En Qué Pensamos Cuando Pensamos En Fútbol — Simon Critchley / What We Think About When We Think About Football by Simon Critchley

Me ha parecido un interesante breve libro sobre las emociones y flaquezas que transmite este deporte al autor.

¿En qué pensamos cuando pensamos en fútbol? El fútbol tiene que ver con tantas cuestiones, y estas cuestiones resultan a la vez tan complejas, contradictorias y conflictivas…: la memoria, la historia, el territorio, la clase social, el género en toda su problemática de variantes (especialmente la masculinidad, pero también cada vez más la feminidad), la identidad familiar, la identidad tribal, la identidad nacional, la naturaleza grupal –tanto en lo que respecta a los grupos de jugadores como a los grupos de seguidores– y la relación, a menudo violenta pero en ocasiones pacífica y discretamente admirativa, que se establece entre nuestro propio grupo y otros grupos.
El fútbol, evidentemente, es un juego de estrategia. Requiere disciplina y requiere de un entrenamiento constante a fin de que los jugadores se mantengan en un buen estado físico, pero –lo que resulta más importante aún– también para que el equipo alcance y mantenga una estructura.
Los movimientos individuales de cada jugador se encuentran predeterminados por su función –ser un buen portero, ser un central decente, ser un medio de contención correcto o lo que sea–, pero esas funciones individuales hallan altura y trascendencia en la práctica creativa y colaborativa del equipo que juega bien como conjunto. Cuando un equipo no juega bien como conjunto, la acción colectiva se colapsa en sus partes individuales y atomizadas, y todo se viene abajo. Los jugadores se echan la culpa los unos a los otros, y los hinchas la toman con los jugadores individualmente. Ésta es una estructura deficiente en todos los sentidos.
La naturaleza esencialmente colaborativa del fútbol abarca también los patrones de sociabilidad que se establecen entre los jugadores, así como el contraste entre el equipo cuyos miembros juegan los unos para los otros y el equipo donde cada miembro juega para sí mismo.

La crítica no debería rehuir la conexión intrínseca que hay entre fútbol y violencia, entre fútbol y guerra, entre fútbol y colonialismo, entre fútbol y racismo, y entre el fútbol y las formas más retrógradas y atávicas del nacionalismo (como demuestran los feos encontronazos entre hinchas ingleses y rusos que se produjeron durante la Eurocopa de Francia de 2016, aunque los ejemplos son legión)…
Con el fútbol se despliega una dimensión especial de la experiencia temporal. La mejor manera de percibirla se da mientras vemos un encuentro en directo. Al hacerlo quedamos atrapados, nos encerramos por completo en un presente marcado por el suspense. Nos suspendemos en el tiempo presente del partido mirando cómo se mueven los jugadores y el balón, mirando lo que sucede con la pelota, mirando al árbitro, mirando al público. En cada instante de ese presente, el futuro está abierto y es incierto. Podría pasar cualquier cosa, por más que a menudo, y de forma insistente, no sea así. Como espectadores nos involucramos en el partido, nos tornamos sujetos embelesados, vigilantes.

El fútbol necesita una poética que lo salve tanto a él como a nosotros del olvido. Requiere de una fenomenología en la que, durante unos pocos instantes, y particularmente en los momentos entre momentos, seamos libres para subsumirnos en las tortuosas elaboraciones del destino –y es posible que esa libre sumisión al destino sea la única experiencia real de libertad que tengamos a nuestro alcance. Así que voy a intentar realizar algunos gestos encaminados hacia esa poética del fútbol–.
El juego tiene prioridad sobre la consciencia del juego. Para ser más concreto, no se puede explicar el juego a partir de intenciones subjetivas, estados mentales o funciones biológicas, tal y como no se puede explicar a través de una sucesión interminable de datos y estadísticas. Todos estos elementos pueden representar condiciones causales necesarias para el juego, para que el partido de fútbol sea viable (estar consciente y alerta, no lesionarse, intentar completar tantos pases como sea posible), pero no son suficientes para describir la vida del fenómeno, que es lo que aquí nos ocupa. No, el propósito del juego es el juego en sí mismo. El juego no es la expresión de una realidad psicológica interna. Por tanto, en un primer paso, debemos realizar una separación entre el fútbol y nuestra interminable fascinación hacia cuanto sucede en las mentes.

Además fútbol es drama. La gente lo repite constantemente. Con la salvedad de que, en mi opinión, el fútbol es un drama más cargado de verdad que el teatro. Mientras que, lamentablemente, pese a los esfuerzos heroicos de dramaturgos como Brecht, Artaud, Grotowski, Peter Brook, Richard Schechner y otros, el teatro se ha pasado el último siglo osificándose y experimentando una muerte lenta, degenerando en una especie de fórmula de consolación para el sentimentalismo liberal, el drama pervive en el fútbol y en la forma del fútbol.
El fútbol es el lugar donde el drama de la identidad nacional y la no identidad se representa de manera trascendental sobre una historia de guerra y de violencia. Bien, la verdadera naturaleza de una pieza dramática no reside en el texto, en su guion o en las directrices escénicas; y mucho menos en las intenciones subjetivas del dramaturgo (esto último resulta a menudo engañoso o ilusorio). No, la verdad del drama ocurre en la actuación y como actuación.

