Hacemos Las Cosas De Otra Manera. Cómo Reiniciar El Mundo — Mark Stevenson / We Do Things Differently: The Outsiders Rebooting Our World by Mark Stevenson

Este libro me lo recomendaron y me parece interesante, además de aportar optimismo. El espíritu de invención mundial y las tecnologías poco probables que probablemente cambien la vida se exploran en profundidad: la creación de energía, la innovación agrícola y las obras maestras de ingeniería reciben abundante espacio de columnas junto con los mitos comunes de las grandes industrias farmacéuticas y la producción industrial de alimentos. La desinformación promovida y dispersada por los dos últimos hace que uno se siente y piense. En mi opinión, podríamos haber sido tan engañados y desinformados por el mundo corporativo en el cuidado de la salud y la agricultura.
Este libro es una obra maestra de información que todos necesitamos digerir y tener en cuenta.
Tengo mi propio interés particular en el crecimiento constante de la Revolución Orgánica y el desmantelamiento de las Corporaciones Monoculturales como el camino del futuro para alimentar al Mundo. Pero si su interés radica en la ingeniería, se sorprenderá de lo que puede surgir del omnipresente Garden Shed con un poco de esfuerzo y aplicación.
Este es un libro maravilloso que debería ser obligatorio para cualquiera que quiera ver a sus nietos heredar un mundo mejor.

Hacemos las cosas de manera diferente es una gran lectura. Está bien escrito y es el tipo de libro que te enseña cosas y te permite saber lo que está sucediendo a la vanguardia de la tecnología y la sociedad. Más allá de eso, es un libro que te motiva a aprender más. Afortunadamente, las notas en la parte posterior del libro son increíbles, contienen muchas referencias y fuentes para obtener más información. Y las notas están escritas en prosa, no en pequeños fragmentos, por lo que en realidad son fáciles de leer.
A menudo, este tipo de libros son decepcionantes porque están escritos por periodistas que realmente no entienden los problemas en profundidad. Estos periodistas piensan que todo debe tener un ángulo, lo que resulta en un estilo frustrante y torpe. Hacemos las cosas de otra manera no es para nada así. El autor claramente conoce sus cosas y ha investigado cada tema / proyecto en profundidad. Lo que es más impresionante es que se molestó en tomarse el tiempo para mirar el otro lado de la historia también, los escépticos, los fracasos y los contraargumentos.
Lamentablemente, el libro no tiene fotos, presumiblemente incluir fotos lo hubiera hecho demasiado caro. Pero hubiera sido agradable ver fotos de cada persona entrevistada por Mark Stevenson.
De hecho, sería un gran programa de TV. Sería realmente interesante ver cómo progresan los proyectos ahora y ver a las personas afectadas por cada proyecto.
El capítulo destacado para mí fue “Bug In The System”, sobre una forma de bajo costo para descubrir nuevos medicamentos. Ese capítulo solo valió la pena el costo del libro.
He leído el libro dos veces, pero puedo verlo leyendo una y otra vez en el futuro. Un libro fantástico, vale la pena cada céntimo.

Vivimos en el ojo de un huracán, un momento de la historia en el que la humanidad debe cambiar su propia organización o afrontar consecuencias desastrosas. Nuestros sistemas energético y alimentario son cada vez menos sostenibles, lo que augura una crisis medioambiental, económica y humanitaria de una magnitud sin precedentes. La democracia, de existir, está cayendo en un tribalismo alienante. La desigualdad prolifera. Si somos lo bastante afortunados como para disfrutar de una prensa libre, es probable que no confiemos en ella. Los sistemas sanitarios mundiales son, en realidad, sistemas laberínticos de atención al enfermo increíblemente caros. Y en una buena parte del mundo desarrollado, nuestros sistemas educativos parecen aún atrapados en el pasado siglo.
Un antiguo proverbio chino dice:
«Cuando soplan los vientos del cambio algunas personas levantan muros, otras construyen molinos de viento.

