Las Leyes De La Economía. Aciertos Y Errores De Una Ciencia En Entredicho — Dani Rodrick / Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science by Dani Rodrik

Aquí es donde la economía se sale de la pista, los modelos son heroicamente grandes y llenos de aproximaciones y suposiciones. Los peores ejemplos son los presentados por el gobierno que intenta modelar los resultados de la legislación o los ingresos fiscales o el PBI. El problema es demasiado grande para indicar todas las variables. No es de extrañar que los resultados sean indignos de usar para formular políticas gubernamentales, ya que siempre están demasiado lejos para ser útiles. Si su interés es “entender” al enemigo, esto es útil para entender que algunos economistas de hecho buscan la verdad, mientras que otros son defensores remunerados de los intereses que pagan sus cuentas. Los buscadores de la verdad ayudan a avanzar en el estado del conocimiento haciendo hipótesis y probando con datos en un modelo. El fracaso no es un problema, sino un motivo para realizar cambios. Los “defensores” son mercenarios.

Acabo de terminar de leer el nuevo libro del profesor de economía de Harvard, Dani Rodrik, Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science. Mi impresión general fue que es interesante, está bien escrito y es completamente comprensible para lectores de capacidad ordinaria. Los argumentos que él hace son convincentes y bien concebidos. El libro de Rodrik es un correctivo bienvenido al palabrerío doctrinario que recibimos continuamente de los economistas que deberían saber mejor, pero que son demasiado perezosos o egoístas para dejar de adorar ídolos de su propia creación. Mi punto de vista personal es que los mercados son construcciones humanas, con todos los defectos y debilidades que creamos para nosotros mismos. El hecho de que algunas de estas personas recurran a arcanos símbolos matemáticos y runas cuando no pueden dar sentido a sí mismos en una oración declarativa se ha convertido en un escándalo, especialmente a la luz de nuestra experiencia en los últimos siete u ocho años.
El Prof. Rodrik es especialista en desarrollo internacional y es un experto en el desarrollo de modelos lógicos para explicar los matices y las diferencias en los comportamientos económicos utilizados por entidades, grupos e individuos del estado. Su premisa central en su libro sería que los modelos conceptuales son tantos como sean necesarios para identificar los factores sobresalientes que gobiernan el comportamiento económico y que el modelado mismo necesita corresponder lo más posible con las realidades del comportamiento económico. En este sentido, el enfoque de Rodrik se asemeja mucho al de un especialista en ciencias de la vida, como un botánico, cuyo trabajo implica identificar, catalogar y diferenciar entre las características principales y secundarias de las especies de las formas de vida con las que tratan.
A diferencia de la fisonomía de las formas de vida, el modelado económico trata con conceptos, algunos de los cuales son difíciles de describir en lenguaje sencillo; por lo tanto, no es raro que los economistas utilicen conceptos matemáticos y técnicas analíticas para explorar los diversos comportamientos de sus constructos teóricos en cuanto a las formas en que interactúan en respuesta a las presiones internas y externas. También usan las matemáticas para limpiar el desorden del lenguaje común y para asegurar que las relaciones cardinales y subsidiarias se muestren adecuadamente y que todos los componentes constitutivos necesarios sean debidamente contabilizados. Lamentablemente, las matemáticas a veces adquieren vida propia y, para algunos, la consistencia matemática a veces tiene prioridad sobre la realidad observable. Otras veces, los modelos matemáticos, por muy elegantes que sean, llegan a conclusiones absolutamente equivocadas. No es que la información completa y precisa no esté disponible; simplemente puede no ajustarse a la construcción matemática que el economista ha creado para apoyar su conclusión. No es por nada, como dice la broma, que los economistas han pronosticado exitosamente nueve de las últimas cinco recesiones.
Con frecuencia, los teóricos económicos emplean una variedad de estrategias competitivas a veces denominadas Game Theory para poner a prueba sus pronósticos económicos. La idea no es solo explicar eventos que ocurrieron en el pasado, sino también intentar predecir lo que podría suceder en el futuro en función de eventos en curso y futuros si las cosas van de acuerdo con los patrones de comportamiento predictivo.
