Cultura E Imperialismo — Edward W. Said / Culture and Imperialism by Edward W. Said

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Muy buen libro. El colonialismo no es sólo un mero ejercicio de fuerza bruta por el cual un grupo de personas le arrebatan la soberanía de un territorio a otros. Es también un entramado teórico por el cual ese mismo acto de fuerza se autojustifica frente a colonos y nativos. En esta obra el gran Edward Said nos muestra como la literatura occidental de la época estaba impregnada por valores colonialistas. También indaga en el papel jugado por los intelectuales como legitimadores de las conquistas coloniales.
Sucedió, sin embargo, que en casi todo el mundo no europeo la llegada del hombre blanco levantó, al menos, alguna resistencia.

Este libro trata de cómo la cultura, el poder y el imperialismo han sido cosidos para convertir meras naciones en imperios. Es un tratado hermoso y profundo en el que el ejemplo colonial occidental moderno se utiliza como el caso preeminente en cuestión.
El autor describe los patrones generales de las relaciones entre el Occidente moderno y sus territorios de ultramar, en su mayoría de Asia, África, América y el Caribe. Y aunque deja en claro que, aunque la conquista de la tierra por la fuerza siempre fue el objetivo principal de los conquistadores, fueron las relaciones entre el conquistador y el conquistado, ya que esas relaciones se expresaron a través del lenguaje, que el poder de dominar su impulso justificatorio y cultural. Sólo a través del uso repetido de temas que acompañaron la conquista, surgieron las narrativas de la justificación, la retórica y la ideología de los estereotipos racistas y culturales como el verdadero motivo de la conquista.
Estos temas, en su mayoría retóricos, se entrelazaron a lo largo del tiempo y se les dio vida y expresión objetiva como ideologías, teologías y dramas de heroísmo blanco versus estereotipos raciales y culturales de color. En los EE. UU., Nos hemos familiarizado demasiado con ellos, ya que literalmente se han convertido en los instrumentos establecidos de la dominación racial e histórica blanca.
Estos temas consisten principalmente en narrativas que definen rigurosamente las identidades, pero lo hacen asumiendo que las identidades son estáticas e inmutables. Y luego, con tanto cuidado, estas identidades estáticas pueden llevar a cabo su función más importante: demarcar la línea divisoria no tan invisible entre «colonizador y colonizado», es decir, entre «nosotros» y «ellos» (Sartre proverbial otro).
Es en los planos narrativos y dramáticos donde se deciden las identidades, tanto para los individuos como para las naciones. Las naciones, para que no nos olvidemos, son poco más que colecciones de «historias de heroísmo» contadas en idiomas que sirven como el pegamento que une a las personas dentro de las culturas. Las historias de heroísmo puestas en escena en el contexto de dramas culturales sancionados, consolidan narrativas justificatorias de conquista y superioridad racial que luego son objetivadas y reificadas como costumbres y tradiciones (escritas y no escritas), así como leyes y reglas del camino que se usan para regular el comportamiento cotidiano tanto del conquistador como de los pueblos conquistados.
Los temas más comunes de hecho han sido transmitidos por las novelas occidentales y por lo tanto ya nos son familiares: «La carga del hombre blanco», «Destino manifiesto» y la madre de todos ellos: «Llevar la civilización cristiana a los salvajes». Siempre acompañan estos temas dos subtextos estrechamente relacionados: (1) «ellos son el otro» (es decir, no como nosotros); y por lo tanto merecía ser gobernado; y (2) «extraer la riqueza del suelo, y (3) siempre se requiere violencia» para someter a los espíritus rebeldes en «ellos». «Acompañando a estos temas que otorgan al colonizador el derecho automático de autogobernarse para gobernar a otras personas el familiar apela a los «intereses nacionales» y a la «seguridad nacional», así como la cláusula de exención de responsabilidad estándar de que «somos excepcionales, no imperialistas».
El autor, un crítico literario de clase mundial intimidante y experto en Medio Oriente, entre otros talentos, restringe su análisis a la novela occidental como la forma literaria de elección porque, como él lo ve, la novela está situada en el corazón de los exploradores occidentales. ‘ experiencias. Expresa, más que cualquier otra cosa, lo que tenían que decir sobre tierras extrañas y los hábitos culturales igualmente extraños en esas tierras. En resumen, según este autor, fue a través de la novela que los conquistadores occidentales afirmaron sus identidades e historia sobre aquellos a quienes conquistaron. Fueron las narrativas de la novela el vehículo creativo que ayudó a imponer la imaginación interpretativa a los pueblos conquistados a través de la cultura y el imperio del conquistador.
[No tengo ningún problema con esta tesis, siempre y cuando el impacto de la novela sea calificado y visto como una de muchas influencias culturales creativas; ¿O, como alternativa, debe ser visto como el «gran hotel» de todas las influencias literarias sobre la cultura?]
