origen de la formulación del concepto. Bernard Baruch —uno de los más conocidos financieros y filántropos americanos de origen judío y cuya influencia política se había dejado sentir al ser consejero de cuatro presidentes—, precisaba que, en realidad, la expresión la había acuñado Herbert Bayard Swope —periodista y colaborador de la Administración norteamericana en las Naciones Unidas— en 1946 y que él la había puesto en circulación en 1947.
Se podría considerar la Guerra Fría como un sistema internacional bipolar flexible, cuya naturaleza estaría determinada por su heterogeneidad sistémica. Esta diferencia constitutiva fundamentaría el conflicto intersistémico entre dos modelos de sociedad que interactuarían en una dinámica competitiva e internacionalizante, cuya inestabilidad sería crítica en la periferia, escenario de la gran mayoría de los conflictos, y mitigada en los centros de cada bloque o subsistema. Las dinámicas de conflicto se escenificarían al socaire de dos ejes de tensión sistémica: de un lado, la dialéctica Este-Oeste que sería el eje axial de tensión durante la Guerra Fría, y de otro, la tensión Norte-Sur o centro-periferia que se reformularía a la estela del proceso de descolonización y la emergencia del entonces llamado Tercer Mundo.
La Guerra Fría a partir de las siguientes reglas:
•La competición entre el este y el oeste es total y debe entenderse como una división del mundo en dos campos enfrentados y antagónicos. La creación de los bloques como la misma división de países en disputa, tales como Alemania, China o Corea, será un resultado inevitable del conflicto. No solo cada bloque se convierte en un campo fortificado militarmente, sino que también se transforma en ámbito privilegiado para el desarrollo de experiencias ideológicas auspiciadas desde la respectiva «metrópoli».
•El enfrentamiento directo entre las superpotencias no es, sin embargo, factible. Durante el bloqueo de Berlín, Washington no utilizó la amenaza nuclear, y Stalin se cuidó mucho de que no se realizasen ataques ni al «puente aéreo» anglonorteamericano ni a los sectores occidentales de la antigua capital alemana, aunque paradójicamente la carrera de armamentos resulta indispensable tanto para sostener la línea de acción diplomática como para disuadir al adversario de toda acción hostil ante el riesgo de graves represalias.
•La negociación de un plan de paz o de un compromiso global no resulta posible, ya que no existe una mínima base de confianza sobre las intenciones del otro. Cada campo afirma actuar en legítima defensa y como respuesta frente a lo que se califica como una agresión en todas y cada una de las acciones diplomáticas, políticas y militares que emprende.
•La delimitación de los bloques tendrá como objetivo la creación de áreas exclusivas (santuarios) político-militares. No es solo que el territorio de las superpotencias adquiera una inmunidad virtual, sino que esta se extenderá también a otras regiones especialmente sensibles.
•Por el contrario, las zonas periféricas o los márgenes de ambos bloques, así como las regiones todavía no incluidas en uno u otro campo, podían ser objeto de presiones políticas (pruebas de fuerza), e incluso de acciones militares hostiles. Una situación que se generalizará poco a poco según avancen los procesos de descolonización, multiplicando el número de los conflictos locales. Será precisamente en este ámbito donde se manifieste la necesidad de redes de alianzas y de control a escala planetaria por parte de norteamericanos y soviéticos.
El mundo, pues, se encuentra tan solo un peldaño por debajo de la guerra abierta.

En 1953, el nuevo presidente republicano Dwight Eisenhower, renuncia al concepto de reversión (roll back) de los avances soviéticos en beneficio de un nuevo enfoque (new look), formulado sobre los siguientes principios:
•El reconocimiento de la paridad nuclear con la URSS, que cuenta desde 1953 con la Bomba H.
•La primacía del enfoque tecnológico: la NASA se crea en 1958 para hacer frente el reto de los avances soviéticos en el espacio.
•La corresponsabilidad de las superpotencias en la gestión de todas las cuestiones internacionales, una paz inestable es preferible a una desestabilización del duopolio soviético-norteamericano y, más aún, que el riesgo de una guerra generalizada.
Estas líneas de acción serán seguidas también por el demócrata John F. Kennedy a partir de 1960. Asimismo, en este contexto se abordan nuevas negociaciones aparte del encauzamiento parcial de las cuestiones de Corea, Taiwán e Indochina, que son en cierto modo anteriores, entre las que cabe mencionar:
•En 1955, el acuerdo sobre el Trieste que permite la delimitación amistosa de la frontera ítalo-yugoslava.
•En 1955 también, el fin de la ocupación cuatripartita de Austria y la recuperación de su plena soberanía en el marco de un estatus de neutralidad.
•En 1956, el cese del estado de guerra entre Moscú y Tokio (sin acuerdo en el contencioso sobre las islas Kuriles) que permitirá el ingreso de Japón en Naciones Unidas.
•En 1956, restitución por parte de Moscú de las bases de Porkkala a Finlandia, y que facilita asimismo su entrada en la ONU, y una prudente aproximación a los países de Europa occidental.
•En 1959, la firma de un tratado internacional que otorga el estatus de Patrimonio Común de la Humanidad a la Antártida.
A lo que es necesario añadir los grandes desafíos atinentes al fin del mundo colonial.
No obstante, el deshielo tendrá sus límites, el más espectacular, por su puesto, será la carrera de armamentos.

Las consecuencias de la Guerra de Vietnam fueron muy diversas, no solo las derivadas directamente de la guerra: millones de muertos (los cálculos oscilan entre dos y seis millones), no sólo de militares sino de civiles; los efectos derivados del agente naranja que llegan a nuestros días y que afectaron a las personas pero también al medio ambiente; desplazamientos masivos de población y cuantiosas pérdidas económicas.
Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, el fracaso de Vietnam llevó a un cierto repliegue de Estados Unidos respecto a la participación en los siguientes conflictos. De hecho, la sensación de pérdida de prestigio internacional se acrecentó en 1979 con la crisis de los rehenes en plena Revolución iraní. El rechazo de la población a lo que consideraba una política excesivamente blanda y de pérdida de poder en el mundo preparaba lo que había de ser un rearme tanto político como armamentístico en una Guerra Fría que había de reverdecer a partir de 1980. La distensión llegaría a su fin con Ronald Reagan. La confrontación en lo que había de considerarse el último conflicto de la Guerra Fría, la Guerra de Afganistán, y el retorno de la carrera de armamentos así lo anunciaban.

