Las Conspiraciones Contra Hitler — Danny Orbach / The Plots Against Hitler by Danny Orbach

No se trata de un thriller, sino de una visión general, una compilación histórica detallada que es cronológica y competente, pero no es un agitador de masas a cada página. Sin embargo, tomado un capítulo a la vez, completa a fondo una pequeña porción que es la vastedad de la historia de la Segunda Guerra Mundial.
Llegué a entender que, aunque la Alemania nazi era un estado policial, eran amateurs en comparación con los bolcheviques. La gente podía y se oponía a Hitler y sobrevivía a la experiencia. Las detenciones de la Gestapo no condujeron inevitablemente a la tortura y la muerte. La Gestapo podría verse influenciada por el trato con la alta sociedad o el alto rango. Sin embargo, la seguridad alrededor de Adolf Hitler era extremadamente minuciosa y competente, pero suficientes personas realmente odiaban lo que él era y lo que hacía que los civiles y los soldados intentaran matarlo, pero Hitler tenía la suerte del diablo.
Por un lado, muchos discuten y estoy de acuerdo en que una vez que comenzó la guerra y pasó sus primeros éxitos alemanes, eliminar a Hitler hubiera sido malo para los aliados, porque sus primeras caídas afortunadas fueron seguidas por malas decisiones que perjudicaron el esfuerzo militar alemán. . De hecho, una de las principales motivaciones de los pocos alemanes altamente posicionados que estaban en posición de hacer algo era simplemente que querían ganar la guerra, y Hitler estaba en el camino de ese objetivo. Otros querían que Hitler muriera para mostrarle al mundo civilizado que eran alemanes con conciencia.
Así que una profunda repulsión moral no era una pequeña parte de la motivación de muchos de los conspiradores, aunque podrían haber sido nacionalistas y estar satisfechos con la victoria militar. Las atrocidades, el asesinato de judíos, la venalidad y la corrupción fueron poderosos motivadores. En un país con una fuerte tradición de deber y obediencia, muchos de los generales y coroneles expresaron asombro de que hubiera llegado a esto, que incluso contemplarían el asesinato de su propio jefe de estado en tiempos de guerra.
También llegué a entender que muchas de estas “conspiraciones” eran simplemente vapor, aire caliente y gran charla, descritas en entrevistas posteriores a la guerra en una especie de expiación y autoengrandecimiento. Muchos estaban dispuestos a seguir un asesinato o un golpe dando las órdenes correctas si actuaran solo otros. Otros actuarían solo si alguien en una posición alta daría las órdenes correctas. Muy pocos de estos planes tenían alguna posibilidad de apoyo o éxito y aún menos se convirtieron en intentos reales.
Los intentos de asesinato reales como la bomba en la cervecería, las bombas en las botellas y la bomba en el maletín (sonido como episodios de TV) se describen en capítulos que brindan suficiente detalle para ser levemente interesantes aunque nunca evocan tensión o emoción en el lector . El intento de Stauffenburg se describe completamente, y lo que podría haber sido si los conspiradores hubieran estado mejor organizados, a pesar de que Hitler sobrevivió (otra vez)
Creo que este es un valioso complemento para los muchos libros que describen la vida en la Alemania nazi si su interés en el tema es alto. De lo contrario, muchos nombres, fechas y lugares pueden difuminarse a medida que comienzas a rozar.

El autor Danny Orbach vuelve a contar la historia de la resistencia, “arrojando nueva luz sobre su dinámica psicológica, social y militar, así como las razones detrás de su decisión de asesinar a Adolf Hitler”.
Orbach rastrea el crecimiento del movimiento de resistencia, sus diversas estructuras, los perfiles de los conspiradores y sus motivos y los intentos fallidos de asesinato.
Orbach dice que la resistencia perdió una buena oportunidad para un golpe en 1938 antes de la caída de Checoslovaquia. Él escribe que “nunca más los conspiradores tendrían a su disposición una división blindada, un comandante amigo en Berlín, tropas de choque y un jefe de estado mayor comprensivo”.
En 1939, Georg Elser, un asesino solitario, plantó una bomba en una cervecería, donde Hitler iba a aparecer. Por alguna razón, Hitler acortó su discurso y se fue temprano. La bomba estalló 10 minutos después. La explosión poderosa sin duda habría matado a Hitler.
En marzo de 1943, dos intentos de explotar una bomba en un avión, que tenía a Hitler como pasajero, fallaron. Más tarde ese año, se le pidió al Conde Claus von Stauffenberg que encabezara una conspiración militar para derrocar a Hitler y al régimen Nazi.
Si Hitler fue asesinado, el grupo de resistencia necesitaba poder tomar el poder de inmediato para marcar la diferencia. Si no, podría empeorar las cosas.
El capitán Axel von dem Bussche se ofreció voluntario para asesinar a Hitler, y así comenzó la planificación de Valkyrie. El 20 de julio de 1944, Bussche dejó su maletín, que albergaba una poderosa bomba, en una sala de reuniones con Hitler. Explotó, pero de alguna manera Hitler sobrevivió.
Los conspiradores, que se veían a sí mismos como “soldados leales que realmente sirven a su patria combatiendo al gobierno”, nunca habían considerado la posibilidad de que Hitler sobreviviera a la explosión. No lograron improvisar y la conspiración para asesinar a Hitler y la toma del poder por parte del gobierno nazi fracasaron.
Orbach cubre a fondo el movimiento de resistencia y su naturaleza cambiante a lo largo de los años. Los lectores con un conocimiento más profundo de la Segunda Guerra Mundial y la Alemania nazi tendrán el mayor aprecio por el trabajo de Orbach. La profundidad de los detalles y las explicaciones puede ser demasiado para muchos lectores.

