Némesis. La Historia Más Del Criminal Más Buscado De Brasil — Misha Glenny / Nemesis: One Man and the Battle for Rio by Misha Glenny

Una de las lecturas más adictivas que he disfrutado en los últimos años. Glenny es experto en el crimen organizado y en su relación con la política internacional, por lo que esta “biografía” que le hace a uno de los maestros del crimen de las favelas cariocas proporciona una visión realmente fascinante de la realidad política y social tanto de esas colmenas humanas que son las favelas como del brasil moderno, aunque sea a través de la lente de los habitantes de estos lugares. Además, a pesar de ser un libro de investigación, está bastante novelado. Tercera novela en mi blog y debe ser leída.

Esta es una historia fascinante, bien contada, pero para algunos en las secciones superiores se podrían haber beneficiado de una edición más cuidadosa.
El “héroe” era dueño de una vasta sección de Río, y hay muchos ecos del Padrino en El padrino de Mario Puzo. Francisco Bonfim Lopes es un tipo ordinario que entiende cómo salir adelante en un mundo muy complejo. Crimen, por supuesto, pero ocupa una función gubernamental muy importante en una parte de Río donde el gobierno formal no funciona, algunas veces, a veces mal, y casi nunca bien.
Es fascinante leer acerca de todas las diversas actividades en las que participó, y maravillarse realmente de que Glenny haya podido ganarse la confianza de Lopes lo suficiente como para ver este ascenso al poder desde adentro.
Si tiene interés en la fascinante historia de Río o Brasil, o en los jefes de la delincuencia en cualquier lugar, podrá disfrutar de la historia y tener en cuenta la escritura.
El autor presenta un relato interesante, simpático y bien documentado de la vida de Nams, señalando que, aunque continuó el tráfico masivo de drogas, trató de crear un sentido de comunidad pero se enfrentó a mucha oposición, incluida una fuerza policial masivamente corrupta.

La investigación del periodista Misha Glenny sobre las bandas criminales y el tráfico de drogas en Río de Janeiro se centra en una favela (favela) y un narcotraficante. Es una historia fascinante y sorprendente que se asoma bajo las coberturas de las amplias generalizaciones que dominan la cobertura de noticias tanto de la pobreza en Brasil como del narcotráfico.
Tráfico de drogas, comercio de armas y política brasileña
El sujeto de Glenny es Antonio Francisco Bonfim Lopes, “Nem of Rosinha.” (Glenny traduce a Nem como “Babe”). Realiza entrevistas con Nem en prisión, repasa la historia política del país durante la dictadura militar (1964-85) y el tumultuoso período democrático que siguió. Aunque sigue volviendo su atención a Nem a lo largo del libro, Glenny describe a los predecesores y competidores del gatillo felices y se desvía hacia temas más amplios. Nem aparece como extremadamente inteligente y un gerente brillante, y recurre a la violencia con mucha menos frecuencia que sus rivales (o, al parecer, la policía, para el caso). A diferencia de otros capos de la droga de Río, Nem trataba casi exclusivamente de cocaína, evitando el comercio de armas y la extorsión que eran comunes en otros barrios marginales. Al igual que los demás, se metió en la política corrupta de la región.
“El hombre más buscado en Brasil”
Nem gobernó la favela de Rosinha en el sur de Río de Janeiro durante cuatro años (2007-11). Glenny describe la favela como la mayor de las barriadas marginales de Río. Pero la influencia de Nem se extendió mucho más allá de las fronteras de su comunidad. Cuando fue arrestado por la policía en 2011, se estima que es responsable de más del 60% de la cocaína consumida en Río y tiene un valor neto de $ 60 millones. El gobierno brasileño lo etiquetó como Public Enemy # 1. Una batalla de armas lanzada inadvertidamente por algunos de sus secuaces trajo atención no deseada y pronto llevó a su captura.
Irónicamente, Nem presidió casi cuatro años de paz y estabilidad en Rosinha. Impuso vigorosamente reglas contra la extorsión y el asesinato dentro de la favela. El vecindario descendió al caos después de su arresto y encarcelamiento.

