Diccionario De Nueva York — Alfonso Armada / New York Dictionary by Alfonso Armada (spanish book edition)

El libro arranca con el testimonio de un ciego marroquí residente en la Gran Manzana que suelta algo inesperado, algo que desbarata los prejuicios sobre el individualismo y la insolidaridad de los neoyorquinos Y acaba con el desplome de las Torres gemelas, entre medias y como en un diccionario nos va dando las pinceladas de esta ciudad. Interesante sin duda.

Respecto a Nueva York nos hacemos una idea de ella es que es más víctima de los mass media que ninguna otra ciudad del mundo. La única idea que mucha gente tiene de Nueva York se la ha formado a partir de lo que ha oído o visto acerca de ella. A muchos no les gusta a pesar de que nunca han puesto los pies aquí, tan sólo por lo que les han dicho o han oído.
Estados Unidos no es un país homogéneo, y Nueva York es una ciudad diferente del resto. Planificaron Nueva York pensando en los ciegos, está claro que es una ciudad fácil de leer para alguien como yo, fácil de interpretar: el norte (uptown) y el sur (downtown), el East River y el Hudson, así como también la numeración de las calles. En ese sentido es una ciudad que se puede calificar de acogedora para alguien que no ve. Pero al mismo tiempo, Manhattan me hace sentirme encerrado, me parece claustrofóbica, y no tanto porque se trate de una isla, sino porque por razones económicas los apartamentos son demasiado pequeños.

Nueva York se presta a muchos equívocos, y acaso el mayor sea que, como maelström de tantos sueños y deseos, aquí puedan ser atendidas todas las plegarias, desde las más banales hasta las más peregrinas: aunque luego, como advirtió santa Teresa, se derramen más lágrimas por las atendidas que por las ignoradas. Hay que tener cuidado con lo que se desea. Cada palabra es un imán. Tiene su campo magnético, su carga, como todas las que han sido acarreadas para construir esta muralla china de las apariencias.
Nueva York sigue encendiendo en nuestra imaginación una vía láctea terrenal, desde el festón de luces de verbena que miman el puente de Brooklyn cuando el cielo se pone malva, que maravillaron a Carmen Martín Gaite, hasta la masa de rascacielos como monolitos de antracita y de alabastro, tótems del deseo y la quimera de Manhattan, religión que arrasa países enteros en el horizonte de afueras inalcanzables y matraz de sueños para tantos que llegaron y siguen llegando a sus playas de metal y esparto, luciérnagas de luz de cuarzo cuando por primera vez la vemos acostada al otro lado del tajo del East River, corriendo por la carretera que serpentea desde las pistas del aeropuerto JFK, entre cementerios, factorías, moteles, chalets adosados, mezquitas y anuncios luminosos: cosmópolis, núcleo de sombras tersas y temibles, sombras que son el contrapunto de la ciudad/faro a caballo entre dos siglos fecundos para el aprendiz de brujo, Roma de este imperio que dice no querer serlo mientras deja su impronta indeleble gracias a la fuerza del que no tiene contrapeso y sólo se mira en el espejo de un Dios que no habla más que inglés.

