La Plaza Y La Torre. Redes Y Poder: De Los Masones A Facebook — Niall Ferguson / The Square and the Tower: Networks, Hierarchies and the Struggle for Global Power by Niall Ferguson

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«La historia de todas las sociedades hasta ahora existentes es la historia de las luchas de clases», afirman Marx y Engels en «The Communist Manifesto». Según el último libro de Niall Ferguson: «The Square and the Tower». Las redes, las jerarquías y la lucha por el poder global «: la historia de todas las sociedades hasta ahora existentes es más bien la historia de la tensión entre las redes y las jerarquías; un hecho hasta el momento ignorado por los historiadores porque las redes característicamente «no dejan un rastro de papel ordenado», aunque un factor subsidiario es que el estudio de redes como los Illuminati, los Francmasones, la familia Rothschild y el Grupo Bilderberg ha sido ampliamente desacreditado por los desvaríos de los teóricos de la conspiración.
Según Ferguson, ha habido dos períodos en que las redes potenciadas por la nueva tecnología, permitiendo que las ideas se propaguen de forma viral, han sido masivamente disruptivas de las estructuras jerárquicas establecidas, es decir, desde fines del siglo XV hasta fines del siglo XVIII, con la imprenta , y desde la década de 1970 hasta el presente, impulsado por la computadora personal e Internet.
Obviamente, hay mucho que decir de este punto de vista. Como dice Ferguson, «sin Gutenberg, Lutero bien podría haberse convertido en otro hereje más que la Iglesia quemó en la hoguera, como Jan Hus», aunque esto no significa que sería mejor parafrasear a Marx y Engels para leer que la historia de toda la sociedad existente hasta ahora es la historia de las nuevas tecnologías? También está el hecho de que Lutero casi seguramente habría quemado en la hoguera si no hubiera sido por la protección que recibió de los príncipes sajones, Federico el Sabio (1483-1525) y su hermano Juan la Constante (1468-1532). Ferguson no menciona este hecho, aunque se refiere al papel crucial de los príncipes de la Liga Esmalcalda (formada en 1531) en la consolidación de las ganancias protestantes. Como los príncipes alemanes pueden tomarse tanto para encarnar la jerarquía dentro de sus reinos como para constituir una red cuando forman una liga, esto sugiere otro problema con la tesis de Ferguson, es decir, que mientras las torres y los cuadrados claramente delimitan los conceptos que simbolizan para Ferguson a menudo son cualquier cosa menos
Esto no quiere decir que ‘The Square and the Tower’ sea un mal libro. Por el contrario, como todo lo escrito por Ferguson, rebosa de ideas brillantes expresadas con gran estilo. Ferguson, como David Cannadine, es una prueba viviente de que es posible escribir de manera prolífica, persuasiva y profunda para una audiencia popular. Pero aunque este libro proporciona muchas ideas y hace que uno considere el pasado bajo una nueva luz, no creo que su prisma sea suficientemente luminoso para ganar a muchos conversos a largo plazo.
Meticulosamente investigado, este libro brinda a los lectores ideas para reflexionar, ya que el autor, el célebre historiador Neill Ferguson, defiende que la estructura de las redes dentro de la sociedad puede influir en los acontecimientos históricos y entrar en conflicto con las jerarquías. Ferguson revela un nuevo enfoque para considerar la historia moderna (y antigua).
«The Square and the Tower» es un estudio fascinante. Él explora el mundo en el que vivimos hoy y sostiene que la sociedad siempre ha estado más interconectada y en red de lo que se había pensado anteriormente. Argumenta que con el tiempo la estructura de la sociedad se ha inclinado entre las redes y las fuerzas jerárquicas. La naturaleza de las redes que producen cambios es diferente y, a menudo, casi invisible. El lector aprende muchos hechos interesantes que, aunque podamos conocerlos vagamente, nos sirven en un plato. El libro plantea muchas preguntas e intenta responderlas: p. cuántas conexiones separan a dos personas en el planeta y cómo ha cambiado eso con el tiempo (si es que lo ha hecho), cómo un tema se vuelve «viral». Estos son solo dos ejemplos. Niall Ferguson ha producido un libro que todo Historiador o lector general debería leer para conocer las fuerzas conocidas y desconocidas que funcionan en la sociedad. Ha sido así en todos los tiempos civilizados argumenta Ferguson. Y él apoya su argumento con investigaciones detalladas y hechos y estudios documentados. Él despliega un enfoque multidisciplinario sobre el tema. Ferguson es un historiador que piensa y escribe «fuera de la caja» y es esto lo que lo hace tan impredecible e interesante.
Un regalo para leer y esencial para todos los estudiantes de historia con el objetivo de entender.

El autor, un profesor de Harvard, argumenta que la victoria de Trump y el aumento del terrorismo islamista son prueba del poder de las redes sociales. Internet, dice, es la nueva imprenta que refleja el poder de la imprenta en las revoluciones culturales y religiosas de los siglos XVI y XVII. Interesante pero apenas nuevo. Lo nuevo es que Facebook ha resultado ser muy diferente a su lema original: hacer que el mundo sea más abierto y conectado. Nos hemos despertado a las realidades sobre las redes sociales. Los pioneros de Silicon Valley son tan utópicos como Martin Luther, según Ferguson. Desafortunadamente, la historia nos dice que la Reforma trajo polarización y un conflicto sangriento. Las redes sociales de hoy en día son diferentes. Son: más rápido, más grande, la propiedad está en muy pocas manos, y afectan solo a una religión, el Islam. Sin embargo, el autor señala algunas similitudes sorprendentes. Ellos: polarizan, causan desarmonía, causan pánico y manía, y erosionan las estructuras políticas. En las redes sociales, las aves de una bandada de plumas se juntan. Se llama homofilia. Tuitean en sus grupos políticos. En palabras de un editor bien conocido, Zuckerberg es el editor más poderoso del mundo, sin embargo, según él, Facebook no es una compañía de medios, es una compañía de tecnología. Facebook es también el editor más poderoso de la historia.
Ferguson teme que cada vez más estemos viviendo en un mundo sin jerarquías. Las redes se han hecho cargo. Él dice que la anarquía resultará si esto continúa. Esta nueva teoría de redes de la historia se vende con un recorrido por el pasado más una polémica sobre la revolución digital. Aunque es una tesis plausible, no es del todo convincente. Está repleto de detalles, hechos e ideas. Por ejemplo, menos personas fueron asesinadas en la revolución de octubre de 1917 que en el rodaje de la película de Eisenstein al respecto. Ferguson también pregunta a muchos ‘qué pasaría si’. Desafortunadamente, Ferguson nunca se demora lo suficiente en un tema
Hoy, alrededor del 40% de la población mundial está en línea, en 1968 la cifra era del 2%. Dos mil millones usan Facebook. El 70% de los hogares más pobres tienen teléfonos móviles. Internet ha interrumpido el comercio. Apenas nos damos cuenta de cómo ha cambiado nuestra vida.
Este es un libro muy estimulante lleno de deslumbrantes ideas y viñetas. .it hace grandes reclamos. Un capítulo pregunta si todo lo que sabemos sobre la historia es incorrecto. Su examen de la sociedad secreta bávara, los Illuminati, es poderoso e inquietante. La forma en que la red puede ser utilizada por una jerarquía para interrumpir otra se ha demostrado con detalles de los anuncios políticos rusos comprados utilizados para apuntar a los votantes estadounidenses en las elecciones presidenciales utilizando Facebook.
Ferguson es una celebridad y también un historiador. A veces puede parecer tan simplista. Sin embargo, siempre es provocativo y divertido. Por ejemplo, su tratamiento del Imperio Británico es excelente. Su examen de cómo Internet es como un virus poderoso que está remodelando nuestras vidas lo he entendido. Sin lugar a dudas, las jerarquías y las estructuras se están socavando y reemplazando. Su analogía con la revolución de la impresión resultante de la primera imprenta de Gutenberg es apta. Hacia 1495, existían 15 lugares de impresión. Cien años después, 70 producían más de 2000 títulos al año. Se puede argumentar que Gutenberg salvó a Luther de la hoguera en el siglo XVI. Alemania produjo 5.000 ediciones de sus escritos. Las ciudades con imprenta adoptaron el protestantismo con más frecuencia que las que no lo tenían.
Su tesis de que las redes no jerárquicas pueden interrumpir e incluso revolucionar las sociedades es más polémica. Entonces seguramente se sigue que, el cristianismo primitivo fue un ejemplo. También es un ejemplo de cómo una red de creyentes muy exitosa se transformó en una jerarquía muy exitosa. Los bolcheviques de 1917 son otro ejemplo. Hay pepitas en abundancia para aquellos que perseveran a través de esta larga cuenta. El capítulo del autor sobre el Partido de los Trabajadores de California a fines del siglo XIX es una joya.
Un tour de force y como todos los buenos libros de este tipo uno abierto a la crítica. Whats App, Instagram y Messenger, todos propiedad de Facebook, tienen más de 3 mil millones de usuarios. Casi el 65% de los adultos estadounidenses están en Facebook. Casi la mitad recibe sus noticias de eso. Casi el 55% de la población del Reino Unido accede a ella de forma regular. Las noticias falsas se están convirtiendo en algo común. es evidente que está a la vista una gran lucha entre nuevas redes y antiguas jerarquías establecidas. Es la democracia la que bien puede sufrir como resultado. Facebook odia a Trump. Silicon Valley no lo ayudará la próxima vez si decide huir.
Ferguson tiene razón al señalar estas cosas. Esperemos que sus advertencias sean leídas y escuchadas. Ojalá hubiera discutido otra tendencia importante y preocupante que es una consecuencia de la creciente adicción a las redes sociales, es decir, la caída dramática en los libros de lectura, en particular por el nivel A y los estudiantes universitarios. Los estudiantes de artes, ciencias sociales y humanidad reaccionan con horror al saber que necesitan leer y leer ampliamente una variedad de libros importantes durante sus tres años. Seguramente dicen que Internet será suficiente? Visite cualquier biblioteca importante y escuche las teclas de la computadora portátil ahogando el crujido del papel.
Finalmente, hay una gran cantidad de investigación impresionante y profundamente preocupante que publican los neurocientíficos que indica que Internet y las redes sociales son la tecnología más poderosa que altera la mente y que alguna vez ha tenido un uso general. Está alterando nuestros cerebros. Hora tras hora estamos gastando en acciones físicas y mentales repetitivas, reaccionando a señales visuales y de audio. Como dijo un destacado científico: «nos hemos convertido en ratas de laboratorio presionando constantemente las palancas para obtener pequeñas bolitas de alimento social o intelectual». Nuestras mentes se han consumido con un medio. El mundo real retrocede a medida que procesamos la avalancha de símbolos. Hace años, McLuhan advirtió que las nuevas tecnologías de comunicación nos amenazaban. La red le ha demostrado que tiene razón. Como dijo: ‘El medio es el mensaje’.

