La España Contemporánea: Desde 1808 Hasta Nuestros Días — Pamela Beth Radcliff / Modern Spain: 1808 to the Present (A New History of Modern Europe by Pamela Beth Radcliff

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Esto es un trabajo muy de estudiante. Esto lee como un manual y es intelectual. No es fácil de ser leído al estar lleno de información. Esto también desafía el pensamiento tradicional durante este período en la historia. Esto es una interesante lectura para alguien que ha estudiado este período de historia. Esto generaría alguna gran discusión. Es sobre España, pero esto trata con la historia mundial también. El autor obviamente pone mucho trabajo en este libro y siento que alguien que quiere saber más sobre España en profundidad /históricamente /políticamente /económicamente /geographical/culturalmente/etc ….. el camino recorrido no se sentirá decepcionado por este libro. Ningun cuadros es incluidos aunque haya algunos dibujos de Europa con el foco sobre España. Al final del libro son muchas páginas de notas a pie de página presentadas por el capítulo.

En lugar de una larga lucha entre las «dos Españas», una «moderna » y la otra «tradicional», los siglos XIX y XX fueron un período en el que España construyó su propio camino sin guion hacia la modernidad, con todos los logros, las contradicciones y las oscuras consecuencias normales. España, como otros países, pasó de ser un país agrícola a serlo industrial. Como otros, pasó de un estado absolutista a uno liberal durante el siglo XIX y de un estado liberal a otro democrático en el siglo XX. En contraste con la narrativa con frecuencia aislada de la historia contemporánea de España, este libro presenta una perspectiva comparativa que se ha convertido en un rasgo indispensable de las historias nacionales en una era global.

Situar el comienzo de la historia de la España contemporánea en 1808 es, como siempre cuando se trata de una periodización, una decisión algo arbitraria. En el modelo tradicional del «fracaso» de la España contemporánea, 1808 marcaba el momento en el que el tambaleante Antiguo Régimen, incluido su enorme aunque mal gestionado imperio, recibió el golpe de gracia con la invasión de los ejércitos de Napoleón. En esta versión, como las ideas liberales fueron importadas e impuestas desde el exterior, la era revolucionaria fue más efímera en su impacto a largo plazo, el primer acto en una lucha continua entre las «dos Españas», en la que el sector «moderno» siempre fue el más débil. En la versión revisionista, 1808 siguió siendo el punto de inflexión crucial, el inicio de una revolución liberal y nacional que abrió la era contemporánea de España y que demostraba una similitud con lo que estaba ocurriendo en el resto de Europa occidental.
El año 1808 sirve a los dos relatos porque simboliza la inauguración de la «crisis triple» del Antiguo Régimen, incluida la crisis dinástica provocada por la abdicación del rey Borbón y de su heredero, la crisis de soberanía generada por la invasión de las tropas francesas y la crisis constitucional producida por la legitimidad debilitada de la monarquía española.
La reducción del imperio colonial de España no era un resultado inevitable de la crisis del siglo XVIII. Así, la monarquía española del siglo XVIII estaba llevando a cabo un intento valiente y al menos en parte exitoso con las llamadas «reformas borbónicas» para transformarse de un imperio «conquistador» en un imperio comercial efectivo, un esfuerzo que en ningún caso estaba destinado al fracaso y a la disolución. Aunque era cierto que la posición de España como el viejo imperio la colocó en una actitud defensiva con la necesidad de tener que adaptarse a la rápida evolución de las dinámicas comerciales e imperiales, la imagen de un Imperio español esclerótico y momificado que estaba esperando el menor roce para que se derrumbase todo el edificio se ha puesto en cuestión de una manera muy convincente. La lealtad transatlántica a la monarquía española siguió siendo fuerte durante el período napoleónico, incluso cuando las élites criollas y metropolitanas intentaban negociar una solución común para la crisis de la soberanía imperial. La pérdida de las colonias americanas surgió de lo que un estudioso llama una «cadena de desequilibrios», no de una debilidad inherente del imperio o por la aparición de movimientos nacionalistas.
La instantánea de la sociedad española de principios del siglo XIX confirma las dos tendencias básicas de diversidad y cambio gradual. Así, mientras que por un lado era apabullantemente agrícola y rural, los patrones específicos de composición y asentamiento de dicha población agraria variaban significativamente a lo largo de la península. Mientras que determinados sectores de esta sociedad agraria parecían anclados en el orden social del Antiguo Régimen, las viejas jerarquías y las estructuras de poder ya se estaban erosionando. En algunas regiones los nobles y el clero enriquecido siguieron conservando un poder social y económico considerable, mientras que en otras, una nobleza difusa hizo muy poco por mantener la jerarquía social. Más allá de la sociedad agraria, nuevas categorías sociales también se estaban expandiendo, superando al artesano manufacturero de la economía de la Edad Moderna. Desde obreros fabriles a industriales, y desde estibadores a comerciantes, ya era visible el contorno de un orden social más variado.

