El Jinete Pálido: 1918. La Epidemia Que Cambió El Mundo — Laura Spinney / Pale Rider: The Spanish Flu of 1918 and How It Changed the World by Laura Spinney

La autora nos ofrece un completo retrato y análisis de la gran epidemia que se abatió sobre el mundo en 1918, coincidiendo con la IGM. La manera que tiene que enfocar el tema es dedicar, por un lado, unos capítulos a temas de tipo médico y epidemiológico con las características de la gripe (origen, agente causante, formas de combatirla, paciente cero, recuento de víctimas, diferentes oleadas, recuperación de la población, etc.) y por el otro, alterna esos capítulos con otros en los que estudia más en detalle la incidencia de la gripe en unas cuantas localidades repartidas por todo el mundo (Sao Paulo, Nueva York, Mashhad (Irán), Odesa, Alaska, Shanxi (China), Sudáfrica y Zamora). Salvo el caso de Zamora, por ser una localidad española y ser casualmente mi ciudad natal, el estudio que hace de la incidencia de la gripe en esas localidades se me antoja algo excesivo porque entra en demasiados detalles. Yo creo que si hubiera agrupado todas esas localidades en un único capítulo hubiera mejorado el relato, haciéndolo más ágil. Salvo esa apreciación particular mía, el libro se lee bien, es ameno y entretenido, muy interesante y sobre todo se aprende mucho sobre un tema del que no hay casi nada escrito en plan divulgativo.
En el “el jinete pálido”, Spinney intenta examinar el alcance de la horrible pandemia de gripe de 1918, que puede haber cobrado 100 millones de vidas. Ella describe el impacto que la pandemia tuvo en la historia posterior de la civilización occidental, así como en países tan diversos geográfica y culturalmente como China, India, Brasil y Persia. A lo largo del camino, presenta una introducción fácil de entender sobre virología y epidemiología, disciplinas que resultaron del desastre de 1918.
Si no está familiarizado con la historia de la gripe española de 1918, o si su comprensión de la pandemia tiene sus raíces en lo que leyó hace muchos años, es posible que no esté familiarizado con sus dimensiones trágicas. La periodista científica británica Laura Spinney nos pone a todos en línea con Pale Rider: La gripe española de 1918 y Cómo cambió el mundo. “La gripe española infectó a una de cada tres personas en la tierra”, escribe, “o 500 millones de seres humanos. Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último en marzo de 1920, mató entre 50 y 100 millones de personas, o entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial “. Eruptando en tres oleadas, la gripe asesina provocó cambios sociales, políticos y económicos que recuerdan a los de la Peste Negra casi 600 años antes. Y su impacto fue global, mientras que la Peste Negra trajo el desastre principalmente a Europa y Asia.
La gripe española fue, afirma Spinney, “el mayor desastre del siglo XX”. Con toda probabilidad, la enfermedad mató más que las Guerras Mundiales I y II combinadas. Es posible que los occidentales no reconozcamos el alcance catastrófico de la pandemia porque Europa y América del Norte “reportaron las tasas de mortalidad más bajas, en promedio, por lo que sus experiencias fueron atípicas”. En la India, por ejemplo, incluidos los actuales Pakistán y Bangladesh, “la tasa fue diez veces mayor que en Estados Unidos”. Spinney informa que “aproximadamente 500,000 niños quedaron huérfanos solo en Sudáfrica”, y hasta 18 millones de indios murieron en la pandemia, alrededor del 6 por ciento de su población. Sin embargo, el énfasis del autor es menos en el gran número de víctimas que en los múltiples efectos en la sociedad en general. Por ejemplo, ella cree que la gripe ayudó a empujar a India hacia la independencia (y por supuesto explica su razonamiento en detalle). Su exploración de las consecuencias a largo plazo es aleccionadora.
Hoy puede ser difícil para nosotros comprender cuán diferente era el mundo hace apenas un siglo cuando estalló la gripe española. Spinney nos recuerda que “la esperanza de vida al nacer en Europa y América no excedía los cincuenta, y en gran parte del mundo era mucho más baja. Los indios y los persas, por ejemplo, tuvieron la suerte de celebrar sus trigésimos cumpleaños”. La medicina basada en la ciencia estaba en su infancia incluso en los países más ricos. Lo que hoy llamamos terapias “alternativas” como la osteopatía o la homeopatía tenían al menos la misma probabilidad de ganarse la confianza de aquellos que enfermaron. De hecho, los médicos pueden haber hecho tanto daño como el bien, a pesar del Juramento Hipocrático. Pequeña maravilla. “Los virus ocupaban solo un pequeño rincón del universo psíquico de 1918. No habían sido vistos, y no había pruebas para ellos” -mucho menos una vacuna o un tratamiento efectivo. Para complicar las cosas, otras enfermedades epidémicas a menudo estaban enfurecidas simultáneamente, incluyendo el tifus y la peste bubónica. En muchas áreas, los médicos estaban convencidos de que la gripe era la peste.
Spinney explica que la etiqueta “Spanish” flu (gripe española) es un nombre inapropiado. Ella rastrea la amplia investigación sobre los verdaderos orígenes de la enfermedad, identificando a los principales candidatos como Estados Unidos, China y el frente occidental en la guerra europea. Su cuenta deambula por todo el mundo, centrándose en comunidades tan remotas como Odessa, Rusia; Kimberley, Sudáfrica; Rio de Janeiro, Brasil; Zamora, España; y Bristol Bay, Alaska. Estas cuentas son profundamente inquietantes. Como es el caso en tantas circunstancias, los pobres fueron los más afectados en todas partes. Spinney señala que “fue la mala alimentación, las condiciones de vida abarrotadas y el acceso deficiente a la atención médica lo que debilitó la constitución, haciendo que los pobres, los inmigrantes y las minorías étnicas fueran más susceptibles a las enfermedades”. Y aquellos que sufren de enfermedades existentes estaban en mayor riesgo.
Aunque la obra es predominantemente un trabajo de la historia, y la historia social en particular, Spinney ahonda en los aspectos científicos de la pandemia. Ella explica los orígenes históricos de la gripe, los esfuerzos de siglos para comprenderla y el desarrollo de vacunas que comenzaron en la década de 1930, demasiado tarde, por supuesto, para ayudar a aquellos que cayeron en la gripe española. Sin embargo, como sin duda sabe, la capacidad de los científicos para producir vacunas antigripales anualmente no es garantía de que no ocurra otra pandemia de alcance similar el próximo año. Simplemente hay demasiadas variedades de influenza, y al menos dos cepas de influenza tipo A-H1N1, que fue la base de la gripe española, y H5N1, tienen el potencial de estallar en cualquier momento en el futuro. Y el H5N1 mata al 60 por ciento de las personas a las que infecta. Solo podemos esperar que una vacuna efectiva se pueda diseñar y fabricar a tiempo y que la mayor comprensión actual de los requisitos de salud pública mantenga controlada la tasa de mortalidad.
Mi única queja sobre Pale Rider es que el libro está estructurado de una manera que requiere cierto grado de repetición. Dado que no está organizado en orden cronológico o dividido en categorías ordenadas, el libro puede ser confuso. Spinney escribe en círculos. Me mareé. Pero el problema es menor en el contexto de una cuenta tan informativa y bien escrita.

Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último, en algún momento de marzo de 1920, mató a entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial, una variación que refleja la incertidumbre que aún la rodea. Si se compara con sucesos únicos que hayan causado una enorme pérdida de vidas humanas, superó a la primera guerra mundial (17 millones de muertos), a la segunda guerra mundial (60 millones de muertos) y posiblemente a ambas juntas. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad.
Sin embargo, ¿qué vemos cuando desenrollamos el pergamino del siglo XX? Dos guerras mundiales, el auge y la caída del comunismo y quizá algunos de los episodios más espectaculares de descolonización. No vemos el acontecimiento más dramático de todos, aunque lo tenemos delante de nuestros ojos. Cuando se pregunta cuál fue el mayor desastre del siglo XX, prácticamente nadie responde que la gripe española.
El virus de la gripe carece de cola, pero contiene otras pistas sobre sus orígenes. Es un parásito, lo que significa que solo puede sobrevivir dentro de otro organismo vivo o «huésped». Es incapaz de reproducirse por sí solo, por lo que tiene que invadir una célula huésped y apoderarse del aparato reproductor de la misma. La progenie del virus debe entonces abandonar a ese huésped e infectar a uno nuevo. Si no lo hace, el virus perece con el huésped original y es el fin de la gripe. Al igual que la supervivencia de nuestros antepasados dependía de su capacidad para balancearse entre los árboles, la supervivencia de la gripe depende de su capacidad para saltar de un huésped a otro. Es aquí donde la historia de la gripe se pone interesante, ya que, al ser un parásito, su supervivencia depende tanto de su propio comportamiento como del de su huésped. Aunque durante mucho tiempo los científicos carecieron de información sobre el pasado de la gripe, sí sabían algunas cosas acerca de lo que hacían los seres humanos antes del año 412 a.C.
La gripe se transmite de una persona a otra a través de las minúsculas gotitas de mucosidad infectadas que se arrojan al aire al toser y estornudar. Los mocos son un misil muy eficaz: han de serlo, ya que fueron diseñados en un túnel de viento, pero no pueden volar más allá de unos pocos metros. Por tanto, para que la gripe se propague, las personas deben vivir muy cerca unas de otras. Se trataba de una idea crucial, ya que los humanos no siempre han vivido cerca unos de otros. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad fueron cazadores-recolectores y estuvieron alejados entre sí.
Se cree que la primera pandemia de gripe que, según los expertos, fue una tal, es decir, una epidemia que afectó a varios países o continentes, empezó en Asia en 1580 y se propagó por África, Europa y posiblemente América. No obstante, es necesario hacer una advertencia. No es fácil determinar el origen de una pandemia de gripe ni la dirección en la que se propaga, lo que significa que cualquier declaración categórica sobre el origen de pandemias de gripe históricas se ha de tomar con cautela. Esto es especialmente cierto dado que, al menos desde el siglo XIX, los europeos cuyos compatriotas habían seguido la pista de enfermedades mortales por el Nuevo Mundo no dudaban en considerar que cada nueva plaga provenía de China o de los silenciosos espacios de las estepas euroasiáticas.

En 1892, la gripe rusa causó estragos en Europa y el mismo año en que Ivanovski hizo su descubrimiento un alumno de Koch, Richard Pfeiffer, identificó la bacteria responsable de la gripe. Eso es, la bacteria responsable de la gripe. El bacilo de Pfeiffer, también conocido como Haemophilus influenzae, existe realmente y causa enfermedades, pero no es el causante de la gripe (el error de Pfeiffer perdura en su nombre como una advertencia a los científicos o un mal chiste histórico). Nadie sospechó que la gripe pudiera causarla un virus, esa cosa inclasificable que existía en algún lugar fuera de los límites de lo observable, y seguían sin sospecharlo en 1918. En realidad, los virus ocupaban solo un pequeño rincón del universo físico de 1918. Nadie los había visto y no había ninguna prueba para ellos. Estos dos hechos son cruciales para comprender el impacto de la gripe española. La situación cambió a raíz de la pandemia, pero hizo falta tiempo. Cuando James Joyce escribió en su moderna novela Ulises (1922) «Fiebre aftosa. Conocida como preparación de Koch. Suero y virus», probablemente pensaba en un virus de un modo similar a Azevedo.
En el siglo XIX, aún se creía que las epidemias, como los terremotos, eran actos de Dios. La teoría de los gérmenes obligó a considerar la posibilidad de que se pudieran controlar y esta revelación hizo que se tuviera en cuenta un nuevo conjunto de ideas: la teoría de la evolución que Charles Darwin había propuesto en El origen de las especies (1859). Cuando Darwin había hablado de la selección natural, su intención no era que sus ideas se aplicaran a las sociedades humanas, pero sus coetáneos lo hicieron, alumbrando la «ciencia» de la eugenesia. Los eugenistas creían que la humanidad estaba compuesta por diferentes «razas» que competían para sobrevivir. Los más aptos prosperaban, por definición, mientras que las razas «degeneradas» acababan viviendo en la pobreza y la miseria porque carecían de iniciativa y autodisciplina. Esta línea de pensamiento encajaba ahora insidiosamente con la teoría de los gérmenes: si los pobres y las clases trabajadoras también padecían de manera desproporcionada tifus, cólera y otras enfermedades mortales, entonces también era culpa suya, ya que Pasteur había mostrado que este tipo de enfermedades eran prevenibles.
A finales del siglo XIX, la eugenesia sirvió de base para políticas de inmigración y salud pública.
Para nosotros, el vocablo «peste» significa algo muy concreto: la peste bubónica, así como sus variantes, la neumónica y la septicémica, todas ellas causadas por la bacteria Yersinia pestis. Pero en 1918, el término «peste» designaba a cualquier enfermedad peligrosa que atacara por sorpresa. Entretanto, la peste «real», la enfermedad que con el sobrenombre de «la peste negra» devastó la Europa medieval, seguía presente en dicho continente. Parece sorprendente, pero en Inglaterra su última aparición coincidió con la de gripe española.