Entre 1979 y 1991 las relaciones internacionales atravesaron dos etapas claramente diferenciadas. De 1979 a 1985 la distensión entre las superpotencias, característica del periodo anterior, quedó desplazada por una creciente tensión bipolar inaugurada por desafíos como la invasión soviética de Afganistán (1979), la política de confrontación con la URSS del inicio de la presidencia de Ronald Reagan en Estados Unidos (1980) y la aceleración de la carrera de armamentos. La crisis de los euromisiles (1982-1985) simbolizó las tensiones de estos años atravesados por el renovado protagonismo de la amenaza de las armas atómicas. En contraste, en una segunda etapa, de 1985 a 1991, la nueva política exterior del dirigente soviético Mijaíl Gorbachov y la receptividad de Washington a los aires de cambio que soplaban desde Moscú permitieron liquidar la Guerra Fría y superar la división de Europa y del mundo según la línea de tensión Este-Oeste, cancelando así definitivamente el statu quo surgido de la Segunda Guerra Mundial. Pero aunque la política de poder y las relaciones entre las dos superpotencias condicionaron en gran medida esta etapa, las transformaciones económicas, culturales y políticas experimentadas por otros actores en un mundo que avanzaba por el camino de la postguerra fría.
A pesar de la rivalidad Washington-Moscú, el eje central de las tensiones internacionales solía identificarse con la divisoria Norte-Sur más que con el vector Este-Oeste, lo que marcaba las prioridades de la agenda internacional, un hecho que podemos simbolizar en la divergencia de intereses entre el G-7, como se denominó al grupo creado en 1975 por los siete países capitalistas más industrializados, y el G-77, como se denominó al grupo de países en vías de desarrollo que desde 1964 comenzó a coordinar sus acciones en Naciones Unidas. La tendencia a la defensa de los intereses internacionales por medio de Organizaciones Internacionales se incrementó a lo largo del periodo, dando lugar a una sociedad internacional más articulada en la que se había pasado de las setenta y nueve organizaciones de este tipo existentes hasta la Segunda Guerra Mundial a las cerca de trescientas que se alcanzaron en la década de 1990.

La política exterior norteamericana a partir tres grandes vectores:
•El unilateralismo inspirado en el liderazgo absoluto de Estados Unidos que le permite una completa libertad de acción, rechazando cualquier restricción a su poder, ya sea legal (aprobación de la Patriot Act, Guantánamo, rechazo del proyecto de Corte Penal Internacional) o política (relaciones con los aliados europeos) lo que lo coloca en la posición de gendarme mundial.
•El reforzamiento del poder militar, que implica el incremento del presupuesto de defensa e iniciativas como la creación de un paraguas antimisil, el diseño de la estrategia empleada de lucha contra el terrorismo, o la construcción del discurso «Eje del mal» entre 2002 y 2005 y en el que incluye a Irak, Irán, Libia, Cuba, Corea del Norte, Zimbabue, Bielorrusia y Birmania, países a los que acusa de ser responsables de la subversión internacional, y sobre todo de poseer y fabricar armas de destrucción masiva que amenazan la seguridad mundial, acusaciones bajo las que justifica la necesidad de la guerra preventiva.
•La defensa de valores, conscientes del elemento central que en su planteamiento suponía la lucha contra el terrorismo y del impacto negativo que podía tener en el mundo musulmán y otros ámbitos de lo que se conocía como tercer mundo, intentan favorecer una imagen progresista y liberal del futuro del planeta construida en torno al triunfo de la democracia como sistema político frente a la dictadura, el integrismo religioso y los sentimientos antioccidentales.
Esta doctrina empezó a desarrollarse fundamentalmente a partir de la intervención en Irak —y que formaba parte del nuevo paradigma de política exterior incluso antes de los atentados del 11 de septiembre—.

La postguerra fría puso de manifiesto que a medida que fue evolucionando la gobernanza global, el sistema de las Naciones Unidas se convirtió en parada obligatoria para una nueva agenda internacional que debía considerar la proliferación de armas de destrucción masiva, la degradación de nuestro entorno común, las epidemias, los crímenes de guerra y la migración masiva. En ese sentido, es preciso reconocer que Naciones Unidas trató de alentar un proceso de cambio normativo por medio de una promoción más activa de los derechos humanos y de su papel clave en el establecimiento de un derecho internacional sobre la materia a partir de la creación de un tribunal penal internacional —casos de Bosnia y Ruanda— y proporcionando el único marco existente para articular valores a escala global, básicos para cualquier tipo de ampliación de los límites normativos, más aún en un mundo en el que asistimos a un debilitamiento de las posiciones clásicas del Estado-nación en relación con cuestiones atinentes a problemas tan polémicos como el «derecho de intervención humanitaria».
Posiblemente tuviese razón el secretario general Dag Hammarskjöld, cuando afirmó que «las Naciones Unidas no fueron creadas para llevar a la humanidad al cielo, sino para salvar la humanidad del infierno».