Uno de los aspectos cruciales del contexto histórico en el que se gestó la revolución liberal y nacional española fue el carácter imperial de la monarquía española y su crisis de legitimidad. Mientras que antes se consideraba que los conceptos de nación y de liberalismo se habían desarrollado en paralelo a ambos lados del Atlántico español, los estudios recientes han puesto el énfasis en un discurso transatlántico compartido sobre la soberanía, la nacionalidad y el liberalismo que aún seguía centrado en la reforma de la monarquía española y no en su disolución.
De hecho, quizá la innovación más sorprendente de la Constitución de 1812 era la declaración según la cual la soberanía residía en todos los españoles de los dos hemisferios que habían nacido libres, convirtiéndose así en el primer Estado europeo que extendía más allá de la metrópoli la pertenencia a la nación. Antes de eso, la Junta Central ya había proclamado su famosa declaración de enero de 1809 en el sentido de que los territorios americanos no eran simples colonias sino «partes esenciales» de la nación española, e invitaba a dichos territorios a enviar representantes. Así, las Cortes de Cádiz se enfrentaban a la tarea doble de transferir la soberanía del monarca a la nación y de definir los límites transatlánticos de dicha nación.

El protagonista principal que habitualmente se identifica con la resistencia contra el liberalismo era la Iglesia católica, gran parte de cuyo personal se unió o simpatizó con el movimiento carlista que afirmaba la «defensa del trono y del altar». En el antiguo relato de las «dos Españas», la Iglesia se relacionaba automáticamente con la contrarrevolución y la tradición, considerándose uno de los obstáculos principales para el éxito de la revolución liberal. Estudios más recientes han señalado una diversidad política más grande dentro de la Iglesia, en especial a principios del siglo XIX, cuando hubo un fuerte contingente de católicos liberales, así como de liberales católicos en las Cortes de Cádiz. En esta historia más compleja, fue precisamente durante las décadas de 1820 y 1830 cuando perdió terreno el espacio para el catolicismo liberal, no solo en España sino en toda Europa occidental. En aquel tiempo, el grueso de la jerarquía católica, desde el Vaticano hasta las iglesias nacionales, estaba embarcado en una oposición frontal al liberalismo, concretado por el «Syllabus de los errores» de 1864. Este rechazo formal estuvo en vigor hasta las últimas décadas del siglo XIX, cuando el Vaticano bajo el papa León XIII se tuvo que acomodar a regañadientes a lo que se había convertido en la realidad política. La distancia entre el catolicismo y el liberalismo se consolidó mediante una combinación de políticas liberales que socavaron la riqueza y los privilegios de la Iglesia, en especial a través de la venta de tierras, la abolición del diezmo, la creación de una Iglesia financieramente dependiente y el sentimiento anticlerical más difuso y a veces violento, animado con frecuencia por los progresistas y después por los demócratas y los republicanos. A partir de la década de 1820, el ciclo de violencia anticlerical y de reacción clerical se convirtió en una característica habitual del conflicto político, culminando en la década de 1930.
Evaluar los logros y los límites de la transición de España durante el siglo XIX desde el absolutismo al liberalismo requiere el establecimiento de una serie de criterios que tengan en cuenta los objetivos de los liberales contemporáneos y el marco comparativo de lo que era posible en Europa occidental a principios y mediados del siglo XIX. Desde ambas perspectivas, lo que parece claro es que el marco legal, jurídico y político, como quedó establecido en las Constituciones, los códigos legales y las instituciones, se ajustó a los parámetros generales de las transiciones liberales contemporáneas. Un Ejecutivo monárquico, Parlamentos bicamerales con un sufragio muy restringido, censura, ausencia de elecciones «libres y limpias» y partidos políticos débilmente articulados eran características comunes de los estados liberales.
En definitiva, declarar el «fracaso» o el «éxito» de la revolución liberal en España constituye una dicotomía histórica demasiado simplista. España estableció los parámetros de un Estado liberal con todas sus partes constituyentes, comparable al de otros países liberales, pero tuvo dificultades para consolidarse como una nación imperial estable y legítima. En términos comparativos, desde luego tuvo menos éxito en «perfeccionar la guerra y el Estado» que los países más ricos del noroeste de Europa, preparados para una gran expansión imperial, económica e industrial. Si el período comprendido entre 1820 y 1860 marcó el inicio de la diferenciación significativa entre Europa y el no-Occidente, también fue el origen de la diferenciación dentro de Europa. Pero diferenciación no significa fracaso y, en especial en términos políticos, la grieta entre el norte y el sudoeste de Europa no estaba tan clara en 1868. Así, si bien España no comenzó su era liberal a la cabeza del conjunto de las naciones que iniciaban este proceso, tampoco se quedó tan rezagada al presentar un dinamismo suficiente como para abrir diversas posibilidades en su horizonte de futuro.