Pero ese buen punto no es de lo que trata este libro. Podría decirse que se trata del residuo y el rastro de escombros en la estela del imperio, del desagradable olor de la resistencia, que en todos los casos, sin excepción, provenía de aquellos cuyas identidades e historias estaban siendo suprimidas o no contadas. Al contar la historia completa de la aventura imperial, incluida la mitad faltante, el autor esperaba (como un objetivo didáctico secundario muy ambicioso) que podría servir como elemento de disuasión para el futuro. (Digo mucha suerte con esa esperanza?)
Pero es aquí donde el análisis del autor se vuelve mucho más rico y, al mismo tiempo, mucho más difícil de entender y seguir. Cuando se habla de (o para) lo conquistado, se vuelve inmediatamente claro que un nuevo paradigma para entender cómo emergen las culturas, ya no es una cuestión menor, o simplemente una opción discrecional, sino una necesidad teórica y práctica. Las bolsas dispares de resistencia cultural (por mucho que desearían pensar en sí mismas) no son los cuerpos egocéntricos y etnocéntricos «reduccionistas» aislados que articularon tan ingeniosamente. Por entre otras razones, si de hecho fuera posible que solo existieran como islas aisladas de unidades culturales exclusivas, ellos también simplemente se reducirían a «aspirantes mini-culturales del imperio chauvinista».
Poco importa si se habla de subculturas «feministas», «afrocéntricas» o «islamocéntricas», las autoridades antiguas no pueden simplemente ser reemplazadas por nuevas autoridades. Hemos visto esa película muchas veces y sabemos que también siempre termina mal. La totalidad de la empresa cultural en sí misma dicta y exige que las nuevas alineaciones crucen necesariamente las fronteras, las razas, los géneros, las tribus, los clanes, las entidades políticas y las naciones.
En resumen, la cultura no se puede reducir a sus elementos atómicos, ya sean naciones que compiten por el imperio, o grupos maltratados que luchan por mantener su identidad. Por definición, la cultura es una empresa sincrética y sistémica: la totalidad es su único medio. Ni la cultura ni la identidad se componen de elementos atómicos estáticos «independientes» de una cepa pura. Ambos son conceptos dinámicos. Todas las culturas e identidades son por lo tanto el resultado de la mestización, punto. Punto final. Al igual que el elusivo «gen puro», la idea de una cultura pura (o peor, una subcultura pura) es poco más que una ficción llena de deseos.
Lo que nos lleva de vuelta al nivel de los conquistadores. Las mismas reglas se aplican a las culturas de los conquistadores que buscan el imperio. Sin excepción, esos también son solo híbridos sincréticos de todas las culturas que vinieron antes que ellos. No existe una cultura pura inglesa, francesa, española, portuguesa u holandesa, ni ningún otro tipo de cultura para el caso. Son producciones evolutivas endógamas, culturalmente promiscuas e incestuosas. Ellos también se robaron descaradamente el uno del otro y del pasado. Lo cual me lleva a mi única preocupación sustantiva sobre el libro: ¿el autor eligió Inglaterra, Francia y los EE. UU. Como su elección de imperios imperialistas occidentales para estudiar, dejando visiblemente a España fuera de la mezcla por completo?
Dadas mis propias lecturas sobre la importancia crítica y amplia de España como una «plantilla imperial viviente» para los otros imperios que compiten en su lista, especialmente durante el período crítico de la «Era de la Exploración», me parece inconcebible que España sea excluidos de la lista? Por lo menos, ¿debería haber sido reconocida como la madrina de todos los imperialistas occidentales?
Pero hay otra razón más por la que España debería haber sido incluida: también era solo un producto cultural mestizo de la dominación de 700 años de su cultura por los moros. Las huellas digitales islámicas están en todo lo que se llama español. Período. Y simplemente no existe una «cultura española pura» (¿en vano como intentan hacerlo de otra manera?), Que no tiene anclaje de la influencia cultural morisca o islámica? Del mismo modo, no hay nada acerca de la plantilla imperialista inglesa, holandesa, portuguesa o estadounidense, desde la forma en que libró la guerra, dedicada a la trata de esclavos, pirateada en alta mar, a la forma en que su administración marítima operaba y navegaba en lo alto. mares, para igualar la forma en que se fletaron, alquilaron y financiaron los barcos, a cómo los países imperialistas occidentales usaron la religión como cobertura moral para su explotación, eso no es de origen español. Cualquiera que dude de esto debería simplemente revisar los archivos de Sevilla, Córdoba o Salamanca para convencerse de esta verdad sin lugar a dudas. Esos registros aún se guardan meticulosamente antes del siglo XIV.
Dado que al autor se le permitió «escoger y elegir» las novelas que usó para sustentar su tesis, uno fácilmente podría argumentar que solo en un sentido muy limitado fue la novela lo suficientemente robusta como para hacer el trabajo pesado para su tesis. Por lo tanto, no le permitió alcanzar por completo el objetivo que se propuso probar. A pesar de esto, su maquinaria teórica es inexpugnable, y sigue haciendo de este libro un tour-de-force tanto en el campo de la crítica literaria como en la historia política del imperialismo.

