Slobo. Una Biografía No Autorizada De Milošević — Francisco Veiga / Slobo. An Unauthorized Biography Of Milošević by Francisco Veiga (spanish book edition)

Magnífica obra que se centra en situar al político serbio en el entorno de su época, tanto a escala balcánica como internacional. La obra se divide en tres grandes momentos temáticos. En el primero se explican los orígenes de Slobodan Milošević y cómo logró alcanzar el poder en la República de Serbia con métodos similares a los empleados por otros jóvenes líderes comunistas en Europa del Este y la Unión Soviética. Posteriormente se intentan analizar cuáles eran los planes reales del dirigente serbio con respecto a la desintegración de Yugoslavia, algo casi nunca bien explicado en las obras al uso. Para ello la narración se centra en el ‘gran juego’ que Milošević mantuvo con su homólogo croata Franjo Tudjman y explica por qué éste ganó (utilizando las mismas armas y métodos) y el serbio perdió la partida, tanto en la misma Croacia como en Bosnia. Por último, la guerra en Kosovo y la caída del ya autócrata serbio centran el tercer bloque del relato, incluyendo sus problemas familiares más cercanos y los escándalos que acompañaron la peculiar configuración del último Estado yugoslavo, con la aparición de todo tipo de mafias, personajes en la sombra además de la
“guerra secreta” organizada por algunas potencias intervinientes. Como colofón, se analiza el juicio a Milošević en la Corte Penal Internacional de La Haya, su significado internacional y la futura Serbia.

Agosto de 1941, nace Slobodan. Ese nombre significa «Libre» en serbocroata —es el equivalente ortodoxo de «Francisco»— y según cuenta otra leyenda muy de la época, sus padres se lo pusieron en conmemoración del llamamiento a la insurrección lanzado por Tito, pocos días antes. Pero la historia tuvo muy escasa continuidad épica. El padre del niño Slobodan, Svetozar Milošević, era un personaje frustrado por la época que le tocó vivir: montenegrino, catequista, terminó trabajando como maestro; enseñaba lengua rusa y serbocroata, así como literatura. Era un hombre elocuente y poseía un fino sentido musical, algo muy importante para los seminaristas del rito ortodoxo, dada la importancia que la música tiene en su liturgia. La madre de Slobo, Stanislava Koljensic, era una mujer de gran presencia: alta, morena, también montenegrina y de prestigiosa familia, comunista convencida y con un hermano que terminaría por convertirse a su vez en héroe partisano después de adoctrinarla en la nueva fe.
Slobo se metió de lleno en la actividad del Partido. En la primera mitad de 1960 colaboró en el secretariado del Comité de la Facultad; después ascendió a secretario para cuestiones ideológicas en el Comité de la Universidad de Belgrado; luego lo cooptaron para presidente de la Comisión Ideológica. No había mucho secreto en estos primeros ascensos: Slobo era concienzudo, se aplicaba con tesón a unas tareas que la mayoría de los estudiantes consideraban mortalmente aburridas. En realidad, su actividad política casi parecía más importante que sus estudios, a pesar de que sacó buena nota global al final de la carrera. Años después se inventaron algunas leyendas relacionadas con esa faceta suya. Así, se cuenta que en 1963, en un momento de cierto aperturismo, Tito decidió cambiar la denominación del estado, que dejaría de llamarse República Federativa Popular de Yugoslavia, a la manera stalinista, para pasar a ser la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Según esa anécdota, en un debate sobre esta cuestión celebrado en la Facultad de Derecho, Slobo levantó la mano y propuso que se cambiara el orden de los adjetivos para enfatizar la calidad socialista del régimen, que debía primar sobre la federal.

La clave está precisamente en esas dos décadas que van de 1965 a 1985, un período largo y aparentemente gris, en el que Milošević llevó la vida de muchos otros. Existe una foto de él hacia el final de esos años, cuando de hecho ya había dado el salto hacia la alta política. Aparece en una pose un poco ridícula, apresurándose por entre el tráfico belgradense, ya considerable, con gabardina y maletín. Aparentemente es todo muy banal, pero en realidad es la foto de la Yugoslavia en aquellos años decisivos.
Yugoslavia no era entonces una balsa de aceite; de hecho, había mucho nerviosismo en el ambiente. A lo largo de la primera mitad de los años sesenta se había consumado el gran cisma entre la Unión Soviética y la China comunista y entre los amplios márgenes de esa grieta, otros satélites antaño fieles jugaban al gato y al ratón con Moscú: los albaneses, los rumanos, los checoslovacos. Para remachar todo el proceso, Jruschov fue destituido en 1964 mediante una jugada que recordaba mucho a un golpe de estado: el mito de la «democracia soviética» se derrumbó, incluso a ojos de muchos cantaradas occidentales. Mientras tanto, Mao lanzó en China su gran desafío de renovación ideológica: la «gran revolución cultural proletaria».
Los sesenta fueron para los occidentales años de intensas promesas renovadoras, pero al otro lado de la barricada también temblaban los basamentos del bloque comunista.
Los éxitos eran asumidos como propios, y los fracasos eran culpa de Belgrado, de las otras repúblicas, o de la federación en su conjunto. Sobre ese proceso no existía control social eficaz: ni de partidos políticos independientes, ni de parlamentos representativos, ni de prensa libre. En cada república, en cada región autónoma, los nuevos poderes podían hacer casi lo que quisieran, aunque a veces fuera recurriendo a métodos ilegales o fraudulentos.
En ese contexto proliferaron los «Slobos». Miles y miles de jóvenes ambiciosos se lanzaron a trepar en cada una de las repúblicas, bien a través del partido, de la administración o de la empresa. Como en el caso de Slobodan Milošević, la mayor parte de las veces resultaba difícil separar un camino del otro. A lo largo de esa misma década, el número se iba a incrementar radicalmente con los empleados por la administración de cada república y región autónoma. Por lo tanto, Slobo no era sino uno más entre miles.
En 1978 Ivan Stambolic le pasó a Slobo un chollo importante: la dirección general de la UBB, siglas de Udruzena Beogradska Banka. Ese era un puesto que también había ocupado el inefable mentor y amigo; ahora acababa de ser nombrado primer ministro del gobierno de Serbia y una de sus primeras órdenes fue la de beneficiar a su amigo Slobo. Stambolic ya había cruzado la frontera entre los escalones de aprendizaje administrativo a que eran sometidos los hijos predilectos del partido y la pura carrera política. Pero a Slobo aún le quedaba que aprender y no iba a despreciar la oportunidad.
Slobo siempre llevó con orgullo esos años.
También reconocía que el contacto con la realidad americana le abrió el mundo y le cambió la manera de verlo. Seguía proclamándose comunista; de hecho quizás estaba más orgulloso que antes de ser un comunista yugoslavo porque, decía, nadie le controlaba ni le fiscalizaba, tenía casi completa libertad para negociar. Pero insistía en que Yugoslavia, por muy comunista o socialista que fuera, debía dedicarle más atención a los bancos, a introducirse en el proceloso mundo financiero internacional; eso era influencia de Vucic. También se declaraba admirador del modo de vida americano, del carácter anglosajón. Se hizo amigo del embajador norteamericano en Belgrado, Lawrence Eagleburger, y sus relaciones con él continuaron incluso tras dejar el puesto, en 1981. Los occidentales veían en él a un nuevo tipo de comunista, dinámico, moderno. Y años después, en momentos peligrosos para el país, muchos serbios decían que, al fin y al cabo, Slobo era el hombre de los americanos. Algunos enemigos en la política dieron rienda suelta al rumor de que trabajaba para la CÍA, un chisme muy característicamente balcánico, dada la obsesión por la «espionitis».

Kosovo era una obsesión y estaba en la base del malestar. No era un lugar para el turismo occidental de clase media. Pero el estudiante que durante algún verano de los años setenta y ochenta se aventuraba por allí con su mochila, recordará un calor inmisericorde, los ancianos sentados en cuclillas, algunos con turbantes, enormes bigotes y pantalones tradicionales de lana cruda, los artesanos gitanos acampados en sus jaimas, los niños pidiendo cigarrillos y chocolate en las aldeas, las pequeñas mezquitas, los trenes más viejos del mundo, una sensación de miseria atemporal.
Siendo parte de la República de Serbia, la provincia contaba con una amplia mayoría de población albanesa: según el censo de 1981, 1.227.000 frente a tan sólo 209.000 serbios. En los crecientes sectores nacionalistas esto era una afrenta histórica por cuanto Kosovo era considerada una de las cunas originarias de la nación. El contraste era tanto más notorio por cuanto albaneses y serbios poseían culturas diametralmente diferentes: lenguas respectivas de orígenes absolutamente dispares, musulmanes guegos los unos, cristianos ortodoxos los otros. En ninguna otra república de Yugoslavia, a excepción de Macedonia, donde también había una minoría albanesa, se daba una oposición tan extrema. Al fin y al cabo, eslovenos, serbios, croatas, macedonios o bosnios eran todos eslavos y —excepto en el caso esloveno y macedonio— poseían una lengua común. Además, no era extraño escuchar que en Kosovo la presión demográfica albanesa había sido estimulada a propósito desde las mezquitas. De hecho, era totalmente cierto que la natalidad albanesa en la provincia resultaba desmesurada para los estándares europeos: en algunos distritos superaba el 35 %o y lo normal estaba entre el 30 y el 34,9 %o. Frente a esas cifras, los serbios estaban en el 14,2 %o y los croatas y eslovenos en el 11 %o.
En realidad, la natalidad de los albanokosovares se debía a la pervivencia de una cultura especialmente tradicional, que en parte poseía componentes resistenciales, frente a la larga presión discriminatoria de las autoridades serbias. La pobreza, distintivo tradicional de los albanokosovares, venía asociada con ese arcaísmo.
Los brotes de nacionalismo en Europa Oriental —con toda la carga de «peligrosidad» que se le daba desde Occidente— tenían ya unos cuantos años. Se puede decir que todo comenzó de forma muy clara y explosiva con el nacionalismo de raíz católica reactivado en torno al sindicato Solidarnosc (Solidaridad) en Polonia desde 1980.
Pero en 1987, cuando Slobo dio su célebre discurso en Kosovo, las cosas habían evolucionado mucho en todo el Este. Por aquella época, recién comenzada la perestroika en la Unión Soviética, el desencanto con los regímenes comunistas estaba ampliamente extendido en toda la mitad oriental de Europa, entremezclado con las crisis económicas que se vivían en varios de ellos. En consecuencia, algunos líderes comunistas recurrieron a resucitar antiguas o nuevas consignas nacionalistas buscando movilizar a la ciudadanía o, al menos, un respaldo popular a las necesarias reformas que solían tener mucho de impopular. Desde Occidente ese renacimiento del nacionalismo en el Este fue calificado de forma positiva o negativa según las circunstancias o las conveniencias, como había ocurrido con el nacionalismo de base católica a comienzos de los ochenta.
Un caso característico se vivió en Hungría, y resultó ser curiosamente similar y anterior al encabezado por Milošević al año siguiente. En 1986 despuntaron nuevos políticos reformistas, entre ellos Imre Pozsgay. Éste, con las simpatías de todo un grupo de intelectuales nacionalistas moderados y populares.
Se suele olvidar que los eslovenos estaban embarcados en un proceso semejante, aunque envuelto con ropajes más aceptables para el criterio occidental, como foros intelectuales y cívicos, movimientos ecologistas y alternativos e incluso grupos artísticos. Tampoco hay que dejar de lado que ya en febrero de 1987 y en respuesta al Memorándum de la SANU, la eslovena Nova Revija publicó el denominado Programa Nacional Esloveno, y muy pronto en esa misma revista comenzaron a defenderse argumentos claramente nacionalistas y secesionistas. Es interesante recordar también que Nova Revija estaba financiada por la Alianza Socialista Eslovena. Según se decía, eso no significaba que el régimen la apoyara, sino que lo toleraba. Pero los límites entre ambas actitudes, mezclados con las interpretaciones oportunistas de los mismos, comenzaban a quedar muy difuminados en ambas repúblicas.

