Negociando Con China: La Nueva Potencia Económica Mundial, Al Descubierto — Henry M. Paulson Jr / Dealing with China by Henry M. Paulson Jr

Henry Paulson es una figura que debe tomarse en serio, especialmente en asuntos relacionados con China. Su experiencia en el sector privado, junto con su tiempo como Secretario del Tesoro ofrece a los lectores una oportunidad muy especial … para escuchar y entender de alguien que creó oportunidades, pero también tuvo que lidiar con algunos de los mayores riesgos de nuestra generación. Sus experiencias en China son valiosas tanto para demócratas como para republicanos, y ofrece muchos ejemplos pragmáticos de cómo Occidente puede lidiar con una China emergente y poderosa. Tal oportunidad debe ser entendida y leída por muchos; incluidos aquellos que están a favor y en contra de la profundización de las relaciones con China.
Por qué no elegí que fuese un libro perfecto son las contradicciones inherentes a veces, o la falta de ampliar sus argumentos y ejemplos más allá de los de Goldman Sachs. El primer tercio de los libros es fascinante, ya que Paulson y su equipo “construyeron” el negocio de GS en China. No es una tarea fácil, y ciertamente una que proporcionó un ‘cambio de juego’ en muchos aspectos a sus respectivos negocios. Personalmente, me gusta leer estos ‘estudios de casos’, ya que ofrecen información valiosa sobre cómo los tratos ocurrieron o no. ¿Pero GS era la única ‘gente inteligente en la sala’? Eso es lo que te queda pensando. Quizás una mayor humildad y expansión en las otras grandes generaciones de empresarios estadounidenses, y no solo en el mundo de las finanzas, también hubiera sido valiosa para el señor Paulson.
También detalla las relaciones personales clave con algunos de los líderes más importantes en China; nuevamente, muy útil y donde el libro del Sr. Paulson tiene un gran valor. Esta personalización, con suerte, permite que aquellos que no están tan familiarizados con China comprendan mejor que no todos los altos cargos de China son ideólogos o malvados. Con bastante frecuencia son líderes astutos, pragmáticos y fuertes que aspiran a ayudar a su país a desarrollarse y reformarse.
Sin embargo, algunos de estos detalles de las relaciones incluyen funcionarios que se han encontrado al otro lado de la ley. Y se concede, en China, que este es un elemento muy complicado para predecir —- qué funcionarios serán o no serán barridos en la campaña anticorrupción dada su profundidad y amplitud. Pero quiero centrarme en las descripciones de Paulson sobre el ahora deshonrado Zhou Yongkang, que espera un juicio público por cargos de corrupción. Los pasajes que estaba esperando que el Sr. Paulson incluyera cerca del final del libro …………. fueron un intento de distanciarse del Sr. Zhou o reforzar su fuerte compromiso (como se capturó en otros capítulos). ) sobre cómo la corrupción realmente se aparta de la agenda de reforma china. Esto no sucedió como esperaba, cuando el Sr. Paulson simplemente se deshace de esto con respecto a Zhou; Me parece muy extraño dadas las acusaciones de corrupción y que este es uno de los funcionarios más importantes en la historia de China acusado de corrupción y expulsado del partido. Por qué el Sr. Paulson no eligió agregar estos hechos o una adición antes de la publicación parece desconcertante. Quizás él y los editores deberían reconsiderar esto; de lo contrario, quienes conozcan y sigan enérgicamente a China, se quedarán con la forma en que el Sr. Paulson llegó a conocer a Zhou en su época como Presidente de CNPC solamente, empañando el sentido del juicio a menudo impecable del Sr. Paulson.
Por último, quiero aplaudir el compromiso del Sr. Paulson con el medio ambiente natural y vincular el medio ambiente con cuestiones económicas. Los dos están muy vinculados, y tengo un nuevo respeto por su compromiso con el envío de las causas ambientales que tiene el mundo, y que China necesita resolver en un sentido muy crítico. Recomiendo este libro a todos aquellos interesados ​​en las relaciones entre EE. UU. Y China, así como a aquellos interesados ​​en las personas que desempeñaron un gran papel en nuestra historia actual. El Sr. Paulson es alguien muy creíble en ambos aspectos y espero con ansias viendo lo que su Instituto puede lograr más.

Las dos décadas de negociaciones de Hank Paulson con China le han dejado una gran cantidad de anécdotas, presumiblemente una gran cantidad de millas aéreas y un nuevo libro, “Tratando con China”. Paulson se muestra un maestro de dos reglas para hacer negocios en la República Popular: cultivar contactos como locos, y saber cuándo dejar los detalles del asesino sin decir.