Acerca del libro
Némesis no es una lectura fácil. Glenny se tambalea del pasado al presente y viceversa con una regularidad molesta, a veces en una sola página. Es vertiginoso Y, a pesar de su reputación como periodista de alto nivel, es descuidado con los hechos de vez en cuando. Por ejemplo, en un lugar Glenny se refiere a uno de los rivales de Nem como dirigir una región que consistía en “docenas de favelas”, lo que implicaba que esto constituía una amplia franja de la ciudad. Más tarde, afirma que hay “más de 1.000” favelas en Río. Más tarde aún, afirma que hay “unas 900”.

La palabra «favela», que significa barrio de barracas o asentamiento informal, empezó a usarse en Río a finales del siglo XIX. Se trata de otro elemento importado del noreste. En 1897, los soldados que regresaban de la provincia de Bahía tras sofocar la revuelta de Canudos acamparon en una de las colinas de Río para exigir que el Gobierno les pagara todos sus salarios atrasados. Por ese entonces la ciudad aún era la capital del país.

Cuando empezó a nevar en Río en 1984, la droga más popular en Rocinha seguía siendo la marihuana. Hasta ese momento, la cocaína había sido una rareza, prerrogativa de los más ricos, y por lo general se relacionaba con la gente famosa. En los ambientes marginales de la década de 1970, a la cocaína se la llamaba simplemente branco («blanco»), y a la marihuana, preto («negro»). Los términos reflejaban tanto los colores naturales de las drogas como el perfil racial y la clase de sus respectivos consumidores.
La marihuana (maconha en portugués) era un elemento característico de la vida de la favela desde hacía muchos años sin generar nunca demasiada controversia. El comercio de hierba apenas tenía incidencia en los residentes, a menos que tuvieran la costumbre de comprar algún que otro porro. La maconha era tan solo un complemento para los dos hombres que controlaban las ramas de Rocinha relacionadas con el juego ilegal, un negocio muy lucrativo en todo Brasil conocido como el Jogo do Bicho (la loto animal). Uno vivía en la parte más alta de la favela; el otro, en la más baja. Aquella rivalidad entre la Rocinha alta y la baja se mantendría con el paso del tiempo.
A medida que la cocaína iba poniéndose de moda, un hombre nuevo, con visión emprendedora, abrió su tienda en la favela. Denir Leandro da Silva, conocido universalmente como Dênis da Rocinha, vivía a medio camino entre la «tienda» que abrió y la Rua Dois. El primer señor de la droga empezó de manera modesta. Pero era ambicioso, y previó que la cocaína estaba a punto de cambiar las vidas de todos.
A medida que el pó («polvo») empezaba a llegar a Rocinha desde el Amazonas, el negocio de Dênis comenzó a desarrollarse y a prosperar. Y mientras lo hacía, este cultivaba una magnanimidad estratégica en su relación con Rocinha.
El optimismo se propagaba por muchas favelas de Río durante los primeros años de vida de Antônio. La dictadura militar impuesta en 1964 empezaba a quedarse sin fuelle. Las favelas experimentaban con la democracia gracias a sus activas asociaciones. Surgidas a partir de la necesidad de que se reconocieran los derechos de propiedad de los vecinos, no tardaron en plantear exigencias más atrevidas. Sobre todo, buscaban poner fin al acoso a que la Policía Militar sometía a los pobres de Río. Asimismo pretendían terminar con las prácticas de extorsión de la Comisión de la Luz relacionadas con el suministro de electricidad. Todo ello formaba parte del clamor por la regularización de todos los servicios públicos en los barrios marginales, entre ellos la llegada del agua corriente y la construcción de sistemas de alcantarillado subterráneos. Estos, sobre todo, eran una necesidad perentoria para poner fin a la ignominia de unas cloacas que corrían al aire libre por los estrechos callejones.
Pronto la agitación en las favelas dejó de parecer la iniciativa de un grupo de pesados para convertirse en el germen de un movimiento político.

