Born. Montoneros — María O’Donnell / Born by María O’Donnell

Una historia increíble, pero rigurosamente investigada y presentada. Quizá por eso no es tan fácil de leer, pues son muchas las personas involucradas en el secuestro. No debiera ser problema para los lectores argentinos, pero quienes no estamos tan familiarizados con los protagonistas de la política y de la delincuencia argentina, podríamos beneficiarnos de un listado de personajes que facilitará las consultas. Tampoco la autora escribe muy bien, pero son problemas menores ante la magnitud de los hechos que narra y su significado para Argentina y el resto de la región.

O’Donnell ofrece una mirada fascinante a un punto de inflexión clave en la historia de Argentina que ha sido eclipsado por la vasta literatura sobre la “Guerra Sucia” de los 70 y sus desastrosas consecuencias políticas y humanas. El extravagante rescate pagado por la liberación de los hermanos Born (más de US $ 200 millones en dinero de hoy) financió gran parte de la sofisticada letalidad que los guerrilleros montoneros establecieron como su marca y que fue utilizada para justificar el golpe militar de 1976 contra una administración peronista elegida y la dura represión que siguió. Tan solo mover tan enormes sumas se convirtió en un problema que el autor describe con un poco de humor. El lavado de fondos involucró el envío de una gran parte de él bajo cobertura diplomática a Cuba, para ser atendido por el régimen de la isla. La dirección de Montonero -un puñado de personas de unos veintitantos que permitió que el rescate dominara a más de mil insurgentes armados pagados, según el libro- le confiaron la mayor parte de los dineros existentes -obténgalo- a un banquero local, el Sr. Gravier, que les pagó un atractivo interés, cortesía del malvado sistema capitalista. Sin embargo, murió una muerte prematura, dejando los fondos detrás de las paredes de cuentas secretas en Suiza, para disgusto de sus clientes guerrilleros. Justo donde el dinero fue después de eso es una historia digna de la Sala de Ámbar y ha sido objeto de mucha especulación. Los miembros de la junta militar y sus secuaces produjeron sufrimientos indecibles para encontrarlo, mientras que los frenéticos Montoneros vieron cómo se disolvían sus finanzas de guerra. Aunque el tema del dinero de la guerra de los Montoneros ya fue discutido, el libro de O’Donnell es el primero en dar voz a una de las víctimas del secuestro y sus conocimientos únicos sobre el funcionamiento de la “Operación Mellizas”. La inclusión de este elemento finalmente convierte la historia en un testamento condenatorio del poder corruptor del dinero, revelando otra razón, usualmente ignorada, por la cual la “guerra sucia” merece ampliamente su nombre. También ayuda a explicar el hecho contrario a la intuición de que Mario Firmenich, el famoso jefe Montonero, recorre las calles de Barcelona sin pagar.

El indulto que Carlos Menem concedió a Mario Firmenich, el dirigente de los Montoneros, la guerrilla peronista que había dejado las armas con la democracia y había apoyado al candidato riojano para las elecciones de 1989, con una generosidad que me pareció un ejemplo de ese tipo de intercambios.
Salvo por un detalle. El dinero que los Montoneros habían aportado a la campaña menemista provenía del rescate que habían cobrado por el secuestro de los herederos. Pero ni remotamente se acercaba a la cifra descomunal que había pagado Jorge Born II, el padre de los hermanos.
Sesenta millones de dólares de hace cuarenta años. Actualizado según el índice de inflación de los Estados Unidos, el equivalente a 260 millones de dólares de hoy: una cifra récord, nunca superada.