Paulson, que cortejó a China como jefe de Goldman Sachs, secretario del Tesoro de EE. UU. Y luego como jefe de su epónimo “tanque de pensar y hacer”, pinta una vívida imagen de una China que pretende no existir más. Es una tierra donde los funcionarios nobles ruegan a los banqueros estadounidenses que hablen directamente para ayudar a poner sus finanzas en orden, al menos hasta la crisis financiera. Es un mundo donde los favores se pagan. Es el primer tercio del libro, en el que Paulson establece el punto de apoyo de Goldman en la República Popular, que resuena más.
El banco de inversión más controvertido de Estados Unidos se ganó la confianza de la burocracia china cuando los rivales ignoraron en su mayoría al país. Morgan Stanley, una de las primeras empresas en la década de 1990 a través de su banco de inversión conjunta China International Capital Corp, estaba sumido en luchas internas e ineptitud. Hasta el día de hoy, Goldman es una de las dos únicas compañías extranjeras a las que se les permite el control total de la administración de sus corredurías en China.
Paulson podría estar muy orgulloso de su capacidad de escuchar y ser sincero, pero los lectores se verán más impresionados por una búsqueda infatigable de conexiones personales y la voluntad de utilizarlas de manera oportunista. Se aprovecha una reunión de grupo medioambiental con el presidente Jiang Zemin como una oportunidad para analizar el papel de Goldman Sachs en los mercados de capital de China. Mientras dirige el Diálogo Económico Estratégico, se asegura el paso de un activista anteriormente encarcelado.
Paulson halaga liberalmente y no es tímido de disfrutar de la adulación que recibe a cambio. Él es calificado como un héroe por visitar China durante la epidemia de SARS. Él es “literalmente acosado” por estudiantes asombrados después de un discurso en la Universidad de Tsinghua. La mayor alabanza en el mundo de Paulson, que él recibe y da con frecuencia, es ser el tipo de persona que hace las cosas.
Puede esperarse una diplomacia copiosa de un hombre que todavía tiene ambiciones profesionales en la República Popular. Aún así, en las memorias que ralla. Tome la aparentemente asombrosa habilidad de Paulson para distinguir héroes de villanos. El presidente Xi Jinping, el jefe del banco central Zhou Xiaochuan, el zar anti-corrupción Wang Qishan y el primer ministro Li Keqiang son reconocidos instantáneamente por Paulson como buenos huevos. El tratamiento de Wang, quien llamó a Goldman para ayudar a reconstruir el conglomerado roto Guangdong Enterprises en la década de 1990, raya en la hagiografía.
Por el contrario, Bo Xilai, ahora encarcelado, con quien Paulson una vez compartió una cena para llevar Whole Foods, es “autoritario y agresivo”. Un jefe del sector de la energía memorablemente detestable muestra indiferencia por la destrucción del World Trade Center en 2001 y más tarde por un escándalo de corrupción. Hay un color decepcionantemente pequeño sobre el jefe de seguridad purgado Zhou Yongkang, a pesar de que Paulson trabajó desde la década de 1990 con el entonces jefe del cliente de Goldman, PetroChina.
Paulson no analiza cuál podría ser el momento chino más interesante de Goldman: el rescate de Hainan Securities. Goldman donó alrededor de $ 60 millones a la correduría durante la administración de Paulson. A cambio, de las cenizas de Hainan Securities surgió una nueva licencia otorgada a la empresa conjunta de la empresa, donde se le permitió al grupo estadounidense tomar un control de gestión efectivo. Bendecido personalmente por Wang Qishan, ese extraño trato sería difícil de imaginar en el difícil entorno de supervisión actual.
“Tratando con China” también pasa por alto algunas áreas donde las cosas no se “hicieron”. A pesar del evangelismo de Paulson, las reglas inútiles aún obstaculizan a las compañías financieras extranjeras en China. Mientras que las corredurías con inversión extranjera han tenido problemas, los rivales chinos como Galaxy y Citic se han convertido en colosos agresivos. Y uno de los objetivos principales de las empresas estatales de privatización parcial como PetroChina, es decir, mejorar la gobernanza y llevar la disciplina del mercado, no se ha alcanzado, como lo demuestra un continuo desfile de purgas de corrupción y una gestión política continua y torpe.
En capítulos posteriores, el libro desciende a recuentos suaves de problemas que el gobierno chino ya habla abiertamente, como la necesidad de una mayor movilidad social y un medio ambiente más limpio. La excepción podría ser su crítica a Internet y las restricciones sociales, pero aquí saca sus golpes, explicando cómo la opresión social es “perfectamente lógica” desde la perspectiva del partido gobernante. Las referencias inocentes de la masacre de la Plaza de Tiananmen de 1989 tienen demasiado sentido a la luz de los comentarios de Paulson de que espera que el libro se publique en China sin censura alguna.