Es posible que Gitchell no fuera la primera persona que contrajo la gripe «española». Desde 1918, y hasta nuestros días, se ha especulado sobre dónde comenzó realmente la pandemia. Sin embargo, ahora sabemos que su caso fue uno de los primeros que se registró oficialmente, por lo que se suele considerar por consenso, por razones de conveniencia, que marca el inicio de la pandemia. Otros quinientos millones de personas seguirían a Albert, metafóricamente hablando, hasta la enfermería.
Estados Unidos había entrado en la primera guerra mundial en abril de 1917 y, ese otoño, muchos jóvenes procedentes principalmente de las zonas rurales del país empezaron a acudir a campamentos militares para ser reclutados y adiestrados para la Fuerza Expedicionaria Estadounidense (FEE), la fuerza armada que el general John «Black Jack» Pershing comandó en Europa. Desde el frente se propagó rápidamente por toda Francia y, desde allí, por Gran Bretaña, Italia y España. Hacia finales de mayo, enfermó en Madrid el rey de España, Alfonso XIII, junto con el presidente del Gobierno y varios ministros.
También en el mes de mayo se registraron casos de gripe en Breslavia, en Alemania, ahora Wrocław en Polonia (donde Pfeiffer había ocupado la cátedra de higiene en tiempos de paz), y en el puerto ruso de Odesa, situado a 1.300 kilómetros al este.
En agosto, la gripe regresó transformada. Fue la segunda oleada de la pandemia y la más letal, y se considera, de nuevo por consenso, que apareció en la segunda mitad del mes en tres puntos del Atlántico: Freetown en Sierra Leona, Boston en Estados Unidos y Brest en Francia. Era como si se hubiera estado gestando en mitad del océano, quizás en el triángulo de las Bermudas, pero obviamente no fue así. Un buque militar británico la llevó a Freetown, es probable que un barco procedente de Europa la llevara a Boston, mientras que a Brest llegó o bien debido a la afluencia constante de soldados de la FEE o a los reclutas franceses que acudían a la ciudad para someterse a entrenamiento naval.
En Brasil solo hubo una oleada de gripe, la del otoño de 1918, pero Chile se vio afectado por una segunda un año más tarde, mientras que la más letal que invadió la capital peruana fue la tercera, a principios de 1920. La ciudad de Iquitos se encuentra en el interior de la Amazonía peruana e, incluso en la actualidad, solo se puede llegar hasta ella por vía aérea o fluvial. Su aislamiento propició que solo tuviera un encontronazo con la gripe, a finales de 1918, pero ese mismo aislamiento, junto con las dificultades para acceder a la asistencia médica, hizo que fuera devastador. La tasa de mortalidad en Iquitos, que por entonces era el centro del comercio de caucho del Amazonas, duplicó a la registrada en Lima.
Esta última oleada de muertes también se hizo sentir en el otro lado del Pacífico, en Japón. La «última epidemia», como la llamaron los japoneses (para diferenciarla de la «primera epidemia» del otoño de 1918), empezó a finales de 1919 y se alargó hasta 1920.

La inmensa mayoría de las personas que contrajeron la gripe española solo presentaron los síntomas de una gripe común: irritación de garganta, dolor de cabeza y fiebre. Y como ocurre con la gripe común, la mayoría de las personas que enfermaron en la primavera de 1918 se recuperaron. Hubo casos excepcionales en los que la enfermedad se complicó gravemente y algunos de estos desafortunados enfermos murieron, pero, aun siendo lamentable, no fue algo inesperado. Ocurría lo mismo cada invierno.
Sin embargo, cuando la enfermedad regresó en agosto, ya no tenía nada de ordinaria. Lo que empezó siendo una gripe común se transformó rápidamente en algo más siniestro. La gripe en sí era peor y también había más probabilidades de que se complicara con una neumonía; de hecho, la neumonía bacteriana fue la causante de la mayor parte de las muertes. Los pacientes no tardaban en tener problemas para respirar. En sus pómulos aparecían dos manchas de color caoba y, al cabo de unas pocas horas, esta tonalidad había cubierto sus rostros de oreja a oreja, «hasta el punto que resulta difícil distinguir a los hombres de color de los blancos», escribió un médico militar estadounidense.
Los médicos denominaron a este estremecedor efecto «cianosis heliotrópica». Al igual que muchos comerciantes de vino de Burdeos, trataron de describir la tonalidad de la forma más precisa posible, convencidos de que el menor cambio en la pigmentación aportaba información sobre el pronóstico del paciente. Según un médico, se trataba de un «ciruela rojizo oscuro e intenso». Mientras el rojo fuera el tono dominante, había margen para el optimismo, pero en cuanto «había que mezclar un poco de heliotropo, lavanda o malva con el rojo», el panorama se volvía sombrío.
El azul se oscurecía hasta volverse negro. El color negro aparecía primero en las extremidades (las manos y los pies, incluidas las uñas), se iba extendiendo y acababa impregnando el abdomen y el torso. Si se estaba consciente, se podía ver cómo la muerte entraba por la punta de los dedos y se iba apoderando de uno.
Toda la constitución se veía afectada. La gente decía que la gripe española tenía un olor como a paja enmohecida. «Nunca antes ni después he olido nada igual. Era horrible, porque había veneno en ese virus», recordaba una enfermera. Se caían los dientes y el cabello. Algunos ni siquiera presentaban síntoma alguno antes de desplomarse en el sitio. El delirio era habitual. «Se excitaban y agitaban mucho. Era necesario atarlos a las camas para impedir que se hicieran daño cuando se convulsionaban», escribió un médico en Berlín.
Cuando fue pasando el tiempo y se fue comprobando que no se trataba de muchas epidemias locales, sino de una pandemia mundial, surgió la necesidad de acordar un único nombre. El nombre adoptado fue el que ya estaban usando las naciones más poderosas del planeta, los vencedores de la Gran Guerra. La pandemia pasaría a conocerse como la gripe española (ispanka espanhola, la grippe espagnole, die Spanische Grippe)