Me gusta la idea de utilizar modelos económicos, siempre que los propios modelos reflejen claramente las fuerzas principales, económicas o de otro tipo, que controlan los resultados económicos, incluidas las externalidades y los efectos indirectos. Pero hay peligros para este enfoque. Surgen principalmente de una variedad de causas, pero la que vemos más a menudo, y no sorprendentemente en la retórica política, es lo que algunos han llamado “la idea sobrevalorada”. El filósofo británico Sir Isaiah Berlin abordó este fenómeno cuando dividió a los pensadores en dos categorías, aquellos que están cautivados por una sola gran idea, una gran visión -la crítica de Karl Marx al capitalismo como un ejemplo destacado- al describir cómo funciona el mundo, a quién Berlín apodado ‘erizos’, y aquellos a quienes llamó ‘zorros’ que saben muchas cosas. Los zorros no tienen ningún uso para grandes teorías, sino que adoptan un enfoque más modesto al describir las relaciones de causa y efecto, a menudo con el resultado de que eventos superficialmente similares pueden describirse de maneras contradictorias. Los erizos, con su énfasis implacable en enfatizar demasiado los principios básicos de su Gran Idea, tienden a ver el mundo a través de una sola lente, incluso cuando las distorsiones inherentes a ese enfoque hacen que sus conclusiones sean poco confiables. Por temperamento, son cautelosos al atribuir grandes hipótesis a eventos o procesos que contienen ambigüedades de un tipo u otro, o que pueden contener factores desconocidos que influyen en el resultado. Los zorros, de los cuales el profesor Rodrik puede afirmar con justicia que lo son, examinan las influencias que muchos factores causantes pueden tener al describir y analizar los acontecimientos. Es un trabajo mucho más difícil, pero los resultados hablan por sí mismos. Lo mejor de todo es que el enfoque más modesto y modular que defiende el Prof. Rodrik es menos probable que sufra la vergüenza pública que experimentan muchos economistas con una sola idea cuando sus grandes ideas se arruinan.
El Prof. Rodrik es miembro de una creciente escuela de economistas que está realizando un trabajo pionero en el área de la economía del comportamiento, que combina la teoría económica con modelos de comportamiento validados por investigación desarrollados por psicólogos para explicar las relaciones de causa y efecto en el comportamiento humano . El resultado parece ser que la lógica del comportamiento humano no es tan predecible como la lógica matemática, sino que la primera prevalece la gran mayoría del tiempo. Los deseos y necesidades de la personalidad humana es lo que hace que la economía del comportamiento sea un buen explicador y predictor de los eventos económicos de la misma manera que la gravedad explica con éxito muchos asuntos astrofísicos, pero no es la respuesta a todos los fenómenos que puedan observarse.
Así que, para concluir, felicito al Prof. Rodrik por un libro bien escrito que expone muy bien sus puntos. Lo único que podría preguntar es más de lo mismo en un mayor detalle esquemático o analítico que proporcionaría una taxonomía de modelos analíticos dispuestos en sus respectivos árboles genealógicos y líneas de herencia y aspectos comunes. Sería como crear un diagrama de Venn para cada una de las variantes que podría querer considerar. Eso podría tomar algo de esfuerzo, pero creo que valdría la pena el esfuerzo. Confío en que se puedan encontrar ejemplos del mundo real para ilustrar los puntos principales de la discusión. Ahora que ha establecido que hay muchos modelos para describir el comportamiento económico, habrá muchos lectores que estarán ansiosos por ver a dónde irá con esta línea de investigación.

“Las leyes de la Economía” es una reflexión muy bien escrita sobre los límites y los métodos adecuados de economía, escrita por un economista que tiene mucha experiencia en el mundo real diseñando políticas para los países en desarrollo. Sus puntos clave incluyen:
– Las sociedades son complejas y variables. Los fenómenos sociales tienen múltiples causas. Las condiciones locales son importantes.
– Los modelos nos ayudan a enfocar nuestras mentes en los fenómenos sociales centrándonos en algunas relaciones causales clave. Sin embargo, los modelos son parciales y dependen del contexto. Toman la forma de declaraciones “si … entonces ….”, y es peligroso dar por sentada la cláusula “si …”. Los modelos dependen de suposiciones y nos descarrilan cuando están equivocados. No deberíamos ser dogmáticos sobre ellos.
– El mismo fenómeno se puede modelar de diferentes maneras. Estos modelos pueden tener implicaciones muy diferentes para la política.
– Cuantos más modelos, mejor. La sabiduría en economía significa saber cómo elegir el modelo correcto.