Tal vez el mensaje tácito más grande del libro es que bajo la alabanza y la amistad, esto es realmente todo el negocio. Esto es una cosa que no se ha cambiado. Hoy, la cabeza de Asia de Goldman y el presidente vice-, Mark Schwartz, son el único banquero extranjero de su fila basada en el continente China. Pero entonces él es también el bien pagado de los ejecutivos superiores de la empresa, recibiendo un paquete que merece 24 millones de dólares en 2014, incluyendo un pago de 6 millones de dólares para ahorrarlo del efecto de los impuestos sobre ingresos de China. Si Paulson creara una plantilla para tratar con China, debe decir lo que sus anfitriones quieren oír, guardando un ojo cercano sobre el premio financiero.

El ascenso de China a superpoder económico se cuenta, sin lugar a dudas, entre los relatos más extraordinarios de la historia. En apenas tres décadas, un país, antaño subdesarrollado y sumido en el más completo aislamiento, ha sacado a centenares de millones de personas de la pobreza y se ha convertido en la segunda potencia económica mundial. No se me ocurre otro país que haya crecido a tal velocidad. Me viene a la cabeza el ascenso de Estados Unidos a la supremacía industrial después de la Guerra Civil, pero es más que probable que los chinos estén a punto de superar nuestra gran carrera, si no lo han hecho ya. En un futuro no muy lejano, nos adelantarán como la principal economía mundial y nos derrocarán del puesto de honor que hemos ocupado durante casi ciento cincuenta años.
La transformación de China ha sido tan espectacular como veloz.
En la actualidad, China es tierra de superlativos: alberga el superordenador más rápido del mundo, la mayor planta de energía solar, el puente más largo sobre el mar; produce y utiliza casi la mitad del carbón, el cemento, el hierro y el acero del mundo; consume el 40 por ciento de su aluminio y su cobre. Según las estimaciones, China tendrá muy pronto la mitad de los edificios en construcción del planeta. Cuarenta años atrás, prácticamente ningún norteamericano se habría imaginado la posibilidad de deberle, aunque fuera un solo céntimo, a China. Pero hoy en día China es el mayor acreedor de Estados Unidos, propietaria de cerca de 1,3 billones de dólares de nuestra deuda pública, cantidad suficiente para marear a cualquiera… o para que los norteamericanos se pregunten cómo es posible que el mundo haya dado este vuelco en tan poco tiempo.
El recelo es una vía de doble sentido. El apoyo al establecimiento de unas relaciones positivas con nuestro país empieza a decrecer entre los chinos, muchos de los cuales creen que lo único que desea Estados Unidos y otros países es impedir el ascenso de su nación.
Estos hechos amenazan con socavar una relación que en el transcurso de más de cuatro décadas ha realizado contribuciones importantes al crecimiento económico, la creación de puestos de trabajo y la prosperidad de ambos países, además de haber mejorado la seguridad internacional y colaborar en el logro de un final pacífico de la Guerra Fría. Pero ahora, una cantidad relevante de norteamericanos se formula preguntas como las que siguen: ¿Qué quieren en realidad los chinos? ¿Por qué gastan tanto dinero en ejército y armamento? ¿Son amigos o enemigos, socios comerciales o adversarios económicos y geopolíticos? En resumen, ¿cómo negociar con China?.
En un mundo cada vez más complejo e interconectado como el actual, nos enfrentamos a retos verdaderamente intimidantes. Y es evidente que los superaremos todos más fácilmente, desde los problemas de seguridad informática hasta el de abrir grandes mercados para las exportaciones norteamericanas, si Estados Unidos y China consiguen trabajar de un modo conjunto o complementario. En cambio, nuestra tarea será más difícil de solventar, si no imposible, si los dos poderes económicos más importantes del mundo trabajan en sentidos opuestos.

El petróleo ocupaba un lugar especial en la mentalidad china. Más que una fuente de energía vital, con los años se había convertido en símbolo de la independencia y la autosuficiencia, un manantial de orgullo nacional, literalmente. Poco después de que Mao Zedong llegara al poder en 1949, recurrió a la Unión Soviética para intentar acabar con la dependencia que China tenía de las importaciones. Hasta entonces, la prospección de posibles yacimientos petrolíferos había sido una decepción para China. El aliado de Mao durante la Guerra Fría envió miles de expertos, junto con equipamiento, tecnología y apoyo financiero. En 1958 se iniciaron las perforaciones y al año siguiente se descubrió petróleo en un campo del nordeste de China conocido como Daqing, o Gran Celebración. Pero en 1960, en medio de diferencias ideológicas y asperezas cada vez más pronunciadas, Rusia decidió retirar del país la práctica totalidad de sus asesores técnicos. Dos años más tarde, ambos países rompieron por completo sus relaciones.
China estaba decidida a desarrollar por sí sola sus recursos energéticos y sustituyó su falta de experiencia técnica con determinación. El gobierno abordó el reto como si de una campaña militar se tratara y envió cantidades ingentes de dinero.
