Informe Sobre Cataluña: Historia De Una Rebeldía (777-2017) — José Enrique Ruiz-Domènec / It reports On Catalonia: Story Of A Rebellion (777-2017) by José Enrique Ruiz-Domènec (spanish book edition)

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Un libro muy interesante y didáctico. Ante los acontecimientos de los últimos años, una parte de la sociedad catalana ha virado hacia la ironía y otra hacia la ilusión de una República: es el efecto de las emociones, las esperanzas y las convicciones colectivas, pero también de las decepciones, los engaños y las mentiras. Lo cierto es que se ha roto la conciencia de continuidad que ha caracterizado el estilo de vida catalán. En el intento de desligar el presente del pasado, el proceso independentista ha provocado un éxtasis colectivo, ajeno al desaliento, dejando de lado el decoro. La acción dramática y el derecho a decidir han primado sobre el sentido común.
La independencia es la idea clave que ha sostenido ese éxtasis colectivo, brindando momentos espectaculares, de resonancia en los medios de comunicación no solo por lo insólito de la propuesta en el siglo XXI, sino por el aura supremacista que les lleva a dividir la sociedad en dos sectores irreconciliables. El orden internacional peligra cuando un pueblo esgrime un derecho que colisiona con el derecho de gentes de modo que la percepción de las cosas queda condicionada por la causa a la que presta su devota lealtad y se entrega a la realización de sus fines con una convicción lesiva para la armonía social.

En sus inicios, el país llamado hoy Cataluña era una parte de la Hispania romana. Estaba encuadrado en la provincia de la Tarraconense, aunque su actividad entonces se realizara al noreste, donde ya se planteaban cuestiones relativas al valor de la tierra, la familia y la identidad. Aquí reside lo que un cronista llamado el Astrónomo denominó la fe en los valores de la casa, a propósito del legado godo en oposición a la cultura franca.
La tierra conquistada por los carolingios pensando que formaba parte del islam era hasta tal punto nueva que carecía de nombre. Los eruditos modernos han sugerido dos, Cataluña Carolingia y Marca Hispánica, pero hay que hacer una advertencia sobre su uso. El primer nombre es dudoso: sin rodeos, un anacronismo; el segundo se relaciona con la política de Luis XIV de legitimación francesa de las tierras que reclamó en la paz de los Pirineos de 1659. Tampoco me parece adecuado. Queda otro nombre a veces utilizado, Pre-Cataluña. Hay que ir con cuidado con este último porque al usar se acepta implícitamente la idea de un destino manifiesto y los discursos supremacistas sobre la raza. En efecto, tenemos un problema: la denominación de estas tierras antes de que la historia les diera un nombre. Este tardó en llegar tres siglos.
En la tierra que tenía a Barcelona como centro político hay un doble fundamento: hispano-godo y carolingio. Lo antiguo y lo nuevo; el que reposa en la tradición y el que lo hace en el derecho de conquista. Son fundamentos diferentes que coexisten en armonía, pues ambos buscan una vida en común que fue posible por el hecho de pertenecer al Reino franco. Pero ese equilibrio se rompió por los intereses de una distinguida familia de los Pirineos: la familia de Wifredo el Velloso.

La tierra por fin tenía un nombre: Cataluña. Lo tuvo gracias al respeto y la admiración que despertaron en un poeta pisano las gestas de Ramón Berenguer III.
El reconocimiento de que el conde de Barcelona es un héroe catalán es el modelo de muchas interpretaciones sobre el efecto del mar en la historia de Cataluña. Se dice a menudo que esa apertura al mar es el fundamento de los designios mercantiles, de las altas construcciones políticas, del desarrollo cultural, e incluso de la irresistible proyección imperialista. En definitiva, no es un momento como los demás: es uno que marca la identidad del pueblo catalán.
La idea del Imperio catalán en el Mediterráneo tiene el sabor a modernismo y a homenaje a Nicolau d’Olwer, su impulsor; también emanan de ese reconocimiento las dudas de por qué la historia no siguió por ese camino, o el silencio sobre lo sucedido durante los siguientes años. No hay ninguna razón, sin embargo, para sospechar de la sinceridad de esta idea, solo hay que verla en el contexto en el que se produce cuando la Mancomunidad compone una imagen del pasado adaptada a su proyecto político. La idea de un imperio coincidía perfectamente con la aspiración de una Cataluña rica y plena. El riesgo para la identidad del país también. El miedo al mestizaje como posibilidad de dilapidar el sentido de la tierra catalana es también otra fuente de preocupación cuando se analiza la meta del Imperio catalán. No hay razón alguna para privarse del debate ni para ocultar el fondo supremacista que se esconde en estos profundos recelos. Sacar a la luz lo peor de una sociedad es un gesto de catarsis.

La unión con el Reino de Aragón es ciertamente uno de los hitos clave de la historia de Cataluña. Por tanto exige una explicación.
Esa unión fue ante todo un hecho político que significó la ruptura definitiva con el pasado, puesto que el supuesto de hacer al conde de Barcelona rey de Aragón constituyó un desafío social y jurídico al orden establecido. Toda una generación de catalanes se vio forzada a aceptar una estrategia de gobierno auspiciada por la Iglesia a la que se opusieron los nobles del interior del país. Por eso, tras la firma de los acuerdos, la unión desencadenó un proceso doble: la reivindicación, muy viva en la burguesía de Barcelona, de las «fronteras naturales» de Cataluña (una política anexionista sobre las taifas musulmanas de Lérida y Tortosa) y la firme convicción de que la corona la ceñiría siempre un varón del linaje condal.
Notemos, el sentido de la unión dinástica más célebre en tierra catalana no tiene nada que ver con una gran causa; su única meta era la consolidación por una parte de un reino amenazado por el extraño testamento de su último rey y por otra parte la afirmación de un linaje condal necesitado de alejarse lo más posible de la vinculación feudal con el Reino franco.
Un hecho tan crucial está en el origen de la debilidad histórica del Estado catalán. La sociedad actual se siente tan poco vinculada a los objetivos de esa unión que ni siquiera los cuestiona; no los conoce; no intenta conocerlos. Acepta su importancia pero no se molesta en preguntarse por qué. Lo que carece de actualidad no se toma en serio.
La trama de la unión con Aragón. No es solo un episodio de la vida real que el historiador acota a su gusto; también es una mezcla humana, de causas materiales, de fines y azares.
Una conclusión se puede extraer del acto de rebeldía de la nobleza rural catalana en el momento en que estaba en juego la unión con Aragón. Su feroz oposición a los planes de Ramón Berenguer IV es la causa principal de la tormenta política que duró quince años (1137-1152), y que creó tantas dificultades en el encaje de Cataluña en el Reino de Aragón. En ese ambiente de violencia, se descubre el poder de la trama que hizo posible la unión dinástica con Aragón que exigió entre muchas otras cosas una evolución doctrinal que alejara a las minorías cultivadas en la tradición gótica, tan viva hasta entonces, el protagonismo de los servidores de la corte y la crisis de las maneras feudales.