La personalidad y las políticas de Lula se abrían paso a través de todo aquello. Y, al parecer, no eran solo los desposeídos de las favelas los que lo apoyaban. Gran parte de la clase media estaba harta de la incapacidad del Gobierno para frenar la recesión económica. Los precios aumentaban hora a hora; las tiendas escondían los productos para poder venderlos a un precio más alto. A pesar de todo, los bancos y los industriales parecían capaces de manipular la situación para seguir enriqueciéndose a través de la especulación monetaria.
Tanto Lula como Brizola eran anatemas para los empresarios y financieros brasileños, así como para gran parte de la élite más rica. La posible victoria de Lula en las elecciones de octubre se veía sobre todo como una amenaza porque su programa incluía la renacionalización de industrias clave. Estados Unidos también mostró su preocupación. Tras haber impulsado la demolición del comunismo en Europa del Este, lo último que quería Washington era ver al frente del país más grande del Cono Sur a un hombre al que consideraban un abanderado del socialismo.
En aquellas circunstancias, los poderes fácticos de Brasil se pusieron a buscar a alguien que pudiera igualar a Lula en carisma y encanto personal. Y el candidato que eligieron fue Fernando Collor de Mello, a la sazón gobernador del estado de Alagoas, en el noreste. Antes de que el mayor conglomerado de medios de comunicación lo diera a conocer, Collor gozaba apenas del apoyo del 2 por ciento de la población en sus aspiraciones presidenciales. Además de para la gente de Alagoas y cuatro observadores políticos excéntricos, resultaba del todo desconocido para la población brasileña en su conjunto.
Collor suprimió las tarifas arancelarias de un plumazo, por lo que innumerables negocios brasileños no pudieron competir con las importaciones extranjeras. Aprobó casi todas aquellas medidas mediante decretos presidenciales, una táctica pensada para evitar el poder regulador del Congreso, al que consiguió convertir en enemigo acérrimo. La inflación escapó por completo a su control, y en su peor momento alcanzó la increíble cifra del 2.708 por ciento. Lejos de ser un nuevo inicio para Brasil, en ocasiones aquello parecía el regreso a las peores formas del despotismo.
En 1992, el resto del mundo tenía claro que Brasil había sufrido un absoluto hundimiento moral en el seno de su Gobierno, un grave complemento a la oleada de violencia que se extendía por las ciudades. La legislatura de Collor terminó con una moción de censura motivada por escándalos políticos y financieros a gran escala.
La peligrosa fragilidad de la recién restaurada democracia brasileña coincidió con la época en que la cocaína inundaba el país. Esa industria impregnaba todos los aspectos de la vida, y los círculos del tráfico internacional ejercían cada vez mayor influencia en el comercio.
Gran parte del dinero que provenía de la corrupción en el Gobierno de Collor se blanqueaba a través de Miami.
En 1982, antes de que el comercio ilegal de cocaína cambiara el paisaje económico y social de la ciudad, el índice de asesinatos de Río de Janeiro era idéntico al de Nueva York: veintitrés homicidios por cada cien mil habitantes. Siete años después, en 1989, la cifra en la ciudad estadounidense parecía haber iniciado un declive sostenido. En Río, en cambio, casi se había triplicado, y llegaba ya a los sesenta y tres por cada cien mil habitantes.21
Estas estadísticas dicen muchísimo sobre Brasil. Antes de la epidemia de la cocaína, no se asesinaba a la gente de forma masiva. La cultura local no era intrínsecamente más violenta que la de Estados Unidos.
A lo largo de la década siguiente, los asesinatos, la tortura y el exceso se convirtieron en moneda corriente. La inmensa mayoría de los habitantes de Rocinha debieron aprender a adaptar su vida a la nueva estructura de poder, sobre todo bajando la cabeza, tanto en sentido literal como figurado. Con el tiempo, el 60 por ciento de la cada vez más consumida cocaína de Río se llegó a comprar y vender en Rocinha. El dinero circulaba por aquellas colinas, y mucha gente deseaba hacerse con él.