La gripe ya tenía un nombre; el enemigo tenía un rostro. Pero ¿qué entendían los médicos por gripe en 1918? Para los más innovadores, consistía en una constelación de síntomas que incluían tos, fiebre, molestias y dolores, causados por una bacteria que recibía el nombre de su descubridor, Richard Pfeiffer. Si un paciente acudía a la consulta de un médico quejándose de que se sentía indispuesto, el médico podía realizar una exploración física. Podía tomar la temperatura al paciente, preguntarle por los síntomas y buscar las reveladoras manchas de color caoba en sus pómulos. Esto podía bastar para convencerlo de que el paciente padecía la gripe, pero si era riguroso y quería estar totalmente seguro, tomaba una muestra del esputo del paciente (un término educado para referirse a una flema expectorada), cultivaba sus pobladores bacterianos en un gel nutritivo y después lo observaba al microscopio. Sabía qué aspecto tenía el bacilo de Pfeiffer (el propio Pfeiffer lo había fotografiado en los años noventa del siglo XIX) y si lo veía, el caso estaba zanjado.
El problema es que el bacilo de Pfeiffer, aunque se encuentra habitualmente en la garganta humana, no causa la gripe. En 1918, los médicos lo encontraron en algunos de sus cultivos, pero no en todos. Esto contravenía el primero de los «postulados» de Robert Koch.
Australia vio venir a la epidemia desde lejos, tanto en el tiempo como en el espacio. Las autoridades oyeron hablar por primera vez de una epidemia de gripe en Europa en el verano boreal de 1918, y en septiembre tuvieron conocimiento de espantosas informaciones sobre la segunda oleada mortal. Tras haber visto cómo avanzaba por África y Asia, el 18 de octubre finalmente impusieron protocolos de cuarentena en todos los puertos australianos (Nueva Zelanda no hizo lo mismo). Así pues, cuando la multitud jubilosa se congregó en noviembre en la Martin Place de Sídney para celebrar el armisticio, disfrutó del privilegio, casi único en el mundo, de no tener nada que temer del virus. Aunque la tercera oleada penetró en el país a principios de 1919, habría habido muchísimas más víctimas si hubieran permitido la entrada de la oleada de otoño.
Nótese, que si la teoría sobre el origen chino fuera correcta, no se podría afirmar en un sentido estricto que la pandemia fue un producto de la guerra. El paciente cero fue un campesino pobre que vivió en una aldea remota del interior de China, quien cuando enfermó, se dedicaba a hacer lo mismo que habían hecho sus antepasados durante generaciones y que quizá ni siquiera estaba al tanto de que había una guerra. Lo mismo se puede decir si comenzó en una granja de Kansas. Solo si el origen de la pandemia fuera francés se podría afirmar que fue un resultado del conflicto, ya que en ese caso se habría gestado en un campamento en el que se reunieron unos hombres (y algunas mujeres) con el propósito expreso de matar a otros hombres. Cabe una última posibilidad: que ninguna de las tres teorías sea correcta y aún no se haya propuesto el verdadero origen la pandemia.
En los anales de las pandemias de gripe, la gripe española fue única. La mayoría de los científicos coinciden ahora en que el acontecimiento que la desencadenó, el salto de la cepa pandémica de las aves a los humanos, se habría producido independientemente de que el mundo estuviera o no en guerra, pero que la contienda contribuyó a que su virulencia fuera excepcional y ayudó a propagar el virus por el mundo. Resulta difícil imaginar un mecanismo
de propagación más eficaz que la desmovilización, en plena oleada de otoño, de un gran número de soldados, que después viajaron a los cuatro confines del mundo donde los recibieron con eufóricas fiestas de bienvenida. Lo que la gripe española nos enseña es, básicamente, que es inevitable que se produzca otra pandemia de gripe, pero que mate a diez millones o a cien millones de personas dependerá del mundo en el que surja.

La cepa H1N1 que causó la gripe española, extinta hasta 2005, está hoy en día bien viva (si es que se puede decir que un virus está vivo) y encerrada en una instalación de contención de alta seguridad en Atlanta, Georgia. Fue resucitada con la finalidad de realizar estudios científicos, aunque no todo el mundo estaba convencido de que fuera una decisión acertada. Algunos científicos acusaron a los responsables de haber revivido «el agente biológico tal vez más eficaz actualmente conocido». Sostenían que, como el método para su reconstrucción estaba disponible en Internet, «su producción por científicos deshonestos es ahora una posibilidad real».
Los investigadores que han reanimado el virus (dos grupos, hasta la fecha) respondieron que les ayudaría a dar respuesta a preguntas fundamentales sobre lo que sucedió en 1918 y a impedir que se vuelva a producir una catástrofe similar. El virus permanece a buen recaudo en un laboratorio con un nivel de bioseguridad 4 y nadie lo ha liberado al mundo, y ha arrojado luz sobre la pandemia de 1918, por lo que, por ahora, el análisis de costes y beneficios se inclina a favor de quienes lo revivieron.
A principios de los años veinte, la Sociedad de Naciones creó su propia organización sanitaria y esta, junto con la oficina contra las epidemias, la Organización Panamericana de la Salud, más antigua, y la organización con sede en París, fue la precursora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) actual. Cuando la Sociedad de Naciones y su división sanitaria se disolvieron en 1939 al estallar la segunda guerra mundial, envió un claro mensaje a los artífices de la futura OMS: la nueva organización no debía depender para su supervivencia del organismo matriz, la ONU. Por tanto, cuando se constituyó la OMS en 1946, fue una institución independiente. Para entonces, la eugenesia habían caído en desgracia y su constitución consagraba un enfoque totalmente igualitario de la salud. Declaraba, y aún lo hace, que «el goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social».

A través de estas tragedias secundarias, la gripe española proyectó una larga sombra sobre la humanidad. Algunas de esas tragedias no se podrían haber evitado con una buena vigilancia de la enfermedad o una vacuna, pero otras sí: la oleada de depresión posviral, la creación de un gran número de huérfanos o el menoscabo de las expectativas de vida de la generación que se encontraba en el útero. El hecho de que ahora se pueda prevenir tanto sufrimiento es una prueba de que Roscoe Vaughan, una mujer anónima enterrada en una tumba en Alaska, y otras personas cuyos tejidos permitieron a Taubenberger y Reid secuenciar el genoma de la gripe, no perdieron sus vidas en vano. Pero no deberíamos dormirnos en los laureles, ya que la historia no termina aquí. Antaño la gente creía que la gripe la causaba la atracción de estrellas lejanas. Después comprendió que algo muy pequeño penetraba en el cuerpo y lo hacía enfermar. Finalmente, entendió que la gripe es el resultado de una interacción entre un huésped y un agente causante de la enfermedad. Durante siglos, los humanos llegaron a percibir la gripe como una danza cada vez más íntima con el diablo y, aunque aumentan los conocimientos, los seres humanos y los microbios continúan configurándose mutuamente.