La idea que Slobo traía en la cabeza no era ponerse a solucionar los problemas de Kosovo, sino sacar de en medio a su antiguo amigo y protector Ivan Stambolic. Más allá de las consideraciones éticas, lo cierto era que una vez puestas las cartas boca arriba no quedaba mucho margen para actuar. Stambolic no había reaccionado agresivamente contra Milošević, y dejar pasar el tiempo no constituía la mejor estrategia posible en un panorama político tan turbio y efímero como el de entonces. Slobo puso manos a la obra enseguida, pero con más astucia que impulsividad. Parecía como si en muy poco tiempo hubiera pasado del saber libresco a una profunda experiencia del oportunismo. Su espectacular cambio de actitud aún era muy reciente y existía el peligro de que Stambolic y los suyos le dieran un buen escarmiento, a pesar de la popularidad que estaba cosechando. Al fin y al cabo, Milošević no controlaba los ministerios, ni las fuerzas armadas o la policía. De momento, se limitó a defender su nueva postura, marcando un mínimo de terreno, manteniendo una cierta tensión. Pero también a esperar cautamente el advenimiento del verano, con la consiguiente paralización del curso político. Lo que sí controlaba Slobo cada vez con más firmeza era el aparato mediático y de propaganda.
La conquista del poder protagonizada por Slobo resulta fulgurante hasta tal punto que años más tarde —sobre todo tras la catástrofe final— todavía causaba una considerable perplejidad. Algunos biógrafos se centran en el perfil psíquico de Slobo como explicación principal de todo el proceso, resaltando su perversidad o su capacidad de adelantarse a los acontecimientos. No cabe duda de que, como mínimo, Slobo poseía por entonces lo que parecía una gran habilidad camaleónica: de ser un «pequeño Lenin» gris y empollón, pasó a convertirse en un líder de masas, populista, manipulador y maniobrero. Y todo ello sin travestirse externamente: siempre fue un hombre de traje y corbata. Cada vez más caros el uno y la otra, pero nunca cayó en los disfraces, en las poses descamisadas, en los uniformes, algo fácil en aquellos tiempos y los que vinieron.
Este detalle ayuda a entender que, ante todo, Slobo fue un hombre de su época más que un personaje excepcional. En Serbia hay quien opina que su gran acierto inicial y error fatal posterior fue ir aceptando responsabilidades que finalmente no pudo controlar.
El nacionalismo serbio no era el único que se estaba articulando en la Yugoslavia de aquellos meses; en la federación, un nacionalismo siempre terminaba tirando de otro. Más al norte, en Eslovenia también nacía y crecía otra variedad del mismo fenómeno. Su imagen exterior era más moderada y «centroeuropea»: se manifestaba a través de revistas y grupos culturales y alternativos y sobre todo, no se proyectaba sobre ninguna minoría étnica, no existían reivindicaciones irredentistas. Eslovenia era la única república étnicamente homogénea de Yugoslavia, tampoco había minorías eslovenas en otras zonas de la federación. El nivel de vida de la república era el más elevado de Yugoslavia y por entonces la crisis económica lo había afectado. Pero había manifestaciones del naciente nacionalismo esloveno que se asemejaban a las del serbio.
Aparentemente se estaba iniciando la transición política, quedaba atrás el socialismo de corte titoísta, pero sin costes sociales. Por supuesto no había ningún proyecto real ni realista para concretar ese paso, pero la inmensa mayoría de los serbios de la época no lo sabía. Por lo tanto, la enorme tramoya que suministraba el socialismo mezclado con el nacionalismo venía a ser una verdadera «revolución conservadora».
Llegados a este punto conviene recordar que este planteamiento estaba presente en el espíritu de aquella época. A lo largo de los años ochenta y comenzando por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el neoliberalismo había impuesto ese concepto en Occidente. Milošević aún admirador de la cultura norteamericana, amigo de banqueros ciertamente republicanos y conservadores, se inspiró de una u otra forma en esa idea global de cambiar para conservar. Por supuesto, resulta imposible imaginarse a Slobo pensando en aplicar las doctrinas neoliberales en su país; era una idea general, más sentida que meditada. Pero al fin y al cabo, ¿no había sido ésa la filosofía en la que inicialmente se había inspirado Mijail Gorbachov para apuntalar al moribundo régimen soviético con la perestroika?.

Como respuesta a las enmiendas constitucionales serbias, Eslovenia puso en marcha las suyas en septiembre de 1989, tomando como referencia el modelo bávaro. La iniciativa rechazaba la preeminencia de las leyes federales sobre las de Eslovenia, y creaba el marco jurídico-legal para la secesión. Por otra parte, la nueva Constitución autoconcedia a la república el derecho a no contribuir en las cargas fiscales colectivas de la federación, argumento muy apreciado por casi cualquier nacionalidad rica con respecto al resto del estado.
Los eslovenos decían que los serbios habían comenzado con la iniciativa de redefinir unilateralmente su Constitución, sin consultar con el resto de la federación; luego ellos podían hacer lo mismo. Pero en realidad habían ido bastante más lejos que los serbios y además en un sentido contrario: Belgrado había forzado la situación para controlar mejor el conjunto de la federación; Ljubljana lo había hecho para distanciarse de ella. De hecho, los eslovenos habían abierto la puerta y sólo tenían que cruzarla e irse.
El 30 de noviembre 1989, el flamante Ministerio de Asuntos Exteriores esloveno publicó una resolución oficial prohibiendo el mitin. Y, sorprendentemente, los organizadores lo desconvocaron en el último momento.
La respuesta serbia consistió en proclamar un boicot contra los productos eslovenos. A partir del 1 de diciembre, fecha prevista para el «mitin de la verdad» desconvocado, 130 empresas serbias interrumpieron sus relaciones con Eslovenia. La medida no era ninguna bagatela, porque incluía el corte de suministro eléctrico desde Serbia. Además venía respaldada por manifestaciones de pública arrogancia por parte de Slobo: «Deseamos manifestar claramente que ni un solo ciudadano de Serbia rogará a los eslovenos que permanezcan en Yugoslavia ni se rebajarán a ofrecer el pan y la sal a aquellos que están preparados para dispararles».
Mientras tanto, en Eslovenia la Alianza cambió su denominación por la de Partido de las Reformas Democráticas. Ya de forma oficial, el nuevo partido ondeaba el eslogan: «Europa, ahora», en clara referencia a la secesión hacia la Mitteleuropa desarrollada. En algunas paredes se podía leer el graffiti: «Burek? Nein, danke». El burek es una aceitosa empanada de hojaldre, común a diversas cocinas balcánicas, desde Serbia hasta Albania y de claro origen turco. El germánico «nein, danke» completaba bien esa especie de maniático afán germanoeuropeísta que aquejaba a los eslovenos.
En todo caso, la querella entre serbios y eslovenos y el dramático paso dado por éstos pasó desapercibido en la Europa de finales de 1989. Yugoslavia era un actor muy secundario. Lo que entonces seguía el mundo con fascinada expectación eran los cambios políticos que amenazaban con derrumbar al bloque del Este en su conjunto y que cada semana cobraban más y más empuje.

Croacia era la nación de los croatas, no de los serbios. Éstos comenzaron a tener problemas en sus trabajos, hubo incluso despidos, una creciente proporción comenzó a pensar en abandonar el país. Tras su victoria en las elecciones, Tudjman cargó públicamente contra el número excesivo de serbios en los medios de comunicación, la policía y el funcionariado de Croacia. Entre los nuevos partidos políticos reaparecieron los ustachas y sus símbolos, bien visibles diariamente en plena plaza Jelacic, centro de la capital.
La mayoría de los serbios de Croacia estaban espantados hasta la histeria ante ese despliegue de nostalgia que también tenía bastante de histérica. Por si fuera poco, la opción nacionalista ganó las elecciones de 1990, para muchos de forma inesperada. Tudjman, envuelto día y noche en el escudo del damero croata, había hecho su campaña con un lenguaje sencillo, largando a diestro y siniestro promesas que no se preocupaba por cumplir y dudando públicamente del patriotismo de sus oponentes políticos, a los que muchas veces llamaba traidores en los mítines o acusaba de haberle citado incorrectamente. Si los ex comunistas reconvertidos en el nuevo Partido del Cambio Democrático (SDP) o los liberales del Partido Nacional Croata (HNS) hubieran ganado las elecciones otra hubiera sido la situación, dado que ambas formaciones y sus líderes estaban abiertos a la consideración de Croacia como un estado conjunto de la mayoría croata y la minoría serbia.

El día 6 de octubre de 1990, Zagreb y Ljubljana presentaron una especie de última alternativa para Yugoslavia basada en la estructura confederal. Posteriormente, esa oferta fue presentada en numerosas ocasiones como prueba de su buena voluntad: ellos habían defendido hasta el último momento la posibilidad de una reforma que mantendría viva a Yugoslavia; la intransigencia serbia habría sido la única culpable de su destrucción. Puertas adentro, sin embargo, eslovenos y croatas estaban desarrollando un intensivo programa de rearme cuyo objetivo era crear unas fuerzas armadas. Lo cual tenía que ver con el principio de que un ejército propio es uno de los elementos inapelables de soberanía, junto con las leyes, la moneda y el reconocimiento internacional. Además se esperaba que la resistencia más contundente al proceso secesionista vendría del Ejército Popular Yugoslavo, que se consideraba el heredero más puro de las esencias titoístas. No en vano, las fuerzas armadas federales habían surgido de las partidas guerrilleras que habían expulsado a los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y habían sido la piedra angular sobre la que se fundó el nuevo estado. Los militares estaban orgullosos de la estrella roja que adornaba sus gorras y eso explica el éxito que tuvo entre ellos el único partido comunista que sobrevivió en 1990, el dogmático SK-PJ.
Por lo tanto, eslovenos y croatas pronto se aplicaron a crear sus propios ejércitos cuyo embrión estaba en las fuerzas de policía o en las unidades del denominado sistema de Defensa Territorial (Teritorijalna Odbrana —TO—) creado por Tito en 1969. La TO consistía básicamente en un sistema en cuadros, movilizable en caso de emergencia a base de reclutas de la reserva, trabajadores y estudiantes, que de tanto en tanto eran obligados a realizar maniobras y prácticas. Dicho de otra forma, la TO constituía el bastidor a partir del cual deberían formarse unidades guerrilleras, como las que habían surgido durante la Segunda Guerra Mundial.
En la vecina Croacia, la situación era más complicada. A diferencia de lo que ocurría en Eslovenia, aquí sí existía una minoría serbia importante. Por lo tanto, ni los reclutas ni los mandos de la Defensa Territorial local eran totalmente croatas. Eso ayudó a que en este caso el Ejército federal lograra desarmarla completamente. En consecuencia, las nuevas autoridades nacionalistas de Zagreb decidieron organizar un nuevo ejército a partir de las unidades de policía: se crearon unidades militarizadas y se presentaron como «reserva de la policía». Con el tiempo, en la primavera de 1991, se constituirían en la denominada Guardia Nacional. Pero el plan era arriesgado porque la presencia de agentes serbios era importante también en las fuerzas de orden público y además faltaban armas. El primer problema se intentó subsanar movilizando masivamente a los reservistas y formando aceleradas promociones de agentes a partir de reclutas bisoños; pero las purgas de cuadros serbios se realizaron con tal precipitación que fueron una de las causas importantes de la guerra que pronto estallaría.