El 30 de enero de 1933, la víspera de la toma del poder por parte de los nazis, seguía sin estar claro si Hitler y los nacionalsocialistas podrían gobernar Alemania sin un enfrentamiento violento. Los dos partidos de la oposición antinazi, los comunistas y los socialdemócratas, seguían teniendo extensas redes de activistas, muchos de ellos armados. Agrupaban a millones de seguidores fieles, clubes y sindicatos, y hombres jóvenes más que suficientes que estaban dispuestos a luchar. Al cabo de un año, todas estas redes de oposición aparentemente formidables habían desaparecido, consumidas por el fuego.
El pasaporte que llevaba encima indicaba que su nombre era Marinus van der Lubbe, un ciudadano holandés. Había utilizado su camisa y una lata de gasolina para provocar el incendio. Al preguntarle por las razones, respondió: «¡Protesta! ¡Protesta!».
Pocos de los muchos berlineses que fueron testigos horrorizados de las llamas podían imaginar que el nuevo canciller del Reich, Adolf Hitler, iba a utilizar el incendio como excusa para destruir todas las redes, organizaciones y partidos de la oposición en Alemania. El canciller, que había sido nombrado sólo un mes antes, el 30 de enero, destruyó en menos de un año los partidos políticos de todas las tendencias, la autonomía del Estado alemán y el poder de los sindicatos.
La alianza con el Ejército quedó sellada en junio de 1934, cuando Hitler decidió eliminar a su propia milicia, las SA. Los líderes de esta organización violenta no ocultaban sus intenciones de eliminar a la odiada oficialidad aristocrática y constituir en su lugar un Ejército popular nacionalsocialista. Los generales no podían soportar durante mucho tiempo semejante amenaza. Al final, Hitler tuvo que escoger un bando, y lo hizo. En un estallido de crueldad aterradora, que se conoció más tarde como la Noche de los Cuchillos Largos, Hitler ordenó que se masacrara a todos los mandos de las SA. También fueron asesinados numerosos conservadores oponentes al régimen, entre ellos dos oficiales superiores: el antiguo canciller del Reich general Kurt von Schleicher y el oficial de inteligencia general de división Ferdinand von Bredow. Pero esto no impidió que la jefatura militar lo celebrase y los dos jefes militares principales del país, el comandante en jefe, general Werner von Fritsch, y el jefe del Estado Mayor, general Ludwig Beck, ni siquiera presentaron una protesta. La victoria del Ejército fue, por supuesto, ilusoria. Las SA fueron apartadas para favorecer a las SS, el Ejército de elite del Partido Nacionalsocialista. Estaba más organizado y a largo plazo representaba una amenaza mucho mayor para el Ejército.
La otra cara del Volk felizmente unido era «el Judío», la eterna bestia negra del Partido Nacionalsocialista. Esta minoría relativamente impopular fue señalada como el enemigo contra el que debía unirse la nación recién formada. Pero las cosas no se desarrollaron con facilidad desde el principio. Por ejemplo, la colaboración de la población en el boicot antijudío del 1 de abril de 1933 fue limitada, a pesar de la propaganda venenosa del Gobierno y de los órganos locales del partido nazi.

Hitler también aprovechó la oportunidad para profundizar en la nazificación de algunos de los grandes ministerios. La purga generó una burocracia más sólidamente nacionalsocialista en preparación para la guerra, pero al mismo tiempo algunos de los destituidos se acercaron a la camarilla opositora de Oster, Gisevius y Goerdeler. Además de su amargura personal y la aspiración colectiva de proteger a Fritsch, muchos de los miembros recién incorporados estaban enormemente preocupados por la política exterior irresponsable de Hitler y por el uso incesante de la violencia.
No obstante, los esfuerzos de reclutamiento de la red no se centraban en Fritsch, sino en el jefe del Estado Mayor, Beck, cuya ruptura interior con el régimen nazi estaba cada vez más cerca. Al igual que sus colegas oficiales, era un firme defensor del Anschluss, pero, a diferencia de ellos, se oponía a la manera como se había cosechado este fruto: a través de las amenazas militares de Hitler. Cuando el Führer le ordenó que elaborase los planes para el Caso Otto, el nombre en clave de la invasión alemana de Austria, sólo aceptó con muchas reticencias, argumentando que Alemania aún no estaba preparada. Después del Anschluss, elogió al Führer por su habilidad para cumplir sus sueños sin derramar sangre, pero la brecha entre el Gobierno y él se iba ampliando. El jefe del Estado Mayor empezó a creer que esto sólo iba a ser el principio de las aventuras militares de Hitler, y el resultado podía ser una desastrosa guerra mundial. El incansable Oster, siempre atento, se dio cuenta rápidamente de las grietas en las defensas de Beck y lo convirtió en su proyecto personal. Poco después, vio una oportunidad, una crisis internacional de gran escala que transformaría la crítica teórica de Beck contra el régimen en algo más práctico.
No está claro si Beck dio su consentimiento a los planes de golpe que se estaban preparando en secreto en esta época. Clandestinamente, el general Halder mantuvo largas conversaciones con los jefes de la conspiración y cerró un acuerdo confidencial con el teniente coronel Oster: en cuanto Hitler ordenase al Ejército invadir Checoslovaquia sería el momento para llevar a cabo el golpe de Estado.
¿Chamberlain salvó a Hitler? Quizás. Lo que está claro, y es más interesante, es que el fracaso de los conspiradores no tuvo nada que ver con algún error que hubieran cometido. En realidad, no tuvieron tiempo de cometer ninguno. En cambio, su fracaso está directamente relacionado con la estructura de su red, en especial con su carácter de una camarilla pequeña y densa de amigos. Ése fue el origen de su fuerza en un sentido, manteniendo la red relativamente segura ante la Gestapo y facilitando que líderes como Oster pudieran controlarla y organizarla. No obstante, su tamaño también significaba que para funcionar debía contar con la colaboración de personas externas como el general Halder y el primer ministro Chamberlain. Sus jefes tenían la esperanza de que las decisiones tomadas en Londres resultarían favorables. Cuando no lo fueron, los conspiradores perdieron la mejor oportunidad para llevar a cabo un golpe contra Hitler y el régimen nazi.

