La Familia Del Prado: Un Paseo Desenfadado Y Sorprendente Por El Museo De Los Austrias Y Los Borbones — Juan Eslava Galán / The Prado Family: A Carefree And Surprising Walk Through The Museum Of The Habsburgs And The Bourbons by Juan Eslava Galán (spanish book edition)

En esta obra el maestro Eslava no defrauda y, vuelve a su inconfundible estilo, erudición, ironía y ocio fértil por doquier. El paseo explicándole a su nieta en el Museo Del Prado del “toisón de oro”, la más alta distinción en España a la princesa Leonor te asevera que disfrutas la obra.
* Qué decir, pues simplemente que la obra es genial, a través de las explicaciones a su nieta Minerva, recorreremos la vida de nuestros monarcas y lo que no es menos, sus proles . Huelga decir que jalonadas con historias sobre sus miserias, locuras, aciertos y desaciertos, sin olvidar ese toque humorístico tan particular del autor que arrebatará más de una carcajada al lector.
* Por lo tanto recomendado totalmente para los incondicionales de la autor, los que deseen conocer y comprender , las obras que que atesora el Prado a la vez que conoce la vida de las cabezas coronadas y sus allegados, simplemente excelente.
* Decir para los que le seguimos desde hace años, será fácil identificar partes tomadas de otros libros, sin embargo no todas de manera literal, en este caso las extiende y, dicho sea de paso sirven de repaso.
* Una última apreciación, muy curioso el uso del lenguaje inclusivo de moda y los ataques al machismo…que el lector avisado juzgue.

En cuanto al equilibrio mental, parece que al principio Juana dio muestras de gran sensatez. El obispo de Córdoba, embajador en Flandes, la tuvo por «muy cuerda y muy asentada». Otro testimonio asegura: «En persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura». Eso era en 1501 cuando la muchacha había cumplido veintiún años, pero cuatro años más tarde ya empezaban las dudas sobre su estabilidad emocional. Que fuera poco amiga de misas y confesiones se consideraba, en la devotísima Castilla, una confirmación de que algún trastorno mental aquejaba a la hija de los reyes. Felipe el Hermoso encargó al tesorero de la reina Martín de Moxica que anotara en un diario las extravagancias de Juana. Cuando ya ocupaban un volumen considerable lo envió a los Reyes Católicos para que quedaran debidamente informados de los extravíos de su hija.
Ignoramos hasta qué punto fue Moxica objetivo en sus observaciones. En cualquier caso, es evidente que influyeron en el ánimo de la reina Isabel, como confiesa en una carta: «Recibimos mucho dolor de ver lo que la yndisposición de la princesa le hace hacer a ella […], la princesa no sabe lo que hace».
Como es sabido, los locos nacen, pero también se hacen, cuando las desgracias agravan su demencia. De que Juana acabó loca cabe poca duda, pero también es cierto que su esposo y su padre fueron dos pájaros de cuenta que se aprovecharon de esa locura para incapacitarla y reinar en su nombre.
El aislamiento en una corte extraña y muy lejana a los usos que Juana traía de Castilla acentuó su locura, que pudo ser causada por una perturbación esquizoafectiva agravada por la convivencia con aquella manada de escualos que la rodeaba. Seguramente padecía un trastorno bipolar. Los episodios depresivos, en los que mostraba notable hipersexualidad, alternaban con fases de calma en las que recuperaba su sensatez.