La influencia de la UE en las relaciones internacionales ha disminuido. Su desarrollo como actor global se ha basado, a imagen y semejanza de su mundo interno, en la gobernanza (normas, reglas e instituciones) y en el multilateralismo como forma superior de organización, los cambios en el mundo parecen haber ido en sentido contrario con la orientación europea. De hecho, la crisis económica ha puesto la evidencia de que vivimos en un mundo multipolar en el que lo multilateral cada vez tiene menor espacio, y con ello se reduce el margen de acción para las organizaciones internacionales, lo que juega contra los intereses europeos por varias razones. En primer lugar, Europa se ha beneficiado de un orden multilateral abierto, pero hasta hace muy poco apenas ha contribuido, o lo ha hecho de forma colateral, a su sostenimiento que ha corrido desde la Guerra Fría y a través de la agenda trasatlántica a cargo de Estados Unidos. En segundo lugar, ha tendido a ignorar las consecuencias externas de su propio proceso de integración económico.

Se está produciendo una paulatina desintegración del orden político internacional imperante en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que estamos asistiendo a un desmembramiento del orden económico multilateral liberal. Ciertamente, el internacionalismo liberal se caracteriza por promover un ideal de apertura, a la vez que tratando asimismo de dotar a las relaciones internacionales de un marco normativo e institucional de tipo multilateral. No obstante, ni siquiera tras la caída del muro las estructuras de gobernanza de Estados Unidos se extendieron ni con la velocidad ni en la proporción que se esperaba. Con Estados Unidos en retirada y ante un mundo cada vez más multipolar, la globalización, que en la actualidad se ve amenazada por las tendencias proteccionistas, no parece contar con un marco institucional de gobernanza consensuado y percibido como legítimo ni por las principales potencias ni por la ciudadanía. Sin embargo, esto tampoco significa que el mundo se encamine hacia una distopía global.
En realidad, lo más significativo es la existencia de visiones enfrentadas, el debate sobre cómo gestionar una agenda global cada vez más compleja, que incluye desde el comercio o las finanzas a los problemas energéticos y medioambientales. Una situación que se trasvasa al orden geopolítico y las relaciones internacionales. En esa dirección, Henry Kissinger, en su último libro Orden mundial, se muestra pesimista sobre la posibilidad de construir un nuevo orden internacional a partir del progresivo debilitamiento del sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial (el sistema de Naciones Unidas en lo político y las instituciones de Bretton Woods en lo económico). Pensemos en esa dirección que la agenda política, diplomática y económica internacional está sobrecargada, la economía de mercado mundial está dominada por un pequeño cártel de grandes corporaciones. Una reforma del Consejo de Seguridad —continúa Kissinger— será esencial para la futura gestión de los asuntos globales, ya que éste no es representativo del «estado del mundo» y es cada vez más criticado por no cumplir su propósito. Asimismo, para el antiguo secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, un nuevo orden internacional con una mínima garantía de mantenimiento debería de basarse tanto en la fuerza (realismo) como en la legitimidad (idealismo), pero en la actualidad ambas variables se hallan fuera control y en consecuencia el futuro es sombrío.
Síntoma y diagnóstico de esa situación, según Dominique Moisi, es que los principales actores del sistema internacional no están unidos en la necesidad de defender el statu quo actual. En su opinión, las posiciones se dividen en tres tendencias. Un Occidente que ya no parece capaz de imponer al mundo su orden liberal y su misma existencia —tal y como entiende desde los inicios de la Guerra Fría; esto es, vinculada a la relación trasatlántica entre Europa occidental y Estados Unidos— se halla en revisión dados los desencuentros entre ambos (y es que las emociones no son suficientes para explicar las realidades políticas). Un segundo grupo caracterizado por su abierto revisionismo y que está encabezado por la Rusia de Putin, que rechaza la influencia occidental y pretende recomponer en última instancia el ámbito territorial y la influencia del Imperio soviético, ahora bajo la forma de nacionalismo panruso, pero también el islamismo más radical que rechaza de plano la idea de un orden secular, cuyas formas externas pretenden imponer un nuevo orden a través de un Estado Islámico propiciado en cierto modo por la incuria occidental. Y, finalmente, China, que a pesar de todos sus desequilibrios sigue creciendo en importancia al mismo tiempo que exige reconocimiento —y no solo regional, sino global—, a su reemergencia como gran potencia mundial, y que, junto a la India o Brasil, son a su juicio los principales interesados en el sistema mundial, lo que significa que ellos también necesitan un mínimo de orden en las relaciones internacionales, pero, eso sí, anteponiendo sus intereses nacionales.
En definitiva, el mundo nunca ha sido un lugar fácil. Orden y desorden han coexistido en cualquier época que se tome como ejemplo. Incluso en los periodos de prosperidad de los imperios o de equilibrio entre grandes potencias, el conflicto y la inestabilidad han sido con mayor o menor intensidad elementos permanentes de la historia.

This book for those of us who have studied international relations seems to me to be a very interesting manual, didactic and to be read, and at the end of the book there is an annex of maps.
In the transition from the 18th to the 19th century, international relations became fundamental aspects, giving rise to the first contemporary international system. Revolution and war were the most important triggers of this transformation, which affected the ideas and principles on which international relations were based, the practice of the foreign policy of States and the relations between powers. To properly assess the elements of continuity and change brought by the revolutionary and military cycle of the period 1776-1815, we must start from the functioning of the modern international system in the eighteenth century and examine how the American and French revolutions impacted on it.