Alexander Cockburn llegó a escribir que «Aparte de Kissinger, es probable que el mayor asesino en recibir el Premio Nobel de la Paz haya sido Norman Borlaug». Tres días después de su muerte en 2009, The Guardian hacía esta pregunta: «¿Ha existido alguna vez en la historia de la humanidad una persona cuyo legado haya girado de un modo tan precario sobre el fulcro entre el bien y el el mal?». ¿Cómo es posible que el hombre que más se asocia a la revolución que alimentó al mundo sea un personaje que provoca tantas divisiones?
El trabajo de Borlaug (y el de aquellos a quienes inspiró) se centró en crear variedades de trigo, arroz y maíz más productivas y resistentes a las enfermedades, «nuestros cultivos para la seguridad alimentaria mundial» (así llamados porque entre ellos suministran aproximadamente la mitad de la energía alimentaria mundial derivada de las plantas). Pero las semillas de las nuevas variedades de trigo de Borlaug no dieron plantas más productivas. Para obtenerlas era necesario aportar a las plantas más fertilizantes y más agua, a los cuales son mucho más sensibles que las variedades naturales. Con la Revolución Verde no vale «esperar la lluvia»; es necesario regar. Y esto resultó ser un gran problema.
Tomemos, por ejemplo, el estado indio de Punjab, que llegó a conocerse como el «granero de India» gracias a la utilización de las semillas de Borlaug y a los métodos agrícolas asociados. La producción de trigo, arroz y demás cultivos se disparó a partir de la década de 1970, pero también lo hizo la cantidad de pozos entubados necesarios para satisfacer la demanda creciente de agua. La consecuencia fue que la capa freática (el nivel por debajo del cual la tierra se satura de agua) empezó a caer en picado. Hoy día, el acuífero Indus Basin, del que depende Punjab, es el segundo más sobreexplotado del mundo y las grandes plantaciones solo sobreviven usando perforadoras petrolíferas adaptadas para extraer el agua a 300 m de profundidad. Otras explotaciones más pequeñas han quebrado o están agobiadas por las deudas debido al gasto de la maquinaria, lo cual contribuye en gran medida al suicidio de los agricultores: en 2014 hubo 5.650 en todo el país. Es un círculo vicioso. La sed voraz de los cultivos exige pozos cada vez más profundos que agotarán el agua cada vez más inalcanzable. Tushaar Shah, del Instituto Internacional de Gestión del Agua de Gujurat lo expone claramente: «Cuando el globo explote, el destino de la India rural será una anarquía indescriptible».
La Revolución Verde es partidaria de los «monocultivos» −solo se cultiva una variedad cada vez ya que los agricultores buscan «economías de escala»−, adaptando debidamente el régimen de riego, fertilizantes y pesticidas. Pero esta falta de diversidad en las plantas crea una falta similar de diversidad en los insectos, lo que da rienda suelta a las plagas que gustan de mordisquear los cultivos porque sus propios depredadores naturales no comparten el terreno. ¿La respuesta? Los pesticidas, que vienen acompañados de costes financieros y medioambientales y los microbios que evolucionan para adaptarse (de la misma forma que la bacteria de la tuberculosis ha evolucionado para adaptarse a nuestros medicamentos): la llamada «rutina pesticida». Ocurre lo mismo con las malas hierbas y sus herbicidas.

En la lucha contra el cambio climático, los países tienen que descarbonizar sus sistemas energéticos produciendo más renovables. Pero hay un punto conflictivo, sobre todo para los países menos soleados del hemisferio norte. Los paneles solares solo transforman la luz solar en electricidad cuando luce el sol, y las turbinas eólicas solo cuando sopla el viento, algo que se conoce como el «problema de la intermitencia» y es el palo popular que utiliza el grupo de presión de los combustibles fósiles cuando quiere asestar un golpe al sector de las renovables. Sostienen que un sistema energético basado en las renovables es demasiado desigual y genera energía según el capricho de la naturaleza, no del hombre: demasiada energía cuando luce el sol o sopla el viento, nada por la noche ni cuando está en calma.
La solución a la intermitencia es conectar a la red unas baterías que puedan acumular el exceso y facilitar el suministro, descargando su provisión cuando sea necesario. Un sistema de energía descarbonizada sencillamente no funcionará sin un buen almacenamiento, y cuantos más países quieran conectar una energía más verde a sus redes, mayor será el desafío.
También es un problema para los países que no tienen una red nacional, como Tanzania, donde solo un 15 % de la población tiene acceso a la electricidad.