Durante los primeros años de la década de 1990 la policía de Río se convirtió rápidamente en una fuerza de combate autónoma cuyos intereses podían coincidir o no con los del Estado. En cualquier caso, ya no llevaba a cabo la misión para la que había sido creada. «Al estudiar ese período hay que librarse de la ilusión de que la policía actuaba como un ente encargado de hacer cumplir la ley penal —explicó un exasesor de la Secretaría de Seguridad Pública de Río—. Se trataba, simplemente, de una de las partes en conflicto que competían por el control económico de las favelas y el negocio de la droga.

A las 12.45 del mediodía del domingo 13 de noviembre de 2011, las banderas de Río y de Brasil se izaron en un mástil plantado justo por encima de la curva en S, en la parte más elevada de Rocinha. Un coro compuesto por miembros del batallón local de la Policía Militar entonó su versión del brioso himno nacional de Brasil, mientras unos doscientos cincuenta vecinos de la favela aplaudían y vitoreaban.
«¡Rocinha es nuestra!», anunciaría el periódico O Globo al día siguiente, y explicaría que los tres territorios de Rocinha, Vidigal y Chácara do Céu ya no pertenecían a los «traficantes armados que llevaban décadas tiranizando a más de cien mil personas. Vuelven a manos del Estado y de todos los cariocas, sin excepciones».
Antes de su detención, Antônio Francisco Bonfim Lopes, Nem da Rocinha, expresó su apoyo a Beltrame y a su Programa de Pacificación. Desde entonces ha cambiado de opinión; cree que su aplicación no ha sido enérgica, y que esa política entraña serios riesgos. Desde el interior de la penitenciaría de máxima seguridad de Campo Grande, a unos cuatrocientos kilómetros del punto en el que Paraguay, Bolivia y Brasil se tocan, Antônio sigue preocupándose mucho por Rocinha y su comunidad. Con las limitaciones obvias derivadas de dirigir un cartel de tráfico de drogas, él se había esforzado por mantener la estabilidad de la favela en unos tiempos difíciles. Los medios de comunicación y algunos políticos aseguran que sigue dirigiendo ADA y el negocio de la droga desde su celda. Resulta significativo que en un principio los investigadores hayan confiado en poder acusarlo del delito de emitir órdenes al cartel desde la cárcel, pero han abandonado su empeño porque han sido incapaces de hallar pruebas concretas. Su esposa, Danúbia, también está encarcelada en el momento de redactar estas líneas por presunta implicación en el tráfico de drogas. Nem no expresa temor por tener que cumplir una larga pena de cárcel siempre y cuando se le permita ver a sus hijos. No hay duda de que sigue teniendo dinero a buen recaudo, porque asume la responsabilidad económica de sus siete vástagos. Pero no revela cuánto dinero tiene ni dónde lo oculta.
Nem no es ningún santo, pero tampoco es un demonio. Se trata de un hombre inteligente, brillante, que está a punto de cumplir cuarenta años. De haber recibido una educación digna, no tengo la menor duda de que habría sido un empresario de éxito sin el más mínimo perfil criminal.
Eduarda Lopes, la que en otro tiempo fue una bebé cuya terrible enfermedad llevó a su padre a meterse en el negocio de la droga, es hoy una adolescente vivaracha e inteligente de dieciséis años. Su rendimiento escolar es bueno, y es plenamente consciente de lo que les ha ocurrido a su barrio, a su familia y a sus padres. Su vida los honra a todos, y constituye una motivación para el futuro. Antônio Francisco Bonfim Lopes está encerrado en una cárcel aislada, pero se enfrenta a su sino con aparente serenidad: «Siempre y cuando el futuro de mis hijos esté asegurado, lo que me ocurra a mí no es importante».