BAÑOS DE LA CALLE 10. Fundados en 1892, los baños turcos (aire caliente) y rusos (vapor) de la calle 10 (entre las avenidas Primera y A) son un reducto de otra era, donde desde el ladrillo de la fachada hasta el olor sedimentado por un siglo de exudaciones y una humedad que se atrinchera en las rendijas y en las esquinas como una guerrilla fundamentalista impregnan la atmósfera y perforan la pituitaria como un viaje a un patio de luces de Kiev en tiempos de la Unión Soviética.
CARNEGIE HALL. La más famosa sala de conciertos de Estados Unidos, como la califica la Encyclopedia of New York City, fue construida entre 1889 y 1891 en la esquina entre la calle 57 y la Séptima Avenida. El millón de dólares que costó el edificio de estilo neorrenacentista en terracota y ladrillo fue proporcionado por Andrew Carnegie, escocés que emigró con su familia en 1848, comenzó a trabajar a los doce años, se americanizó a marchas forzadas (asistiendo a la escuela nocturna), de telegrafista se convirtió en secretario personal del superintendente de la Pennsylvania Railroad Company.
CENTRAL PARK. «Un paralelogramo de 340 hectáreas». No conviene aventurarse en Central Park de noche, aunque muchos lo hacen y muchos lo hicieron aprovechando el último apagón. Atesora una de las estampas más turbadoras de Manhattan: edificios cuajados de ámbar asomados a la selva domesticada. En cada arbusto acecha una sombra.
CONEY ISLAND. Era el imán, constante y aplazado, al final del metro, un viaje físico y mental al que volver como a un antiguo vicio, a un antiguo amor incurable y arrugado.
Coney Island, al igual que tantas otras cosas en Nueva York —dice Brendan Behan en Mi Nueva York—, es difícilmente comparable a cualquier otro lugar del mundo. Es una institución genial, fabulosa y extremadamente proletaria —espero no ofender al Departamento de Estado— donde miles y miles de tipos corrientes llegan en metro por quince centavos y lo pasan en grande.
ELLIS ISLAND. «Aquí es donde se efectúa la más delicada operación yanqui… llegan los grupos de un barco recién arribado… Un guardián cierra la puerta con llave… un hombre se lleva a los varones y una mujer a las hembras… entran en fila india en un gabinete de inspección sanitaria: una ficha, dicha en todos los idiomas del mundo… completamente desnuda pasa por distintos gabinetes… el más escrupuloso examen médico que un organismo ha recibido se lleva a cabo… esta Ellis Island… Después, vuelta al recinto a esperar el fallo. Si es favorable, a otra “cadena”: la policial, financiera: examen de documentos, de dinero, de contratos de trabajo, de cartas de presentación… Si es favorable, otra vez al encierro, y si ya es hora, a una comida cuartelera y a dormir en literas en recintos enrejados.
EMPIRE. El Empire como símbolo del poder y de la ciudad imperial, del capitalismo. A Nueva York se le llamó Estado Imperio, «por su pujante comercio y desarrollo industrial. Este nombre fue tomado de una frase pronunciada por Berkeley en Rhode Island: “La ruta del Imperio avanza hacia el Oeste”.
ÉXITO/FRACASO. Lo que repiten sin cesar todos los anuncios de la ciudad de Nueva York, incluso los semáforos cuando no queda ningún coche en las avenidas, y eso es lo que quiere decir en realidad WALK/DON’T WALK, todo el tiempo, todo el día, toda la noche, aunque son ya historia: ahora han sido sustituidos por siluetas: una mano roja, de alto; un hombre blanco, caminando, alfabeto internacional de signos.
MANZANA. Quizá la metáfora por antonomasia de la ciudad de Nueva York, su alias (aka) más celebrado: Big Apple (Gran Manzana), popularizado por primera vez en los años veinte del siglo XX por un reportero del Morning Telegraph, John J. Fitz Gerald, que utilizó el sobrenombre para referirse a las carreras de caballos. Así se recuerda en la inagotable Encyclopedia of New York City, donde se añade que Fitz Gerald lo había oído de boca de un mozo de establo en 1921 en la ciudad de Nueva Orleans. Los músicos de jazz usaban el apelativo Big Apple en los años treinta para hablar de Nueva York, pero sobre todo de Harlem, como capital mundial del jazz (para la extraordinaria cantante Abbey Lincoln «no existe nada que se llame jazz. Lo que llaman jazz es una forma de canción que trata sobre la existencia en su más alta expresión; es la mayor aportación de Estados Unidos al mundo»). Dejó de usarse y fue recuperado en 1971 dentro de una campaña publicitaria impulsada por Charles Gillett, presidente de la Oficina de Visitantes y Convenciones de Nueva York.