El trilema energético» es un término, quizá incluso un mantra, acuñado por el Consejo Mundial de la Energía. El trilema dice que es casi imposible proporcionar una seguridad de suministro (las luces permanecen encendidas), acceso equitativo (todo el mundo dispone de la energía que necesita al precio que se puede permitir) y sostenibilidad medioambiental (no destruimos el medio ambiente para conseguir los dos primeros). El papel de la industria energética consiste en hacer las cosas lo mejor posible mientras esta bestia de tres cabezas la zarandea entre sus cuernos. El trilema es básicamente aceptar que el sistema que tenemos no puede suministrar la infraestructura energética que necesitamos para un mundo próspero y sostenible.
Los lobbys de los carburantes fósiles se apresuran a señalar, por ejemplo, que no se puede tener «seguridad de suministro» con fuentes de energía renovable debido al «problema de intermitencia».

¿Cómo se hizo Internet con el mundo? La respuesta corta es porque Internet no es una sola red, sino cuatro. Al principio de su historia, algunos visionarios de los ordenadores (sobre todo Vint Cerf y Bob Kahn) trataban de responder a la pregunta «¿cómo podemos llevar datos fiables que viven en un ordenador de esta red a otro ordenador de esa red cuando ambos pueden estar usando diferentes hardwares y softwares?»; un problema que se llamó entonces el «problema de Inter-Net». Su respuesta fue una serie de «protocolos de software» («reglas de compromiso» para ordenadores) con el poco atractivo nombre de «Transmission Control Protocol/Internet Protocol» o, para abreviar, TCP/IP. (Os habréis encontrado con estas antipáticas siglas cuando hayáis estado peleando con vuestro proveedor de Internet o habréis oído a alguien hablar de «direcciones IP».) TCP/IP divide las redes de los ordenadores en cuatro «capas» que, aunque están interconectadas, operan de manera independiente. Al fondo está la capa que define cómo se envían los datos físicamente a través de la red, ya sea un cable coaxial, fibra óptica o cable de cobre. La siguiente es la «capa de Internet», que divide datos en discretos paquetes para ser enviados a través de esos cables. La capa siguiente se llama «capa de transporte», un «protocolo de estrechamiento de manos» que establece acuerdos que permiten a dos ordenadores diferentes hablar uno con otro. Finalmente, la «capa de aplicación» establece cómo las aplicaciones que usas (por ejemplo tu buscador o cliente de e-mail) acceden a los datos que llegan a tu aparato y preparan sus propios datos para ser enviados de vuelta a través de la red.
Metcalf dice que la creación del TCP/IP (el «modelo ISO de siete capas», que es una rodaja más fina de lo mismo) «fue la decisión más importante en la creación de Internet». Al dividir el «problema de Inter-Net» en una serie de protocolos en capas con modos acordados de pasar sus resultados hacia arriba o hacia abajo hasta la capa siguiente, diversos expertos dentro de cada capa podían ocuparse de resolver problemas sin tener que preocuparse de lo que ocurría en otras capas. «Esto permitió a gente como yo vivir vidas ricas y plenas en el nivel uno, mientras que en paralelo, a su propio ritmo, otra gente se ocupaba de desarrollar otros temas» (la Worldwide Web de Tim Berners-Lee fue construida en la capa de Aplicación). En resumen, la gente que estaba desarrollando buscadores de red no tenía que preocuparse por el diseño de los módems, y viceversa. Metcalfe tiene una visión similar para la energía, a la que ha llamado «la Enernet»: un sistema de energía transformado en un modelo más semejante a Internet en el que la «energía se desplazaría desde plantas energéticas centralizadas hacia la producción distribuida».
El poder de Internet es que haya más gente conectada, no menos. Abandonar es una solución extrema y no funcionaría para montones de personas que no podrían generar la energía que necesitan durante todo el año.