El Sexenio pasó a la historia oficial como un ejemplo de los peligros de la democracia, la inmadurez política de la población española y la necesidad de unos fuertes controles centralizados sobre la participación. Para la generación siguiente, su recuerdo impidió cualquier esfuerzo sostenido para la integración democrática de las masas, desde el punto de vista político o económico, a través de marcos de negociación laboral. Por el contrario, el nuevo régimen consolidó una visión habitualmente militarizada del orden público que dificultó el reconocimiento de formas legítimas de participación política popular. En consecuencia, la mayoría de los movimientos populares se retiraron hacia modos de acción conspiratorios, «apolíticos» o beligerantes, con poco impacto más allá de sus redes locales. Así, a primera vista, la tradicional falta de interés en este período corto y turbulento de la historia española tiene cierto sentido. Considerado más como un callejón sin salida ignominioso que como una «etapa» en la modernización política de España, ni los grupos ni los temas planteados desaparecieron de la arena política. Es más, siguieron integrando el terreno conflictivo de la política española contemporánea hasta la actualidad.
El fracaso de España en la transición del liberalismo a la democracia en el período de posguerra no fue único ni anormal. Lo que era normal era la transición problemática de la política elitista decimonónica a la política de masas del siglo XX, con la democratización solo como una de las hojas de ruta para salir de la crisis. Es más, la ruta democrática era en gran medida experimental y sin ninguna experiencia previa. Así, aunque se fundaron muchas democracias nuevas por toda Europa en este período, la mayoría de ellas no sobrevivió a la guerra civil europea de las siguientes dos décadas y media.

El universo cultural general de los españoles estaba creciendo cada vez más conectado, paulatinamente más relacionado con los rasgos clásicos de una sociedad modernizada, como el transporte, una prensa nacional, la esfera pública y la educación. Aunque el resultado no fue una cultura nacional o burguesa homogénea, estos marcos eran accesibles para cada vez más españoles, ya fuera como aspiración o como objeto de ataque. Los españoles siguieron divididos tanto por la cultura como por la política, pero eran cada vez más conscientes de las maneras diferentes a su disposición para situarse en el mundo moderno. Las conexiones se desarrollaron con mayor lentitud en España que en los países más avanzados del noroeste de Europa, pero incluso allí la transformación fue posterior y menos homogénea de lo que se había creído antes. Al final, España siguió su propio camino hacia la modernidad, una evolución gradual y diversa que sigue formando parte de una historia europea más amplia, en lugar de encontrarse en sus márgenes.
Aunque el efecto inmediato de la dictadura fue estimular la oposición democrática y decapitar a los políticos conservadores, su impacto más importante a largo plazo fue el inicio de una transición de un conservadurismo de la vieja escuela a un estilo nuevo de política de derechas, que fundía la retórica tradicionalista con la movilización de masas. En cuanto a las técnicas de movilización, el
marco ideológico del nacionalcatolicismo, el nacionalismo económico dirigido por el Estado y el corporativismo, además de la formación de una generación de futuros líderes, el régimen de Primo de Rivera sirvió como incubadora para una «nueva derecha» que se iba a consolidar durante la dictadura siguiente. Así, tanto para la derecha como para la izquierda, el régimen de Primo de Rivera marcó una ruptura política, inaugurando un ciclo largo de dictadura y democracia que definió la política española hasta que la consolidación de la democracia actual en la década de 1980 parece que rompió finalmente el círculo.
La Segunda República fue un experimento democrático caótico y contradictorio que contenía elementos que eran tanto prometedores como decepcionantes para cualquier versión de la consolidación democrática. Así, fue menos un modelo, negativo o positivo, que un laboratorio. Como un laboratorio de la práctica democrática, la Segunda República sigue siendo un período clave en la historia en desarrollo y siempre cambiante de la democracia española.

Cualquier esfuerzo para definir el impacto del régimen no puede calificar un período u otro como el franquismo «esencial». El impacto del período de casi cuarenta años entre una Guerra Civil brutal y un régimen democrático consolidado es inevitablemente más contradictorio que todo eso. Y resulta aún más difícil aislar el impacto de la propia dictadura del de todos los demás factores cambiantes que estaban más allá de su control, desde la Guerra Fría a la Comunidad Europea, el boom económico de la posguerra en Europa y la transformación de la cultura y la sociedad en España. España era indudablemente una sociedad muy diferente y existía en una Europa muy diferente en 1975 que en 1937, pero resulta difícil conocer qué trayectoria habría seguido sin Franco y la dictadura. Ni un «simple paréntesis» ni «cuatro décadas perdidas» parecen un resumen adecuado del legado de este régimen controvertido.