Vivimos en un mundo interconectado en red, o eso se nos dice constantemente. La palabra «red», que hasta finales del siglo XIX apenas se utilizaba, hoy es objeto de un uso excesivo, y lo mismo ocurre con otros términos relacionados, como «interconectar» y sus derivados.
El problema de los teóricos de la conspiración es que, al igual que los agraviados personajes ajenos al mundillo, malinterpretan y tergiversan invariablemente la manera como funcionan las redes. En concreto, tienden a presuponer que una serie de redes elitistas controla de manera tan fácil como encubierta las estructuras formales de poder. Mis investigaciones —además de mi propia experiencia— sugieren que ese no es el caso, sino que ocurre al revés: las redes informales suelen mantener una relación sumamente ambivalente, y a veces incluso hostil, con las instituciones establecidas.
La mayoría de nosotros pertenecemos a más redes que a jerarquías, y con esto no me refiero solo a que estemos en Facebook, Twitter o alguna de las otras redes informáticas que han surgido en internet en los últimos años. Tenemos redes de parientes (hoy en día pocas familias en el mundo occidental son jerárquicas), de amigos, de vecinos, de colegas entusiastas…

Hace casi dos siglos y medio, una red secreta que quería cambiar el mundo. Fundada en Alemania solo dos meses antes de que trece de las colonias norteamericanas de Gran Bretaña declararan su independencia, la organización llegó a ser conocida como la Illuminatenorden, la Orden de los Illuminati, o «Iluminados». Sus objetivos eran nobles. De hecho, originariamente su fundador la había llamado Bund der Perfektibilisten («Liga de los Perfectibles»). Como diría uno de los miembros de la orden, recordando las palabras del fundador, pretendía ser

[…] una asociación que, a través de los métodos más sutiles y seguros, tendrá como objetivo la victoria de la virtud y la sabiduría sobre la estupidez y la malicia; una asociación que hará los descubrimientos más importantes en todos los campos de la ciencia, que enseñará a sus miembros a llegar a ser a la vez nobles y grandes, que les asegurará cierto premio por su completa perfección en este mundo, que los protegerá de la persecución, la fatalidad y la opresión, y que atará las manos al despotismo en todas sus formas.

Había tres rangos o grados de afiliación —novicio, minerval y minerval iluminado—, pero a los integrantes de los rangos inferiores apenas se les proporcionaba una vaga idea de los objetivos y métodos de la orden. Se diseñaron elaborados ritos de iniciación; entre ellos, un juramento de secretismo, cuya violación se castigaría con la muerte más espantosa. Cada célula aislada de iniciados respondía ante un superior, cuya identidad real desconocían.
Al principio, los Illuminati contaban con un número de afiliados muy reducido. Había tan solo un puñado de miembros fundadores, la mayoría de ellos estudiantes. Dos años después de su creación, el número total de miembros de la orden era apenas de veinticinco; y en diciembre de 1779 la cifra era todavía de sesenta. Sin embargo, en unos pocos años el número de afiliados se disparó a más de mil trescientos.
La versión clásica de la teoría de la conspiración vincula a los Illuminati con la familia Rothschild, la Mesa Redonda, el Grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral, sin olvidar al gestor de fondos de cobertura, patrocinador político y filántropo George Soros. Un número extraordinariamente elevado de personas creen en esas teorías o, cuando menos, se las toman en serio.
En sí mismo no fue un movimiento significativo. Obviamente, no provocó la Revolución francesa; ni siquiera llegó a causar un verdadero problema en Baviera. Pero sus miembros acabaron por ser importantes porque su reputación se hizo viral en un momento en que la perturbación política generada por la Ilustración —el logro de una red enormemente influyente de intelectuales— alcanzaba su culminación revolucionaria en ambas orillas del Atlántico.

Una de las razones por las que ganó Trump fue que la red terrorista islamista conocida como Estado Islámico llevó a cabo varios atentados en los doce meses anteriores a las elecciones, entre ellos dos en Estados Unidos (en San Bernardino y Orlando). Dichos atentados vinieron a reforzar el atractivo de las promesas de Trump de «sacar a la luz», «desarticular» y «eliminar una a una […] las redes de apoyo al islam radical en este país» y «desmantelar por completo la red de terror global de Irán».
En definitiva, pues, vivimos en la «Era de la Red». Joshua Ramo la ha denominado «la era del poder en red».
Henry Kissinger— que tales tendencias tengan probabilidades de mejorar la estabilidad global. Este último escribía:

La omnipresencia de las comunicaciones en red en los sectores social, financiero, industrial y militar ha […] transformado por completo sus puntos débiles. Superando la mayoría de las normas y regulaciones (y de hecho la comprensión técnica de muchos reguladores), en algunos aspectos ha creado el estado de naturaleza […] cuya vía de escape, para Hobbes, proporcionaba la fuerza motivadora para la creación de un orden político […]. Las relaciones entre las ciberpotencias incorporan cierta [a]simetría y una especie de desorden mundial congénito tanto a nivel diplomático como estratégico […]. Ante la falta de articulación de algunas normas de conducta internacional, la dinámica interna del sistema generará una crisis.

Si es cierto que ya ha empezado la «primera ciberguerra mundial», como afirman algunos, entonces se trata de una guerra entre redes.
Desconectarse de la red significará la muerte del individuo, puesto que será aquella la que se encargará de mantener nuestra salud las veinticuatro horas del día.