Throughout the Modern Age the European states developed regular relations of conflict and cooperation between them. These relationships were forged in the course of a long sequence of wars and diplomatic negotiations, as well as commercial and cultural exchanges. Through these interactions, the States were linked to each other in an international system centered on the European continent but projected over the rest of the world through the exploration and colonization of large areas of the Americas, as well as Asia, Africa and the rest of the balloon.
The legal basis of the Westphalian system, contained in the Peace Treaties signed in Münster and Osnabrück in 1648, was completed by cultural, political and institutional elements that allowed the system to operate regularly. Culturally it was a Eurocentric system rooted in the modern imagination of the powers of the Old Continent as members of the same family (as described by the Spanish Francisco de Vitoria in the 16th century), Christianity (Christianitas) of medieval times, that in the contemporary conception it was transmuted into the concept of the civilized world as opposed to the barbarian and inferior peoples, object of the colonizing action and of the so-called European “civilizatory mission” – with the Ottoman Empire occupying an ambiguous intermediate position in the European imagination and Orientalist of the time.
The system was also based on shared institutions that acted as regulatory mechanisms of the relations between the powers. The main institutions were:
1. the war, subject to common rules about when and under what assumptions it was legitimate to war (ius ad bellum), in application of the principle of just war, and about the behavior allowed on the battlefield (ius in bello);
2. Diplomacy, exercised by envoys of the sovereign in extraordinary mission or-increasingly-as permanent representatives before another state; Y
3. international law, in the process of progressive positivity from the works of the Spanish Francisco de Vitoria (De potestate civili, 1529) and the Dutch Hugo Grotius (Treaty of war and peace, 1625).
From the political point of view, the international system rested on the interaction between sovereigns, who were – with few exceptions – who ultimately directed the foreign policy of their states. This gave the international relations of the eighteenth century an essentially dynastic character and made the territorial disputes between ruling families the engine of international politics.

In spite of the centers of discontent that multiplied by Europe, in 1810 the French Empire was in its zenith. In that year, the Napoleonic system integrated the following states and territories:
a) France, enlarged to 130 departments covering from Lübeck in the Baltic to Rome in Italy, and integrating Belgium, the Netherlands and the left bank of the Rhine, Geneva, Valais, Piedmont, Tuscany, much of the Papal States and the Illyrian Provinces;
b) the Kingdom of Italy;
c) the states of the “family system” governed by the brothers of Napoleon: the kingdoms of Spain, Naples and Westphalia, the grand duchies of Berg and Tuscany, and the duchies of Lucca and Guastalla;
d) the protectorates: Swiss Confederation, of 22 cantons; Confederation of the Rhine, of 36 states, and Grand Duchy of Warsaw;
e) Allies: Russia, Prussia, Austria, Sweden and Denmark-Norway.

While Europe struggled between the consolidation of the Napoleonic system and its contestation by the united powers, the combined effects of the crisis of the Ancien Regime and the impact of the revolutions profoundly altered the international relations of the American continent. Most of the Spanish possessions in America conquered independence in an open process in 1810 and completed in 1828. The political crisis of peninsular Spain during the war against the French allowed the Creole elites, organized in Juntas, to raise enlightened ideas and the liberal principles of the American and French revolutions in order to achieve emancipation from the metropolis. The revolution and colonial crisis thus opened was developed in three phases:
1. Between 1810 and 1814 the independence movements were able to prevail in almost all Hispanic America.
2. Between 1815 and 1819 the royalist forces of Fernando VII took control of the situation, except in the Southern Cone, revoking the declarations of independence.
3. between 1820 and 1823 the period of the Liberal Triennium in the Iberian Peninsula meant the breakdown of Spanish authority in America, where the reorganized independence movements managed to expel the metropolitan authorities, one after another, from almost all the territories still obedient to Madrid . The battle of Ayacucho (1824) and the military actions in Callao and Chiloé (1826) were the last Spanish defeats in this conflict in which outstanding figures of American independence, such as José San Martín, Antonio José de Sucre and Simón Bolívar , the Liberator.
Bolivar dreamed of a confederal union of the Spanish-American republics, inspired by the Venezuelan hero Francisco de Miranda, but his projects failed in the Congress of Panama in 1826 against the different particularisms of the new states and the interference of the United States and the United Kingdom, observers in Congress along with the Netherlands. Instead of a political unit, 18 states were consolidated between the Rio Grande and Tierra del Fuego, with borders often rooted in the administrative demarcations of the colonial era, and with some questioned limits, which will later lead to several international conflicts: Paraguay ( 1811), Uruguay (1815), Argentina (1816), Chile (1818), Gran Colombia (1819, which included Venezuela, Ecuador and Panama), Ecuador (1820), Peru (1821), Mexico (1821), Panama ( 1821), the states of Central America (1821), Bolivia (1824), etc.
From the point of view of international relations, the independences created a regional subsystem of States in the American continent, in which the United States made clear its will of preponderance against the interventionist pretensions of the Holy Alliance, as was evident in the Monroe Doctrine (1823). However, the European colonial powers, and especially the United Kingdom, which retained possessions in the Caribbean and strategic and commercial interests in various areas of the continent, continued to play a non-negligible role in American politics.
As for Spain, the independences, not formally recognized by Madrid until the years 1836-1850, contributed to its degradation to the third level power in the international game of the 19th century, despite retaining the rich colony of Cuba, with Puerto Rico in the Caribbean, and the Philippines, the Palau, the Marianas and the Carolinas in the Pacific, until 1898.

The period between 1815 and 1848 is very relevant from the point of view of international relations. At that time a “System of Congresses” was developed to guarantee order in Europe, a form of relationship between the States based on the new concept of collective security, the foundation of the so-called European concert.
The political and ideological framework of the system was the “Restoration”, a stage that began in 1815 with the Congress of Vienna. The old monarchies united to restore the “old order” and reconstruct the European map, disrupted by the Napoleonic experience. However, the liberal movements, the nationalisms and the economic-social reality fought against the order imposed since 1820.
In 1813 Napoleon had all the European powers against him, he had already lost Spain, Germany, Holland, northern Italy and Naples. Despite the military genius of Napoleon and the divisions in the antinapoleonic coalition, the allies, more numerous, achieved victory.
The negotiations had developed in parallel to the military offensives. The most controversial issues were, on the one hand, the political future of France and the delimitation of its borders and, on the other, the so-called “Polish question”. Austria acted as a promoter of a compromise peace that would guarantee European stability and stability: not to increase Russian power too much, not to leave France completely collapsed. The Treaty of Chaumont of March 9, 1814 guaranteed the unity of action allied despite the dissensions. Considered a diplomatic achievement of Castlereagh, Secretary of Foreign Affairs of Great Britain, Chaumont was renewed several times and sealed the alliance of the four powers (Austria, Russia, Prussia and Great Britain).