El paisaje cambiante de la economía, la sociedad y la cultura españolas durante la larga dictadura de Franco se resiste a ajustarse a un solo relato o marco. El período reúne quizá la época más negra de la historia contemporánea del país, cuando la guerra y un régimen vengativo detuvieron un siglo de crecimiento y evolución social graduales. Al mismo tiempo, también representa la fase de crecimiento y transformación más rápida que la de cualquier otro período, un patrón que acerca a España a una senda de convergencia con el resto de Europa occidental sin precedentes en ninguna otra época desde la era napoleónica. La cuestión de cómo dar sentido a estas historias contradictorias es complicada a causa de los relatos morales enfrentados sobre el régimen de Franco, cada uno de los cuales suele centrarse en una de estas instantáneas como si fuera definitiva.
Los cambios en las políticas del régimen, desde las reformas económicas de 1959, hasta la Ley de Convenios Colectivos de 1958, la Ley de Asociaciones de 1964, la Ley de Prensa de 1966 y la Ley de Educación de 1970, por citar solo algunas de las más importantes, tuvieron consecuencias reales, abriendo puertas, aunque fuera de forma no intencionada, que habían estado firmemente cerradas. El resultado fue una relación compleja entre la esfera política de la dictadura y las esferas económica, social y cultural, que no estuvieron ni completamente oprimidas ni liberadas. Los cuarenta años de dictadura en España tuvieron indudablemente un impacto negativo en la sociedad, pero las grandes transformaciones que mejoraron y enriquecieron la vida de muchas personas también tuvieron lugar durante la dictadura, en parte a pesar de ella, pero también en parte como un producto derivado de las acciones del régimen. Al final, no existe una explicación sencilla de la paradoja de un régimen tradicionalista, ruralista y católico que dominó la industrialización, urbanización y secularización del país.

La transición de España a un régimen democrático y su consolidación se ha analizado a través de múltiples lentes contradictorias entre ellas desde finales de la década de 1970, algunas con el fin de celebrar el logro de España y otras señalando sus déficits. Durante las dos primeras décadas, el relato dominante se centró en lo que había funcionado, en contraste con lo que no había funcionado en el experimento democrático anterior de España en la década de 1930. Desde esta perspectiva, después de 40 años de dictadura, España llevó a cabo una transición relativamente pacífica y consensuada hacia un gobierno democrático, que se consolidó al cabo de pocos años y permaneció estable en sus parámetros básicos. Este es el modelo español que se sigue alabando en los estudios comparativos sobre democratización y consolidación. La visión más crítica que se ha formado en los años recientes cuestiona las negociaciones que se realizaron para conseguir este proceso relativamente suave, incluida la supresión de la participación popular y la decisión de no enfrentarse a los demonios del pasado franquista, todo lo cual ha dado lugar a lo que los detractores llaman una democracia de «baja intensidad». En lugar de permitir que la Transición quede absorbida en los relatos morales enfrentados, presentada como un icono inmaculado o vilipendiada como la fuente de todo lo malo en la democracia actual en España, se debe estudiar históricamente como el proceso complicado, inspirador y con errores que permitió que España pasase de la dictadura a la democracia.

Al principio del siglo XXI, España es una democracia consolidada del primer mundo, con todos los éxitos, debilidades y limitaciones que esto supone. Aunque la consolidación es un proceso en marcha en todas las democracias, los más de treinta años de gobierno democrático desde la Transición han normalizado las instituciones y las «reglas del juego». La normalización ha recibido la ayuda del contexto europeo en el que el dominio de la democracia se ha ido fortaleciendo desde la década de 1970. Más allá de la consolidación básica de las instituciones electorales, España también se ha integrado en el modelo socialdemócrata europeo (cada vez más cuestionado), que equipara los derechos sociales con los civiles y políticos, y plantea un papel fuerte del Estado para asegurar el bienestar de la población dentro de una economía de mercado capitalista. Los expertos siguen debatiendo si España ha conseguido la paridad.
La democracia española no es una creación perfectamente elaborada ni únicamente un fracaso y fuera de sintonía con un modelo ideal «europeo». Como otras democracias modernas, se trata de una mezcla compleja de «luces y sombras», con deficiencias, así como con recursos para la renovación democrática. La complejidad de la democracia española se refleja en la dinámica actual entre las movilizaciones de base y la política de las élites que ha forjado su evolución desde el principio, en especial en momentos de crisis concretos. También se refleja en la relación dinámica entre la política local, regional y estatal, todas las cuales constituyen canales de toma de decisiones y negociación democráticas. La democracia española a principios del siglo XXI es la suma compleja de todas estas partes en movimiento, convirtiéndola, como todas las democracias en el mundo actual, en una tarea en constante revisión.