El estudio formal de las redes se remonta a mediados del siglo XVIII, periodo del apogeo de la ciudad prusiana oriental de Königsberg, hogar del filósofo Immanuel Kant. Uno de los lugares emblemáticos de Königsberg eran los siete puentes que atravesaban el río Pregolia uniendo sus dos orillas a las dos islas que se alzan en medio de este, además de ambas islas entre sí. Un acertijo popular entre los habitantes de la ciudad planteaba que resultaba imposible dar un paseo en que se cruzaran los siete puentes solo una vez, sin atravesar alguno de ellos una segunda. El problema atrajo la atención del gran matemático de origen suizo Leonhard Euler, que en 1735 inventó la teoría de redes para demostrar formalmente por qué tal paseo era imposible.
La expresión «hacerse viral» se ha convertido en un tópico cargante, en el Santo Grial de los publicistas y los responsables de marketing. Pero la ciencia de las redes explica de la mejor forma por qué algunas ideas pueden propagarse con gran rapidez. Las ideas —y, de hecho, los estados emocionales y determinadas condiciones, como la obesidad— logran transmitirse a través de una red social de manera no muy distinta de la de un virus contagioso. Sin embargo, en general las ideas (o memes, por utilizar el neologismo evolucionista) suelen resultar menos contagiosas que los virus. Por lo general, los virus biológicos como los informáticos realizan una «búsqueda a voleo» a través de una red, dado que su objetivo es propagarse en la mayor medida posible, atacando a cada vecino de cada nodo que infectan. En cambio, nosotros seleccionamos de manera instintiva a aquellos miembros de nuestra red a quienes queremos comunicar una idea o de quienes es probable que aceptemos una como creíble.
Un contagio cultural complejo, a diferencia de una simple epidemia, primero necesita alcanzar una masa crítica de innovadores con una alta centralidad de grado (una cifra relativamente importante de amigos influyentes). En palabras de Duncan Watts, la clave para evaluar la probabilidad de un contagio tipo efecto dominó es «centrarse no en el estímulo en sí, sino en la estructura de la red a la que dicho estímulo afecta».

Los Illuminati no fueron los causantes de la Revolución francesa, y mucho menos del auge de Napoleón, aunque sin duda se beneficiaron de ello (todos menos Weishaupt fueron indultados, y algunos, en especial Dalberg, llegaron a ser muy poderosos). Lejos de proseguir con su conjura en favor del gobierno mundial hasta nuestros días, dejaron de operar en la década de 1780, y los supuestos esfuerzos por resucitar la orden en el siglo XX fueron en gran medida falsos. Sin embargo, su historia es parte integrante del complejo proceso histórico que condujo a Europa de la Ilustración a la Revolución y luego al Imperio; un proceso en que sin duda las redes intelectuales cumplieron un papel decisivo.
Igual que los lumières franceses, los literati escoceses pensaban en clave global pero actuaban en clave nacional, a juzgar por la correspondencia de diez escoceses eminentes, entre ellos Hume y Smith. Viajaron diez veces más cartas de o a Glasgow y Edimburgo de las que viajaron de o a París. Sin embargo, Londres importaba más que Glasgow: esta era una red británica, no escocesa. En cualquier caso, la Ilustración no consistía en un curso por correspondencia, y tampoco sus mentes destacadas fueron meros amigos por correo. Como tutor del duque de Buccleuch, Adam Smith visitó París, donde conoció (entre otras luminarias) a D’Alembert, al fisiócrata François Quesnay y a Benjamin Franklin. La república de las letras era móvil. Los grandes pensadores del siglo XVIII fueron también turistas pioneros.

La hazaña de los Rothschild marcó época. Nunca antes se había dado una concentración de capitales mayor que la que llegó a acumular esta familia en las décadas centrales del siglo XIX. Ya en 1828, su patrimonio conjunto superaba al de sus rivales más directos, los Baring, en un orden de magnitud. Una explicación estrictamente económica de su éxito haría hincapié en las innovaciones que introdujeron en el mercado internacional de deuda pública y los métodos por los que ese capital que tan rápido acumularon les permitieron expandirse a los mercados de las letras de cambio, las materias primas, el oro y los seguros. Sin embargo, conviene también comprender la estructura característica que confirieron a su negocio, que era al mismo tiempo una sociedad familiar bajo una dirección estricta y una multinacional: una única «empresa general conjunta» con filiales, «casas», en Frankfurt, Londres, Viena, París y Nápoles. Los Rothschild resistieron las fuerzas centrífugas gracias, en parte, a los matrimonios entre ellos. A partir de 1824, los Rothschild acostumbraron a casarse con miembros de su propia familia.

Los grandes imperios jerarquizados que entablaron la guerra fría no dejaron apenas margen para la creación de redes ciudadanas, a no ser que estas tuviesen un carácter apolítico. Sin embargo, cuanto más se alejaba uno de la metrópolis imperial, menos absoluto era el control que ejercía el planificador central. La Tercera Guerra Mundial no se libró con misiles nucleares en la estratosfera, sino con armas semiautomáticas en las junglas de lo que pasó a conocerse como Tercer Mundo. Allí, lejos del alcance de las redes de ferrocarril, carreteras, telégrafos y telefonía, las superpotencias quedaron despojadas del mando, el control y las comunicaciones de que dependían. La demostración de sus limitaciones en estos países pobres y remotos obró de un modo dialéctico para generar una crisis en sus propias estructuras políticas nacionales. Las décadas de 1970 y 1980 fueron testigos de un resurgimiento de las redes y de un derrumbe de las jerarquías, movimiento que culminó en la rápida desintegración de la Unión Soviética y de su imperio en Europa del Este. El hecho de que en esa misma época naciera internet insinúa la tentadora posibilidad de que, una vez más, la tecnología inclinara la balanza del poder, en esta ocasión en detrimento del Estado totalitario y de sus vástagos autoritarios. Pero, como veremos, el proceso histórico no fue tan ordenado. Más que la causa de la crisis de finales del siglo XX, internet parece ser una consecuencia del desmoronamiento del poder jerárquico.
Nada ilustra mejor la simultánea eficiencia e ilegitimidad de este incipiente orden interconectado que la carrera de Henry Kissinger. Refugiado de la Alemania nazi que encontró su oficio como académico de historia, filosofía y geopolítica mientras servía en el ejército estadounidense, Kissinger fue uno de los muchos profesores de Harvard que tuvieron funciones de gobierno durante la guerra fría. Aun así, que Richard Nixon lo nombrara consejero de Seguridad Nacional en diciembre de 1968 sorprendió a mucha gente (si bien no al propio Kissinger), pues a lo largo de gran parte de la década anterior se le había asociado estrechamente con Nelson Rockefeller, el rival patricio de Nixon en el Partido Republicano. Sin embargo, eso supone pasar por alto uno de los rasgos más característicos del modo de proceder de Kissinger: mientras que quienes lo rodeaban siguieron sujetos a las normas de la burocracia jerárquica para la que trabajaban, él dedicó desde el principio buena parte de sus esfuerzos a crear una red que se extendiera horizontalmente en todas las direcciones más allá del Cinturón de Washington: hasta la prensa y la industria del espectáculo en el interior del país y, quizá lo que es más importante, hasta gobiernos extranjeros clave, por medio de una diversidad de «canales alternos». Kissinger plasmó en dicha tarea una capacidad innata para establecer relaciones afectivas e intelectuales hasta con el interlocutor más distante, habilidad que había perfeccionado mucho antes de su nombramiento.
El poder de Kissinger, asentado sobre una red que cruzaba no solo fronteras sino ámbitos profesionales, perduró hasta mucho después de abandonar el Gobierno en 1977; se institucionalizó en la asesoría Kissinger Associates y se mantuvo a través de un desfile incesante de vuelos, reuniones, actos sociales y cenas. Por el contrario, después de Nixon, el brazo ejecutivo vio cómo su poder se reducía significativamente a causa del control del Congreso y del tremendo envalentonamiento de los medios. Ninguno de los asesores de Seguridad Nacional ni ningún secretario de Estado posterior, por mucho talento que tuviera, lograría nunca igualar lo que Kissinger había conseguido.

Los que se burlan del WEF (World Economic Forum, Davos) subestiman el poder de las redes. Pocos discursos en la historia del Foro han tenido más honda relevancia histórica que el que dio en enero de 1992 un prisionero político recién liberado llegado de la otra punta de la Tierra. «Nuestra interdependencia —les dijo a los delegados de la conferencia, mientras Schwab escuchaba muy atento con gesto de aprobación— nos exige que aunamos fuerzas para lanzar una ofensiva global por el desarrollo, la prosperidad y la supervivencia humana.» Era necesario «un traspaso enorme de recursos del Norte al Sur», sostenía el orador, pero no «como un acto de caridad, o como un intento de mejorar las vidas de los que no tienen nada empobreciendo a los que sí». A continuación, procedió a enumerar los cuatro pasos que debía dar su propio país:

[…] hacer frente […] al problema de la deuda, la caída continua del precio de las materias primas que exportan los países más pobres y el acceso a los mercados de sus productos manufacturados.
garantizar el crecimiento de nuestra economía [lo que] requerirá un crecimiento rápido y sostenido en términos de creación de capital o de inversión fija, recurriendo a fuentes de dentro y fuera del país para financiar esta inversión.
[implantar] un sector público tal vez no muy distinto al de países como Alemania, Francia e Italia.
ofrecer óptimas perspectivas a los inversores presentes en esta sala, tanto de Sudáfrica como del resto del mundo.

