Estampas Bostonianas Y Otros Viajes — Rosa Montero / Bostonian Prints and Other Travels by Rosa Montero (spanish book edition)

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Rosa Montero relata en este libro diversos viajes que ha realizado por su profesión de periodista. El libro se compone de relatos cortos, a menudo artículos, que componen una excelente obra de literatura de viajes publicados en el diario El País. El estilo de Montero es tan bueno como siempre, y su idea del viaje y lo que representa (el encuentro con el otro y con uno mismo) es refrescante. Leer este libro es viajar con ella.

Bagdad es una ciudad extensa y baja, como aplastada por los calores infernales del verano, una ciudad impersonal y occidentalizada, sin recuerdo de sí misma. Es de suponer que Bagdad dejó de ser esa capital cuajada de cúpulas y de recovecos mágicos de Las mil y una noches hace mucho tiempo, quizá en el siglo XIII después de Cristo, cuando el nieto de Gengis Khan, Hulagú, se apoderó de ella destruyéndola totalmente con la eficaz y aterradora ayuda de su ejército mongol. Atrás quedaba el recuerdo de las antiguas culturas que ocuparon Mesopotamia, el Irak de hoy: sumerios, caldeos, acadios, asirios…
A partir de la invasión bárbara, Irak pasó de mano en mano. Otomanos o ingleses ocuparon sus tierras hasta que en 1932 el país consiguió la independencia del poder británico. Una independencia puramente formal, por otra parte, que mantendría a Irak económicamente esclavizada de Occidente durante largo tiempo aún.
El Irak de hoy quizá sea eso: una hierba menuda y quebradiza, sitiada por la sed y los calores, que va creciendo poco a poco entre sobresaltos y entusiasmo.

Por cierto: con esa maravillosa vitalidad lingüística que tienen los norteamericanos para inventar nuevos conceptos, en Estados Unidos se ha acuñado una palabra para definir a aquellos negros clasistas y elitistas que reniegan de su raza, los negros que tienen el alma blanca: se les llama oreos. Oreo es la marca de un dulce, de una galleta de chocolate rellena de deliciosa nata.
—Por ejemplo —explica—, los norteamericanos utilizan la palabra retired para referirse a los jubilados. Es decir, retirado. Apartado de la actividad, del centro de las cosas. Y nosotros, en cambio, utilizamos la palabra jubilado, que viene de júbilo, de alegría. Es una concepción de la vida completamente diferente.
El dinero. El dinero es el verdadero dios de esta cultura; de eso no hay duda. Oh, sí, es una divinidad común en el mundo occidental, todos los países industriales vivimos instalados en esa absurda esquizofrenia entre la avaricia y los derroches, entre la avidez y el desperdicio. Pero en Estados Unidos eso se nota más. Claro que, tal como se lo han montado, necesitan dinero para todo. Dinero para pagar los astronómicos seguros médicos, es decir, para comprar salud. Dinero para costearse una pensión individual de vejez: para comprar futuro. Dinero para poder ofrecer a los hijos esa costosísima educación privada, esa escuela y universidad de elite que es la puerta para el ascenso en la escala social: para comprar el éxito. Dinero para poder adquirir una casa propia, y un coche adecuado, y todos los archiperres necesarios de una opulenta sociedad de consumo, todos los signos exteriores de la normalidad y la decencia: para comprar respeto. Todo se compra y todo se vende, todo tiene un precio dentro de esta obsesión por el dinero del universo norteamericano: debe de ser lo que se entiende por una sociedad de libre mercado.
Tengo la sensación de que Estados Unidos es una máquina de alta precisión orientada hacia el desentendimiento, hacia la amnesia. De que es un colosal ingenio de compartimentos estancos, en donde se educa a la gente a ignorar todo aquello que se sale del estrecho círculo de lo que ven y lo que tocan. El mundo se reduce a Estados Unidos, y Estados Unidos se reduce a tu barriada, tu casa, tu trabajo.