CRONOLOGÍA POLÍTICA DE LA HISTORIA DE ESPAÑA,
1808-1814 Guerra de la Independencia y Constitución de 1812
1814-1833 Restauración de la monarquía absolutista bajo Fernando VII
1820-1823 Trienio Liberal y Constitución de 1812
1823-1833 Restauración del absolutismo
1824          Finaliza la independencia latinoamericana
1833-1868 Monarquía constitucional liberal de Isabel II
1833-1839 Primera guerra carlista
1833-1840 Restauración del absolutismo
1840-1843 Gobiernos progresistas
1844-1854 Gobiernos moderados
1854-1856 Gobiernos progresistas
1856-1868 Gobiernos moderados
1869-1873 Monarquía democrática (Amadeo I, 1870-1873)
1873-1874 Primera República
1868-1878 Guerra de los Diez Años en Cuba
1873-1876 Tercera guerra carlista
1874-1923 Restauración de la monarquía constitucional
1875-1885 Rey Alfonso XII
1885-1902 Regencia de María Cristina
1895-1989 Rebelión e independencia cubana
1898          Guerra con Estados Unidos
1902-1931 Rey Alfonso XIII
1923-1929 Dictadura de Primo de Rivera
1929-1931 Final de la monarquía
1931-1936 Segunda República
1931-1933 Primer bienio
1933-1936 Segundo bienioa
1936          Frente Popular
1936-1939 Guerra Civil
1939-1976 Dictadura de Franco
1975          Muerte de Franco
1976-1978 Transición a la democracia
1977          Primeras elecciones
1978          Constitución
1978          Monarquía democrática bajo Juan Carlos I
1981          Febrero: intento de golpe de Estado
1982-1996 La era del PSOE
1986          Ingreso en la CE
1996-2004 Gobierno del PP
2004-2011 Gobierno del PSOE
2014          Coronación del rey Felipe VI

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This is a very scholarly work. It reads like a textbook and is intellectual. This isn’t an easy read but it is packed full of information. It also challenges traditional thought on this period in history. This is a great read for anyone who has studied this period of history. It would bring up some great discussion. It is about Spain, but it deals with worldwhide history too.
The author obviously put a lot of work into this book and I feel that anyone who wants to know more about Spain in deeper/historical/political/economical/geographical/cultural/etc…..way will not be disappointed with this book. No pictures are included though there are some drawings of Europe with the focus on Spain. In the back of the book are many pages of footnotes laid out by chapter.

Instead of a long struggle between the «two Spains», one «modern» and the other «traditional», the nineteenth and twentieth centuries were a period in which Spain built its own unscripted path towards modernity, with all the achievements , the contradictions and the normal dark consequences. Spain, like other countries, went from being an agricultural country to an industrial one. Like others, it went from an absolutist to a liberal state during the nineteenth century and from a liberal to a democratic state in the twentieth century. In contrast to the often isolated narrative of contemporary Spanish history, this book presents a comparative perspective that has become an indispensable feature of national histories in a global era.

To situate the beginning of the history of contemporary Spain in 1808 is, as always when it comes to a periodization, a somewhat arbitrary decision. In the traditional model of the «failure» of contemporary Spain, 1808 marked the moment when the wobbly Old Regime, including its huge but badly managed empire, received the coup de grace with the invasion of Napoleon’s armies. In this version, since liberal ideas were imported and imposed from abroad, the revolutionary era was more ephemeral in its long-term impact, the first act in a continuous struggle between the «two Spains», in which the «modern» sector »He was always the weakest. In the revisionist version, 1808 remained the crucial turning point, the beginning of a liberal and national revolution that opened the contemporary era of Spain and showed a similarity to what was happening in the rest of Western Europe.
The year 1808 serves the two stories because it symbolizes the inauguration of the «triple crisis» of the Old Regime, including the dynastic crisis caused by the abdication of King Bourbon and his heir, the crisis of sovereignty generated by the invasion of French troops and the constitutional crisis produced by the weakened legitimacy of the Spanish monarchy.
The reduction of the colonial empire of Spain was not an inevitable result of the crisis of the eighteenth century. Thus, the eighteenth-century Spanish monarchy was carrying out a courageous and at least partly successful attempt with the so-called «Bourbon reforms» to transform itself from a «conquering» empire into an effective commercial empire, an effort that in no case was intended to failure and dissolution. Although it was true that the position of Spain as the old empire placed it in a defensive attitude with the need to adapt to the rapid evolution of commercial and imperial dynamics, the image of a Spanish esclerótico and mummified empire that was waiting for the minor rubbing so that the whole building collapsed has been questioned in a very convincing way. Transatlantic loyalty to the Spanish monarchy remained strong during the Napoleonic period, even when creole and metropolitan elites tried to negotiate a common solution to the crisis of imperial sovereignty. The loss of the American colonies arose from what a scholar calls a «chain of imbalances,» not from an inherent weakness of the empire or from the emergence of nationalist movements.
The snapshot of Spanish society of the early nineteenth century confirms the two basic trends of diversity and gradual change. Thus, while on the one hand it was overwhelmingly agricultural and rural, the specific patterns of composition and settlement of this agrarian population varied significantly throughout the peninsula. While certain sectors of this agrarian society seemed anchored in the social order of the Old Regime, old hierarchies and power structures were already eroding. In some regions the nobles and the enriched clergy continued to retain considerable social and economic power, while in others, a diffuse nobility did little to maintain the social hierarchy. Beyond the agrarian society, new social categories were also expanding, surpassing the manufacturing craftsman of the economy of the Modern Age. From factory workers to industrialists, and from stevedores to merchants, the outline of a more varied social order was already visible.