Libro profundo que arrastra innecesariamente el contexto personal / político que envuelve a los escritores, pero desearía haber traducido el francés, el alemán, etc. en inglés para nosotros lectores uni-linguales. Sobre Aida, me sorprende que ignorara la metedura de pata de Mariette, que debería haberlo sabido por su extensa estancia en Egipto, para colocar en la ópera un Templo de Vulcano (un dios ROMANO) en lugar de un egipcio. El Imperio Romano fue sorprendentemente indulgente en las colonias con respecto a las religiones nativas, siempre y cuando el emperador obtuviera su merecido, pero no recuerdo que erigieron estatuas o templos en territorios ocupados.
Me sorprendió que Said no mencionara el tema general del imperialismo británico, la «carga del hombre blanco». Y también la justificación del «Destino Manifiesto» estadounidense, junto con la Doctrina Monroe.

Mucha de la retórica del «Nuevo Orden Mundial» promulgado por el Gobierno norteamericano tras el final de la Guerra Fría, con su repetitivo autobombo, su inocultable triunfalismo y sus proclamas solemnes de responsabilidad, podría haber sido suscrita por el personaje de Conrad: «somos los números uno, estamos obligados a dirigir, defendemos la libertad y el orden», y así sucesivamente. Ningún norteamericano es inmune a este tipo de sentimientos y, sin embargo, la amenaza implícita contenida en los retratos de Holroyd y Gould raramente es perceptible dentro de la retórica del poder, porque cuando este se despliega en un decorado imperial, el decorado produce con demasiada facilidad una ilusión de benevolencia. No obstante, se trata de una retórica cuya característica más clara es que ha sido utilizada con anterioridad, y no solo una vez (por España y Portugal), sino, en la era moderna, con ensordecedora y repetitiva frecuencia, por los británicos, los franceses, los belgas, los japoneses, los rusos y ahora los norteamericanos.
La cultura del imperialismo no era invisible ni ocultaba sus afinidades e intereses mundanos. Existe suficiente claridad en las principales tendencias de la cultura como para tener en cuenta que se llevaban registros muchas veces escrupulosos, así como para comprender por qué nunca se les ha prestado demasiada atención. La razón de que hoy tengan tanta importancia, de que hayan dado origen a este y a otros trabajos, se deriva menos de una suerte de vindicación retrospectiva que de una necesidad perentoria de establecer lazos y conexiones. Uno de los logros del imperialismo fue unir más el mundo, y aunque en ese proceso la separación entre europeos y nativos fue insidiosa y fundamentalmente injusta, muchos de nosotros debemos ahora considerar la experiencia histórica del imperio como algo común a ambos lados. Por eso, la tarea es describirla en lo que tiene de común para indios y británicos, argelinos y franceses, occidentales y africanos, asiáticos, latinoamericanos y australianos, a pesar de la sangre derramada, del horror y del amargo resentimiento.

Ni el imperialismo ni el colonialismo son simples actuaciones de acumulación y adquisición. Ambos cuentan con el apoyo, y a veces con el impulso, de impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser dominados, así como nociones que son formas de conocimiento ligadas a tal dominación: el vocabulario de la cultura imperialista clásica está cuajada de palabras y conceptos como «inferior», «razas sometidas», «pueblos subordinados», «dependencia», «expansión» y «autoridad». A partir de las experiencias imperiales, las nociones acerca de la cultura fueron clarificadas, reforzadas, criticadas o rechazadas.
Creo que existe, en todas las culturas que se definen nacionalmente, una aspiración a la soberanía, a la absorción, a la dominación. En este aspecto coinciden la cultura francesa, la británica, la india o la japonesa. Al mismo tiempo, paradójicamente, nunca hemos sido tan conscientes de cuán extrañamente híbridas son las experiencias históricas y culturales, de cuánto tienen en común las numerosas y muchas veces contradictorias experiencias y campos, de cómo cruzan las fronteras nacionales desafiando la acción policial del dogma puro y del grosero patriotismo. Lejos de constituir entes unitarios, autónomos o monolíticos, las culturas, en realidad, adoptan más elementos «foráneos», más alteridades o diferencias de las que conscientemente excluyen. ¿Quién, en la India o en Argelia, puede separar con solvencia los componentes británicos o franceses pretéritos de la realidad presente, o quién, en Inglaterra o Francia, puede trazar un círculo alrededor del Londres inglés o del París francés que excluya el efecto de la India o de Argelia sobre esas dos ciudades imperiales?.
El imperialismo es una experiencia tan vasta y a la vez tan detallada con respecto a dimensiones culturales decisivas que debemos referirnos a territorios superpuestos, a historias entrecruzadas comunes a hombres y mujeres, a blancos y no blancos, a habitantes de las metrópolis y de las periferias, al pasado tanto como al presente y al futuro. Estos territorios e historias solo pueden ser contemplados desde la perspectiva del conjunto de la historia humana secular.