Si existe una dimensión sacra en el fútbol, la verdad es que preferiría verla en el mismo carácter ordinario del juego y su incuestionable estupidez.
El fanatismo y la obsesión son condiciones habituales en el mundo del fútbol. Se sitúan en algún punto entre la locura y la estupidez, sin acabar volcándose de manera necesaria sobre una u otra». Esta idea también puede expresarse en términos más cercanos a Gadamer: diciendo, concretamente, que ocupar el terreno de juego, o Spielraum, implica adentrarse en una experiencia de dichosa estulticia, la de perder el contacto con el mundo normal y cotidiano, el mundo de los fines, die Welt der Zwecke. Al mirar el fútbol entramos en un mundo diferente, maravillosamente idiota.

El fútbol es «el ballet de la clase trabajadora». Es una experiencia embelesadora. Durante una hora y media se despliega un nuevo orden temporal y nos sometemos a él. El partido de fútbol es una ruptura pasajera dentro de la rutina cotidiana: es una ruptura extática, fugaz y, todavía más importante, compartida. En su mejor versión, el fútbol presenta alteraciones en la intensidad de esa experiencia, la maximiza.
A menudo, el fútbol puede representar una experiencia injusta, donde de manera plenamente justificada sientes que la derrota se ha debido a los errores arbitrales, al estado del terreno de juego o simplemente al mal tiempo. Pero a veces resulta simplemente que un grupo superior de jugadores le ha dado un repaso a tu equipo. Es otro tipo de dolor, el que brota cuando te das cuenta de que tu equipo no es lo suficientemente bueno. Pero el cosquilleo de la esperanza sigue vibrando y quemándote la planta de los pies.

Capitalismo, mercantilización, colonialismo, nacionalismo, psicología de masas, patriarcado y codificación legal de la violencia… Éstos son los motivos por los que continuamente relaciono deleite y repulsión en lo referente al fútbol. Sentarse a disfrutar de un partido, por inocente que parezca, no lo salva a uno de los horrores del mundo globalizado y neoliberal, como tampoco nos abstrae a un reino más elevado y sacro de experiencias ritualizadas. No, al contrario; ver un partido lleva a que uno se sienta constantemente comprometido por esos horrores, por esas injusticias manifiestas; nos quedamos atrapados entre las capas de los medios de comunicación y la meditación. Ver un partido de fútbol es contemplar la cara más nauseabunda y aterradora de nuestro mundo. La belleza no es más que el punto de partida del terror. Si el fútbol es una imagen de nuestra época, en él vemos lo peor que nos rodea, sus aspectos más chillones, con todo ese despliegue de opulencia y poder financiero. Pero el fútbol no desvía nuestra mirada de ese mundo. Y los hinchas no se comportan como incautos bobalicones ante el poder. Están muy lejos de ser estúpidos. Saben lo que está pasando.
En esos momentos, mágicos e irresponsables, surgen el trance y el deleite, la forma del fútbol brilla sobre su materia, brotan una figuración dinámica llena de belleza, la dramática expresividad del juego, un movimiento de libre asociación entre los jugadores y también entre los hinchas, el hechizo de un éxtasis sensorial. En esos momentos, contenemos el aliento. Algo diferente, algo maravilloso, se presenta ante nosotros. Pero se marcha. Espiramos. Y el espectáculo del horror sigue su curso.

I thought it was an interesting brief book about the emotions and weaknesses that this sport transmits to the author.

What do we think about when we think about football? Football has to do with so many issues, and these issues are at the same time so complex, contradictory and conflicting …: memory, history, territory, social class, gender in all its problems of variants (especially masculinity, but also more and more femininity), family identity, tribal identity, national identity, group nature – both in terms of groups of players and followers – and the relationship, often violent but Sometimes peaceful and discretely admiring, which is established between our own group and other groups.
Soccer, of course, is a strategy game. It requires discipline and requires constant training so that the players stay in good physical condition, but – what is even more important – also for the team to reach and maintain a structure.
The individual movements of each player are predetermined by their function – be a good goalkeeper, be a decent center, be a correct means of containment or whatever – but those individual functions find height and importance in the creative and collaborative practice of the team that plays well as a whole. When a team does not play well as a whole, the collective action collapses in its individual and atomized parts, and everything falls apart. The players blame each other, and the fans take it with the players individually. This is a poor structure in every way.
The essentially collaborative nature of football also encompasses the patterns of sociability that are established between the players, as well as the contrast between the team whose members play for each other and the team where each member plays for himself.