Los subsidios concedidos por el gobierno, las medidas de protección regulatorias y otras ventajas acaban con frecuencia convirtiéndose en privilegios sagrados, y cambiar esa mentalidad es difícil de llevar a cabo si no es con una gran presión desde arriba. Pero los líderes chinos parecen estar ahora más interesados en mantener la estabilidad que en seguir presionando para el cambio, como si el veloz crecimiento económico que han heredado como consecuencia de las revolucionarias iniciativas reformistas de sus predecesores pudiera seguir adelante por su propia inercia. Desde mi punto de vista, China necesitaba abordar su economía como una labor de desarrollo continuo. Quedaba aún muy cerca el inicio de una evolución complicada que debía finalizarse para que el país alcanzara su pleno potencial. China corría más riesgo de sufrir un traspié —y socavar con ello su estabilidad— por frenar la reforma que por un exceso de velocidad.

Era crucial que Estados Unidos establecieran una relación constructiva con China, que trabajar constantemente para incrementar los incentivos de la cooperación mutua y reducir las probabilidades de conflicto merecía la pena. El presidente Bush fue uno de los primeros líderes mundiales que anunció su asistencia a los Juegos Olímpicos de Pekín, consciente de que era una decisión muy importante para China. Y nunca vaciló en su convicción de que Estados Unidos tenía que ser fuerte en Asia: económica, diplomática y militarmente. Sabía que necesitábamos defender los derechos humanos y la libertad religiosa. Pero reconocía también la importancia crítica de la relación económica entre Estados Unidos y China y apoyó siempre nuestras negociaciones con este país, incluso en los casos en que era prácticamente inadecuado para nosotros.

El aire contaminado es simplemente el más visible de los muchos retos sobrecogedores que el gobierno chino debe abordar para gestionar el lado cada vez más oscuro de su extraordinario éxito económico. El crecimiento caótico, combinado con el legado de la mala planificación, la tremenda ineficiencia energética, una legislación inadecuada y la laxitud en el cumplimiento de las normas, han causado estragos en las ciudades y el campo chinos. Las aguas subterráneas de la árida mitad norte del país, donde siempre fueron escasas, están agotadas. Los ríos y los lagos están contaminados, algunos hasta tal punto que sus aguas no pueden ni utilizarse para el regadío y, mucho menos, para el consumo. Unos trescientos millones de chinos no tienen acceso directo a agua potable. En muchos lugares, el suelo está contaminado por subproductos industriales que perjudican los cultivos, el ganado y la población que los consume.
La crisis medioambiental no es más que una parte de la infeliz historia. La riqueza del país no se distribuye de forma igualitaria en ningún lugar. La corrupción está generalizada y el abismo que separa ricos de pobres es inmenso, acentuado más si cabe por las disparidades regionales. La riqueza se concentra en las ciudades y las provincias costeras del este. Las áreas rurales, el oeste y el interior del país van muy rezagados. Las ciudades de China dan cabida a cientos de millones de personas que, gracias a un sistema desfasado de permisos de residencia, viven casi de un modo ilegal como ciudadanos de segunda clase en una tierra cuya recién descubierta prosperidad han trabajado para hacer realidad.
Estas amenazas a la salud, la felicidad y el bienestar económico de los ciudadanos chinos generan un grave riesgo de agitación social. Las encuestas indican una insatisfacción creciente de la población respecto a temas como la corrupción, el medioambiente y la confiscación de tierras por parte de funcionarios públicos para dedicarlas al desarrollo inmobiliario.
La mentalidad de desarrollo desenfrenado de China ha alterado la vida pública y privada de numerosas y profundas maneras, deformando incentivos y distorsionando los mecanismos del mercado. Los funcionarios públicos, desde el líder del pueblo más pequeño hasta los gobernadores provinciales, se han visto recompensados con ascensos y, con demasiada frecuencia, con enriquecimiento personal por fomentar el crecimiento.
Los esfuerzos de China son tan importantes para el mundo en general como para los chinos. Las magníficas aves que cruzan el planeta para seguir subsistiendo nos recuerdan lo pequeño e interconectado que es nuestro mundo. Lo que sucede en la bahía de Bohai no se queda sólo en la bahía de Bohai, y así es, literalmente. Un estudio publicado en 2014 por la National Academy of Sciences presentó pruebas que demuestran que hasta una cuarta parte de la contaminación por sulfatos de la costa Oeste de los Estados Unidos está relacionada con la contaminación atmosférica de los fabricantes chinos que llega hasta América empujada por los vientos que atraviesan el océano Pacífico. Desde la perspectiva del cambio climático, una tonelada de carbono producida en China no difiere en nada de una tonelada de carbono producida en Norteamérica.