En enero de 1975 los Montoneros hicieron un balance de la marcha de la Operación Mellizas.
Durante más de tres meses habían acumulado un puñado de contactos, todos frustrantes, con distintos empleados de Bunge y Born. El padre no se había dignado a atenderlos: recibía sus mensajes por medio de terceras personas.
Al primer pedido de rescate, de 100 millones de dólares, uno de sus intermediarios había transmitido su contrapropuesta, tan irrisoria que bordeaba lo temerario. Un abogado cajetilla que por alguna razón trataba a los Montoneros como si fueran sus subordinados, les había ofertado, como quien se cree en la posición de poner condiciones, 10 millones de dólares.
Apenas el 10 por ciento del monto exigido.
Una burla. Ni siquiera ameritaba consideración.
En respuesta, los Montoneros cortaron toda comunicación. Pensaron que al pasar semanas sin noticias Born II comprendería de una vez quién mandaba. Pero ni siquiera el silencio forzó una movimiento del empresario.
Los Montoneros habían dado un golpe espectacular el 1° de noviembre, y ni una palabra le había llegado a Born III.
Cuando Jorge Born II se decidió a iniciar la negociación con los Montoneros, sus hijos llevaban cinco meses en la cárcel del pueblo. Para Juan había sido un tiempo excesivo de encierro e incertidumbre, y se había desestabilizado. El psiquiatra montonero, que se había prestado a medicarlo, llegó a advertir, al menos, que si no lo liberaban pronto, el trauma podía dejar una huella duradera.
Las partes no habían logrado aún acordar una cifra cuando se hizo evidente la disparidad entre ellas. Desde los primeros intercambios se notó que Bunge y Born podría disponer de millones de dólares en billetes de baja denominación, pero que los Montoneros difícilmente lograrían resolver la cuestión logística del cobro y el movimiento ulterior del dinero.
Jorge Born III observaba a sus captores con desaprobación ya casi automática: eran unos improvisados. Lo alteró sobremanera que reclamasen sumas de dinero para cuyo manejo no estaban preparados. ¿Cómo podían ser tan necios?
Él había cumplido con su parte: su padre había abierto al fin la negociación. De a poco, también, él se había transformado en un interlocutor que, cautivo y en ropa interior, guiaba y les ofrecía soluciones a la guerrilla mentecata.
La liberación de Juan se produjo el 23 de marzo de 1975, al cabo de seis meses y tres días de un cautiverio que le resultó insoportable.
Un empleado de seguridad de la compañía le explicó que si bien ya no estaba en manos de los Montoneros, tampoco era libre del todo. Hasta que se resolviera la situación de Jorge, debía vivir en Europa, lejos de su mujer y de sus hijos, que se encontraban en el Uruguay. Su padre se había encargado de procurarle las comodidades que lo esperaban en Alemania.
Por el momento debía llevar los documentos que le habían preparado y subirse a un avión privado que lo llevaría de inmediato a Montevideo. Allí haría los trámites para el embarque a un avión comercial con destino a Europa, y esperaría apenas dos horas hasta el despegue.

La Operación Mellizas —argumentó— les iba a permitir a los Montoneros alcanzar la autofinanciación, un objetivo que los distinguía de otras organizaciones armadas con menor grado de autonomía. Firmenich explicó:
—Para nosotros esta es una muestra más, la más importante, de una política que hemos sostenido siempre, que es la política de autofinanciación. Hace ya ocho años comenzamos a hacer operaciones de muy poca envergadura, operaciones que hoy son risueñas, como asaltos a estaciones de servicio, a restoranes, quedarse con los relojes de los comensales para hacer bombas… Hasta que evolucionamos a operaciones de mayor envergadura, como el robo de bancos. Muchos grupos revolucionarios del continente han fracasado en sus postulados por vulnerar el principio de la independencia política, basada en la autosuficiencia económica y militar. El apoyo externo es algo sumamente importante para una revolución, pero de ningún modo determinante.
Al término de la dictadura que se extendió desde 1976 hasta 1983 y de un enfrentamiento que costó 30.000 desaparecidos, los Montoneros acabaron —según Galimberti— en el reino del revés.
“En todas las luchas guerrilleras que se han librado en el mundo siempre se han perdido primero los recursos organizativos, básicamente los medios económicos”, explicó Galimberti; los Montoneros, en cambio, “perdieron la guerra, perdieron la gente y pasaron a ser los dueños de una cifra exorbitante de dinero”.
Es decir que los millones estaban en algún lugar.
La persecución del botín no podía concluir con la implosión de la dictadura por los coletazos de la derrota en la guerra de Malvinas.

