Ya Sabes Que Volveré. Tres Grandes Escritoras En Auschwitz Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum — Mercedes Monmany / You already know I’ll be back Three Great Writers in Auschwitz Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar and Etty Hillesum by Mercedes Monmany (spanish book edition)

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Decir que me recomendaron este libro y fue un acierto. Muy bien escrito y trata un tema que me ha interesado mucho. Tres mujeres con una vida impresionante en un mundo terrible Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum. A través de sus destinos, distintos en sus orígenes pero emparentados al final por la barbarie, Monmany traza la desaparición de gran parte de la intelectualidad europea y de la tradición de la modernidad judía que tanto conformó la identidad del continente desde Spinoza hasta la irrupción de los totalitarismos.
Pero al mismo tiempo, describe su imbatible voluntad de vivir, su preocupación por los demás, su optimismo reflejado en el título del volumen, «Ya sabes que volveré», como decían una y otra vez en sus correspondencias. Las tres autoras se habían asignado una misión: preservar a la humanidad en su conjunto.

Irène Némirovsky, al contrario que las dos anteriormente citadas, ya era una figura estelar de su época, cuyas novelas estuvieron muy de moda en los años treinta, con una gran y permanente resonancia en la prensa francesa. Una vez acabada la guerra, su pista se perdió durante años. Pero en 2004 sucedería algo inesperado e Irène «volvió». Se convirtió en todo un caso literario: le fue concedido el premio Renaudot por su novela póstuma Suite francesa. Escritora en lengua francesa de origen ruso Irène Némirovsky, que había nacido en Kiev, en 1903, fue deportada por los nazis en julio de 1942, muriendo un mes después en Auschwitz, el 17 de agosto, probablemente de tifus, a la edad de treinta y nueve años. Aparte de tratarse de la primera vez en la historia que se otorgaba este premio de gran relevancia a alguien ya fallecido, esta obra, que Irène estuvo escribiendo y retocando hasta el último momento, quedando al cuidado de sus hijas, entonces unas niñas, se trataba de un testimonio desgarrador y sumamente duro e incisivo sobre los tiempos de la Ocupación y la guerra mundial en Francia, que causó una enorme conmoción.

Aunque los escritos de Etty Hillesum, una mujer joven que escogió voluntariamente la deportación a pesar de habérsele ofrecido en numerosas ocasiones la posibilidad de escapar, poseían un extraordinario nivel de perfección formal, el interés iba mucho más allá de su carácter estrictamente literario o del valor como documento histórico que, por supuesto, también lo tenía. La arrolladora personalidad de Etty, el recorrido interior que caminó paralelo a la peor época posiblemente de destrucción y caos de la Humanidad, revelaba en cada uno de sus textos unas cualidades humanas y éticas realmente sorprendentes, de una honda y rara profundidad, que conmovía a cada momento.
La noche del viernes 3 de julio de 1942, un año antes de ser deportada a Auschwitz, Etty escribe: «Una certeza: quieren nuestra completa destrucción. Lo acepto. No atosigaré a los demás con mis temores, no estaré amargada si los demás no entienden qué es importante para los judíos». En todo lo que ha dejado escrito esta joven valiente, decidida a plantarle cara a la barbarie a través de la paz del espíritu y su firme decisión de «entender y examinar a fondo incluso los crímenes más terribles», el odio se mantenía siempre firmemente alejado, a raya; incluso el dolor, la devastación interior y exterior.
El 7 de septiembre, a pesar de los últimos y desesperados intentos emprendidos por sus amigos, Etty salía hacia Auschwitz al mismo tiempo que su hermano Mischa y sus padres. Louis y Rebecca Hillesum serían gaseados nada más llegar. Los hombres y mujeres válidos para el trabajo fueron empleados hasta que las fuerzas los abandonaban, como seguramente pasó con Etty, que murió el 30 de noviembre de 1943. Mischa lo hizo el 31 de marzo de 1944.
Muchas definiciones cabrían para intentar atrapar la figura de aquella joven sorprendente, innata escritora que se reveló a la posteridad a través de un Diario emprendido como «una expedición polar» –como a ella le gustaba decir– en busca de la verdad. Una desinhibida, pletórica, clarividente, exuberante y liberada santa Teresa de nuestros días que emprende un luminoso «camino interior» ligado a la meditación, a la vez que se refugia sin cesar en la oración «como en la celda de un convento».
El Holocausto fue su escuela de la vida y del amor, su ventana abierta a la muerte, al sufrimiento, a la unión con los otros y a la sabiduría interior. Así lo dejó dicho: «Si llegase a sobrevivir a esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Mas si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo».