One of the most addictive readings I’ve enjoyed in recent years. Glenny is an expert in organized crime and in his relationship with international politics, so this “biography” that makes one of the crime masters in Rio’s favelas provides a truly fascinating insight into the political and social reality of both those human hives that are the favelas of modern Brazil, even through the lens of the inhabitants of these places. In addition, despite being a research book, it is quite novel. Third novel in my blog and it should be read.

This is a fascinating story, well told but for some over the top sections that could have benefitted from some more careful editing.
The “hero” owned a vast section of Rio, and there are many echoes of the Godfather in Mario Puzo’s The Godfather . Francisco Bonfim Lopes is just an ordinary guy who understands how to get ahead in a very complex world. Crime, of course, but he fills a very important governmental function in a part of Rio where the formal government does not function, some times at all, often badly, and almost never well.
It is fascinating to read about all of the various activities he engaged in, and to marvel really that Glenny was able to earn Lopes’ confidence enough to see this rise to power from the inside.
If you have any interest in the fascinating history of Rio or Brazil, or in crime bosses wherever located, you will enjoy the story and make allowances for the writing.
The author paints an interesring,sympathetic and well documented account of Nams life pointing out that although he continued massive drug dealing he tried to create a sense off community but he was faced with much opposition including a massively corrupt police force.

Journalist Misha Glenny’s exploration of criminal gangs and drug trafficking in Rio de Janeiro focuses on one favela (slum) and one drug lord. It’s a fascinating and surprising tale that pokes under the covers of the broad generalizations that dominate news coverage both of poverty in Brazil and of the drug trade.
Drug trafficking, the arms trade, and Brazilian politics
Glenny’s subject is Antonio Francisco Bonfim Lopes, “Nem of Rosinha.” (Glenny translates Nem as “Babe.”) Conducting interviews with Nem in prison, he reviews the rocky political history of the country during the military dictatorship (1964-85) and the tumultuous democratic period that followed. Though he keeps returning his attention to Nem throughout the book, Glenny describes the man’s trigger-happy predecessors and competitors and veers off into broader issues. Nem comes off as extremely intelligent and a brilliant manager, and he resorts to violence much less frequently than his rivals (or, apparently, the police, for that matter). Unlike other Rio drug lords, Nem dealt almost exclusively in cocaine, shunning the arms trade and extortion that were common in other slums. Like the others, he meddled in the corrupt politics of the region.
“The most wanted man in Brazil”
Nem ruled the favela of Rosinha in the south of Rio de Janeiro for four years (2007-11). Glenny describes the favela as the largest of Rio’s many slums. But Nem’s influence extended far beyond the borders of his community. When arrested by police in 2011, he was estimated to be responsible for more than 60% of the cocaine consumed in Rio and have a net worth of $60 million. The Brazilian government labeled him Public Enemy #1. A pitched gun-battle inadvertently triggered by some of his henchmen brought unwelcome attention and soon led to his capture.
Ironically, Nem presided over nearly four years of peace and stability in Rosinha. He vigorously enforced rules against extortion and murder within the favela. The neighborhood descended into chaos following his arrest and imprisonment.

About the book
Nemesis is not an easy read. Glenny lurches from past to present and back again with annoying regularity, sometimes on a single page. It’s dizzying. And, despite his reputation as a top-flight journalist, he is careless with facts from time to time. For example, in one place Glenny refers to one of Nem’s rivals as running a region that consisted of “dozens of favelas,” implying that this constituted a large swath of the city. Later, he states that there are “more than 1,000” favelas in Rio. Later still, he asserts there are “some 900”.

The word “favela”, which means barracks or informal settlement, began to be used in Rio at the end of the 19th century. It is another element imported from the northeast. In 1897, soldiers returning from the province of Bahia after suppressing the Canudos revolt camped in one of the hills of Rio to demand that the government pay them all their back wages. At that time the city was still the capital of the country.