Al Excelentísimo Señor Presidente
Dr. CARLOS SAÚL MENEM
Algunas consideraciones sobre cuestiones judiciales y el tema de los recursos:
En la audiencia a la que debimos compadecer en la Causa Born (Juez Luft-Juzgado Federal de San Martín), que teóricamente había sido consensuada con el fiscal Romero Victorica, se hicieron presentes sorpresivamente el abogado de Jorge Born, como querellante, y un representante de la Procuraduría del Tesoro.
Nos llama la atención la presencia del abogado de Jorge Born. El desarrollo del trámite judicial, bajo estas condiciones, seguramente inmovilizará los recursos que quisiéramos destinar al financiamiento de actividades productivas de los sectores más humildes.
Ratificamos lo que manifestamos en nuestro memo anterior en el sentido de acelerar los acuerdos para la entrega de recursos y acordar con Jorge Born los mecanismos para que se eviten problemas.
Por todo ello reiteramos nuestra disposición para conversar con Jorge Born, lo que podría gestionarse a través del Tata Yofre por su relación con el mismo, evitando que la insistencia de la acción procesal del fiscal Romero Victorica pueda perjudicar los objetivos que venimos planteando.
Reciba Ud. un respetuoso y fraternal abrazo.
 
Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja.

El 28 de octubre de 1991, los abogados de los Graiver (Mariano Weschler y Omar Espósito) y el abogado de los Born (Enrique Constantino Peláez) firmaron un convenio misterioso. Sin reconocer derechos a los Born, los Graiver les cedieron el cobro de una parte de la indemnización que les había otorgado Alfonsín.
¿Cuánto dinero? La cifra nunca se asentó en un documento.
El arreglo se presentó ante el juzgado sin números, y en lugar de formar parte del expediente principal fue a parar a un incidente archivado, desde entonces, en un sótano inaccesible.
Una fuente vinculada a la negociación señaló que el pacto resultó más sencillo porque gracias a la compra de bonos el dinero (ahora, a repartir) se había elevado de 30 a 50 millones de dólares.

¿Quién traicionó a quién durante la dictadura?
Llegó la democracia. Raúl Alfonsín encontró en el secuestro de los hermanos Born la única causa que le iba a permitir juzgar a Firmenich. Con Carlos Menem, los Montoneros echaron mano al botín para facilitar el indulto de todos ellos. Las vueltas de la vida: Firmenich recuperó su libertad gracias a los frutos del delito por el cual había sido juzgado.
El rencor perdurable de Rodolfo Galimberti con sus ex jefes, asentado menos en diferencias tácticas o ideológicas que en el modo en que le habían bloqueado el acceso a los fondos en Cuba, se sumó a la avidez de un grupo de funcionarios corruptos. La combinación permitió que Jorge Born III recuperase algunos de los millones de dólares que se habían pagado por su rescate y el de su hermano Juan.
Aunque David Graiver había usado el dinero de los Montoneros en Nueva York, los herederos pagaron la cuenta con la indemnización que Alfonsín les otorgó por sus bienes en la Argentina. El negocio les convenía de todos modos.
A los 57 años, Jorge Born se encontró jubilado. De cierto modo, como consecuencia de aquel desvío de su camino el 19 de septiembre de 1974.
Retuvo sus acciones y siguió votando en las asambleas. Perdió algunas batallas más, hasta que en 1999 Bunge y Born se redujo a una compañía de agronegocios con cabecera en White Plains, estado de Nueva York, en los Estados Unidos.
La nueva firma, que a diferencia de su antecesora se abrió a la cotización pública (NYSE: BG) ya no lleva su apellido. En el proceso de transformación, los accionistas votaron para que se llamara Bunge Limited.