Entre 1162 y 1258 tres reyes de Aragón buscaron la manera de poner fin al vínculo de Cataluña con el Reino de Francia. Estos tres reyes fueron Alfonso, Pedro y Jaime, respectivamente hijo, nieto y bisnieto de Ramón Berenguer IV. Este proceso de desvinculación comienza con la creación de un Estado capaz de asociar la economía mercantil con la expansión militar y termina en la ciudad de Corbeil, cerca de París, con la firma de un acuerdo con el rey Luis IX de Francia. Sin duda el esfuerzo ilustra bien la conciencia de continuidad histórica, uno de los rasgos que mejor caracteriza la historia de Cataluña.
Los tres reyes fusionan los intereses de unos territorios distintos por su nivel económico y cultural, su lengua y sus valores, con el fin de crear una potencia mediterránea sobre el providencialismo político, ideal que propone un destino manifiesto a una sociedad que liga los intereses de nobles, burgueses y menestrales con los objetivos de la Corona.
El cambio había comenzado antes de la ascensión meteórica de Carlos de Anjou. En ese sentido, la vigencia del conflicto entre güelfos, partidarios del Papa, y gibelinos, partidarios del emperador, resulta relevante ya que ponía de relieve la cuestión central de todo el drama, una cuestión destinada a reproducirse en Cataluña a lo largo de su historia, a saber, que para sus líderes la forma de encaje del país en un Estado coincide con la situación del momento, sobre todo para aquellos que viven ajenos al sentimiento unionista con Aragón. Una apreciación de la realidad catalana que se hizo más indigesta con el paso del tiempo. Si no estaban seguros de querer formar parte de una potencia mediterránea, con más motivos sentían reparos en entrar en ese conflicto que les era ajeno, salvo que se replanteara el marco político para Cataluña.

Cataluña inicia el periodo de su historia en el que forma parte de la Corona de Aragón con un éxito diplomático, la firma del Tratado de Corbeil con Francia el 11 de mayo de 1258, y lo clausura con una grave crisis política, la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Cinco siglos de lucha por consolidar la identidad colectiva frente a lo que una parte importante del pueblo catalán creía que eran las conjuras de los enemigos de sus leyes, sus tradiciones y su libertad. Por eso la cuestión nacional catalana es más compleja que en otros lugares de Europa, y en todo caso es distinta.
¿Por qué Corona de Aragón? En apariencia la razón es clara: desde mediados del siglo XIII se gestó un sistema de articulación territorial por parte de los reyes de Aragón en su calidad de condes de Barcelona, y luego de reyes de Mallorca, Valencia, Sicilia, Cerdeña y Nápoles, que fue designado en los textos de la Cancillería Real con la expresión en latín Corona Aragonum para distinguirlo del Reino de Aragón, pues la soberanía del rey no solo se ejercía sobre ese reino, también sobre otros muchos reinos y territorios,incluido el Principado de Cataluña.
En el transcurso de los ciento cincuenta y cuatro años que separan el Tratado de Corbeil (1258) del Compromiso de Caspe (1412), el pueblo catalán consolida su identidad en medio de historias que no son la suya pero que tienen de protagonistas a sus reyes. En diversas ocasiones, más de lo habitual, se mostraba dividido ante la acumulación de poder de los reyes, sin pensar que el florecimiento cultural de su país era posible gracias a ellos. Mientras un bloque fue flexible y se adaptó a los cambios en el sentir y las actitudes hacia la vida, el otro expresó el desencanto preguntándose en qué beneficiaba la política de los reyes de Aragón al hecho catalán.
Esos ciento cincuenta y cuatro años fueron tiempos de prueba ante el gran problema de la historia: el valor del cambio, a veces sepultado bajo los escombros de la disidencia, en el impulso visceral de aquellos que se mostraron siempre contrarios a las decisiones emanadas de la Corte.
El cambio más radical fue morfológico, es decir, el que incidió sobre la organización territorial.
Entendámonos: en los tiempos en que se firmaba el Tratado de Corbeil se definían sus fronteras en el norte y el sur, aunque todavía se viera el país como un mosaico de condados y ciudades; mientras que en los tiempos de Caspe es un principado con costumbres asentadas en una sociedad consciente del pasado y atenta al futuro. Lo que en 1258 era el sueño político de Jaime I, en 1412 es la realidad de un pueblo que ha instituido un estilo de vida reflejado en la literatura en catalán, en el arte gótico, en la producción artesanal, en el gusto por el lujo y en el interés por el dinero como instrumento del poder y motor de la promoción social, cuya existencia enriqueció a quienes aprendieron las técnicas financieras de los hombres de negocios del Piamonte o la Toscana.
Llamar decadencia a este periodo de la historia de Cataluña es un prejuicio hoy insostenible ya que, desde cualquier punto de vista, este siglo y medio fue una era de creatividad cultural pocas veces vista antes y después.
Savall fue el punto de partida de una actitud de la burguesía barcelonesa a favor de reyes con poca simpatía por la nobleza rural o por sus valores. Por eso halagó al rey tras la victoria sobre los corsos en San Luri, pese a que le costó la vida al príncipe heredero, viendo en ese hecho de armas la prueba definitiva de que con reyes como Martín el Humano se volvería a alcanzar «el honor e la prosperitat de la nació catalana».
Estamos en 1410, apenas dos años antes de la gran fecha en la historia de Cataluña. Se produce la explosión.