La narrativa de ficción y la historia (de la que subrayo el componente narrativo) son tareas domésticas de la cultura basadas en la potencia del registro, la ordenación y la observación provenientes de un sujeto central y capaz de autorizar su discurso: el yo. Predicar de ese sujeto, de manera casi tautológica, que escribe porque puede, es referirse no únicamente a la sociedad metropolitana, sino al mundo exterior. No cualquier miembro de una sociedad dada ejerce el poder de representar, retratar, caracterizar y describir. Más aún: el «qué» y el «cómo» de la representación de las «cosas», a pesar de que permiten una considerable libertad individual, están circunscritos y socialmente regulados. En los últimos años nos hemos vuelto muy conscientes de los moldes de la representación cultural de las mujeres, y, del mismo modo, advertimos las presiones que determinan la representación de razas y clases inferiores. En todas estas esferas —razas, clases y género—, la crítica se ha volcado correctamente sobre esas fuerzas institucionales que, dentro de las modernas sociedades occidentales, moldean y ponen límites a los que se consideran esencialmente como seres subordinados. Así, se ha mostrado que el mecanismo mismo de la representación es responsable de mantener subordinado al subordinado e inferior al inferior.
Mansfield Park no se limita a repetir experiencias, sino que las codifica. Desde nuestra perspectiva última podemos interpretar el poder de sir Thomas para ir y volver de Antigua como un balbuceo emanado de la experiencia nacional muda de la identidad individual, de la conducta y del «orden» (ordination) establecida con tanta ironía y tacto en Mansfield Park. Nuestra tarea consiste en no perder el sentido histórico de lo primero ni el total disfrute y gusto de lo segundo, sino en tenerlos a ambos a la vez.

El imperialismo no terminó, no se convirtió repentinamente en algo «pasado», una vez que la descolonización empezó a hacer efectivo el desmantelamiento de los imperios clásicos. Todo un legado de relaciones une todavía a países como Argelia y la India con Francia y Gran Bretaña respectivamente. Una extensa y nueva población de musulmanes, africanos y antillanos originarios de los antiguos territorios coloniales reside en la actualidad en la Europa metropolitana; incluso Italia, Alemania y Escandinavia deben afrontar hoy en día estos traspasos demográficos, que en gran medida son resultado del imperialismo y la descolonización, así como de la creciente población europea. Además, el fin de la guerra fría y de la Unión Soviética como tal ha cambiado definitivamente el mapa mundial. El triunfo de Estados Unidos como última superpotencia sugiere que el mundo se verá estructurado por una nueva serie de líneas de fuerza que ya empezaron a manifestarse durante los años sesenta y setenta.
La concepción de un mundo árabe actual dominado por los dirigentes de Egipto, Arabia Saudí y Siria, todos ellos trabajando en una nueva Pax Americana como parte del Nuevo Orden Mundial, no es creíble ni intelectual ni moralmente.
Todavía no se ha producido un debate en el espacio público norteamericano que suponga algo más que una mera identificación con el poder, a pesar de los peligros de ese poder en un mundo que se ha empequeñecido e interrelacionado de una forma tan acusada e impresionante. Siendo su población tan solo el 6 por ciento de la población del planeta, Estados Unidos no puede pretender por la fuerza tener el derecho de consumir, por ejemplo, el 30 por ciento de la energía mundial. Pero eso no es todo. Durante varias décadas, en Norteamérica se ha librado una guerra cultural contra los árabes y el islam: las espantosas caricaturas racistas de árabes y musulmanes sugieren que todos ellos son o terroristas o jeques, y que la zona es una gran extensión, árida y ruinosa, apta solo para sacar provecho de ella o para la guerra. La idea de que pueda existir una Historia, una cultura, una sociedad —de hecho, muchas sociedades— no ha aflorado más que en una o dos ocasiones, pero ni siquiera cuando las voces del coro proclamaban las virtudes del «multiculturalismo». El mercado fue invadido por un torrente de libros banales y superficiales escritos por periodistas, que proporcionó grandes beneficios a una serie de estereotipos deshumanizados: todos ellos presentaban a los árabes esencialmente como una u otra variante de Sadam.
La lealtad y el patriotismo deberían basarse en un sentido crítico de lo que son los hechos, y de lo que, como habitantes de este planeta empequeñecido y menguado, los norteamericanos deben a sus vecinos y al resto de la humanidad. Una adhesión exenta de crítica hacia la política del presente, especialmente cuando es tan costosa, es algo cuya hegemonía se debe evitar.
La operación Tormenta del Desierto representó, en última instancia, una guerra imperial contra el pueblo iraquí, un esfuerzo por vencer y matar a sus gentes como parte de un intento más global por vencer y matar a Sadam Husein. Sin embargo, la televisión norteamericana omitió totalmente este aspecto anacrónico y singularmente sangriento, como sistema para mantener la imagen de inofensivo juego de Nintendo, y la paralela imagen de los norteamericanos como guerreros virtuosos y decentes.