Carlos I de España y V de Alemania heredó media Europa de sus cuatro abuelos. Demasiadas tierras que abarcaban demasiados pueblos dispares, cada cual con sus leyes, con sus costumbres, con sus intereses y sus conflictos.
Había cumplido diecisiete años cuando pisó por vez primera tierra española para asistir a los funerales de su abuelo y conocer a sus futuros súbditos, cuyo idioma apenas chapurreaba.
No entró con buen pie. Su lucido séquito, cuarenta naves, se dirigía a Santander, pero, amenazado por una tormenta, tuvo que refugiarse en el humilde puerto de Tazones, no lejos de Villaviciosa, la de la sidra, tras causar no poca alarma y conmoción entre los lugareños, pues al ver aproximarse tantas velas los tomaron por piratas.
Durante tres meses, el joven Carlos y su séquito deambularon por tierras de Asturias, Cantabria, Palencia y Valladolid, «por caminos embarrados y orografías agrestes, por aldeas recónditas y pequeñas villas burguesas» que celebraban su llegada con misas solemnes y alanceamientos festivos de toros (precedente de las corridas). Enterado ya de las recias costumbres de la tierra, Carlos llegó en noviembre a Tordesillas, donde asistió a las misas por su abuelo y se entrevistó con la reina Juana, su madre.
Fue Carlos un hombre de excesos, vitalista y gran trabajador, como hemos visto, pero también gran glotón, gran bebedor y gran aficionado a cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Carlos, émulo de Pantagruel, era famoso por su voracidad. Rey de los glotonifas, lo apoda el bufón Francesillo de Zúñiga. Baste decir que solicitó del papa una bula que le permitiera quebrantar sin pecado el preceptivo ayuno antes de comulgar.
Una serie de fracasos y su prematura decadencia física acentuaron el carácter depresivo del emperador. Es significativo que en 1551 encargara a Tiziano un cuadro en el que había de representar su muerte y comparecencia ante la Trinidad divina para su Juicio Final acompañado de sus familiares más queridos, todos envueltos en sudarios.
Una serie de fracasos y su prematura decadencia física acentuaron el carácter depresivo del emperador. Es significativo que en 1551 encargara a Tiziano un cuadro en el que había de representar su muerte y comparecencia ante la Trinidad divina para su Juicio Final acompañado de sus familiares más queridos, todos envueltos en sudarios.

Bajo Felipe II, España alcanzó su máxima extensión, «en la que no se pone el sol», porque a la herencia paterna sumó, en 1580, la materna de Portugal con su gran imperio ultramarino.
A lo largo de su dilatado reinado, Felipe se enfrentó con Francia, con el papa, con Inglaterra, con los holandeses, con el turco, con los corsarios berberiscos y hasta con sus súbditos moriscos, que se le sublevaron en las Alpujarras. Tanto gasto militar, siempre sufragado con adelantos de los banqueros italianos y flamencos que le cobraban abusivos intereses, le acarreó hasta cuatro bancarrotas, porque los auxilios del oro y la plata que llegaban de las Indias no bastaban para cubrir gastos.
Felipe II fue un «débil con poder» (Marañón), un hipocondriaco inexpresivo y taciturno, distante, frío y terriblemente indeciso.
Felipe, siempre temeroso de no estar a la altura de su oficio, se replegó en sí mismo y desarrolló cierta aversión a los acontecimientos sociales, a los festejos públicos, especialmente si eran tan ruidosos como las funciones de comedias o las corridas de toros. Probablemente la frialdad y distanciamiento que muchos le reprochan fueran fruto de cierta timidez que lo acompañó toda su vida, aunque estuviera investido de todo el poder del mundo, y lo llevó a rehuir los compromisos sociales.
Hombre profundamente religioso, de misa diaria y comunión frecuente, Felipe estaba convencido de que España y Dios estaban unidos por un pacto. Dios había promocionado a España al rango de pueblo elegido, la protegía y le otorgaba riquezas y poder (las Américas) a cambio de que ella ejerciese como su brazo armado en la tierra, paladín de la fe verdadera contra el error de protestantes y turcos. Desde esa concepción providencialista, Felipe no dudó en defender la religión contra la marea protestante y contra el islam que amenazaba por el Danubio y el Mediterráneo.
Otra faceta de su compleja personalidad se manifestaba en su obsesión por el orden (cada actividad sometida a una estricta regulación) y por la limpieza personal.

Los ingleses, tan apañados como son, han agregado a la pobre María Tudor que reinó sobre ellos cinco años a la leyenda negra con la que denigran a España y a los españoles. María la Sanguinaria (Bloody Mary) fue para ellos una fanática asesina que perseguía a los patriotas anglicanos y los quemaba en la hoguera inquisitorial. La contrastan con su hermanastra y sucesora, la reina Isabel, por la que sienten una veneración rayana en idolatría. Es cierto que María ejecutó a muchos herejes anglicanos, pero no fue más sanguinaria que su sucesora, que, vueltas las tornas, persiguió a los católicos con similar encono.
La gran frustración de María Tudor pudo ser no concebir hijos con su esposo español.