La sucesión al trono dividió Cataluña en dos bloques: para los trastamaristas triunfó la vía de justicia, en cambio para los urgelistas fue una farsa cruel. Soldevila dixit.
Al margen de los dos bloques con opiniones disímiles, se trata de un hecho histórico que ha marcado la memoria social catalana desde que fue activado por el catalanismo político en el siglo XIX, sobre todo desde que se utilizó en la propaganda de la Mancomunidad: los catalanes que apoyaron al hijo «castellano» de Leonor sucumbieron a la iniquitat (la expresión es del arquitecto Lluís Domènech i Muntaner); eran unos traidores que ni siquiera merecían el nombre de catalanes. Así es, sin darse cuenta, como se enreda una parte de la sociedad con la tesis de la ofensa a la patria, y luego no tiene salida; por no hablar de la visión del pasado condicionante del futuro, pues lo falso en la historia es un peligro para la concordia. Aunque no todos pensaron así.
A los ojos del último rey Trastámara (su hija Juana fue reina pero cedió el trono a su hijo Carlos, un Habsburgo) Cataluña aparecía marcada por un progresivo deterioro del tono. En todo caso, había que ayudarla a levantarse, según sus antiguos patrones de conducta, impulsando la actividad comercial y naval en Barcelona. Así que, aún desengañado, puso aceite en el engranaje de la economía catalana a la espera que su sucesor hiciera el resto. El historiador Pere Miquel Carbonell escribió en De viris illustribus catalanis, que Cataluña tras una caída es capaz de recuperarse. Ahora esperaba hacerlo con la dinastía de los Habsburgo. Momento de expectación, eso es lo que siente al redactar en catalán las Croniques d’Espanya.
En 1516, al morir Fernando el Católico, comenzó una nueva época en Cataluña.

Entre 1516 y 1714 Cataluña formó parte del Imperio de los Habsburgo, de la España imperial si empleamos el término que se hizo famoso por un libro de John H. Elliott. Doscientos años que constituyen una incomparable enciclopedia de la vida catalana con sus luces y con sus sombras.
Al repasarlos contemplamos la historia del pueblo catalán que avanza primero con lentitud, discretamente, en medio de los recelos provocados por los planes del emperador Carlos V; luego, al hacerse efectivo el régimen polisinodial (administración de órganos colegiados) vemos llegar a ese pueblo a uno de los episodios más famosos de su historia, el día de Corpus Christi de 1640, un hito en la memoria social, expresión de una identidad colectiva que se vale de la violencia para sus demandas: los segadores convertidos en el referente de la historia nacional; incluso el himno les menciona con sus golpes de hoz. Y tras esa rebelión, una sucesión de acontecimientos que conducen al país a una situación extrema: la independencia promovida por la Generalidad con Pau Claris al frente; el fracasado encaje en la Francia de Richelieu; la paz de los Pirineos que desgajó parte de la tierra catalana, la fusión con el ideal austracista con la dinastía de los Habsburgo, la guerra de sucesión, la toma de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Todo eso en apenas doscientos años.
Seguir las vicisitudes del pueblo catalán en esos doscientos años significa descubrir, en cada episodio, la distancia que separa la necesidad de conservar las leyes y costumbres del pueblo catalán de la estrategia de la Generalidad en sus continuas disputas con los reyes de la casa Habsburgo.
Después de septiembre 1714, los catalanes impusieron un Gobierno favorable a Felipe V, que apartó a los sectores que habían apoyado a Carlos de Habsburgo, de Austria, los que comenzaron a conocerse como austracistas. A partir de ese momento, Cataluña se enfrenta a una nueva época de su historia. No se siguió el ejemplo de Felipe IV en 1652 (al fin y al cabo era un rey de la dinastía de los Austrias ahora vencida) que tras la rendición de la ciudad a Jorge Juan juró las Constituciones catalanas. Se optó por la mano dura. ¿Fue el fin de la nación catalana?
La expresión es exagerada. Una nación no finaliza al perder un conflicto, y menos este que en definitiva surgió para dilucidar qué rey gobernaría España. Cierto que las élites que controlaban la Generalidad en esos años no lograron sus propósitos de imponer un rey a su gusto al resto de reinos y territorios del Imperio español.
La renovación del país se hizo dentro de un nuevo modelo político: ya no será la Corona de Aragón, extinta por el Tratado de Utrech, sino España.

La clave reside en España: estar con ella o contra ella. La cuestión es que en estos siglos no ha existido en Cataluña la duda de ser o no ser España, sino la convicción de ser y no ser España.
He aquí el dilema. Duda o convicción son actitudes ante la vida antagónicas pero a la vez inseparables por lo mucho que comparten. La frontera entre ambas es de gran importancia política, aunque la inmigración del siglo XX convirtió el viejo debate doctrinal del catalanismo de Almirall en su Memoria en Defensa de los Intereses Morales y Materiales de Cataluña (de 1885) en un problema social. Baste señalar al respecto la conclusión de Pierre Vilar en su Breve historia de Cataluña (texto de 2011 publicado póstumamente), fiel expresión del problema aquí suscitado: «La asimilación lingüística y cultural de la segunda generación de inmigrantes peninsulares en Cataluña planteará menos problemas que la de los inmigrantes africanos o turcos en Inglaterra, Francia o Suiza».
Hoy la situación es otra, muy diferente. La cuestión catalana se puede resumir así: si Cataluña es España entraña la asimilación de muchos catalanes que no se sienten españoles; pero si Cataluña no es España implica la asimilación de muchos catalanes que se sienten españoles.
Se comprenden las lamentaciones. No se debió llegar a este extremo; la gente no se saluda; el país está divido en dos; la economía se resiente; las empresas se marchan por la inseguridad jurídica. Estamos en una difícil encrucijada.

