Los Placeres De La Literatura Japonesa — Donald Keene / The Pleasures of Japanese Literature by Donald Keene

Muy bien escrito. Keene ha sido un recurso maravilloso a lo largo de los años. Me gusta leer mucha literatura japonesa, en gran parte escrita antes de 1960, así que estaba interesado en aprender algunas de las estéticas relacionadas con la literatura japonesa clásica. Este libro en realidad me ayudó a entender un poco más sobre cuentos japoneses en particular (como las historias de Akutagawa) y sobre los escritores japoneses del siglo XX como Soseki y Ogai.
Es corto y al grano, pero está muy bien escrito. Por lo conciso que es el libro, contiene mucha información. ¡Muy recomendable!

Este libro se destaca por ser accesible para el neófito al tiempo que satisface por completo al lector experto. El hecho de que Keene haya tenido éxito en este frente habla de su exquisito estilo de escritura, evitando la terminología excesiva, la cita apropiada de fuentes literarias japonesas y comparaciones útiles con culturas no asiáticas.
Simplemente uno de los libros más brillantes que he leído. De las conferencias impartidas por este eminente profesor. Como una introducción a la cultura y la estética japonesa, se destaca sobre todos los demás. El lenguaje es simple pero las ideas son profundas. He leído y releído este libro muchas veces a lo largo de los años, tanto por su fraseo refinado como por su dinámica de enseñanza muscular. No se requiere habilidad para hablar japonés. El autor eligió cerezas (sin juego de palabras) de las diversas impresiones de la vida en Japón y la comprensión de la literatura transmitida en la poesía de varios períodos judiciales. Es interesante saber que los barones y príncipes de la corte japonesa, nervudos y de cuello duro, estaban atormentados por historias de amor, sueños ambiguos y remordimientos que mezclaban en conmovedores poemas que compartían en las competiciones. Este libro es didáctico solo en que puede hacer un año escribir con tanto éxito e inspirando un trabajo.

Los Ensayos sobre la pereza contienen 243 secciones. No se presentan de forma sistemática; se trataba de una obra perteneciente a la tradición zuihitsu de «seguir el pincel», dejando que la escritura pasara de un tema a otro según la dirección que siguiera la asociación libre. Aunque Kenkō nunca expuso una filosofía coherente —es fácil encontrar contradicciones entre las distintas secciones, algunas de las cuales son tan banales que uno se pregunta por qué las incluyó—, el interés por la belleza nunca falta en sus pensamientos, y es este aspecto de la obra —mucho más que su mensaje budista— el que más ha influido en la estética japonesa. Los Ensayos sobre la pereza no eran muy conocidos por el público lector en vida de Kenkō, pero se hicieron famosos a principios del siglo XVII, y desde entonces siempre han estado entre los clásicos japoneses más celebrados. Los gustos de Kenkō eran un reflejo de los gustos de los japoneses de tiempos remotos, y al mismo tiempo contribuyeron a formar las preferencias estéticas de los japoneses de los siglos venideros.
La estética japonesa y me referí a cuatro elementos que me parecen muy importantes: sugestión, irregularidad, sencillez y carácter perecedero. Me parecen útiles para acercarse al sentido japonés de la belleza, aunque soy consciente de que no cubren todas sus facetas. Las generalizaciones siempre son peligrosas.
El gusto por los comienzos y los finales no se debe a Kenkō, pero puede que fuera el primero en proponerlo como un principio. Encontramos el mismo fenómeno en las colecciones antiguas de poesía japonesa, pero nadie había explicado a qué se debía. Los numerosos poemas de amor conservados en antologías de poesía japonesa casi nunca se refieren a la alegría de encontrarse con la persona amada; en cambio, expresan lo mucho que el poeta desea ese encuentro, cuando no es la tristeza del amante —o, con mayor, frecuencia de la amante— al darse cuenta de que la relación se ha terminado y de que ya no habrá más encuentros.
En la pintura japonesa, sobre todo en la época de Kenkō, el uso de la sugerencia es muy frecuente: con unos cuantos trazos del pincel se sugieren cadenas montañosas, o con un único trazo se representa una rama de bambú. En la predilección por la pintura con tinta podemos adivinar el deseo de sugerir en lugar de afirmar con rotundidad. Ningún pueblo tiene un sentido del color tan desarrollado como el japonés, y hay muchas obras de arte japonesas espléndidas con colores brillantes; pero en el periodo medieval, en concreto, muchos pintores renunciaron al color para trabajar con tinta china.
En el estilo literario, el paralelismo tanto en los textos en prosa como en la poesía es un rasgo fundamental de la escritura china. Las obras japonesas que no siguen la influencia china evitan el paralelismo, y las formas poéticas tradicionales tienen un número irregular de versos —cinco el tanka, y tres el haiku—. Existe un contraste evidente con las estrofas de cuatro versos que predominan entre las formas poéticas no solo chinas sino de todo el mundo.