Felipe III no llegó a percibir la merma que la expulsión de los moriscos acarreó a la economía del reino. Murió prematuramente, a los cuarenta y tres años de edad, por culpa de uno de los muchos usos absurdos que imponía el rígido protocolo de la corte austria. En el helado marzo madrileño, más helado si cabe en el Alcázar Real, donde las corrientes de aire eran legendarias, habían colocado un potente brasero tan cerca del rey que este comenzó a sudar copiosamente en su sillita de oro.
El marqués de Tovar comentó al duque de Sessa que quizá convenía retirar un poco el brasero porque «su majestad se nos está socarrando», pero, por cuestiones de protocolo, ese preciso cometido correspondía al duque de Uceda. Buscaron al duque de Uceda, pero se había ausentado del Alcázar, y cuando pudieron localizarlo el rey estaba ya empapado de sudor. Aquella misma noche se le declaró una erisipela que lo condujo al sepulcro, ayudada por las repetidas sangrías que le practicaron los médicos de la cámara real.

Abordó el proyecto más utópico de todos: intentar reeducar a la sociedad. Que los españoles abandonen sus prejuicios y sus malas costumbres, que las clases dirigentes aprecien el trabajo y las actividades mercantiles, como ocurre en todos los países desarrollados de Europa, de los que cada vez nos distanciamos más (la famosa ética protestante, especialmente calvinista, del trabajo).
Olivares quería europeizarnos. Para ello, naturalmente, habría que empezar por abandonar aquella absurda obsesión por la limpieza de sangre que pesaba como una rémora sobre la anquilosada sociedad española.
El conde-duque intentó, también sin éxito, reformar el sistema financiero. El presupuesto del Estado ascendía a ocho millones de ducados y los ingresos fijos apenas alcanzaban a la mitad. Además, los impuestos eran tan arbitrarios que solo gravaban a los humildes y al trabajo, y especialmente a Castilla (vean que lo del cupo vasco no es cosa de hogaño, como se cree).
Quería Olivares modernizar y fortalecer España. Para ello había que empezar por homogeneizar la legislación de sus distintos reinos, adaptándola al modelo castellano, que era el más gobernable.
Las sucesivas y desastrosas derrotas de la monarquía en la guerra de los Treinta Años, unidas a la sublevación e independencia de Portugal y a la sublevación de Cataluña desacreditaron al conde-duque, que finalmente perdió el favor real, después de veintidós años de disfrutarlo, y fue desterrado de la corte, primero a Loeches y después a la ciudad de Toro, donde falleció.

Felipe V —o su virtual primera ministra madame de los Ursinos— importó tecnócratas de Francia que le organizaran la empresa achacosa y arruinada que había heredado. A lo largo de su reinado se modernizó la administración siguiendo el modelo centralista francés. En lo exterior buscó la tutela de Francia y cultivó la enemistad de la taimada Inglaterra, que aprovechó la debilidad española para imponer tratados comerciales abusivos en las provincias americanas.
¿Cómo era el nuevo rey español? Ya durante la guerra había manifestado su carácter depresivo, problema que aumentaría con la edad hasta degenerar en un severo trastorno bipolar. Los médicos de la corte, ignorantes de las doctrinas freudianas diagnosticaron que el rey padecía «frenesí, melancolía, morbo, manía y melancolía hipocondriaca».
El marqués de Louville le confiaba al ministro Torcy en una carta su preocupación por la salud mental del monarca: «Los vapores que padece lo postran en una profunda melancolía, en una indolencia y un abatimiento que lo imposibilitan para cualquier acción. Está tan abatido que dice que le pesa la vida».
En sus fases depresivas, Felipe se encerraba en sus habitaciones durante semanas y allí permanecía enclaustrado, con gran descuido de su higiene personal, sin comunicarse con nadie.
La locura del rey era la comidilla de las cortes europeas. En la española se vivió con cierto alivio que, en una de sus fases más estables, anunciara su propósito de renunciar al trono siguiendo el ejemplo de su antecesor Carlos I cuando se retiró a Yuste.
En 1724, de común acuerdo con la reina, Felipe cedió la Corona a su hijo Luis I. La real pareja se retiró a vivir lejos de la corte, en La Granja de San Ildefonso, cuyos jardines ejercían un efecto benéfico sobre el monarca. No sospechaban que sería un breve paréntesis antes de retomar la Corona.
Felipe V tuvo que hacerse cargo de nuevo de la Corona a la muerte de su hijo y heredero. Llevaba razón Cervantes cuando dijo que segundas partes nunca fueron buenas (excepto en el Quijote, por cierto). Tampoco el segundo reinado de Felipe V mejoró al primero. Lo suyo fue a peor. El trastorno mental que padecía («vapores en los sesos», como llamaban a su alienación) le alteró los biorritmos y dio en trabajar de noche y dormir de día, con el consiguiente trastorno de ministros y cortesanos.
El horario de su majestad era de lo más extravagante. Tomaba un tentempié al filo de la medianoche y después despachaba con sus ministros hasta las dos de la madrugada; cenaba entonces y se iba a la cama con las claras del día para levantarse sobre las dos de la tarde y, tras asistir a su misa diaria, acometer las faenas más perentorias, principalmente darles cuerda a los relojes, mirar por la ventana o enfrascarse en alguna venial lectura.