La historia de Elser demuestra que una red conspirativa no es una condición previa para el éxito de un intento de asesinato. No obstante, un «casi éxito» de este tipo se apoya en otros factores: un individuo muy viajado, con mucho talento y habilidades muy diversas, que disfruta de los beneficios de una densa red de patronos y educadores técnicos, y una serie fortuita e inesperada de circunstancias que no están relacionadas entre ellas. Sólo semejante cúmulo de coincidencias pudo generar una brecha en la seguridad personal de Hitler que Elser explotó con tanta habilidad.
Pero la suerte, que le había ayudado a llegar tan cerca de su objetivo, le falló a Elser al final. Cuando se forma parte de una red, el trabajo en equipo puede remediar muchos de los retos inesperados que plantea la mala suerte. Se puede obtener información de primera mano de los planes del objetivo; un compañero puede ayudar a resolver el problema; se puede planear un nuevo atentado. Cuando un asesino trabaja solo, sin información de inteligencia sobre su objetivo o cooperación con su círculo interno, las circunstancias inesperadas son casi imposible de superar. Debe contar con una suerte perfecta a lo largo de todo el trayecto. Elser tuvo esta suerte hasta el estallido final del artefacto, cuando todos sus esfuerzos quedaron en nada.

El 7 de noviembre de 1938, un joven refugiado judío llamado Herschel Grynszpan entró en la embajada alemana en París y pidió ver a un funcionario. El recepcionista lo dirigió a un joven diplomático, Ernst vom Rath. Cuando le preguntó por la razón de su visita, sacó una pistola y disparó a Vom Rath en el abdomen.
La jefatura nazi utilizó el pogromo como pistoletazo de salida para más golpes contra la judería alemana y austriaca. Por decretos especiales de Göring y Heydrich, los judíos fueron expulsados de casi todos los sectores de la economía alemana. La comunidad tuvo que pagar un millón de marcos como indemnización por Vom Rath y reconstruir por sus propios medios los destrozos de la Noche de los Cristales Rotos. No se pagaron las pólizas de seguro. Los niños judíos fueron expulsados de las escuelas alemanas y se prohibió el acceso a casi todos los lugares públicos a ellos y a sus familias. Por primera vez, los judíos fueron encarcelados en campos de concentración sólo por ser judíos.
Este pogromo tan cruel dejó a los conspiradores antinazis perplejos y paralizados, alimentando su motivación pero también su profunda sensación de impotencia. Aún no se habían recuperado de su fracaso de septiembre, cuando el golpe parecía a la vuelta de la esquina. Prácticamente no podían seguir el ritmo de los acontecimientos. En contra de sus predicciones, Hitler no cayó en desgracia. Al contrario, su estrella subió aún más alto. Goerdeler, por su parte, también se sentía aturdido por la colaboración de muchos alemanes sencillos con los alborotadores. Comprendía —parcialmente, con reticencias y quizá por primera vez— que sus amigos y él eran una gota dentro de un océano nazi. Otros se sintieron profundamente decepcionados por el silencio de los generales.
El único conspirador que hizo algo tangible fue el comandante adjunto de la policía de Berlín, Fritz von der Schulenburg. Al recibir la noticia de que se había arrestado a los judíos después de la Kristallnacht, liberó inmediatamente a los que se encontraban a su cargo, declarando que no habían violado ninguna ley. En respuesta, Goebbels lo calificó con desprecio de «pequeño burócrata».