Australia fue uno de mis países preferidos: por su excitante mezcla de ciudades modernísimas y de tierras salvajes que no están marcadas en los mapas; y porque en las últimas décadas se las habían apañado para construir una sociedad multicultural de lo más atractiva, tolerante y abierta. Excepto con los abos (aborígenes y su generación perdida).
Aunque la relación de Australia con el Reino Unido es más bien la del niño adoptado que ansía que su madrastra le quiera como quieren las madres verdaderas. Durante toda la primera mitad del siglo XX dependieron económica y políticamente del Reino Unido, y en las dos guerras mundiales los australianos se entregaron con abnegación a la causa británica y sirvieron heroicamente de carne de cañón, sucumbiendo a decenas de miles en carnicerías tan tremendas como la de Gallípoli. Fue precisamente la Segunda Guerra Mundial la que marcó la primera ruptura emocional con la metrópoli: los japoneses bombardearon el norte del país, y los australianos, que temieron ser invadidos, no encontraron la ayuda necesaria en el Reino Unido.
Desde luego, Australia es un país único y distinto. La historia y la geografía, la fauna y la flora, todo confluye para hacer de este confín del mundo un lugar de un exotismo muy especial. Australia posee un territorio inmenso: su superficie es dieciséis veces la de España, pero tan sólo cuenta con dieciséis millones de habitantes. Tres grandes desiertos e infinidad de zonas áridas vacían el interior del país; la población se apretuja en la fértil costa oriental; dos tercios de los australianos viven en las ocho ciudades principales. Los grandes núcleos urbanos, sobre todo Melbourne y el bellísimo Sidney, con tres millones de habitantes cada uno, son rutilantes ciudades nuevas con un corazón de rascacielos. De primeras, su apariencia recuerda más a Estados Unidos que al Reino Unido, pero hay algo sutilmente distinto en el ambiente, un ritmo más relajado, un amor por la tradición, un mayor énfasis en la calidad de vida y en la armonía del detalle.
La sociedad abunda en epopeyas personales, historias de aventura y de conquista que palpitan bajo la sofisticación de las ciudades. Australia, que es uno de los países más confortables y ricos del mundo, es también la última frontera.

La cultura inuit es, al parecer, una de las más ricas y más complejas culturas prehistóricas, y el grado de inventiva y de ingenio técnico al que llegaron es asombroso. Sin apenas poseer recursos (ni siquiera madera: la línea de árboles queda mucho más abajo), los inuit inventaron canoas de dos tipos, arpones articulados y con flotadores, arcos y flechas, casas de hielo o iglús para el invierno, tiendas semisubterráneas de cuero de reno para el verano, lámparas de piedra de aceite de foca, ventanas de hielo transparente para el iglú y de traslúcida tripa de foca para las tiendas, botas impermeables, gafas de hueso contra la blancura cegadora, trineos, raquetas para no hundirse en la nieve fresca…
No poseían, claro está, lenguaje escrito: fue el reverendo Peck, un misionero anglicano, quien adaptó en 1894 el alfabeto silábico de los indios cree a la lengua de los inuit.
Los inuit son cien mil en todo el mundo, repartidos por Alaska, Groenlandia, Siberia y Canadá. Pero los canadienses son los únicos que se han mantenido al margen de la civilización occidental hasta hace tres décadas.