El 16 de marzo Slobo hizo suyo el proyecto de la Gran Serbia, y dio el último paso a lo que entonces parecía su conversión al nacionalismo radical, puro y duro. Aparentemente, ya nada quedaba del «pequeño Lenin», del marxista convencido y eficaz; quizá ni siquiera del «Slobo americano», con ribetes neoliberales. Sin embargo, la actitud de Milošević a lo largo del aquel decisivo mes de marzo de 1991 venía a ser la de todos los presidentes republicanos de la descompuesta Yugoslavia; o al menos, para aquellos que llevaban la voz cantante. Para todos sin excepción, el dilema era el siguiente: cómo conservar el poder en la propia república y obtener de la descomposición de Yugoslavia las mejores ventajas posibles cara a su gente, sus protegidos, sus electores.
La primera cuestión dependía mucho de la primera: en función de cómo se permaneciera o se abandonara la federación, el propio poder se asentaría o peligraría. Eso significaba que mientras hacían sus cálculos y tanteaban sus opciones en solitario, también procuraban mantenerse en contacto y negociar lo negociable, unos con los otros. Los eslovenos querían irse sin problemas: con el aplauso de las potencias occidentales, flamantes vencedoras de la Guerra Fría. Eso supondría ayudas, créditos, certificados de europeidad que a su vez traerían más créditos y ayudas. Los croatas deseaban abandonar la federación de la misma forma: dejando claro que había valido la pena.
La esencia de las autodeterminaciones que se estaban produciendo en Yugoslavia era la creación de estados nacionales, no la preservación de las fronteras; y éste era un objetivo que no sólo perseguían los serbios. Justamente y según esa lógica, en su nueva Constitución los croatas habían omitido olímpicamente cualquier referencia a la populosa minoría serbia: para el nuevo poder en Zagreb, Croacia era la patria de los ciudadanos de Croacia, fueran croatas o no. Por otra parte, los nacionalistas de Zagreb estaban haciendo los mismos cálculos que los de Belgrado con respecto a la nación croata, dispersa a su vez en Bosnia. Por si faltara algo, más de veinte años antes de aquellas fechas, los albaneses de Kosovo habían hecho valer los supuestos derechos del grupo nacional.
La respuesta estaba en la situación política dentro de la misma Serbia: el asunto de la minoría serbia en Croacia no pudo arrinconarse porque Slobo le tenía miedo a la oposición nacionalista en su propia Serbia y no podía traicionar, al menos de momento, una causa tan sagrada para ellos. De hecho, durante el mitin de Usce, el 11 de marzo, había recibido el apoyo público de los líderes nacionalistas serbios de Bosnia y de la Krajina croata, ambos del SDS y enfrentados a Vuk Draskovic. El susto de lo acontecido el 9 de marzo estaba demasiado fresco, el Ejército no parecía capaz de defenderse ni a sí mismo. Dejar tirados a los remotos serbios de la Krajina en aquella primavera quizás hubiera significado el fin de Slobodan Milošević. O al menos eso parecía creer él mismo.
En Belgrado se estaba construyendo el mayor templo ortodoxo de los Balcanes. ¿De los Balcanes? De todo el mundo, en realidad. Los planos se habían trazado en 1895, coincidiendo con el tricentenario de la inmolación del cuerpo de san Sava por los turcos —el santo había muerto en el siglo XIII durante la peregrinación a Tierra Santa—. Pero las contiendas balcánicas y la Primera Guerra Mundial aplazaron las obras hasta 1935. Entonces vino la Segunda Guerra Mundial y luego el régimen comunista. Sólo en 1987, Slobo aprobó y apoyó la reanudación de las obras, que además se hicieron con gran pompa y despliegue de propaganda. El nuevo ambiente nacionalista hizo del templo un centro de celebraciones patrióticas, como la conmemoración del sexto centenario de la batalla de Kosovo, en 1989.

El decisivo 4 de octubre se hizo público el proyecto elaborado en La Haya para terminar con la guerra en Croacia y resolver el contencioso que planteaba la galopante desintegración de Yugoslavia. El plan de Carrington quedó muy bien definido por la expresión: «Yugoslavia a la carta». Según esta idea, cada república podría escoger el grado de relación que mantendría con el resto de los socios confederales, si decidía permanecer en una mera alianza de repúblicas ex yugoslavas. Ciertamente era como escoger un menú de obligaciones y compromisos, un modelo de libre asociación basado en la misma CE. En realidad el plan en su conjunto se había pensado como parte de un programa para acercar las nuevas repúblicas ex yugoslavas a la Comunidad en el marco de la construcción de la nueva Europa contemplada en la Carta de París de noviembre de 1990: cuanto más colaboraran entre ellas, los vínculos con la CE devendrían más estrechos.
Por supuesto, también estaba contemplada la posibilidad de la soberanía absoluta, sin vínculos de ningún tipo. Pero en cualquier caso, todas las repúblicas debían garantizar las necesarias libertades constitucionales y legales para las minorías existentes dentro de sus fronteras. Esto significaba que cada una de ellas tendría que comprometerse obligatoriamente en la aplicación de un «estatuto especial» para sus minorías, en virtud del capítulo II del plan: las regiones designadas como tales tendrían su propio emblema e himno nacional, y doble nacionalidad para sus habitantes. Y además, su propio sistema de educación, su policía, sus estructuras legislativas, administrativas y judiciales, cuyos cargos reflejarían la composición étnica dominante. Por último, se constituirían en zonas desmilitarizadas. El «estatuto especial» se había inspirado en el acuerdo para el Alto Adigio aplicado por Austria e Italia tras laboriosas negociaciones; pero el que se había pensado para las repúblicas yugoslavas iba bastante más lejos.
En conjunto, se proponía una confederación de inspiración netamente anglosajona, pero en el espíritu de un plan de estilo marcadamente europeísta. Según muchos diplomáticos, el plan de Carrington fue el mejor de cuantos se idearon para la ex Yugoslavia.
Ninguna otra ciudad yugoslava fue destruida como Vukovar. Fue concienzudamente arrasada con artillería pesada, como los rusos harían más tarde con Grozny. Era la imagen de cómo podían haber quedado Dubrovnik o Sarajevo si sus asediadores hubieran querido.
Milošević tenía muy claro que se había ganado todo lo posible sin llegar a una guerra excesivamente sangrienta y de final imprevisible. ¿Para qué quería tomar Zagreb, qué utilidad política tenía para Serbia? Ninguna. En el mejor de los casos, sólo serviría para darle protagonismo político al Ejército y eso era lo que Slobo quería evitar a toda costa. Precisamente, era el momento de largarse de Croacia, de deshacerse de aquel incordio de la fastidiosa minoría serbia y negociar. Empezaron a entenderse muchas cosas. Por ejemplo, que el 21 de agosto el general Spiro Nikovic, comandante del Cuerpo de Ejército de Knin, hubiera sido destituido tras intentar tomar el puerto de Zadar, lo que hubiera cortado a Croacia en dos. Su sucesor, el general Vladimir Vukovic, siguió la misma suerte: no se le autorizó tomar el puerto, y hubo de dejar el mando cuando el 21 de noviembre sus tropas destruyeron el puente de Maslenica, lo que dificultaba enormemente las comunicaciones entre Croacia central y Dalmacia. La guerra había terminado en Croacia y, al parecer, Vukovic no se había enterado.

El gobierno de Bonn puso en evidencia el gran talón de Aquiles de la diplomacia comunitaria: su falta de unidad en la acción exterior. Aunque se le intentó dar la menor publicidad posible, el gesto de Alemania fue rápidamente imitado por otro socio comunitario: Grecia. Siguiendo a los alemanes en la imposición egoísta de sus intereses sobre el resto de los socios europeos, el gobierno de Atenas hizo saber que vetaría la independencia de Macedonia, dado que ésa era la denominación legítima de la región norteña de Grecia; y manteniéndola, la nueva república hacía ostentación de supuestas intenciones expansionistas. Eso abrió un contencioso que duraría muchos años. Pero lo que no se negaba a los alemanes tampoco se le podía quitar a Los griegos.
Todo eso sólo podía dar un fruto amargo: la pérdida de respeto por parte de las repúblicas yugoslavas. La propaganda serbia se mostró exteriormente indignada y se elevaron clamores que eran eco de otras épocas y denunciaban la aparición de un genuino Cuarto Reich alemán con ambiciones expansionistas e imperialistas en los Balcanes, que eran eco de otras épocas. Y por cierto que tales acusaciones lograron calar durante meses en Europa. Pero sobre todo, Slobo se frotaba las manos de gusto, porque la decisión alemana le beneficiaba desde todos los puntos de vista.
En primer lugar, le había liberado de la encerrona que significaba el Plan Carrington. Si la presión comunitaria respaldada por la ONU hubiera llegado a imponerlo, Belgrado hubiera tenido mucha menos base de maniobra legal.
Segundo, los serbios de Croacia le importaban bien poco a Slobo, de lo que estaba dando muestras al forzar la retirada del Ejército federal y la mayor parte de los paramilitares serbios. Luego tampoco le inquietaba en lo más mínimo el reconocimiento por parte de Alemania de Croacia y Eslovenia. Muy al contrario, recordemos que Milošević necesitaba una Gran Croacia como justificación y apoyo de la Gran Serbia que intentaba constituir a toda prisa. Una idea que se consumaría sobre el crucial reparto de Bosnia. Por si quedaba alguna ligera duda, Slobo se lo recordó a Tudjman en varias ocasiones en aquellas semanas; y de manera directa el mismo día del armisticio, el 2 de enero, cuando le comentó: «La cuestión de los serbios de Croacia es de minorías, no de territorios».

Serbia vivía en una extraña situación social. La financiación de la ayuda a los serbios de Bosnia dio lugar a una inflación galopante que incluso superó la histórica de 1923 en la República de Weimar. Se emitían billetes de banco por valor de cientos y luego miles de millones de dinares, lo que indefectiblemente llevó a que el papel en que estaban impresos costara más que la cantidad que indicaban. En enero de 1994, a punto de terminar, la inflación era ya del 310.000.000%, lo que significaba que aumentaba más de un 2 % a la hora y un 62 % al día.
Todo eso hizo que la subsistencia cotidiana resultara un ejercicio surrealista. Los estratos más débiles de la sociedad lo pagaron duramente: los ancianos, viudas o discapacitados, cualquiera que cobrara una pensión del Estado, comprobaba cómo ésta se volatilizaba en pocos días a causa de la inflación. Comenzaron a verse mendigos y personas que buscaban en los cubos de basura, un espectáculo muy extraño en Serbia, donde la pervivencia de la gran familia extensa y muy solidaria, con raíces agrarias muy cercanas en el tiempo y el espacio, suele cubrir ese tipo de problemas. Hubo incluso algunos suicidios de ancianos.
En agosto de 1994, Slobo denunció pública y personalmente a los serbios de Bosnia. La prensa atendió a la señal: los «hermanos» de Bosnia pasaron a ser el «azote de su propio pueblo». Una violenta campaña sacó a la luz los trapos más sucios, incluyendo crímenes de guerra y las cantidades que se llegaba a gastar Karadzic en la ruleta, así como los negocios de todo tipo en los que estaban mezcladas las autoridades serbobosnias. Sólo la Iglesia decidió apoyar públicamente a los serbios de Bosnia en una declaración emitida por el arzobispado el 10 de agosto. Por lo tanto, los serbios, que se habían jactado a menudo de estar reñidos con el planeta entero, estaban divididos entre sí. Nunca como hasta entonces, la realidad traicionaba el lema del escudo serbio.
La respuesta de Karadzic fue, hasta cierto punto, enigmática: «Una madre tiene derecho a dar un bofetón a su hijo, pero el niño no puede alzar la mano contra su madre».
Serbia que tenía visión de futuro, deseaba la paz y era la clave de la paz para Bosnia.