Por ejemplo, los controles de precios en un mercado competitivo reducen la producción, pero los controles de precios en un mercado monopolizado pueden aumentar la producción. El contexto es todo. Para tomar otro ejemplo, las entradas de capital pueden conducir a inversiones productivas si el país receptor tiene una escasez de ahorros. De lo contrario, las entradas de capital simplemente consumen combustible. Depende del contexto. Para tomar un ejemplo final, un modelo Minskyan del sector financiero diferirá de uno basado en la hipótesis de mercados eficientes. ¿Cuál debería ser usado? Mire las condiciones del mercado. Un modelo podría ser apropiado ahora, otro en un momento diferente.
El resultado: los economistas salen mal cuando suponen que cualquier modelo en particular tiene una aplicación universal. En lugar de torturar la realidad para adaptarla a su modelo preferido, deben ser humildes y prestar atención a los hechos en el terreno. Esta sabiduría a menudo es pasada por alto por los fundamentalistas del mercado.

Lo que los no economistas suelen percibir de la economía tiene todo el aspecto de un simple panegírico a los mercados, la racionalidad y el comportamiento egoísta. Los economistas destacan sobremanera a la hora de ofrecer explicaciones probables sobre diferentes aspectos de la vida social, explicaciones muy explícitas acerca de la forma en la que los mercados (y las intervenciones de los gobiernos) tienen diferentes consecuencias sobre la eficiencia, la equidad y el crecimiento económico, en función de las condiciones específicas existentes, pero con frecuencia esos mismos economistas dan la impresión de establecer leyes económicas universales que pueden aplicarse en todas partes, con independencia del contexto.
Singapur fue el primer país que puso en práctica el sistema de precios de congestión: a comienzos de 1975, los conductores singapurenses empezaron a pagar un peaje para entrar al distrito financiero central. Este sistema fue reemplazado en 1998 por un peaje electrónico, que permite que los conductores paguen tarifas variables en función de la velocidad media del tráfico en la red vial. Según los datos disponibles, el sistema ha logrado reducir los atascos y las emisiones de dióxido de carbono, incrementar el uso del transporte público, y además generar considerables ingresos para las autoridades locales. Semejante éxito ha llevado a otras grandes ciudades, como Londres, Milán y Estocolmo, a intentar emularlo con diversas modificaciones.
En 1997, Santiago Levy, un profesor de economía de la Universidad de Boston que en aquel momento era ministro adjunto de Finanzas en su México natal, intentó modificar el enfoque de las políticas antipobreza del gobierno. Aunque existían programas que proporcionaban asistencia a los pobres, principalmente en forma de subsidios alimentarios, Levy arguyó que estos programas eran ineficientes y poco efectivos. En economía hay un principio fundamental que afirma que cuando se trata del bienestar de los pobres, las subvenciones directas en dinero contante y sonante son más efectivas que los subsidios sobre determinados bienes de consumo.
El término ciencias económicas se utiliza en dos sentidos distintos. Una definición se centra en el ámbito sustantivo de estudio; según esta interpretación, las ciencias económicas son una ciencia social dedicada a la comprensión del funcionamiento de la economía. La segunda definición se centra en los métodos: las ciencias económicas son una forma de hacer ciencias sociales sirviéndose de unas determinadas herramientas. En esta interpretación, la disciplina se asocia a un sistema de modelos formales y análisis estadístico, en vez de a hipótesis o teorías concretas sobre la economía. Por ello, los métodos económicos pueden aplicarse a muchas otras áreas distintas de la economía, desde las relacionadas con las decisiones familiares hasta las relativas a las instituciones políticas.
Mi empleo del término economía en tanto que ciencia se acerca más al segundo sentido.