La primera cuestión que hay que aclarar es la de si la participación presupuestaria tiene como resultado mejoras reales para los ciudadanos. La buena noticia es que hay muchas evidencias visibles. En los treinta años que han pasado desde que Porto Alegre empezó a hacer rodar la pelota, los presupuestos participativos se han extendido por el mundo. 130 ciudades en Brasil habían adoptado de alguna forma el proceso en 2000 y a medida que avanzaba el nuevo siglo, la huella internacional que dejaban estos presupuestos iba creciendo rápidamente. Entre aquellos que los adoptaron se encuentra Rosario, en Argentina (además, como descubrí cuando estuve en Detroit, ciudad pionera en huertos urbanos), donde, desde 2003, casi 90.000 ciudadanos han tomado parte en la decisión de cómo gastar cada año 9 millones de dólares. En Sevilla, los residentes deciden acerca de aproximadamente el 50 % del gasto local (unos 19 millones de dólares al año) en los distritos de la ciudad.
Así pues, ¿qué nos dicen todos estos datos? ¿Las ciudades que adoptan el presupuesto participativo tienen mejores resultados que las que no? La respuesta parece ser un sonoro sí, pero solo si lo mantienen en el tiempo. Un informe de 2008 del Banco Mundial descubrió que el presupuesto participativo contribuyó a una mayor reducción de la pobreza en los municipios que lo usaban comparado con los que no lo hacían, señalando que esto ocurría incluso cuando había una reducción del PIB per cápita; en otras palabras, incluso cuando los tiempos económicos eran duros, la pobreza seguía disminuyendo. Pero lo más importante es que esto solo ocurre en lugares que mantienen la fe en el proyecto, revisándolo cada año. Los municipios que se limitaban a probarlo no vieron beneficios reales.

En 2010 pasé una semana muy agradable en compañía de un par de tipos, Bruce Ward (granjero) y Tony Lovell (el que ponía la pasta), que me mostraron algunas granjas en Nueva Gales del Sur, Australia. Todo ello formaba parte de una investigación que estaba haciendo por entonces sobre un método de cría de ganado análogo al «sistema intensivo de cultivo de raíces» que había presenciado recientemente en Jharkhand, en la India. El «nuevo» método, llamado Manejo Holístico (MH), imita el modo en que el ganado se mueve en las praderas naturales como el Serengueti. En lugar de dividir a los animales en pequeños grupos y dejarlos en sus prados donde, como no tienen otra cosa que hacer, pastan en exceso y destrozan su propia fuente de alimentación, una granja que usa MH funciona en sintonía con las tendencias naturales del animal, un único rebaño grande que recorre la propiedad, permaneciendo en cada prado cerrado solo un día o dos antes de trasladarse a otro. Eso significa que la mayor parte de los prados están vacíos la mayor parte del tiempo, lo que les permite reponer hierba fresca, lista para el momento en que sus invitados bovinos vuelven, unos cien días más tarde. En un entorno adecuado, se puede convertir un páramo polvoriento sobreexplotado en un festín de verdor que no solo mejora el negocio, sino que también recoge un saludable regalo de carbono de la atmósfera devolviéndoselo al suelo, ya que más plantas y hierbas hacen más fotosíntesis, un círculo virtuoso de creciente fertilidad.

Nos empeñamos en medir el éxito, pero parece que es peor el remedio que la enfermedad y hemos creado un sistema de educación que persigue de forma tan incansable los resultados de los exámenes que se diría que hemos olvidado las nociones básicas para dirigir una organización que funcione. Los problemas evidentes de la educación, y la actual incapacidad del sistema para resolverlos, a pesar de que tenemos ante los ojos una gran parte de la respuesta, es quizá la expresión más escueta de algo que he visto repetidas veces durante mi viaje: sistemas que no han sido capaces de evolucionar y ahora existen para servir primero a sí mismos y en segundo lugar a su fin principal; que ya no son un medio para alcanzar un fin, sino el fin en sí mismo.
Estas estructuras surgieron como surgieron por razones que eran buenas, o al menos comprensibles, y consiguieron muchas cosas. Miles de millones de personas se han beneficiado de sus resultados. Debido a este legado de éxito, parece que esperan dirigir el negocio.
Tenemos las herramientas y la habilidad necesarias para rehacer nuestro mundo. Si así lo decidimos, podemos dar las gracias a nuestros viejos sistemas por el trabajo que hicieron y pasarle el testigo a los nuevos chicos del barrio. Puede no ser fácil.
Es famosa la frase del autor William Gibson, que dijo: «El futuro ya está aquí, lo único que pasa es que no está distribuido de manera equitativa». Lo que hemos aprendido es que ya están aquí muchos futuros, y ahora tenemos que decidir cuáles distribuir.