Carlos se hizo querer por el pueblo. Cuando heredó el trono español, tras el fallecimiento de su hermanastro Fernando VI, los napolitanos lo despidieron con muestras de pesar y aceptaron de muy buena gana el traspaso de la Corona a su hijo Fernando.
Carlos III entró en Madrid, ya rey, en medio de un gran aguacero, con las calles embarradas y los tejados vertiendo cataratas. La impresión no pudo ser más negativa: «Heme aquí monarca de un poblachón manchego, enlodado entre edificios de poco fuste».
Consciente de que el prestigio de la monarquía española requería una capital adornada con hermosos edificios públicos, se ocupó de embellecer Madrid con monumentos tan característicos como la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado, las fuentes de Cibeles y Neptuno (donde se observa la equidistancia del prudente rey entre el Real Madrid y el Atlético), el Jardín Botánico y el Palacio Real. Por eso se le ha llamado «el Rey Albañil» o «el Mejor Alcalde de Madrid».
Tuvo Carlos pocos tropiezos con el pueblo. Quizá el principal fue el motín de Esquilache, que remedió despidiendo y desterrando al ministro responsable.
El benéfico monarca protegió la agricultura recortando los abusivos privilegios de la Mesta, la omnipotente sociedad pecuaria, e instituyendo el libre comercio de granos. Además, impulsó la investigación de cultivos experimentales en las huertas reales de Aranjuez. En cuanto a las industrias, fundó una serie de manufacturas nacionales que suministraran al Estado y a la sociedad los productos necesarios para su defensa y desarrollo (cañones, armas, herramientas, pólvora, cristal)… Finalmente impulsó el comercio colonial mediante la formación de grandes compañías y liberalizó el comercio con América.
Uno de los mayores problemas de España, que se venía arrastrando desde hacía un siglo, era su pobreza demográfica (desde luego poca cosa comparada con la que ahora arrastramos). Carlos III impulsó la natalidad y trasplantó colonos extranjeros a las regiones despobladas, especialmente Sierra Morena, donde el bandolerismo dificultaba las vitales comunicaciones entre Madrid, la capital, y Cádiz, el puerto más importante del comercio americano. Finalmente protegió las artes y las ciencias con su apoyo a las Sociedades Económicas de Amigos del País.
En la política exterior, el reinado de Carlos fue menos afortunado.

Fernando VII, además de feo («ese narizotas, cara de pastel»), lo hizo vil, canalla, rencoroso, miserable, taimado y desprovisto de escrúpulos. No añado abyecto y felón porque son los adjetivos que usan casi todos los historiadores y no quisiera dar la impresión de que me dejo influir por ellos.
Esta alhaja de persona, quizá el peor rey que haya padecido España, se hizo retratar por Goya con los atributos reales: cetro con las armas de Castilla y León, manto púrpura forrado de armiño, collar de maestre de la Orden del Toisón de Oro y banda de la Orden de Carlos III. Todos falsos pues fueron robados por los franceses.
Fernando VII los engañó a todos, dado que era campechano y «próximo», como se dice ahora, pero, bien mirado, no engañó a nadie. Ya de príncipe, apenas un adolescente con la cara llena de granos, se manifestaba en su catadura moral. Refractario a todo lo que significara instrucción, cultura y buen gusto, sus preferencias eran bajunas y populacheras. Libre de obligaciones palaciegas, dio en frecuentar tabernas y colmaos para refocilarse con rameras baratas y trasegar vinazo en compañía de arrieros y majos entre los que destacaba por su zafia simpatía.
Su actuación política estuvo siempre marcada por la traición, primero al rey, su padre, y después al pueblo, que en su supuesto cautiverio francés lo reclamaría como «el Deseado». Todavía príncipe instigó un golpe de Estado contra su padre y el valido Godoy (el motín de Aranjuez). Ascendido al trono por abdicación de su padre, acudió servil a Bayona a entrevistarse con Napoleón y siguió fielmente el papel que el emperador francés le asignó en la pantomima ideada para apropiarse el trono español: primero le devolvió la Corona a su padre, quien a su vez se la entregó a Napoleón, que la traspasó a su hermano José.