Las teorías económicas son o bien tan generales que tienen muy poca conexión con el mundo real, o bien tan específicas que en el mejor de los casos tan sólo explican una pequeña parte de la realidad. La historia no ha sido amable con los teóricos que han afirmado haber descubierto las leyes universales del capitalismo, pues, a diferencia de la naturaleza, el capitalismo es humano y, por tanto, no inmutable.
Sin embargo, a juzgar por la frecuencia con la que se utiliza el término teoría, las ciencias económicas están llenas de teorías: hay una teoría de juegos, teoría de contratos, teoría de búsqueda y emparejamiento, teoría del crecimiento, teoría monetaria, etc. No te dejes engañar por tal terminología: en realidad, todas y cada una de estas teorías no son más que una particular colección de modelos aplicados juiciosamente y con el debido cuidado a un entorno concreto. Cada una de ellas hace las veces más de herramienta que de explicación universal de los fenómenos estudiados. Mientras no se espere nada más de ellas, pueden ser muy útiles y relevantes.
Hace casi medio siglo, Albert Hirschman, una de las mentes más creativas que ha dado la economía, se quejó de la «obsesión por teorizar» de los científicos sociales, y describió cómo la búsqueda de grandes paradigmas podía ser un «obstáculo a la comprensión». La necesidad de formular teorías universales, afirmó, acabaría impidiendo a los académicos reconocer el papel de la contingencia y de la variedad de posibilidades que el mundo real les ofrece. Buena parte de lo que sucede actualmente en el mundo de la teoría económica tiene un objetivo más modesto: la búsqueda de la comprensión de una sola causa cada vez. Cuando la ambición eclipsa los objetivos, los problemas no suelen tardar en aparecer.

Por un lado, los «erizos» se sienten cautivados por una única gran idea —lo que mejor funciona son los mercados, los gobiernos son corruptos, la intervención es contraproducente— que aplican invariablemente. Por otro, los «zorros» no tienen una sola visión sobre el mundo, sino muchas diferentes, algunas de ellas incluso contradictorias. La solución de los erizos para cualquier problema es perfectamente predecible: liberalización de los mercados, con independencia de la naturaleza exacta y el contexto del problema económico. Los zorros contestarán siempre: «depende»; unas veces recomiendan más mercado y otras más gobierno.
La economía como ciencia necesita menos erizos y más zorros que participen en los debates públicos. Aquellos economistas que son capaces de navegar de un marco teórico a otro según lo requieran las circunstancias tienen muchas más probabilidades de señalarnos el camino correcto.
La humildad también hace que los economistas sean mejores miembros de la amplia comunidad académica de las ciencias sociales. Cuando los economistas son sinceros sobre lo que realmente saben y comprenden, indirectamente están contribuyendo a estrechar la brecha que les separa de otras tradiciones no positivistas de las ciencias sociales, y además están abriendo la puerta a un diálogo más productivo con aquellos que examinan la realidad social a través de prismas culturales, humanistas, constructivistas o interpretativos. Una de las objeciones planteadas por los defensores de estas perspectivas alternativas es que las ciencias económicas tienen un enfoque universalista y reduccionista, pero si la multiplicidad y la especificidad contextual de los modelos se convierten en la cabeza y el corazón de la economía, la objeción es menos seria de lo que parecía a primera vista.
Los economistas aún pueden ser más ambiciosos como intelectuales de lo público o reformadores sociales. Pueden posicionarse como partidarios de políticas concretas e instituciones en muchos frentes, como, por ejemplo, mejorar la distribución de los recursos, desencadenar energías emprendedoras, fomentar el crecimiento económico e incrementar la equidad y la integración, y pueden contribuir notablemente al debate público en todos estos ámbitos. Su contacto directo con diversos modelos de sociedad que llevan incorporados comportamientos y resultados sociales muy variados, posiblemente, les hace estar más alerta ante las posibilidades de progreso social que el resto de los científicos sociales. No obstante, es preciso que sean conscientes de que cuando asumen este papel inevitablemente están traspasando los bien definidos límites científicos de su disciplina, y de que tienen que comunicar explícitamente que lo están haciendo, pues de otro modo se arriesgan a ser criticados por salirse del campo de acción de su profesión y por hacer pasar sus propios juicios de valor como ciencia.
En definitiva, puede afirmarse que las ciencias económicas proporcionan buena parte de los puntos de apoyo y las herramientas analíticas necesarias para afrontar los grandes problemas públicos de nuestro tiempo. Los resultados a través de la economía formal deben ser combinados con valores, juicios y análisis de naturaleza ética, política o práctica que, si bien tienen poco que ver con la disciplina económica, en verdad tienen todo que ver con la realidad.