La última de las cuatro cualidades del gusto estético japonés que me he propuesto describir es la más inusual: lo efímero. En Occidente se ha buscado lo permanente y no lo efímero, razón por la cual se han construido monumentos de mármol inmortal. La conciencia de que incluso esos monumentos se hacen pedazos —prueba del efecto devastador e inexorable del paso del tiempo— ha hecho que los hombres, desde la época de los griegos, reflexionen sobre la incertidumbre del mundo.
El legado estético del Japón no está muerto. Esto explica la magnífica profusión de obras de arte que se producen cada año, y sus principios —los que he descrito— no se olvidan, ni siquiera en nuestra época de cambio incesante.

En un templo de la prefectura de Shimane, la antigua tierra de Izumo, hay un monumento que proclama que allí nació la poesía japonesa. No recuerdo haber oído hablar de un monumento similar para la poesía inglesa, francesa o italiana. El monumento declara que hace muchísimo tiempo, en la época de los dioses, en el lugar que ahora ocupa el templo, el dios Susanoo compuso el primer poema que aparece en el Kojiki (Crónicas de antiguos hechos de Japón), comentado en mi blog. El Kojiki, el libro japonés más antiguo, se presentó a la corte en el año 712 de nuestra era. Algunos japoneses se toman esta fecha al pie de la letra, a pesar de las dudas que rodean los hechos antiguos narrados en el Kojiki, pero la mayoría de los estudiosos consideran muy improbable que el primer poema pudiera haberse escrito en la forma regular del waka, que durante más de mil años ha sido la estructura típica de la poesía japonesa.
Los japoneses que se sienten insatisfechos con las convenciones y las limitaciones del haiku o del tanka siempre pueden dedicarse a componer poesía en las formas modernas, que tienen más o menos las mismas funciones que la poesía que se escribe en el resto del mundo.
Muchos de los usos propios de la poesía japonesa se han atrofiado o han desaparecido por completo. No obstante, cada vez que doy una conferencia en algún lugar de Japón, y al final se me acerca gente con una cartulina en la que me piden que escriba un poema mío, me doy cuenta de que algunas de las funciones tradicionales de la poesía aún perviven y contribuyen a la especificidad de la cultura japonesa actual.

En Japón la poesía precedió a la prosa literaria. El Kojiki, obra del siglo VIII, tiene sus admiradores, que insisten en la fuerza sencilla de sus relatos, pero su peculiar sistema de escritura hace que nadie sepa realmente si debe leerse como japonés o como mal chino con intrusiones esporádicas de palabras japonesas. Los demás ejemplos tempranos de prosa están escritos en chino o en el mismo tipo de mezcla adulterada de japonés y chino que caracteriza el Kojiki.
El primer ejemplo extenso de prosa literaria en japonés es el prefacio al Kokinshū, escrito por Ki no Tsurayuki en el año 905.
Se conservan al menos dos obras de ficción en japonés que es posible que sean anteriores al Tosa nikki, aunque desconocemos el año exacto en que se escribieron. La primera, el Taketori monogatari (El cuento del cortador de bambú), es el ejemplo más antiguo que se ha conservado de monogatari, sustantivo que quiere decir literalmente «cosas contadas». Algunos estudiosos lo fechan en el año 910, unos cinco años tras la compilación del Kokinshū. Puede que en un principio se escribiera en una mezcla de chino y japonés, como se ha sugerido, pero el texto conservado está en kana, y solo contiene unas cien palabras de origen chino.
El cuento del cortador de bambú se considera «el precursor de todas las novelas», desde que Murasaki Shikibu lo describiera de ese modo en La historia de Genji.