(Congress of Vienna) The nostalgia of European medieval unity with Christianity as a nexus, the defense of authority and hierarchy, the impossibility of equality between men, are ideas present in conservative romantics.
There are three basic principles that inspire the negotiations of the congress and that would mark the subsequent political and diplomatic practice:
• The principle of balance between the powers, balance that guarantees peace and fundamental idea of ​​the entire political theory of Metternich, main protagonist of the congress.
• The principle of legitimacy, which is interpreted as monarchical legitimacy, as it was proposed in the Old Regime. In the writings of Talleyrand and Metternich, historical dynasties are invoked as holders of the legitimacy that was forcibly taken from them.
• The principle of intervention by the major powers in the internal affairs of the remaining countries, insofar as their situation could affect the general balance. The principle of intervention implied the right of the great to re-establish “order” both in the international field and in the interior of nations.
The Final Act of the Congress gathers what would have to be a reorganization of the European map:
• Poland would continue under foreign rule, divided between Prussia, Austria and Russia, which thus increased its western limits. The small kingdom of Poland that was created, “the Poland of the Congress”, was under the sovereignty of the Tsar. The Polish question and that of Saxony were framed in what was called the “Polish-Saxon question”. This issue became crucial and muddied the negotiations until it almost caused a break between the allies. A compromise was reached between the two extreme positions represented by Russia and Prussia. Neither France nor Austria nor Great Britain were willing to admit an excessive Russian expansion nor to that Prussia was annexing all Saxony. Even so, Prussia and, above all, Russia, although not to the extent of their ambitions, benefited.
• The Italian States were reconstituted. The kingdom of Lombardy-Venice, the Tyrol and the Illyrian provinces passed to Austria, which took hold in Italy, also placing members of the imperial family in different duchies: Tuscany, Parma and Modena. The kingdom of Piedmont-Sardinia received Genoa and recovered Savoy, Sardinia and Nice. The kingdom of Naples-Two Sicilies returned to the Bourbons and, finally, the States of the Church were reconstructed under papal sovereignty.
• The German States. The interests at stake were, above all, Austrians and Prussians. Metternich thought that the creation of a Germanic Confederation should serve as a brake on the expansionist attempts of France and Russia, playing an important role in the European security system. The Confederation was constituted by thirty-nine States, of which they were kingdoms: Prussia, Bavaria, Württemberg, Saxony and Hanover and the Austrian Empire, which was included in the Confederation and presided over the Diet, whose seat was established in Frankfurt.
• Territorial changes in northern Europe. Sweden, whose king remained Charles XIV, the former Napoleonic Marshal Bernardotte, lost Finland, in favor of Russia, and Pomerania, which passed into Prussia; In return, Norway joined the Swedish crown. Denmark received German territories: Schleswig, Holstein and Lavenburg. The Netherlands, conceived as a stopper state, became the ephemeral United Kingdom of the Netherlands, with the annexation of the Belgian provinces, ceded by Austria.
•Switzerland. The Helvetic Confederation, another of the buffer states to isolate France, was recognized as a neutral state, its borders were established, twenty-two cantons were established.
• Great Britain was the most benefited power, its rank of the first maritime power was unquestionable when remaining in control of the most important routes. In the Mediterranean, he settled in Malta and the Ionian Islands. In the Antilles, Trinidad-Tobago guaranteed better access to trade with Central and South America. Holland yielded to him the Cabo and Ceilán in the route of the Indians.
The European map that emerged from Vienna was drawn following the interests of the great powers and the principle of balance. There were unresolved issues and cystic problems that would recurrently throughout the nineteenth century. National claims were not taken into account and artificial unions were forced. Norway joined Sweden and Belgium to Holland, the division of Italy and Germany was maintained, where nationalist movements were being revived, Poland was divided, the Balkan peoples remained under the Turkish Empire and throughout Europe the fissures of security were evident apparent of the Restoration. Among the great powers themselves were drawn future conflicts: between the United Kingdom and Russia, tensions in the Ottoman Empire and Central Asia.

The Holy Alliance was a pact signed on September 26, 1815 between the sovereigns of Russia, Austria and Prussia, at the initiative of Alexander I, Tsar of Russia. The objective of this Alliance was that the international policy had as its pillars the Christian precepts. The religious tone of the pact and the fact that the kings were personally, and not the governments, who signed, were due to Tsar Alexander.
The text of the “Saint” said that relations between sovereigns should be based “on the sublime truths that the holy religion of Our Savior teaches us.” He invoked precepts such as “justice, Christian charity and peace” and encouraged the fraternal union of the sovereigns who were to be “fathers of families for their subjects and their armies.” All governments were henceforth to conduct themselves as members of “one and the same Christian nation.” The Holy Alliance, open to all powers, was received with little enthusiasm in the diplomatic circles of the time. Great Britain was not part of it, since the Prince Regent, future George IV, did not sign it, claiming that, according to British laws, he needed the signature of a responsible minister.
The fundamental differences between the revolutions of 1848 and 1830 can be summarized in the following points:
• Liberalism, the engine of revolutions, appears divided between the doctrinaire (census suffrage, national sovereignty, legal equality, monarchy) and the democrat (universal suffrage, popular sovereignty, social justice, republic). The political fracture is accompanied by a social fracture that is present in the revolts.
• In the revolutions of 1848 in the western industrialized countries there is an important presence of the working class that has its own demands. Therefore, unlike those of 1830, in 1848, socialism appears as a fledgling strong alongside liberalism and nationalism.
• In 1848, the revolution reached the heart of the European system: the Austrian Empire, which had remained on the sidelines in the other revolutionary waves, is the scene of a very intense revolutionary outbreak in its struggle against the persistence of absolutism and the seigniorial regime.