La crisis del Tercer Mundo no presenta desafíos que sugieran un aumento considerable de lo que Ahmad denomina «una lógica del desafío». Al tener que renunciar a las creencias tradicionales, los nuevos estados independientes reconocen el relativismo y las posibilidades inherentes de todas las sociedades, escalas de valores o prácticas culturales. La experiencia del logro de la independencia permite alentar «optimismo: y supone el surgimiento y difusión de un sentimiento de esperanza y poder. Se difunde así la opinión de que lo que existe no tiene por qué existir, de que la gente puede mejorar su vida si lo intenta [y]… supone también la difusión del racionalismo… con la propagación de la idea de que la planificación, la organización y el uso del conocimiento científico resolverán los problemas sociales».
El imperialismo consolidó la mezcla de culturas e identidades a escala global. Pero su regalo más complejo y paradójico fue que permitió que los pueblos se creyesen única y sobre todo, exclusivamente, blancos, negros, occidentales u orientales. No obstante del mismo modo en que los seres humanos hacen su propia historia, los pueblos también se hicieron sus identidades étnicas y sus culturas. Nadie puede negar la continuidad persistente de las largas tradiciones, sostenidos asentamientos, lenguajes nacionales y geografías culturales. Pero no parece existir razón, excepto el miedo y el prejuicio, para que se insista en su separación y sus caracteres distintivos, como si la vida humana consistiese solo en eso. De hecho, sobrevivir supone establecer conexiones entre las cosas: en frase de Eliot, no se puede privar a la realidad de «los otros ecos [que] habitan el jardín». Es mucho más satisfactorio, y más difícil, pensar con simpatía, en concreto y en contrapunto acerca de los otros, y no hacerlo únicamente sobre «nosotros». Pero esto también significa que se debe intentar no dominar a los otros, ni tratar de clasificarlos o situarlos en moldes jerárquicos. Y, por encima de todo, no reiterar constantemente que «nuestra» cultura o país es el número uno (o no lo es, para el caso). Un intelectual para quien existan suficientes elementos de valor puede prescindir de ello.

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A very good book. Colonialism is not just a mere exercise of brute force by which a group of people snatch sovereignty from one territory to another. It is also a theoretical framework by which that same act of force self-justifies itself against colonists and natives. In this work the great Edward Said shows us how western literature of the time was impregnated by colonialist values. It also explores the role played by intellectuals as legitimators of colonial conquests.
It happened, however, that in almost all the non-European world the arrival of the white man raised, at least, some resistance.