Los veinte mandamientos
Diez mandamientos para economistas
1. La economía es un conjunto de modelos; abracemos su diversidad.
2. Es un modelo, no el modelo.
3. El diseño de cada modelo debe ser lo suficientemente simple como para ser capaz de aislar las causas específicas y su funcionamiento, pero no tanto como para no incluir las interacciones fundamentales entre las causas.
4. Los supuestos poco realistas son aceptables; los supuestos críticos poco realistas no lo son.
5. El mundo es (casi) siempre la segunda mejor opción.
6. La aplicación un modelo al mundo real requiere evaluaciones empíricas explícitas, que son más un arte que una ciencia.
7. No se debe nunca confundir el acuerdo alcanzado entre economistas con la certidumbre de cómo funciona el mundo.
8. Es perfectamente aceptable responder «No lo sé» ante cualquier pregunta relacionada con la economía o la política económica.
9. La eficiencia no lo es todo.
10. La sustitución de los valores propios en lugar de los del gran público es un abuso de autoridad.

Diez mandamientos para no economistas
1. La economía es una colección de modelos sin conclusiones predeterminadas; todo argumento en contra es sencillamente falso.
2. No se debe criticar un modelo económico por sus supuestos, sino preguntar de qué forma cambiarían los resultados si determinados supuestos problemáticos fuesen más realistas.
3. Los análisis requieren la mayor simplicidad posible; mucho cuidado con aquellas incoherencias que se hacen pasar por complejidad.
4. Las matemáticas no deben causar temor; los economistas no las usan porque sean muy listos, sino porque no lo son lo bastante como para no usarlas.
5. Cuando un economista ofrece una recomendación, hay que preguntarle por qué está tan seguro de que el modelo subyacente es aplicable al caso en cuestión.
6. Cuando un economista emplea el término bienestar económico, sería muy conveniente preguntarle qué quiere decir con ello.
7. Cuidado con los economistas que en público dicen una cosa y en privado otra diferente.
8. Los economistas no adoran a (todos) los mercados, pero en la mayoría de los casos conocen mejor su funcionamiento que los no economistas.
9 Si se piensa que todos los economistas del mundo son iguales, basta con asistir a alguno de sus seminarios para desengañarse.
10. Si se piensa que todos los economistas del mundo son particularmente groseros con los no economistas, basta con asistir a alguno de sus seminarios para desengañarse.

This is where economics goes off the track, models are heroically big and full of approximations and assumptions. The worst examples are those put out by the government attempting to model the results of legislation or tax revenues or GDP. The problem is too big to state all the variables. No wonder the results are unworthy to use for making government policy, as they are always too far off to be useful. If your interest is to “understand” the enemy, this is helpful for understanding that some economists do in fact search for the truth while others are paid advocates for the interests that pay their bills. The truth seekers help to advance the state of knowledge by making hypotheses and testing with data in a model. Failure is not a problem, but a reason to make changes. The “advocates” are mercenaries.