Arthur Mole fue un hombre con una visión inusual. Durante la primera guerra mundial, provisto de una bandera blanca y un megáfono, coreografió a decenas de miles de soldados estadounidenses para crear lo que denominaba «fotografías vivas». Al mirar a la masa de hombres desde el suelo o directamente desde arriba parecía eso, una masa de hombres. Pero desde lo alto de una torre vigía de veinticinco metros de altura situada a cierta distancia, lo que se veía era que componían una imagen patriótica: la estatua de la Libertad, el Tío Sam y la cabeza del presidente Wilson.
Mole comprendió que el sentido surge con la distancia. Se ha denominado a la gripe española la pandemia olvidada, pero no lo está.
Al volver la vista atrás en otro sentido, a una distancia de menos de 700 años, vemos aparecer en el horizonte la peste negra. Se calcula que, a mediados del siglo XIV, la peor pandemia de la historia de la humanidad mató a 50 millones de personas, aunque las cifras son aún más imprecisas que para la gripe española y es posible que fueran más elevadas. Sin duda, no hemos olvidado la peste negra, ni tampoco ha quedado eclipsada en nuestras mentes por una guerra con la que coincidió, la guerra de los Cien Años, pero nuestra memoria colectiva de ella tardó en converger. En 1969, Philip Ziegler, el autor de una excelente crónica de la peste, aún escribió que «hay muy pocos estudios completos sobre la peste negra en general o incluso en un país o en un grupo de países». Puede que se hayan perdido algunos, pero de los seis ensayos conservados que él consideraba más importantes, el más antiguo fue publicado en 1853, quinientos años después de que sucediera. La pandemia ni siquiera adquirió el nombre por el que la conocemos hoy hasta el siglo XVI. En la Edad Media se la denominaba «muerte azul».
En el siglo XXI, un siglo en el que los escritores han aceptado que la enfermedad es un tema que merece ser tratado, junto con el amor, los celos y la guerra, la gripe española por fin ha penetrado en la cultura popular y ha pasado a formar parte de las tramas de novelas, películas y series de televisión. En la popular serie británica Downton Abbey, por ejemplo, tres personajes principales contraen la gripe española en abril de 1919 y uno de ellos muere.
Una pandemia de gripe, no tiene un principio y un final claros, ni tampoco hay héroes obvios. El ministro de la Guerra francés intentó crear algunos concediendo una «medalla de la epidemia» especial a miles de civiles y militares que habían demostrado su entrega en la lucha contra la enfermedad, pero no funcionó. Una página web de recuerdos militares señala que «curiosamente, se desconoce por completo qué lugar ocupó entre las importantes condecoraciones de ese conflicto».
La pandemia de 1918 aún está emergiendo de las sombras de la primera guerra mundial, pero lo hará del todo gracias a lo que ya hemos llegado a comprender acerca de ella. La gripe española fue un ejemplo de lo que hoy llamaríamos, con oportunas connotaciones aviares, un cisne negro. Ningún europeo creía en la existencia de los cisnes negros hasta que un explorador holandés los descubrió en Australia en 1679, pero en cuanto lo hizo, todos los europeos comprendieron que tenían que existir cisnes negros, ya que también otros animales presentaban diferentes colores. Del mismo modo, aunque nunca antes había habido una pandemia de gripe como la de 1918, una vez que se produjo esta, los científicos comprendieron que podía volver a suceder, de ahí que se conserve el virus reconstruido en instalaciones de máxima seguridad donde los científicos lo estudian con la esperanza de desarrollar mejores vacunas…
Esos hilos la afianzarán en nuestra conciencia y ayudarán a liberarla.

The author offers us a complete portrait and analysis of the great epidemic that fell on the world in 1918, coinciding with the WWI. The way you have to approach the issue is to dedicate, on the one hand, some chapters to medical and epidemiological issues with the characteristics of the flu (origin, causative agent, ways to combat it, zero patient, count of victims, different waves, recovery of the population, etc.) and on the other, alternates those chapters with others in which he studies more in detail the incidence of influenza in a few localities spread around the world (Sao Paulo, New York, Mashhad (Iran) , Odessa, Alaska, Shanxi (China), South Africa and Zamora). Except for the case of Zamora, for being a Spanish town and being coincidentally my hometown, the study that makes the incidence of influenza in those locations seems to me somewhat excessive because it goes into too many details. I believe that if I had grouped all those locations into a single chapter I would have improved the story, making it more agile. Except that particular appreciation of mine, the book reads well, is fun and entertaining, very interesting and above all you learn a lot about a subject of which there is almost nothing written in informative plan.
In “Pale Rider” author Spinney attempts to examine the scope of the horrific influenza pandemic of 1918 which may have claimed 100 million lives. She describes the impact the pandemic had on the subsequent history of Western civilization as well as countries as geographically and culturally diverse as China, India, Brazil and Persia. Along the way she presents an easily understood primer on virology and epidemiology, disciplines which resulted from the 1918 disaster.