One of the crucial aspects of the historical context in which the Spanish liberal and national revolution took shape was the imperial character of the Spanish monarchy and its crisis of legitimacy. Whereas previously the concepts of nation and liberalism were considered to have developed parallel to both sides of the Spanish Atlantic, recent studies have placed emphasis on a shared transatlantic discourse on sovereignty, nationality and liberalism that was still centered in the reform of the Spanish monarchy and not in its dissolution.
In fact, perhaps the most surprising innovation of the Constitution of 1812 was the declaration according to which sovereignty resided in all Spaniards of the two hemispheres who had been born free, thus becoming the first European State that extended beyond the metropolis the belonging to the nation. Before that, the Central Board had already proclaimed its famous declaration of January 1809 in the sense that the American territories were not merely colonies but «essential parts» of the Spanish nation, and invited those territories to send representatives. Thus, the Cortes of Cádiz faced the double task of transferring the sovereignty of the monarch to the nation and defining the transatlantic limits of that nation.

The main protagonist who usually identifies with the resistance against liberalism was the Catholic Church, a large part of whose staff joined or sympathized with the Carlist movement that affirmed the «defense of the throne and the altar.» In the old story of the «two Spains,» the Church automatically related to counterrevolution and tradition, considering itself one of the main obstacles to the success of the liberal revolution. More recent studies have indicated a greater political diversity within the Church, especially at the beginning of the 19th century, when there was a strong contingent of liberal Catholics, as well as Catholic liberals in the Cortes of Cádiz. In this more complex history, it was precisely during the 1820s and 1830s that space for liberal Catholicism lost ground, not only in Spain but throughout Western Europe. At that time, the bulk of the Catholic hierarchy, from the Vatican to the national churches, was engaged in a frontal opposition to liberalism, concretized by the «Syllabus of errors» of 1864. This formal rejection was in force until the last decades of the nineteenth century, when the Vatican under Pope Leo XIII had to grudgingly accommodate what had become the political reality. The distance between Catholicism and liberalism was consolidated through a combination of liberal policies that undermined the wealth and privileges of the Church, especially through the sale of land, the abolition of the tithe, the creation of a financially dependent Church and the most diffuse and sometimes violent anticlerical sentiment, often encouraged by the progressives and later by the democrats and the republicans. Beginning in the 1820s, the cycle of anticlerical violence and clerical reaction became a common feature of the political conflict, culminating in the 1930s.
Assessing the achievements and limits of Spain’s transition during the nineteenth century from absolutism to liberalism requires the establishment of a set of criteria that take into account the objectives of contemporary liberals and the comparative framework of what was possible in Western Europe in the early and mid-nineteenth century. From both perspectives, what seems clear is that the legal, legal and political framework, as established in the Constitutions, legal codes and institutions, was adjusted to the general parameters of contemporary liberal transitions. A monarchical executive, bicameral parliaments with a very restricted suffrage, censorship, absence of «free and fair» elections and weakly articulated political parties were common characteristics of the liberal states.
In short, declaring the «failure» or «success» of the liberal revolution in Spain constitutes a too simplistic historical dichotomy. Spain established the parameters of a liberal state with all its constituent parts, comparable to that of other liberal countries, but it had difficulties to consolidate itself as a stable and legitimate imperial nation. In comparative terms, he certainly had less success in «perfecting the war and the state» than the richer countries of northwestern Europe, prepared for a great imperial, economic, and industrial expansion. If the period between 1820 and 1860 marked the beginning of the significant differentiation between Europe and the non-West, it was also the origin of differentiation within Europe. But differentiation does not mean failure and, especially in political terms, the crack between the north and the south-west of Europe was not so clear in 1868. Thus, although Spain did not begin its liberal era at the head of the set of nations that started This process, too, was not so far behind when presenting enough dynamism to open up several possibilities in its future horizon.