Isabel II solo resultó precoz en el sexo; en parte, porque había heredado el carácter ardiente y lujurioso de la familia y, en parte, porque la corrompieron sus propios tutores.
Apenas cumplidos los trece años, ya menárquica (además de monárquica) y dotada por la próvida naturaleza de abultadas mamas, abundante grasa subcutánea y otros caracteres sexuales tanto primarios como secundarios, la joven reina se inició en los placeres de Venus con el hombre que tenía más a mano, su ayo y tutor Salustiano Olózaga.

El último retrato real que en su día merecerá figurar en el Museo del Prado es el de la familia del rey Juan Carlos I por Antonio López, hoy en el Palacio Real.
Este cuadro de composición aparentemente simple pero muy estudiada, especialmente en la psicología de los personajes y en sus interrelaciones, es un digno hito en la tradición artística de los retratos de familia que comienza con Las meninas y sigue con Louis-Michel van Loo, Jean Ranc y Goya.
Por expreso deseo del monarca, los cinco personajes de la familia real están vestidos de calle, sin indicación alguna de su condición regia. Esta sencillez contrasta con lo estudiado de su colocación.
La familia real forma un ligero semicírculo en el que podemos distinguir dos grupos diferenciados: a la derecha del espectador, el que forman la reina y el entonces príncipe Felipe, los dos sonrientes, aunque la sonrisa del príncipe apenas esbozada. A la izquierda, el rey que apoya campechanamente su mano derecha sobre el hombro de la infanta Elena, y al otro lado de la primogénita, sosteniendo unas flores, la infanta Cristina.
Los dos grupos tienen como nexo de unión la mano izquierda del rey, que parece posarse en la espalda de la reina su esposa, aunque al propio tiempo una moldura vertical muy destacada de la pared del fondo contribuye a la separación de los dos grupos.
En esta obra, que probablemente quede para la posteridad como su realización más ambiciosa y comprometida, existe un admirable equilibrio entre la expresión de la trascendencia histórica de la institución monárquica, representada por el conjunto de la familia, y la sencillez y proximidad de los personajes en los que cabe destacar una lograda intensidad psicológica.

In this book the teacher Eslava does not disappoint and returns to his unmistakable style, erudition, irony and fertile leisure everywhere. The walk explaining to her granddaughter in the Museo del Prado of the “golden toison”, the highest distinction in Spain to the princess Leonor tells you that you enjoy the work.
* What to say, because simply that the work is great, through explanations to his granddaughter Minerva, we will visit the life of our monarchs and what is no less, their offspring. Needless to say that marked with stories about their miseries, follies, successes and failures, without forgetting that particular humorous touch of the author who will snatch more than a laugh from the reader.
* Therefore totally recommended for the unconditional of the author, those who wish to know and understand, the works that treasures the Prado while knowing the life of the crowned heads and their close friends, simply excellent.
* Say for those who followed him for years, it will be easy to identify parts taken from other books, however not all literally, in this case extends and, incidentally serve as review.
* A last appreciation, very curious the use of inclusive language of fashion and attacks on machismo … that the reader advised to judge.

As for the mental equilibrium, it seems that at first Juana showed signs of great sensibility. The Bishop of Córdoba, ambassador to Flanders, considered her “very sane and very settled”. Another testimony says: «In person of so little age I do not believe that so much sanity has been seen». That was in 1501 when the girl had turned twenty-one, but four years later the doubts about her emotional stability began. That she was a little friend of masses and confessions was considered, in devout Castilla, a confirmation that some mental disorder afflicted the daughter of the kings. Philip the Fair commissioned the treasurer of Queen Martin de Moxica to write Juana’s extravagances in a diary. When they already occupied a considerable volume he sent it to the Catholic Monarchs so that they would be duly informed of his daughter’s misconduct.
We do not know to what extent Moxica was objective in his observations. In any case, it is evident that they influenced the spirit of Queen Elizabeth, as she confesses in a letter: “We received a lot of pain to see what the princess’s disposition makes her do […], the princess does not know what make”.
As it is known, the crazy people are born, but they are also made, when misfortunes aggravate their insanity. That Juana ended up insane there is little doubt, but it is also true that her husband and father were two birds of account that took advantage of this madness to incapacitate and reign in his name.
The isolation in a strange court and very far from the uses that Joan brought from Castile accentuated her madness, which could be caused by a schizoaffective disturbance aggravated by the coexistence with that herd of sharks that surrounded her. Surely he had a bipolar disorder. The depressive episodes, in which he showed remarkable hypersexuality, alternated with phases of calm in which he regained his sensibility.