This book is about how culture, power and imperialism have been stitched together to turn mere nations into Empires. It is a beautiful and deep treatise in which the modern Western colonial example is used as the preeminent case in point.
The author describes the general patterns of relationships between the modern West and its overseas territories of mostly Asia, Africa, the Americas and the Caribbean. And although the he makes clear that even though the conquest of land by force was always the main objective of the conquerors, it was the relationships between conqueror and conquered — as those relationships were given expression through language — that the power to dominate acquired its justificatory and cultural momentum. Only through the repeated use of themes that accompanied conquest, did the narratives of justification, the rhetoric and ideology of racist and cultural stereotypes emerge as the real motive power behind conquest.
These mostly rhetorical themes were woven together over time and were given life and objetive expression as ideologies, theologies and dramas of white heroism versus colored racial and cultural stereotypes. In the U.S., we have become all too familiar with them since they have quite literally become the established instrumentalities of white racial and historical domination.
These themes consist mostly of narratives that rigorously define identities, but do so by assuming that identities are static and unchanging. And then, just as carefully, these static identities are allowed to carry out their most important function: demarcating the not so invisible dividing line between «colonizer and the «colonized,» that is to say between «us» and «them» (Sartre’s proverbial other).
It is on the narrative and the dramatic planes that identities are decided — both for individuals as well as for nations. Nations, lest we forget, are little more than collections of «stories of heroism» told in languages that serve as the glue that binds people within cultures together. Stories of heroism staged in the context of sanctioned cultural dramas, consolidate justificatory narratives of conquest and racial superiority that are then objectified and reified as customs and traditions (written and unwritten), as well as laws and rules of the road that are used to regulate the everyday behavior of both the conqueror and conquered peoples.
The most common themes have indeed been handed down by Western novels and thus are already familiar to us: «The White man’s burden,» «Manifest Destiny,» and the mother of them all: «Bringing Christian civilization to the savages.» Always accompanying these themes are two closely related subtexts: (1) «they are the other,» (i.e., not like us); and therefore deserved to be ruled; and (2) «to draw the richness from the soil; and (3) violence is always required «to subdue rebellious spirits in ‘them.'» Accompanying these themes that grant the colonizer the automatic self-serving right to rule other people were the familiar appeals to «national interests» and «national security» as well as the standard disclaimer that «we are exceptional, not imperialistic?»
The author, an intimidating world-class literary critic and Middle East expert, among other talents, restricts his analysis to the Western novel as the literary form of choice because as he sees it, the novel is situated at the very heart of the Western explorers’ experiences. It, more than anything else, expresses what they had to say about strange lands and the equally strange cultural habits in those lands. In short, according to this author, it was through the novel that the Western conquerors asserted their identities and history upon those they conquered. It was the narratives of the novel that was the creative vehicle that helped imposed the interpretative imagination upon conquered peoples via the culture and empire of the conqueror.
[I have no problem with this thesis, so long as the novel’s impact is either qualified and seen as one of many such creative cultural influences; or, alternatively it must then be seen as the «grand hotel» of all literary influences on culture?]
But that fine point is not what this book is about. Arguably, It is about the residue and the trail of debris in the wake of empire, about the unpleasant odor of resistance, which in every instance, bar none, came from those whose identities and stories were being either suppressed or went untold. By telling the full story of imperial adventure, including the missing half, the author hoped (as a secondary very ambitious didactic purpose), that it might serve as a deterrent for the future. (I say lots of luck on that hope?)
But it is here where the author’s analysis gets much richer and at the same time much more difficult to understand and follow. When speaking of (or for) the conquered, it becomes immediately clear that a new paradigm for understanding how cultures emerge, becomes no longer a small matter, or just a discretionary option, but a theoretical and practical necessity. The disparate pockets of cultural resistance (as much as they might wish to otherwise think of themselves), are not the isolated egocentric and ethnocentric «reductionist» bodies they so artfully articulate themselves to be. For among other reasons, if it were in fact possible for them to exist only as such isolated islands of exclusive cultural units, they too would then simply reduce themselves to «mini-cultural chauvinistic empire wannabes?»
It matters little whether one is speaking of «Feminist,» «Afrocentric,» or «Islamocentric» subcultures, old authorities cannot simply be replaced by new authorities. We have seen that movie many times and know that it too always ends badly. The wholeness of the cultural enterprise itself dictates and demands that new alignments must necessarily cross borders, races, genders, tribes, clans, polities and nations.
In short, culture cannot be reduced to its atomic elements, whether it be nations vying for empire, or battered groups struggling to maintain their identity. By definition culture is a syncretic as well as a systemic enterprise: Wholeness is its only milieu. Neither culture nor identity is composed of static «stand-alone» atomic elements of a pure strain. They both are dynamic concepts. All cultures and identities are thus the result of mongrelization, period. Full stop. Just like the elusive «pure gene,» the idea of a pure culture (or worse, a pure subculture) is little more than a wishful-filling fiction.
Which gets us back up to the level of the conquerors. The same rules hold true of the cultures of empire-seeking conquerors. Bar none, those too are just syncretic hybrids of all the cultures that came before them. There is no such thing as a pure English, French, Spanish, Portuguese or Dutch culture — or any other kind of cutlure for that matter. They are all inbred, culturally promiscuous and incestuous, evolutionary productions. They too shamelessly stole from each other as well as from the past. Which brings me to my only substantive concern about the book: the author’s choose England, France and the U.S., as his choice of Western imperialist empires to study, conspicuously leaving Spain out of the mix altogether?
Given my own readings about the critical and extensive importance of Spain as a «living imperial template» for the other competing empires in his list, especially during the critical period of the «Era of Exploration,» it seems inconceivable to me that Spain would be excluded from the list? At the very least, it should have been acknowledged as the Godmother of all Western Imperialists?
But there is yet another reason why Spain should have been included: It too was just a mongrelized cultural product of the seven-hundred year domination of its culture by the Moors. The Islamic fingerprints are on everything called Spanish. Period. And there simply is no such thing as a «pure Spanish culture» (as vainly as they try to make it otherwise), that is unmoored from moorish or Islamic cultural influence? Likewise, there is nothing about the English, Dutch, Portuguese, or American imperialist template — from the way it waged war, engaged in the slave trade, pirated on the high seas, to the way its maritime administration operated and sailed on the high seas, to even the way ships were chartered, leased and financed, to how Western imperialist countries used religion as a moral cover for their exploitation — that is not of Spanish origin. Anyone who doubts this should just review the archives in Seville, Cordoba, or Salamanca to be convinced of this truth beyond any shadow of doubt. Those records are still meticulously kept back to well before the 14th Century.
Given that the author was allowed to «pick and choose» the novels he used to support his thesis, one could easily argue that only in a very limited sense was the novel robust enough to do the heavy-lifting for the his thesis. It thus did not allow him to entirely achieve the goal he set out to prove. Despite this, his theoretical machinery is unassailable, still making this book a tour-de-force in both the field of literary criticism and the political history of imperialism.