Hitler nunca dejó de sorprender a Tresckow y sus amigos con su brutalidad. El 30 de marzo de 1941, el dictador anunció su tristemente famosa Orden de los Comisarios, en la que establecía que los oficiales que servían como agregados políticos en cada una de las unidades del Ejército Rojo debían ser fusilados tras su captura en lugar de tomarlos como prisioneros. La guerra en Rusia no se iba a librar de manera caballerosa: «Esta guerra es una guerra entre visiones del mundo: el bolchevismo está condenado a morir. Por eso debemos liberarnos de la idea de la hermandad de los soldados. El comunista no es nuestro camarada y nunca lo ha sido. Ésta es una guerra de exterminio […] y no libramos una guerra para mantener vivo al enemigo».
Excepto por algunas protestas poco convincentes, los generales de mayor rango no hicieron nada.
El golpe final llegó muchos meses después. El 10 de septiembre, un agente de la Gestapo infiltrado en una reunión para tomar el té de un círculo social antinazi, condujo a la detención de numerosos conspiradores, entre ellos Helmuth James von Moltke. Dos agentes antinazis de la Abwehr, un matrimonio, estaban conectados con una de las mujeres arrestadas. Preocupados por su propia seguridad, se pusieron en contacto con el servicio secreto británico y escaparon a El Cairo. Himmler estaba furioso. Esta vez, Canaris no pudo eludir su responsabilidad y fue inmediatamente destituido por Hitler. La Abwehr, a excepción de algunos departamentos, fue disuelta e integrada en las SS.
En Rusia, el coronel Tresckow comprendió todas las implicaciones de los acontecimientos y fue a toda prisa a Berlín, oficialmente como «convaleciente», pero en realidad para sustituir a Oster como el principal enlace y centro de la red. Fue destinado de nuevo al frente poco después. Pero al cabo de unos meses se reclutó a un oficial joven. Transferido a Berlín, estaba dispuesto a hacerse cargo donde lo había dejado Tresckow y a transformar totalmente la resistencia. Más que ningún otro, quedaría asociado con la oposición alemana a Hitler en la imaginación popular. Su nombre era Claus von Stauffenberg.

Cuando Stauffenberg se hizo cargo de la resistencia alemana, a finales de 1943, había quedado claro que la mayoría de los miembros del círculo íntimo de Hitler debían morir. Pero la decisión de asesinarlo —el líder soberano al que se había ofrecido un juramento— era difícil para la mayoría, tortuosa para algunos y casi imposible para otros. Esta decisión, como veremos, no era sólo una consecuencia del desarrollo interno de uno u otro conspirador, sino también una decisión colectiva y, como tal, estaba sometida a la influencia de la dinámica de la red y a sus limitaciones estructurales.
En 1943 aún no se había logrado un consenso sobre el intento de asesinato. Carl Goerdeler, el conde Helmuth James von Moltke, muchos miembros del Círculo de Kreisau e incluso el teniente Werner von Haeften, mano derecha de Stauffenberg en el complot del 20 de julio, se oponían con fuerza al asesinato por motivos morales o prácticos, o ambos.
En enero de 1942, el respaldo de Beck al asesinato seguía siendo equívoco. En su lugar escogió una solución típica de compromiso. El plan, les dijo a los miembros del círculo interior, seguía siendo arrestar a Hitler, como antes, pero «en caso de fracasar» el Führer «caería víctima de un acto terrorista». Esta decisión formaba parte originalmente de un complot poco realista para utilizar a un «panzer general» retirado, muy probablemente Hoepner, con el fin de asaltar con tanques el cuartel general de Hitler. Pero la decisión básica de Beck era mucho más importante que el plan abortado con el que estaba relacionada. Al decidir matar a Hitler «si todo lo demás falla», Beck intentaba tener los dos caminos abiertos: apoyaba el asesinato de Hitler, por un lado, y mostraba el respeto debido a las voces que se oponían, por el otro.
En consecuencia, el tiranicidio es legítimo en las circunstancias de la Alemania nazi, pero sólo debe realizarse si se puede estar seguro de que mejorará las cosas. Al fin y al cabo, era la acción responsable de los asesinos y, como serían ellos los que cargarían con la culpa, también era su deber decidir (y aquí vuelvo a citar) «en la esfera de la relatividad, completamente velada en la penumbra que la situación histórica proyecta sobre el bien y el mal». Así, desde el punto de vista de Bonhoeffer, Stauffenberg, Haeften y los demás debían tomar una decisión moral prácticamente imposible. Debían tener el valor de dar un salto hacia lo desconocido. Y estaban dispuestos a hacerlo.
La mañana del 20 de julio de 1944 el conde Claus von Stauffenberg abandonó su hogar en Wannsee para que lo llevasen en coche al aeropuerto, de camino al cuartel general de Hitler en Prusia Oriental. Su maletín contenía una bomba diseñada para cambiar el curso de la historia. El momento de la verdad había llegado por fin.

La Operación Valkiria fue metódicamente planeada durante más de dos años, y el esfuerzo, el talento e incluso la imaginación empleados en esta planificación fueron extraordinarios. Pero había un problema fundamental: los líderes se ciñeron demasiado al plan original y no fueron capaces de improvisar como deben hacerlo los revolucionarios. Stauffenberg fue, quizás, una excepción, pero estaba exhausto al desempeñar el doble papel imposible de asesino y líder del golpe, y eso sin tener en cuenta el hecho de que estaba seriamente discapacitado.
Además, ceñirse al plan original, seguir los procedimientos de mando aceptados y ser totalmente incapaces de ajustarse a las circunstancias cambiantes fueron actitudes comunes a la mayoría de los oficiales implicados en la conspiración. El mejor ejemplo sea quizá la desastrosa decisión de Klausing de despachar la Operación Valkiria como alto secreto. Esto no fue consecuencia de la estupidez o el diletantismo; en realidad, el secreto era parte esencial de la Operación Valkiria desde sus inicios en 1942. Pero en la fase de ejecución (frente a la de planificación) de todo tipo de revueltas, golpes de Estado y conspiraciones revolucionarias el secreto deja de tener sentido. La velocidad lo es todo.
Klausing no fue el único en dar pasos en falso. Jaeger tampoco fue capaz de mostrar iniciativa y creatividad suficiente en el mando de las tropas. El coronel Müller, de la academia de infantería de Döberitz, acudió a Berlín para pedir órdenes por escrito, provocando un retraso crucial. Stauffenberg confiaba en la colaboración de oficiales que no formaban parte de la conspiración, como Remer, con la certeza de que cumplirían las órdenes dadas por un superior. De hecho, seguir los procedimientos aceptados, lo que normalmente se considera una virtud militar, puede ser muy perjudicial para conspiradores y revolucionarios. En este sentido, los acontecimientos en París durante el 20 de julio son una excepción que confirma la regla. Allí nadie pidió órdenes por escrito para arrestar a los SS. Una orden verbal de Stülpnagel fue suficiente. El gobernador también tuvo la precaución de enviar a alguien de confianza con cada escuadrón de detención, para asegurarse de que todo el mundo cumplía con su tarea.
Por tanto, los conspiradores del 20 de julio de 1944 no fracasaron porque fueran diletantes, sino porque eran excesivamente profesionales. Una revuelta militar tiene algunos elementos en común con una operación militar, y supone cierto tipo de trabajo ordenado y metódico; pero, al final, resulta muy diferente de una operación militar. Más que orden, requiere improvisación, incluso inconsciencia: la capacidad de dejar de lado la cautela y saltar hacia lo desconocido. Los conspiradores eran soldados educados, no revolucionarios. Ninguno de ellos tenía formación en el arte del golpe de Estado. Ni podían aprovechar la tradición oral de revoluciones militares, como en el caso de los ejércitos de Oriente Medio, África y América del Sur. Eran profesionales, pero de la profesión equivocada.