The Sexenio went down in official history as an example of the dangers of democracy, the political immaturity of the Spanish population and the need for strong centralized controls over participation. For the next generation, his memory impeded any sustained effort for the democratic integration of the masses, from a political or economic point of view, through labor negotiation frameworks. On the contrary, the new regime consolidated a habitually militarized vision of public order that hindered the recognition of legitimate forms of popular political participation. As a result, most popular movements withdrew into conspiratorial, «apolitical» or belligerent modes of action, with little impact beyond their local networks. Thus, at first glance, the traditional lack of interest in this short and turbulent period of Spanish history makes some sense. Considered more as an ignominious impasse than as a «stage» in the political modernization of Spain, neither the groups nor the issues raised disappeared from the political arena. Moreover, they continued to integrate the conflictive terrain of contemporary Spanish politics up to the present.
The failure of Spain in the transition from liberalism to democracy in the postwar period was not unique or abnormal. What was normal was the problematic transition from nineteenth-century elitist politics to mass politics of the twentieth century, with democratization only as one of the road maps to get out of the crisis. Moreover, the democratic route was largely experimental and without any prior experience. Thus, although many new democracies were founded throughout Europe in this period, most of them did not survive the European civil war of the next two and a half decades.

The general cultural universe of the Spaniards was growing increasingly connected, gradually more related to the classic features of a modernized society, such as transportation, a national press, the public sphere and education. Although the result was not a homogenous national or bourgeois culture, these frameworks were accessible to more and more Spaniards, either as an aspiration or as an object of attack. Spaniards remained divided both by culture and politics, but they were increasingly aware of the different ways at their disposal to situate themselves in the modern world. Connections developed more slowly in Spain than in the more advanced countries of northwestern Europe, but even there the transformation was later and less homogeneous than had been previously believed. In the end, Spain followed its own path towards modernity, a gradual and diverse evolution that continues to be part of a broader European history, instead of being in its margins.
Although the immediate effect of the dictatorship was to stimulate democratic opposition and decapitate conservative politicians, its most important long-term impact was the beginning of a transition from an old-school conservatism to a new style of right-wing politics, which merged traditionalist rhetoric with mass mobilization. In terms of mobilization techniques, the
ideological framework of national-Catholicism, economic nationalism led by the State and corporatism, as well as the formation of a generation of future leaders, the regime of Primo de Rivera served as an incubator for a «new right» that was going to consolidate during the dictatorship following. Thus, both for the right and for the left, the regime of Primo de Rivera marked a political rupture, inaugurating a long cycle of dictatorship and democracy that defined Spanish politics until the consolidation of the current democracy in the 1980s. finally broke the circle.
The Second Republic was a chaotic and contradictory democratic experiment that contained elements that were both promising and disappointing for any version of democratic consolidation. Thus, it was less a model, negative or positive, than a laboratory. As a laboratory of democratic practice, the Second Republic remains a key period in the developing and ever-changing history of Spanish democracy.

Any effort to define the impact of the regime can not qualify one period or another as the «essential» Francoism. The impact of the almost forty-year period between a brutal Civil War and a consolidated democratic regime is inevitably more contradictory than all that. And it is even more difficult to isolate the impact of the dictatorship itself from all the other changing factors that were beyond its control, from the Cold War to the European Community, the post-war economic boom in Europe and the transformation of culture. and society in Spain. Spain was undoubtedly a very different society and existed in a very different Europe in 1975 than in 1937, but it is difficult to know what path it would have followed without Franco and the dictatorship. Neither a «simple parenthesis» nor «four lost decades» seem an adequate summary of the legacy of this controversial regime.