Alaska es una tierra rudimentaria y bella que se parece enormemente a su propio tópico. Todas las señales de tráfico del país están destrozadas a balazos. Todas las emisoras de radio ponen música country. Todos los pueblos están rodeados de chatarra, de coches destripados y lavadoras roñosas. Exagero, pero muy poco: sólo lo justo para atinar con la verdad.
Su belleza roza ciertamente lo incomparable. Tiene las montañas más negras y más afiladas que jamás he visto, cabalgadas por los glaciares más azules. Hay bosques intrincados de abedules y abetos; ríos tan poderosos como el Yukón; inquietantes lagos negros escondidos entre pantanos; fiordos colosales por los que navegan rebaños de icebergs y, por supuesto, la tundra, en ocasiones desolada como una luna cenagosa, a veces cubierta por una explosión de flores diminutas, o salpicada por abetos raquíticos y medio podridos, componiendo un paisaje fantasmal.
La naturaleza tiende a ser descomunal en estas tierras y, así, tienen, o eso dicen, el monte más alto de toda América del Norte, el McKinley, con más de seis mil metros de altura y la cabezota coronada de perpetuos hielos.
El clima, protagonista fundamental de la vida de Alaska. Como dicen todas las guías para desconcierto de los turistas, el tiempo es muy cambiante. Eso significa que llueve durante horas, luego sopla el viento, chaparronea, truena, hay niebla, diluvia, después vuelve a llover, sale el sol una mañana, cae una tormenta, hay un vendaval, llueve, vuelve a diluviar, graniza, gotea.
Después de la explotación de las pieles, llegó el oro; y luego, el salmón y la pesca del halibut, practicada también con tanta avidez que en algunos sitios las artes de arrastre acabaron con los fondos marinos. En los años setenta apareció el petróleo; y ahora empieza a desarrollarse el turismo, pesca y caza: a lo peor, y si no tienen cuidado, tal vez en pocos años acaben con la fauna. Porque Alaska es sin duda un país a medio hacer, crudo y elemental. Esta tierra es la frontera, pero la frontera de verdad. Es auténtica y llena de contrastes con icebergs que crujen contra la quilla del barco, y de los osos que se cruzan en tu camino, y de los lobos que te miran.

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Rosa Montero recounts in this book various trips she has made for her profession as a journalist. The book is composed of short stories, often articles, that make up an excellent work of travel literature published in the newspaper El País. Montero’s style is as good as ever, and his idea of ​​the trip and what it represents (the encounter with the other and with oneself) is refreshing. Reading this book is traveling with her.

Baghdad is a vast and low city, as if crushed by the infernal heats of summer, an impersonal and westernized city, with no memory of itself. Presumably, Baghdad ceased to be that capital filled with domes and magic recesses of the Arabian Nights a long time ago, perhaps in the thirteenth century after Christ, when Gengis Khan’s grandson, Hulagú, seized it by destroying totally with the effective and terrifying help of his Mongol army. Gone was the memory of the ancient cultures that occupied Mesopotamia, the Iraq of today: Sumerians, Chaldeans, Akkadians, Assyrians …
After the barbarian invasion, Iraq passed from hand to hand. Ottomans or Englishmen occupied their lands until in 1932 the country gained independence from British power. A purely formal independence, on the other hand, that would keep Iraq economically enslaved from the West for a long time yet.
Today’s Iraq may be that: a small and brittle herb, beset by thirst and heat, that is growing little by little between surprises and enthusiasm.

By the way: with that wonderful linguistic vitality that the North Americans have to invent new concepts, in the United States a word has been coined to define those classist and elitist blacks who deny their race, the blacks who have the white soul: they are called Oreos Oreo is the mark of a sweet, of a chocolate cookie filled with delicious cream.
For example, he explains, Americans use the word retired to refer to retirees. That is, retired. Section of activity, the center of things. And we, on the other hand, use the word retired, which comes from joy, from joy. It is a completely different conception of life.
The money. Money is the true god of this culture; There’s no doubt. Oh, yes, it is a common divinity in the Western world, all industrial countries live installed in that absurd schizophrenia between greed and waste, between avidity and waste. But in the United States that is more noticeable. Of course, as they have mounted it, they need money for everything. Money to pay the astronomical medical insurance, that is, to buy health. Money to pay for an individual old-age pension: to buy a future. Money to be able to offer the children that very expensive private education, that elite school and university that is the gateway for the rise in the social scale: to buy success. Money to be able to acquire a house of its own, and a suitable car, and all the necessary archiperres of an opulent consumer society, all the exterior signs of normality and decency: to buy respect. Everything is bought and everything is sold, everything has a price within this obsession for the money of the North American universe: it must be what is meant by a free market society.
I have the feeling that the United States is a high precision machine oriented towards misunderstanding, towards amnesia. That it is a colossal ingenuity of watertight compartments, where people are educated to ignore everything that comes out of the narrow circle of what they see and what they touch. The world is reduced to the United States, and the United States is reduced to your neighborhood, your home, your work.