Carlos I of Spain and V of Germany inherited half Europe of his four grandparents. Too many lands that covered too many disparate peoples, each with its laws, its customs, its interests and its conflicts.
He had turned seventeen years old when he first stepped on Spanish soil to attend his grandfather’s funeral and meet his future subjects, whose language he barely spoke.
He did not enter with a good footing. His lucid retinue, forty ships, was heading for Santander, but, threatened by a storm, had to take refuge in the humble port of Tazones, not far from Villaviciosa, that of the cider, after causing no little alarm and commotion among the locals, for when they saw so many candles approaching, they took them for pirates.
For three months, the young Carlos and his entourage wandered through the lands of Asturias, Cantabria, Palencia and Valladolid, “through muddy roads and rugged orography, through remote villages and small bourgeois villas” that celebrated their arrival with solemn masses and festive spells of bulls (precedent of the runs). Already aware of the hard customs of the land, Carlos arrived in Tordesillas in November, where he attended the masses for his grandfather and met with Queen Juana, his mother.
Carlos was a man of excess, vital and hardworking, as we have seen, but also a great glutton, a great drinker and a great fan of whatever they may have of hospitality.
Carlos, an emote of Pantagruel, was famous for his voracity. King of the glotonifas, he is nicknamed the buffoon Francesillo de Zúñiga. Suffice it to say that he asked the pope for a bull that would allow him to break the obligatory fast without sin before communicating.
A series of failures and his premature physical decline accentuated the depressive character of the emperor. It is significant that in 1551 he entrusted Titian with a painting in which he was to represent his death and appear before the divine Trinity for his Last Judgment accompanied by his most beloved relatives, all wrapped in shrouds.

Under Felipe II, Spain reached its maximum extension, “in which the sun does not set”, because to the paternal inheritance it added, in 1580, the maternal one of Portugal with its great ultramarine empire.
Throughout his long reign, Philip confronted France, the pope, England, the Dutch, the Turk, the Berber corsairs and even his Moorish subjects, who revolted in the Alpujarras. So much military expenditure, always paid with advances of the Italian and Flemish bankers who charged him abusive interests, brought him up to four bankruptcies, because the aid of gold and silver coming from the Indies was not enough to cover expenses.
Felipe II was a “weak with power” (Marañón), an expressionless and taciturn hypochondriac, distant, cold and terribly indecisive.
Felipe, always afraid of not living up to his job, fell back on himself and developed a certain aversion to social events, to public celebrations, especially if they were as loud as the functions of comedies or bullfights. Probably the coldness and detachment that many reproach him were the result of a certain timidity that accompanied him throughout his life, even though he was invested with all the power of the world, and led him to shun social commitments.
A deeply religious man, of daily mass and frequent communion, Felipe was convinced that Spain and God were united by a pact. God had promoted Spain to the rank of elected people, protected it and gave it riches and power (the Americas) in exchange for her exercising as her armed arm on earth, champion of the true faith against the error of Protestants and Turks. From that providentialist conception, Philip did not hesitate to defend religion against the Protestant tide and against Islam that threatened the Danube and the Mediterranean.
Another facet of his complex personality was manifested in his obsession with order (each activity subject to strict regulation) and personal cleanliness.

The English, so well-adjusted as they are, have added to the poor Maria Tudor that reigned over them five years to the black legend with which they denigrate Spain and the Spaniards. Maria the Bloodthirsty (Bloody Mary) was for them a fanatical assassin who persecuted the Anglican patriots and burned them in the inquisitorial bonfire. They contrast it with their stepsister and successor, Queen Isabel, for whom they feel a veneration bordering on idolatry. It is true that Mary executed many Anglican heretics, but she was not more bloodthirsty than her successor, who, turning the tables, persecuted Catholics with similar rancor.
The great frustration of Maria Tudor could be not to conceive children with her Spanish husband.

Felipe III did not get to perceive the loss that the expulsion of the moriscos brought to the economy of the kingdom. He died prematurely, at forty-three years of age, because of one of the many absurd uses imposed by the rigid protocol of the Austrian court. In the Madrid March ice cream, more ice cream if it fits in the Royal Fortress, where the air currents were legendary, had placed a powerful brazier so close to the king that he began to sweat copiously in his gold chair.
The Marquis de Tovar told the Duke of Sessa that it might be a good idea to remove the brazier a little because “his majesty is making a fool of us”, but, for reasons of protocol, that precise task corresponded to the Duke of Uceda. They looked for the Duke of Uceda, but he had left the Alcazar, and when they could locate him the king was already drenched in sweat. That same night an erysipelas was declared to him that took it to the tomb, helped by the repeated sangrías that practiced the doctors to him of the real camera.

