La Palabra H. Peripecias De La Hegemonía — Perry Anderson / The H-Word: The Peripeteia of Hegemony by Perry Anderson

Si bien el autor admite abiertamente al principio que no existe una definición precisa de hegemonía, esta capitulación insatisfactoria conduce a un volumen abundante en detalles (no todos esclarecedores) pero muy poco relevante para el mundo de hoy, que, en los últimos capítulos, parece que el autor aspira a. Esto puede explicar la desconcertante portada. Quizás la idea más interesante es que la “hegemonía” puede cambiar de fase en el tiempo, por lo que se esperaba ampliamente que Estados Unidos (después del Tratado de Versalles) emergiera como el estado occidental dominante, pero solo accedió de mala gana a esa posición solo después de más de 20 años. Su posición hegemónica actual (como la única ‘superpotencia’ global) también puede verse como una distorsión en la percepción relacionada con el tiempo (equivalente a la inversa de descontar los flujos de efectivo futuros en las finanzas).
¡La erudición de Anderson como siempre es impresionante e iluminadora!. Muy interesante
Pocos términos son tan relevantes en la literatura política contemporánea, técnica o polémica, como el de hegemonía, aunque su difusión sea bastante reciente, como revela inmediatamente una mirada a los fondos de cualquier buena biblioteca. En inglés, la primera entrada en el catálogo de UCLA no se remonta más allá de 1961. A partir de entonces, siguiendo su uso en los títulos década por década, aparece en media docena de libros en la de los sesenta, 16 en la de los setenta, 34 en la de los ochenta, para dar un gran salto en la de los noventa, con 98 libros. En la primera década del nuevo milenio se publicaron 161 títulos sobre el tema, es decir, más de uno cada mes.

Históricamente, los orígenes del término «hegemonía» son, por supuesto, griegos, a partir de un verbo que significa «guiar» o «dirigir» y que se remonta, al menos, a Homero. Como sustantivo abstracto, ἡγεμονία [hêgemonia] aparece por primera vez en Herodoto, para designar el liderazgo de una alianza de ciudades-Estado para alcanzar un fin militar común, posición de honor concedida a Esparta en la resistencia frente a la invasión persa de Grecia. Estaba ligado a la idea de una coalición, cuyos miembros eran en principio iguales, alzándose uno de ellos para dirigirlos a todos con un propósito determinado. Desde el principio coexistió con otro término que indica el predominio o mando en un sentido general: ἀρχή [arjê].

El concepto iba a hacer fortuna por otros pagos, a raíz de los debates en el seno del movimiento revolucionario en la Rusia zarista en torno al cambio de siglo. En la tradición rusa, la gegemonia recibió un nuevo uso como término definitorio de las relaciones políticas, no entre los Estados, sino dentro de uno de ellos o, mejor, de un país. En una carta a Struve en 1900, Pável Axelrod acuñó ese uso para distinguir específicamente la oposición social-demócrata de otras oposiciones democráticas a la autocracia de los Romanov. «Mantengo que, sobre la fortaleza de la posición histórica de nuestro proletariado, la socialdemocracia rusa puede ganar la hegemonía en la lucha contra el absolutismo.» Un año después, criticando las tendencias economicistas en el movimiento obrero, Plejánov argumentó públicamente que «nuestro partido debe tomar la iniciativa en la batalla contra el absolutismo» a fin de ganar para «la socialdemocracia rusa –la vanguardia de la clase obrera rusa– la hegemonía política en la lucha contra el zarismo».

Un destacado jurista alemán, Heinrich Triepel, completó una teoría avanzada de la hegemonía, Die Hegemonie. Ein Buch der Führenden Staaten, publicada en Stuttgart a finales de 1938, justo después de la anexión por Hitler de los Sudetes. En unas seiscientas páginas combinaba el análisis jurídico, sociológico e histórico del tema durante tres milenios, desde la antigua Palestina y China hasta el Tercer Reich; en cuanto a alcance y erudición, no se ha publicado nada comparable desde entonces. Triepel, jurista y teórico del derecho bien conocido por su teoría dualista, distinguía claramente los principios de la jurisprudencia nacional y la internacional, situándose políticamente en las antípodas de Gramsci.
Cualquier moral internacional debe basarse en una hegemonía de poder, aunque «esa hegemonía, como la supremacía de una clase dominante dentro de un país, sea un desafío hacia quienes no la comparten», y tendría –como a nivel interno– que hacerles concesiones. Cualquier ascendencia futura tendría que ser «generalmente aceptada como tolerante y no opresiva o, en cualquier caso, preferible a cualquier alternativa factible». A este respecto, «la hegemonía del mundo británica o estadounidense, más que la alemana o la japonesa», podría reivindicar estilos de dominio basados más en el consentimiento y menos en la coerción, aunque «cualquier superioridad moral que pueda presagiar es principalmente el producto de un disfrute largo y seguro de poder superior», porque «el poder llega lejos en la creación de la moralidad que le conviene, y la coerción es una forma fructífera de consen­ti­miento». Si Europa era más proclive a aceptar una Pax Americana que una Pax Anglo-Saxonica conjunta, ni en Washington ni en Londres había ninguna señal de una voluntad de sacrificar los privilegios de riqueza y poder que no eran menos necesarios en el contexto internacional que en el plano nacional, aunque –al carecer de los elementos de sentimiento común dentro de este– eran más difíciles de considerar.
El imperio y la hegemonía eran conceptos inseparables; la distinción entre ellos residía en el tipo de control que ejercían sobre los sometidos a ellos: formal y menos formal, directo e indirecto, etc. La hegemonía no era nunca pacífica. La fuerza armada era su principal instrumento y la expansión militar, su camino natural. La «asimilación» de un hegemón –primero su derrota y luego su absorción en un orden pacificado– requería una fuerza armada superior, además de la habilidad política y, de entre los vencedores, podría surgir un nuevo hegemón futuro que causaría mayor destrucción en el orden así creado. Ninguno de los principales pensadores estratégicos de la época consideró esa coda a su obra.