Quien hablaba era Nelson Mandela, y la esencia de su discurso era tan clara como sorprendente: a fin de atraer al país capitales extranjeros estaba listo para tomar el mando.
Él mismo reconocía la influencia de su viaje a Davos. Como explicaría tiempo después: «Volví a casa y dije: “Amigos, tenemos que escoger. O mantenemos la nacionalización y nos quedamos sin inversiones, o cambiamos nuestra actitud y conseguimos inversiones”». Más adelante, en 2000, recordaría que cuando «viajé por el mundo y escuché las opiniones de empresarios y economistas destacados sobre cómo hacer crecer una economía, me persuadí y convencí acerca del libre mercado».
Lo que hizo de Davos un evento crucial fue la integración de esa antigua red en la nueva red internacional capitalista diseñada por Klaus Schwab, una integración que resultó posible gracias a la adopción por parte de los gobiernos chino y vietnamita de reformas económicas basadas en el mercado.

En 1992, George Soros se había hecho el amo de la jungla, pero esta se había adueñado de los políticos. En los años que siguieron a 1999, el único cambio que hubo fue que la jungla se volvió muchísimo más grande, más espesa y más inhóspita para los anticuados constructores de pirámides.

En muchos aspectos, los efectos del 11-S alteraron el sistema financiero y político estadounidense en mucha menor medida de lo que Al Qaeda esperaba. Es verdad que se interrumpió el sistema de pagos, el Mercado de Divisas de Nueva York estuvo una semana cerrado, hubo un desplome en los precios de las acciones y se disparó la volatilidad financiera. La suspensión del transporte aéreo ralentizó también la compensación bancaria y demás formas no electrónicas de transacción. Sin embargo, el impacto económico de los atentados fue limitado, pues las instituciones más importantes estaban preparadísimas para tal eventualidad y la Reserva Federal intervino sin vacilar a fin de mantener la liquidez del mercado. En cuestión de semanas, la crisis financiera se había superado.
Las causas de la crisis financiera pueden condensarse en seis puntos. Los bancos importantes quedaron peligrosamente descapitalizados, pues aprovechaban las lagunas reguladoras para aumentar su ratio de apalancamiento. Los mercados se vieron inundados de valores respaldados con activos, como por ejemplo obligaciones de deuda garantizada, cuyo riesgo las agencias de calificación subestimaron de manera clamorosa. La Reserva Federal había permitido una política monetaria demasiado laxa entre 2002 y 2004. Los políticos crearon incentivos estúpidos desde el punto de vista económico a fin de que los estadounidenses pobres comprasen una vivienda. Derivados como las permutas de incumplimiento crediticio se vendieron a gran escala basándose en modelos de riesgo poco realistas. Por último, la llegada al país de flujos de capital de los mercados emergentes, en particular de China, ayudó a inflar la burbuja inmobiliaria estadounidense.
La crisis sacó a la luz otra peculiaridad del sistema financiero. En teoría, los bancos eran las entidades más sumamente reguladas del sistema. Sin embargo, las numerosas instituciones encargadas de regularlos y regular sus actividades no habían sabido prever la posibilidad de que cayeran como fichas de dominó en caso de una crisis de liquidez. Una explicación posible es que el Gobierno federal había degenerado en lo que se denomina un Estado «administrativo» o «gestor», jerárquico y burocrático en su funcionamiento, dedicado a la tarea de producir una regulación cada vez más complicada que acaba por conseguir justo el efecto contrario al deseado.

Facebook no inventó las redes sociales. Como hemos visto, son una especie tan antigua como el Homo sapiens. Lo que sí hizo, al crear un servicio gratuito para el usuario, sin restricciones geográficas ni lingüísticas, fue construir la mayor red social de la historia.
Google es en esencia una gigantesca biblioteca global, el lugar al que vamos a buscar cosas. Amazon es un gigantesco bazar global, donde cada vez somos mas (y con mayor frecuencia) los que compramos. Y Facebook es un gigantesco club global. Las diversas funciones de interconexión que cumplen estas empresas no son nuevas; lo único que ocurre es que la tecnología ha hecho que las redes sean enormes y velocísimas. La diferencia más interesante, sin embargo, es que en el pasado las bibliotecas y los clubes sociales no ganaban dinero con la publicidad; eran organizaciones sin ánimo de lucro, financiadas por medio de donaciones, suscripciones o impuestos. En realidad lo revolucionario es que ahora nuestra biblioteca global y nuestro club global están adornados con carteles publicitarios, y cuanto más les contamos de nosotros mismos, más efectiva resulta esa publicidad y más a menudo nos manda al bazar de Bezos. No por casualidad el acrónimo con que los inversores se refieren a Facebook, Amazon, Netflix (la empresa de cine online) y Google es FANG («colmillo»). Gracias al efecto del modelo «los más aptos se hacen ricos» por el que la TI global es libre de escala —dominada por unos pocos núcleos superconectados—, los ingresos de estas empresas no disminuirán.
Y no es solo en su búsqueda descarada del dominio del mercado en lo que las prácticas de Facebook parecen reñidas con su propaganda.
La pregunta decisiva es hasta qué punto esta visión de comunidad global es realista y hasta qué punto las consecuencias involuntarias de Facebook y de otras redes similares conducen en la dirección contraria.

El clásico del cine mudo de Fritz Lang Metrópolis (1927) retrata la caída de un orden jerárquico a manos de una red insurgente. Metrópolis es una ciudad de rascacielos imponentes. En lo alto, en áticos palaciegos, vive una élite acaudalada encabezada por el autócrata Joh Fredersen. Abajo, en fábricas subterráneas, trabaja penosamente el proletariado. Tras presenciar un accidente industrial, el hijo playboy de Fredersen abre los ojos a la miseria y la peligrosidad de la vida de la clase obrera. El resultado es una revolución violenta y un desastre involuntario y autoinfligido: cuando los obreros destrozan los generadores de energía, sus propias viviendas se inundan por un fallo en la bomba de agua.
En términos actuales, la jerarquía no es una ciudad, sino el propio estado-nación: la superentidad política vertical que evolucionó a partir de las repúblicas y las monarquías de la Europa de la primera Edad Moderna. Si bien no es la nación más poblada del mundo, Estados Unidos sí es desde luego el Estado más poderoso, al margen de los azares de su sistema político. Su rival más próximo, la República Popular de China, suele considerarse un tipo de Estado fundamentalmente distinto, porque mientras que en Estados Unidos hay dos partidos principales, en la República Popular hay uno, y solo uno. El Gobierno estadounidense se cimienta en la separación de poderes, en especial la independencia del poder judicial; la RPC subordina todas sus instituciones, incluidos los tribunales, a los dictados del Partido Comunista. Sin embargo, ambos estados son repúblicas, con unas estructuras administrativas verticales más o menos comparables y una concentración similar de poder en manos del gobierno central respecto a las autoridades estatales y locales. Desde el punto de vista económico, parece claro que ambos sistemas están convergiendo: China recurre más que nunca a mecanismos del mercado y el Gobierno federal estadounidense lleva años incrementando de manera sostenida el poder
reglamentario y regulador de los organismos públicos frente a los productores y consumidores. Por otra parte, y en unos extremos que inquietan a liberales tanto de izquierdas como de derechas, el Gobierno de Estados Unidos ejerce un control y una vigilancia sobre sus ciudadanos de un modo que a efectos prácticos se asemeja más al de la China contemporánea que al de la América de los padres fundadores. En estos aspectos, «Chimérica» no es ninguna quimera.
La clave ahora es hasta qué punto dicha red de complejidad económica supone una amenaza para el orden jerárquico mundial del estado-nación comparable a la amenaza que las redes de complejidad política les han planteado en los últimos tiempos a las jerarquías políticas internas establecidas, sobre todo en Oriente Próximo en 2011, en Ucrania en 2014, en Brasil en 2015 y en 2016 en Gran Bretaña y Estados Unidos. O por simplificar: ¿puede haber orden en un mundo en red? Como hemos visto, algunos creen que sí. A la luz de la experiencia histórica, yo lo dudo mucho.