Kolmar nunca sería una escritora realista, ni siquiera una cronista minuciosa de aquellos tiempos terribles, como lo pudo ser Victor Klemperer en su famoso Diario. Tanto en sus poemas como en sus relatos, en los que abunda el empleo de la metáfora y las imágenes trastornadas y fuertemente simbólicas, imágenes que subliman y a la vez hacen aflorar los reflejos y las turbulencias del alma de su autora, es imposible encontrar una transcripción exacta o siquiera orientativa de la historia y del presente de Alemania. Ni siquiera los angustiosos acontecimientos cotidianos que se estaban viviendo en aquellos días radicalmente asfixiantes para los judíos, ofrecen en su obra ningún tipo de apoyo en la realidad. Sus realidades, sus menciones simbólicas, sus referencias a hechos concretos, sus negras premoniciones, siempre eran de otro tipo: interiores, recónditas, oscuras, enmascaradas.
Sólo se advierte por doquier un inmenso panorama de tristeza y de sombras que van invadiendo todo. Una especie de amenaza letal en el ambiente y una inmensa melancolía teñida de amargura y espanto ante la catástrofe que se dibujaba a diario. La misma negra desesperación.

Hago aquí la promesa –dejará escrito Irène Némirovsky el 28 de junio de 1941, en su cuaderno de notas– de no volver a descargar mi rencor, por justificado que sea, sobre una masa de hombres, sean cuales sean su raza, religión, convicciones, prejuicios o errores.» Esa defensa del individuo por encima de la masa, de los uniformes o de ideologías feroces que lo «representaban» de algún modo en aquella época de odio y salvajismo desatado, Irène la cumpliría, al pie de la letra, brillantemente, en su turbulenta obra póstuma y coral, que quedaría inédita, Suite francesa. En una anotación relativa a la elaboración de su obra del 1 de julio de 1942, mes y medio antes de ser enviada a Auschwitz, y de morir nada más llegar, seguiría insistiendo sobre esta idea «troncal» de su última obra: «Unificar, simplificar constantemente el libro (en su totalidad) debe dar como resultado una lucha entre el destino individual y el destino común. No hay que tomar partido».
En Suite francesa se suceden diálogos muy significativos entre los «dos frentes» simbólicos de aquellos días. Por un lado, el ocupante alemán –representado por un oficial amante de la música, que se enamora de la nuera de una orgullosa y rancia burguesa, cuyo hijo está preso en algún lugar de Alemania y en cuya mansión del campo se ha hospedado el soldado– y, por otro lado, la joven francesa sensible, aficionada a la lectura, insatisfecha con la vida gris, mezquina y materialista que tiene que soportar desde que se casó con un joven y tiránico propietario rural que la engaña desde hace tiempo.
La Francia que mostraba Irène Némirovsky en esta última obra o testamento «literario» que no dejó de escribir hasta el final se hallaba diseccionada y descosida hasta en sus más mínimos pliegues y estratos: desde el campesinado a la altiva e hipócrita burguesía católica, desde los asustados y clasistas aristócratas dispuestos inmediatamente a «colaborar» a los fatuos y ególatras intelectuales, desde simples empleados parisinos a arribistas y parvenus con sus sumisas y obsequiosas amantes. Por no hablar de los jóvenes soldados que vuelven abatidos y sin esperanzas del frente tras haber sido vencidos en una guerra que casi no merecerá clasificarse como tal.
Némirovsky no era antisemita: tan sólo buscaba las claves del carácter judío, que conocía bien, en ella misma y a su alrededor. Por judeidad no entendía ninguna particularidad de sangre o de raza, sino una solidaridad de lágrimas derramadas en común a lo largo de los siglos, por generaciones enteras de perseguidos».

El libro tiene un anexo de fotografías.

I must say this book was recommended to me and it was a success. Very well written and it deals with a subject that has interested me a lot. Three women with an awesome life in a terrible world Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar and Etty Hillesum. Through their destinies, different in their origins but related in the end by barbarism, Monmany traces the disappearance of a large part of the European intelligentsia and the tradition of Jewish modernity that shaped the identity of the continent from Spinoza to the irruption of the totalitarianisms.
But at the same time, he describes his unbeatable will to live, his concern for others, his optimism reflected in the title of the volume, «You know I’ll be back,» as they said over and over again in their correspondence. The three authors had been assigned a mission: to preserve humanity as a whole.

Irène Némirovsky, unlike the two previously mentioned, was already a star of his time, whose novels were very fashionable in the thirties, with a great and permanent resonance in the French press. Once the war was over, his track was lost for years. But in 2004 something unexpected would happen and Irène «returned». It became a literary case: he was awarded the Renaudot Prize for his posthumous novel French Suite. Writer in French language of Russian origin Irène Némirovsky, who had been born in Kiev, in 1903, was deported by the Nazis in July 1942, dying a month later in Auschwitz, on August 17, probably of typhus, at the age of thirty and nine years. Apart from being the first time in history that this award of great relevance was given to someone already deceased, this work, which Irène was writing and retouching until the last moment, being left in the care of his daughters, then some girls, it was of a heartbreaking and extremely hard and incisive testimony about the times of the Occupation and the world war in France, which caused a huge commotion.