I just finished reading Harvard economics professor Dani Rodrik’s new book, Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science. My overall impression was that it is lively, well-written, and completely understandable by readers of ordinary capability. The arguments he makes are cogent and well-conceived. Rodrik’s book is a welcome corrective to the doctrinaire blather that we continually get from economists who should know better, but who are either too lazy or self-regarding to quit worshiping idols of their own creation. My personal view is that markets are human constructs, with all the flaws and foibles that we create for ourselves. The fact that some of these people resort to arcane mathematical symbols and runes when they can’t make sense of themselves in a declarative sentence has become a scandal, especially in light of our experience over the past seven or eight years.
Prof. Rodrik is a specialist in international development and is an expert on developing logical models to explain the nuances and differences in economic behaviors used by state entities, groups, and individuals. His central premise in his book would be that conceptual models are as many as are necessary to identify the salient factors that govern economic behavior and that the modeling itself needs to correspond as closely as possible with the realities of economic behavior. In this respect Rodrik’s approach close resembles that of a specialist in the life sciences, such as a botanist, whose work involves identifying, cataloguing, and differentiating among the major and minor characteristics of the species of the lifeforms with which they deal.
Unlike the physiognomy of lifeforms, economic modeling deals with concepts, some of which are hard to describe in plain language; so, not infrequently, economists utilize mathematical concepts and analytic techniques to explore the various behaviors of their theoretical constructs as to the ways they interact in response to internal and external pressures. They also use mathematics to clean up the untidiness of common language and to ensure that cardinal and subsidiary relationships are properly shown and that all necessary constituent components are properly accounted for. Regrettably, the mathematics sometimes takes on a life of its own, and for some, mathematical consistency sometimes takes precedence over observable reality. Other times, mathematical models, elegant as they are, come to conclusions that are absolutely dead wrong. It is not that complete and accurate information is not available; it simply may not fit the mathematical construct that the economist has created to support his conclusion. It is not for nothing, as the joke has it, that economists have successfully predicted nine of the last five recessions.
Frequently, economic theorists employ a variety of competitive strategies sometimes referred to as Game Theory to test their economic prognostications. The idea is not only to explain events that occurred in the past, but also to attempt to predict what might happen in the future based upon ongoing and future events if things go in accordance with patterns of predictive behavior.
I like the idea of using economic modeling, so long as the models themselves clearly reflect the salient forces, economic and otherwise, that control economic outcomes, including externalities and spillover effects. But there are dangers to this approach. They arise principally from a variety of causes, but the one we see most often, and not surprisingly in political rhetoric, is what some have called ‘the overvalued idea’. The British philosopher Sir Isaiah Berlin addressed this phenomenon when he divided thinkers into two categories, those who are captivated by a single big idea, a grand vision – Karl Marx’s critique of capitalism being a foremost example – in describing how the world works, whom Berlin dubbed ‘hedgehogs’, and those, whom he called ‘foxes’ who know many things. Foxes have no use for grand theories but rather who take a more modest approach in describing cause-and-effect relationships, often with the result that superficially similar events can be described in contradictory ways. The hedgehogs, with their unrelenting emphasis on overemphasizing the core tenets of their Big Idea tend to view the world through a single lens, even when the distortions inherent in that approach make their conclusions unreliable. By temperament, they are cautious in attributing grand hypotheses to events or processes that contain ambiguities of one sort or another, or which may contain unknown factors that influence the outcome is being examined. Foxes, of which Prof. Rodrik can justly claim to be one, examines the influences that many causative factors may have in describing and analyzing events. It’s much harder work, but the results speak for themselves. Best of all, the more modest, modular approach that Prof. Rodrik advocates is less likely to suffer the public embarrassment that so many highflying, single-idea economists experience when their grand ideas crash and burn.
Prof. Rodrik is a member of a growing school of economists who is doing pioneering work in the area of behavioral economics, which combines economic theory with research-validated behavioral models that were developed by psychologists to explain cause-and-effect relationships in human behavior. The upshot appears to be that the logic of human behavior is not nearly as predictable as mathematical logic, but that the former prevails the vast majority of the time. The wants and needs of the human personality is what makes behavioral economics such a good explainer and predictor of economic events in much the same way that gravity so successfully explains many astrophysical matters, but is not the answer to every phenomenon that might be observed.
So to conclude, I congratulate Prof. Rodrik on a well-written book that makes its points nicely. The only thing I could ask is more of the same in greater schematic or analytical detail that would provide a taxonomy of analytical models arranged in their respective family trees and lines of inheritance and commonalities. It would be like creating a Venn diagram for each of the variants that he might want to consider. That might take some doing, but I think it would be well worth the effort. I am confident that real-world examples could be found to illustrate the main points of the discussion. Now that he has established that there are many models to describe economic behavior, there will be many readers who will be keen to see where he will go with this line of inquiry.