The revolutionary outbursts of 1848 lasted little, but their mark was important in the following decades. Between 1848 and 1890 there were significant changes in the European system. The movement of nationalities would become increasingly strong as of the second half of the century, resulting in the national construction of Germany and Italy. Nationalisms of different types, both state and national minorities, would arrive well into the twentieth century. Liberalism and nationalism would be transformed into conservative forces and supporters of the European imperialist race.
The already decadent Congress System established in Vienna, the European Concert, based on the principles of balance, intervention and monarchical legitimacy, was definitively eliminated by the emergence of new political and social forces, and also new actors. Power moved to the center of the continent, and it was the newly born German II Reich that reformulated a new system of alliances in terms of its political objectives.
The unification of Germany completely changed the order of forces in Europe. Germany had just become the most powerful force on the continent, demographically, economically, militarily and politically speaking. The architect of the unification of Germany had been the Prussian chancellor, Otto von Bismarck, now converted into Chancellor of the Reich. Otto von Bismarck enjoyed an almost absolute prestige in Germany and was prepared to direct the internal and external policy of all Germany in a very personal way.
The international system that prevailed between 1871 and 1890 is usually called the Bismarck System. In it, Germany became a dynamic force, the pivot force around whose international politics gravitate other powers, at least in terms of European policy and especially between 1881 and 1887.
The Germanic potential was not, however, at the service of the extension of the Reich. His chancellor endeavored to present Germany as a “satiated” power that had fulfilled all its international aspirations with unification. The new foreign policy was to be conservative and peaceful, focused on consolidating Germany internally and externally, however, from a de facto hegemonic position.
The disagreements between the emperor and his chancellor did not wait, first in matters of national policy and with the passage of months also in foreign policy. Guillermo II understood that the Treaty of Reinsurance limited the framework of diplomatic maneuvering of Germany. And it certainly was, because for Bismarck the consideration of keeping peace in Europe had always been the most useful instrument for consolidating a hegemonic German Reich. But the new generation, on the one hand, considered that this consolidation was already completed and aspired, on the other hand, to take their country to greater greatness and glory. After insurmountable differences with Guillermo II, Bismarck delivered his letter of resignation on March 18, 1890.

The Covenant -Covenant-, once approved by the Conference, would constitute Part I of each of the peace treaties. Constituted by a preamble and 26 articles, the Pact, as political-legal engineering at the service of peace, would become the institutional foundation on which the multilateralization of post-war international relations would rest.
The signatories of the Pact, the States, committed themselves in their preamble to accept the commitment not to resort to war, to maintain in the light of day international relations based on justice and honor, the strict observance of International Law and the scrupulous respect to the obligations contracted in the treaties. The League of Nations would face its task in a double dimension, inseparable from one another: the guarantee of peace through collective security -arbitration, disarmament and security- and the construction of peace through cooperation.
The new international organization was essentially an association of and between States, whose central objective was to guarantee and create the conditions for peace among nations. Integrated initially by the original Member States and the admitted members, as specified in Article 1.
The crisis of the system of collective security, whose first challenges would take place during the first half of the decade, was nothing but the crisis of the order that emerged from Versailles. In the first place, the economic crisis, which began on October 24, 1929 with the stock market crash in New York and spread through the European economy with all its virulence after 1931, acted as a trigger for a generalized crisis whose nature It had already been perceived by the Europeans during the Great War. In Europe, Austria was the first victim of international economic disorder, with the bankruptcy of the Creditanstalt and the failure of the customs union project with Germany, and shortly after, the latter would suffer the rigors of the crisis with the bankruptcy of the Darmstandter Bank. In Great Britain, the crisis would be settled with the abandonment of the gold standard and the convertibility of the pound sterling and the end of free trade practices. Meanwhile, in France the effects of the crisis would be delayed, but their recovery would also be slower than in the rest of the industrialized countries.
Second, the economic crisis directly affected the political crisis of the democracies in the 1930s. In these years, says Jean-Baptiste Duroselle, the imbalance between the deeply peaceful but weak democracies and the court regimes worsened. totalitarian and authoritarian, supporters of modifying the current status quo in favor of their national interests.
And third, the general feeling of crisis would end up filtering into the League of Nations itself. The visible and growing deterioration of the “spirit of Geneva” ended up activating in a generalized way the recourse to traditional diplomatic forms, both in large and small powers that, while maintaining the formalities regarding the legality of Geneva, evidenced a bankruptcy in the credibility of the international organization.

Stalin did not keep his word, or at least interpreted the meaning of the term “democratic” in a way that is far from his conception in the West. As the weeks passed, it became evident that the USSR was not going to do without the possibility of politically dominating the territories that its troops were occupying, namely Poland, Hungary, Czechoslovakia, Romania and Bulgaria. Orders were issued from Moscow to ensure that the Polish provisional government responded more to the Kremlin than to the Polish people and that it would be cleansed of any element that opposed it.
Roosevelt died in April in a state of deep disenchantment and with the feeling that his work of a new world order based on the principles of freedom, democracy and respect for an international legality was doomed to failure. It was not the Yalta Conference, but the lack of application, by the USSR, of any of its agreements that began a distancing between the main victors of the war. The gap widened with the death of the president and the arrival in the White House of Harry Truman, lacking any experience in international politics.
But it is also true that the United States and the Soviet Union began to see themselves as competitors in the application on the European continent of their respective war aims and, more generally, their ideologies. Even before the world conflict ended with the surrender of Japan in August, the alliance of war gave way to a pulse among the victors that led, for the reasons and the way we will see in the next chapter, in a new conflict, the Cold War.

