Solitud: Hacia Una Vida Con Sentido En Un Mundo Frenético — Michael Harris / Solitude: In Pursuit of a Singular Life in a Crowded World by Michael Harris

No creo que se deba tanto a la soledad. Parece que se trata de desconectar de las conexiones constantes de hoy, pero incluso ese mensaje se distorsiona en los capítulos de cartas de amor, en la escritura, y en la muerte. Creo que el autor hace algunas buenas observaciones sobre cómo los medios de comunicación nos influyen (sutilmente y no tan sutilmente) y algún gran punto sobre la lectura como una actividad solitaria pero esperaba más ánimo para la búsqueda de la soledad. El libro parecía al azar en su flujo, pero tiene algunos interesantes ideas.
Este libro es un llamada a la autenticidad de Clarion; autenticidad que se cría en la verdadera soledad. Los ejemplos de Harris me enviaron corriendo a la biblioteca en busca de más vidas bien vividas (lástima que la historia del Dr. Bone es tan difícil de encontrar). Déle una lectura-por lo menos usted conseguirá algunas ideas de maneras de aumentar su creatividad y yo postularía; salud mental.

Cada vida tiene su ritmo. Para casi todas las criaturas del planeta, ese ritmo refleja una continua negociación entre el cuerpo y su periferia, entre el ser y el entorno. Hay un tiempo para descansar, un tiempo para cazar, un tiempo para cortejar, un tiempo para esconderse. En el caso de los seres humanos, sin embargo, la cuestión se complica. Puesto que tenemos la capacidad de modificar el entorno mediante leyes y costumbres, sistemas políticos y económicos, y, sobre todo, tecnologías, también podemos regular el ritmo de nuestras vidas.
Eso, al parecer, es un arma de doble filo. Por una parte, nos libera de las garras de la necesidad. Por otra, con frecuencia entramos en una dinámica cotidiana que no nos sirve de gran cosa o va contra nuestros intereses. Llenamos los días de actividades que nos proporcionan placeres fugaces y ventajas esporádicas que nos producen ansiedad o insatisfacción.
Con el smartphone en la mano, la conectividad es constante. Estamos entre la multitud incluso cuando estamos solos. La cháchara no acaba nunca; nadie aminora el paso. La interconexión incesante puede parecer alentadora, pero, como demuestra Harris, sacrificamos muchas cosas si no estamos nunca solos. La soledad es reparadora, fortalece la memoria, agudiza la conciencia y estimula la creatividad.

Aristóteles definió a los seres humanos como animales sociales, y tenía mucha razón. Una de nuestras principales motivaciones es causar una buena impresión a los demás. Cuando usamos las pantallas de las redes sociales en lugar de las interacciones cara a cara para acicalarnos mutuamente, podemos utilizar diversas estrategias para mostrarnos. Por ejemplo, cuando vemos una entrada de Facebook…
En 2020, entre 30.000 millones y 50.000 millones de objetos —coches, tostadoras, frascos de champú— estarán conectados a internet; eso es el triple de las cosas disponibles en la red en el momento de escribir estas páginas, en 2016.
Los comienzos del internet de las cosas ya están aquí. Lo creamos dotando a los parquímetros, a las redes eléctricas, a las divisas, a los automóviles, a los documentos, a las despensas, a la ropa y a las joyas de una inteligencia virtual que era impensable hace veinte años. Entre tanto, Google Now me da infinitos y joviales consejos esté donde esté. Amazon Echo, que tiene voz y oídos, organiza las tareas domésticas como un sirviente espacial, reordenando las provisiones, actualizando la lista de la compra y leyendo recetas de cocina. Amazon Prime Air está deseando entregar paquetes mediante drones.
La opción «miedo a estar sin celular». Muchas personas denuncian el aumento del FOMO (siglas de fear of missing out, «miedo a perderse algo»), mas, para mí, esa palabra no capta la magnitud de la ansiedad. Cuando salgo a pasear sin el móvil durante una hora o dos, lo que me pone de los nervios es el miedo de perder mi esencia, no de perderme las noticias. Como un amante que solo siente la atenta mirada de su amada, yo parezco estar siempre en peligro de desaparecer cuando no percibo la atención de los demás.
De nada sirve que el acicalado social mediante el móvil produzca dopamina, activando el sistema de placer/recompensa.
Los que nacimos en el siglo XX crecimos en una economía dominada por la energía y la banca. Pero desde hace unos años tenemos un nuevo jugador: la plataforma. Y las empresas plataforma son, ante todo, sociales. Si las empresas lineales de toda la vida fabricaban algo y te lo vendían («¿quieres unas Nike? Aquí las tienes»), las compañías plataforma —como Uber o YouTube— crean la infraestructura y te piden que hagas tú el trabajo.
Al mismo tiempo ha surgido una nueva clase social, el precariado (híbrido de precario y proletariado), que se caracteriza por una vida laboral insegura y siempre cambiante. Se calcula que la mitad de la mano de obra estadounidense estará compuesta por autónomos en 2020.