The changing landscape of the Spanish economy, society and culture during Franco’s long dictatorship resists adjusting to a single story or framework. The period is perhaps the blackest period in the contemporary history of the country, when the war and a vengeful regime stopped a century of gradual growth and social evolution. At the same time, it also represents the phase of growth and transformation faster than that of any other period, a pattern that brings Spain closer to a path of convergence with the rest of Western Europe, unprecedented at any other time since the Napoleonic era. The question of how to make sense of these contradictory stories is complicated by the moral accounts confronting Franco’s regime, each of which usually focuses on one of these snapshots as if it were final.
The changes in the policies of the regime, from the economic reforms of 1959, to the Collective Agreements Act of 1958, the Associations Act of 1964, the Press Law of 1966 and the Education Law of 1970, to name but a few. the most important ones had real consequences, opening doors, even if unintentionally, that had been firmly closed. The result was a complex relationship between the political sphere of the dictatorship and the economic, social and cultural spheres, which were neither completely oppressed nor liberated. The forty years of dictatorship in Spain undoubtedly had a negative impact on society, but the great transformations that improved and enriched the lives of many people also took place during the dictatorship, partly in spite of it, but also partly as a product derived from the actions of the regime. In the end, there is no simple explanation for the paradox of a traditionalist, ruralist and Catholic regime that dominated the industrialization, urbanization and secularization of the country.

The transition of Spain to a democratic regime and its consolidation has been analyzed through multiple contradictory lenses between them since the late 1970s, some in order to celebrate the achievement of Spain and others pointing out their deficits. During the first two decades, the dominant story focused on what had worked, in contrast to what had not worked in the previous democratic experiment in Spain in the 1930s. From this perspective, after 40 years of dictatorship, Spain it carried out a relatively peaceful and consensual transition towards a democratic government, which consolidated after a few years and remained stable in its basic parameters. This is the Spanish model that continues to be praised in comparative studies on democratization and consolidation. The most critical vision that has been formed in recent years questions the negotiations that were held to achieve this relatively smooth process, including the suppression of popular participation and the decision not to face the demons of the Francoist past, all of which has given Instead of what the detractors call a «low intensity» democracy. Instead of allowing the Transition to be absorbed in the conflicting moral accounts, presented as an immaculate or vilified icon as the source of everything bad in the current democracy in Spain, historically it should be studied as the complicated, inspiring and error-ridden process that allowed Spain to move from dictatorship to democracy.

At the beginning of the 21st century, Spain is a consolidated democracy of the first world, with all the successes, weaknesses and limitations that this implies. Although consolidation is an ongoing process in all democracies, the more than thirty years of democratic government since the Transition have normalized institutions and the «rules of the game.» Normalization has received the help of the European context in which the domain of democracy has been strengthened since the 1970s. Beyond the basic consolidation of electoral institutions, Spain has also been integrated into the European social democratic model (each once more questioned), which equates social rights with civil and political rights, and poses a strong role for the State to ensure the welfare of the population within a capitalist market economy. Experts are still debating whether Spain has achieved parity.
Spanish democracy is not a perfectly elaborated creation or just a failure and out of step with an ideal «European» model. Like other modern democracies, it is a complex mixture of «lights and shadows,» with deficiencies, as well as resources for democratic renewal. The complexity of Spanish democracy is reflected in the current dynamics between the grassroots mobilizations and the politics of the elites that have forged their evolution from the beginning, especially in times of concrete crises. It is also reflected in the dynamic relationship between local, regional and state politics, all of which constitute channels for democratic decision-making and negotiation. Spanish democracy at the beginning of the 21st century is the complex sum of all these parts in movement, converting it, like all democracies in today’s world, into a task under constant revision.

POLITICAL CHRONOLOGY OF THE HISTORY OF SPAIN,
1808-1814 War of Independence and Constitution of 1812
1814-1833 Restoration of the absolutist monarchy under Ferdinand VII
1820-1823 Liberal Triennium and Constitution of 1812
1823-1833 Restoration of absolutism
1824 Latin American independence ends
1833-1868 Liberal constitutional monarchy of Isabel II
1833-1839 First Carlist War
1833-1840 Restoration of absolutism
1840-1843 Progressive Governments
1844-1854 Moderate governments
1854-1856 Progressive governments
1856-1868 Moderate governments
1869-1873 Democratic Monarchy (Amadeo I, 1870-1873)
1873-1874 First Republic
1868-1878 Ten Years War in Cuba
1873-1876 Third Carlist War
1874-1923 Restoration of the constitutional monarchy
1875-1885 King Alfonso XII
1885-1902 Regency of María Cristina
1895-1989 Cuban Rebellion and Independence
1898 War with the United States
1902-1931 King Alfonso XIII
1923-1929 Dictatorship of Primo de Rivera
1929-1931 End of the monarchy
1931-1936 Second Republic
1931-1933 First biennium
1933-1936 Second biennium
1936 Popular Front
1936-1939 Civil War
1939-1976 Franco’s dictatorship
1975 Death of Franco
1976-1978 Transition to democracy
1977 First elections
1978 Constitution
1978 Democratic Monarchy under Juan Carlos I
1981 February: attempted coup d’etat
1982-1996 The era of the PSOE
1986 Income in the EC
1996-2004 PP Government
2004-2011 Government of the PSOE
2014 Coronation of King Felipe VI

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