Equilibrar desarrollo económico y seguridad energética, a la vez que realizamos la transición hacia sistemas energéticos más limpios y eficientes, es un reto monumental. Las necesidades de China dejan en tamaño minúsculo las de cualquier otro país y exigirán ingenio y tecnologías adecuadas para sus condiciones y su gigantesca escala.

Estados Unidos debería tener presentes para gestionar la relación de nuestro país con China.
1. Ayuda a quienes nos ayudan
2. Enciende una luz: en la oscuridad nunca sucede nada bueno
Apoyar la reforma en China significa presionar para conseguir mayor transparencia y un respeto más riguroso de los estándares internacionales en el abanico más amplio posible de productos y sistemas. La transparencia es la mejor manera de luchar contra la corrupción y de reforzar la confianza de los ciudadanos chinos —y de las compañías e inversores extranjeros.
3. Habla con una sola voz
Tenemos que definir, priorizar y agrupar las muchas cuestiones que debemos debatir con los chinos para expresarnos con una sola voz. Antes de ocupar el puesto de secretario de Estado, Estados Unidos mantenía multitud de diálogos con China. Había muchísimas conversaciones, pero los resultados no eran suficientes.
4. Encuentra para China un mejor sitio en la mesa
Como poder más destacado del mundo, Estados Unidos debe asumir el mando en muchos asuntos y ningún país se opone a ello. Pero podríamos hacer un trabajo mucho mejor si priorizáramos objetivos, construyéramos alianzas y eligiéramos con más esmero nuestras batallas. Nos gustaría que China jugara un papel más importante y responsable en grupos internacionales como la Organización Mundial del Comercio. (OMC)
5. Exhibe tu liderazgo económico en el extranjero
China está estableciendo vínculos en todo el mundo a través del comercio y la inversión, consciente de que esto le servirá para aumentar su influencia a la vez que consolidará su seguridad económica y hará realidad sus ambiciones en política exterior. El gobierno de Estados Unidos debe reforzar su propio juego y competir con China desde una posición de fuerza.
6. Encuentra más maneras de decir «Sí»
En vez de intentar convencer a los chinos de que adopten nuestra estrategia en cualquier aspecto, deberíamos concebir conjuntamente nuevas políticas, o remodelar las viejas políticas incorporándoles términos más novedosos y frescos.
7. Evita sorpresas pero estate alerta a los grandes avances
Los chinos son famosos por ser intelectuales rigurosos. Fieles a este legado, hacen muy bien sus deberes. Según la magistral biografía de Deng Xiaoping que escribiera Ezra Vogel, Mao Zedong calificó a Deng en una ocasión de «enciclopedia andante». No recuerdo ni un solo ejecutivo empresarial o líder del gobierno chino que no se presentara a las reuniones inmensamente preparado. Y no esperan menos de nosotros.
8. Procura que tus actos sean un reflejo de la realidad china
Los hechos, que no los deseos o los sueños, deberían regir nuestras negociaciones. China es muy distinta de Estados Unidos y no podemos dejarnos guiar única y exclusivamente por el comprensible deseo de conseguir que se parezcan más a nosotros. Debemos conocer lo mejor posible todo lo que sucede dentro de China y estar seguros de nosotros y ser realistas para concentrarnos sólo en lo que es factible.

Henry Paulson is a figure that must be taken seriously, especially on matters related to China. His private sector experience, coupled with his time as Treasury Secretary offers readers a very special opportunity……to hear and understand from someone who created opportunities but also had to deal with some of the largest risks of our generation. His experiences in China are valuable to both Democrats and Republicans, and he offers a lot of pragmatic examples of how the West can deal with a re-emerging, powerful China. Such an opportunity should be understood and read, by many; including those who are both for and against deepening relationships with China.
Why I did not choose to give a perfect book is the inherent contradictions at times, or lack of broadening his arguments and examples beyond those of Goldman Sachs. The first third of the books is fascinating, learning how Paulson and his team ‘built’ the GS business in China. No easy task, and certainly one that provided a ‘game changer’ in many regards to their respective business. I personally enjoy reading these ‘case studies’ as they offer valuable insight on how deals did or did not happen. But was GS the only ‘smart people in the room’? That is what you are left with thinking. Perhaps some greater humility and expansion on the other great generations of American entrepreneurs, and not just in the finance world, would have also been valuable for Mr. Paulson to add.
He also details key personal relationships with some of the most senior leaders in China; again, very helpful and where Mr. Paulson’s book has great value. This personalization hopefully allows those not so familiar with China to better understand that not everyone in the senior leadership in China is an ideologue or evil person. They are quite often, shrewd, pragmatic, strong leaders aiming to help their country develop and reform.