En 2015 Jorge Born habló sobre su secuestro por los Montoneros, los nueve meses de cautiverio en las cárceles del pueblo Piojo 1 y Piojo 2.
—¿Cree que su padre dudó sobre si pagar o no?
—Yo pienso que quería [pagar], pero no una cifra disparatada. Nunca estuvo dispuesto a pagar 100 millones, como le pedían los tipos. Se puso duro para negociar hasta el final.
—¿Sintió que usted lo tuvo que convencer?
—Mi padre estaba muy preocupado por mi hermano Juan. Cuando recibió las primeras cartas se dio cuenta primero que yo estaba bien.

—¿Sospechó que alguien los había entregado?
—Me dijeron mucho tiempo después y nunca lo pude comprobar, pero parece que fue así: el tipo que manejaba todo eso era el que había sido el ministro de Economía de [Juan Domingo] Perón, [José Ber] Gelbard. Estaba metido con la zurda y él les decía: “Pidan esto o pidan lo otro”.
—¿Y dentro de su empresa?.
—Yo siempre pensé que había algún espía dentro de la empresa, porque si no, no podían saber dónde ni cómo estaba la cosa… Pero nunca lo pude saber ni descubrir. Tal vez algún contacto de Gelbard en la empresa…

—¿Qué tipo de acuerdo hizo con Galimberti?
—Vino a ayudarme en la época de Menem. Después algo le regalé, porque me ayudó como loco…
—¿Le pagó una suerte de comisión?
—Él consiguió todo. Desde el primer día me dijo que habían cometido un error y que, aunque él no era el capo, que asumía su responsabilidad… El tipo se portó muy bien. De todos los montoneros de un cierto nivel, fue el único que tuvo esa actitud. Declaró que esa plata la tenía [David] Graiver.
—¿Cuánto recuperó?
—Sacamos 6 o 7 millones [de dólares]. Nada que ver con los 60 que pagamos. Intervinieron muchos abogados, mucha gente…

—Cuando lo sacaron de la presidencia de Bunge y Born, ¿se sintió traicionado por Octavio Caraballo, su sucesor?
—Octavio se portó bastante mal. En la época de Mario no había duda de que nos apoyábamos los unos a los otros siempre, porque éramos las dos familias grandes en términos de acciones. Cuando murió Mario sus acciones se dividieron, y las nuestras también se habían dividido cuando murió mi padre. Había unos accionistas chiquitos de Europa, de Amberes, que Octavio se los trabajó para que lo votaran a él. Lo hizo todo a mis espaldas. Previo a eso anduvo politiqueando parientes y demás, cosa que mi padre y Mario jamás hubiesen hecho.
—¿Usted estuvo de acuerdo con vender las industrias y las empresas de alimentos y solo permanecer en la venta de granos?
—Acá al final se vendió todo. Le vendieron Molinos a Pérez Companc; una compañía inglesa compró Alba y Grafa pasó a los brasileros. En eso sí estuve de acuerdo. Pero no con las ventas en Brasil, Venezuela y Perú: ahí dije que de ninguna manera, y algo subsistió.
—También le sacaron el apellido Born a la compañía…
—No estuve de acuerdo en vender todo, pero voté a favor de sacar totalmente el nombre de Born de la compañía. Total, era una bolsa de gatos. La compañía se llama Bunge Limited. El nombre de Bunge y Born quedó solo para la fundación, en la empresa quedó Bunge solamente.
—¿Qué quedó de la empresa?
—Ahora somos más brasileños y americanos que otra cosa. La operación central está en Estados Unidos y luego en Brasil. Acá quedamos como exportadores de cereales, nada más. Fue una liquidación. No se podía trabajar más acá.