If you’re unfamiliar with the history of the Spanish Flu of 1918, or if your understanding of the pandemic is rooted in what you read many years ago, you may be unfamiliar with its tragic dimensions. British science journalist Laura Spinney sets us all straight in Pale Rider:The Spanish Flu of 1918 and How It Changed the World. “The Spanish flu infected one in three people on earth,” she writes, “or 500 million human beings. Between the first case recorded on 4 March 1918, and the last sometime in March 1920, it killed 50-100 million people, or between 2.5 and 5 per cent of the global population.” Erupting in three waves, the killer flu brought about social, political, and economic changes reminiscent of those of the Black Death nearly 600 years earlier. And its impact was global, whereas the Black Death brought disaster largely to Europe and Asia.
The Spanish Flu was, Spinney asserts, “the biggest disaster of the twentieth century.” In all likelihood, the disease killed more than World Wars I and II combined. We Westerners may fail to recognize the pandemic’s catastrophic scope because Europe and North America “reported the lowest death rates, on average, so their experiences were atypical.” In India, for example, including present-day Pakistan and Bangladesh, “the rate was ten times that in America.” Spinney reports that “an estimated 500,000 children were orphaned in South Africa alone,” and as many as 18 million Indians died in the pandemic, about 6 per cent of its population. However, the author’s emphasis is less on the sheer numbers of casualties than it is on the multiple effects on society at large. For instance, she believes that the flu helped push India closer toward independence (and of course explains her reasoning in detail). Her exploration of the long-term consequences is sobering.
It may be difficult for us today to grasp just how different the world was merely a century ago when the Spanish Flu broke out. Spinney reminds us that “life expectancy at birth in Europe and America did not exceed fifty, and in large parts of the globe it was much lower. Indians and Persians, for example, were lucky to celebrate their thirtieth birthdays.” Science-based medicine was in its infancy even in the wealthiest countries. What today we call “alternative” therapies such as osteopathy or homeopathy were at least as likely to gain the trust of those who fell ill. In fact, physicians may have done as much harm as good, the Hippocratic Oath notwithstanding. Little wonder. “Viruses occupied only a tiny corner of the psychic universe of 1918. They hadn’t been seen, and there was no test for them”—much less a vaccine or any effective treatment. To compound matters, other epidemic diseases were often raging simultaneously, including typhus and bubonic plague. In many areas, doctors were convinced the flu was the plague.
Spinney explains that the label “Spanish” flu is a misnomer. She traces the wide-ranging research into the true origins of the disease, identifying the leading candidates as the United States, China, and the Western Front in the European War. Her account wanders all over the globe, zeroing in on such far-flung communities as Odessa, Russia; Kimberley, South Africa; Rio de Janeiro, Brazil; Zamora, Spain; and Bristol Bay, Alaska. These accounts are deeply disturbing. As is the case in so many circumstances, the poor were the hardest hit everywhere. Spinney notes that “it was bad diet, crowded living conditions and poor access to healthcare that weakened the constitution, rendering the poor, immigrants and ethnic minorities more susceptible to disease.” And those suffering from existing diseases were at the greatest risk.
Although Pale Rider is predominantly a work of history, and social history in particular, Spinney does delve into the scientific aspects of the pandemic. She explains the historical origins of influenza, the centuries-long efforts to understand it, and the development of vaccines beginning in the 1930s—too late, of course, to help those who fell to the Spanish Flu. However, as you’re no doubt aware, the ability of scientists to produce flu vaccines on an annual basis is no guarantee that another pandemic of similar scope won’t happen next year. There are simply too many varieties of influenza, and at least two strains influenza type A—H1N1, which was the basis of the Spanish Flu, and H5N1—have the potential to break out at any time in the future. And H5N1 kills some 60 per cent of the people it infects. We can only hope that an effective vaccine can be designed and manufactured in time and that today’s greater understanding of public health requirements will keep the death rate in check.
My only complaint about Pale Rider is that the book is structured in a way that requires some degree of repetition. Since it’s not arranged in chronological order or divided into neat categories, the book can be confusing. Spinney writes in circles. I got dizzy. But the problem is minor in the context of such an informative and well-written account.

Between the first case recorded on March 4, 1918 and the last, at some time in March 1920, killed between 50 and 100 million people, or between 2.5 and 5 percent of the world’s population, a variation that reflects the uncertainty that still surrounds it. If compared to unique events that have caused a huge loss of human life, it surpassed the First World War (17 million deaths), the Second World War (60 million dead) and possibly both together. It was the greatest wave of death since the Black Death, perhaps of the entire history of mankind.
However, what do we see when we unroll the parchment of the 20th century? Two world wars, the rise and fall of communism and perhaps some of the most spectacular episodes of decolonization. We do not see the most dramatic event of all, although we have it before our eyes. When asked what was the biggest disaster of the twentieth century, virtually no responds to the Spanish flu.
The influenza virus lacks a tail, but contains other clues about its origins. It is a parasite, which means that it can only survive inside another living organism or “host”. It is unable to reproduce itself, so it has to invade a host cell and seize the reproductive system of it. The progeny of the virus must then abandon that host and infect a new one. If it does not, the virus perishes with the original host and is the end of the flu. Just as the survival of our ancestors depended on their ability to balance between trees, the survival of the flu depends on their ability to jump from one host to another. It is here that the history of the flu becomes interesting, since, being a parasite, its survival depends as much on its own behavior as on that of its host. Although for a long time scientists lacked information about the past of the flu, they did know some things about what humans did before 412 BC.
The flu is passed from one person to another through the tiny droplets of infected mucus that are thrown into the air by coughing and sneezing. Snot is a very effective missile: it must be, because they were designed in a wind tunnel, but they can not fly beyond a few meters. Therefore, for the flu to spread, people must live very close to each other. It was a crucial idea, since humans have not always lived close to each other. For most of the history of mankind they were hunter-gatherers and were far apart.
It is believed that the first influenza pandemic that, according to experts, was one, that is, an epidemic that affected several countries or continents, began in Asia in 1580 and spread through Africa, Europe and possibly America. However, it is necessary to make a warning. It is not easy to determine the origin of an influenza pandemic or the direction in which it spreads, which means that any categorical statement about the origin of historical influenza pandemics must be taken with caution. This is especially true since, at least since the nineteenth century, Europeans whose compatriots had tracked deadly diseases through the New World did not hesitate to consider that each new plague came from China or from the silent spaces of the Eurasian steppes.

In 1892, the Russian flu wreaked havoc in Europe and the same year that Ivanovski made his discovery a Koch student, Richard Pfeiffer, identified the bacteria responsible for the flu. That is, the bacteria responsible for the flu. Pfeiffer’s bacillus, also known as Haemophilus influenzae, actually exists and causes disease, but it is not the cause of the flu (Pfeiffer’s error lingers in his name as a warning to scientists or a bad historical joke). Nobody suspected that the flu could cause it a virus, that unclassifiable thing that existed somewhere outside the limits of the observable, and they still did not suspect it in 1918. In reality, viruses occupied only a small corner of the physical universe of 1918. Nobody I had seen them and there was no proof for them. These two facts are crucial to understand the impact of the Spanish flu. The situation changed in the wake of the pandemic, but it took time. When James Joyce wrote in his modern novel Ulysses (1922) “Foot-and-mouth disease. Known as Koch’s preparation. Serum and virus », probably thought of a virus in a way similar to Azevedo.
In the nineteenth century, it was still believed that epidemics, like earthquakes, were acts of God. The theory of germs forced us to consider the possibility that they could be controlled and this revelation made us take into account a new set of ideas: the theory of evolution that Charles Darwin had proposed in The Origin of Species (1859). When Darwin had talked about natural selection, his intention was not to have his ideas applied to human societies, but his contemporaries did, lighting up the “science” of eugenics. The eugenicists believed that humanity was composed of different “races” competing to survive. The fittest prospered, by definition, while the “degenerate” races ended up living in poverty and misery because they lacked initiative and self-discipline. This line of thought now fitted insidiously with the theory of germs: if the poor and the working classes also suffered disproportionately from typhus, cholera and other deadly diseases, then it was also their fault, since Pasteur had shown that this type of disease They were preventable.
At the end of the 19th century, eugenics served as the basis for immigration and public health policies.
For us, the word “plague” means something very specific: the bubonic plague, as well as its variants, pneumonic and septicemic, all caused by the bacteria Yersinia pestis. But in 1918, the term “plague” meant any dangerous disease that would attack by surprise. Meanwhile, the “real” plague, the disease that with the sobriquet of “the black plague” devastated medieval Europe, was still present in that continent. It seems surprising, but in England his last appearance coincided with the Spanish flu.