El teatro japonés es uno de los más ricos del mundo. Hoy en día, en un típico domingo de octubre es posible asistir a una representación de Nō, un tipo especial de teatro que llegó a su apogeo en el siglo XIV, por lo menos en tres o cuatro teatros de Tokio; de kabuki, una forma teatral desarrollada en el siglo XVII, al menos en dos teatros; y también de las distintas formas del teatro moderno, tanto obras escritas en japonés en el siglo XX como obras extranjeras y musicales traducidas al japonés. Con un poco de suerte —aunque no es nada infrecuente— habrá representaciones en el Teatro Nacional de Bunraku, el teatro de marionetas, y a veces representaciones especiales de bugaku, la forma más antigua de teatro japonés, que se remonta al siglo VIII.
El teatro de marionetas, que hoy se conoce como bunraku, empezó a difundirse más o menos al mismo tiempo que las danzas de kabuki de Okuni. Las marionetas se remontan a las que se usaban en los festivales de ciertos templos durante el siglo XI. El nombre por el que eran conocidas en aquel entonces, kugutsu, se ha relacionado con la palabra griega koukla, lo que parece indicar que el arte de las marionetas llegó a Japón tras haber atravesado todo el continente asiático. El instrumento que solía acompañar al bunraku, el samisen, llegó a Okinawa en el siglo XVI, procedente del sur de China; su sonido agudo y penetrante lo convertía en un acompañamiento perfecto para las declamaciones teatrales de los actores. Desde un primer momento los textos de bunraku fueron mucho mejores que los del kabuki, acaso porque las marionetas carecían de los encantos físicos de hermosos chicos y chicas que podían atraer al público. Pero ambos teatros eran muy populares entre el público general y de hecho rivalizaron durante dos siglos. Más o menos hasta 1683.
Desde el principio el kabuki era más realista que el bunraku, pero aun así sus argumentos y técnicas de representación eran demasiado artificiales, y la aparición de actores masculinos en papeles femeninos siempre producía un efecto muy alejado de la realidad.
El kabuki sigue siendo un teatro de actores. Uno va para ver actuar a Utaemon o a Tamasaburō, y la obra es lo de menos. Aunque el programa mencione el nombre del actor de reparto que representa cada soldado o criada, el nombre del autor de la obra no suele mencionarse porque, escribiera lo que escribiera el dramaturgo original, se sobrentiende que el texto ha cambiado muchísimo a través de los años. Cuando un actor de kabuki se queda quieto en una pose imponente, o declama un monólogo con especial fuerza, o baila con particular elegancia, los espectadores suelen gritar su nombre o alguna variante del mismo.
En la actualidad el teatro florece en Japón en todas sus variedades, en beneficio de todos.

Very well written. Keene has been a wonderful resource over the years. I enjoy reading a lot of Japanese literature, much of it written pre 1960, so I was interested in learning a few of the aesthetics involved with classic Japanese literature. This book actually helped me understand a bit more about Japanese short stories in particular (such as Akutagawa’s stories) and turn of the 20th century Japanese writers such as Soseki and Ogai.