He tackled the most utopian project of all: trying to reeducate society. That the Spaniards abandon their prejudices and their bad habits, that the ruling classes appreciate the work and the mercantile activities, as it happens in all the developed countries of Europe, from which each time we distance ourselves more (the famous Protestant ethic, especially Calvinist, from work).
Olivares wanted to Europeanize us. For this, of course, we should start by abandoning that absurd obsession with the cleanliness of blood that weighed like a hindrance on the stagnant Spanish society.
The Count-Duke tried, also without success, to reform the financial system. The state budget amounted to eight million ducats and fixed incomes barely reached half. In addition, the taxes were so arbitrary that they only taxed the humble and the work, and especially Castilla (see that the Basque quota is not a hogaño thing, as it is believed).
Olivares wanted to modernize and strengthen Spain. For this, it was necessary to begin by homogenizing the legislation of its different kingdoms, adapting it to the Castilian model, which was the most governable.
The successive and disastrous defeats of the monarchy in the Thirty Years’ War, together with the uprising and independence of Portugal and the uprising in Catalonia, discredited the Count-Duke, who finally lost the royal favor, after twenty-two years of enjoying it, and He was exiled from the court, first to Loeches and then to the city of Toro, where he died.

Felipe V -or his virtual prime minister, Madame de los Ursinos- imported technocrats from France to organize the infamous and ruined company he had inherited. Throughout his reign the administration was modernized following the French centralist model. On the outside, he sought the tutelage of France and cultivated the enmity of the devious England, who took advantage of Spain’s weakness to impose abusive trade agreements in the American provinces.
What was the new Spanish king like? Already during the war it had manifested its depressive nature, a problem that would increase with age until it degenerated into a severe bipolar disorder. The doctors of the court, ignorant of the Freudian doctrines diagnosed that the king suffered “frenzy, melancholy, morbid, mania and hypochondriacal melancholy.”
The Marquis de Louville entrusted to Minister Torcy in a letter his concern for the mental health of the monarch: “The vapors he suffers render him in a deep melancholy, in indolence and a dejection that make it impossible for any action. He is so dejected that he says that his life weighs on him ».
In his depressive phases, Felipe was locked in his rooms for weeks and there he remained cloistered, with great neglect of personal hygiene, without communicating with anyone.
The madness of the king was the talk of the European courts. In the Spanish one it was lived with certain relief that, in one of its more stable phases, it announced its intention to renounce the throne following the example of its predecessor Carlos I when it retired to Yuste.
In 1724, in common agreement with the queen, Felipe yielded the Crown to his son Luis I. The real couple retired to live far from the court, in the Farm of San Ildefonso, whose gardens exerted a beneficial effect on the monarch. They did not suspect that it would be a brief parenthesis before resuming the Crown.
Felipe V had to take charge again of the Crown on the death of his son and heir. Cervantes was right when he said that second parts were never good (except in Don Quixote, by the way). Neither the second reign of Philip V improved the first. His was worse. The mental disorder he suffered (“vapors in his brain”, as they called his alienation) altered his biorhythms and caused him to work at night and sleep during the day, with the consequent upheaval of ministers and courtiers.
His Majesty’s schedule was most extravagant. He would have a snack at the stroke of midnight and then dispatch with his ministers until two o’clock in the morning; He then dined and went to bed with the whites of the day to get up about two in the afternoon and, after attending his daily mass, undertake the most urgent tasks, mainly winding the watches, looking out the window or getting into some venial reading.