However, some of these details of relationships includes officials who have found themselves on the other sides of the law. And granted, in China, this is a very complicated item to predict —- which officials will or will not be swept up in the anti-corruption campaign given its depth and breadth. But I want to focus on Paulson’s descriptions on the now-disgraced Zhou Yongkang, who is sitting awaiting a public trial on corruption charges. The passages I was waiting for Mr Paulson to include near the end of the book………….was an attempt at distancing himself from Mr. Zhou or reinforcing his strong commitment (as captured in other chapters) about how corruption really detracts from the Chinese reform agenda. This didn’t happen as I hoped, when Mr. Paulson merely skims over this with regards to Zhou; I find this very strange given the corruption allegations and that this is one of the most senior officials in Chinese history to be accused of corruption and kicked out of the Party. Why Mr. Paulson did not choose to add this facts or an addendum before publication seems baffling. Perhaps he and the publishers should reconsider this; otherwise, those who strongly know and follow China, will be left with how Mr. Paulson came to know Zhou in his days as the Chairman of CNPC only, tarnishing Mr. Paulson’s often, impeccable sense of judgement.
Lastly, I want to applaud Mr. Paulson’s commitment to the natural environment and for linking environment with economic issues. The two are very heavily linked, and I have a new found respect about his commitment to forwarding the environmental causes that the world has, and that China needs to solve in a very critical sense. I recommend this book to all of those interested in US-China relations, as well as those interested in people who played a great role in our current history —- Mr. Paulson is someone very credible in both regards and I look forward to seeing what his Institute can further accomplish.

Hank Paulson’s two decades of negotiations with China have left him with a wealth of anecdotes, presumably a sizeable stack of air miles and a new book, “Dealing With China”. Paulson shows himself a master of two rules of doing business in the People’s Republic: cultivate contacts like crazy, and know when to leave the killer details unspoken.
Paulson, who courted China as Goldman Sachs chief, U.S. Treasury secretary and then as head of his eponymous “think and do tank”, paints a vivid picture of a China that pretends to no longer exist. It’s a land where noble officials beg straight-talking American bankers to help get their finances in order – at least until the financial crisis. It’s a world where favours are repaid. It’s the first third of the book, in which Paulson establishes Goldman’s toehold in the People’s Republic, that resonates most.
America’s most controversial investment bank won the trust of Chinese officialdom when rivals mostly ignored the country. Morgan Stanley, an early mover in the 1990s through its joint-venture investment bank China International Capital Corp, was mired in infighting and ineptitude. To this day, Goldman is one of only two foreign companies permitted full management control over their brokerages in China.
Paulson might be most proud of his upfrontness and ability to listen, but readers will be more struck by an indefatigable pursuit of personal connections, and a willingness to use them opportunistically. An environmental-group meeting with President Jiang Zemin is seized as a chance to discuss Goldman Sachs’ role in China’s capital markets. While running the Strategic Economic Dialogue, he secures the outward passage of a formerly jailed activist.
Paulson flatters liberally and isn’t shy of basking in the adulation that he receives in return. He is branded a hero for visiting China during the SARS epidemic. He is “literally mobbed” by awestruck students after a speech at Tsinghua University. The biggest praise in Paulson’s world, which he both receives and gives frequently, is to be the kind of person who gets things done.
Copious diplomacy might be expected from a man who still has career ambitions in the People’s Republic. Still, in the memoir it grates. Take Paulson’s seemingly uncanny ability to distinguish heroes from villains. President Xi Jinping, central bank chief Zhou Xiaochuan, anti-graft tsar Wang Qishan and Premier Li Keqiang are instantly recognised by Paulson as good eggs. The treatment of Wang, who called in Goldman to help reconstruct the broken conglomerate Guangdong Enterprises in the 1990s, verges on hagiography.
Conversely the now-jailed Bo Xilai, with whom Paulson once shared a Whole Foods take-out dinner, is “overbearing and aggressive”. A memorably obnoxious power sector chief shows indifference over the destruction of the World Trade Centre in 2001, and later absconds in a graft scandal. There is disappointingly little colour about purged security chief Zhou Yongkang, even though Paulson worked since the 1990s with the then-head of Goldman client PetroChina.
Paulson does not discuss what might be Goldman’s most interesting Chinese moment: the bailout of Hainan Securities. Goldman donated around $60 million to the bust brokerage during Paulson’s stewardship. In return, from the ashes of Hainan Securities came a new licence that was awarded to the firm’s joint venture, where the U.S. group was allowed to take effective management control. Blessed personally by Wang Qishan, that odd deal would be difficult to imagine in today’s tough supervisory environment.
“Dealing With China” also glosses over some areas where things didn’t “get done”. Despite Paulson’s evangelism, unhelpful rules still stunt foreign financial companies in China. While foreign-invested brokerages have struggled, Chinese rivals like Galaxy and Citic have grown into aggressive colossi. And one of the main goals of part-privatising state enterprises like PetroChina, namely improving governance and bringing market discipline, has not been reached, as evinced by an ongoing parade of corruption purges and continued heavy-handed political management.