Por muy bien que suene lo de la ciudad plataforma, dudo que ese cambio elimine una cualidad esencial de la vida urbana. ¿No nos trasladamos algunos a la ciudad sobre todo para ser anónimos e incontables, para estar solos entre una multitud caótica y, de ese modo, encontrarnos a nosotros mismos, sin importarnos lo que piensen o descubran los demás?
La idea de una ciudad plataforma —sincronizada, social y sin contratiempos— parece al mismo tiempo utópica y orwelliana. Es la idea de un futuro en que la política, la economía y la cultura se combinan para alcanzar el deseo primordial de estar conectadas en todo momento.
La verdadera soledad —en oposición a la fallida soledad que denominamos aislamiento— es un estado fértil, pero que cuesta mucho conseguir. Una vez que le hacemos sitio, descubrimos que ese espacio vacío oculta cosas valiosas que siguen esperando entre el destello y la acción de nuestras vidas sociales.

El aislamiento está en auge. Entre los estadounidenses mayores de cuarenta años, los índices de soledad han pasado del 14% en la década de 1970 a más del 40% hoy en día. Incluso en el año 2004, la National Science Foundation, en su Encuesta social general, reveló que el número de estadounidenses que se consideraban solitarios se estaba disparando. Más del 25% de los encuestados afirmaron no tener a nadie con quien comentar sus alegrías y decepciones.
La cura habitual para la soledad consiste en establecer más conexiones, pero también podemos optar por ejercer nuestra soledad. Pasar algún tiempo a solas es inevitable, pero ¿es también positivo? Si no nos lo parece, tal vez se deba a que no comprendemos su porqué: hemos olvidado el valor de la soledad. Así pues, ¿para qué sirve la soledad?.
Alejarse de la multitud siempre ha sido necesario para concebir ideas innovadoras, explica Storr, y «casi todas las personas creadoras, en la edad adulta, [muestran] cierto rechazo a los demás, cierto anhelo de soledad».

Las distopías tienen pocas probabilidades de éxito si perseveramos en el aislamiento y la perdición durante al menos parte de nuestra vida.
La muerte es, naturalmente, la soledad definitiva e inviolable.
Observamos con horror la destrucción que presagia, si es que acaso la miramos. Esa separación definitiva es tan impensable —literalmente impensable— que casi todos conseguimos vivir toda la vida sin contemplarla plenamente. De hecho, como señaló Freud, no llegamos a comprender realmente nuestra propia muerte porque, cuando intentamos imaginarla, no somos más que espectadores.

A medida que nos adaptamos a los nuevos entornos tecnológicos, a medida que nos acostumbramos a las cambiantes condiciones de vida, a medida que asimilamos la retórica y la poética de nuestro tiempo, nuestra relación con la soledad sigue cambiando.
Con tanta tecnología, lo que estamos empezando a notar es que la soledad es un recurso que podemos cultivar o dejar que se agote. Imaginémonos un bosque. Durante siglos pudimos caminar a nuestro antojo por esos terrenos poblados de abetos o dedicarnos a talar los árboles sin preocuparnos del daño que le haríamos a la naturaleza en su conjunto. Entonces cruzamos una línea y descubrimos que necesitábamos los espacios verdes para sobrevivir.
En la actualidad, por culpa de las plataformas tecnológicas, obtenemos beneficios desmantelando tanto los recursos mentales como los recursos naturales. Hemos aprendido a cosechar la soledad de los demás. Los especuladores producen tecnologías de acicalado social, y los creadores de entretenimiento revolotean alrededor de nosotros. La soledad se consume y se agota de igual modo que desaparecen las selvas de Brasil y las arenas bituminosas de Alberta. Así es como construimos en nuestra mente una isla de Pascua.

I don’t think it’s really about solitude so much. It seems to be about disconnecting from today’s constant connections but even that message gets garbled in the chapters on love letters, on writing, and on death . I think the author makes some good points about how media influences us (subtly and not so subtly) and some great point about reading as a solitary activity but I was expecting more encouragement for the pursuit of solitude. The book seemed random in its flow but had some interesting ideas.
This book is a clarion call for authenticity; authenticity which is bred in true solitude. Harris’ examples sent me running to the library in search of more lives well-lived (too bad Dr. Bone’s story is so darned hard to find). Give it a read-at the least you’ll get some ideas of ways to increase your creativity and I’d postulate; mental health.

Each life has its rhythm. For almost all the creatures of the planet, this rhythm reflects a continuous negotiation between the body and its periphery, between the being and the environment. There is a time to rest, a time to hunt, a time to court, a time to hide. In the case of humans, however, the issue gets complicated. Since we have the ability to modify the environment through laws and customs, political and economic systems, and, above all, technologies, we can also regulate the pace of our lives.
That, apparently, is a double-edged sword. On the one hand, it frees us from the clutches of need. On the other, we often enter into a daily dynamic that does not serve us much or goes against our interests. We fill the days of activities that provide fleeting pleasures and sporadic advantages that produce anxiety or dissatisfaction.
With the smartphone in hand, connectivity is constant. We are among the crowd even when we are alone. The chatter never ends; nobody slows down. The incessant interconnectedness may seem encouraging, but, as Harris demonstrates, we sacrifice many things if we are never alone. Loneliness is restorative, strengthens memory, sharpens awareness and stimulates creativity.