El catalanismo no era un movimiento cultural para llenar de ilusión los recuerdos de la gente y luego ser reabsorbido, al contrario, era la manifestación del nuevo carácter que se había insertado en Cataluña, transformándola para siempre. Se trata del deseo por fin revelado que da lugar años más tarde, con Ángel Guimerá en La Santa Espina con música de Enric Morera, la célebre canción: som i serem gent catalana tan si es vol com si no es vol, que no hi ha terra més ufana sota la capa del sol.
No está mal el deseo.
El cambio de actitud del catalanismo se entiende si atendemos a la letra de la canción. Puede parecer un gesto de jactancia, cuando solo es un escueto saludo a una forma de ser arraigada en siglos de historia. Este reconocimiento está a punto de mostrarse en el gran escenario internacional que le facilitó la Exposición Universal de 1888 en Barcelona. Por razones altamente estratégicas, se involucró a la casa real en el suceso.
A los burgueses catalanes hay que reconocerles el mérito de haber comprendido en seguida el desafío que suponía el catalanismo político para su estilo de vida; y hay que señalar al mismo tiempo su pavura para extraer una conclusión efectiva a la exactitud y amplitud de miras de tal diagnóstico. Ello no se debió solamente a la subvaloración constante de los círculos donde se maduraban esas ideas, sino a su apego a la evasión.
1888 fue testigo del nacimiento de una nueva sensibilidad sobre el paisaje urbano, convertida en la marca Barcelona que hoy atrae a miles de turistas: esa nueva sensibilidad es el modernismo.
La gran fractura, sin embargo, acaba por venir de la política: las Bases de Manresa de 1892. Cataluña no tiene más remedio que prestar atención al desafío que se le propone. Se detalla que no se trata de seguir los jocs florals. Nada de vaguedades poéticas. La vida real pasa en «otra parte». Preferentemente, en las fábricas, en la lucha entre patronos y obreros.
Aires de revancha en Cataluña. El 1 de julio se convoca una asamblea de parlamentarios para el día 19 para forzar al Gobierno de Dato a llevar a cabo (se dice en el comunicado) «las reformas que necesita el país», entre ellas, una amplia autonomía para Cataluña y la convocatoria de elecciones constituyentes con lo cual quedaría derogada la Constitución de 1876 y de hecho todo el espíritu de la restauración. El futuro del país exige el fin del pasado inmediato. Los partidos conservador y liberal y los periódicos de Madrid declararon la asamblea sediciosa. Dato estaba desbordado: puede que el recurso a la guardia civil fuera una solución si de verdad creía que se trataba de un golpe de Estado perpetrado por las fuerzas nacionalistas, pero los políticos catalanes estaban decididos a asistir a la asamblea. Hay un intento de evitar a los provocadores de disturbios con la llamada a la calma. No fue así. La noche del 19 de julio tras la celebración de la asamblea en el ayuntamiento se produjeron enfrentamientos entre los manifestantes y la guardia civil. Del estado de placidez fingida durante todo este tiempo se pasa al temblor. Las calles se llenaron de pistoleros.
Si hay un culpable es Dato antes que el rey, y las víctimas son los diputados que no querían llegar tan lejos.

Cataluña recobraría el lugar que se le había arrebatado en la reciente historia, y sobre todo si lo haría dentro o fuera de España.
En algún momento de 1977 comenzó la nueva época para miles de enfervorizados catalanes, revolucionarios de izquierdas y de derechas, idealistas y demagogos, para quienes la calle se había convertido en el espacio idóneo de cien causas contradictorias. Se sabían muchas cosas y se planteaban muchas opciones, pero se ignoraba lo esencial: distinguir de una vez por todas lo auténtico de lo falso, la verdad de la mentira. Pero nada hacía pensar que semejante actitud pudiera lograrse fácilmente con una generación de políticos que aspiraban a medrar en medio de la profunda transformación histórica que se conoce con el nombre de transición.

Los cuarenta años de autogobierno en Cataluña, desde la recuperación de la Generalidad en 1977 a la declaración de independencia en 2017, no solo han posibilitado una toma de conciencia nacional, también han servido para que las generaciones nacidas en la era digital rindieran tributo a la identidad catalana absorbiendo su cultura, en muchos casos de forma exclusiva. Los jóvenes educados en esos años han sido participes por coalescencia de ideas que destacaban las diferencias con España.
Aprovechándose del nivel de vida alcanzado en los años ochenta, varias generaciones de catalanes asumieron la bondad de la socialdemocracia promovida desde las Consejerías de la Generalidad a base de subvenciones y prebendas hasta que la crisis de 1997-1998 les obligó a reconsiderar esa política. Entonces lanzaron la consigna «España nos roba»: una suerte de hermandad solidaria del pueblo catalán cuyo efecto fue decir que la salida a la situación económica era asumir el derecho a decidir de una democracia cívica y pacífica. Un mantra que dio alas al independentismo.
Fingir la tragedia es una comedia curativa. En efecto, las celebraciones festivas del 11 de septiembre, la Diada, constituyeron desde la primera un deseo extasiado por la alta participación donde era habitual ver a las figuras de los medios de comunicación o del deporte que se jactaban de haber congregado a miles de personas con un mismo fin: exigir la independencia.
Cuando estas generaciones educadas en los programas docentes de la Generalidad dieron ese paso adelante reinaba entre los adultos un fuerte recelo por las medidas económicas del Gobierno que les llevó a solicitar el ingreso en las entidades organizadoras de las manifestaciones, la ANC y Òmnium Cultural. A su vez, la televisión se mostró receptiva ante las imágenes y las consignas esgrimidas en esos actos: banderas con una estrella, cánticos patrióticos. La rebelión de las masas de antaño se convirtió en una fiesta cívica, de tono pintoresco, familiar, una llamada al magnetismo de la imagen. La escuela catalana lo había logrado. El programa de inmersión lingüística es un éxito ideológico, no pedagógico.
El drama: mientras se gestiona la disolución del régimen de Franco en reuniones de alto nivel, el domingo 11 de septiembre de 1977, muchos llegaron a la convicción —como recogen los titulares de la prensa— de que ese día para los catalanes se alcanzaba la libertad, se obtenía la amnistía y se recuperaba la autonomía. Con esa creencia, expresada a viva voz por los manifestantes que recorrieron el Paseo de Gracia de Barcelona, se ponía fin simbólicamente al franquismo.
Los más sagaces de los que allí estuvieron advirtieron que la transición era el acontecimiento más importante al que asistirían en su vida, así como el punto de partida de un debate sobre la ideología política que regiría el futuro de Cataluña, el comunismo o el nacionalismo. La razón de tal importancia se basaba en la forma de abordar el paso de la dictadura a la democracia. A medida que se sucedían los acontecimientos, se tomaba conciencia del hecho de que cualquier decisión que se tomara decantaría la balanza en un sentido o en otro, hacia el poderoso PSUC o hacia los partidos nacionalistas. Pero ¿a qué se debió el conflicto entre estas dos fuerzas políticas que años atrás se habían unido contra el régimen de Franco? A que estaba en juego la hegemonía de la izquierda o del nacionalismo. Uno de los dos iba a perder. Eso estaba claro.
Cuando la idea de una república catalana se ha convertido en un lugar común en la prensa y la televisión. Cuando los debates sobre el nuevo Gobierno de la Generalidad se mezclan con las protestas por el encarcelamiento de los responsables de los sucesos de otoño de 2017 y con la generalización de lazos amarillos en las fachadas de los edificios públicos y de cruces en las playas. Cuando se elige a un presidente del sector duro del nacionalismo. Me detengo porque en este momento el deseo de independencia vuelve a sus orígenes: a esa región del pensamiento donde se había formulado años atrás por la política de Jordi Pujol. Los líderes del proceso más tarde se apropiaron de ese deseo para tratar de convencer a la opinión pública europea a la vez que insistían en el carácter represivo de un Estado incapaz de aceptar la voluntad democrática del pueblo.
El deseo de independencia se apoya en un pilar, el principio de la identidad del pueblo catalán, en el derecho a que su tierra nunca deje de pertenecerle. En el seno de estas ideas supremacistas, la autodeterminación se instaló naturalmente. Pero ahora, en la primavera de 2018, busca el modo de desarrollarse en un territorio intermedio para que Cataluña sin dejar de ser España no lo sea. La firmeza de esa convicción descansa en una razón práctica, llamada diálogo o negociación, según las circunstancias.