In later chapters the book descends into bland recitations of problems the Chinese government already talks about openly, like the need for more social mobility and a cleaner environment. The exception might be his criticism of internet and social restrictions, but here he pulls his punches, explaining how social oppression is “perfectly logical” from the ruling party’s perspective. Coy references to the Tiananmen Square massacre of 1989 make all too much sense in light of Paulson’s remarks that he hopes the book will be published in China in an uncensored form.
Maybe the biggest unspoken message of the book is that beneath the praise and friendship, it’s really all business. That’s one thing that hasn’t changed. Today, Goldman’s Asia head and vice chairman, Mark Schwartz, is the only foreign banker of his rank based in mainland China. But then he is also the highest paid of the company’s top executives, receiving a package worth $24 million in 2014, including a $6 million payment to spare him from the effect of China’s income taxes.
If Paulson created a template for dealing with China, it is to say what your hosts want to hear, while keeping a close eye on the financial prize.

The rise of China to economic superpower is undoubtedly among the most extraordinary stories in history. In just three decades, a country, once underdeveloped and plunged into the most complete isolation, has taken hundreds of millions of people out of poverty and has become the second world economic power. I can not think of another country that has grown so fast. The rise of the United States to industrial supremacy comes to mind after the Civil War, but it is more than likely that the Chinese are about to overcome our great career, if they have not already done so. In the not too distant future, they will overtake us as the main world economy and they will overthrow us from the position of honor we have occupied for almost one hundred and fifty years.
The transformation of China has been as spectacular as it is fast.
At present, China is a land of superlatives: it houses the world’s fastest supercomputer, the largest solar power plant, the longest bridge over the sea; it produces and uses almost half of the world’s coal, cement, iron and steel; consumes 40 percent of its aluminum and copper. According to estimates, China will soon have half of the buildings under construction on the planet. Forty years ago, practically no American would have imagined the possibility of owing him, even a single cent, to China. But today, China is the largest creditor in the United States, owns about 1.3 billion dollars of our public debt, enough to make anyone sick … or for Americans to wonder how is it possible that the world I’ve taken this turn in so little time.
Suspicion is a two-way street. Support for the establishment of positive relations with our country begins to decrease among the Chinese, many of whom believe that the only thing the United States and other countries want is to prevent the rise of their nation.
These facts threaten to undermine a relationship that over the course of more than four decades has made important contributions to economic growth, the creation of jobs and the prosperity of both countries, in addition to improving international security and collaborating in the achievement of a peaceful end of the Cold War. But now, a significant number of Americans are asking questions like the following: What do the Chinese really want? Why do they spend so much money on army and arms? Are they friends or enemies, business partners or economic and geopolitical adversaries? In summary, how to negotiate with China ?.
In an increasingly complex and interconnected world like the present one, we face truly intimidating challenges. And it is clear that we will overcome them all more easily, from the problems of computer security to opening large markets for US exports, if the United States and China manage to work in a joint or complementary way. Instead, our task will be more difficult to solve, if not impossible, if the two most important economic powers in the world work in opposite directions.

Oil occupied a special place in the Chinese mentality. More than a source of vital energy, over the years it had become a symbol of independence and self-sufficiency, a source of national pride, literally. Shortly after Mao Zedong came to power in 1949, he turned to the Soviet Union to try to end China’s dependence on imports. Until then, prospection of possible oilfields had been a disappointment for China. Mao’s ally during the Cold War sent thousands of experts, along with equipment, technology and financial support. In 1958 drilling began and the following year oil was discovered in a field in northeastern China known as Daqing, or Great Celebration. But in 1960, in the midst of increasingly pronounced ideological differences and asperities, Russia decided to withdraw practically all of its technical advisors from the country. Two years later, both countries completely broke their relations.
China was determined to develop its energy resources on its own and replaced its lack of technical expertise with determination. The government approached the challenge as if it were a military campaign and sent huge amounts of money.
Government subsidies, regulatory protection measures and other benefits often end up becoming sacred privileges, and changing that mentality is difficult to carry out if it is not with great pressure from above. But Chinese leaders seem now more interested in maintaining stability than in continuing to push for change, as if the rapid economic growth they have inherited as a result of the revolutionary reform initiatives of their predecessors could go ahead by their own inertia. From my point of view, China needed to address its economy as a work of continuous development. The beginning of a complicated evolution that had to be finalized so that the country reached its full potential was still very close. China was more at risk of a setback – and undermining its stability – by slowing down the reform than by excessive speed.