La hegemonía, tal como se incorporó finalmente a la ciencia política estadounidense, adquirió así –a diferencia de cualquier versión previa– un campo de significado esencialmente económico, el menos susceptible de afectar a la sensibilidad liberal nativa. Comercio, moneda, mercancías, eran los dominios donde, en la teoría de la estabilidad, la hegemonía era, o bien operativa, o bien ausente: transacciones no forzadas, tal como había señalado Hoffman, aunque él mismo no podía seguir a sus pupilos hasta la meseta iluminada por el sol de la interdependencia compleja. Aron también se detuvo a mitad de camino: la diplomacia y la guerra no podían dejarse de lado.
Estados Unidos había ganado la Guerra Fría. Los temores al declive se desvanecieron, y los ansiosos términos de la década de los setenta dejaron de utilizarse. Nye, el socio de Keohane más ambicioso políticamente que él, se había incorporado al puesto de asesor en el Consejo de Seguridad Nacional bajo Carter, y ahora, en vísperas de la llegada al poder del gobierno de Clinton, en el que desempeñaría el cargo de secretario adjunto en el Pentágono, pudo escribir su epitafio. Bound to Lead (1991) era un manifiesto para la nueva época. La hegemonía era un concepto incómodo y confuso, que debía ser proscrito. Estados Unidos nunca había sido un hegemón, ni mucho menos un imperio. La Pax Americana, como antes de ella la Pax Britannica, era un mito histórico. Lo que Estados Unidos ejercía era un «poder blando», que tendía a incorporar más que a obligar, y que era tan importante como el poder duro de mando.

Se señala el consumismo como una pieza clave de la hegemonía global del capital. Pero también a ese nivel la estructura de la hegemonía actual es doble. El consumo es ciertamente un terreno de captura ideológica en un ámbito de la vida cotidiana; pero el capitalismo es básicamente un sistema de producción y es, en el trabajo, tanto como en el ocio, donde se reproduce su hegemonía en la «sorda compulsión del trabajo enajenado», como la llamó Marx, que adapta incesantemente a la gente a las relaciones sociales existentes, insensibilizando sus energías y capacidades para imaginar cualquier otro orden mejor del mundo. Es en esa doble estructura existencial, en el universo entrelazado de la producción y el consumo –por un lado, una compensación medio real y, por el otro, medio ilusoria– donde se encuentra en la base de las formas transnacionales de hegemonía del pensamiento neogramsciano.