Una primera conclusión se puede extraer de él: tantos siglos de historia sirven para entender que determinadas exigencias en Cataluña tienen un recorrido de larga duración. Es cierto que a veces se las presentan con tintes lívidos como si las primaveras de la voluntad fuesen otoños de la acción. Pero en definitiva son muchos siglos buscando su lugar en la geografía que por destino le ha tocado compartir con otros pueblos ibéricos. El deseo de rebeldía articula un estilo de vida, desde el conde Bera enfrentándose a las capitulares carolingias hasta Mas alzado contra la Constitución del 78: en ambos casos se entienden los textos legales como armaduras conceptuales contra los valores catalanes. Siempre ha sido hora de decisiones. No es extraño que la mayoría de esas decisiones arranquen de anhelos no satisfechos, de impulsos emotivos, de la rabia por sentirse desplazados.
Desde la paz de los Pirineos de 1659, Cataluña está dividida. El tono con el que los historiadores de esos años, incluido Narciso Feliu de la Peña y Farel, anuncian este hecho mueve a pensar que desaprueban de todo corazón lo que había sucedido. El encaje no se construyó sin protestas. Los acuerdos con Carlos II no acallaron las quejas. Muchos decidieron olvidar su largo pasado de resistencia y su tibia participación en el Imperio de los Habsburgo cuando se enteraron de que el sucesor de Carlos II iba a ser Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, un Borbón. Hay que actuar, aunque sea con cierta obcecación, en la defensa de los valores de la tierra, nada puede impedir la guerra de sucesión.
Decir que en 1977 cuando se recuperó la Generalidad se estaba lejos de pensar que regresaría el adiós a España de una forma tan de soslayo. Nadie creía que eso pudiera volver a ocurrir ante el riesgo de entrar de nuevo en una deriva que conduce al abismo: Tarradellas, que tenía una larga cultura política, sabía que las quejas contra el gobierno central habían precedido siempre a un acto de rebelión, en el siglo XIII, en el siglo XV, en el siglo XVII, en el siglo XX, y que era necesario superar de una vez por todas la inclinación característica del hecho diferencial: la historia de Cataluña no es sino una eterna repetición.

A very interesting and didactic book. Given the events of recent years, one part of Catalan society has turned towards irony and another towards the illusion of a Republic: it is the effect of emotions, hopes and collective convictions, but also of disappointments, deceptions and the lies. The truth is that the consciousness of continuity that has characterized the Catalonian way of life has been broken. In the attempt to separate the present from the past, the independence process has provoked a collective ecstasy, oblivious to discouragement, leaving aside the decorum. Dramatic action and the right to decide have taken precedence over common sense.
Independence is the key idea that has sustained this collective ecstasy, providing spectacular moments, resonance in the media not only because of the unusualness of the proposal in the 21st century, but because of the supremacist aura that leads them to divide society into two irreconcilable sectors. The international order is in danger when a people wield a right that collides with the law of people so that the perception of things is conditioned by the cause to which he lends his devout loyalty and is delivered to the realization of its ends with a harmful conviction for social harmony.

In its beginnings, the country called today Catalonia was a part of Roman Hispania. It was framed in the province of La Tarraconense, although its activity then took place to the northeast, where issues related to the value of land, family and identity already arose. Here resides what a chronicler called the Astronomer called the faith in the values ​​of the house, with regard to the Gothic legacy in opposition to the Frankish culture.
The land conquered by the Carolingians thinking that it was part of Islam was so new that it lacked a name. Modern scholars have suggested two, Catalonia Carolingia and Marca Hispanica, but a warning must be made about its use. The first name is doubtful: bluntly, an anachronism; the second is related to the policy of Louis XIV of French legitimation of the lands he claimed in the peace of the Pyrenees of 1659. Nor does it seem appropriate. There is another name sometimes used, Pre-Catalonia. We must be careful with the latter because by using the idea of ​​a manifest destiny and the supremacist discourses on race are implicitly accepted. In effect, we have a problem: the denomination of these lands before history gave them a name. This took three centuries to arrive.
On the land that had Barcelona as its political center, there is a double foundation: Hispano-Goth and Carolingian. The old and the new; the one that rests in the tradition and the one that does it in the right of conquest. They are different foundations that coexist in harmony, since both seek a life in common that was possible due to the fact of belonging to the Frankish Kingdom. But that balance was broken by the interests of a distinguished family of the Pyrenees: the family of Wilfred the Hairy.

The land finally had a name: Catalonia. He had it thanks to the respect and admiration aroused in a Pisan poet by the deeds of Ramón Berenguer III.
The recognition that the Count of Barcelona is a Catalonian hero is the model of many interpretations of the effect of the sea on the history of Catalonia. It is often said that this opening to the sea is the foundation of mercantile designs, of high political constructions, of cultural development, and even of the irresistible imperialist projection. In short, it is not a moment like the others: it is one that marks the identity of the Catalan people.
The idea of ​​the Catalan Empire in the Mediterranean has the flavor of modernism and a tribute to Nicolau d’Olwer, its promoter; also emanate from that recognition the doubts of why history did not follow that path, or silence about what happened during the following years. There is no reason, however, to suspect the sincerity of this idea, only to be seen in the context in which it occurs when the Commonwealth composes an image of the past adapted to its political project. The idea of ​​an empire coincided perfectly with the aspiration of a rich and full Catalonia. The risk to the country’s identity too. The fear of miscegenation as a possibility of squandering the sense of Catalan land is also another source of concern when analyzing the goal of the Catalan Empire. There is no reason to deprive himself of the debate or to hide the supremacist fund that hides in these deep misgivings. Bringing out the worst in a society is a gesture of catharsis.

