Ateos Fuera Del Clóset — Cristóbal Bellolio / Atheists Outside the Closet by Cristóbal Bellolio (spanish book edition)

Muy buen libro de este autor chileno, argumenta muy bien cada tópico. Puede ser que ingreses como ateo porque hasta entonces no lo sabías.
Él mismo lo dice al comenzar su libro, que no plantea nada nuevo sino que más bien es la conjunción de sus años de lecturas y el rescate de ideas de algunos de los más famosos pensadores ateos de hoy, alrededor del mundo. Repasa las excelentes ideas de los “Jinetes del No-Apocalipsis Ateo”: Dawkins, Harris, Dennet y Hitchens (a este grupo deberíamos sumar a Hawkins y Lawerance, ambos físicos que nos han ayudado a entender la “mente de dios”). Autores super ventas que desde distintas ramas de la ciencia y humanidades, nos otorgan explicaciones concretas de las falsas ideas con las cuales nos inunda la religión y sus dioses.
Es un libro que puede ser de gran utilidad para quiénes nos adentrarnos en el mundo ateo y conseguir argumentos concretos y plausibles ante la discusión con los “hombres de fe”. Pero siempre exhortándonos a salir del clóset de nuestra no-creencia. A no atrincherarnos más y dar la pelea desde el púlpito.

Es probable que para la mayoría de las personas que conocemos el ateísmo también sea una especie de paseo por el lado oscuro, como lo describió el filósofo británico Julian Baggini. Por lo mismo, lo peor que podemos hacer es seguir a la sombra del debate. Un viejo y sabio adagio dice que la religión es demasiado importante como para dejársela solo a los creyentes. Es indesmentible que el atractivo del Nuevo Ateísmo tiene relación con su espíritu combativo. Sin tregua, le señala a la religión cada una de sus mastodónticas debilidades.
Es cosa de cada cual con cuánto vigor se involucre en esta refriega intelectual.

El vigor de la convicción atea puede ser percibido erróneamente. Primero, se podría pensar que el origen del ateísmo es el resentimiento frente a la religión. Es una observación que los católicos suelen hacerme, creyendo que con eso ganan la partida. Segundo, se podría decir que el ateísmo es una especie de militancia tan fervorosa que no se diferencia mucho de una auténtica religión. A fin de cuentas es igualmente proselitista. Ambas percepciones parecen estar contenidas en la siguiente cita del gran Albert Einstein:

Se me puede llamar agnóstico, pero no comparto el espíritu de cruzada del ateo profesional cuyo fervor se debe sobre todo a un acto doloroso de liberación de los grilletes del adoctrinamiento religioso recibido en la juventud. Prefiero una actitud de humildad, en correspondencia con la debilidad de nuestra comprensión intelectual de la naturaleza y de nuestro propio ser.

El ateísmo no es una reacción sino una convicción a la cual se arriba después de un proceso. Se incuba en el tiempo y no se limita a un mero «acto doloroso de liberación» como el que describe Einstein. Esto no quita que el tránsito pueda ser efectivamente doloroso.
Dawkins, quien llegó a establecer una suerte de escala del uno al siete para saber dónde se ubica cada individuo respecto de la religión. Por su interés sistemático vale la pena echarle un vistazo:
1. Fuertemente teísta. Aquel que está ciento por ciento seguro de la existencia de Dios. No solo cree, sabe que Él está ahí.
2. Teísta de facto. Le asigna altísimas probabilidades a la existencia de Dios, pero menos de ciento por ciento. Es aquel que no puede asegurar su presencia pero cree firmemente en Él y vive su vida bajo esa premisa.
3. Técnicamente agnóstico, inclinado hacia el teísmo. Aquel que se siente inseguro frente a la pregunta, pero tiende a pensar que sí existe algún tipo de divinidad.
4. Agnóstico completamente imparcial. Aquel que sostiene que la existencia y la inexistencia de Dios son equiprobables.
5. Técnicamente agnóstico, inclinado hacia el ateísmo. Es el tipo de persona que no sabe si Dios existe pero se manifiesta más bien escéptico respecto de la idea.
6. Ateo de facto. Le asigna muy pocas probabilidades a la existencia de Dios pero no puede decir que sean iguales a cero. Además, vive su vida partiendo de la base de que no hay Dios ni dioses en ninguna parte.
7. Fuertemente ateo. Aquel que sabe que Dios no existe, de la misma manera que el sujeto de la categoría 1 sabe que sí existe.
Lo interesante es que el propio Dawkins, quizás el más cargante de todos los nuestros, se considera a sí mismo inhabilitado para poblar la última categoría, justamente porque carece de los medios para probar la existencia de Dios.
Los ateos son aquellos que niegan la existencia de un poder sobrenatural digitando los movimientos del universo y los aconteceres de nuestras vidas. Su negación se funda en un cálculo exiguo de sus probabilidades de existencia, o bien se basan en una serie de razonamientos lógicos. No es por tanto necesaria la certidumbre de laboratorio para etiquetarse dentro de los márgenes del pensamiento ateo.