Economics Rules” is a nicely-written reflection on the limits and proper methods of economics, written by an economist who has plenty of real-world experience designing policies for developing countries. His key points include:
— Societies are complex and variable. Social phenomena have multiple causes. Local conditions are important.
— Models help us wrap our minds around social phenomena by focusing on a few key causal relationships. However, models are partial and context-dependent. They take the form of “if…then….” statements, and it’s dangerous to take for granted the “if…” clause. Models depend on assumptions and lead us astray when these are mistaken. We shouldn’t be dogmatic about them.
— The same phenomenon can be modeled in different ways. These models can have very different implications for policy.
— The more models, the better. Wisdom in economics means knowing how to choose the right model.

For example, price controls in a competitive market reduce production, but price controls in a monopolized market can increase production. Context is everything. To take another example, capital inflows can lead to productive investment if the recipient country has a shortage of savings. Otherwise, capital inflows simply fuel consumption. It depends on the context. To take a final example, a Minskyan model of the financial sector will differ from one based on the efficient markets hypothesis. Which one should be used? Look to the conditions of the market. One model might be appropriate now, another at a different time.
The upshot: Economists go wrong when they assume that any particular model has universal application. Instead of torturing reality to fit their preferred model, they need to be humble and pay attention to facts on the ground. This wisdom is often overlooked by market fundamentalists.

What non-economists usually perceive of the economy has all the appearance of a simple panegyric to markets, rationality and selfish behavior. Economists stand out greatly when it comes to offering probable explanations about different aspects of social life, very explicit explanations about the way in which markets (and government interventions) have different consequences on efficiency, equity and economic growth, depending on the specific conditions, but often those same economists give the impression of establishing universal economic laws that can be applied everywhere, regardless of the context.
Singapore was the first country to implement the congestion pricing system: in early 1975, Singaporean drivers began paying a toll to enter the central financial district. This system was replaced in 1998 by an electronic toll, which allows drivers to pay variable fares based on the average traffic speed in the road network. According to the available data, the system has managed to reduce traffic jams and carbon dioxide emissions, increase the use of public transport, and also generate considerable revenues for local authorities. Such success has led other large cities, such as London, Milan and Stockholm, to try to emulate it with various modifications.
In 1997, Santiago Levy, a professor of economics at Boston University who at that time was assistant finance minister in his native Mexico, tried to change the focus of the government’s antipoverty policies. Although there were programs that provided assistance to the poor, mainly in the form of food subsidies, Levy argued that these programs were inefficient and ineffective. In economics there is a fundamental principle that states that when it comes to the welfare of the poor, direct subsidies in hard cash are more effective than subsidies on certain consumer goods.
The term economic sciences is used in two different senses. One definition focuses on the substantive scope of study; According to this interpretation, economic sciences are a social science dedicated to understanding the functioning of the economy. The second definition focuses on methods: economic sciences are a way of doing social sciences using certain tools. In this interpretation, the discipline is associated to a system of formal models and statistical analysis, instead of to specific hypotheses or theories about the economy. Therefore, economic methods can be applied to many other areas of the economy, from those related to family decisions to those related to political institutions.
My use of the term economy as science is closer to the second sense.

Economic theories are either so general that they have little connection with the real world, or that they are so specific that at best they explain only a small part of reality. History has not been kind to theorists who have claimed to have discovered the universal laws of capitalism, because, unlike nature, capitalism is human and, therefore, not immutable.
However, judging by the frequency with which the term theory is used, economic sciences are full of theories: there is a theory of games, contract theory, search and matching theory, theory of growth, monetary theory, etc. Do not be fooled by such terminology: in reality, each and every one of these theories are no more than a particular collection of models applied judiciously and with due care to a specific environment. Each of them acts as a tool rather than as a universal explanation of the phenomena studied. As long as you do not expect anything else from them, they can be very useful and relevant.
Almost half a century ago, Albert Hirschman, one of the most creative minds in economics, complained about social scientists’ “obsession to theorize” and described how the search for great paradigms could be an “obstacle to understanding” » The need to formulate universal theories, he said, would end up preventing academics from recognizing the role of contingency and the variety of possibilities that the real world offers them. Much of what is happening now in the world of economic theory has a more modest goal: the search for the understanding of a single cause each time. When ambition eclipses objectives, problems usually do not take long to appear.