Deep book that much-neededly drags the personal/political contex that envelops writers into open, but I wish he had translated the French, German,etc. into English for us uni-lingual readers. About Aida, I’m surprised he ignored the gaffe by Mariette–who should have known better from his extensive time in Egypt–to place a Temple of Vulcan (a ROMAN god) rather than Egyptian into opera. The Roman Empire was surprisingly lenient in colonies regarding native religions as long as the Emperor got his due, but I don’t recall that they erected statues or temples in occupied territories.
I was suprprised that Said did not mention the over-arching theme of British imperialism , the «white man’s burden». And also the American «Manifest Destiny» justification, along with Monroe Doctrine

Much of the rhetoric of the «New World Order» promulgated by the North American Government after the end of the Cold War, with its repetitive self-rhetoric, its unconcealed triumphalism and its solemn proclamations of responsibility, could have been subscribed by Conrad’s character: «we are the numbers one, we are obliged to direct, we defend freedom and order, «and so on. No American is immune to this kind of feeling, and yet the implicit threat contained in the portraits of Holroyd and Gould is rarely perceptible within the rhetoric of power, because when it unfolds in an imperial setting, the scenery produces too much. ease an illusion of benevolence. However, it is a rhetoric whose clear characteristic is that it has been used before, and not only once (by Spain and Portugal), but, in the modern era, with deafening and repetitive frequency, by the British, French, Belgians, Japanese, Russians and now Americans.
The culture of imperialism was not invisible nor did it hide its worldly affinities and interests. There is enough clarity in the main trends of the culture to take into account that often scrupulous records were kept, as well as to understand why they have never been paid too much attention. The reason that today they are so important, that they have given rise to this and other works, derives less from a kind of retrospective vindication than from a peremptory need to establish ties and connections. One of the achievements of imperialism was to unite the world more, and although in that process the separation between Europeans and natives was insidious and fundamentally unjust, many of us must now consider the historical experience of the empire as common to both sides. Therefore, the task is to describe it in what it has in common for Indians and British, Algerians and French, Western and African, Asian, Latin American and Australian, despite the blood shed, the horror and the bitter resentment.

Neither imperialism nor colonialism are mere actions of accumulation and acquisition. Both have the support, and sometimes the impulse, of impressive ideological formations that include the conviction that certain territories and peoples need and beg to be dominated, as well as notions that are forms of knowledge linked to such domination: the vocabulary of culture The classical imperialist is full of words and concepts such as «inferior», «subdued races», «subordinate peoples», «dependence», «expansion» and «authority». From the imperial experiences, the notions about the culture were clarified, reinforced, criticized or rejected.
I believe that there exists, in all cultures that are defined nationally, an aspiration to sovereignty, to absorption, to domination. In this aspect, French, British, Indian or Japanese culture coincide. At the same time, paradoxically, we have never been so aware of how strangely hybrid are the historical and cultural experiences, how much they have in common the many and often contradictory experiences and fields, how they cross national borders, challenging the police action of pure dogma and the rude patriotism. Far from constituting unitary, autonomous or monolithic entities, cultures, in fact, adopt more «foreign» elements, more alterities or differences of which they consciously exclude. Who, in India or in Algeria, can cleverly separate the predatory British or French components of present reality, or who, in England or France, can draw a circle around English London or French Paris that excludes the effect of India or Algeria on those two imperial cities ?.
Imperialism is such a vast and at the same time so detailed experience with respect to decisive cultural dimensions that we must refer to overlapping territories, to intersecting histories common to men and women, to whites and nonwhites, to inhabitants of the metropolis and peripheries, to the past as much as to the present and the future. These territories and stories can only be contemplated from the perspective of the whole of secular human history.