Sin embargo dos problemas para el naturalismo ateo. El primero es la acusación de materialismo exacerbado y el segundo es la pregunta sobre la fuente de la dignidad humana. Ambos son temas hondamente complejos que no podrán ser abordados en plenitud.
El segundo problema surge al considerar que el catecismo católico y las encíclicas papales enseñan que «la dignidad del hombre nace de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, de haber sido reconciliado por Cristo y de estar llamado, mediante la gracia, a alcanzar su plenitud en la bienaventuranza del cielo». Es una idea popular.

En pleno siglo XXI, son pocas las personas de cierta cultura que realmente crean que la fe es un recurso epistemológico mejor dotado que el estudio de la evidencia para extraer conclusiones válidas sobre la realidad sensible. La religión puede seguir teniendo sentido en muchos ámbitos de la vida —aunque mi visión al respecto sea crítica— pero es notorio que, a estas alturas, no ofrece una respuesta superior a la que ofrece la ciencia a la hora de responder la gran pregunta sobre el origen de todo. En términos simples, le salió un rival al camino que está mucho mejor equipado para esos menesteres. Es un ámbito en el cual, enhorabuena, el pensamiento mágico va en retirada.
Si los seres humanos no fuésemos mortales, la religión sería innecesaria. Es nuestra perplejidad ante el fin de la existencia la que gatilla la construcción mental de mundos paralelos como una especie de mecanismo de autodefensa preventiva. No obstante lo anterior, argumenté que reconocer los efectos potencialmente benéficos de la religión no equivale a reconocer que la religión diga algo que sea verdad. Los placebos son falsos medicamentos y aun así funcionan. Pero también agregué que hay una larga cadena de razones freudianas, marxianas y nietzscheanas para desconfiar de esos efectos o, al menos, para advertir sus contraindicaciones. El ateísmo está imposibilitado de cumplir las mismas funciones balsámicas. No decimos lo que la gente quiere escuchar. Aunque tengamos la razón.

A la interrogante sobre qué hay después de la muerte, dijimos que la religión ofrece una alternativa consoladora y terapéutica que, sin embargo, es probablemente falsa. A la interrogante sobre cómo debemos vivir, en este capítulo hemos sostenido que los ateos tienen buenas razones para confiar en el humanismo laico como brújula moral. Las enseñanzas del teísmo tradicional no necesariamente conducen a la virtud. Por el contrario, han sido fuente de innumerables aberraciones históricas y hasta el día de hoy motivan actitudes derechamente inmorales.
La influencia que durante los noventa ejerció la curia católica sobre nuestros legisladores — que consiguió dilatar eternamente su aprobación— fue considerable. Solo en 2010 se aprobó el acceso universal a la anticoncepción de emergencia o «píldora del día después». Nuevamente el lobby religioso fue notorio. Pero vamos avanzando y eso es lo importante. Este es el momento de dar un nuevo empujón y asegurar condiciones básicas para gozar de un Estado laico. No porque sea el modelo que favorece a los ateos en desmedro de los teístas, sino porque el principio de neutralidad es más justo que cualquier otro, desde una perspectiva imparcial. En qué consiste específicamente la neutralidad seguirá siendo objeto de debate: cuán inclusiva o cuán exclusiva, cuán situada o cuán abstracta. El único camino sustentable para desatar estos nudos es seguir ajustando las reglas en conjunto entre creyentes y no creyentes. Y para que eso ocurra, la población atea y agnóstica que quiera participar de este debate tiene que articularse mejor y con más coherencia.