An incredible story, but rigorously researched and presented. Maybe that’s why it’s not so easy to read, because there are many people involved in the kidnapping. It should not be a problem for Argentine readers, but those of us who are not so familiar with the protagonists of Argentine politics and crime, could benefit from a list of characters that will facilitate consultations. Neither the author writes very well, but are minor problems before the magnitude of the events that narrates and its significance for Argentina and the rest of the region.

O’Donnell provides a fascinating look at a key inflexion point in Argentina’s history that has been overshadowed by the vast literature on the 1970’s “Dirty War” and its disastrous political and human consequences. The outlandish ransom paid for the release of the Born brothers (over US$ 200 million in today’s money) bankrolled much of the sophisticated lethality that the Montonero guerrillas established as their trademark and that was used to justify the 1976 military coup against an elected Peronist administration, and the heavy-handed repression that ensued. Just moving such enormous sums around became a problem the author describes in somewhat humorous detail. Laundering the funds involved sending a large part of it under diplomatic cover to Cuba, to be looked after by the island’s regime. The Montonero leadership – a handful of twenty-somethings that the ransom allowed to lord over a thousand-plus paid armed insurgents, according to the book – entrusted most of the extant monies – get this – to a local banker, Mr. Gravier, who paid them a handsome interest, courtesy of the evil capitalist system. He died a most untimely death, however, leaving the funds behind the walls of secret accounts in Switzerland, to the chagrin of his guerilla clients. Just where the money went after that is a tale worthy of the Amber Room and has been the subject of much speculation. Members of the military junta and their minions produced untold suffering to find it, while frantic Montoneros saw their war finances dissolve. Although the money trail of the Montoneros’ war has been discussed before, O’Donnell’s book is the first to give voice to one of the kidnapping victims and his unique insights into the workings of the “Operación Mellizas”. Including this element ultimately turns the tale into a damning testament to the corrupting power of money, revealing another, usually overlooked reason why the “Dirty War” amply deserves its name. It also helps to explain the counterintuitive fact that Mario Firmenich, the notorious Montonero chief, walks the streets of Barcelona scot free.

The pardon that Carlos Menem granted to Mario Firmenich, the leader of the Montoneros, the Peronist guerrilla that had left arms with democracy and had supported the Riojan candidate for the 1989 elections, with a generosity that seemed like an example of that kind of exchanges.
Except for one detail. The money that the Montoneros had contributed to the Menem campaign came from the ransom they had charged for the kidnapping of the heirs. But even remotely it was close to the huge figure that Jorge Born II, the father of the brothers, had paid.
Sixty million dollars forty years ago. Updated according to the inflation rate of the United States, the equivalent of 260 million dollars today: a record number, never exceeded.

In January 1975 the Montoneros took stock of the operation of Operation Twins.
For more than three months they had accumulated a handful of contacts, all frustrating, with different employees of Bunge and Born. The father had not deigned to attend to them: he received his messages through third parties.
At the first ransom request, of 100 million dollars, one of its intermediaries had transmitted its counterproposal, so ridiculous that it bordered on the foolhardy. A lawyer box that for some reason treated the Montoneros as if they were his subordinates, had offered them, as one who believes in the position of placing conditions, 10 million dollars.
Just 10 percent of the amount demanded.
A mockery It did not even merit consideration.
In response, the Montoneros cut off all communication. They thought that by spending weeks without news, Born II would understand at once who was in charge. But even silence did not force a movement of the entrepreneur.
The Montoneros had taken a spectacular blow on November 1, and not a single word had reached Born III.
When Jorge Born II decided to start negotiations with the Montoneros, his children had been in the town jail for five months. For Juan it had been an excessive time of confinement and uncertainty, and he had become destabilized. The montonero psychiatrist, who had lent himself to medicating him, came to warn, at least, that if they did not release him soon, the trauma could leave a lasting mark.
The parties had not yet managed to agree on a figure when the disparity between them became evident. From the first exchanges it was noted that Bunge and Born could have millions of dollars in low denomination bills, but that the Montoneros would hardly be able to solve the logistic question of collection and the subsequent movement of money.
Jorge Born III watched his captors with almost automatic disapproval: they were improvised. He greatly altered that they demanded sums of money for whose management they were not prepared. How could they be so foolish?
He had done his part: his father had finally opened the negotiation. Little by little, too, he had become an interlocutor who, captive and in underwear, guided and offered solutions to the guerrilla mindless.
The release of Juan occurred on March 23, 1975, after six months and three days of a captivity that was unbearable.
A security employee of the company explained that although it was not in the hands of the Montoneros, neither was it free at all. Until Jorge’s situation was resolved, he had to live in Europe, far from his wife and children, who were in Uruguay. His father had been responsible for procuring the comforts that awaited him in Germany.
For the time being, he had to take the documents that had been prepared and get on a private plane that would take him immediately to Montevideo. There he would do the paperwork for boarding a commercial plane bound for Europe, and wait only two hours until the takeoff.