Así terminó la historia del movimiento de resistencia alemán; con honor, posiblemente, pero con un fracaso rotundo. Sus miembros no fueron capaces de evitar el estallido de la guerra y de conseguir que acabase pronto. A pesar de todos sus esfuerzos y sacrificios, la mayoría de los alemanes siguieron a Hitler hasta el amargo final.
«Cada ideal, se base o no en la realidad, da a cada persona un propósito, fuerza para seguir viviendo y para avanzar». No menos importante fue el ímpetu; sólo una valentía excepcional pudo moverlo a actuar a partir de sus valores, aun a riesgo de su vida. Estas tres condiciones necesarias parece que están presentes en casi todos los conspiradores, sin importar cuáles fueran las demás diferencias entre ellos.

Inclinados a los errores humanos, no eran santos, y en ciertas disyuntivas tenían tendencia a la agresividad y la manipulación, a veces incluso a la crueldad. Oster, por ejemplo, fue descrito por algunos de sus colegas en la Abwehr como un oficial intrigante y escurridizo que flirteaba con las secretarias en la oficina. Dohnanyi prohibió a su esposa que completase su tesis porque, según afirmaba, los estudios académicos estarían en conflicto con sus deberes femeninos. Goerdeler era, para muchos, un burócrata conservador, estirado y de mente estrecha. Tresckow estuvo implicado en la guerra contra los partisanos (que bien pudo implicar atrocidades). Y Hase, en su papel de comandante del Gran Berlín, condenó a muerte a los desertores mientras intentaba ayudar a otros «criminales» políticos. Los seres humanos son siempre complejos y con frecuencia contradictorios; los conspiradores no eran diferentes. No obstante, teniendo en cuenta las difíciles circunstancias en las que se vieron envueltos, la gran mayoría aceptó arriesgar su vida por los demás. En el mismo sentido, y sólo en ese sentido, fueron verdaderos héroes.

This is not a thriller, but an overview, a detailed historical compilation that is chronological and competent, but not a pulse pounding page-turner. Nonetheless, taken a chapter at a time, it fills in thoroughly a tiny slice that is the vastness of the history of World War II.
I came to understand that although Nazi Germany was a police state, they were amateurs compared to the Bolsheviks. People could and did speak out against Hitler, and survive the experience. Arrests by the Gestapo did not inevitably lead to torture and death. The Gestapo could be influenced by dealing with high society, or high rank. However Security around Adolf Hitler was extremely thorough and competent, but enough people truly hated what he was and what he did that civilians and soldiers did try to kill him, but Hitler had the devil’s own luck.
As an aside, many argue and I agree that once the war began and proceeded past its first German successes, removing Hitler would have been a bad thing for the Allies, because his first lucky plunges were followed by bad decisions that hurt the German military effort. In fact, one of the primary motivations of the few highly placed Germans who were in a position to do anything was simply that they wanted to win the war, and Hitler was in the way of that goal. Others wanted Hitler dead to show the civilized world that that were Germans with a conscience.
So a profound moral revulsion was no small part of the motivation of many of the plotters, though they might have been nationalistic and pleased with military victory. The atrocities, the murder of Jews, the venality and corruption were powerful motivators. In a country with a strong tradition of duty and obedience, many of the Generals and Colonels expressed amazement that it had come to this, that they would even contemplate the assassination of their own head of state in a time of war.
I also came to understand that many of these “plots” were simply vapor, hot air and big talk described in interviews after the war in a kind of expiation and self-aggrandizement. Many were willing to follow up an assassination or coup by giving the right orders if only others would act. Others would act only if someone in high position would give the right orders. Very few of these plans had any chance of support or success and even fewer became real attempts.
Actual assassination attempts like the bomb in the beer hall, the bombs in the bottles, and the bomb in the briefcase (sound like TV episodes) are described in chapters that give enough detail to be mildly interesting although never evoking tension or excitement in the reader. The Stauffenburg attempt is described fully, and what could have been if the plotters had been better organized, even though Hitler survived (again)
I think this is a valuable companion piece to the many books describing life in Nazi Germany if your interested in the subject is high. Otherwise, the many names, dates, and places may blur together as you start skimming.