When it began to snow in Rio in 1984, the most popular drug in Rocinha was still marijuana. Until then, cocaine had been a rarity, the prerogative of the richest, and usually related to famous people. In the marginal environments of the 1970s, cocaine was simply called branco (“white”), and marijuana, preto (“black”). The terms reflected both the natural colors of the drugs and the racial profile and class of their respective consumers.
Marijuana (maconha in Portuguese) was a characteristic element of favela life for many years without ever generating much controversy. The herb trade had little impact on the residents, unless they were in the habit of buying some joints. The maconha was only a complement to the two men who controlled the branches of Rocinha related to illegal gambling, a very lucrative business in all of Brazil known as the Jogo do Bicho (the animal lotus). One lived in the highest part of the favela; the other, in the lowest. That rivalry between high and low Rocinha would remain with the passage of time.
As cocaine became fashionable, a new man, with entrepreneurial vision, opened his store in the favela. Denir Leandro da Silva, universally known as Dênis da Rocinha, lived halfway between the “store” he opened and Rua Dois. The first lord of the drug started modestly. But he was ambitious, and he foresaw that cocaine was about to change everyone’s lives.
As the pó (“dust”) began to arrive at Rocinha from the Amazon, the business of Dênis began to develop and prosper. And while he was doing it, he cultivated a strategic magnanimity in his relationship with Rocinha.
Optimism spread through many favelas in Rio during the first years of Antônio’s life. The military dictatorship imposed in 1964 began to run out of steam. The favelas experimented with democracy thanks to their active associations. Emerging from the need to recognize the property rights of neighbors, they did not hesitate to raise more daring demands. Above all, they sought to put an end to the harassment that the Military Police subjected to the poor in Rio. They also wanted to end the extortion practices of the Light Commission related to the supply of electricity. All this was part of the clamor for the regularization of all public services in marginal neighborhoods, including the arrival of running water and the construction of underground sewerage systems. These, above all, were a peremptory necessity to put an end to the ignominy of sewers that ran outdoors through the narrow alleys.
Soon the agitation in the favelas stopped appearing as the initiative of a heavy group to become the germ of a political movement.

Lula’s personality and policies made their way through all that. And, apparently, it was not only the dispossessed of the favelas who supported him. Much of the middle class was fed up with the government’s inability to curb the economic recession. The prices increased hour by hour; the stores hid the products in order to sell them at a higher price. In spite of everything, the banks and the industrialists seemed capable of manipulating the situation to continue enriching themselves through monetary speculation.
Both Lula and Brizola were anathemas to Brazilian entrepreneurs and financiers, as well as to a large part of the richest elite. The possible victory of Lula in the October elections was seen above all as a threat because his program included the renationalisation of key industries. The United States also showed its concern. After promoting the demolition of communism in Eastern Europe, the last thing Washington wanted was to see the front of the largest country in the Southern Cone a man they considered a standard bearer of socialism.
In those circumstances, the de facto powers of Brazil set out to find someone who could equal Lula in charisma and personal charm. And the candidate they chose was Fernando Collor de Mello, at the time governor of the state of Alagoas, in the northeast. Before the largest media conglomerate publicized it, Collor enjoyed only 2 percent of the population’s support in his presidential aspirations. In addition to the people of Alagoas and four eccentric political observers, it was totally unknown to the Brazilian population as a whole.
Collor abolished tariffs at a stroke, so that countless Brazilian businesses could not compete with foreign imports. Approved almost all those measures by presidential decrees, a tactic designed to avoid the regulatory power of Congress, which managed to become a staunch enemy. Inflation completely escaped its control, and at its worst it reached the incredible figure of 2,708 percent. Far from being a new beginning for Brazil, at times that seemed like a return to the worst forms of despotism.
In 1992, the rest of the world was clear that Brazil had suffered an absolute moral collapse within its government, a serious complement to the wave of violence that spread through the cities. Collor’s term ended with a motion of censure motivated by large-scale political and financial scandals.
The dangerous fragility of the newly restored Brazilian democracy coincided with the time when cocaine was flooding the country. This industry permeated all aspects of life, and international traffic circles were increasingly influencing commerce.
Much of the money that came from corruption in Collor’s government was whitened through Miami.
In 1982, before the illegal trade in cocaine changed the economic and social landscape of the city, the murder rate in Rio de Janeiro was identical to that in New York: twenty-three homicides per 100,000 inhabitants. Seven years later, in 1989, the figure in the US city seemed to have begun a sustained decline. In Rio, on the other hand, it had almost tripled, and reached sixty-three per hundred thousand inhabitants.21
These statistics say a lot about Brazil. Before the cocaine epidemic, people were not murdered massively. The local culture was not intrinsically more violent than that of the United States.
Over the next decade, assassinations, torture and excess became commonplace. The vast majority of the inhabitants of Rocinha must have learned to adapt their lives to the new structure of power, above all by lowering their heads, both literally and figuratively. Over time, 60 percent of Rio’s increasingly consumed cocaine was bought and sold in Rocinha. Money was circulating in those hills, and many people wanted to get hold of it.