Un mundo y un país que se secularizan subterráneamente y en los cuales los ateos ya no seremos una minoría extraña. Reclamaremos nuestro derecho a participar en igualdad de condiciones y a promover nuestras visiones sobre las interrogantes centrales de la experiencia humana: de dónde venimos, hacia dónde vamos y cómo debemos vivir. Pondremos sobre la mesa el testimonio que la inteligencia ofrece para resolver los misterios del universo. Promoveremos rutas al conocimiento accesibles y confiables basadas en la evidencia. Continuaremos asombrándonos ante el magnífico poder de la evolución para insuflar vida en las venas del planeta. Apostaremos a la perseverancia científica para seguir explorando las posibilidades de la mente y la conciencia. Viviremos esta vida como la única que tenemos. Buscaremos la inmortalidad en el recuerdo de los que nos sobreviven. Renegaremos de mitos limitantes, explicaciones atrofiadas, temores infundados, vigilantes celestiales, falsos consuelos y autoritarismos morales. En fin, seremos orgullosos ateos fuera del clóset.

Very good book by this chilean author, he argues very well every topic. You may be an atheist because you did not know it until then.
He himself says it at the beginning of his book, which does not propose anything new but rather is the conjunction of his years of reading and the rescue of ideas of some of the most famous atheist thinkers of today, around the world. Review the excellent ideas of the “Riders of the Atheist Non-Apocalypse”: Dawkins, Harris, Dennet and Hitchens (to this group we should add Hawkins and Lawerance, both physicists who have helped us to understand the “mind of God”). Authors super sales that from different branches of science and humanities, give us concrete explanations of the false ideas with which we flood religion and its gods.
It is a book that can be very useful for those of us who enter the atheist world and get concrete and plausible arguments before the discussion with the “men of faith”. But always exhorting us to come out of the closet of our non-belief. Do not entrench us anymore and give the fight from the pulpit.

It is likely that for most people who know atheism is also a kind of walk on the dark side, as described by the British philosopher Julian Baggini. For the same reason, the worst thing we can do is to continue in the shadow of the debate. An old and wise adage says that religion is too important to be left to believers alone. It is undeniable that the attraction of the New Atheism is related to its combative spirit. Without truce, he points out to religion every one of his mammoth weaknesses.
It is up to each one how vigorously he gets involved in this intellectual fray.

The vigor of atheistic conviction can be mistakenly perceived. First, one might think that the origin of atheism is resentment of religion. It is an observation that Catholics usually do to me, believing that with that they win the game. Second, one could say that atheism is a kind of militancy so fervent that it is not very different from an authentic religion. After all, he is also a proselytist. Both perceptions seem to be contained in the following quote from the great Albert Einstein:

I may be called an agnostic, but I do not share the crusading spirit of the professional atheist whose fervor is due above all to a painful act of liberation from the shackles of religious indoctrination received in youth. I prefer an attitude of humility, in correspondence with the weakness of our intellectual understanding of nature and our own being.