Slobo seguía en el poder y era cierto que todavía podía apoyarse en una mayoría silenciosa. Esta no tenía el entusiasmo combativo de la oposición porque no estaba en su naturaleza: era el campesinado conservador serbio y una buena parte de los trabajadores industriales que tenían pánico a un salto demasiado brusco hacia el liberalismo económico, con cierres masivos y definitivos de fábricas, despidos sin derecho a seguros de desempleo y precios no subvencionados. El régimen era socialista, al fin y al cabo, y si bien recurrió al discurso patriótico, se olvida que nacionalistas ultras, como Seselj, hubieron de echar mano de un tono socializante que, por cierto, les dio numerosos votos. Con Slobo estaba también, aunque fuera sin entusiasmo, una parte importante del funcionariado, sobre todo el básico y el de provincias, así como una clase difusa pero influyente de arribistas, estraperlistas y aprovechados.

La promoción de Slobo a la presidencia federal dejaba vacante la presidencia serbia y eso precipitó unas nuevas elecciones para el 21 de septiembre.
Los comicios fueron el espejo de la descomposición que afectaba a todo el panorama político serbio. De entrada, las presidenciales fueron invalidadas porque el candidato con más votos, que era el socialista, sólo obtuvo el 35,9 % de los sufragios, es decir, se quedaba lejos del 51% necesario para ser elegido presidente en la primera vuelta, como exigía la Constitución. Ese candidato era Zoran Lilic, una figura política menor, que había actuado como hombre de paja de Slobo. De hecho, éste lo había elegido como candidato a la presidencia de Serbia por su maleabilidad: no quería arriesgarse a que un personaje más capaz o astuto pudiera utilizar los importantes poderes de que gozaría en el cargo para revolverse contra él. Pero se había quedado muy corto: los electores serbios no habían aceptado a un mediocre de ese calibre.
En el otro extremo del espectro político, la oposición estaba profundamente dividida. Mientras Vuk Draskovic se presentó en solitario, los restos de Zajedno optaron por un boicot y trabajaron enérgicamente para que cundiera.
1998 sería el año de la guerra en Kosovo. Desde el mes de noviembre, cuando el UÇK había hecho su primera intervención pública, la región de Drenica se había convertido en territorio prohibido para las fuerzas de seguridad serbias y parecía que la situación empeoraba por momentos. Todo ello tenía que ver con el espectacular colapso y hundimiento posterior del Estado, acaecido en la vecina Albania a lo largo de la primera mitad de 1997. Como consecuencia de la quiebra de un esquema fraudulento de inversiones piramidales, muy similar al organizado por Gazda Jezda y Dafina Milanovic en Serbia cuatro años antes, todo el sur del país estaba en rebelión y el caos llegaba hasta las mismas calles de Tirana. Los militares abandonaron los cuarteles, los policías sus comisarías y miles de ciudadanos se proveyeron de armas de fuego, hasta un total de 300.000, según cálculos fiables. Una parte de los fusiles de asalto fueron a parar a Kosovo, vendidos a precio de saldo: posiblemente unos 150.000. Con esas armas, el UÇK dejó de ser un grupo terrorista que golpeaba donde podía, para convertirse en un ejército guerrillero capaz de plantear una campaña de liberación territorial, al estilo del PKK kurdo o de las guerrillas centroamericanas.
El UÇK también estaba ganando un creciente apoyo social, lo cual era lógico. Hasta el momento, el control político de la población albanesa de Kosovo había estado en manos del LDK o Liga Democrática de Kosovo, una coalición que desde 1989 agrupaba a los partidarios de la lucha por la independencia.
Otro gran negocio era la emigración. Una buena parte de la población albanesa de Kosovo sobrevivía gracias a las divisas que enviaban sus familiares, que trabajaban en Suiza, Alemania o Francia. La corriente migratoria era históricamente muy abundante, pero desde el comienzo de la desintegración de Yugoslavia y hasta el final de la guerra de Bosnia en 1995, había sido de 350.000 personas, una cifra muy considerable para el total de 1.227.000 albanokosovares de 1988.
Desde Belgrado, la emigración albanesa se contemplaba con gran complacencia. Por una parte servía de válvula de escape social: se iban los más jóvenes y ambiciosos, los potencialmente más agresivos. De hecho, las autoridades serbias favorecían el éxodo, facilitando la adquisición de los documentos necesarios, los medios de transporte y hasta los canales más o menos clandestinos para entrar en Occidente.
Para Occidente, Kosovo era un problema para olvidar, pura y simplemente un fastidioso estorbo. Con las ruinas de Bosnia aún calientes y una paz más que precaria, a nadie le interesaba comprometerse en otra. Además, la cuestión kosovar presentaba un perfil muy delicado. Favorecer ahí el separatismo implicaba que los occidentales se traicionaban a sí mismos después de varios años de insistir en que las fronteras de las repúblicas ex yugoslavas no podían ser cambiadas con respecto a las preexistentes en la época de Tito. Kosovo no era una república, sino una provincia, y si se respaldaba su secesión y se bendecía su independencia, se le daba la razón al Slobo de 1991.

El 6 de julio. Ese día, la Comisión Constitucional anunció que se aplicaban tres enmiendas en la Constitución de 1992, en virtud de las cuales se introduciría el sufragio universal directo para la elección del presidente. Slobo había llevado a cabo la vieja amenaza que le hiciera a Djukanovic antes de las presidenciales de 1997: el sufragio universal significaba que los 600.000 habitantes de Montenegro no tendrían ningún peso en la elección de presidente federal frente a los 10 millones de serbios. Era lógico que Slobo actuara así dado que Montenegro casi se había independizado de facto y la actitud hostil de Djukanovic haría imposible cualquier atisbo de posibilidad para el serbio. Además, Milošević sabía que, de esa manera, incluso descarrilaba la ofensiva montenegrina secundada por los occidentales. A raíz de la enmienda constitucional, Djukanovic lanzó la consigna de boicotear las elecciones presidenciales y legislativas, lo que contrariaba a los occidentales, que deseaban unir fuerzas contra Slobo, no la secesión de Montenegro. Pero no hubo manera: Djukanovic incluso le hizo proa a la mismísima Maddy Albright y no entró en razones. Montenegro, como aliado contra Belgrado, se había desactivado a sí mismo.
Con el anuncio de los cambios constitucionales, Slobo su órdago electoral el 27 de julio, cuando anunció que los comicios quedaban convocados para el 24 de septiembre. Una vez más, las crónicas de esos días pasaban por alto las motivaciones de ese paso tan polémico o escogían explicaciones un tanto disparatadas. No faltaba quien hablaba de las supersticiones de Mira y su afición por la astrología. También se solía mencionar el aislamiento en el que vivía Slobo para entonces: no se le informaba de nada, los teléfonos estaban mudos, los informes no circulaban de abajo hacia arriba, nadie se daba por enterado. Ni siquiera los rusos o los chinos, los últimos aliados exteriores del régimen, habían advertido a Slobo de la que se le venía encima.

BBC-Mundo.com
Jueves, 28 de junio de 2001 − 18.52 GMT
MILOŠEVIĆ, RUMBO AL TRIBUNAL DE LA HAYA
El ex presidente yugoslavo Slobodan Milošević fue extraditado este jueves para ser puesto a disposición del Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia de Naciones Unidas.
Así lo confirmaron el propio tribunal y el gobierno de Belgrado.
Milošević está acusado de planear y ordenar una campaña de terror, persecución y violencia contra los albanokosovares a fines de los noventa y será el primer mandatario juzgado en el tribunal de La Haya.

El Día de San Vito de 1389, las tropas del príncipe Lazar perdieron la batalla de Kosovo Polje ante los ejércitos otomanos.
El Día de San Vito de 1914, el estudiante Gavrilo Princip mató al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, dando origen a la Primera Guerra Mundial.
El Día de San Vito de 1989, Slobodan Milošević reunió a decenas de miles de personas en Kosovo Polje, convirtiéndose en el gran caudillo de Serbia.
El Día de San Vito de 1990, Slobo le desveló a Bora Jovic que Eslovenia y Croacia podrían dejar la federación yugoslava, pero no sin que los croatas negociaran con Belgrado el destino de sus poblaciones serbias.
El Día de San Vito de 1991 comenzó la intervención diplomática internacional en las guerras de la ex Yugoslavia.
El Día de San Vito de 1992, el presidente francés Francois Mitterrand logró aterrizar de milagro en Sarajevo y consiguió que el aeropuerto pasara a manos de las fuerzas de la ONU, lo que ayudó a salvar a la ciudad del cerco serbio.
Los serbios dicen que el Día de San Vito suelen pasar cosas extrañas y terribles.

Slobo pronto cedió a su vanidad. No reconoció formalmente al tribunal, pero cuando recomenzaron las sesiones en febrero de 2002, inició su propia defensa y puesto que lo hizo sorprendentemente bien, se enfrascó en la tarea. Dado que el asunto se había planteado como un juicio espectáculo, la respuesta espectáculo de Slobo no gustó mucho a la gran prensa occidental, que desde la intervención de la OTAN en Bosnia, en 1995, esperaba relatar algún aparatoso hundimiento del bando serbio, una demostración abiertamente bochornosa de clara sumisión.
La fiscal suiza Carla del Ponte había debutado acusando a Slobo de ser «responsable de los peores crímenes contra la humanidad». Y prosiguió: «Algunos incidentes revelaban un salvajismo casi medieval y una crueldad calculada que va más allá de los límites de la guerra legítima». Pero como opinó por entonces un experto jurista británico que comentaba las sesiones desde la BBC, una cosa era pronunciar tales alegaciones, y otra muy distinta demostrarlas ante un tribunal.
A pesar de todo y por desgracia, el juicio a Milošević no puede desprenderse de una turbadora nube. Parece estar integrado en una línea de actuación jurídica que arranca del proceso organizado en 1990 contra el presidente de Panamá y antiguo agente de la CIA, Eduardo Noriega. Dicho de otra forma, se inscribe en una sospechosa conducta política neocolonial justamente retomada por las potencias occidentales tras el final de la Guerra Fría, cada vez con menos prejuicios, y cuyo último capítulo ha tenido lugar recientemente en Irak. En los Balcanes ya habían aparecido síntomas preocupantes en el lenguaje de periodistas y políticos: en Bosnia había musulmanes pero «rubios y de ojos azules», el genocidio se estaba cometiendo «a una hora y pico de vuelo desde París», la tragedia balcánica «humillaba a Europa».
Así pues, el proceso contra Slobodan Milošević en el TPIY fue la oportunidad perdida de aplicar una justicia internacional, básicamente técnica, contra el responsable de una política abusiva y desestabilizadora, que ciertamente y por razones de peso merecía ser apartado del cargo que ocupaba e ingresar en prisión. Se supone que el correcto desarrollo del juicio con las pruebas documentales necesarias tendría que haber sido suficientemente ejemplarizante por sí mismo. El espectáculo aleccionador sobraba, sobre todo una vez comprobado lo mal organizado que estaba. Y más teniendo en cuenta que no fue un juicio sobre las culpas derivadas de una guerra mundial, como los de Núremberg y Tokio con el que muchas veces fue erróneamente comparado.
Otra de las grandes carencias del TPIY fue no encausar colectivamente a los responsables de las crisis y los desastres humanos. Conforme los mandatarios escogidos como acusadores o testigos desfilaban sin pena ni gloria por La Haya, fue comprobándose que muchos de ellos no tenían demasiado interés en lanzar acusaciones que podían aparecer mezcladas con culpas propias, amén de oscuros acuerdos apalabrados algún día con Slobo y claros secretos a voces. Milošević no fue el único responsable de los desastres de la ex Yugoslavia y desde el momento en que esto se dejó de lado, su juicio quedó muy falseado.
En consecuencia, y asumiendo todas sus culpas y delitos, la efigie de Milošević en el TPIY va siendo contemplada por muchos europeos como la del reo al que se le han terminado por cargar culpas propias y ajenas. Slobodan Milošević fue un personaje especialmente destacado, una figura de mayor tamaño que las otras del panteón; pero la verdad es que éste cuenta con numerosas tallas de rica policromía. Y como la de Slobo era la más relevante resumió las culpas de todos y los errores de los demás.
Eso quiere decir que en realidad, la imagen de Slobo ha sido engrandecida, a veces de forma calculadamente interesada. Se llegó a decir que para muchos políticos y diplomáticos occidentales, negociar con el poderoso y despiadado Milošević fue una especie de timbre de honor. Ciertamente era hábil, porque tenía más de abogado tramposo que de estadista, como demostró en el juicio de La Haya. Era inteligente, poseía una memoria privilegiada, tenía labia, sabía ser astuto. Por otra parte, era uno de los políticos balcánicos más occidentalizados, lo cual le hacía un buen conocedor de los puntos débiles de sus adversarios, en especial los americanos. Así que hacia mediados de los noventa había desarrollado una mentalidad polifacética y ésa fue una de sus bazas más eficaces: Milošević era un comunista balcánico americanizado. Con la ventaja suplementaria de que podía utilizar separadamente sus tres formas de pensar, combinarlas de dos en dos o aplicarlas todas a la vez.