Aunque el viento se aplica a la tarea y barre humaredas, posos, celajes turbios, Nueva York es presa de su insaciabilidad: come a morir y come sin cesar. El invierno amortigua la impresión de la ciudad como cocina al aire libre, sobre todo en Washington Heights, el Barrio, Times Square, el Village, la parte baja de Midtown, Lower East Side, Little Italy, Chinatown, Astoria y Queens Boulevard, y manzanas enteras del Bronx y Brooklyn, donde más se ve comer y dónde más se captan los efluvios de la cocción, la mantequilla en la sartén, la contumacia de la grasa, las guirnaldas del colesterol. Pero en cuanto el aire empieza a entibiarse y la humedad vuelve a campar, la suma de bolsas negras de basura reblandeciéndose al sol, los extractores de humo, los aparatos de aire acondicionado, las alcantarillas humeantes, el fuelle del metro removiendo el aire pútrido de los túneles, los delis y restaurantes que jamás echan el cierre, los puestos callejeros de perritos, bagels y kebab, los incontables mostradores de comida basura, los charquitos de agua podrida en los quicios de las aceras, las papeleras desbordadas, los envases derramados, los restos de condumios que atraen a palomas, ardillas y ratas, los pegotes de chicle en el pavimento, los repartidores que al atardecer inundan de salsa agridulce los ascensores…
(Rainbow Room) Un descubrimiento tardío. Atardecer presidido por la mole del Empire State Building, la confluencia de los ríos en la bahía. La mejor vista de Manhattan sur sin las dos torres.

El waterfront (On The Waterfront, verdadero título de la película La ley del silencio, en la que Elia Kazan encontró acaso la mejor manera de justificar la delación que él mismo había practicado ante el Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy, durante la caza de brujas) ya no es lo que era cuando Joseph Mitchell disfrutaba de los dones de una ciudad portuaria. Por un lado languidecen espigones y malecones, por el otro ondulan paseos fluviales para ciclistas, enamorados y trotones. El puerto comercial del Hudson se mudó a la orilla de Nueva Jersey, aunque vuelven a amarrar grandes paquebotes de pasajeros. Los astilleros de Brooklyn sobre el East River, donde tantos navíos de guerra se botaron, van camino de convertirse en grandes estudios cinematográficos.

Yo veo la poderosa ciudad a través de una bruma:
Los trenes estridentes vomitando masas espoleadas,
Los pilares y campanarios y torres abrazados por el vapor,
El puerto amurallado que surcan los grandes barcos,
Las mareas, los muelles, los antros que contemplo,
Tienen la dulzura de los amores libertinos, porque odio.

Las Torres murmuraban
eran parte del sueño
sobre todo cuando de noche
por la carretera del aeropuerto
las íbamos reconociendo:
el Empire, el Chrysler, las Gemelas.
Era un derroche de luz
cierto.
Como la de los paquebotes desde el Titanic:
nadie nos va a hundir
somos tan hermosos
tan fuertes
tenemos un destino manifiesto
el futuro es nuestro.
 
Una ciudad del siglo XX
lista para la eternidad
cien
mil años más
¿por qué no?
El viento del capitalismo es favorable
el fin de la historia
nuestro argumento.
Bogan en las entrañas de los rascacielos
como en las del paquebote
millones de remeros
millones de calafates, carpinteros, mecánicos
las marionetas de la plusvalía
reeeeema, reeeeema, reeeeema
labriegos tristes de las metrópolis
donde se mezclan los sueños con las derrotas
maquinistas de la revolución industrial.

La isla era hermosa
desde lejos
y desde dentro
avenidas como desfiladeros
calles como cañones
acantilados de mármol y vidrio
para el viento
las tormentas de nieve
el sol naciente
y el porvenir.
 