It’s short and to the point, but very well written. For how concise the book is, it contains a lot of information. Highly recommended!
This book is notable for being accessible to the neophyte while also completely satisfying the expert reader. That Keene has succeeded on this front speaks to his exquisite writing style, avoidance of excessive terminology, appropriate citation of Japanese literary sources, and helpful comparisons to non-Asian cultures.
Quite simply one of the most brilliant books I have ever read. From lectures given by this eminent professor. As an introduction to Japanese culture and aesthetics it stands above every other. The language is simple but the ideas are profound. I have read and re-read this book many times over the years, both for its genteel phrasing and muscular teaching dynamic. No ability to speak Japanese is required. The author cherry picks (no pun intended) from the various impressions from living in Japan and the literature understanding conveyed in poetry of various court periods. Interesting to know that the stiff necked barons and princes of the Japanese court were haunted by love stories, ambiguous dreams, and regrets they wove into stirring poems they shared in competitions. This book is didactic only in that it can make one yearn to write as successfully and as inspiring a work.

The Essays on Laziness contain 243 sections. They do not appear in a systematic way; it was a work belonging to the zuihitsu tradition of “following the brush”, letting the writing pass from one subject to another according to the direction that free association followed. Although Kenkō never expounded a coherent philosophy – it is easy to find contradictions between the different sections, some of which are so banal that one wonders why he included them -, interest in beauty is never lacking in his thoughts, and it is this aspect of the work – much more than its Buddhist message – which has most influenced Japanese aesthetics. The Essays on Laziness were not well known by the reading public during Kenkō’s lifetime, but they became famous at the beginning of the 17th century, and since then they have always been among the most celebrated Japanese classics. The tastes of Kenkō were a reflection of the tastes of the Japanese of ancient times, and at the same time they helped to shape the aesthetic preferences of the Japanese of the centuries to come.
The Japanese aesthetic and I referred to four elements that seem very important to me: suggestion, irregularity, simplicity and perishable character. They seem useful to me to approach the Japanese sense of beauty, although I am aware that they do not cover all their facets. Generalizations are always dangerous.
The taste for beginnings and finals is not due to Kenkō, but he may have been the first to propose it as a principle. We found the same phenomenon in the ancient collections of Japanese poetry, but no one had explained why. The numerous love poems preserved in Japanese poetry anthologies almost never refer to the joy of meeting the beloved; on the other hand, they express how much the poet wishes that encounter, when it is not the lover’s sadness-or, more often, the lover’s frequency-when he realizes that the relationship is over and that there will be no more meetings.
In Japanese painting, especially in Kenkō’s time, the use of the suggestion is very frequent: with a few strokes of the brush mountain ranges are suggested, or with a single stroke a bamboo branch is represented. In the predilection for ink painting we can guess the desire to suggest instead of affirming categorically. No people have a sense of color as developed as Japanese, and there are many splendid Japanese works of art with bright colors; but in the medieval period, in particular, many painters gave up color to work with Indian ink.
In the literary style, parallelism in both prose texts and poetry is a fundamental feature of Chinese writing. Japanese works that do not follow Chinese influence avoid parallelism, and traditional poetic forms have an irregular number of verses -five tanka, and three haiku-. There is an evident contrast with the stanzas of four verses that predominate among the poetic forms not only Chinese but from all over the world.

The last of the four qualities of the Japanese aesthetic taste that I have set out to describe is the most unusual: the ephemeral. In the West the permanent and not the ephemeral has been sought, which is why monuments of immortal marble have been built. The awareness that even those monuments are shattered – proof of the devastating and inexorable effect of the passage of time – has caused men, since the time of the Greeks, to reflect on the uncertainty of the world.
The aesthetic legacy of Japan is not dead. This explains the magnificent profusion of works of art that take place every year, and its principles -the ones I have described- are not forgotten, not even in our epoch of incessant change.