During the early 1990s, the Rio police quickly became an autonomous fighting force whose interests may or may not coincide with those of the state. In any case, he no longer carried out the mission for which he had been created. “In studying this period, we must get rid of the illusion that the police acted as an entity in charge of enforcing the criminal law,” explained an ex-adviser from the Secretariat of Public Security in Rio. It was, simply, one of the parties in conflict competing for economic control of the favelas and the drug business.

At 12.45 noon on Sunday, November 13, 2011, the flags of Rio and Brazil were hoisted on a mast planted just above the S curve, in the highest part of Rocinha. A choir composed of members of the local Military Police battalion sang their version of Brazil’s spirited national anthem, while some 250 favela residents applauded and cheered.
“Rocinha is ours!” Would announce the newspaper O Globo the next day, and explain that the three territories of Rocinha, Vidigal and Chácara do Céu no longer belonged to the “armed traffickers who had been tyrannizing over a hundred thousand people for decades. They return to the hands of the State and of all Cariocas, without exceptions ».
Prior to his arrest, Antônio Francisco Bonfim Lopes, Nem da Rocinha, expressed his support for Beltrame and his Pacification Program. Since then he has changed his mind; he believes that its application has not been vigorous, and that this policy entails serious risks. From inside the maximum security penitentiary in Campo Grande, about four hundred kilometers from the point where Paraguay, Bolivia and Brazil meet, Antônio continues to worry a lot about Rocinha and her community. With the obvious limitations derived from running a drug trafficking cartel, he had endeavored to maintain the stability of the favela in difficult times. The media and some politicians say he continues to run ADA and the drug business from his cell. It is significant that at first the investigators have trusted to be able to accuse him of the crime of issuing orders to the cartel from prison, but they have abandoned their efforts because they have been unable to find concrete evidence. His wife, Danúbia, is also incarcerated at the time of drafting these lines for alleged involvement in drug trafficking. Nem does not express fear of having to serve a long prison sentence as long as he is allowed to see his children. There is no doubt that he still has money safe, because he assumes the financial responsibility of his seven offspring. But it does not reveal how much money you have or where you hide it.
Nem is not a saint, but neither is he a demon. He is an intelligent, brilliant man who is about to turn forty. Having received a decent education, I have no doubt that he would have been a successful businessman without the slightest criminal profile.
Eduarda Lopes, who was once a baby whose terrible illness led her father to get into the drug business, is today a vivacious and intelligent teenager of sixteen. His school performance is good, and he is fully aware of what has happened to his neighborhood, his family and his parents. His life honors them all, and constitutes a motivation for the future. Antônio Francisco Bonfim Lopes is locked in an isolated prison, but faces his fate with apparent serenity: “As long as the future of my children is assured, what happens to me is not important”.

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