Author Danny Orbach retells the story of the resistance, “shedding new light on its psychological, social and military dynamics as well as the reasons behind its decision to assassinate Adolf Hitler.”
Orbach tracks the growth of the resistance movement, its various structures, the profiles of the conspirators and their motives and the failed assassination attempts.
Orbach says the resistance missed a good opportunity for a coup in 1938 before the fall of Czechoslovakia. He writes that “never again would conspirators have at their disposal an armored division, a friendly commander in Berlin, shock troops and a sympathetic chief of staff.”
In 1939, Georg Elser, a lone assassin, planted a bomb in a beer hall, where Hitler was to appear. For some reason, Hitler cut short his speech and left early. The bomb exploded 10 minutes later. The powerful blast would have undoubtedly killed Hitler.
In March 1943, two attempts to explode a bomb on a plane, which had Hitler as a passenger, failed. Later that year, Count Claus von Stauffenberg was asked to lead a military conspiracy to overthrow Hitler and the Nazi regime.
If Hitler was assassinated, the resistance group needed to be able to take power immediately in order to make a difference. If not, it could make things worse.
Captain Axel von dem Bussche volunteered to assassinate Hitler, and, thus, the planning of Valkyrie began. On July 20, 1944, Bussche left his briefcase, which housed a powerful bomb, in a meeting room with Hitler. It exploded, but somehow Hitler survived.
The conspirators, who saw themselves as “loyal soldiers truly serving their fatherland by fighting the government,” had never considered the possibility of Hitler surviving the blast. They failed to improvise and the plot to assassinate Hitler and takeover the Nazi government fizzled.
Orbach thoroughly covers the resistance movement and its changing nature over the years. Readers with a deeper knowledge of World War II and Nazi Germany will have the most appreciation for Orbach’s work. The depth of details and explanations may be too much for many readers.

On January 30, 1933, the eve of the Nazis’ seizure of power, it was still unclear whether Hitler and the National Socialists could govern Germany without a violent confrontation. The two anti-Nazi opposition parties, the Communists and the Social Democrats, continued to have extensive networks of activists, many of them armed. They grouped millions of loyal followers, clubs and unions, and young men more than enough who were willing to fight. Within a year, all these seemingly formidable opposition networks had disappeared, consumed by fire.
The passport he was carrying indicated that his name was Marinus van der Lubbe, a Dutch citizen. He had used his shirt and a can of gasoline to start the fire. When asked about the reasons, he replied: “Protest! Protest!”.
Few of the many Berliners who were horrified witnesses to the flames could imagine that the new Chancellor of the Reich, Adolf Hitler, was going to use the fire as an excuse to destroy all networks, organizations and opposition parties in Germany. The chancellor, who had been appointed only one month earlier, on January 30, destroyed political parties of all tendencies, the autonomy of the German state and the power of the unions in less than a year.
The alliance with the Army was sealed in June 1934, when Hitler decided to eliminate his own militia, the SA. The leaders of this violent organization did not hide their intentions to eliminate the hated aristocratic officers and to constitute in their place a National Socialist People’s Army. The generals could not bear such a threat for long. In the end, Hitler had to choose a side, and he did. In a burst of terrifying cruelty, which was later known as the Night of the Long Knives, Hitler ordered that all SA commanders be massacred. Numerous conservatives opposed to the regime were also killed, including two senior officers: the former Reich Chancellor General Kurt von Schleicher and the General Intelligence Officer Division Ferdinand von Bredow. But this did not stop the military leadership from celebrating it and the two main military commanders of the country, the commander-in-chief, General Werner von Fritsch, and the chief of staff, General Ludwig Beck, did not even present a protest. The victory of the Army was, of course, illusory. The SA were set aside to favor the SS, the elite Army of the National Socialist Party. It was more organized and in the long term represented a much greater threat to the Army.
The other face of the happily united Volk was “the Jew,” the eternal black beast of the National Socialist Party. This relatively unpopular minority was singled out as the enemy against whom the newly formed nation had to unite. But things did not develop easily from the beginning. For example, the collaboration of the population in the anti-Jewish boycott of April 1, 1933 was limited, despite the poisonous propaganda of the Government and local organs of the Nazi party.

Hitler also took the opportunity to deepen the nazification of some of the great ministries. The purge generated a more solidly National Socialist bureaucracy in preparation for the war, but at the same time some of the destitute approached Oster’s opposition clique, Gisevius and Goerdeler. In addition to their personal bitterness and the collective aspiration to protect Fritsch, many of the newly incorporated members were greatly concerned about Hitler’s irresponsible foreign policy and the relentless use of violence.
However, the recruiting efforts of the network were not focused on Fritsch, but on the chief of staff, Beck, whose internal break with the Nazi regime was getting closer. Like his official colleagues, he was a staunch supporter of the Anschluss, but, unlike them, he opposed the way in which this fruit had been harvested: through Hitler’s military threats. When the Führer ordered him to draw up plans for the Otto Case, the code name for the German invasion of Austria, he only accepted with great reluctance, arguing that Germany was not yet ready. After the Anschluss, he praised the Führer for his ability to fulfill his dreams without spilling blood, but the gap between the government and him was widening. The chief of the General Staff began to believe that this was only going to be the beginning of Hitler’s military adventures, and the result could be a disastrous world war. The tireless Oster, always attentive, quickly realized the cracks in Beck’s defenses and made it his personal project. Soon after, he saw an opportunity, a large-scale international crisis that would transform Beck’s theoretical critique of the regime into something more practical.
It is not clear if Beck gave his consent to the coup plans that were being prepared in secret at this time. Clandestinely, General Halder had long conversations with the leaders of the conspiracy and closed a confidential agreement with Lieutenant Colonel Oster: as soon as Hitler ordered the Army to invade Czechoslovakia it would be time to carry out the coup d’etat.
Chamberlain saved Hitler? Maybe. What is clear, and more interesting, is that the failure of the conspirators had nothing to do with any mistake they had made. Actually, they did not have time to commit any. On the other hand, its failure is directly related to the structure of its network, especially with its character as a small and dense clique of friends. That was the origin of their strength in a sense, keeping the network relatively secure against the Gestapo and facilitating that leaders like Oster could control and organize it. However, its size also meant that in order to function it had to rely on the collaboration of external persons such as General Halder and Prime Minister Chamberlain. Their bosses were hopeful that decisions made in London would be favorable. When they were not, the conspirators lost the best opportunity to carry out a coup against Hitler and the Nazi regime.