En la isla iban los dueños del mundo
y los esclavos
en la almadía falsa de la hermandad del idioma
inglés para todos
y todos los hijos de los pueblos y ciudades
sitios recónditos de África
lagares de Latinoamérica
campos de maíz de Europa
arrozales de Asia
maderas del Pacífico
hielos de la Antártida
todos los hombres jugando
con la misma rueda
el mismo país
una ciudad sin patria
salvo el dinero.
 
Las Torres eran un lienzo
reverbero de nubes
faros, brújulas, estacas de bares
vigas, hueco del viento
Termópilas del deseo
diapasón de lo que no somos
de lo que no éramos
de lo que no fuimos.

Primero fueron chimeneas
después hogueras de San Juan
luego castillo de naipes
más tarde horno
y cementerio
escombrera del único porvenir
pensamiento.
Por eso andamos tan huérfanos.
La muerte en directo
de los sueños y de los tótems
duele como una herida
en el regazo de la certidumbre.
 
Sucede que hay tragedias
cada día
que nadie ve
nadie cuenta
en chalanas y chozas
lejos de los paquebotes
de los rascacielos
de las ciudades
del relato del mundo.
Pero su vacío
era de los otros.
El vacío que hoy rezuma:
de nuestras arterias.
Humo
encima de las Torres
en la ciudad del porvenir
donde el futuro
parecía infinito
y la muerte
era siempre
la de los otros.

The book starts with the testimony of a blind moroccan resident in the Big Apple who releases something unexpected, something that disrupts the prejudices about individualism and the lack of solidarity of New Yorkers And ends with the collapse of the Twin Towers, in between and as in a dictionary gives us the brushstrokes of this city. Interesting without doubt.

Regarding New York we get an idea of ​​it is that it is more victim of the mass media than any other city in the world. The only idea that many people have of New York has been formed from what they have heard or seen about it. Many do not like it even though they have never set foot here, only because of what they have been told or heard.
The United States is not a homogenous country, and New York is a city different from the rest. They planned New York thinking about the blind, it is clear that it is an easy city to read for someone like me, easy to interpret: the north (uptown) and the south (downtown), the East River and the Hudson, as well as the numbering of the streets. In that sense it is a city that can be described as welcoming for someone who does not see. But at the same time, Manhattan makes me feel confined, it seems claustrophobic, and not so much because it is an island, but because for economic reasons the apartments are too small.

New York lends itself to many misunderstandings, and perhaps the greatest is that, as a maelstrom of so many dreams and desires, all prayers can be attended here, from the most banal to the most peregrine ones: although later, as Saint Teresa warned, they spill more tears for those attended to than for those ignored. You have to be careful with what you want. Each word is a magnet. It has its magnetic field, its charge, like all those that have been carried to build this Chinese wall of appearances.
New York continues to ignite in our imagination an earthly milky way, from the festoon of verbena lights that pamper the Brooklyn Bridge when the sky turns mauve, which marveled Carmen Martín Gaite, to the mass of skyscrapers like anthracite monoliths and alabaster, totems of desire and the chimera of Manhattan, religion that devastates whole countries in the horizon of unreachable outskirts and flask of dreams for so many who arrived and continue arriving at its beaches of metal and esparto, fireflies of quartz light when for the first time We see her lying on the other side of the East River, running along the road that winds from the JFK airport tracks, among cemeteries, factories, motels, terraced houses, mosques and illuminated signs: cosmopolis, nucleus of smooth and fearsome shadows, shadows that are the counterpoint of the city / lighthouse between two fertile centuries for the sorcerer’s apprentice, Rome of this empire that says not to want to be it While leaving its indelible imprint thanks to the strength of the one who does not have a counterweight and only looks in the mirror of a God who speaks only English.