Estados Unidos era, y lo había sido durante mucho tiempo, el hegemón del hemisferio occidental y siempre había resistido con éxito –como suelen hacer los hegemones– el intento de cualquier rival de establecer un mando comparable en el hemisferio oriental, en cualquiera de los extremos de Eurasia. Tras el final de la Guerra Fría, sin embargo, y a pesar de gozar de una seguridad casi inexpugnable tras dos océanos en sus propios dominios, Estados Unidos se había embarcado, en el ambiente permisivo de la unipolaridad, en un intento imprudente de dominación global, en dos versiones: la «neoconservadora» bajo Bush II y el «imperialismo liberal» de Clinton y Obama, hundiendo cada uno de ellos al país en una serie de guerras en regiones sin importancia estratégica, con un coste enorme y sin final previsible.
La gran estrategia estadounidense está en manos de una elite de seguridad nacional muy confiada en sí misma, enormemente ambiciosa y que se reproduce sin cesar», generosamente dotada con recursos de inteligencia y hardware, que abarca tanto al partido republicano como al demócrata. «El proyecto de hegemonía liberal no será fácilmente abandonado.
Con la globalización del capital, esos planos están cada vez más interconectados.
Obama al final de su mandato se mantenían bajo su mando no menos de siete guerras, abiertas o encubiertas, con nuevas tropas destinadas o enviadas a lugares de los que se habían comprometido a retirarse. Esto también obedece a una pauta clásica: el historiador griego Diodoro Sículo, contemporáneo de Julio César, expuso, con palabras que describen como si hubieran sido escritas hoy mismo, la transición desde la «audacia de la esperanza» a los drones que destruyen pueblos del Hindú Kush y de la frontera noroccidental, el juicio de mundo antiguo sobre la misma combinación de persuasión y coerción, ideología y violencia, benevolencia y Schrecklichkeit. En un enigmático fragmento que nos ha llegado de su Biblioteca histórica, comentando tal vez las operaciones romanas en el norte de África, escribió: «Quienes desean alcanzar la hegemonía la adquieren con valor e inteligencia (andreia kai sunesis), la aumentan con moderación y benevolencia (epieikeia kai philanthropõia) y la mantienen con temor y terror paralizante (phobos kai kata­plêxis)». Ese último término puede valer como descripción final de, al menos, esta hegemonía. En nombre de la guerra contra el terror, la guerra como terror, sin límites o fin: kataplêxis, hasta donde pueda ver el ojo humano.

While the author freely admits early on that there is no precise definition of hegemony, this unsatisfactory capitulation leads to a volume abundant in details (not all of it illuminating) but very short on relevance to today’s world, which, in the final chapters, it seems the author aspires to. This may account for the puzzling cover art. Perhaps the most interesting idea is that ‘hegemony’ can be phase-shifted in time, so that the US was widely expected (after the Treaty of Versailles) to emerge as the dominant Western state, but only reluctantly acceded to that position only after more than 20 years. Its hegemonic position today (as the only global ‘superpower’) may also be seen as a time-related distortion in perception (equivalent to the inverse of discounting future cash flows in finance).
Anderson’s erudition as always is both impressive and illuminating!. Very interesting book.

Few terms are so relevant in contemporary political, technical or controversial literature, as that of hegemony, although its diffusion is quite recent, as it immediately reveals a look at the backgrounds of any good library. In English, the first entry in the UCLA catalog goes back no further than 1961. Thereafter, following its use in titles decade by decade, it appears in half a dozen books in the sixties, 16 in the the seventies, 34 in the eighties, to make a big jump in the nineties, with 98 books. In the first decade of the new millennium, 161 titles were published on the subject, that is, more than one each month.

Historically, the origins of the term “hegemony” are, of course, Greek, from a verb that means “to guide” or “direct” and that goes back, at least, to Homer. As an abstract noun, ἡγεμονία [hêgemonia] appears for the first time in Herodotus, to designate the leadership of an alliance of city-states to achieve a common military purpose, position of honor granted to Sparta in the resistance against the Persian invasion of Greece. It was linked to the idea of ​​a coalition, whose members were in principle equal, one of them rising to direct them all for a determined purpose. From the beginning it coexisted with another term that indicates predominance or command in a general sense: ἀρχή [arjê].

The concept was going to make fortune by other payments, as a result of the debates within the revolutionary movement in tsarist Russia around the turn of the century. In the Russian tradition, gegemonia received a new use as the defining term of political relations, not between states, but within one of them or, better, of a country. In a letter to Struve in 1900, Pável Axelrod coined that use to specifically distinguish the social-democratic opposition from other democratic oppositions to the autocracy of the Romanovs. “I maintain that, on the strength of the historical position of our proletariat, the Russian social democracy can win the hegemony in the struggle against absolutism.” A year later, criticizing the economist tendencies in the labor movement, Plekhanov publicly argued that “our party he must take the initiative in the battle against absolutism “in order to win for” the Russian social democracy-the vanguard of the Russian working class-the political hegemony in the fight against Czarism. ”