The union with the Kingdom of Aragon is certainly one of the key milestones in the history of Catalonia. Therefore it demands an explanation.
This union was first of all a political fact that meant the definitive rupture with the past, since the assumption of making the Count of Barcelona king of Aragon constituted a social and juridical challenge to the established order. A whole generation of Catalans was forced to accept a strategy of government sponsored by the Church, which was opposed by the nobles of the interior of the country. Therefore, after the signing of the agreements, the union unleashed a double process: the vindication, very much alive in the bourgeoisie of Barcelona, ​​of the «natural borders» of Catalonia (an annexationist policy on the Muslim taifas of Lérida and Tortosa) and the firm conviction that the crown would always be girded by a man of the count lineage.
Note, the sense of the most famous dynastic union in Catalan land has nothing to do with a great cause; its only goal was the consolidation on the one hand of a kingdom threatened by the strange testament of its last king and on the other hand the affirmation of a condal lineage needed to move away as much as possible from the feudal connection with the Frankish Kingdom.
Such a crucial fact is at the origin of the historical weakness of the Catalan State. Today’s society feels so little linked to the objectives of that union that it does not even question them; he does not know them; do not try to know them. Accepts its importance but does not bother to ask why. What is not current is not taken seriously.
The plot of union with Aragon. It is not just an episode of real life that the historian limits to his liking; It is also a human mixture, of material causes, of ends and hazards.
A conclusion can be drawn from the act of rebellion of the Catalan rural nobility at the time when the union with Aragon was at stake. His fierce opposition to the plans of Ramón Berenguer IV is the main cause of the political storm that lasted fifteen years (1137-1152), and that created so many difficulties in the fit of Catalonia in the Kingdom of Aragon. In this atmosphere of violence, we discover the power of the plot that made possible the dynastic union with Aragon that demanded, among many other things, a doctrinal evolution that distanced the minorities cultivated in the Gothic tradition, so alive until then, the protagonism of the servants of the court and the crisis of feudal ways.

Between 1162 and 1258 three kings of Aragon sought a way to end the link of Catalonia with the Kingdom of France. These three kings were Alfonso, Pedro and Jaime, respectively son, grandson and great-grandson of Ramón Berenguer IV. This process of disengagement begins with the creation of a State capable of associating the mercantile economy with military expansion and ends in the city of Corbeil, near Paris, with the signing of an agreement with King Louis IX of France. No doubt the effort well illustrates the consciousness of historical continuity, one of the features that best characterizes the history of Catalonia.
The three kings fuse the interests of different territories for their economic and cultural level, their language and their values, in order to create a Mediterranean power over political providentialism, ideal that proposes a manifest destiny to a society that links the interests of noble, bourgeois and mechanic with the objectives of the Crown.
The change had begun before the meteoric rise of Charles of Anjou. In that sense, the validity of the conflict between Guelphs, supporters of the Pope, and Ghibellines, supporters of the Emperor, is relevant because it highlighted the central issue of the whole drama, a question destined to be reproduced in Catalonia throughout its history , namely, that for its leaders the form of fit of the country in a State coincides with the situation of the moment, especially for those who live outside the unionist feeling with Aragon. An appreciation of the Catalan reality that became more indigestible with the passage of time. If they were not sure of wanting to be part of a Mediterranean power, with more reasons they felt reluctant to enter into this conflict that was alien to them, unless the political framework for Catalonia was rethought.

Catalonia begins the period of its history in which it is part of the Crown of Aragon with a diplomatic success, the signing of the Treaty of Corbeil with France on May 11, 1258, and closes it with a serious political crisis, the fall of Barcelona September 11, 1714. Five centuries of struggle to consolidate the collective identity against what an important part of the Catalan people believed were the plots of the enemies of their laws, their traditions and their freedom. That is why the Catalan national question is more complex than in other parts of Europe, and in any case it is different.
Why Corona de Aragón? Apparently the reason is clear: since the middle of the thirteenth century a system of territorial articulation was created by the kings of Aragon in their capacity as counts of Barcelona, ​​and then kings of Mallorca, Valencia, Sicily, Sardinia and Naples, which was designated in the texts of the Royal Chancellery with the expression in Latin Corona Aragonum to distinguish it from the Kingdom of Aragon, because the sovereignty of the king was not only exercised over that kingdom, also over many other kingdoms and territories, including the Principality of Catalonia.
In the course of the one hundred and fifty-four years that separate the Treaty of Corbeil (1258) from the Commitment of Caspe (1412), the Catalan people consolidate their identity amid stories that are not theirs but whose protagonists are their kings . On several occasions, more than usual, was divided before the accumulation of power of the kings, without thinking that the cultural flourishing of their country was possible thanks to them. While one block was flexible and adapted to changes in feelings and attitudes toward life, the other expressed disenchantment by wondering what was the benefit of the policy of the kings of Aragon to the Catalan event.
Those hundred and fifty-four years were times of trial before the great problem of history: the value of change, sometimes buried under the rubble of dissent, in the visceral impulse of those who were always opposed to the decisions emanated from the Cut.
The most radical change was morphological, that is, the one that affected the territorial organization.
Let us understand: in the times when the Treaty of Corbeil was signed, its borders were defined in the north and the south, although the country could still be seen as a mosaic of counties and cities; whereas in the times of Caspe it is a principality with customs settled in a society conscious of the past and attentive to the future. What in 1258 was Jaime I’s political dream, in 1412, is the reality of a people who have instituted a lifestyle reflected in literature in Catalan, in Gothic art, in artisanal production, in the taste for luxury and in the interest for money as an instrument of power and the engine of social promotion, whose existence enriched those who learned the financial techniques of the businessmen of Piedmont or Tuscany.
Call decadence to this period of the history of Catalonia is a prejudice today unsustainable because, from any point of view, this century and a half was an era of cultural creativity rarely seen before and after.
Savall was the starting point of an attitude of the Barcelona bourgeoisie in favor of kings with little sympathy for the rural nobility or their values. That is why he praised the king after the victory over the Corsicans in San Luri, despite the fact that it cost the life of the crown prince, seeing in that fact of arms the definitive proof that with kings like Martin the Human would return to achieve «the honor» e the prosperity of the Catalan born ».
We are in 1410, just two years before the great date in the history of Catalonia. The explosion occurs.