Parece evidente que existieron distintos «Slobos» según las diversas épocas. Hubo un Milošević entusiásticamente comunista, quizás ingenuo y hasta generoso. Esa persona se transformó conforme fue prosperando. Su época de banquero lo cambió bastante en su fuero interno. El choque entre su ideario comunista y la admiración por el modo de vida americano dieron lugar a un extraño cóctel. Además, pronto llegarían tiempos muy cambiantes en los que la capacidad de adaptación comenzó a ser percibida como un rasgo muy positivo.
No debemos confundir aquello que los occidentales hubiéramos querido con la realidad de la situación. En ocasiones se le achaca a Milošević haber introducido en el proceso de desintegración de Yugoslavia la variable pan-nacionalista en detrimento del esquema de la autodeterminación basado en las fronteras preexistentes. ¿Seguro que fue así? En realidad Tudjman quería lo mismo que Slobo a costa de las fronteras bosnias y lo proclamaba con total descaro, mientras Alemania apoyaba su recién obtenida independencia en base al derecho de autodeterminación de los pueblos y dentro de las fronteras republicanas de la época de Tito. Y lo mismo deseaba, desde hacía años, cualquiera de los nacionalistas albaneses de Kosovo; y así lo formulaban desde el momento en que pedían la transformación de la provincia en república callándose cuál era su idea con respecto a los albaneses de Macedonia…
La última oportunidad de brillar la tuvo Milošević en las conversaciones de Dayton que concluyeron la guerra de Bosnia. Pero fue más un triunfo personal que realmente político. La sangría de Bosnia se detuvo, pero el desgaste para Serbia había sido excesivo, como demostraron las protestas del invierno de 1996.
El final de esa fase trajo consigo al peor Slobo, dispuesto a mantenerse en el poder a toda costa. Aun así lo consiguió durante más de cuatro años, un tercio de la era Milošević, todo un récord de supervivencia dadas las circunstancias, que incluyeron bombardeos ininterrumpidos de la OTAN durante 78 días. Y al final, el esfuerzo que le supuso a las potencias occidentales organizar a la oposición serbia fue considerable. Colofón añadido: a raíz de los problemas de coordinación entre aliados que generó la campaña militar, Washington perdió interés por la OTAN y fue el comienzo del fin para esa alianza.
Hay que insistir en que Slobo no impuso un régimen dictatorial en todo este tiempo, entendiéndose por ello la abolición de las libertades políticas y la representación parlamentaria, con la instauración de un sistema de partido único. Debe recordarse que, precisamente, Milošević cayó a causa de unas
elecciones convocadas por él mismo en septiembre de 2000. Eso no lo define precisamente como un dictador. En realidad, no podía instaurar un régimen así porque no tenía los medios para ello. No se fiaba del Ejército federal, al que había manipulado y en cierta manera traicionado en 1991 y 1992. Nunca poseyó suficiente control del aparato de Estado o amplios apoyos políticos como para imponer una dictadura civil. Tampoco contaba con la base social que le hubiera posibilitado jugar al caudillismo. Lo suyo era el trapicheo legal.
Por lo demás, la utilización de «hombres para todo» capaces de organizar palizas o armar grupos paramilitares entraba más de lleno en el gangsterismo que en el terreno de la política; pero aun así, esa manera de obrar tenía cierta relación con una interpretación torcida de su profesión jurídica: Slobo dictaba la ley —cuando podía— y la distorsionaba una vez promulgada. Esa fue otra de las palancas básica de su poder.
Todo ello no era en absoluto innovador. Recordaba regímenes parecidos organizados con anterioridad, normalmente en países con déficits históricos de democracia.

El epitafio político de Slobodan Milošević podría ser el siguiente: gobernó a la última Yugoslavia como si fuera una gran potencia internacional. Con la audacia, arrogancia y brutalidad con que los grandes estadistas manejan sus grandes estados todopoderosos. Pero era algo así como conducir un pequeño Zastava 600 Fiéa en los grandes circuitos de carreras, con aspiraciones a que hiciera el papel de un Fórmula 1. Dentro de lo que cabe, logró resultados más allá de lo que cabía esperar. Pero fue perdiendo piezas por el camino y el desastre final, para Serbia, y para sí mismo, fue de considerables proporciones.

Magnificent book that focuses on placing the Serbian politician in the environment of his time, both on a Balkan and international scale. The work is divided into three major thematic moments. The first explains the origins of Slobodan Milošević and how he achieved power in the Republic of Serbia with methods similar to those employed by other young communist leaders in Eastern Europe and the Soviet Union. Subsequently, an attempt is made to analyze what the Serbian leader’s real plans were with respect to the disintegration of Yugoslavia, something almost never well explained in current works. For this the narration focuses on the ‘great game’ that Milošević had with his Croatian counterpart Franjo Tudjman and explains why he won (using the same weapons and methods) and the Serbian lost the game, both in Croatia itself and in Bosnia . Finally, the war in Kosovo and the fall of the already Serbian autocrat center the third block of the story, including its closest family problems and the scandals that accompanied the peculiar configuration of the last Yugoslav State, with the appearance of all kinds of mafias, characters in the shade besides the
“Secret war” organized by some intervening powers. To conclude, the trial of Milošević at the International Criminal Court in The Hague, its international significance and the future Serbia are analyzed.

August 1941, Slobodan is born. That name means “Free” in Serbo-Croatian -it is the orthodox equivalent of “Francisco” – and according to another legend of the time, his parents put it in commemoration of the call to insurrection launched by Tito, a few days before. But history had very little epic continuity. The father of the Slobodan child, Svetozar Milošević, was a frustrated character because of the time he lived in: Montenegrin, catechist, he ended up working as a teacher; I taught Russian and Serbo-Croatian language, as well as literature. He was an eloquent man and possessed a fine musical sense, something very important for the seminarians of the Orthodox rite, given the importance that music has in his liturgy. Slobo’s mother, Stanislava Koljensic, was a woman of great presence: tall, dark, also from Montenegrin and a prestigious family, a convinced communist and with a brother who would eventually become a partisan hero after indoctrinating her in the new faith.
Slobo got involved in the activity of the Party. In the first half of 1960 he collaborated in the secretariat of the Faculty Committee; later promoted to secretary for ideological questions in the Committee of the University of Belgrade; Then they co-opted him for president of the Ideological Commission. There was not much secrecy in these first ascents: Slobo was conscientious, he applied himself with determination to tasks that most students considered deadly boring. In fact, his political activity almost seemed more important than his studies, despite the fact that he had a good overall score at the end of the race. Years later some legends related to that facet of hers were invented. Thus, it is said that in 1963, at a certain moment of openness, Tito decided to change the name of the state, which would no longer be called the People’s Republic of Yugoslavia, in the Stalinist manner, to become the Socialist Federal Republic of Yugoslavia. According to that anecdote, in a debate on this issue held at the Faculty of Law, Slobo raised his hand and proposed that the order of adjectives be changed to emphasize the socialist quality of the regime, which should prevail over the federal one.

The key lies precisely in those two decades that go from 1965 to 1985, a long and apparently gray period, in which Milošević led the lives of many others. There is a picture of him towards the end of those years, when in fact he had already made the leap towards high politics. He appears in a slightly ridiculous pose, rushing through the already heavy traffic in Belgraden, with raincoat and briefcase. Apparently it is all very banal, but in reality it is the picture of Yugoslavia in those decisive years.
Yugoslavia was not then a raft of oil; in fact, there was a lot of nervousness in the environment. Throughout the first half of the sixties the great schism between the Soviet Union and communist China had been consummated and between the wide margins of that crack, other once-faithful satellites played cat and mouse with Moscow: the Albanians, the Romanians, the Czechoslovaks. To clinch the whole process, Khrushchev was dismissed in 1964 by a move that was reminiscent of a coup d’état: the myth of “Soviet democracy” collapsed, even in the eyes of many Western comrades. Meanwhile, Mao launched his great challenge of ideological renewal in China: the “great proletarian cultural revolution.”
The sixties were for Westerners years of intense renovating promises, but on the other side of the barricade the foundations of the Communist bloc also trembled.
The successes were assumed as their own, and the failures were the fault of Belgrade, of the other republics, or of the federation as a whole. There was no effective social control over this process: neither of independent political parties, nor of representative parliaments, nor of free press. In each republic, in each autonomous region, the new powers could do almost what they wanted, although sometimes resorting to illegal or fraudulent methods.
In this context, the “Slobos” proliferated. Thousands and thousands of ambitious young people set out to climb in each of the republics, either through the party, the administration or the company. As in the case of Slobodan Milošević, most of the time it was difficult to separate one road from the other. Throughout that same decade, the number was going to radically increase with those employed by the administration of each republic and autonomous region. Therefore, Slobo was only one among thousands.
In 1978 Ivan Stambolic gave Slobo an important bargain: the general management of the UBB, acronym for Udruzena Beogradska Banka. That was a position that had also occupied the ineffable mentor and friend; Now he had just been appointed prime minister of the Serbian government and one of his first orders was to benefit his friend Slobo. Stambolic had already crossed the border between the steps of administrative learning to which the favorite children of the party and the purely political career were subjected. But Slobo still had to learn and he was not going to despise the opportunity.
Slobo always carried those years with pride.
He also recognized that the contact with the American reality opened the world and changed the way he saw it. He kept proclaiming himself a communist; In fact, perhaps he was more proud than before he was a Yugoslav communist because, he said, nobody controlled or supervised him, he had almost complete freedom to negotiate. But he insisted that Yugoslavia, no matter how communist or socialist it might be, should devote more attention to the banks, to enter the stormy international financial world; that was Vucic’s influence. He also declared himself an admirer of the American way of life, of the Anglo-Saxon character. He became friends with the American ambassador in Belgrade, Lawrence Eagleburger, and his relations with him continued even after leaving office in 1981. The Westerners saw in him a new type of communist, dynamic, modern. And years later, at dangerous times for the country, many Serbs said that, after all, Slobo was the man of the Americans. Some enemies in politics gave free rein to the rumor that he worked for the CIA, a very characteristic Balkan gossip, given the obsession with “spynitis”.