This book was recommended to me and I find it interesting besides providing optimism. The world wide spirit of invention and unlikely technologies that are likely to be life changing are explored in depth: Energy creation ,agricultural innovation and engineering masterpieces are all given plenty of column space together with the commonly held myths of Big Pharma and Industrial Food Production.The misinformation promoted and dispersed by the latter two make one sit up and think.How we could have been so misled and misinformed by the Corporate World in Health Care and Agriculture is staggering in my opinion.
This book is a masterpiece of information that we all need to digest and take on board.
I have my own particular interest in the steady growth of the Organic Revolution and the dismantling of Mono-cultural Corporations as the way of the future in feeding the World. But if your interest lies in Engineering you will be amazed at what can emerge from the ubiquitous Garden Shed with a little effort and application.
This is a wonderful book that should be mandatory reading for anyone who wants to see their Grandchildren inherit a better world.

We Do Things Differently is a great read. It’s well-written and it’s the kind of book that teaches you things as well as letting you know what’s happening at the cutting-edge of technology and society. Beyond that, it’s a book that motivates you to learn more. Fortunately the notes at the back of the book are amazing, containing loads of references and sources for more information. And the notes are written in prose, not little fragments, so they’re actually easy and enjoyable to read.
Often these sort of books are disappointing because they’re written by journalists who don’t really understand the issues deeply. These journalists think everything needs to have an angle – resulting in a frustrating and clumsy style. We Do Things Differently is not like that at all. The author clearly knows his stuff, and has researched each issue/project in depth. What’s most impressive is he’s bothered to take the time to look at the other side of the story too, the sceptics, the failures and the counter-arguments.
Sadly the book has no photos, presumably including photos would have made it too expensive. But it would have been nice to see photos of each person Mark Stevenson interviewed.
In fact it would make a great TV programme. It would be really interesting to see how the projects are progressing now and to see the people who are affected by each project.
The stand-out chapter for me was “Bug In The System”, about a low-cost way to discover new medicines. That chapter alone was worth the cost of the book.
I’ve read the book twice now but I can see myself reading it again and again in future. A fantastic book, worth every cents.

We live in the eye of a hurricane, a moment in history in which humanity must change its own organization or face disastrous consequences. Our energy and food systems are becoming less sustainable, which augurs an environmental, economic and humanitarian crisis of unprecedented magnitude. Democracy, if it exists, is falling into an alienating tribalism. Inequality proliferates. If we are fortunate enough to enjoy a free press, we probably do not trust it. Global health systems are, in reality, incredibly expensive labyrinthine patient care systems. And in a good part of the developed world, our educational systems seem still stuck in the last century.
An old Chinese proverb says:
“When the winds of change are blowing, some people build walls, others build windmills.