The expression “Cold War” did not arise as a consequence of an event or a certain factor, but emerged from a state of opinion and a particular perception of international reality in the second postwar world. The American agency Associated Press was questioned in an office dated May 4, 1950 on the origin of the formulation of the concept. Bernard Baruch – one of the best-known financiers and American philanthropists of Jewish origin and whose political influence had been felt to be a counselor of four presidents – said that, in reality, the expression had been coined by Herbert Bayard Swope -journalist and collaborator of the United States Administration in the United Nations – in 1946 and that he had put it into circulation in 1947.
The Cold War could be considered a flexible bipolar international system whose nature would be determined by its systemic heterogeneity. This constitutive difference would support the intersystemic conflict between two models of society that would interact in a competitive and internationalizing dynamic, whose instability would be critical in the periphery, scenario of the great majority of conflicts, and mitigated in the centers of each block or subsystem. The dynamics of conflict would be staged in the wake of two axes of systemic tension: on the one hand, the East-West dialectic that would be the axial axis of tension during the Cold War, and on the other, the North-South or center-periphery tension that it would be reformulated in the wake of the decolonization process and the emergence of the so-called Third World.
The Cold War from the following rules:
• The competition between the east and the west is total and should be understood as a division of the world in two confronting and antagonistic fields. The creation of the blocks as the same division of disputed countries, such as Germany, China or Korea, will be an inevitable result of the conflict. Not only does each block become a militarily fortified camp, but it also becomes a privileged area for the development of ideological experiences sponsored by the respective “metropolis”.
• The direct confrontation between the superpowers is not, however, feasible. During the blockade of Berlin, Washington did not use the nuclear threat, and Stalin took great care not to carry out attacks against the Anglo-American “airlift” or the western sectors of the former German capital, although paradoxically the arms race is indispensable both to sustain the diplomatic course of action and to dissuade the adversary from any hostile action in the face of serious reprisals.
• The negotiation of a peace plan or a global commitment is not possible, since there is no minimum basis of confidence in the intentions of the other. Each camp claims to act in self-defense and in response to what is described as an aggression in each and every one of the diplomatic, political and military actions it undertakes.
• The delimitation of the blocks will have as its objective the creation of exclusive political-military areas (sanctuaries). It is not only that the territory of the superpowers acquires a virtual immunity, but that it will also extend to other especially sensitive regions.
• On the contrary, the peripheral zones or the margins of both blocks, as well as the regions not yet included in one or another field, could be subject to political pressures (force tests), and even hostile military actions. A situation that will be generalized little by little as the processes of decolonization progress, multiplying the number of local conflicts. It is precisely in this area where the need for networks of alliances and control on a planetary scale by North Americans and Soviets is manifested.
The world, then, is only one step below the open war.

In 1953, the new republican president Dwight Eisenhower, renounces the concept of rollback of Soviet advances in favor of a new approach, formulated on the following principles:
• The recognition of nuclear parity with the USSR, which since 1953 has had the H. Bomb.
• The primacy of the technological approach: NASA was created in 1958 to face the challenge of Soviet advances in space.
• The co-responsibility of the superpowers in the management of all international issues, an unstable peace is preferable to a destabilization of the Soviet-American duopoly and, even more, that the risk of a generalized war.
These lines of action will also be followed by the Democrat John F. Kennedy from 1960. Also, in this context new negotiations are addressed apart from the partial channeling of the issues of Korea, Taiwan and Indochina, which are in some way earlier, between which include:
• In 1955, the agreement on Trieste that allows the friendly delimitation of the Italo-Yugoslav border.
• In 1955 also, the end of Austria’s quadripartite occupation and the recovery of its full sovereignty within the framework of a neutral status.
• In 1956, the cessation of the state of war between Moscow and Tokyo (without agreement in the dispute over the Kuril Islands) that will allow the entry of Japan into the United Nations.
• In 1956, restitution by Moscow of the bases of Porkkala to Finland, and also facilitates its entry into the UN, and a prudent approach to the countries of Western Europe.
• In 1959, the signing of an international treaty that grants the status of Common Heritage of Humanity to Antarctica.
To which it is necessary to add the great challenges related to the end of the colonial world.
However, the thaw will have its limits, the most spectacular, of course, will be the arms race.

The consequences of the Vietnam War were very diverse, not only those derived directly from the war: millions of deaths (calculations range between two and six million), not only military but civilians; the effects derived from the agent orange that reach our days and that affected people but also the environment; massive displacements of population and considerable economic losses.
From the perspective of international relations, the failure of Vietnam led to a certain withdrawal of the United States regarding participation in the following conflicts. In fact, the sense of loss of international prestige increased in 1979 with the hostage crisis in the midst of the Iranian Revolution. The rejection of the population to what he considered an excessively soft policy and loss of power in the world prepared what was to be a rearmament both political and armament in a Cold War that was to green again from 1980. The strife would reach his end with Ronald Reagan. The confrontation in what was to be considered the last conflict of the Cold War, the Afghanistan War, and the return of the arms race announced it.

Between 1979 and 1991 international relations went through two clearly differentiated stages. From 1979 to 1985 the detente between the superpowers, characteristic of the previous period, was displaced by a growing bipolar tension inaugurated by challenges such as the Soviet invasion of Afghanistan (1979), the policy of confrontation with the USSR of the beginning of the presidency of Ronald Reagan in the United States (1980) and the acceleration of the arms race. The crisis of the euromisiles (1982-1985) symbolized the tensions of these years crossed by the renewed protagonism of the threat of atomic weapons. In contrast, in a second phase, from 1985 to 1991, the new foreign policy of the Soviet leader Mikhail Gorbachev and Washington’s receptivity to the winds of change that were blowing from Moscow allowed to liquidate the Cold War and overcome the division of Europe and the world according to the East-West tension line, thus definitively canceling the status quo that emerged from the Second World War. But although the politics of power and the relations between the two superpowers conditioned this stage to a great extent, the economic, cultural and political transformations experienced by other actors in a world that was advancing along the path of the post-cold war.
Despite the Washington-Moscow rivalry, the central axis of international tensions used to be identified with the North-South divide rather than with the East-West vector, which marked the priorities of the international agenda, a fact that we can symbolize in the divergence of interests between the G-7, as it was called the group created in 1975 by the seven most industrialized capitalist countries, and the G-77, as it was called the group of developing countries that since 1964 began to coordinate their actions in the United Nations. The tendency to defend international interests through International Organizations increased throughout the period, giving rise to a more articulated international society in which it had gone from the seventy-nine organizations of this type existing until the Second World War. World to the close to three hundred that were reached in the 1990s.