It is possible that Gitchell was not the first person who contracted the «Spanish» flu. Since 1918, and to this day, there has been speculation about where the pandemic really began. However, we now know that his case was one of the first that was officially registered, so it is usually considered by consensus, for reasons of convenience, that marks the beginning of the pandemic. Another five hundred million people would follow Albert, metaphorically speaking, to the infirmary.
The United States had entered the First World War in April 1917 and, that fall, many young people, mainly from the rural areas of the country, began to go to military camps to be recruited and trained for the American Expeditionary Force (FEE). armed that General John “Black Jack” Pershing commanded in Europe. From the front it spread rapidly throughout France and, from there, through Great Britain, Italy and Spain. Towards the end of May, the king of Spain, Alfonso XIII, fell ill in Madrid, together with the Prime Minister and several ministers.
Also in the month of May there were cases of flu in Wroclaw, in Germany, now Wrocław in Poland (where Pfeiffer had held the chair of hygiene in times of peace), and in the Russian port of Odessa, located 1,300 kilometers east .
In August, the flu returned transformed. It was the second wave of the pandemic and the most lethal one, and it is considered, again by consensus, that it appeared in the second half of the month in three points of the Atlantic: Freetown in Sierra Leone, Boston in the United States and Brest in France. It was as if it had been brewing in the middle of the ocean, perhaps in the Bermuda triangle, but obviously it was not like that. A British military ship took her to Freetown, it is likely that a ship from Europe would take her to Boston, while Brest arrived either due to the constant influx of FEE soldiers or French recruits who came to the city to submit to naval training.
In Brazil there was only one wave of flu, that of the autumn of 1918, but Chile was affected by a second one a year later, while the most lethal one that invaded the Peruvian capital was the third, at the beginning of 1920. The city of Iquitos is located in the interior of the Peruvian Amazon and, even today, can only be reached by air or river. His isolation caused that he only had a run-in with the flu at the end of 1918, but that isolation, together with the difficulties in accessing medical care, made it devastating. The mortality rate in Iquitos, which at that time was the center of the Amazon rubber trade, doubled that registered in Lima.
This last wave of deaths was also felt on the other side of the Pacific, in Japan. The “last epidemic,” as the Japanese called it (to differentiate it from the “first epidemic” of the autumn of 1918), began in late 1919 and lasted until 1920.

The vast majority of people who contracted the Spanish flu only had the symptoms of a common flu: throat irritation, headache and fever. And as with the common flu, most people who became ill in the spring of 1918 recovered. There were exceptional cases in which the disease was severely complicated and some of these unfortunate patients died, but, although it was unfortunate, it was not unexpected. The same thing happened every winter.
However, when the disease returned in August, there was nothing ordinary about it. What started as a common flu quickly turned into something more sinister. The flu itself was worse and it was also more likely to get complicated with pneumonia; in fact, bacterial pneumonia was the cause of most of the deaths. The patients soon had trouble breathing. There were two mahogany spots on his cheekbones, and after a few hours, this tonality had covered their faces from ear to ear, “to the point that it is difficult to distinguish men of color from whites,” wrote one doctor. American military.
Doctors called this shocking effect “heliotropic cyanosis.” Like many Bordeaux wine merchants, they tried to describe the tonality in the most accurate way possible, convinced that the smallest change in pigmentation provided information about the patient’s prognosis. According to one doctor, it was a “deep, dark reddish plum.” While red was the dominant tone, there was room for optimism, but as soon as “we had to mix a bit of heliotrope, lavender or mauve with red,” the outlook became bleak.
The blue darkened to black. The black color appeared first in the extremities (hands and feet, including the nails), it spread and ended up impregnating the abdomen and torso. If you were conscious, you could see how death entered through the fingertips and took over one.
The whole constitution was affected. People said that the Spanish flu had a smell like moldy straw. «Never before or since I have smelled anything like it. It was horrible, because there was poison in that virus, “recalled a nurse. Teeth and hair fell. Some did not even show any symptoms before collapsing on the site. Delirium was habitual. “They were excited and moved a lot. It was necessary to tie them to the beds to prevent them from hurting themselves when they convulsed, “wrote a doctor in Berlin.
When the time passed and it was verified that it was not many local epidemics, but a global pandemic, the need arose to agree on a single name. The adopted name was the one that was already being used by the most powerful nations on the planet, the victors of the Great War. The pandemic would become known as the Spanish flu (ispanka espanhola, grippe espagnole, die Spanische Grippe).