In a temple of the Shimane prefecture, the ancient land of Izumo, there is a monument that proclaims that Japanese poetry was born there. I do not remember having heard of a similar monument for English, French or Italian poetry. The monument states that a long time ago, in the time of the gods, in the place that now occupies the temple, the god Susanoo composed the first poem that appears in the Kojiki (Chronicles of ancient facts of Japan), it was commented on my blog. The Kojiki, the oldest Japanese book, was presented to the court in 712 AD. Some Japanese take this date to the letter, despite the doubts surrounding the ancient facts narrated in the Kojiki, but most scholars consider it very unlikely that the first poem could have been written in the regular form of the waka, that for more than a thousand years has been the typical structure of Japanese poetry.
Japanese people who are dissatisfied with the conventions and limitations of haiku or tanka can always dedicate themselves to composing poetry in modern forms, which have more or less the same functions as poetry written in the rest of the world.
Many of the uses of Japanese poetry have atrophied or have disappeared completely. However, every time I give a lecture somewhere in Japan, and in the end people come to me with a piece of cardboard in which they ask me to write a poem of mine, I realize that some of the traditional functions of poetry are still they survive and contribute to the specificity of current Japanese culture.

In Japan, poetry preceded literary prose. The Kojiki, a work of the eighth century, has its admirers, who insist on the simple strength of their stories, but their peculiar writing system means that no one really knows if it should be read as Japanese or as Chinese evil with sporadic intrusions of Japanese words. The other early examples of prose are written in Chinese or in the same type of adulterated mixture of Japanese and Chinese that characterizes the Kojiki.
The first extensive example of literary prose in Japanese is the preface to Kokinshū, written by Ki no Tsurayuki in the year 905.
At least two works of fiction in Japanese are conserved that is possible that they are previous to Tosa nikki, although we do not know the exact year in which they were written. The first, the Taketori monogatari (The story of the bamboo cutter), is the oldest surviving example of monogatari, a noun that literally means “things told”. Some scholars date it in the year 910, about five years after the compilation of Kokinshū. It may have originally been written in a mixture of Chinese and Japanese, as has been suggested, but the preserved text is in kana, and only contains about one hundred words of Chinese origin.
The story of the bamboo cutter is considered “the precursor of all the novels”, since Murasaki Shikibu described it that way in The Story of Genji.

Japanese theater is one of the richest in the world. Today, on a typical Sunday in October it is possible to attend a performance of Nō, a special type of theater that reached its peak in the fourteenth century, at least in three or four Tokyo theaters; of kabuki, a theatrical form developed in the seventeenth century, at least in two theaters; and also of the different forms of modern theater, both works written in Japanese in the twentieth century and foreign and musical works translated into Japanese. With a bit of luck – although it is not uncommon – there will be performances at the Bunraku National Theater, the puppet theater, and sometimes special performances of bugaku, the oldest form of Japanese theater, dating back to the 8th century.
The puppet theater, which is now known as bunraku, began to spread around the same time as Okuni kabuki dances. The puppets date back to those used in the festivals of certain temples during the eleventh century. The name by which they were known at that time, kugutsu, has been related to the Greek word koukla, which seems to indicate that the art of puppets arrived in Japan after having crossed the entire Asian continent. The instrument that used to accompany the bunraku, the samisen, arrived in Okinawa in the sixteenth century, from southern China; its sharp and penetrating sound made it a perfect accompaniment to the theatrical declamations of the actors. From the first moment the bunraku texts were much better than those of the kabuki, perhaps because the puppets lacked the physical charms of beautiful boys and girls that could attract the public. But both theaters were very popular with the general public and in fact rivaled for two centuries. More or less until 1683.
From the beginning kabuki was more realistic than bunraku, but even so its arguments and techniques of representation were too artificial, and the appearance of male actors in female roles always produced an effect far removed from reality.
The kabuki is still a theater of actors. One goes to see Utaemon or Tamasaburō perform, and the work is the least of it. Although the program mentions the name of the supporting actor that each soldier or maid represents, the name of the author of the work is not usually mentioned because, writing what the original playwright wrote, it is understood that the text has changed a lot over the years . When a kabuki actor stands still in an imposing pose, or declaims a monologue with special force, or dances with particular elegance, the spectators usually shout his name or some variant of it.
At present the theater flourishes in Japan in all its varieties, for the benefit of all.

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