Although the writings of Etty Hillesum, a young woman who voluntarily chose deportation despite having been offered on many occasions the possibility of escape, possessed an extraordinary level of formal perfection, the interest went far beyond its strictly literary or value as a historical document that, of course, also had it. The overwhelming personality of Etty, the inner journey that walked parallel to the worst possible era of destruction and chaos of Humanity, revealed in each of his texts some really surprising human and ethical qualities, of a deep and rare depth, that moved the every moment
On the night of Friday, July 3, 1942, one year before being deported to Auschwitz, Etty writes: «One certainty: they want our complete destruction. I accept it. I will not alienate others with my fears, I will not be bitter if others do not understand what is important to Jews. » In all that this brave young woman has left written, determined to stand up to barbarism through peace of mind and her firm decision to «understand and thoroughly examine even the most terrible crimes», hatred always remained firmly , at bay; even pain, inner and outer devastation.
On September 7, despite the last and desperate attempts made by his friends, Etty left for Auschwitz at the same time as his brother Mischa and his parents. Louis and Rebecca Hillesum would be gassed as soon as they arrived. The men and women valid for the work were employed until the forces left them, as surely happened with Etty, who died on November 30, 1943. Mischa did it on March 31, 1944.
Many definitions would fit to try to catch the figure of that surprising young, innate writer who revealed herself to posterity through a diary undertaken as «a polar expedition» – as she liked to say – in search of the truth. An uninhibited, plethoric, clairvoyant, exuberant and liberated Saint Teresa of our days who embarks on a luminous «inner path» linked to meditation, while she takes refuge incessantly in prayer «as in the cell of a convent.»
The Holocaust was his school of life and love, his window open to death, suffering, union with others and inner wisdom. This is what he said: «If I survive this stage, I will emerge as a wiser and deeper being. But if I succumb, I will die as a wiser and deeper being».

Kolmar would never be a realistic writer, not even a thorough chronicler of those terrible times, as Victor Klemperer might have been in his famous Diary. Both in his poems and in his stories, which abound in the use of metaphor and images that are upset and strongly symbolic, images that sublimate and at the same time bring out the reflections and turbulences of the author’s soul, it is impossible to find a transcription accurate or even indicative of the history and present of Germany. Not even the agonizing daily events that were being lived in those days radically suffocating for the Jews, offer in their work no kind of support in reality. His realities, his symbolic mentions, his references to concrete facts, his black premonitions, were always of another type: interior, hidden, dark, masked.
There is an immense panorama of sadness and shadows that invade everything. A kind of lethal threat in the environment and an immense melancholy tinged with bitterness and horror before the catastrophe that was drawn daily. The same black despair.

I make the promise here-it will be written by Irène Némirovsky on June 28, 1941, in his notebook-of not returning to unload my resentment, however justified, on a mass of men, whatever their race, religion, convictions , prejudice or errors. «That defense of the individual over the mass, of the uniforms or fierce ideologies that» represented «him in some way in that era of hatred and wildness unleashed, Irène would fulfill it, literally, brilliantly, in its turbulent posthumous and choral work, which would remain unpublished, French Suite. In an annotation relating to the preparation of his work on July 1, 1942, a month and a half before being sent to Auschwitz, and to die as soon as he arrived, he would continue insisting on this «trunk» idea of ​​his latest work: «Unify, Constantly simplifying the book (in its entirety) must result in a struggle between the individual destiny and the common destiny. We must not take sides ».
In the French Suite, significant dialogues take place between the symbolic «two fronts» of those days. On the one hand, the German occupant -represented by a music-loving officer, who falls in love with the daughter-in-law of a proud and rancid bourgeoisie, whose son is imprisoned somewhere in Germany and in whose mansion of the countryside the soldier has stayed – and, on the other hand, the sensitive young French woman, keen on reading, dissatisfied with the gray, mean and materialistic life she has had to endure since she married a young and tyrannical rural owner who has long deceived her.
The France that Irène Némirovsky showed in this last work or «literary» testament that he did not stop writing until the very end was dissected and disentangled even in its smallest folds and strata: from the peasantry to the haughty and hypocritical Catholic bourgeoisie, from the frightened and classist aristocrats ready immediately to «collaborate» with the intellectual fatuous and egomaniac, from simple Parisian employees to arrivistas and parvenus with their submissive and obsequious lovers. Not to mention the young soldiers who return despondent and without hope from the front after being defeated in a war that almost does not deserve to be classified as such.
Némirovsky was not anti-Semitic: he was only looking for the clues of the Jewish character, which he knew well, in herself and around her. By Jewishness I did not understand any particularity of blood or race, but a solidarity of tears shed in common over the centuries, by whole generations of persecuted ».

The book has an annex of photographs.

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