Elser’s story shows that a conspiracy network is not a precondition for the success of an assassination attempt. However, an “almost successful” of this type is based on other factors: a very traveled individual, with a lot of talent and very diverse skills, who enjoys the benefits of a dense network of employers and technical educators, and a fortuitous series of unexpected circumstances that are not related to each other. Only such a cluster of coincidences could create a breach in Hitler’s personal safety that Elser exploited with such skill.
But luck, which had helped him get so close to his goal, failed Elser in the end. When part of a network, teamwork can remedy many of the unexpected challenges posed by bad luck. You can get first-hand information about the target’s plans; a partner can help solve the problem; you can plan a new attack. When a murderer works alone, without intelligence information about his goal or cooperation with his inner circle, the unexpected circumstances are almost impossible to overcome. You must have perfect luck throughout the entire journey. Elser had this luck until the final explosion of the artifact, when all his efforts were in nothing.

On November 7, 1938, a young Jewish refugee named Herschel Grynszpan entered the German embassy in Paris and asked to see an official. The receptionist directed it to a young diplomat, Ernst vom Rath. When asked about the reason for his visit, he pulled out a pistol and shot Vom Rath in the abdomen.
The Nazi leadership used the pogrom as a starting signal for more blows against German and Austrian Jewry. By special decrees of Göring and Heydrich, Jews were expelled from almost every sector of the German economy. The community had to pay a million marks as compensation for Vom Rath and rebuild by their own means the destruction of the Night of the Broken Glass. The insurance policies were not paid. Jewish children were expelled from German schools and access to almost all public places was forbidden to them and their families. For the first time, Jews were imprisoned in concentration camps just because they were Jews.
This cruel pogrom left the anti-Nazi conspirators perplexed and paralyzed, fueling their motivation but also their deep sense of helplessness. They had not yet recovered from their failure in September, when the coup seemed to be just around the corner. They practically could not keep up with the events. Against his predictions, Hitler did not fall from grace. On the contrary, his star rose even higher. Goerdeler, on the other hand, also felt stunned by the collaboration of many simple Germans with the rioters. He understood – partly, reluctantly and perhaps for the first time – that he and his friends were a drop in a Nazi ocean. Others were deeply disappointed by the silence of the generals.
The only conspirator who did anything tangible was the deputy commander of the Berlin police, Fritz von der Schulenburg. Upon receiving the news that the Jews had been arrested after the Kristallnacht, he immediately released those in his charge, declaring that they had not violated any law. In response, Goebbels dismissed him as a “petty bureaucrat”.

Hitler never stopped surprising Tresckow and his friends with his brutality. On March 30, 1941, the dictator announced his infamous Order of Commissioners, stating that the officers who served as political attachés in each of the Red Army units should be shot after capture instead of taking them as prisoners. The war in Russia was not going to be fought in a gentlemanly way: “This war is a war between visions of the world: Bolshevism is doomed to die. That is why we must free ourselves from the idea of ​​the brotherhood of soldiers. The communist is not our comrade and never has been. This is a war of extermination […] and we do not wage a war to keep the enemy alive.
Except for some unconvincing protests, the senior generals did nothing.
The final blow came many months later. On September 10, an agent of the Gestapo infiltrated a meeting to drink tea from an anti-Nazi social circle, leading to the arrest of numerous conspirators, including Helmuth James von Moltke. Two anti-Nazi agents of the Abwehr, a married couple, were connected to one of the women arrested. Concerned about their own safety, they contacted the British secret service and escaped to Cairo. Himmler was furious. This time, Canaris could not evade his responsibility and was immediately dismissed by Hitler. The Abwehr, with the exception of some departments, was dissolved and integrated into the SS.
In Russia, Colonel Tresckow understood all the implications of events and rushed to Berlin, officially as “convalescent,” but in reality to replace Oster as the main link and center of the network. He was destined again to the front soon after. But after a few months a young officer was recruited. Transferred to Berlin, he was willing to take over where Tresckow had left him and to completely transform the resistance. More than any other, it would be associated with the German opposition to Hitler in the popular imagination. His name was Claus von Stauffenberg.