On the one hand, the “hedgehogs” are captivated by a single great idea-markets work best, governments are corrupt, intervention is counterproductive-that they invariably apply. On the other, the “foxes” do not have a single view of the world, but many different ones, some of them even contradictory. The solution of the hedgehogs for any problem is perfectly predictable: liberalization of markets, regardless of the exact nature and context of the economic problem. The foxes will always answer: “it depends”; Sometimes they recommend more market and others more government.
Economics as a science needs fewer hedgehogs and more foxes to participate in public debates. Those economists who are able to navigate from one theoretical framework to another as circumstances require are much more likely to point us in the right direction.
Humility also makes economists better members of the broad academic community of the social sciences. When economists are sincere about what they really know and understand, they are indirectly helping to narrow the gap that separates them from other non-positivist social science traditions, and they are also opening the door to a more productive dialogue with those who examine reality. social through cultural, humanist, constructivist or interpretative prisms. One of the objections raised by the advocates of these alternative perspectives is that the economic sciences have a universalist and reductionist approach, but if the multiplicity and contextual specificity of the models become the head and the heart of the economy, the objection is less serious than it seemed at first sight.
Economists can still be more ambitious as public intellectuals or social reformers. They can position themselves as supporters of concrete policies and institutions on many fronts, such as, for example, improving the distribution of resources, unleashing entrepreneurial energies, fostering economic growth and increasing equity and integration, and can contribute significantly to public debate in all these areas. Their direct contact with different models of society that incorporate very varied behaviors and social outcomes, possibly makes them more alert to the possibilities of social progress than the rest of social scientists. However, they must be aware that when they assume this role they are inevitably transcending the well-defined scientific limits of their discipline, and that they have to explicitly communicate that they are doing so, otherwise they risk being criticized for getting out of the field of action of their profession and by passing on their own value judgments as a science.
In short, it can be said that the economic sciences provide a good part of the support points and the analytical tools necessary to face the great public problems of our time. The results through the formal economy must be combined with values, judgments and analyzes of an ethical, political or practical nature that, although they have little to do with economic discipline, really have everything to do with reality.

The twenty commandments
Ten commandments for economists
1. The economy is a set of models; embrace your diversity.
2. It is a model, not the model.
3. The design of each model must be simple enough to be able to isolate the specific causes and their functioning, but not so much so as not to include the fundamental interactions between the causes.
4. Unrealistic assumptions are acceptable; the unrealistic critical assumptions are not.
5. The world is (almost) always the second best option.
6. Applying a model to the real world requires explicit empirical evaluations, which are more an art than a science.
7. The agreement reached among economists with the certainty of how the world works should never be confused.
8. It is perfectly acceptable to answer “I do not know” to any question related to economics or economic policy.
9. Efficiency is not everything.
10. The substitution of the eigenvalues ​​in place of those of the general public is an abuse of authority.

Ten commandments for non-economists
1. The economy is a collection of models without predetermined conclusions; every argument against is simply false.
2. One should not criticize an economic model for its assumptions, but ask how the results would change if certain problematic assumptions were more realistic.
3. The analyzes require the greatest possible simplicity; Be very careful with those inconsistencies that are passed for complexity.
4. Mathematics should not cause fear; economists do not use them because they are very smart, but because they are not smart enough not to use them.
5. When an economist offers a recommendation, you have to ask him why he is so sure that the underlying model is applicable to the case in question.
6. When an economist uses the term economic welfare, it would be very convenient to ask him what he means by it.
7. Beware of economists who say one thing in public and privately another.
8. Economists do not worship (all) markets, but in most cases they know their operation better than non-economists.
9 If you think that all the economists of the world are equal, it is enough to attend one of their seminars to be disappointed.
10. If you think that all the economists of the world are particularly rude to non-economists, it is enough to attend one of their seminaries to be disappointed.

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