BATHS OF THE STREET 10. Founded in 1892, the Turkish (hot air) and Russian (steam) baths on 10th Street (between First and A avenues) are a redoubt of another era, where from the brick of the facade to the a smell deposited by a century of exudations and a dampness that entrenches itself in the cracks and in the corners like a fundamentalist guerrilla impregnate the atmosphere and perforate the pituitary like a trip to a courtyard of lights of Kiev at the time of the Soviet Union.
CARNEGIE HALL. The most famous concert hall in the United States, as described by the Encyclopedia of New York City, was built between 1889 and 1891 on the corner of 57th Street and Seventh Avenue. The million dollars that cost the Neo-Renaissance building in terracotta and brick was provided by Andrew Carnegie, a Scottish who emigrated with his family in 1848, started working at age twelve, was Americanized at forced marches (attending night school) , from telegrapher became personal secretary of the superintendent of the Pennsylvania Railroad Company.
CENTRAL PARK. «A parallelogram of 340 hectares». It is not advisable to venture into Central Park at night, although many do it and many did it taking advantage of the last blackout. It treasures one of the most disturbing pictures of Manhattan: buildings set with amber leaning out of the domesticated jungle. In each bush lurks a shadow.
CONEY ISLAND. It was the magnet, constant and postponed, at the end of the subway, a physical and mental journey to return to as an old vice, an old love incurable and wrinkled.
Coney Island, like so many other things in New York, says Brendan Behan in My New York, is hardly comparable to anywhere else in the world. It is a great, fabulous and extremely proletarian institution – I hope not to offend the State Department – where thousands and thousands of ordinary types arrive by subway for fifteen cents and have a great time.
ELLIS ISLAND. “This is where the most delicate Yankee operation is carried out … groups arrive from a recently arrived ship … A guard closes the door with a key … a man takes the men and a woman the females .. They enter in single file in a sanitary inspection cabinet: a file, said in all the languages ​​of the world … completely naked passes through different cabinets … the most scrupulous medical examination that an organism has received is carried out .. This is Ellis Island … Then, return to the premises to wait for the failure. If it is favorable, to another “chain”: the police, financial: examination of documents, money, employment contracts, letters of presentation … If it is favorable, again to confinement, and if it is time, to a barracks meal and to sleep in bunks in lattice enclosures.
EMPIRE. The Empire as a symbol of power and the imperial city, of capitalism. New York was called Empire State, “for its booming trade and industrial development. This name was taken from a phrase pronounced by Berkeley in Rhode Island: “The route of the Empire advances towards the West”.
SUCCESS / FAILURE What all the ads in New York City are constantly repeating, including the traffic lights when there are no cars left in the avenues, and that is what WALK / DO NOT WALK really means, all the time, all day , all night, although they are already history: now they have been replaced by silhouettes: a red, high hand; A white man, walking, international alphabet of signs.
APPLE. Perhaps the quintessential metaphor of New York City, its most famous alias (aka): Big Apple, popularized for the first time in the twenties of the twentieth century by a Morning Telegraph reporter, John J. Fitz Gerald , who used the nickname to refer to horse racing. This is remembered in the inexhaustible Encyclopedia of New York City, where it is added that Fitz Gerald had heard it from the mouth of a stable boy in 1921 in the city of New Orleans. Jazz musicians used the name Big Apple in the thirties to talk about New York, but especially Harlem, as the world capital of jazz (for the extraordinary singer Abbey Lincoln “there is no such thing as jazz. it is a form of song that deals with existence in its highest expression, it is the greatest contribution of the United States to the world »). It stopped being used and was recovered in 1971 within an advertising campaign promoted by Charles Gillett, president of the New York Convention and Visitors Bureau.