Kosovo was an obsession and was at the base of the malaise. It was not a place for middle class western tourism. But the student who during some summer of the seventies and eighties ventured there with his backpack, will remember a merciless heat, the elderly sitting squat, some with turbans, huge mustaches and traditional pants of raw wool, gypsy artisans camped in their tents, the children asking for cigarettes and chocolate in the villages, the small mosques, the oldest trains in the world, a feeling of timeless misery.
Being part of the Republic of Serbia, the province had a large majority of the Albanian population: according to the 1981 census, 1,227,000 compared to only 209,000 Serbs. In the growing nationalist sectors this was a historical affront because Kosovo was considered one of the original cradles of the nation. The contrast was all the more striking in that Albanians and Serbs possessed diametrically different cultures: respective languages ​​of completely disparate origins, some Muslims, some Orthodox Christians, others others. In no other republic of Yugoslavia, except for Macedonia, where there was also an Albanian minority, there was such extreme opposition. After all, Slovenes, Serbs, Croats, Macedonians or Bosnians were all Slavs and – except in the Slovenian and Macedonian case – they had a common language. In addition, it was not strange to hear that in Kosovo the Albanian population pressure had been purposely stimulated from the mosques. In fact, it was quite true that the Albanian birth rate in the province was disproportionate to European standards: in some districts it exceeded 35% or and normal was between 30 and 34.9% or. Faced with these figures, Serbs were at 14.2% o and Croats and Slovenes at 11% o.
In fact, the birth rate of the Kosovo Albanians was due to the survival of an especially traditional culture, which partly had resistantial components, in the face of the long discriminatory pressure of the Serbian authorities. Poverty, the traditional hallmark of the Kosovo Albanians, was associated with that archaism.
The outbreaks of nationalism in Eastern Europe – with all the “dangerousness” that was given to it from the West – were already a few years old. It can be said that everything began in a very clear and explosive way with the Catholic rooted nationalism reactivated around the union Solidarnosc (Solidarity) in Poland since 1980.
But in 1987, when Slobo gave his famous speech in Kosovo, things had evolved a lot throughout the East. By that time, just beginning perestroika in the Soviet Union, disenchantment with communist regimes was widespread throughout the eastern half of Europe, interspersed with the economic crises that were experienced in several of them. Consequently, some communist leaders resorted to resurrect old or new nationalist slogans seeking to mobilize citizenship or, at least, popular support for the necessary reforms that used to be very unpopular. From the West, that renaissance of nationalism in the East was described positively or negatively according to circumstances or conveniences, as had happened with Catholic-based nationalism at the beginning of the 1980s.
A typical case was experienced in Hungary, and it turned out to be curiously similar and prior to the one headed by Milošević the following year. In 1986, new reformist politicians emerged, among them Imre Pozsgay. This one, with the sympathies of a whole group of moderate and popular nationalist intellectuals.
It is often forgotten that the Slovenians were embarked on a similar process, although wrapped in more acceptable clothing for Western criteria, as intellectual and civic forums, environmental and alternative movements and even artistic groups. Nor should we ignore that already in February 1987 and in response to the Memorandum of the SANU, the Slovenian Nova Revija published the so-called National Slovene Program, and very soon in that same magazine began to defend clearly nationalist and secessionist arguments. It is interesting to also remember that Nova Revija was financed by the Slovenian Socialist Alliance. As it was said, that did not mean that the regime supported it, but that it tolerated it. But the limits between both attitudes, mixed with the opportunist interpretations of them, began to be very blurred in both republics.

The idea that Slobo had in his head was not to solve the problems of Kosovo, but to get out of the way his old friend and protector Ivan Stambolic. Beyond ethical considerations, the truth was that once you put the cards face up there was not much room to act. Stambolic had not reacted aggressively against Milošević, and to pass the time was not the best possible strategy in a political panorama as turbid and ephemeral as it was then. Slobo went to work immediately, but with more cunning than impulsiveness. It seemed as if in a very short time I had gone from bookish knowledge to a deep experience of opportunism. His spectacular change of attitude was still very recent and there was a danger that Stambolic and his people would give him a good lesson, despite the popularity he was reaping. After all, Milošević did not control the ministries, the armed forces or the police. For the moment, he just defended his new position, marking a minimum of ground, maintaining a certain tension. But also to wait cautiously for the advent of summer, with the consequent paralysis of the political course. What Slobo controlled more and more firmly was the media and propaganda apparatus.
The conquest of power led by Slobo is brilliant to the point that years later – especially after the final catastrophe – still caused considerable perplexity. Some biographers focus on Slobo’s psychic profile as the main explanation for the whole process, highlighting his perversity or his ability to anticipate events. There is no doubt that, at the very least, Slobo possessed at that time what seemed like a great chameleon skill: from being a gray and nerdy “little Lenin”, he went on to become a mass leader, populist, manipulative and maneuvering. And all without transvesting externally: he was always a man in a suit and tie. Increasingly expensive the one and the other, but never fell in the disguises, in the descamisadas poses, in the uniforms, something easy in those times and those that came.
This detail helps to understand that, first of all, Slobo was a man of his time more than an exceptional character. In Serbia there are those who believe that their initial success and subsequent fatal error was accepting responsibilities that they finally could not control.
Serbian nationalism was not the only one that was being articulated in the Yugoslavia of those months; in the federation, one nationalism always ended up pulling another. Further north, another variety of the same phenomenon was born and grew in Slovenia. Its external image was more moderate and “Central European”: manifested through journals and cultural and alternative groups and above all, it was not projected on any ethnic minority, there were no irredentist claims. Slovenia was the only ethnically homogeneous republic of Yugoslavia, nor were there Slovene minorities in other areas of the federation. The standard of living of the republic was the highest in Yugoslavia and by then the economic crisis had affected it. But there were demonstrations of nascent Slovenian nationalism that resembled those of the Serbian.
Apparently, the political transition was beginning, the socialism of Titoist style was left behind, but without social costs. Of course there was no real or realistic project to realize that step, but the vast majority of Serbs of the time did not know it. Therefore, the enormous stage that socialism provided mixed with nationalism was becoming a true “conservative revolution”.
At this point it is worth remembering that this approach was present in the spirit of that time. Throughout the eighties and beginning with Ronald Reagan and Margaret Thatcher, neoliberalism had imposed that concept in the West. Milošević, still an admirer of North American culture, a friend of bankers, certainly Republicans and conservatives, was inspired in one way or another by that global idea of ​​change to preserve. Of course, it is impossible to imagine Slobo thinking about applying the neoliberal doctrines in his country; It was a general idea, more felt than meditated. But after all, had not that been the philosophy that Mikhail Gorbachev had initially inspired to prop up the dying Soviet regime with perestroika?.

In response to the Serbian constitutional amendments, Slovenia launched its own in September 1989, taking as a reference the Bavarian model. The initiative rejected the pre-eminence of federal laws over those of Slovenia, and created the legal-legal framework for secession. On the other hand, the new Constitution granted the republic the right not to contribute to the collective tax burdens of the federation, an argument highly appreciated by almost any rich nationality with respect to the rest of the state.
The Slovenians said that the Serbs had started with the initiative of unilaterally redefining their Constitution, without consulting the rest of the federation; Then they could do the same. But in reality they had gone much farther than the Serbs and also in an opposite direction: Belgrade had forced the situation to better control the federation as a whole; Ljubljana had done it to distance herself from her. In fact, the Slovenians had opened the door and had only to cross it and leave.
On November 30, 1989, the brand new Slovenian Ministry of Foreign Affairs issued an official resolution banning the rally. And, surprisingly, the organizers called it off at the last moment.
The Serbian response was to proclaim a boycott against Slovenian products. As of December 1, the scheduled date for the “rally of the truth”, 130 Serbian companies interrupted their relations with Slovenia. The measure was not a trifle, because it included the power cut from Serbia. It was also backed by demonstrations of public arrogance on the part of Slobo: “We wish to make it clear that not a single citizen of Serbia will beg the Slovenes to stay in Yugoslavia or stoop to offering bread and salt to those who are prepared to shoot them” .
Meanwhile, in Slovenia the Alliance changed its name to that of the Party of Democratic Reforms. Already officially, the new party waved the slogan: “Europe, now”, in clear reference to the secession towards the developed Mitteleuropa. On some walls you could read the graffiti: “Burek? Nein, danke ». The burek is an oily puff pie, common to various Balkan cuisines, from Serbia to Albania and of clear Turkish origin. The Germanic “nein, danke” completed well that kind of maniacal Germanic-European zeal that afflicted the Slovenians.
In any case, the quarrel between Serbs and Slovenes and the dramatic step taken by them went unnoticed in Europe at the end of 1989. Yugoslavia was a very minor actor. What followed the world with fascinated expectation were the political changes that threatened to collapse the Eastern bloc as a whole and that every week charged more and more push.

Croatia was the nation of the Croats, not the Serbs. These began to have problems in their jobs, there were even dismissals, a growing proportion began to think about leaving the country. After his victory in the elections, Tudjman publicly charged against the excessive number of Serbs in the media, the police and the civil service of Croatia. Among the new political parties reappeared the ustachas and their symbols, visible daily in the plaza Jelacic, center of the capital.
Most Croatian Serbs were frightened to hysteria by that display of nostalgia that was also quite hysterical. As if that were not enough, the nationalist option won the 1990 elections, for many unexpectedly. Tudjman, wrapped day and night in the shield of the Croatian checkerboard, had made his campaign with a simple language, starting with right and sinister promises that he did not care about fulfilling and publicly doubting the patriotism of his political opponents, whom he often called traitors at meetings or accused of having incorrectly quoted him. If the former communists reconverted into the new Democratic Change Party (SDP) or the liberals of the Croatian National Party (HNS) had won the elections, the situation would have been different, given that both formations and their leaders were open to consideration of Croatia as a joint state of the Croatian majority and the Serbian minority.

On October 6, 1990, Zagreb and Ljubljana presented a kind of last alternative for Yugoslavia based on the confederal structure. Subsequently, that offer was presented on numerous occasions as proof of their goodwill: they had defended until the last moment the possibility of a reform that would keep Yugoslavia alive; Serbian intransigence would have been the only one to blame for its destruction. Inside, however, Slovenians and Croats were developing an intensive rearmament program aimed at creating armed forces. Which had to do with the principle that an army of its own is one of the unappealable elements of sovereignty, along with laws, currency and international recognition. Furthermore, it was expected that the most forceful resistance to the secessionist process would come from the Yugoslav People’s Army, which was considered the purest heir of Titoite essences. Not in vain, the federal armed forces had emerged from the guerrilla parties that had driven out the German invaders during World War II and had been the cornerstone upon which the new state was founded. The military were proud of the red star that adorned their caps and that explains the success that had among them the only communist party that survived in 1990, the dogmatic SK-PJ.
Therefore, Slovenes and Croats soon applied themselves to create their own armies whose embryo was in the police forces or units of the so-called Territorial Defense system (Teritorijalna Odbrana -TO-) created by Tito in 1969. The TO consisted basically of in a system in tables, mobilizable in case of emergency based on conscripts of the reserve, workers and students, who from time to time were forced to perform maneuvers and practices. In other words, the OT constituted the frame from which guerrilla units should be formed, like those that had emerged during the Second World War.
In neighboring Croatia, the situation was more complicated. Unlike what happened in Slovenia, there was an important Serbian minority here. Therefore, neither the recruits nor the commanders of the local Territorial Defense were totally Croatian. That helped in this case the federal Army managed to disarm it completely. As a result, the new nationalist authorities of Zagreb decided to organize a new army from the police units: militarized units were created and presented as “police reserve”. With time, in the spring of 1991, they would be constituted in the denominated National Guard. But the plan was risky because the presence of Serbian agents was also important in the forces of public order and they also lacked weapons. The first problem was tried to correct mass mobilization to the reservists and forming accelerated promotions of agents from fresh recruits; but the purges of Serbian cadres were carried out with such haste that they were one of the important causes of the war that would soon break out.