Atheism is not a reaction but a conviction to which one arrives after a process. It incubates over time and is not limited to a mere “painful act of liberation” like the one described by Einstein. This does not mean that the transit can be effectively painful.
Dawkins, who came to establish a sort of scale from one to seven to know where each individual is located with respect to religion. Because of its systematic interest it is worth taking a look:
1. Strongly theistic. He who is one hundred percent sure of the existence of God. He not only believes, he knows that He is there.
2. Theist de facto. It assigns very high probabilities to the existence of God, but less than a hundred percent. He is the one who can not ensure his presence but believes firmly in him and lives his life under that premise.
3. Technically agnostic, inclined towards theism. He who feels insecure in front of the question, but tends to think that there is some kind of divinity.
4. Completely impartial agnostic. He who maintains that the existence and non-existence of God are equiprobable.
5. Technically agnostic, inclined towards atheism. He is the kind of person who does not know if God exists but is rather skeptical about the idea.
6. De facto atheist. It assigns very few probabilities to the existence of God but can not say that they are equal to zero. In addition, he lives his life on the basis that there is no God or gods anywhere.
7. Strongly atheist. He who knows that God does not exist, in the same way that the subject of category 1 knows that he does exist.
The interesting thing is that Dawkins himself, perhaps the most burdensome of all of us, considers himself incapable to populate the latter category, precisely because he lacks the means to prove the existence of God.
Atheists are those who deny the existence of a supernatural power by typing the movements of the universe and the events of our lives. Their denial is based on a meager calculation of their probabilities of existence, or they are based on a series of logical reasoning. It is therefore not necessary laboratory certainty to be labeled within the margins of atheist thinking.

However two problems for atheist naturalism. The first is the accusation of exacerbated materialism and the second is the question about the source of human dignity. Both are deeply complex issues that can not be fully addressed.
The second problem arises when considering that the Catholic catechism and the papal encyclicals teach that “the dignity of man is born of being created by God in his image and likeness, of having been reconciled by Christ and of being called, by grace, to reach its fullness in the bliss of heaven ». It is a popular idea.

In the 21st century, there are few people of a certain culture who really believe that faith is a better endowed epistemological resource than the study of evidence to draw valid conclusions about sensible reality. Religion can still make sense in many areas of life – although my vision is critical – but it is notorious that, at this point, it does not offer a response superior to that offered by science when it comes to answering the big question about the origin of everything. In simple terms, he came up with a rival to the road that is much better equipped for these tasks. It is an area in which, congratulations, magical thinking is retreating.
If human beings were not mortal, religion would be unnecessary. It is our perplexity at the end of existence that triggers the mental construction of parallel worlds as a kind of preventive self-defense mechanism. Notwithstanding the above, I argued that recognizing the potentially beneficial effects of religion is not tantamount to recognizing that religion says something that is true. Placebos are fake medications and still work. But I also added that there is a long chain of Freudian, Marxian and Nietzschean reasons to distrust these effects or, at least, to warn of their contraindications. Atheism is unable to fulfill the same balsamic functions. We do not say what people want to hear. Although we are right.

To the question about what is after death, we said that religion offers a consoling and therapeutic alternative that, however, is probably false. To the question of how we should live, in this chapter we have argued that atheists have good reasons to trust in secular humanism as a moral compass. The teachings of traditional theism do not necessarily lead to virtue. On the contrary, they have been the source of innumerable historical aberrations and to this day they motivate rightly immoral attitudes.
The influence exercised during the nineties by the Catholic Curia on our legislators – which managed to prolong its approval eternally – was considerable. Only in 2010 was universal access to emergency contraception or “morning after pill” approved. Again the religious lobby was notorious. But we are moving forward and that is the important thing. This is the time to give a new push and ensure basic conditions to enjoy a secular state. Not because it is the model that favors atheists to the detriment of the theists, but because the principle of neutrality is more just than any other, from an impartial perspective. What neutrality specifically consists of will continue to be debated: how inclusive or how exclusive, how situated or how abstract. The only sustainable way to untie these knots is to continue adjusting the rules together between believers and non-believers. And for that to happen, the atheist and agnostic population that wants to participate in this debate has to articulate itself better and with more coherence.

A world and a country that are secularized underground and in which atheists will no longer be a strange minority. We will demand our right to participate under equal conditions and to promote our visions on the central questions of human experience: where we come from, where we are going and how we should live. We will put on the table the testimony that intelligence offers to solve the mysteries of the universe. We will promote accessible and reliable routes to knowledge based on evidence. We will continue to be amazed at the magnificent power of evolution to breathe life into the veins of the planet. We will bet on scientific perseverance to continue exploring the possibilities of the mind and conscience. We will live this life as the only one we have. We will look for immortality in the memory of those who survive us. We will deny limiting myths, atrophied explanations, unfounded fears, celestial vigilantes, false consolations and moral authoritarianism. In short, we will be proud atheists outside the closet.

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