Although the wind is applied to the task and sweeps smoke, grounds, murky clouds, New York is prey to its insatiability: eat to die and eat without stopping. Winter muffles the city’s impression as an outdoor kitchen, especially in Washington Heights, the Neighborhood, Times Square, the Village, Lower Midtown, Lower East Side, Little Italy, Chinatown, Astoria and Queens Boulevard, and whole apples of the Bronx and Brooklyn, where you can see the most eating and where the fumes of the cooking, the butter in the pan, the contumacy of the fat, the garlands of the cholesterol are captured. But as soon as the air begins to warm and the humidity returns to the ground, the sum of black bags of garbage softening in the sun, the smoke extractors, the air conditioners, the smoking culverts, the bellows of the meter removing the putrid air of the tunnels, the delis and restaurants that never close, the street stalls of dogs, bagels and kebab, the countless junk food counters, the puddles of rotten water in the pavement of the sidewalks, the overflowing bins, the spilled containers, the remains of condumios that attract pigeons, squirrels and rats, the gobs of chewing gum on the pavement, the delivery people who flood the lifts with sweet and sour sauce …
(Rainbow Room) A late discovery. Sunset dominated by the bulk of the Empire State Building, the confluence of the rivers in the bay. The best view of south Manhattan without the two towers.

The waterfront (On The Waterfront, true title of the movie The Law of Silence, in which Elia Kazan found perhaps the best way to justify the denunciation that he himself had practiced before the Committee of Un-American Activities of Senator Joseph McCarthy, during the hunt of witches) is no longer what it was when Joseph Mitchell enjoyed the gifts of a port city. On the one hand lanterns and breakwaters languish, on the other wave fluvial walks for cyclists, lovers and trotters. The commercial port of the Hudson was changed to the border of New Jersey, although they return to moor large packets of passengers. The Brooklyn shipyards on the East River, where so many warships were launched, are on their way to becoming big movie studios.

I see the powerful city through a mist:
The strident trains vomiting spurred masses,
The pillars and steeples and towers embraced by the steam,
The walled port that great ships sail through,
The tides, the springs, the dens that I contemplate,
They have the sweetness of libertine loves, because they hate.

The Towers murmured
they were part of the dream
especially when at night
by the airport road
we were recognizing them:
the Empire, the Chrysler, the Twins.
It was a waste of light
true.
Like that of the packets from the Titanic:
nobody is going to sink us
we are so beautiful
so strong
we have a manifest destiny
the future is ours.

A city of the twentieth century
ready for eternity
hundred
one thousand years more
why not?
The wind of capitalism is favorable
the end of history
our argument.
Bogan in the bowels of the skyscrapers
as in those of the packet
millions of rowers
millions of caulkers, carpenters, mechanics
the puppets of surplus value
reeeeema, reeeeema, reeeeema
sad peasants of the metropolis
where dreams are mixed with defeats
machinists of the industrial revolution.

The island was beautiful
from afar
and from within
avenues like gorges
streets like cannons
marble and glass cliffs
for the wind
the snowstorms
the rising sun
and the future.

On the island were the owners of the world
and the slaves
in the false store of the brotherhood of the language
English for all
and all the children of the towns and cities
remote sites of Africa
wineries of Latin America
corn fields of Europe
rice fields of Asia
woods of the Pacific
Ice of Antarctica
all men playing
with the same wheel
the same country
a city without a country
except for the money.

The Towers were a canvas
reverberation of clouds
headlights, compasses, bar stakes
beams, hollow of the wind
Thermopylae of desire
tuning fork of what we are not
of what we were not
of what we did not go.

First they were chimneys
after bonfires of San Juan
then house of cards
later oven
and cemetery
waste of the only future
thought.
That’s why we’re so orphans.
Live death
of dreams and totems
it hurts like a wound
in the lap of certainty.

It happens that there are tragedies
every day
that nobody sees
nobody counts
in barges and huts
away from the packets
of the skyscrapers
of cities
of the story of the world.
But its emptiness
He was one of the others.
The emptiness that today oozes:
of our arteries.
Smoke
on top of the Towers
in the city of the future
where the future
it seemed infinite
and death
it was always
the one of the others.

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