It was crucial that the United States establish a constructive relationship with China, that working constantly to increase the incentives for mutual cooperation and reduce the likelihood of conflict was worthwhile. President Bush was one of the first world leaders to announce his attendance at the Olympic Games in Beijing, aware that it was a very important decision for China. And he never wavered in his conviction that the United States had to be strong in Asia: economically, diplomatically and militarily. I knew we needed to defend human rights and religious freedom. But he also recognized the critical importance of the economic relationship between the United States and China and always supported our negotiations with this country, even in cases where it was practically unsuitable for us.

Polluted air is simply the most visible of the many daunting challenges that the Chinese government must address to manage the increasingly dark side of its extraordinary economic success. Chaotic growth, combined with the legacy of poor planning, tremendous energy inefficiency, inadequate legislation and lax compliance with standards, have wreaked havoc in Chinese cities and countryside. The subterranean waters of the arid northern half of the country, where they were always scarce, are exhausted. Rivers and lakes are polluted, some to such an extent that their waters can not be used for irrigation and, much less, for consumption. Some three hundred million Chinese people do not have direct access to drinking water. In many places, the soil is contaminated by industrial by-products that harm crops, livestock and the population that consumes them.
The environmental crisis is only a part of the unhappy story. The wealth of the country is not distributed equally in any place. Corruption is widespread and the chasm that separates rich from poor is immense, accentuated even more by regional disparities. Wealth is concentrated in the cities and coastal provinces of the east. The rural areas, the west and the interior of the country are far behind. The cities of China accommodate hundreds of millions of people who, thanks to an outdated system of residence permits, live almost illegally as second-class citizens in a land whose newfound prosperity they have worked to realize.
These threats to the health, happiness and economic well-being of Chinese citizens create a serious risk of social upheaval. The surveys indicate a growing dissatisfaction among the population regarding issues such as corruption, the environment and the confiscation of land by public officials to devote to real estate development.
The unbridled development mentality of China has altered public and private life in numerous and profound ways, distorting incentives and distorting market mechanisms. Public officials, from the smallest town leader to the provincial governors, have been rewarded with promotions and, all too often, with personal enrichment to encourage growth.
China’s efforts are as important to the world in general as to the Chinese. The magnificent birds that cross the planet to survive continue to remind us how small and interconnected our world is. What happens in Bohai Bay does not just stay in Bohai Bay, and so it is, literally. A study published in 2014 by the National Academy of Sciences presented evidence showing that up to a quarter of sulphate pollution on the West Coast of the United States is related to the air pollution of Chinese manufacturers that reaches America pushed by the winds that cross the Pacific Ocean. From the perspective of climate change, a ton of carbon produced in China does not differ at all from a ton of carbon produced in North America.
Balancing economic development and energy security, while making the transition to cleaner and more efficient energy systems, is a monumental challenge. The needs of China leave in small size those of any other country and will require ingenuity and appropriate technologies for their conditions and their gigantic scale.

The United States should keep in mind to manage our country’s relationship with China.
1. Help those who help us
2. Light a light: nothing good happens in the dark
Supporting reform in China means pushing for greater transparency and stricter respect for international standards in the broadest possible range of products and systems. Transparency is the best way to fight corruption and to strengthen the confidence of Chinese citizens – and of foreign companies and investors.
3. Speak with one voice
We have to define, prioritize and group the many issues that we must discuss with the Chinese to express ourselves with one voice. Before occupying the position of Secretary of State, the United States maintained a multitude of dialogues with China. There were many conversations, but the results were not enough.
4. Find a better place on the table for China
As the most outstanding power in the world, the United States must take charge in many matters and no country is opposed to it. But we could do a much better job if we prioritized goals, built alliances and chose our battles more carefully. We would like China to play a more important and responsible role in international groups such as the World Trade Organization. (WTO)
5. Exhibit your economic leadership abroad
China is establishing links throughout the world through trade and investment, aware that this will help it increase its influence while consolidating its economic security and making its ambitions in foreign policy a reality. The US government must reinforce its own game and compete with China from a position of strength.
6. Find more ways to say “Yes”
Instead of trying to convince the Chinese to adopt our strategy in any way, we should jointly devise new policies, or reshape the old policies by incorporating newer and fresher terms.
7. Avoid surprises but be alert to the great advances
The Chinese are famous for being rigorous intellectuals. Faithful to this legacy, they do their homework very well. According to the masterful biography of Deng Xiaoping written by Ezra Vogel, Mao Zedong once called Deng a “walking encyclopedia”. I do not remember a single business executive or Chinese government leader who did not show up for meetings immensely prepared. And they expect no less from us.
8. Try to make your acts reflect the Chinese reality
Facts, not wishes or dreams, should govern our negotiations. China is very different from the United States and we can not let ourselves be guided solely and exclusively by the understandable desire to make them look more like us. We must know as much as possible everything that happens inside China and be sure of ourselves and be realistic to concentrate only on what is feasible.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.