Kissinger ha esbozado cuatro escenarios que considera los catalizadores más probables de una conflagración a gran escala:
1. Un deterioro en las relaciones sinoestadounidenses, por el cual ambos países cayesen en la denominada «Trampa de Tucídides» que parece tender la historia a toda potencia establecida y a la potencia emergente que la desafíe.
2. Una ruptura de las relaciones entre Rusia y Occidente, basada en la incomprensión mutua y posibilitada por:
3. Un colapso del poder duro de Europa debido a la incapacidad de los dirigentes actuales europeos de aceptar que la diplomacia sin una amenaza creíble de fuerza es papel mojado, y/o:
4. Una intensificación del conflicto en Oriente Próximo por la disposición del Gobierno de Obama (a ojos de los estados árabes y de Israel) de entregar la hegemonía en la región a un Irán todavía revolucionario.

Una de estas amenazas, o una combinación de ellas, en ausencia de una estrategia estadounidense coherente, amenaza con convertir el mero desorden en un conflicto a gran escala.

China ha implantado ya el sistema de hukou (registro de hogares) y dang’an (registros personales), así como planes para premiar a trabajadores y delegados del partido cuya labor resulte excepcional. Si estos datos se cruzaran con los que las autoridades pueden extraer fácilmente de las empresas BAT, estaríamos ante un sistema de control social que superaría todas las fantasías de los estados totalitarios de mediados del siglo XX.
Las autoridades chinas están igual de dispuestas a entregar el control de su sistema de pagos al Bitcoin como el de su sistema de taxis a Uber. De hecho, les alarma que el 40 por ciento de la red Bitcoin global esté ya en manos de «mineros» chinos, y que cerca de tres cuartas partes de las operaciones con Bitcoin se realicen en el mercado BTCC (Bitcoin China). De hecho, los reguladores suspendieron a todos los efectos las operaciones nacionales en las casas de cambio de criptomonedas en verano de 2017. Así y todo, es evidente que Pekín sabe apreciar el potencial de la tecnología blockchain. Por ello, el Banco Popular de China y varios gobiernos provinciales van a lanzar una «criptomoneda oficial» —el «Bityuan», tal vez— en una o dos provincias del país en un futuro próximo. Es posible que Singapur le gane a Pekín la carrera por introducir la primera criptomoneda oficial, pero de lo que no cabe duda es de que Pekín se adelantará a Washington. Si el experimento chino tiene éxito, podría suponer el comienzo de una época nueva en la historia monetaria, y un importante desafío al futuro del dólar en cuanto principal moneda internacional.

Las empresas tecnológicas dominantes en la actualidad evitan lo vertical. La sede central de Facebook en Menlo Park, diseñada por Frank Gehry, es un extenso recinto de oficinas diáfanas y espacios lúdicos con una «única sala donde caben miles de personas», en palabras de Mark Zuckerberg, o (puede que más bien) una inmensa guardería para geeks. El edificio principal del nuevo Apple Park en Copertino es una nave circular gigantesca de solo cuatro plantas: «un centro para la creatividad y la colaboración» diseñado por el difunto Steve Jobs, Norman Foster y Jonathan Ive para albergar una red en forma de enrejado: cada nodo, un igual; con un número constante de aristas, pero solo un restaurante. El nuevo cuartel general de Google en Mountain View, ubicado entre «árboles, vistas, cafeterías y carriles bici», estará hecho de «estructuras ligeras en forma de bloque que pueden cambiarse de sitio con facilidad», como si fuesen piezas de Lego colocadas en un espacio natural protegido: una oficina sin cimientos ni plano de planta, que emula así la red en constante evolución que hospeda. Silicon Valley prefiere no levantar demasiado la cabeza, y no solo por miedo a los terremotos.
Su arquitectura horizontal refleja el hecho de que se trata del núcleo más importante de la red global: la plaza mayor del mundo.
Al otro extremo de Estados Unidos, sin embargo —en la Quinta Avenida de Nueva York— se alza un edificio de 58 pisos que representa una tradición organizativa de todo punto distinta. Y ninguna otra persona en el mundo es más decisiva en la elección entre anarquía en red y orden mundial que el propietario ausente de esa torre oscura.

Hoy en día, mucha gente comete el error de pensar que internet ha cambiado los fundamentos del mundo; sin embargo, como señalaba una resolución reciente del Tribunal Supremo de Estados Unidos aprobada por mayoría, internet no es más que la «moderna plaza pública», en palabras del juez Anthony Kennedy. Los problemas de 2017 no son ni mucho menos tan nuevos como nos gustaría creer.
Sin embargo, los frescos de la Sala dei Nove han sobrevivido cerca de setecientos años para servirnos de memorable recordatorio de que los problemas de la guerra y la paz —y del buen y el mal gobierno— no son nada nuevo. Las tecnologías van y vienen, pero nuestro mundo sigue siendo un mundo de plazas y torres.

Otros libros del autor comentado en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/30/el-triunfo-del-dinero-como-las-finanzas-mueven-el-mundo-niall-ferguson-the-ascent-of-money-a-financial-history-of-the-world-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/09/26/civilizacion-occidente-y-el-resto-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/12/el-imperio-britanico-como-gran-bretana-logro-el-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/11/coloso-auge-y-decadencia-del-imperio-americano-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/06/la-guerra-del-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/19/la-gran-degeneracion-niall-ferguson/

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“The history of all hitherto existing society is the history of class struggles” state Marx and Engels in ‘The Communist Manifesto’. According to Niall Ferguson’s latest book – ‘The Square and the Tower. Networks, Hierarchies and the Struggle for Global Power’ – the history of all hitherto existing society is rather the history of the tension between networks and hierarchies; a fact hitherto largely ignored by historians because networks characteristically “do not leave an orderly paper trail”, although a subsidiary factor is that the study of networks such as the Illuminati, the Freemasons, the Rothschild family and the Bilderberg Group has been widely discredited by the ravings of conspiracy theorists.
According to Ferguson there have been two periods in which networks empowered by new technology, enabling ideas to spread virally, have been massively disruptive of established hierarchical structures, namely, the late fifteenth century to the end of the eighteenth century, powered by the printing press, and from the 1970s to the present day, powered by the personal computer and the internet.
There is obviously much to be said for this point of view. As Ferguson says, “Without Gutenberg, Luther might well have become just another heretic whom the Church burned at the stake, like Jan Hus”, although doesn’t this mean that it would be better to paraphrase Marx and Engels to read that the history of all hitherto existing society is the history of new technologies? There’s also the fact that Luther would almost certainly have burnt at the stake had it not been for the protection which he received from the Saxon princes, Frederick the Wise (1483-1525) and his brother John the Constant (1468-1532). Ferguson does not mention this fact, although he does refer to the crucial role of the princes of the Schmalkaldic League (formed in 1531) in consolidating Protestant gains. As German princes can obviously be taken both to embody hierarchy within their realms and to constitute a network when they form a league, this suggests another problem with Ferguson’s thesis, namely, that whereas towers and squares are clearly sharply delineated the concepts they symbolise for Ferguson are often anything but.
This is not to say that ‘The Square and the Tower’ is a bad book. On the contrary, like anything written by Ferguson it is brimming with bright ideas expressed with great flair. Ferguson – like David Cannadine – is living proof that it is possible to write prolifically, persuasively and profoundly for a popular audience. But whilst this book provides many insights and makes one consider the past in a new light I do not think its prism is sufficiently luminous to win many long-term converts.
Meticulously researched, this book provides readers with food for thought as the author, celebrated historian Neill Ferguson, makes the case that the structure of networks within society can influence historical events and come into conflict with hierarchies. Ferguson unveils a new approach with which to consider modern (and Ancient) history.
«The Square and the Tower» is a fascinating study. He explores the world we live in today and argues that society has always been more interlinked and networked than has previously been thought. He argues that over time the structure of society has swayed between networking and hierarchical forces. The nature of the networks which effect change are different and are often almost invisible. The reader learns so many interesting facts which, although we may vaguely be aware of them, are served to us on a plate. The book poses many questions and tries to answer them: e.g. how many connections separate any two people on the planet and how has that changed over time (if it has), how does a topic go «viral». These are but two examples. Niall Ferguson has produced a book which every Historian, or general reader, should read to gain knowledge of the forces, known and unknown, which are at work within society. It has been this way in all of civilised times Ferguson argues. And he supports his argument with detailed research and documented facts and studies. He deploys a multi-disciplined approach to the topic. Ferguson is a historian who thinks and writes «out of the box» and it is this which makes him so unpredictable and interesting.
A treat to read and essential for all history students aiming for a First.