The succession to the throne divided Catalonia into two blocks: for the trastamaristas, the path of justice triumphed, while for the Urgelistas it was a cruel farce. Soldevila dixit.
Apart from the two blocks with dissimilar opinions, this is a historical fact that has marked Catalan social memory since it was activated by political Catalanism in the 19th century, especially since it was used in the Commonwealth propaganda: Catalans who supported the «Castilian» son of Leonor succumbed to the iniquitat (the expression is of the architect Lluís Domènech i Muntaner); They were traitors who did not even deserve the name of Catalans. That’s right, without realizing it, how a part of society gets entangled with the thesis of offense to the motherland, and then there is no way out; not to mention the vision of the conditioning past of the future, because the false in history is a danger for concord. Although not everyone thought that way.
In the eyes of the last king Trastámara (his daughter Juana was queen but gave the throne to his son Carlos, a Habsburg) Catalonia was marked by a progressive deterioration of tone. In any case, it was necessary to help her get up, according to her old behavior patterns, promoting commercial and naval activity in Barcelona. So, still disappointed, put oil in the gear of the Catalan economy waiting for his successor to do the rest. The historian Pere Miquel Carbonell wrote in De viris illustribus catalanis, that Catalonia after a fall is able to recover. I now hoped to do so with the Habsburg dynasty. Moment of expectation, that’s what it feels to write the Croniques d’Espanya in Catalan.
In 1516, when Ferdinand the Catholic died, a new epoch began in Catalonia.

Between 1516 and 1714 Catalonia was part of the Habsburg Empire, of imperial Spain if we use the term that was made famous by a book by John H. Elliott. Two hundred years that constitute an incomparable encyclopedia of Catalan life with its lights and shadows.
In reviewing them, we contemplate the history of the Catalonian people who advance slowly, discreetly, amid the misgivings provoked by the plans of Emperor Charles V; Then, when the polysynoid regime became effective (administration of collegiate bodies) we see that people arrive to one of the most famous episodes of its history, the Corpus Christi day of 1640, a milestone in social memory, expression of a collective identity that uses violence for their demands: the reapers become the benchmark of national history; even the hymn mentions them with their sickle blows. And after that rebellion, a succession of events that lead the country to an extreme situation: the independence promoted by the Generalitat with Pau Claris at the head; the unsuccessful lace in the France of Richelieu; the peace of the Pyrenees that broke part of the Catalan land, the fusion with the Austrian ideal with the Habsburg dynasty, the war of succession, the taking of Barcelona on September 11, 1714. All this in just two hundred years.
Following the vicissitudes of the Catalan people in those two hundred years means discovering, in each episode, the distance that separates the need to preserve the laws and customs of the Catalan people from the strategy of the Generalitat in its continuous disputes with the kings of the Habsburg house.
After September 1714, the Catalans imposed a Government favorable to Philip V, who separated the sectors that had supported Carlos from Habsburg, Austria, which began to be known as Austrians. From that moment, Catalonia is facing a new era in its history. The example of Felipe IV was not followed in 1652 (after all he was a king of the Austrian dynasty now defeated) that after the surrender of the city to Jorge Juan swore the Catalan Constitutions. The hard hand was chosen. Was it the end of the Catalan nation?
The expression is exaggerated. A nation does not end when losing a conflict, and less this one that ultimately emerged to elucidate which king would rule Spain. It is true that the elites who controlled the Generality in those years did not achieve their purpose of imposing a king to their liking to the rest of the kingdoms and territories of the Spanish Empire.
The renewal of the country was made within a new political model: it will no longer be the Crown of Aragon, extinct by the Treaty of Utrecht, but Spain.

The key lies in Spain: being with her or against her. The question is that in these centuries there has not been in Catalonia the doubt of being or not being Spain, but the conviction of being and not being Spain.
Here is the dilemma. Doubt or conviction are antagonistic attitudes towards life but at the same time inseparable by how much they share. The border between both is of great political importance, although the immigration of the twentieth century converted the old doctrinal debate of Almirall’s Catalanism in his Memory in Defense of the Moral and Material Interests of Catalonia (of 1885) into a social problem. Suffice it to mention the conclusion of Pierre Vilar in his Brief History of Catalonia (text of 2011 published posthumously), a true expression of the problem raised here: «The linguistic and cultural assimilation of the second generation of peninsular immigrants in Catalonia will pose fewer problems than the of African or Turkish immigrants in England, France or Switzerland ».
Today the situation is different, very different. The Catalan question can be summarized as follows: if Catalonia is Spain, it involves the assimilation of many Catalans who do not feel like Spaniards; but if Catalonia is not Spain, it implies the assimilation of many Catalans who feel they are Spanish.
The lamentations are understood. It should not have reached this extreme; people do not greet each other; the country is divided in two; the economy suffers; companies leave due to legal insecurity. We are at a difficult crossroads.

Catalanism was not a cultural movement to fill with illusion the memories of people and then be reabsorbed, on the contrary, it was the manifestation of the new character that had been inserted in Catalonia, transforming it forever. It is the desire finally revealed that gives place years later, with Ángel Guimerá in La Santa Espina with music by Enric Morera, the famous song: som i serem Catalan Catalan so if it is vol com if it is not vol, that has not hi terra més ufana sota the layer of the sun.
The desire is not bad.
The change of attitude of Catalan is understood if we attend to the lyrics of the song. It may seem a gesture of boasting, when it is only a brief greeting to a way of being rooted in centuries of history. This recognition is about to be shown in the great international scene that facilitated the Universal Exposition of 1888 in Barcelona. For highly strategic reasons, the royal house was involved in the event.
The Catalan bourgeois must be recognized for the merit of having immediately understood the challenge that political Catalanism posed to their lifestyle; and it is necessary to point out at the same time its accuracy to draw an effective conclusion to the accuracy and breadth of view of such a diagnosis. This was not only due to the constant undervaluation of the circles where these ideas matured, but to their attachment to evasion.
1888 witnessed the birth of a new sensibility on the urban landscape, converted into the Barcelona brand that today attracts thousands of tourists: that new sensibility is modernism.
The great fracture, however, ends up coming from politics: the Bases de Manresa of 1892. Catalonia has no choice but to pay attention to the challenge that is proposed. It is detailed that it is not about following the floral jocs. No poetic vagueness. Real life happens in «another part». Preferably, in the factories, in the struggle between employers and workers.
Revenge airs in Catalonia. On July 1 an assembly of parliamentarians is convened for the 19th to force the Data Government to carry out (said in the statement) «the reforms needed by the country», including a broad autonomy for Catalonia and the convocation of constituent elections which would be repealed the Constitution of 1876 and in fact all the spirit of restoration. The future of the country demands the end of the immediate past. The conservative and liberal parties and the newspapers of Madrid declared the seditious assembly. Dato was overwhelmed: the recourse to the Civil Guard could be a solution if he really believed that it was a coup perpetrated by nationalist forces, but Catalan politicians were determined to attend the assembly. There is an attempt to avoid the troublemakers with the call to calm. It was not so. On the night of July 19 after the celebration of the assembly in the town hall there were clashes between the demonstrators and the civil guard. From the state of feigned placidity during all this time the tremor is passed. The streets were filled with gunmen.
If there is a culprit, Dato is before the king, and the victims are the deputies who did not want to go that far.