The flu already had a name; the enemy had a face. But what did doctors understand about the flu in 1918? For the most innovative, consisted of a constellation of symptoms that included cough, fever, discomfort and pain, caused by a bacterium that was named after its discoverer, Richard Pfeiffer. If a patient came to a doctor’s office complaining that he felt indisposed, the doctor could perform a physical examination. He could take the patient’s temperature, ask him about the symptoms, and look for the telltale mahogany spots on his cheekbones. This could be enough to convince him that the patient had the flu, but if it was rigorous and he wanted to be totally sure, he took a sample from the patient’s sputum (a term used to refer to expectorated phlegm), he cultured his bacterial inhabitants in a nutritious gel and then I watched it under the microscope. He knew what Pfeiffer’s bacillus looked like (Pfeiffer himself had photographed it in the nineties of the nineteenth century) and if he saw it, the case was settled.
The problem is that Pfeiffer’s bacillus, although usually found in the human throat, does not cause the flu. In 1918, doctors found him in some of his crops, but not in all. This contravened the first of the “postulates” of Robert Koch.
Australia saw the epidemic coming from afar, both in time and space. The authorities first heard about an influenza epidemic in Europe in the summer of 1918, and in September they learned of frightening information about the second deadly wave. After having seen how it was progressing through Africa and Asia, on October 18 they finally imposed quarantine protocols in all Australian ports (New Zealand did not do the same). So, when the jubilant crowd gathered at the Martin Place in Sydney in November to celebrate the armistice, he enjoyed the privilege, almost unique in the world, of having nothing to fear from the virus. Although the third wave penetrated the country in early 1919, there would have been many more victims if they had allowed the fall wave to enter.
Note, that if the theory of Chinese origin were correct, it could not be stated in a strict sense that the pandemic was a product of war. Patient zero was a poor peasant who lived in a remote village in the interior of China, who, when ill, was doing what his ancestors had done for generations and perhaps not even being aware of a war. The same can be said if you started at a Kansas farm. Only if the origin of the pandemic were French could it be said that it was a result of the conflict, since in that case it would have developed in a camp in which some men (and some women) met for the express purpose of killing others mens. There is a last possibility: that none of the three theories is correct and the true origin of the pandemic has not yet been proposed.
In the annals of influenza pandemics, the Spanish flu was unique. Most scientists now agree that the event that triggered it, the jump from the pandemic strain of birds to humans, would have occurred regardless of whether or not the world was at war, but that the fight contributed to its Virulence was exceptional and helped spread the virus around the world. It is difficult to imagine a mechanism
more effective than the demobilization, in the height of the fall wave, of a large number of soldiers, who later traveled to the four corners of the world where they received them with euphoric welcome parties. What the Spanish flu teaches us is basically that it is inevitable that another flu pandemic will occur, but that killing ten million or a hundred million people will depend on the world in which it arises.

The H1N1 strain that caused the Spanish flu, extinct until 2005, is alive today (if a virus can be said to be alive) and locked in a high security containment facility in Atlanta, Georgia. It was resurrected for the purpose of scientific studies, although not everyone was convinced that it was a wise decision. Some scientists accused those responsible for having revived “perhaps the most effective biological agent currently known.” They argued that, as the method for its reconstruction was available on the Internet, “its production by dishonest scientists is now a real possibility”.
Researchers who have reanimated the virus (two groups to date) responded that it would help them answer fundamental questions about what happened in 1918 and prevent a similar catastrophe from reoccurring. The virus remains safely in a laboratory with a level of biosafety 4 and nobody has released it to the world, and has shed light on the 1918 pandemic, so, for now, the analysis of costs and benefits is tilted in favor of those who revived it.
In the early twenties, the League of Nations created its own health organization and this, together with the office against epidemics, the oldest Pan American Health Organization, and the Paris-based organization, was the precursor of the Current World Health Organization (WHO). When the League of Nations and its health division were dissolved in 1939 at the outbreak of the Second World War, it sent a clear message to the architects of the future WHO: the new organization should not depend for its survival on the parent body, the UN. Therefore, when the WHO was constituted in 1946, it was an independent institution. By then, eugenics had fallen out of favor and its constitution enshrined a totally egalitarian approach to health. He declared, and still does, that “the enjoyment of the maximum degree of health that can be achieved is one of the fundamental rights of every human being without distinction of race, religion, political ideology or economic or social condition.”

Through these secondary tragedies, the Spanish flu projected a long shadow over humanity. Some of these tragedies could not have been prevented by a good surveillance of the disease or a vaccine, but others were: the wave of post-viral depression, the creation of a large number of orphans or the detriment of the life expectancy of the generation that It was in the uterus. The fact that so much suffering can now be prevented is proof that Roscoe Vaughan, an anonymous woman buried in a tomb in Alaska, and others whose tissues allowed Taubenberger and Reid to sequence the influenza genome, did not lose their lives in vain. But we should not rest on our laurels, since the story does not end here. In the past, people believed that the flu was caused by the attraction of distant stars. Then he realized that something very small penetrated the body and made him sick. Finally, he understood that the flu is the result of an interaction between a host and a causative agent of the disease. For centuries, humans came to perceive flu as an increasingly intimate dance with the devil and, although knowledge increases, human beings and microbes continue to configure each other.

Arthur Mole was a man with an unusual vision. During the First World War, armed with a white flag and a megaphone, he choreographed tens of thousands of American soldiers to create what he called “living photographs.” Looking at the mass of men from the ground or directly from above, it looked like that, a mass of men. But from the top of a watchtower twenty-five meters high located some distance away, what was seen was that they composed a patriotic image: the Statue of Liberty, Uncle Sam and the head of President Wilson.
Mole understood that meaning arises with distance. The Spanish flu has been called the forgotten pandemic, but it is not.
When we look back in another direction, at a distance of less than 700 years, we see the black plague appear on the horizon. It is estimated that, in the mid-fourteenth century, the worst pandemic in the history of humanity killed 50 million people, although the figures are even more imprecise than for the Spanish flu and it is possible that they were higher. Undoubtedly, we have not forgotten the Black Death, nor has it been eclipsed in our minds by a war with which it coincided, the Hundred Years War, but our collective memory of it was slow to converge. In 1969, Philip Ziegler, the author of an excellent chronicle of the plague, still wrote that “there are very few complete studies on the Black Death in general or even in a country or a group of countries.” Some may have been lost, but of the six preserved trials that he considered most important, the oldest was published in 1853, five hundred years after it happened. The pandemic did not even acquire the name by which we know it today until the sixteenth century. In the Middle Ages it was called “blue death”.
In the 21st century, a century in which writers have accepted that the disease is a subject that deserves to be treated, along with love, jealousy and war, the Spanish flu has finally penetrated popular culture and has passed to be part of the plots of novels, movies and television series. In the popular British series Downton Abbey, for example, three main characters contract the Spanish flu in April 1919 and one of them dies.
An influenza pandemic does not have a clear beginning and end, nor are there any obvious heroes. The French Minister of War tried to create some by granting a special “medal of the epidemic” to thousands of civilians and soldiers who had shown their commitment in the fight against the disease, but it did not work. A web page of military memoirs states that “interestingly, it is completely unknown what place it occupied among the important decorations of that conflict”.
The 1918 pandemic is still emerging from the shadows of the First World War, but it will do so entirely thanks to what we have already come to understand about it. The Spanish flu was an example of what today we would call, with appropriate avian connotations, a black swan. No European believed in the existence of black swans until a Dutch explorer discovered them in Australia in 1679, but as soon as he did, all Europeans understood that there had to be black swans, since other animals also had different colors. In the same way, although there had never been a flu pandemic like that of 1918, once this happened, the scientists understood that it could happen again, which is why the reconstructed virus is kept in maximum security facilities where scientists they study it with the hope of developing better vaccines …
These threads will strengthen it in our conscience and help liberate it.

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