Criticism should not shy away from the intrinsic connection between football and violence, between football and war, between football and colonialism, between football and racism, and between football and the most retrograde and atavistic forms of nationalism (as shown by the ugly clashes between English and Russian fans that took place during the Eurocopa de France 2016, although the examples are legion) …
With football, a special dimension of temporal experience unfolds. The best way to perceive it occurs while watching a live encounter. In doing so we are trapped, we lock ourselves completely in a present marked by suspense. We suspend in the present time of the game watching how the players move and the ball, watching what happens with the ball, looking at the referee, looking at the audience. In every moment of that present, the future is open and uncertain. Anything could happen, more than often, and insistently, not so. As spectators we get involved in the game, we become enthralled, vigilant subjects.

Football needs a poetic that saves both him and us from oblivion. It requires a phenomenology in which, for a few moments, and particularly in the moments between moments, we are free to subsume in the tortuous elaborations of destiny – and it is possible that this free submission to destiny is the only real experience of freedom that we have. at our reach. So I’m going to try to make some gestures towards that poetics of football.
The game has priority over the consciousness of the game. To be more concrete, you can not explain the game from subjective intentions, mental states or biological functions, as it can not be explained through an endless succession of data and statistics. All these elements can represent necessary causal conditions for the game, so that the football game is viable (be aware and alert, not injured, try to complete as many passes as possible), but they are not enough to describe the life of the phenomenon, which it is what concerns us here. No, the purpose of the game is the game itself. The game is not the expression of an internal psychological reality. Therefore, in a first step, we must make a separation between football and our endless fascination with what happens in the minds.

In addition soccer is drama. People repeat it constantly. With the proviso that, in my opinion, football is a drama more loaded with truth than theater. While, unfortunately, despite the heroic efforts of playwrights like Brecht, Artaud, Grotowski, Peter Brook, Richard Schechner and others, the theater has spent the last century ossifying itself and experiencing a slow death, degenerating into a kind of consolation formula for liberal sentimentalism, the drama survives in football and in the form of football.
Soccer is the place where the drama of national identity and non-identity is transcendentally represented in a history of war and violence. Well, the true nature of a dramatic piece does not reside in the text, in its script or in the scenic guidelines; and much less in the subjective intentions of the dramatist (the latter is often misleading or illusory). No, the truth of the drama occurs in acting and acting.

If there is a sacred dimension in football, the truth is that I would prefer to see it in the same ordinary character of the game and its unquestionable stupidity.
Fanaticism and obsession are common conditions in the world of football. They are somewhere between madness and stupidity, without ending up necessarily over one or the other. This idea can also be expressed in terms closer to Gadamer: saying, concretely, that occupying the playing field, or Spielraum, implies entering an experience of blissful stupidity, that of losing contact with the normal and everyday world, the world of the ends, die Welt der Zwecke. When we watch football, we enter a different world, wonderfully idiotic.

Soccer is “the ballet of the working class.” It is an enthralling experience. For an hour and a half a new temporal order is deployed and we submit to it. The football match is a temporary break within the daily routine: it is an ecstatic, fleeting break and, even more importantly, shared. In its best version, football presents alterations in the intensity of that experience, maximizing it.
Often, football can represent an unfair experience, where in a fully justified way you feel that the defeat has been due to referee errors, the state of the pitch or simply bad weather. But sometimes it just happens that a higher group of players has reviewed your team. It’s another type of pain, the one that springs up when you realize that your equipment is not good enough. But the tingling of hope keeps vibrating and burning the soles of your feet.

Capitalism, commodification, colonialism, nationalism, mass psychology, patriarchy and legal codification of violence … These are the reasons why I continually relate delight and repulsion in relation to football. Sitting down to enjoy a game, no matter how innocent it may seem, does not save one of the horrors of the globalized and neoliberal world, nor does it abstract us to a higher and sacred realm of ritualized experiences. No, on the contrary; to see a party leads one to feel constantly committed to those horrors, to those manifest injustices; we get caught between the layers of media and meditation. Watching a football game is contemplating the most nauseating and frightening face of our world. Beauty is only the starting point of terror. If football is an image of our time, we see in it the worst that surrounds us, its most garish aspects, with all that display of opulence and financial power. But football does not divert our gaze from that world. And the fans do not behave like gullible dupes before power. They are far from being stupid. They know what is happening.
In those magical and irresponsible moments, trance and delight emerge, the form of soccer shines on its subject, a dynamic figuration full of beauty springs up, the dramatic expressivity of the game, a movement of free association between the players and also between the players. fans, the spell of a sensory ecstasy. In those moments, we hold our breath. Something different, something wonderful, is presented to us. But he leaves. We exhale And the horror show goes its course.

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