On March 16, Slobo took over the Great Serbia project, and took the last step to what then seemed to be his conversion to radical, pure and hard nationalism. Apparently, nothing remained of “little Lenin”, of the convinced and effective Marxist; perhaps not even of the “American Slobo,” with neoliberal borders. However, Milošević’s attitude throughout that decisive month of March 1991 came to be that of all the republican presidents of the broken Yugoslavia; or at least, for those who carried the singing voice. For all without exception, the dilemma was the following: how to conserve power in the republic itself and obtain from the decomposition of Yugoslavia the best possible advantages for its people, its proteges, its electors.
The first question depended a lot on the first: depending on how the federation was left or abandoned, the power itself would settle or be endangered. That meant that while they were doing their calculations and testing their options on their own, they also tried to keep in touch and negotiate the negotiable with each other. The Slovenians wanted to leave without problems: with the applause of the Western powers, brand new winners of the Cold War. That would mean aids, credits, certificates of Europeanness that in turn would bring more credits and aid. The Croats wanted to leave the federation in the same way: making it clear that it was worth it.
The essence of the self-determination that was taking place in Yugoslavia was the creation of national states, not the preservation of borders; and this was an objective not only persecuted by the Serbs. Exactly and according to that logic, in its new Constitution the Croats had omitted any reference to the populated Serbian minority: for the new power in Zagreb, Croatia was the homeland of the citizens of Croatia, whether Croatian or not. On the other hand, the nationalists of Zagreb were making the same calculations as those of Belgrade with respect to the Croatian nation, dispersed in turn in Bosnia. In case something was missing, more than twenty years before those dates, the Albanians of Kosovo had asserted the supposed rights of the national group.
The answer was in the political situation within Serbia itself: the issue of the Serbian minority in Croatia could not be cornered because Slobo was afraid of the nationalist opposition in his own Serbia and could not betray, at least for the moment, such a cause sacred to them. In fact, during the Usce meeting, on March 11, he had received public support from the Serbian nationalist leaders of Bosnia and the Croatian Krajina, both from the SDS and confronting Vuk Draskovic. The shock of what happened on March 9 was too fresh, the Army did not seem capable of defending itself. Leaving the remote Serbs of the Krajina in that spring might have meant the end of Slobodan Milošević. Or at least that seemed to believe himself.
In Belgrade, the largest Orthodox temple in the Balkans was being built. From the Balkans? All over the world, really. The plans had been drawn up in 1895, coinciding with the tercentenary of the immolation of the body of St. Sava by the Turks – the saint had died in the thirteenth century during the pilgrimage to the Holy Land. But the Balkan wars and the First World War postponed the works until 1935. Then came the Second World War and then the communist regime. Only in 1987, Slobo approved and supported the resumption of the works, which were also made with great pomp and display of propaganda. The new nationalist environment made the temple a center of patriotic celebrations, such as the commemoration of the sixth centenary of the Battle of Kosovo, in 1989.

The decisive October 4 was made public the project developed in The Hague to end the war in Croatia and resolve the dispute raised by the galloping disintegration of Yugoslavia. Carrington’s plan was very well defined by the expression: “Yugoslavia à la carte”. According to this idea, each republic could choose the degree of relationship that it would maintain with the rest of the confederal partners, if it decided to remain in a mere alliance of ex-Yugoslav republics. It was certainly like choosing a menu of obligations and commitments, a model of free association based on the same CE. In fact, the plan as a whole had been conceived as part of a program to bring the new ex-Yugoslav republics closer to the Community within the framework of the construction of the new Europe contemplated in the Charter of Paris of November 1990: the more they collaborated they, the links with the EC would become narrower.
Of course, the possibility of absolute sovereignty, without ties of any kind, was also contemplated. But in any case, all the republics had to guarantee the necessary constitutional and legal freedoms for the existing minorities within their borders. This meant that each of them would have to commit themselves to the application of a “special status” for their minorities, under Chapter II of the plan: the regions designated as such would have their own national emblem and anthem, and dual nationality for their population. And in addition, its own system of education, its police, its legislative, administrative and judicial structures, whose positions would reflect the dominant ethnic composition. Finally, they would be constituted in demilitarized zones. The “special status” had been inspired by the agreement for the Alto Adige applied by Austria and Italy after laborious negotiations; but the one that had been thought for the Yugoslav republics went much farther.
On the whole, a confederation of purely Anglo-Saxon inspiration was proposed, but in the spirit of a markedly Europeanist style plan. According to many diplomats, Carrington’s plan was the best of those conceived for the former Yugoslavia.
No other Yugoslav city was destroyed as Vukovar. It was thoroughly destroyed by heavy artillery, as the Russians would later do with Grozny. It was the image of how Dubrovnik or Sarajevo could have been if their besiegers had wanted to.
Milošević was very clear that he had won as much as possible without reaching an excessively bloody war with an unpredictable end. What did Zagreb want to take, what political utility did it have for Serbia? Any. In the best of cases, it would only serve to give political prominence to the Army and that was what Slobo wanted to avoid at all costs. Precisely, it was time to leave Croatia, to get rid of that nuisance of the annoying Serbian minority and negotiate. They began to understand many things. For example, that on August 21 General Spiro Nikovic, commander of the Army Corps of Knin, had been dismissed after trying to take the port of Zadar, which would have cut Croatia in two. His successor, General Vladimir Vukovic, followed the same fate: he was not authorized to take the port, and he had to leave the command when on 21 November his troops destroyed the Maslenica bridge, which greatly hampered communications between central Croatia and Dalmatia The war had ended in Croatia and, apparently, Vukovic had not heard about it.

The government of Bonn showed the great Achilles heel of community diplomacy: its lack of unity in foreign action. Although he was tried to give as little publicity as possible, the gesture of Germany was quickly imitated by another community partner: Greece. Following the Germans in the selfish imposition of their interests on the rest of the European partners, the government of Athens made it known that it would veto the independence of Macedonia, since that was the legitimate denomination of the northern region of Greece; and by maintaining it, the new republic was ostentatious of supposed expansionist intentions. That opened a dispute that would last many years. But what was not denied to the Germans could not be taken away from the Greeks either.
All this could only bear a bitter fruit: the loss of respect on the part of the Yugoslav republics. Serbian propaganda was outwardly outraged and clamor rose that echoed other times and denounced the emergence of a genuine German Fourth Reich with expansionist and imperialist ambitions in the Balkans, which were echo of other eras. And certainly such accusations managed to sink for months in Europe. But above all, Slobo rubbed his hands with gusto, because the German decision benefited him from all points of view.
In the first place, it had freed him from the trap that the Carrington Plan meant. If the community pressure backed by the UN had come to impose it, Belgrade would have had much less legal maneuvering base.
Second, the Croatian Serbs did not care much for Slobo, which was showing signs of forcing the withdrawal of the federal Army and most of the Serbian paramilitaries. Then he was not at all disturbed by the recognition by Germany of Croatia and Slovenia. On the contrary, let us remember that Milošević needed a Greater Croatia as a justification and support of the Great Serbia that he was trying to build in a hurry. An idea that would be consummated on the crucial distribution of Bosnia. In case there was any slight doubt, Slobo reminded Tudjman several times in those weeks; and directly on the same day of the armistice, on January 2, when he commented: “The question of the Serbs of Croatia is of minorities, not of territories.”

Serbia lived in a strange social situation. The financing of aid to the Bosnian Serbs led to a galloping inflation that even exceeded the historic 1923 inflation in the Weimar Republic. Banknotes worth hundreds and then billions of dinars were issued, which inevitably led to the paper on which they were printed costing more than the amount indicated. In January 1994, almost to end, inflation was already 310,000,000%, which meant that it increased more than 2% per hour and 62% per day.
All this made daily subsistence a surrealist exercise. The weaker strata of society paid hard: the elderly, widows or disabled, anyone who received a pension from the State, checked how it volatilized in a few days because of inflation. They began to see beggars and people looking in the garbage cans, a very strange show in Serbia, where the survival of the large extended family and very supportive, with very close agrarian roots in time and space, usually covers that type of problems. There were even some elderly suicides.
In August 1994, Slobo publicly and personally denounced the Bosnian Serbs. The press listened to the signal: the “brothers” of Bosnia became the “scourge of their own people”. A violent campaign brought to light the dirtiest rags, including war crimes and the amounts that Karadzic spent on roulette, as well as business of all kinds in which Bosnian Serb authorities were mixed. Only the Church decided to publicly support the Bosnian Serbs in a statement issued by the archbishopric on August 10. Therefore, the Serbs, who had often boasted of being at odds with the entire planet, were divided among themselves. Never before, reality betrayed the motto of the Serbian shield.
Karadzic’s response was, to some extent, enigmatic: “A mother has the right to slap her son, but the child can not raise her hand against her mother.”
Serbia, which had a vision for the future, wanted peace and was the key to peace for Bosnia.

Slobo was still in power and it was true that he could still rely on a silent majority. This did not have the combative enthusiasm of the opposition because it was not in its nature: it was the conservative Serbian peasantry and a good part of the industrial workers who panicked at a too abrupt leap towards economic liberalism, with massive and definitive closures of factories, dismissals without the right to unemployment insurance and unsubsidized prices. The regime was socialist, after all, and although it resorted to patriotic discourse, it is forgotten that ultra nationalists, like Seselj, had to resort to a socializing tone that, by the way, gave them numerous votes. With Slobo was also, although without enthusiasm, an important part of the civil service, especially the basic and the provinces, as well as a diffuse but influential class of careerists, blacksmiths and profiteers.