A prominent German jurist, Heinrich Triepel, completed an advanced theory of hegemony, Die Hegemonie. Ein Buch der Führenden Staaten, published in Stuttgart at the end of 1938, just after the annexation by Hitler of the Sudetenland. In some six hundred pages he combined the legal, sociological and historical analysis of the subject for three millennia, from ancient Palestine and China to the Third Reich; in terms of scope and erudition, nothing comparable since then has been published. Triepel, jurist and legal theorist well known for his dualistic theory, clearly distinguished the principles of national and international jurisprudence, placing himself politically at the antipodes of Gramsci.
Any international morality must be based on a hegemony of power, although “that hegemony, like the supremacy of a ruling class within a country, is a challenge to those who do not share it”, and would have – as internally – to make concessions. Any future descent would have to be “generally accepted as tolerant and not oppressive or, in any case, preferable to any feasible alternative”. In this respect, “the hegemony of the British or American world, more than the German or the Japanese,” could claim dominance styles based more on consent and less on coercion, although “any moral superiority that can presage is mainly the product of a long and sure enjoyment of superior power », because« power goes far in creating the morality that suits it, and coercion is a fruitful form of consent ». If Europe was more inclined to accept a Pax Americana than a joint Pax Anglo-Saxonica, neither in Washington nor in London was there any sign of a willingness to sacrifice the privileges of wealth and power that were no less necessary in the international context than in the national level, although-lacking the elements of common feeling within it-were more difficult to consider.
Empire and hegemony were inseparable concepts; the distinction between them resided in the type of control they exercised over those subject to them: formal and less formal, direct and indirect, etc. The hegemony was never peaceful. The armed force was its main instrument and military expansion, its natural path. The “assimilation” of a hegemon – first its defeat and then its absorption into a pacified order – required a superior armed force, in addition to political ability and, from among the victors, a new future hegemon could emerge that would cause further destruction in the order thus created. None of the main strategic thinkers of the time considered that coda to his work.

The hegemony, as it was finally incorporated into American political science, thus acquired – unlike any previous version – a field of essentially economic significance, the least susceptible of affecting the native liberal sensibility. Trade, currency, commodities, were the domains where, in the theory of stability, hegemony was either operative or absent: unforced transactions, as Hoffman had pointed out, although he himself could not follow his pupils until the plateau illuminated by the sun of complex interdependence. Aron also stopped halfway: diplomacy and war could not be left aside.
The United States had won the Cold War. Fears of decline receded, and the anxious terms of the 1970s ceased to be used. Nye, Keohane’s most politically ambitious partner, had joined the advisory position in the National Security Council under Carter, and now, on the eve of the Clinton administration’s coming to power, in which he would hold the position of Assistant Secretary in the Pentagon, he could write his epitaph. Bound to Lead (1991) was a manifesto for the new era. Hegemony was an uncomfortable and confusing concept, which should be outlawed. The United States had never been a hegemon, much less an empire. The Pax Americana, like before it the Pax Britannica, was a historical myth. What the United States exercised was a “soft power,” which tended to embody rather than compel, and which was as important as the hard power of command.

Consumerism is pointed out as a key piece of the global hegemony of capital. But also at that level the structure of the current hegemony is twofold. Consumption is certainly a terrain of ideological capture in an area of ​​daily life; but capitalism is basically a system of production and is, at work, as well as leisure, where its hegemony is reproduced in the “deaf compulsion of alienated labor,” as Marx called it, which incessantly adapts people to existing social relationships, numbing their energies and capacities to imagine any other better order in the world. It is in that double existential structure, in the intertwined universe of production and consumption – on the one hand, a half real compensation and, on the other, half illusory – where it is found at the base of the transnational forms of neo-Gothic hegemony .

The United States was, and had been for a long time, the hegemon of the Western Hemisphere and had always resisted successfully – as the hegemons do – the attempt of any rival to establish a comparable command in the Eastern Hemisphere, at either extreme. of Eurasia. After the end of the Cold War, however, and despite enjoying an almost impregnable security behind two oceans in their own domains, the United States had embarked, in the permissive environment of unipolarity, in a reckless attempt of global domination, in two versions: the “neoconservative” under Bush II and the “liberal imperialism” of Clinton and Obama, each sinking the country in a series of wars in regions of no strategic importance, with an enormous cost and without foreseeable end.
The great American strategy is in the hands of a national security elite that is very self-confident, enormously ambitious and constantly reproducing, “generously endowed with intelligence and hardware resources, covering both the Republican and the Democratic parties. “The project of liberal hegemony will not be easily abandoned.
With the globalization of capital, these planes are increasingly interconnected.
Obama at the end of his term remained under his command no less than seven wars, open or covert, with new troops destined or sent to places they had committed to withdraw from. This also obeys a classic pattern: the Greek historian Diodoro Sículo, contemporary of Julio César, exposed, with words that describe as if they had been written today, the transition from the “audacity of hope” to the drones that destroy peoples of the Hindu Kush and the northwestern frontier, the ancient world judgment on the same combination of persuasion and coercion, ideology and violence, benevolence and Schrecklichkeit. In an enigmatic fragment that has come to us from his historical Library, commenting perhaps on Roman operations in North Africa, he wrote: “Those who wish to achieve hegemony acquire it with courage and intelligence (andreia kai sunesis), increase it in moderation and benevolence (epieikeia kai philanthropõia) and maintain it with fear and paralyzing terror (phobos kai kataplêxis) ». That last term can be used as a final description of, at least, this hegemony. In the name of war against terror, war as terror, without limits or end: kataplêxis, as far as the human eye can see.

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