The author, a Harvard professor, argues that Trump’s victory and the rise of Islamist terrorism are proof of the power of social networks. The internet, he says, is the new printing press that mirrors the power of print in the cultural and religious revolutions of the 16th and 17th centuries. Interesting but hardly new. What is new is that Facebook has turned out to be a lot different to its original motto: Make the world more open and connected. We have woken up to the realities about social networks. The pioneers off Silicon Valley are as utopian as Martin Luther, according to Ferguson. Unfortunately, history tells us the Reformation brought polarisation and bloody conflict. Today’s social networks of course differ. They are: faster, bigger, the ownership is in very few hands, and they affect only one religion, Islam. Nevertheless, the author points out some striking similarities. They: polarise, cause disharmony, cause panics and mania, and erode political structures. On the social networks birds of a feather flock together. It is called homophily. Users tweet in their political groups. In the words of a well known editor , Zuckerberg is the world’s most powerful editor yet according to him Facebook is not a media company it is a tech company. Facebook is also the most powerful publisher in history.
Ferguson fears that increasingly we are living in a world without hierarchies. Networks have taken over. He says anarchy will result if this continues. This new network theory of history is sold with a tour of the past plus a polemic about the digital revolution. Although it is a plausible thesis it is not entirely convincing. It is replete with detail, factoids and ideas. For example, fewer people were killed in the October 1917 revolution than in the shooting of Eisenstein’s film about it. Ferguson also asks many ‘what ifs’. Unfortunately, Ferguson never lingers long enough on one topic
Today, some 40% of the world’s population are online, in 1968 the figure was 2%. Two billion use Facebook. 70% of the poorest homes have mobile phones. The internet has disrupted commerce . We still barely understand how it has reshape our life.
This is a very stimulating book full of dazzling ideas and vignettes. .it makes huge claims. One chapter asks if all we know about history is wrong? His examination of the Bavarian secret society, the Illuminati, is powerful and disturbing. How the network can be used by one hierarchy to disrupt another has been demonstrated with details of Russian bought political adverts used to target American voters in the presidential election using Facebook.
Ferguson is a celebrity as well as an historian. He can at times come over as glib. He is nevertheless always provocative and good fun. For example, his treatment of the British Empire is excellent. His examination of how the internet is like a powerful virus that is reshaping our lives I’d insightful. Undoubtedly, hierarchies and structures are being undermined and replaced. His analogy with the printing revolution resulting from Gutenberg’s first printing press is apt. By 1495, 15 printing places existed. One hundred years later there were 70 producing over 2000 titles annually. It can be argued that Gutenberg saved Luther from the stake for in the 16th century Germany alone produced 5000 editions of his writings. Cities with a printing press adopted Protestantism more often than those without.
His thesis that non hierarchical networks can disrupt and even revolutionise societies is more contentious. Then surely it follows that, early Christianity was an example. Also it is an example of how a very successful network of believers transformed itself into a very successful hierarchy. The Bolsheviks of 1917 are another example. There are nuggets galore for those who perseveres through this long account. The author’s chapter on the Workingmen’s Party of California towards the end of the 19th century is a gem.
A tour de force and like all good books of this kind one open to criticism. Whats App, Instagram and Messenger,, all owned by Facebook, have over 3 billion users. Almost 65% of American adults are on Facebook. Almost half get their news from it. Almost 55% of the UK population access it on a regular basis. Fake news is becoming commonplace. it is evident that a major struggle between new networks and old established hierarchies is in the offing. It is democracy that may well suffer as a result. Facebook hates Trump. Silicon Valley will not help him next time if he decides to run.
Ferguson is right to point theses things out. Let us hope his warnings are read and heeded. I wish he had discussed another major and worrying trend that is a consequence of the growing addiction to social networks, namely the dramatic fall in reading books, particularly by A level and university students. Arts, social sciences and humanity undergraduates react with horror on being informed they need to read and read widely a range of important books during their three years. Surely they say the internet will suffice? Visit any major library and listen to the laptop keys drown out the rustle of paper.
Finally, there is a great deal of impressive and deeply worrying research being published by neuroscientists that indicates that the Internet and social media are the most powerful mind-altering technology that has ever come into general use. It is altering our brains. Hour after hour we are spending on repetitive physical and mental actions, reacting to visual and audio signals . As one leading scientist has said: ‘we have become lab rats constantly pressing levers to get tiny pellets of social or intellectual nourishment’. Our minds have become consumed with a medium. The real world recedes as we process the flood of symbols. Years ago McLuhan warned that new communication technologies threatened us. The Net has proved him right. As he said : ‘The medium is the message’.

We live in a networked world, or so we are constantly told. The word «network», which until the end of the 19th century was barely used, is nowadays subject to excessive use, and the same happens with other related terms, such as «interconnect» and its derivatives.
The problem of the conspiracy theorists is that, like the aggrieved characters outside the world, they invariably misinterpret and distort the way networks work. In particular, they tend to assume that a series of elitist networks control the formal structures of power as easily as covertly. My research – in addition to my own experience – suggests that this is not the case, but rather the reverse: informal networks tend to maintain a highly ambivalent, and sometimes even hostile, relationship with established institutions.
Most of us belong to more networks than hierarchies, and with this I do not mean just that we are on Facebook, Twitter or any of the other computer networks that have emerged on the Internet in recent years. We have networks of relatives (today few families in the Western world are hierarchical), friends, neighbors, enthusiastic colleagues …

Almost two and a half centuries ago, a secret network that wanted to change the world. Founded in Germany only two months before thirteen of the North American colonies of Great Britain declared their independence, the organization came to be known as the Illuminatenorden, the Order of the Illuminati, or «Enlightened.» His goals were noble. In fact, its founder had originally called it Bund der Perfektibilisten («League of the Perfectibles»). As one of the members of the order would say, remembering the words of the founder, he pretended to be

[…] an association that, through the most subtle and safe methods, will aim at the victory of virtue and wisdom over stupidity and malice; an association that will make the most important discoveries in all fields of science, that will teach its members to become both noble and great, that will secure them some reward for their complete perfection in this world, which will protect them from persecution, fatality and oppression, and that will tie the hands to despotism in all its forms.

There were three ranks or degrees of affiliation -novice, minerval and minerval enlightened-, but the members of the lower ranks were hardly given a vague idea of the objectives and methods of the order. Elaborate initiation rites were designed; among them, an oath of secrecy, whose violation would be punished with the most frightful death. Each isolated cell of initiates responded to a superior, whose real identity they did not know.
At first, the Illuminati had a very small number of members. There were only a handful of founding members, most of them students. Two years after its creation, the total number of members of the order was barely twenty-five; and in December 1779 the figure was still sixty. However, in a few years the number of affiliates shot up to more than thirteen hundred.
The classic version of the conspiracy theory links the Illuminati to the Rothschild family, the Round Table, the Bilderberg Group and the Trilateral Commission, not forgetting hedge fund manager, political sponsor and philanthropist George Soros. An extraordinary number of people believe in these theories or, at least, they take them seriously.
In itself it was not a significant movement. Obviously, it did not provoke the French Revolution; it did not even cause a real problem in Bavaria. But its members ended up being important because its reputation went viral at a time when the political turmoil generated by the Enlightenment – the achievement of an enormously influential network of intellectuals – reached its revolutionary culmination on both sides of the Atlantic.

One of the reasons why Trump won was that the Islamic terrorist network known as the Islamic State carried out several attacks in the twelve months prior to the elections, including two in the United States (in San Bernardino and Orlando). These attacks came to reinforce the appeal of Trump’s promises to «uncover», «dismantle» and «eliminate one by one […] the networks of support for radical Islam in this country» and «dismantle completely the global terror network of Iran ».
In short, then, we live in the «Era of the Network». Joshua Ramo has called it «the age of network power».
Henry Kissinger – that such tendencies are likely to improve global stability. The latter wrote:
The omnipresence of networked communications in the social, financial, industrial and military sectors has […] completely transformed its weaknesses. Exceeding the majority of rules and regulations (and in fact the technical understanding of many regulators), in some aspects it has created the state of nature […] whose escape route, for Hobbes, provided the motivating force for the creation of a political order […] The relations between the cyber-powers incorporate certain [a] symmetry and a kind of congenital world disorder, both diplomatically and strategically […]. Given the lack of articulation of some international standards of conduct, the internal dynamics of the system will generate a crisis.
If it is true that the «first world cyberwar» has already begun, as some claim, then it is a war between networks.
Disconnecting from the network will mean the death of the individual, since it will be the one who will be responsible for maintaining our health twenty-four hours a day.