The North American foreign policy from three big vectors:
• Unilateralism inspired by the absolute leadership of the United States that allows complete freedom of action, rejecting any restriction on its power, whether legal (approval of the Patriot Act, Guantánamo, rejection of the International Criminal Court project) or political ( relations with the European allies) which places him in the position of world policeman.
• The reinforcement of military power, which implies the increase of the defense budget and initiatives such as the creation of an anti-missile umbrella, the design of the strategy used to fight terrorism, or the construction of the discourse “Axis of evil” between 2002 and 2005 and in which it includes Iraq, Iran, Libya, Cuba, North Korea, Zimbabwe, Belarus and Burma, countries that it accuses of being responsible for the international subversion, and above all of owning and manufacturing weapons of mass destruction that threaten global security, accusations under which justifies the need for preventive war.
• The defense of values, aware of the central element that in its approach involved the fight against terrorism and the negative impact it could have on the Muslim world and other areas of what was known as the third world, try to favor a progressive and liberal image of the future of the planet built around the triumph of democracy as a political system against dictatorship, religious fundamentalism and anti-Western sentiments.
This doctrine began to develop fundamentally from the intervention in Iraq – and that was part of the new paradigm of foreign policy even before the September 11 attacks.

The post-Cold War showed that as global governance evolved, the United Nations system became an obligatory stop for a new international agenda that should consider the proliferation of weapons of mass destruction, the degradation of our common environment, epidemics, war crimes and mass migration. In that sense, it is necessary to recognize that the United Nations tried to encourage a process of normative change through a more active promotion of human rights and its key role in the establishment of an international right on the subject from the creation of an international criminal court – cases from Bosnia and Rwanda – and providing the only existing framework for articulating values ​​on a global scale, basic to any kind of extension of the normative limits, especially in a world where we witness a weakening of positions of the nation-state in relation to issues related to such controversial problems as the “right of humanitarian intervention”.
Secretary General Dag Hammarskjöld was probably right when he said that “the United Nations was not created to take humanity to heaven, but to save humanity from hell.”

The influence of the EU in international relations has diminished. Its development as a global actor has been based, in the image and likeness of its internal world, on governance (norms, rules and institutions) and on multilateralism as a superior form of organization, changes in the world seem to have gone in the opposite direction with the European orientation. In fact, the economic crisis has put the evidence that we live in a multipolar world in which the multilateral has increasingly less space, and thereby reduces the margin of action for international organizations, which plays against European interests by several reasons. In the first place, Europe has benefited from an open multilateral order, but until recently it has hardly contributed, or has done so collaterally, to its support that has run since the Cold War and through the transatlantic agenda in charge of U.S. Second, it has tended to ignore the external consequences of its own process of economic integration.

There is a gradual disintegration of the international political order prevailing in the world after the Second World War, while we are witnessing a dismemberment of the liberal multilateral economic order. Certainly, liberal internationalism is characterized by promoting an ideal of openness, while also trying to provide international relations with a multilateral regulatory and institutional framework. However, even after the fall of the wall, the structures of the United States’ governance extended neither with the speed nor in the proportion that was expected. With the United States in retreat and facing an increasingly multipolar world, globalization, which is currently threatened by protectionist tendencies, does not seem to have an institutional framework of consensus and perceived as legitimate by the major powers or by the citizenship. However, this does not mean that the world is heading towards a global dystopia.
In reality, what is most significant is the existence of conflicting visions, the debate on how to manage an increasingly complex global agenda, which includes everything from trade or finance to energy and environmental problems. A situation that is transferred to the geopolitical order and international relations. In that direction, Henry Kissinger, in his latest book World Order, is pessimistic about the possibility of building a new international order from the progressive weakening of the system emerged after the Second World War (the United Nations system in the political and Bretton Woods institutions economically). Think in that direction that the international political, diplomatic and economic agenda is overloaded, the world market economy is dominated by a small cartel of large corporations. A reform of the Security Council – Kissinger continues – will be essential for the future management of global affairs, since it is not representative of the “state of the world” and is increasingly criticized for not fulfilling its purpose. Also, for the former Secretary of State and National Security Adviser, a new international order with a minimum guarantee of maintenance should be based on both force (realism) and legitimacy (idealism), but currently both variables are out of control and consequently the future is bleak.
Symptom and diagnosis of that situation, according to Dominique Moisi, is that the main actors of the international system are not united in the need to defend the current status quo. In his opinion, the positions are divided into three trends. A West that no longer seems capable of imposing on the world its liberal order and its very existence – as it has understood since the beginning of the Cold War; that is, linked to the transatlantic relationship between Western Europe and the United States – it is under review given the disagreements between both (and that is that emotions are not enough to explain political realities). A second group characterized by its open revisionism and which is headed by Putin’s Russia, which rejects Western influence and seeks to ultimately restore the territorial scope and influence of the Soviet Empire, now in the form of pan-Russian nationalism, but also the The most radical Islamism that rejects outright the idea of ​​a secular order, whose external forms are intended to impose a new order through an Islamic State fostered in a certain way by Western negligence. And, finally, China, which in spite of all its imbalances continues to grow in importance at the same time as it demands recognition -and not only regional, but global-, its reemergence as a great world power, and that, together with India or Brazil , are in his opinion the main stakeholders in the world system, which means that they also need a minimum of order in international relations, but, yes, putting their national interests first.
In short, the world has never been an easy place. Order and disorder have coexisted in any era that is taken as an example. Even in the periods of prosperity of the empires or of balance between great powers, conflict and instability have been more or less intense permanent elements of history.

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