Alexander Cockburn went on to write that “Apart from Kissinger, it is likely that the greatest murderer to receive the Nobel Peace Prize was Norman Borlaug.” Three days after his death in 2009, The Guardian asked this question: “Has there ever been in the history of mankind a person whose legacy has turned so precariously on the fulcrum between good and evil?” . How is it possible that the man most associated with the revolution that fed the world is a character that causes so many divisions?
Borlaug’s work (and those he inspired) focused on creating more productive and disease-resistant varieties of wheat, rice and corn, “our crops for global food security” (so-called because they provide approximately half of the world’s food energy derived from plants). But the seeds of the new Borlaug wheat varieties did not yield more productive plants. To obtain them, it was necessary to provide the plants with more fertilizers and more water, to which they are much more sensitive than the natural varieties. With the Green Revolution it is not worth “wait for the rain”; it is necessary to water. And this turned out to be a big problem.
Take, for example, the Indian state of Punjab, which became known as the “granary of India” thanks to the use of Borlaug seeds and associated agricultural methods. The production of wheat, rice and other crops skyrocketed as of the 1970s, but so did the number of tube wells needed to meet the growing demand for water. The consequence was that the water table (the level below which the earth becomes saturated with water) began to plummet. Today, the Indus Basin aquifer, which Punjab depends on, is the second most overexploited in the world and large plantations only survive using oil drills adapted to extract water at a depth of 300 m. Other smaller farms have gone bankrupt or are burdened by debts due to the expense of machinery, which contributes greatly to the suicide of farmers: in 2014 there were 5,650 in the whole country. It is a vicious circle. The voracious thirst of crops requires ever deeper wells that will drain the increasingly unattainable water. Tushaar Shah of the Gujurat International Water Management Institute makes it clear: “When the globe explodes, the fate of rural India will be an indescribable anarchy.”
The Green Revolution is in favor of “monocultures” – only one variety is grown at a time as farmers seek “economies of scale” – adapting properly the irrigation regime, fertilizers and pesticides. But this lack of diversity in plants creates a similar lack of diversity in insects, which gives free rein to pests that like to nibble on crops because their own natural predators do not share the land. The answer? Pesticides, which are accompanied by financial and environmental costs and the microbes that evolve to adapt (in the same way that TB bacteria have evolved to adapt to our medicines): the so-called “pesticide routine”. The same thing happens with weeds and their herbicides.

In the fight against climate change, countries have to decarbonize their energy systems by producing more renewables. But there is a point of conflict, especially for the less sunny countries of the northern hemisphere. Solar panels only transform sunlight into electricity when the sun shines, and wind turbines only when the wind blows, which is known as the “intermittency problem” and is the popular stick used by the wind pressure group. fossil fuels when you want to strike a blow to the renewable sector. They argue that an energy system based on renewables is too unequal and generates energy according to the caprice of nature, not man: too much energy when the sun shines or the wind blows, nothing at night or when it is calm.
The solution to the intermittence is to connect batteries that can accumulate the excess and facilitate the supply, discharging their supply when necessary. A decarbonised energy system simply will not work without good storage, and the more countries that want to connect greener energy to their networks, the greater the challenge.
It is also a problem for countries that do not have a national network, such as Tanzania, where only 15% of the population has access to electricity.

The energy trilemma “is a term, perhaps even a mantra, coined by the World Energy Council. The trilemma says that it is almost impossible to provide security of supply (the lights remain on), equitable access (everyone has the energy they need at the price they can afford) and environmental sustainability (we do not destroy the environment to get the first two). The role of the energy industry is to do things as best as possible while this three-headed beast shakes it between its horns. The trilemma is basically to accept that the system we have can not supply the energy infrastructure we need for a prosperous and sustainable world.
The lobbies of fossil fuels are quick to point out, for example, that you can not have “security of supply” with renewable energy sources due to the “intermittency problem”.

How was the Internet made with the world? The short answer is because the Internet is not a single network, but four. At the beginning of its history, some computer visionaries (especially Vint Cerf and Bob Kahn) tried to answer the question “how can we take reliable data that live in a computer of this network to another computer of that network when both can to be using different hardwares and softwares? »; a problem that was then called the “Inter-Net problem”. His answer was a series of “software protocols” (“commitment rules” for computers) with the unattractive name of “Transmission Control Protocol / Internet Protocol” or, for short, TCP / IP. (You will have encountered these antipathetic acronyms when you have been fighting with your Internet provider or you have heard someone talk about “IP addresses”.) TCP / IP divides the networks of computers into four “layers” that, although they are interconnected, they operate independently. In the background is the layer that defines how data is physically sent through the network, be it a coaxial cable, optical fiber or copper cable. The next is the “Internet layer,” which divides data into discrete packets to be sent through those cables. The next layer is called the “transport layer,” a “handshake protocol” that establishes agreements that allow two different computers to talk to one another. Finally, the “application layer” establishes how the applications you use (for example your search engine or e-mail client) access the data that arrives at your device and prepare their own data to be sent back through the network.
Metcalf says that the creation of TCP / IP (the “seven-layer ISO model,” which is a thinner slice of the same) “was the most important decision in the creation of the Internet.” By dividing the “Inter-Net problem” into a series of layered protocols with agreed-upon modes of passing their results up or down to the next layer, various experts within each layer could take care of solving problems without having to worry about what happened in other layers. “This allowed people like me to live rich and full lives on level one, while in parallel, at their own pace, other people were busy developing other issues” (Tim Berners-Lee’s Worldwide Web was built on the layer of application). In short, people who were developing network browsers did not have to worry about the modems design, and vice versa. Metcalfe has a similar vision for energy, which he has called “the Enernet”: an energy system transformed into a model more similar to the Internet in which “energy would move from centralized energy plants to distributed production”.
The power of the Internet is that there are more people connected, not less. Abandoning is an extreme solution and would not work for lots of people who could not generate the energy they need throughout the year.