Carlos made himself loved by the people. When he inherited the Spanish throne, after the death of his stepbrother Fernando VI, the Neapolitans dismissed him with signs of regret and accepted very willingly the transfer of the Crown to his son Fernando.
Carlos III entered Madrid, already king, in the middle of a great downpour, with muddy streets and roofs pouring waterfalls. The impression could not be more negative: “Here I am monarch of a manchego village, muddy among buildings of little wood”.
Aware that the prestige of the Spanish monarchy required a capital adorned with beautiful public buildings, he took care to embellish Madrid with monuments as characteristic as the Puerta de Alcalá, the Prado Museum, the fountains of Cibeles and Neptune (where the equidistance is observed) of the prudent king between Real Madrid and Atlético), the Botanical Garden and the Royal Palace. That is why he has been called “the King Mason” or “the Best Mayor of Madrid”.
Carlos had few trips with the town. Perhaps the main one was the Esquilache mutiny, which remedied by dismissing and banishing the responsible minister.
The beneficent monarch protected agriculture by cutting the abusive privileges of the Mesta, the omnipotent livestock society, and instituting the free trade of grains. He also promoted the research of experimental crops in the royal gardens of Aranjuez. As for the industries, he founded a series of national manufactures that supplied the State and society with the necessary products for their defense and development (guns, weapons, tools, gunpowder, glass). Finally, he promoted colonial trade through the formation of large companies and liberalized trade with America.
One of the biggest problems in Spain, which had been dragging on for a century, was its demographic poverty (of course, very little compared to what we now drag). Carlos III boosted the birth rate and transplanted foreign settlers to the depopulated regions, especially Sierra Morena, where banditry hindered the vital communications between Madrid, the capital, and Cádiz, the most important port of American commerce. Finally he protected the arts and sciences with his support to the Economic Societies of Friends of the Country.
In foreign policy, Carlos’s reign was less fortunate.

Ferdinand VII, in addition to being ugly (“that nose, face of cake”), made him vile, rogue, spiteful, miserable, devious and devoid of scruples. I do not add abject and felon because they are the adjectives that almost all historians use and I do not want to give the impression that I let myself be influenced by them.
This jewel of a person, perhaps the worst king to have suffered in Spain, was portrayed by Goya with the royal attributes: scepter with the arms of Castile and Leon, purple mantle lined with ermine, the master’s necklace of the Order of the Golden Fleece and band of the Order of Carlos III. All false because they were stolen by the French.
Ferdinand VII cheated them all, since he was good-natured and “close”, as they say now, but, well looked at, he did not deceive anyone. As a prince, just a teenager with a face full of pimples, was manifested in his moral character. Refractory to everything that meant instruction, culture and good taste, his preferences were low and populace. Free of palatial obligations, he came to frequent taverns and grocery stores to refoclulate himself with cheap whores and to pass up vinazo in the company of muleteers and majos, among whom he stood out for his sappy sympathy.
His political performance was always marked by treason, first to the king, his father, and then to the people, who in his supposed French captivity would claim him as “the Desire.” Still prince instigated a coup against his father and the valid Godoy (the mutiny of Aranjuez). Ascending the throne by abdication of his father, he went to Bayonne to subscribe to Napoleon and faithfully followed the role that the French emperor assigned him in the pantomime designed to appropriate the Spanish throne: first he returned the Crown to his father, who at his Once he gave it to Napoleon, who transferred it to his brother Joseph.

Isabel II was only precocious in sex; in part, because he had inherited the fiery and lustful character of the family and, in part, because his own tutors corrupted it.
Barely thirteen years old, already menarche (as well as monarchist) and endowed by the prudent nature of bulging breasts, abundant subcutaneous fat and other sexual characteristics both primary and secondary, the young queen began in the pleasures of Venus with the man who had more by hand, his tutor and tutor Salustiano Olózaga.

The last real portrait that in his day will deserve to appear in the Prado Museum is that of the family of King Juan Carlos I by Antonio López, today in the Royal Palace.
This picture of apparently simple but highly studied composition, especially in the psychology of the characters and their interrelations, is a worthy milestone in the artistic tradition of family portraits that begins with Las Meninas and continues with Louis-Michel van Loo, Jean Ranc and Goya.
By express desire of the monarch, the five characters of the royal family are dressed in street, without any indication of their regal status. This simplicity contrasts with the study of its placement.
The royal family forms a slight semicircle in which we can distinguish two different groups: to the right of the spectator, the one formed by the queen and the then prince Felipe, the two smiling, although the prince’s smile barely sketched. On the left, the king who comfortably supports his right hand on the shoulder of the Infanta Elena, and on the other side of the first-born, holding some flowers, the Infanta Cristina.
The two groups have as link the left hand of the king, which seems to rest on the back of the queen his wife, although at the same time a very prominent vertical molding of the back wall contributes to the separation of the two groups.
In this work, which probably remains for posterity as its most ambitious and committed accomplishment, there is an admirable balance between the expression of the historical transcendence of the monarchical institution, represented by the whole of the family, and the simplicity and proximity of the characters in which it is possible to emphasize a reached psychological intensity.

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