Australia was one of my favorite countries: for its exciting mixture of modern cities and wild lands that are not marked on maps; and because in the last decades they had managed to build a multicultural society of the most attractive, tolerant and open. Except with the abos (aborigines and their lost generation).
Although the relationship of Australia with the United Kingdom is rather that of the adopted child who craves for his stepmother to love him as real mothers want him. Throughout the first half of the twentieth century they depended economically and politically on the United Kingdom, and in the two world wars the Australians devoted themselves selflessly to the British cause and heroically served as cannon fodder, succumbing to tens of thousands in butcheries as tremendous as that of Gallípoli. It was precisely the Second World War that marked the first emotional break with the metropolis: the Japanese bombed the north of the country, and the Australians, who feared to be invaded, did not find the necessary help in the United Kingdom.
Of course, Australia is a unique and different country. History and geography, fauna and flora, all come together to make this end of the world a place of a very special exoticism. Australia has an immense territory: its area is sixteen times that of Spain, but it only has sixteen million inhabitants. Three great deserts and countless arid zones empty the interior of the country; the population squeezes on the fertile eastern coast; Two-thirds of Australians live in the eight major cities. The large urban centers, especially Melbourne and the beautiful Sydney, with three million inhabitants each, are sparkling new cities with a heart of skyscrapers. At first, its appearance reminds more of the United States than the United Kingdom, but there is something subtly different in the environment, a more relaxed rhythm, a love for tradition, a greater emphasis on the quality of life and the harmony of detail.
The society abounds in personal epics, stories of adventure and conquest that pulsate under the sophistication of cities. Australia, which is one of the most comfortable and richest countries in the world, is also the last frontier.

The Inuit culture is, apparently, one of the richest and most complex prehistoric cultures, and the degree of inventiveness and technical ingenuity they reached is amazing. Barely possessing resources (not even wood: the tree line is much lower), the Inuit invented canoes of two types, articulated harpoons and with floats, bows and arrows, houses of ice or igloos for winter, semi-underground leather shops of reindeer for the summer, stone lamps of seal oil, windows of transparent ice for the igloo and of translucent seal gut for the tents, waterproof boots, glasses of bone against the blinding whiteness, sledges, rackets so as not to sink in the fresh snow …
They did not possess, of course, written language: it was the Reverend Peck, an Anglican missionary, who adapted in 1894 the syllabic alphabet of the Cree Indians to the language of the Inuit.
The Inuit are one hundred thousand in the whole world, distributed by Alaska, Greenland, Siberia and Canada. But Canadians are the only ones who have stayed out of Western civilization until three decades ago.

Alaska is a rudimentary and beautiful land that closely resembles its own topic. All the country’s traffic signals are shattered with bullets. All radio stations play country music. All the towns are surrounded by scrap metal, gutted cars and rusty washing machines. I exaggerate, but very little: only the right thing to do with the truth.
His beauty certainly touches the incomparable. It has the darkest and sharpest mountains I have ever seen, ridden by the bluest glaciers. There are intricate forests of birches and firs; rivers as powerful as the Yukon; disturbing black lakes hidden among swamps; colossal fjords through which herds of icebergs sail and, of course, the tundra, sometimes desolate like a muddy moon, sometimes covered by an explosion of tiny flowers, or sprinkled by spindly and half rotten firs, composing a ghostly landscape.
Nature tends to be huge in these lands and, thus, they have, or so they say, the highest mountain in all North America, the McKinley, with more than six thousand meters of height and the head crowned with perpetual ice.
The weather, fundamental protagonist of the life of Alaska. As all the guides say to the bewilderment of tourists, the weather is very changeable. That means that it rains for hours, then the wind blows, it chinks, it thunders, there is fog, it rains, then it rains again, the sun rises one morning, a storm falls, there is a gale, it rains, it returns to dilute, it hails, it drips.
After the exploitation of the skins, the gold arrived; and then, salmon and halibut fishing, also practiced with such avidity that in some places the trawl gear destroyed the seabed. In the seventies, oil appeared; and now tourism, fishing and hunting begin to develop: at worst, and if they are not careful, they may end up with fauna in a few years. Because Alaska is undoubtedly a country half done, crude and elementary. This land is the border, but the border really. It is authentic and full of contrasts with icebergs that creak against the ship’s keel, and the bears that cross your path, and the wolves that look at you.

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