The formal study of the networks dates back to the mid-18th century, the height of the eastern Prussian city of Königsberg, home of the philosopher Immanuel Kant. One of the emblematic places of Königsberg was the seven bridges that crossed the Pregolia river joining its two shores to the two islands that rise in the middle of this one, in addition to both islands to each other. A popular riddle among the inhabitants of the city raised that it was impossible to take a walk in which the seven bridges crossed only once, without crossing any of them a second. The problem attracted the attention of the great mathematician of Swiss origin Leonhard Euler, who in 1735 invented the theory of networks to formally demonstrate why such a walk was impossible.
The expression «go viral» has become a hot topic, in the Holy Grail of advertisers and marketing managers. But the science of networks explains in the best way why some ideas can spread very quickly. The ideas – and, in fact, the emotional states and certain conditions, such as obesity – manage to be transmitted through a social network in a manner not very different from that of a contagious virus. However, in general ideas (or memes, to use the evolutionary neologism) are usually less contagious than viruses. In general, biological viruses such as computer viruses conduct a «broadcast search» through a network, since their goal is to spread as much as possible, attacking each neighbor of each node they infect. Instead, we instinctively select those members of our network to whom we want to communicate an idea or who are likely to accept one as credible.
A complex cultural contagion, unlike a simple epidemic, first needs to reach a critical mass of innovators with a high centrality of degree (a relatively important number of influential friends). In the words of Duncan Watts, the key to evaluating the probability of a domino effect type contagion is «to focus not on the stimulus itself, but on the structure of the network to which that stimulus affects».

The Illuminati were not the cause of the French Revolution, let alone the rise of Napoleon, although they certainly benefited from it (all but Weishaupt were pardoned, and some, especially Dalberg, became very powerful). Far from continuing with their plot in favor of world government until our days, they ceased to operate in the 1780s, and the supposed efforts to resuscitate the order in the 20th century were largely false. However, its history is an integral part of the complex historical process that led Europe from the Enlightenment to the Revolution and then to the Empire; a process in which, without doubt, the intellectual networks played a decisive role.
Like the French lumieres, the Scottish literati thought in a global key but acted in a national key, judging from the correspondence of ten eminent Scots, among them Hume and Smith. They traveled ten times more letters from or to Glasgow and Edinburgh than those who traveled to or from Paris. However, London mattered more than Glasgow: this was a British, non-Scottish network. In any case, the Enlightenment did not consist of a correspondence course, nor were their outstanding minds mere friends by mail. As tutor of the Duke of Buccleuch, Adam Smith visited Paris, where he met (among other luminaries) D’Alembert, the Physiocrat François Quesnay and Benjamin Franklin. The republic of letters was mobile. The great thinkers of the eighteenth century were also pioneer tourists.

The feat of the Rothschild marked epoch. Never before had there been a greater concentration of capital than that which this family accumulated in the middle decades of the 19th century. As early as 1828, their joint heritage surpassed that of their more direct rivals, the Baring, by an order of magnitude. A strictly economic explanation of their success would emphasize the innovations they introduced in the international public debt market and the methods by which that capital they accumulated so quickly allowed them to expand into the markets for bills of exchange, raw materials, gold and insurance. However, it is also important to understand the characteristic structure that they conferred on their business, which was at the same time a family company under a strict management and a multinational: a single «joint general company» with subsidiaries, «houses», in Frankfurt, London, Vienna, Paris and Naples. The Rothschilds resisted centrifugal forces thanks, in part, to marriages between them. From 1824, the Rothschilds used to marry members of their own family.

The great hierarchical empires that initiated the Cold War left little room for the creation of civic networks, unless they had an apolitical character. However, the further one left the imperial metropolis, the less absolute was the control exercised by the central planner. The Third World War was not fought with nuclear missiles in the stratosphere, but with semiautomatic weapons in the jungles of what became known as the Third World. There, far from the reach of railroad, road, telegraph and telephony networks, the superpowers were stripped of the command, control and communications they depended on. The demonstration of their limitations in these poor and remote countries worked in a dialectical way to generate a crisis in their own national political structures. The 1970s and 1980s witnessed a resurgence of networks and a collapse of hierarchies, a movement that culminated in the rapid disintegration of the Soviet Union and its empire in Eastern Europe. The fact that the Internet was born at the same time hints at the tempting possibility that, once again, technology would tip the balance of power, this time to the detriment of the totalitarian State and its authoritarian offshoots. But, as we shall see, the historical process was not so orderly. More than the cause of the crisis of the late twentieth century, the internet seems to be a consequence of the collapse of hierarchical power.
Nothing illustrates better the simultaneous efficiency and illegitimacy of this incipient interconnected order than Henry Kissinger’s career. Refugee of the Nazi Germany that found its office like academic of history, philosophy and geopolitics while it served in the American army, Kissinger was one of the many professors of Harvard that had functions of government during the cold war. Even so, Richard Nixon, who appointed him National Security Adviser in December 1968, surprised many people (though not Kissinger himself), since he had been closely associated with Nelson Rockefeller for much of the previous decade. Nixon’s patriotic rival in the Republican Party. However, this implies overlooking one of the most characteristic features of Kissinger’s way of proceeding: while those around him remained subject to the norms of the hierarchical bureaucracy for which they worked, he devoted a good part of his efforts from the beginning. to create a network that stretched horizontally in all directions beyond the Washington Belt: to the press and the entertainment industry in the interior of the country and, perhaps most importantly, to key foreign governments, through a diversity of «alternative channels». Kissinger embodied in this task an innate capacity to establish emotional and intellectual relationships even with the most distant interlocutor, a skill he had perfected long before his appointment.
The power of Kissinger, based on a network that crossed not only borders but professional areas, lasted until long after leaving the Government in 1977; It was institutionalized in the Kissinger Associates consultancy and was maintained through an incessant parade of flights, meetings, social events and dinners. On the contrary, after Nixon, the executive branch saw its power reduced significantly due to the control of Congress and the tremendous envalentonamiento of the media. None of the National Security Advisors or any subsequent Secretary of State, however talented he might be, would ever match what Kissinger had achieved.

Those who make fun of the WEF (World Economic Forum, Davos) underestimate the power of networks. Few speeches in the history of the Forum have had more profound historical significance than that given in January 1992 by a newly freed political prisoner from the other side of the earth. «Our interdependence,» he told the delegates of the conference, while Schwab listened very attentively with approval, «requires us to join forces to launch a global offensive for development, prosperity and human survival.» A transfer was necessary. enormous resources from the North to the South, «the speaker argued, but not» as an act of charity, or as an attempt to improve the lives of those who have nothing impoverishing those who do. » Next, he proceeded to list the four steps that his own country should take:

[…] dealing with the problem of debt, the continuous fall in the price of raw materials exported by the poorest countries and the access to markets for their manufactured products.
guarantee the growth of our economy [which] will require rapid and sustained growth in terms of capital creation or fixed investment, drawing on sources from within and outside the country to finance this investment.
[implement] a public sector perhaps not very different from that of countries like Germany, France and Italy.
offer optimal perspectives to the investors present in this room, both in South Africa and the rest of the world.

The speaker was Nelson Mandela, and the essence of his speech was as clear as it was surprising: in order to attract foreign capital to the country he was ready to take command.
He himself recognized the influence of his trip to Davos. As I would explain later: «I went home and said:» Friends, we have to choose. Or we maintain the nationalization and we run out of investments, or change our attitude and get investments «». Later, in 2000, I would remember that when I «traveled the world and listened to the opinions of leading businessmen and economists on how to grow an economy, I was persuaded and convinced about the free market.»
What made Davos a crucial event was the integration of that old network into the new capitalist international network designed by Klaus Schwab, an integration made possible by the adoption by the Chinese and Vietnamese governments of market-based economic reforms. .

In 1992, George Soros had become the master of the jungle, but this had taken over the politicians. In the years that followed 1999, the only change was that the jungle became much bigger, thicker and more inhospitable to the antiquated pyramid builders.