Catalonia would recover the place that had been taken from her in the recent history, and especially if she would do it inside or outside of Spain.
At some point in 1977 the new era began for thousands of enthusiastic Catalans, left and right revolutionaries, idealists and demagogues, for whom the street had become the ideal space for a hundred contradictory causes. Many things were known and many options were raised, but the essential was ignored: distinguishing once and for all the authentic from the false, the truth from the lie. But there was nothing to suggest that such an attitude could easily be achieved with a generation of politicians who aspired to thrive in the midst of the profound historical transformation known as the transition.

The forty years of self-government in Catalonia, from the recovery of the Generalitat in 1977 to the declaration of independence in 2017, have not only made possible a national awareness, they have also served so that the generations born in the digital age paid tribute to the Catalan identity absorbing its culture, in many cases exclusively. The young people educated in those years have been participants because of the coalescence of ideas that highlighted the differences with Spain.
Taking advantage of the level of life achieved in the eighties, several generations of Catalans assumed the kindness of the social democracy promoted by the Ministries of the Generalitat on the basis of grants and perks until the 1997-1998 crisis forced them to reconsider that policy. Then they launched the slogan «Spain robs us»: a kind of solidarity brotherhood of the Catalan people whose effect was to say that the way out of the economic situation was to assume the right to decide on a civic and peaceful democracy. A mantra that gave wings to the independence movement.
Faking tragedy is a healing comedy. Indeed, the festive celebrations of September 11, the Day, constituted from the first a desire ecstatic for the high participation where it was usual to see the figures of the media or sports that boasted of having gathered thousands of people with the same goal: demand independence.
When these generations, educated in the Generalitat’s educational programs, took that step forward, there was a strong distrust among adults about the economic measures of the Government that led them to request admission to the organizers of the demonstrations, the ANC and Òmnium Cultural. In turn, television was receptive to the images and slogans used in those acts: flags with a star, patriotic chants. The rebellion of the masses of yesteryear became a civic party, with a picturesque, familiar tone, a call to the magnetism of the image. The Catalan school had achieved it. The language immersion program is an ideological success, not pedagogical.
The drama: while managing the dissolution of Franco’s regime in high-level meetings, on Sunday, September 11, 1977, many came to the conviction -as the headlines of the press gather- that this day for Catalans the freedom, amnesty was obtained and autonomy was regained. With this belief, voiced by the protesters who toured the Paseo de Gracia in Barcelona, ​​the Franco regime was symbolically put to an end.
The most astute of those who were there warned that the transition was the most important event they would attend in their lives, as well as the starting point of a debate on the political ideology that would govern the future of Catalonia, communism or nationalism. The reason for this importance was based on the way to approach the passage from dictatorship to democracy. As events took place, it became clear that any decision taken would tip the scales in one way or another, towards the powerful PSUC or towards the nationalist parties. But why was the conflict between these two political forces that years ago had united against the Franco regime? The hegemony of the left or of nationalism was at stake. One of the two was going to lose. That was clear.
When the idea of ​​a Catalonian republic has become commonplace in the press and television. When the debates about the new Government of the Generalitat are mixed with the protests for the imprisonment of those responsible for the events of autumn of 2017 and with the generalization of yellow ties on the facades of public buildings and crossings on the beaches. When a president of the hard sector of nationalism is elected. I stop because at this moment the desire for independence returns to its origins: to that region of thought where it had been formulated years ago by the policy of Jordi Pujol. The leaders of the process later appropriated that desire to try to convince European public opinion while insisting on the repressive nature of a State incapable of accepting the democratic will of the people.
The desire for independence is based on a pillar, the principle of the identity of the Catalan people, on the right to have their land never cease to belong to them. Within these supremacist ideas, self-determination was installed naturally. But now, in the spring of 2018, it seeks to develop itself in an intermediate territory so that Catalonia, while still being Spain, is not. The firmness of that conviction rests on a practical reason, called dialogue or negotiation, according to the circumstances.

A first conclusion can be drawn from it: so many centuries of history serve to understand that certain demands in Catalonia have a long duration. It is true that sometimes they are presented with livid dyes as if the springs of the will were autumns of the action. But ultimately they are many centuries looking for their place in the geography that has destined to share with other Iberian peoples. The desire for rebellion articulates a style of life, from Count Bera facing the Carolingian capitulars to Mas alzado against the Constitution of 78: in both cases legal texts are understood as conceptual armor against Catalan values. It has always been time for decisions. It is not strange that most of these decisions start from unfulfilled longings, from emotional impulses, from anger at feeling displaced.
From the peace of the Pyrenees of 1659, Catalonia is divided. The tone with which the historians of those years, including Narciso Feliu de la Peña and Farel, announce this fact moves to think that they disapprove with all their heart what had happened. The lace was not built without protests. The agreements with Carlos II did not silence the complaints. Many decided to forget their long past of resistance and their lukewarm participation in the Habsburg Empire when they learned that the successor of Charles II was going to be Philip V, grandson of Louis XIV of France, a Bourbon. We must act, even with some blindness, in the defense of the values ​​of the land, nothing can prevent the war of succession.
To say that in 1977 when the Generalitat was recovered, it was far from thinking that the goodbye to Spain would return in such a sideways manner. Nobody believed that this could happen again at the risk of entering again into a drift that leads to the abyss: Tarradellas, who had a long political culture, knew that complaints against the central government had always preceded an act of rebellion, in the thirteenth century, in the fifteenth century, in the seventeenth century, in the twentieth century, and that it was necessary to overcome once and for all the characteristic inclination of the differential fact: the history of Catalonia is nothing but an eternal repetition.

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