When Stauffenberg took over the German resistance at the end of 1943, it had become clear that most of Hitler’s inner circle should die. But the decision to assassinate him-the sovereign leader to whom an oath had been offered-was difficult for most, tortuous for some and almost impossible for others. This decision, as we shall see, was not only a consequence of the internal development of one or the other conspirator, but also a collective decision and, as such, was subject to the influence of the dynamics of the network and its structural limitations.
In 1943 a consensus on the assassination attempt had not yet been achieved. Carl Goerdeler, Count Helmuth James von Moltke, many members of the Kreisau Circle and even Lieutenant Werner von Haeften, Stauffenberg’s right-hand man in the July 20 plot, strongly opposed murder for moral or practical reasons, or both .
In January 1942, Beck’s endorsement of the murder remained equivocal. Instead he chose a typical compromise solution. The plan, he told the members of the inner circle, was still to arrest Hitler, as before, but “in case of failure” the Führer “would fall victim to a terrorist act”. This decision was originally part of an unrealistic plot to use a retired “general panzer”, most likely Hoepner, to assault Hitler’s headquarters with tanks. But Beck’s basic decision was much more important than the aborted plan to which he was related. In deciding to kill Hitler “if all else fails”, Beck tried to have both paths open: he supported Hitler’s murder, on the one hand, and showed respect for the opposing voices, on the other.
Consequently, tyrannicide is legitimate in the circumstances of Nazi Germany, but it should only be done if one can be sure that it will improve things. After all, it was the responsible action of the murderers and, as they would be the ones to bear the guilt, it was also their duty to decide (and here I quote again) «in the sphere of relativity, completely veiled in the gloom that the historical situation projects on good and evil ». Thus, from Bonhoeffer’s point of view, Stauffenberg, Haeften and the others had to make a moral decision that was practically impossible. They must have the courage to take a leap into the unknown. And they were willing to do it.
On the morning of July 20, 1944, Count Claus von Stauffenberg left his home in Wannsee to be taken by car to the airport on the way to Hitler’s headquarters in East Prussia. His briefcase contained a bomb designed to change the course of history. The moment of truth had finally arrived.

Operation Valkyrie was methodically planned for more than two years, and the effort, talent and even the imagination employed in this planning were extraordinary. But there was a fundamental problem: the leaders stuck too close to the original plan and were not able to improvise as revolutionaries should. Stauffenberg was, perhaps, an exception, but he was exhausted in playing the double role of assassin and leader of the coup, and that without taking into account the fact that he was seriously disabled.
In addition, sticking to the original plan, following accepted command procedures and being totally unable to adjust to changing circumstances were attitudes common to most officers involved in the conspiracy. The best example is perhaps the disastrous decision of Klausing to dispatch Operation Valkyrie as a top secret. This was not a consequence of stupidity or dilettantism; In reality, secrecy was an essential part of Operation Valkyrie since its inception in 1942. But in the execution phase (as opposed to planning) of all kinds of revolts, coups d’état and revolutionary conspiracies, the secret ceases to make sense. Speed ​​is everything.
Klausing was not the only one to take false steps. Jaeger was also unable to show sufficient initiative and creativity in the command of the troops. Colonel Müller, from the Döberitz infantry academy, went to Berlin to ask for written orders, causing a crucial delay. Stauffenberg trusted the collaboration of officers who were not part of the conspiracy, such as Remer, with the certainty that they would comply with the orders given by a superior. In fact, following accepted procedures, which is usually considered a military virtue, can be very detrimental to conspirators and revolutionaries. In this sense, the events in Paris during July 20 are an exception that confirms the rule. No one there asked for written orders to arrest the SS. A verbal order from Stülpnagel was sufficient. The governor also took the precaution of sending someone he trusted with each arrest squad to make sure everyone was doing their homework.
Therefore, the conspirators of July 20, 1944 did not fail because they were dilettantes, but because they were excessively professional. A military revolt has some elements in common with a military operation, and involves some kind of orderly and methodical work; but, in the end, it is very different from a military operation. More than order, it requires improvisation, even unconsciousness: the ability to put aside caution and jump into the unknown. The conspirators were educated soldiers, not revolutionaries. None of them had any training in the art of the coup d’état. Nor could they take advantage of the oral tradition of military revolutions, as in the case of the armies of the Middle East, Africa and South America. They were professionals, but of the wrong profession.

Thus ended the history of the German resistance movement; with honor, possibly, but with a resounding failure. Its members were not able to prevent the outbreak of the war and get it to end soon. Despite all their efforts and sacrifices, most Germans followed Hitler to the bitter end.
“Each ideal, whether based on reality or not, gives each person a purpose, strength to continue living and to move forward.” No less important was the impetus; only exceptional bravery could move him to act from his values, even at the risk of his life. These three necessary conditions seem to be present in almost all the conspirators, no matter what the other differences between them are.

Inclined to human errors, they were not saints, and in certain dilemmas they tended to be aggressive and manipulative, sometimes even cruel. Oster, for example, was described by some of his colleagues at the Abwehr as an intriguing and elusive officer who flirted with secretaries in the office. Dohnanyi forbade his wife to complete her thesis because, she claimed, academic studies would be in conflict with her feminine duties. Goerdeler was, for many, a conservative, stiff, narrow-minded bureaucrat. Tresckow was involved in the war against the partisans (which may well have involved atrocities). And Hase, in his role as commander of Greater Berlin, condemned the deserters to death while trying to help other political “criminals”. Human beings are always complex and often contradictory; the conspirators were not different. However, taking into account the difficult circumstances in which they were involved, the vast majority accepted to risk their lives for others. In the same sense, and only in that sense, they were true heroes.

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