In many ways, the effects of 9/11 altered the US financial and political system to a much lesser extent than Al Qaeda expected. It is true that the payment system was interrupted, the New York Currency Exchange was a week closed, there was a collapse in stock prices and financial volatility soared. The suspension of air transport also slowed down banking compensation and other non-electronic forms of transaction. However, the economic impact of the attacks was limited, as the most important institutions were very prepared for such an eventuality and the Federal Reserve intervened without hesitation in order to maintain the liquidity of the market. In a matter of weeks, the financial crisis had been overcome.
The causes of the financial crisis can be condensed into six points. The major banks were dangerously decapitalized, since they took advantage of the regulatory gaps to increase their leverage ratio. Markets were flooded with securities backed by assets, such as guaranteed debt obligations, whose risk rating agencies underestimated in a clamorous manner. The Federal Reserve had allowed too loose a monetary policy between 2002 and 2004. Politicians created stupid incentives from the economic point of view in order for poor Americans to buy a home. Derivatives such as credit default swaps were sold on a large scale based on unrealistic risk models. Finally, the arrival in the country of capital flows from emerging markets, particularly China, helped to inflate the US housing bubble.
The crisis brought to light another peculiarity of the financial system. In theory, banks were the most highly regulated entities in the system. However, the numerous institutions in charge of regulating them and regulating their activities had not been able to foresee the possibility of falling as dominoes in the event of a liquidity crisis. One possible explanation is that the federal government had degenerated into what is called an «administrative» or «manager» state, hierarchical and bureaucratic in its operation, dedicated to the task of producing an increasingly complicated regulation that ends up achieving just the opposite effect to the desired one.

Facebook did not invent social networks. As we have seen, they are a species as old as Homo sapiens. What it did, by creating a free service for the user, without geographical or linguistic restrictions, was to build the largest social network in history.
Google is essentially a giant global library, the place where we are going to look for things. Amazon is a gigantic global bazaar, where we are increasingly (and more often) those that we buy. And Facebook is a gigantic global club. The various interconnection functions performed by these companies are not new; The only thing that happens is that technology has made networks huge and fast. The most interesting difference, however, is that in the past libraries and social clubs did not earn money from advertising; they were non-profit organizations, financed through donations, subscriptions or taxes. In reality, the revolutionary thing is that now our global library and our global club are adorned with advertising posters, and the more we tell them about ourselves, the more effective that publicity is and the more often it sends us to the Bezos bazaar. Not by chance the acronym with which investors refer to Facebook, Amazon, Netflix (the online film company) and Google is FANG («fang»). Thanks to the effect of the «the fittest become rich» model whereby global IT is free of scale-dominated by a few super-connected cores-the revenues of these companies will not decrease.
And it’s not just in his brazen pursuit of market dominance that Facebook’s practices seem at odds with his propaganda.
The decisive question is to what extent this vision of a global community is realistic and to what extent the unintended consequences of Facebook and other similar networks lead in the opposite direction.

The silent film classic by Fritz Lang Metropolis (1927) portrays the fall of a hierarchical order at the hands of an insurgent network. Metropolis is a city of imposing skyscrapers. At the top, in palatial attics, lives a wealthy elite led by the autocrat Joh Fredersen. Below, in underground factories, the proletariat works painfully. After witnessing an industrial accident, Fredersen’s playboy son opens his eyes to the misery and dangerousness of working class life. The result is a violent revolution and an involuntary and self-inflicted disaster: when the workers destroy the generators of energy, their own homes are flooded by a fault in the water pump.
In current terms, the hierarchy is not a city, but the nation-state itself: the vertical political super-state that evolved from the republics and monarchies of the Europe of the early modern age. While not the most populous nation in the world, the United States is certainly the most powerful state, regardless of the hazards of its political system. Its closest rival, the People’s Republic of China, is usually considered a fundamentally different type of state, because while in the United States there are two main parties, in the People’s Republic there is one, and only one. The US government is based on the separation of powers, especially the independence of the judiciary; the PRC subordinates all its institutions, including the courts, to the dictates of the Communist Party. However, both states are republics, with more or less comparable vertical administrative structures and a similar concentration of power in the hands of the central government over state and local authorities. From the economic point of view, it seems clear that both systems are converging: China has more recourse to market mechanisms than ever before and the US federal government has been steadily increasing its power for years.
regulating and regulating public bodies vis-à-vis producers and consumers. On the other hand, and on extremes that disturb liberals on both the left and the right, the United States Government exercises control and vigilance over its citizens in a way that for practical purposes is more similar to that of contemporary China than to of the America of the founding fathers. In these aspects, «Chimerica» is no chimera.
The key now is to what extent such a network of economic complexity poses a threat to the hierarchical world order of the nation-state comparable to the threat that the networks of political complexity have posed in recent times to the established internal political hierarchies, especially in the Middle East in 2011, in Ukraine in 2014, in Brazil in 2015 and in 2016 in Great Britain and the United States. Or to simplify: can there be order in a networked world? As we have seen, some believe that yes. In the light of historical experience, I doubt it very much.

Kissinger has outlined four scenarios that he considers the most likely catalysts of a large-scale conflagration:
1. A deterioration in Sino-US relations, whereby both countries fall into the so-called «Thucydides Trap» that seems to tend history to all established power and to the emerging power that challenges it.
2. A rupture in relations between Russia and the West, based on mutual incomprehension and made possible by:
3. A collapse of Europe’s hard power due to the inability of current European leaders to accept that diplomacy without a credible threat of force is a dead letter, and / or:
4. An intensification of the conflict in the Middle East due to the willingness of the Obama Administration (in the eyes of the Arab states and Israel) to hand over the hegemony in the region to a still revolutionary Iran.

One of these threats, or a combination of them, in the absence of a coherent US strategy, threatens to turn mere disorder into a full-scale conflict.

China has already implemented the system of hukou (registration of households) and dang’an (personal records), as well as plans to reward workers and party delegates whose work is exceptional. If these data are crossed with those that the authorities can easily extract from the BAT companies, we would be faced with a system of social control that would overcome all the fantasies of the totalitarian states of the mid-20th century.
Chinese authorities are just as willing to hand over control of their Bitcoin payment system as their taxi system to Uber. In fact, they are alarmed that 40 percent of the global Bitcoin network is already in the hands of Chinese «miners», and that about three quarters of Bitcoin operations are carried out in the BTCC (Bitcoin China) market. In fact, the regulators suspended for all purposes the national operations in the cryptocurrency exchange houses in the summer of 2017.

The dominant technology companies are currently avoiding verticality. The headquarters of Facebook in Menlo Park, designed by Frank Gehry, is an extensive area of diaphanous offices and recreational spaces with a «single room where thousands of people can fit», in the words of Mark Zuckerberg, or (maybe rather) a immense daycare for geeks. The main building of the new Apple Park in Copertino is a gigantic circular ship of only four floors: «a center for creativity and collaboration» designed by the late Steve Jobs, Norman Foster and Jonathan Ive to house a network in the form of a lattice: each node, an equal; with a constant number of edges, but only one restaurant. The new headquarters of Google in Mountain View, located between «trees, views, cafeterias and bike lanes», will be made of «light structures in the form of blocks that can be moved easily», as if they were pieces of Lego placed in a protected natural space: an office without foundations or floor plan, which thus emulates the constantly evolving network it hosts. Silicon Valley prefers not to raise its head too much, and not only for fear of earthquakes.
Its horizontal architecture reflects the fact that it is the most important core of the global network: the largest square in the world.
At the other end of the United States, however, on Fifth Avenue in New York, stands a 58-story building that represents an organizational tradition of all points. And no other person in the world is more decisive in the choice between network anarchy and world order than the absent owner of that dark tower.

Nowadays, many people make the mistake of thinking that the internet has changed the foundations of the world; However, as pointed out by a recent resolution of the Supreme Court of the United States approved by majority, the Internet is nothing more than the «modern public square», in the words of Judge Anthony Kennedy. The problems of 2017 are not nearly as new as we would like to believe.
However, the frescoes in the Sala dei Nove have survived nearly seven hundred years to serve as a memorable reminder that the problems of war and peace – and of good and bad government – are nothing new. Technologies come and go, but our world is still a world of squares and towers.

Many other books by Niall Ferguson commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/30/el-triunfo-del-dinero-como-las-finanzas-mueven-el-mundo-niall-ferguson-the-ascent-of-money-a-financial-history-of-the-world-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/09/26/civilizacion-occidente-y-el-resto-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/12/el-imperio-britanico-como-gran-bretana-logro-el-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/11/coloso-auge-y-decadencia-del-imperio-americano-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/06/la-guerra-del-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/19/la-gran-degeneracion-niall-ferguson/

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