Imperialism did not end, it did not suddenly become something «past», once decolonization began to make effective the dismantling of the classical empires. A whole legacy of relations still unites countries such as Algeria and India with France and Great Britain respectively. An extensive and new population of Muslims, Africans and Antilleans originating from the former colonial territories currently resides in metropolitan Europe; even Italy, Germany and Scandinavia must now face these demographic transfers, which are largely the result of imperialism and decolonization, as well as the growing European population. In addition, the end of the cold war and the Soviet Union as such has definitely changed the world map. The triumph of the United States as the last superpower suggests that the world will be structured by a new series of lines of force that began to manifest themselves during the sixties and seventies.
The conception of a current Arab world dominated by the leaders of Egypt, Saudi Arabia and Syria, all of them working on a new Pax Americana as part of the New World Order, is not credible either intellectually or morally.
There has not yet been a debate in the American public space that involves more than a mere identification with power, despite the dangers of that power in a world that has been dwarfed and interrelated in such an impressive and impressive way. Since its population is only 6 percent of the population of the planet, the United States can not claim by force to have the right to consume, for example, 30 percent of the world’s energy. But that is not all. For several decades, a cultural war against Arabs and Islam has been waged in North America: the horrific racist caricatures of Arabs and Muslims suggest that they are all terrorists or sheikhs, and that the area is a large, arid and dilapidated area, apt only to take advantage of it or for war. The idea that there can be a History, a culture, a society – in fact, many societies – has surfaced only once or twice, but not even when the voices of the choir proclaimed the virtues of «multiculturalism.» The market was invaded by a torrent of banal and superficial books written by journalists, which provided great benefits to a series of dehumanized stereotypes: they all presented the Arabs essentially as one or another variant of Saddam.
Loyalty and patriotism should be based on a critical sense of what the facts are, and of what, as inhabitants of this planet dwarfed and diminished, Americans owe to their neighbors and the rest of humanity. A non-critical adherence to the politics of the present, especially when it is so costly, is something whose hegemony should be avoided.
The Desert Storm operation represented, in the final analysis, an imperial war against the Iraqi people, an effort to defeat and kill its people as part of a more global attempt to defeat and kill Saddam Hussein. However, American television totally omitted this anachronistic and singularly bloody aspect, as a system to maintain the image of Nintendo’s harmless game, and the parallel image of the Americans as virtuous and decent warriors.

The Third World crisis presents no challenges that suggest a considerable increase in what Ahmad calls «a logic of defiance.» Having to renounce traditional beliefs, the new independent states recognize relativism and the inherent possibilities of all societies, scales of values ​​or cultural practices. The experience of the achievement of independence allows to encourage «optimism: and it supposes the emergence and diffusion of a feeling of hope and power. It spreads the opinion that what exists does not have to exist, that people can improve their lives if they try [and] … it also implies the diffusion of rationalism … with the propagation of the idea that the planning, organization and use of scientific knowledge will solve social problems. »
Imperialism consolidated the mix of cultures and identities on a global scale. But his most complex and paradoxical gift was that he allowed the peoples to believe themselves to be unique and above all, exclusively, whites, blacks, Westerners or Orientals. However in the same way that human beings make their own history, the peoples also made their ethnic identities and their cultures. No one can deny the persistent continuity of long traditions, sustained settlements, national languages ​​and cultural geographies. But there seems to be no reason, except fear and prejudice, to insist on their separation and their distinctive characters, as if human life consisted only in that. In fact, to survive means to establish connections between things: in Eliot’s phrase, reality can not be deprived of «the other echoes [that] inhabit the garden». It is much more satisfying, and more difficult, to think sympathetically, specifically and in counterpoint about others, and not just about «us.» But this also means that one should try not to dominate others, nor try to classify them or place them in hierarchical molds. And, above all, do not constantly reiterate that «our» culture or country is number one (or it is not, for that matter). An intellectual for whom there are sufficient elements of value can do without it.

3 pensamientos en “Cultura E Imperialismo — Edward W. Said / Culture and Imperialism by Edward W. Said

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