Operation Twins, he argued, would allow the Montoneros to achieve self-financing, an objective that distinguished them from other armed organizations with a lower degree of autonomy. Firmenich explained:
– For us this is another example, the most important one, of a policy that we have always supported, which is the policy of self-financing. Eight years ago we began to do very small operations, operations that are now smiling, as assaults to service stations, restaurants, keep the watches of the guests to make bombs … Until we evolve to larger operations, such as the robbery of banks. Many revolutionary groups of the continent have failed in their postulates for violating the principle of political independence, based on economic and military self-sufficiency. External support is very important for a revolution, but by no means decisive.
At the end of the dictatorship that lasted from 1976 to 1983 and a confrontation that cost 30,000 disappeared, the Montoneros ended up -according to Galimberti- in the kingdom of the reverse.
“In all the guerrilla fights that have been fought in the world, the organizational resources, basically the economic means, have always been lost first,” Galimberti explained; the Montoneros, on the other hand, “lost the war, lost the people and became the owners of an exorbitant amount of money”.
That is to say that the millions were somewhere.
The pursuit of the booty could not end with the implosion of the dictatorship by the flutter of defeat in the Falklands war.

To His Excellency, President
Dr. CARLOS SAÚL MENEM
Some considerations on judicial issues and the issue of resources:
At the hearing we had to sympathize with at the Causa Born (Judge Luft-Federal Court of San Martín), which had theoretically been agreed with the prosecutor Romero Victorica, the lawyer of Jorge Born, as a plaintiff, and a representative of the Treasury Attorney’s Office.
We are struck by the presence of Jorge Born’s lawyer. The development of the judicial process, under these conditions, will surely immobilize the resources that we would like to allocate to the financing of productive activities of the most humble sectors.
We ratify what we stated in our previous memo in the sense of accelerating the agreements for the delivery of resources and agreeing with Jorge Born the mechanisms so that problems are avoided.
For all this we reiterate our willingness to talk with Jorge Born, which could be managed through the Tata Yofre for its relationship with it, preventing the insistence of the prosecutor Romero Victorica procedural action may harm the objectives we have been raising.
Receive a respectful and fraternal embrace.

                                     Roberto Perdía and Fernando Vaca Narvaja.

On October 28, 1991, the lawyers of the Graiver (Mariano Weschler and Omar Espósito) and the lawyer of the Born (Enrique Constantino Peláez) signed a mysterious agreement. Without recognizing rights to the Born, the Graiver gave them the collection of a part of the compensation that Alfonsin had granted them.
How much money? The figure never settled on a document.
The settlement was filed before the court without numbers, and instead of being part of the main file went to an incident filed, since then, in an inaccessible basement.
A source linked to the negotiation said that the agreement was simpler because, thanks to the purchase of bonds, the money (now to be distributed) had risen from 30 to 50 million dollars.