Aristotle defined human beings as social animals, and he was right. One of our main motivations is to make a good impression on others. When we use the screens of social networks instead of the face-to-face interactions to groom each other, we can use different strategies to show us. For example, when we see a Facebook post …
In 2020, between 30,000 million and 50,000 million objects – cars, toasters, shampoo bottles – will be connected to the internet; that’s three times the number of things available on the net at the time of writing these pages, in 2016.
The beginnings of the internet of things are here. We created it by equipping parking meters, power grids, currencies, automobiles, documents, pantries, clothes and jewelery with a virtual intelligence that was unthinkable twenty years ago. Meanwhile, Google Now gives me infinite and jovial advice wherever I am. Amazon Echo, who has a voice and ears, organizes housework as a space servant, rearranging supplies, updating the shopping list and reading cooking recipes. Amazon Prime Air is looking forward to delivering packages via drones.
The option “fear of being without a cell phone”. Many people denounce the increase of the FOMO (acronym of fear of missing out, “fear of losing something”), but, for me, that word does not capture the magnitude of the anxiety. When I go for a walk without the phone for an hour or two, what makes me nervous is the fear of losing my essence, not losing the news. Like a lover who only feels the attentive look of his beloved, I seem to be always in danger of disappearing when I do not perceive the attention of others.
It is no use that social spraying through mobile phones produces dopamine, activating the pleasure / reward system.
Those of us born in the 20th century grew up in an economy dominated by energy and banking. But since a few years ago we have a new player: the platform. And the platform companies are, first of all, social. If the lifelong linear companies manufactured something and sold it to you (“Do you want some Nike? Here you have it”), the platform companies -like Uber or YouTube- create the infrastructure and ask you to do your job.
At the same time, a new social class has emerged, the precariate (hybrid of precarious and proletarian), characterized by an insecure and ever changing work life. It is estimated that half of the US workforce will be self-employed by 2020.

As well as the city of the platform sounds, I doubt that this change will eliminate an essential quality of urban life. Do not we move some to the city, especially to be anonymous and countless, to be alone among a chaotic crowd and, in that way, find ourselves, no matter what others think or discover?
The idea of ​​a platform city – synchronized, social and without setbacks – seems at the same time utopian and Orwellian. It is the idea of ​​a future in which politics, economy and culture combine to achieve the primordial desire to be connected at all times.
True solitude – as opposed to the failed solitude that we call isolation – is a fertile state, but it is very difficult to achieve. Once we make room for it, we discover that this empty space hides valuable things that are still waiting between the flash and the action of our social lives.

The isolation is booming. Among Americans over the age of forty, loneliness rates have gone from 14% in the 1970s to more than 40% today. Even in 2004, the National Science Foundation, in its General Social Survey, revealed that the number of Americans who considered themselves lonely was soaring. More than 25% of respondents said they did not have anyone to discuss their joys and disappointments.
The usual cure for loneliness is to establish more connections, but we can also choose to exercise our loneliness. Spending some time alone is inevitable, but is it also positive? If we do not think so, maybe it’s because we do not understand why: we have forgotten the value of solitude. So, what is the use of solitude?
Getting away from the crowd has always been necessary to conceive innovative ideas, explains Storr, and “almost all creators, in adulthood, [show] a certain rejection of others, a certain yearning for solitude.”

Dystopias have little chance of success if we persevere in isolation and perdition for at least part of our lives.
Death is, of course, the final and inviolable solitude.
We watch with horror the destruction that it presages, if perhaps we look at it. That definitive separation is so unthinkable – literally unthinkable – that almost all of us manage to live our whole lives without fully contemplating it. In fact, as Freud pointed out, we do not really understand our own death because, when we try to imagine it, we are only spectators.

As we adapt to new technological environments, as we get used to the changing conditions of life, as we assimilate the rhetoric and poetics of our time, our relationship with loneliness continues to change.
With so much technology, what we are beginning to notice is that loneliness is a resource that we can cultivate or let run out. Imagine a forest. For centuries we could walk at our whim for those areas covered with fir trees or dedicate ourselves to felling the trees without worrying about the damage we would do to nature as a whole. Then we crossed a line and discovered that we needed the green spaces to survive.
Nowadays, because of technological platforms, we obtain benefits by dismantling both mental resources and natural resources. We have learned to reap the loneliness of others. Speculators produce social grooming technologies, and the creators of entertainment hover around us. Loneliness is consumed and exhausted in the same way that the forests of Brazil and the oil sands of Alberta disappear. This is how we build an Easter Island in our mind.

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