The promotion of Slobo to the federal presidency left the Serbian presidency vacant and that precipitated new elections for September 21.
The elections were the mirror of the decomposition that affected the whole Serbian political scene. From the outset, the presidential elections were invalidated because the candidate with the most votes, who was the Socialist, only obtained 35.9% of the votes, that is, he was far from the 51% necessary to be elected president in the first round, as demanded the Constitution. That candidate was Zoran Lilic, a minor political figure, who had acted as Slobo’s straw man. In fact, he had chosen him as a candidate for the Serbian presidency because of his malleability: he did not want to risk that a more capable or clever character could use the important powers he would enjoy in the office to revolt against him. But it had been very short: Serbian voters had not accepted a mediocre caliber.
At the other end of the political spectrum, the opposition was deeply divided. While Vuk Draskovic appeared alone, the remains of Zajedno opted for a boycott and worked energetically to make it happen.
1998 would be the year of the war in Kosovo. Since the month of November, when the UÇK had made its first public intervention, the Drenica region had become a forbidden territory for the Serbian security forces and it seemed that the situation was getting worse at times. All this had to do with the spectacular collapse and subsequent collapse of the State, which occurred in neighboring Albania during the first half of 1997. As a result of the bankruptcy of a fraudulent scheme of pyramid investments, very similar to that organized by Gazda Jezda and Dafina Milanovic in Serbia four years earlier, the whole south of the country was in rebellion and chaos reached the very streets of Tirana. The military left the barracks, the police, their police stations and thousands of citizens provided themselves with firearms, up to a total of 300,000, according to reliable calculations. A part of the assault rifles went to Kosovo, sold at the price of balance: possibly about 150,000. With these weapons, the UÇK ceased to be a terrorist group that hit where it could, to become a guerrilla army capable of proposing a campaign of territorial liberation, in the style of the Kurd PKK or the Central American guerrillas.
The UÇK was also gaining increasing social support, which was logical. So far, the political control of Kosovo’s Albanian population had been in the hands of the LDK or Democratic League of Kosovo, a coalition that since 1989 grouped the supporters of the struggle for independence.
Another big business was emigration. A good part of the Albanian population of Kosovo survived thanks to the currencies sent by their relatives, who worked in Switzerland, Germany or France. The migratory current was historically very abundant, but from the beginning of the disintegration of Yugoslavia until the end of the Bosnian war in 1995, it had been 350,000 people, a very considerable figure for the total of 1,227,000 Kosovo Albanians of 1988.
From Belgrade, the Albanian emigration was contemplated with great complacency. On the one hand, it served as a social escape valve: the youngest and most ambitious, the potentially most aggressive, left. In fact, the Serbian authorities favored the exodus, facilitating the acquisition of the necessary documents, means of transport and even more or less clandestine channels to enter the West.
For the West, Kosovo was a problem to forget, purely and simply an annoying hindrance. With the ruins of Bosnia still hot and a peace more than precarious, no one was interested in committing to another. In addition, the Kosovar question presented a very delicate profile. Favoring separatism there meant that Westerners betrayed themselves after several years of insisting that the borders of the ex-Yugoslav republics could not be changed from the pre-existing ones in the time of Titus. Kosovo was not a republic, but a province, and if its secession was backed up and its independence was blessed, the 1991 Slobo was right.

On July 6. That day, the Constitutional Commission announced that three amendments were applied to the 1992 Constitution, under which universal direct suffrage would be introduced for the election of the president. Slobo had carried out the old threat he had made to Djukanovic before the 1997 presidential elections: universal suffrage meant that the 600,000 inhabitants of Montenegro would not have any weight in the election of federal president in front of the 10 million Serbs. It was logical that Slobo acted this way since Montenegro had almost become de facto independent and the hostile attitude of Djukanovic would make impossible any glimpse of possibility for the Serbian. In addition, Milošević knew that, in that way, he even derailed the Montenegrin offensive seconded by Westerners. Following the constitutional amendment, Djukanovic launched the slogan to boycott the presidential and legislative elections, which was contrary to the Westerners, who wanted to join forces against Slobo, not the secession of Montenegro. But there was no way: Djukanovic even bowed to Maddy Albright herself and did not enter into reasons. Montenegro, as an ally against Belgrade, had deactivated itself.
With the announcement of the constitutional changes, Slobo his electoral rigidity on July 27, when he announced that the elections were scheduled for September 24. Once again, the chronicles of those days ignored the motivations of such a controversial step or chose somewhat absurd explanations. There was no lack of talk about Mira’s superstitions and her love of astrology. They also used to mention the isolation in which Slobo lived by then: he was not informed of anything, the telephones were silent, the reports did not circulate from the bottom up, nobody was aware. Not even the Russians or the Chinese, the last external allies of the regime, had warned Slobo of what was coming.

BBC-Mundo.com
Thursday, June 28, 2001 – 18.52 GMT
MILOŠEVIĆ, RUMBO TO THE COURT OF THE HAGUE
Former Yugoslav President Slobodan Milošević was extradited Thursday to be placed at the disposal of the United Nations International Tribunal for the Former Yugoslavia.
This was confirmed by the court itself and the Belgrade government.
Milošević is accused of planning and ordering a campaign of terror, persecution and violence against Kosovo Albanians in the late 1990s and will be the first president to be tried in The Hague court.

On St. Vitus Day of 1389, Prince Lazar’s troops lost the battle of Kosovo Polje to the Ottoman armies.
On Saint Vitus Day in 1914, the student Gavrilo Princip killed Archduke Franz Ferdinand in Sarajevo, giving rise to the First World War.
On St Vitus Day in 1989, Slobodan Milošević gathered tens of thousands of people in Kosovo Polje, becoming the great leader of Serbia.
On San Vito Day 1990, Slobo revealed to Bora Jovic that Slovenia and Croatia could leave the Yugoslav federation, but not without the Croats negotiating with Belgrade the fate of their Serbian populations.
On Saint Vito Day 1991 began the international diplomatic intervention in the wars of the former Yugoslavia.
On San Vito Day in 1992, French President Francois Mitterrand miraculously landed in Sarajevo and managed to get the airport into the hands of UN forces, which helped save the city from the Serbian siege.
The Serbs say that on St Vitus Day strange and terrible things happen.

Slobo soon gave in to his vanity. He did not formally recognize the court, but when the sessions recommenced in February 2002, he started his own defense and since he did surprisingly well, he got involved in the task. Since the matter had been presented as a show trial, Slobo’s spectacle response did not please the great Western press, which since the intervention of NATO in Bosnia in 1995, expected to report some spectacular collapse of the Serbian side, a demonstration openly embarrassing of clear submission.
Swiss prosecutor Carla del Ponte had debuted accusing Slobo of being “responsible for the worst crimes against humanity.” And he continued: “Some incidents revealed an almost medieval savagery and calculated cruelty that goes beyond the limits of legitimate war.” But as a British legal expert said at the time, commenting on the sessions from the BBC, it was one thing to pronounce such allegations, and quite another to show them in court.
In spite of everything and unfortunately, the trial of Milošević can not be detached from a disturbing cloud. It seems to be integrated into a line of legal action that starts from the process organized in 1990 against the president of Panama and former CIA agent, Eduardo Noriega. In other words, it is part of a suspicious neocolonial political conduct rightly taken up by the Western powers after the end of the Cold War, each time with less prejudice, and whose latest chapter has recently taken place in Iraq. In the Balkans, worrying symptoms had already appeared in the language of journalists and politicians: in Bosnia there were Muslims but “blondes and blue eyes”, the genocide was being committed “at a flying hour from Paris”, the Balkan tragedy ” humiliated Europe ».
Thus, the trial against Slobodan Milošević at the ICTY was the missed opportunity to apply international justice, basically technical, against the person responsible for an abusive and destabilizing policy, which certainly and for serious reasons deserved to be removed from the post he occupied and enter in prison. It is assumed that the proper development of the trial with the necessary documentary evidence should have been sufficiently exemplary by itself. The instructive spectacle was over, especially once proven how poorly organized it was. And more taking into account that it was not a judgment on the faults derived from a world war, like those of Nuremberg and Tokyo with which many times it was mistakenly compared.
Another of the ICTY’s major shortcomings was not to collectively prosecute those responsible for crises and human disasters. As the agents chosen as accusers or witnesses paraded without pain or glory in The Hague, it was found that many of them did not have too much interest in throwing accusations that could appear mixed with their own faults, in addition to dark agreements someday agreed with Slobo and clear secrets voices. Milošević was not solely responsible for the disasters of the former Yugoslavia and from the moment this was set aside, his trial was widely misrepresented.
Consequently, and assuming all their faults and crimes, the effigy of Milošević in the ICTY is being contemplated by many Europeans as the inmate who has ended up charging their own and others’ faults. Slobodan Milošević was a particularly prominent character, a larger figure than the others in the pantheon; but the truth is that it has numerous sizes of rich polychrome. And since Slobo’s was the most relevant, he summarized the faults of everyone and the mistakes of others.
That means that in reality, Slobo’s image has been magnified, sometimes in a calculatedly interested way. It was even said that for many Western politicians and diplomats, negotiating with the powerful and ruthless Milošević was a kind of bell of honor. He was certainly skillful, because he had more of a cheat lawyer than a statesman, as he demonstrated in the Hague trial. He was intelligent, he had a privileged memory, he had guile, he knew how to be clever. On the other hand, he was one of the most Westernized Balkan politicians, which made him a good connoisseur of the weak points of his adversaries, especially the Americans. So by the mid-nineties he had developed a multi-faceted mentality and that was one of his most effective assets: Milošević was an Americanized Balkan communist. With the additional advantage that he could use his three ways of thinking separately, combine them in pairs or apply them all at the same time.

It seems evident that there were different “Slobos” according to the different epochs. There was an enthusiastic communist Milošević, perhaps naive and even generous. That person transformed as he prospered. His time as a banker changed him a lot internally. The clash between his communist ideology and admiration for the American way of life gave rise to a strange cocktail. In addition, very changeable times would soon come when adaptation capacity began to be perceived as a very positive feature.
We should not confuse what Westerners would have liked with the reality of the situation. Sometimes Milošević is blamed for introducing into the process of the disintegration of Yugoslavia the pan-nationalist variable to the detriment of the scheme of self-determination based on pre-existing borders. Are you sure it was like that? In reality Tudjman wanted the same as Slobo at the expense of the Bosnian frontiers and proclaimed it with total impudence, while Germany supported his newly gained independence based on the right of self-determination of the peoples and within the republican frontiers of the time of Titus. And the same had been desired for years by any of the Albanian nationalists in Kosovo; and so they formulated it from the moment they asked for the transformation of the province into a republic, and what was their idea with regard to the Albanians of Macedonia …
Milošević had the last chance to shine in the Dayton talks that ended the Bosnian war. But it was more a personal triumph than really political. The bleeding of Bosnia stopped, but the wear to Serbia had been excessive, as the protests of the winter of 1996 demonstrated.
The end of that phase brought the worst Slobo, willing to stay in power at all costs. Even so he managed it for more than four years, a third of the Milošević era, a record of survival under the circumstances, which included uninterrupted NATO bombing for 78 days. And in the end, the effort that the Western powers had to organize the Serbian opposition was considerable. Added colophon: following the problems of coordination between allies that generated the military campaign, Washington lost interest in NATO and was the beginning of the end for that alliance.
We must insist that Slobo did not impose a dictatorial regime in all this time, meaning the abolition of political freedoms and parliamentary representation, with the establishment of a single-party system. It must be remembered that, precisely, Milošević fell because of some
elections called by himself in September 2000. That does not define him precisely as a dictator. Actually, I could not institute such a regime because I did not have the means to do so. He did not trust the federal army, which he had manipulated and in a way betrayed in 1991 and 1992. He never possessed enough control of the state apparatus or broad political support to impose a civil dictatorship. Nor did he have the social base that would have allowed him to play caudillismo. His was the legal trickery.
For the rest, the use of “men for everything” capable of organizing beatings or arming paramilitary groups entered more fully into gangsterism than into politics; but even so, that way of acting had some relation to a distorted interpretation of his legal profession: Slobo dictated the law-when he could-and distorted it once promulgated. That was another of the basic levers of his power.
All this was not at all innovative. He remembered similar regimes organized previously, usually in countries with historical deficits of democracy.

The political epitaph of Slobodan Milošević could be the following: he ruled the last Yugoslavia as if it were a great international power. With the audacity, arrogance and brutality with which the great statesmen handle their great all-powerful states. But it was something like driving a small Zastava 600 Fiéa on the big racing circuits, with aspirations to do the role of a Formula 1. Within what fits, achieved results beyond what was expected. But he was losing pieces along the way and the final disaster, for Serbia, and for himself, was of considerable proportions.

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