Who betrayed who during the dictatorship?
Democracy arrived. Raúl Alfonsín found in the kidnapping of the Born brothers the only cause that would allow him to judge Firmenich. With Carlos Menem, the Montoneros seized the loot to facilitate the pardon of all of them. The turns of life: Firmenich regained his freedom thanks to the fruits of the crime for which he had been tried.
The enduring grudge of Rodolfo Galimberti with his former bosses, based less on tactical or ideological differences than on the way he had blocked access to funds in Cuba, added to the greed of a group of corrupt officials. The combination allowed Jorge Born III to recover some of the millions of dollars that had been paid for his rescue and that of his brother Juan.
Although David Graiver had used Montoneros’ money in New York, the heirs paid the bill with the compensation that Alfonsín granted them for their assets in Argentina. The business suited them anyway.
At age 57, Jorge Born found himself retired. In a way, as a consequence of that deviation from his path on September 19, 1974.
He retained his actions and continued to vote in the assemblies. He lost some more battles, until in 1999 Bunge y Born was reduced to an agribusiness company headquartered in White Plains, New York, in the United States.
The new firm, which unlike its predecessor was opened to the public listing (NYSE: BG) no longer carries its surname. In the process of transformation, shareholders voted to be called Bunge Limited.

In 2015 Jorge Born spoke about his kidnapping by the Montoneros, the nine months of captivity in the prisons of the town Louse 1 and louse 2.
– Do you think your father doubted whether to pay or not?
-I think I wanted to [pay], but not a crazy number. He was never willing to pay 100 million, as the guys asked him. He got tough to negotiate until the end.
– Did you feel that you had to convince him?
-My father was very worried about my brother Juan. When he received the first letters he realized first that I was fine.

– Did you suspect that someone had delivered them?
-I was told a long time ago and I could never prove it, but it seems that it was like that: the guy who handled all that was the one who had been the Minister of Economy of [Juan Domingo] Perón, [José Ber] Gelbard. He was stuck with his left foot and he told them: “Ask for this or ask for the other”.
-And within your company ?.
-I always thought that there was a spy inside the company, because if not, they could not know where or how the thing was … But I could never know or discover it. Maybe some Gelbard contact in the company …

– What kind of agreement did you make with Galimberti?
-It came to help me in the time of Menem. Then I gave him something, because he helped me like crazy …
– Did he pay you a kind of commission?
-He got everything. From the first day he told me that they had made a mistake and that, although he was not the boss, he assumed his responsibility … The guy was very good. Of all the montoneros of a certain level, he was the only one who had that attitude. He declared that this money was held by [David] Graiver.
-How much did he recover?
-We took 6 or 7 million [dollars]. Nothing to do with the 60 we paid. Many lawyers intervened, many people …

-When they removed him from the presidency of Bunge y Born, did he feel betrayed by Octavio Caraballo, his successor?
-Octavio behaved badly. In Mario’s time there was no doubt that we always supported each other, because we were the two big families in terms of actions. When Mario died his actions were divided, and ours had also been divided when my father died. There were some small shareholders from Europe, from Antwerp, who Octavio worked for them to vote for him. He did everything behind my back. Prior to that, he politicking relatives and others, which my father and Mario would never have done.
– Did you agree to sell the industries and food companies and just stay in the sale of grain?
-Aca at the end everything was sold. They sold Molinos to Pérez Companc; an English company bought Alba and Grafa went to the Brazilians. In that I did agree. But not with sales in Brazil, Venezuela and Peru: there I said that in no way, and something subsisted.
– They also took the last name Born to the company …
-I did not agree to sell everything, but I voted in favor of completely removing Born’s name from the company. Overall, it was a bag of cats. The company is called Bunge Limited. The name of Bunge y Born was left only for the foundation, in the company was Bunge only.
-What was left of the company?
-Now we are more Brazilian and American than anything else. The central operation is in the United States and then in Brazil. Here we are as exporters of cereals, nothing more. It was a liquidation. You could not work more here.

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