The first question that needs to be clarified is whether budgetary participation results in real improvements for citizens. The good news is that there is a lot of visible evidence. In the thirty years that have passed since Porto Alegre began to roll the ball, participatory budgets have spread throughout the world. 130 cities in Brazil had somehow adopted the process in 2000 and as the new century progressed, the international footprint left by these budgets was growing rapidly. Among those who adopted them is Rosario, in Argentina (also, as I discovered when I was in Detroit, a pioneer city in urban gardens), where, since 2003, almost 90,000 citizens have taken part in the decision on how to spend 9 million euros each year. Dollars. In Seville, residents decide about 50% of local spending (about 19 million dollars a year) in the districts of the city.
So, what do all these data tell us? Do cities that adopt the participatory budget have better results than those that do not? The answer seems to be a sonorous yes, but only if they keep it in time. A 2008 World Bank report found that the participatory budget contributed to a greater reduction of poverty in the municipalities that used it compared to those that did not, pointing out that this happened even when there was a reduction in GDP per capita; In other words, even when economic times were hard, poverty continued to decline. But the most important thing is that this only happens in places that maintain faith in the project, reviewing it every year. The municipalities that were limited to prove it did not see real benefits.

In 2010 I spent a very pleasant week in the company of a couple of guys, Bruce Ward (farmer) and Tony Lovell (who put the pasta), who showed me some farms in New South Wales, Australia. All this was part of a research he was doing at the time about a method of livestock breeding analogous to the “intensive root system” that he had recently witnessed in Jharkhand, India. The “new” method, called Holistic Management (MH), mimics the way cattle move in natural grasslands like the Serengeti. Instead of dividing the animals into small groups and leaving them in their meadows where, as they have nothing else to do, they graze excessively and destroy their own food source, a farm that uses MH works in tune with the animal’s natural tendencies , a single large flock that runs through the property, staying in each enclosed meadow only a day or two before moving to another. That means that most of the meadows are empty most of the time, allowing them to replenish fresh grass, ready by the time their bovine guests return, about a hundred days later. In a suitable environment, you can turn a dusty, overexploited wasteland into a feast of greenery that not only improves the business, but also picks up a healthy carbon gift from the atmosphere by returning it to the ground, as more plants and herbs make more photosynthesis, a virtuous circle of increasing fertility.

We strive to measure success, but it seems that the remedy is worse than the disease and we have created a system of education that pursues so tirelessly the results of the examinations that we would say that we have forgotten the basic notions to run an organization that works . The obvious problems of education, and the current inability of the system to solve them, despite the fact that we have before us a large part of the answer, is perhaps the most concise expression of something I have seen repeatedly during my trip: systems that they have not been able to evolve and now they exist to serve themselves first and secondly to their main end; that they are no longer a means to an end, but the end in itself.
These structures emerged as they arose for reasons that were good, or at least understandable, and achieved many things. Billions of people have benefited from its results. Due to this legacy of success, it seems that they hope to run the business.
We have the tools and the skills necessary to rebuild our world. If we decide, we can thank our old systems for the work they did and pass the baton to the new kids in the neighborhood. It may not be easy.
It is famous the phrase of the author William Gibson, who said: “The future is already here, the only thing that happens is that it is not evenly distributed.” What we have learned is that many futures are already here, and now we have to decide which ones to distribute.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .