Yosemite — John Muir / The Yosemite by John Muir

Leí este libro porque siento que le debo a John Muir una deuda de gratitud. Su aprecio omnisciente, casi místico y siempre contagioso por la vida silvestre ayudó a iniciar un movimiento para conservar los lugares salvajes para el disfrute de todos. Uno de esos lugares es Yosemite. Tuve la oportunidad de visitar tiempo atrás.
Fue publicado en 1912 y el estilo es ciertamente anticuado, pero fue una lectura agradable sobre todo porque me lanzó a los días pasados ​​vagando en asombro a través del valle notable (aunque, parece que experimentamos un poco más de visitantes en esos pocos días que el Sr. Muir podría haber encontrado en su vida).
Más una guía de senderismo que una reflexión, aún era muy agradable, con una descripción sin aliento de, bueno, todo, hasta en los detalles más pequeños. Y en esos detalles, encontró el infinito. En las cataratas de Yosemite (que la sequía había cerrado cuando lo visitamos): «En la parte superior de la caída, parecen estallar en chorros irregulares provenientes de algún gran corazón palpitante de la montaña».
Me sorprendió su despreocupación por su propio bienestar. Después de ser arrojado por la pared del cañón en la parte superior de una avalancha: «Cuando la avalancha se balanceó y se detuvo, me encontré encima de la pila arrugada sin un hematoma o una cicatriz. Esta fue una buena experiencia «.
Cuando se despertó en medio de un terremoto arrojando piedras a su alrededor: «Me despertó un tremendo terremoto, y aunque nunca antes había disfrutado de una tormenta de este tipo, el movimiento extraño y emocionante no podía confundirse, y me quedé sin de mi cabaña, ambos alegres y asustados, gritando: «Un terremoto noble …»
Durante una tormenta masiva que estaba inundando el valle, notó cómo un pájaro seguía cantando, aunque todos los demás estaban callados por el terror: el obvio: «… quién no podría ayudar más dando una dulce canción que una rosa una dulce fragancia. Debe cantar, aunque los cielos caigan «.
Es esta sensación de maravilla, de espiritualidad, lo que me parece tan atractivo acerca de Muir. Al escribir sobre los glaciares, dijo esto sobre South Dome: «Toda la superficie está cubierta de jeroglíficos glaciales cuya interpretación es la recompensa de todos los que los estudian devotamente».
Escrito como más una guía de viaje, este libro es menos agradable que algunas de sus obras más filosóficas, pero es entretenido y me deja claro que necesitamos más personas como él hoy, «devotamente» estudiando la importancia del desierto no contaminado por la maquinaria del capitalismo y disponible para el disfrute y el bienestar espiritual de todos.

A pesar de su maravillosa profundidad, estos cañones no son gargantas oscuras, salvajes e inaccesibles. Con algunos pasos arduos aquí y allá, son caminos de flores que llevan a las fuentes de hielo y nieve, callejas de montaña llenas de vida y luz, talladas y esculpidas por los antiguos glaciares, y que a lo largo de todo su recorrido presentan una gran variedad de paisajes atractivos —la más impresionante de cuantas se han descubierto hasta la fecha en las cordilleras del mundo—. En muchos lugares, en especial en la región central del flanco oeste, los cañones principales se abren en parques y valles amplios tan diversos como un jardín, con praderas, arboledas y matorrales en flor, mientras que las paredes altas, de una variedad de formas infinita, están bordeadas de helechos, plantas en flor, arbustos de múltiples especies, y grandes coníferas y robles que encuentran en los pequeños bancales y repisas un lugar en el que sostenerse. A todos ellos les dan vida los ríos jubilosos que llegan cantando a coro sobre los acantilados y a través de los cañones laterales, en saltos de agua de todas las formas que puedan imaginarse, y que van a unirse a los ríos que fluyen con su belleza brillante y reposada por el centro de cada uno de estos cañones principales.
No hay ningún templo construido con las manos que pueda compararse con Yosemite. Cada roca de sus paredes parece destellar vida. Algunas se inclinan hacia atrás en un descanso majestuoso; otras, de una verticalidad absoluta o casi total a lo largo de miles de pies, avanzan más allá de sus compañeras en actitud pensativa, dando la bienvenida tanto a las calmas como a las tormentas, como si se dieran cuenta de todo lo que sucede a su alrededor, aun sin preocuparse por ello. De qué manera tan delicada están decoradas estas rocas, imponentes y de una majestuosidad estática y severa, y qué elegante y tranquilizadora es la compañía de la que se rodean: hermosas arboledas y prados a sus pies, sus cimas en el cielo, y millares de flores inclinándose con confianza contra su base, bañadas en torrentes de luz y de agua mientras la nieve y las cascadas, los vientos y las avalanchas y las nubes brillan y cantan y las engalanan a través de los años, y un ejército de pequeñas criaturas aladas —pájaros, abejas, mariposas— animan el ambiente y convierten el aire en música. Por mitad del Valle baja el cristalino Merced, el río de la piedad, de una quietud pacífica, y refleja a su paso los lirios y los árboles y las rocas que lo contemplan; un encuentro de cosas frágiles y fugaces junto con muestras varias de resistencia, que se funden en incontables formas, como si la Naturaleza hubiera reunido en esta mansión de montaña sus tesoros mejor escogidos, para así atraer a sus amantes a unirse con ella en una comunión íntima.

El Valle se divide en tres ramales: los cañones de Tenaya, Nevada e Illilouette, que se extienden aguas arriba hasta las fuentes de la Sierra Alta, con un paisaje que no desmerece el vínculo que los une a Yosemite.
En el ramal sur, a una o dos millas del Valle principal, se encuentra la cascada de Illilouette, de seiscientos pies de altura, una de las más hermosas de toda la coral de Yosemite, aunque inaccesible para la mayoría de la gente a causa de su cañón empinado, abrupto y repleto de rocas. Sus principales fuentes de hielo y nieve se sitúan en las montañas bellas e interesantes del macizo de Merced, mientras que su amplia cuenca, entre sus montañas y cañones, es conocida por la belleza de sus lagos, sus bosques y sus magníficas morrenas.

En el otoño tranquilo y apacible, cuando ya está casi terminado el trabajo del año y las frutas están maduras, los pájaros y las semillas fuera de sus nidos, y todo el paisaje brilla con rostro benevolente, los ríos están en el mínimo de su caudal, sin apenas nada que recuerde sus salvajes avenidas primaverales. Los pequeños afluentes que no llegan hasta las nieves perpetuas de las cumbres menguan hasta quedar como corrientes apenas susurrantes y tintineantes. Una vez que la nieve se ha ido de las cuencas, y salvo por algún chaparrón ocasional, se alimentan tan solo de las pequeñas fuentes cuyas aguas se evaporan casi en su totalidad al recorrer milla tras milla de lecho rocoso y buscar su camino lentamente de una poza a otra a través de rocas y arena. Incluso los ríos principales están tan bajos que pueden vadearse con facilidad, y sus grandes cascadas y saltos de agua, ahora tranquilos y accesibles, han quedado reducidos a final láminas de bordados.
Los cantos de los vientos y las cascadas de Yosemite se enriquecen de manera encantadora con los de los pájaros, especialmente durante la época de cría en primavera y a principios del verano. El más habitual y el mejor conocido de todos es el zorzal petirrojo, que puede verse cada día saltando con brío por los alrededores de las praderas y entonando su canto alegre y vivificante. También se encuentra aquí el picogrueso pechicafé, junto al turpial de ojo rayado, la tangara aliblanca, el gorrión melódico, el zorzal ermitaño, el camachuelo purpúreo —un buen cantor, con la cabeza y la garganta de un tono rojo rosado—, varias especies de reinitas y vireos, reyezuelos, papamoscas y otros.
El cantor más maravilloso de todos es, sin embargo, el mirlo acuático, que se sumerge en los rápidos de agua espumosa y se alimenta en el fondo del cauce, manteniéndose allí de manera prodigiosa, y que vive una vida llena de encanto.
Se pueden ver varias especies de colibrís en cualquier época, revoloteando y zumbando alrededor de las flores más vistosas. Los pequeños trepadores canadienses, los carboneros y los agateadores surcan las grietas de la corteza de los pinos en busca de algo de comida entre ellos.

El glaciar de Hoffman, corto y de fluir relativamente rápido, y cuyas fuentes se extienden a lo largo las pendientes de la cara sur de los montes Hoffman, presenta un contraste muy llamativo con el que acabamos de describir. La energía erosiva de este último se repartía sobre un amplio campo de cúpulas de roca y crestas sepultadas por el hielo.
El glaciar de Nevada era más largo y más simétrico que este último, y el único del sistema glacial del Merced cuyos nacimientos llegaban hasta las principales cimas del eje de la cordillera. Sus numerosas fuentes se alineaban en tres grupos, a una altitud de entre diez mil y doce mil pies sobre el nivel del mar. El primero, en el lado derecho de la cuenca, iba desde Matterhorn hasta Cathedral Peak; el del lado derecho atravesaba el conjunto de picos del Merced; y estos dos grupos paralelos se unían mediante un tercero que se extendía por la parte alta de la cuenca, en dirección transversal a ellos.
Las tres hileras de picos y crestas que proporcionaban nieve a estas fuentes, junto con la cresta de Clouds Rest, delimitaban casi por completo una cuenca rectangular que se encontraba ocupada por un mar de hielo, y en la que quedaba un punto de salida por el que discurría la lengua principal del glaciar, de entre tres cuartos de milla y una milla y media de ancho, quince millas de largo y entre mil y mil quinientos pies de profundo, que entraba en Yosemite entre Half Dome y el monte Starr King.

Galen Clark era el mejor montañero que he conocido nunca, y uno de mis amigos de la montaña más generosos y gentiles. Lo vi por primera vez en su rancho de Wawona hace cuarenta y tres años, en mi primera visita a Yosemite. Yo había entrado en el Valle desde Coulterville acompañado por otro viajero, y volvía por lo que entonces se conocía como la senda de Mariposa. Ambas sendas estaban enterradas bajo la nieve profunda en las partes que van a una altitud entre los cinco mil y los siete mil pies sobre el nivel del mar, a través de las regiones donde habitan los pinos de azúcar y los abetos plateados.
Yosemite es tan maravilloso que uno puede pensar que se trata de algo excepcional, el único valle de esa clase que existe en el mundo. La Naturaleza, sin embargo, no es tan pobre como para tener solo un ejemplar de algo. En la Sierra, en otros de sus lugares, se han descubierto varios otros yosemites en posiciones relativas similares, y que se formaron por la acción de idénticas fuerzas y sobre idéntico granito. Uno de estos, el valle de Hetch Hetchy, está dentro del Parque Nacional de Yosemite, unas veinte millas de Yosemite, y es accesible para todo tipo de viajeros tanto por carretera como por la línea de tren que sale de la carretera de Big Oak Flat a la altura de Bronson Meadows, algunas millas por debajo de Crane Flat. Los montañeros pueden acceder también por la cuenca del arroyo de Yosemite Creek, así como por la cabecera del ramal central del Tuolumne.
Los principales árboles son los pinos de azucar y ponderosa, el pino real, el cedro de incienso, el abeto Douglas, el abeto plateado, la encina de California, el encino de las barrancas, el álamo balsámico, el cornejo de Nutall, el olmo, el arce, el laurel, la torreya, y otros. Los más abundantes e influyentes son los grandes pinos ponderosa, como sucede en Yosemite, con alturas que superan los doscientos pies, y los robles de troncos inmensos y rugosos de entre cuatro y seis pies de diámetro, con copas amplias y umbrosas, que forman arboledas magníficas. Plantas arbustivas como la manzanita, la rosa mosqueta, el cerezo salvaje, o las de los géneros Spiraea o Philadelphus se congregan en matorrales floridos y muy llamativos. Alrededor de ellos o alfombrando el suelo ellas solas aparecen abundantes plantas herbáceas atractivas y fragantes: Calochortus, Brodiaea, Iris, Spraguea, Draperia, Collomia, Collinsia, Castilleja, Nemophila, espuelas de caballero, colombinas, varas de oro…

Parece increíble que alguien quiera destruir un lugar así, pero la experiencia demuestra que, por desgracia, hay gente lo suficientemente buena o mala como para hacer cualquier cosa. Quienes proponen construir esta presa esgrimen un montón de argumentos equivocados para demostrar que lo único correcto que puede hacerse con el parque es destruirlo poco a poco según sea posible. Curiosamente, sus argumentos son como los que el diablo empleó para destruir aquel primer jardín: si allí decía que se desperdiciaba la mejor fruta del Edén, aquí dicen que se pierde la mejor agua y el mejor paisaje de Tuolumne. Todos sus afirmaciones son engañosas, y muy pocas de ellas son correctas.
Así, dicen que Hetch Hetchy es «una pradera a poca altura». Sucede al contrario: es una jardín de paisajes de altura.
El agua de Hetch Hetchy es la más pura de todas las de la Sierra, sin contaminación alguna y sin posibilidad de contaminarse en el futuro». En realidad, y salvo la del Merced aguas abajo de Yosemite, la de Hetch Hetchy es el agua menos pura de todos los ríos y arroyos de la Sierra, debido a las aguas residuales que se vierten sobre él desde los campamentos, en especial el de Big Tuolumne Meadows, ocupado por cientos de turistas y montañeros, acompañados de sus animales, durante meses cada verano, y a los que habrá que sumar pronto los miles que vendrán de todas partes del mundo.
Estos destructores de templos, devotos del mercantilismo devastador, muestran un desprecio absoluto por la Naturaleza, y en lugar de alzar la vista para mirar al Dios de las montañas, lo hacen para contemplar al Todopoderoso Dolar.
¡Adelante, construid una presa en Hetch Hetchy! Y también, convertid en depósitos de agua las catedrales y las iglesias, porque el corazón del hombre no ha santificado jamás ningún templo más sagrado que este.

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I read this book because I feel I owe John Muir a debt of gratitude. His all-encompassing, almost mystical and always infectious appreciation for wilderness helped start a movement to conserve wild places for the enjoyment of all. One of those places is Yosemite. I had the opportunity to visit time ago.
It was published in 1912 and the style is certainly dated, but it was an enjoyable read mostly because it launched me right back to the days spent wandering in awe through the remarkable valley (though, it would seem we experienced slightly more visitors in those few days than Mr. Muir might have encountered in his life).
More of a hiking guide than a rumination, it was still highly enjoyable — featuring a breathless description of, well, everything, down to the most minute details. And in those details, he found infinity. On Yosemite Falls (which the drought had shut off when we visited): “At the top of the fall they seem to burst forth in irregular spurts from some grand, throbbing mountain heart.”
I was struck throughout by his almost lackadaisical regard for his own well being. After being flung down the canyon wall on top of an avalanche: “When the avalanche swedged and came to rest I found myself on top of the crumpled pile without a bruise or a scar. This was a fine experience.”
When he awoke in the middle of an earthquake dropping boulders around him: “I was awakened by a tremendous earthquake, and though I had never before enjoyed a storm of this sort, the strange, thrilling motion could not be mistaken, and I ran out of my cabin, both glad and frightened, shouting, “A noble earthquake…”
During a massive storm that was flooding the valley, he noted how one bird kept singing though all others were hushed in terror — the ouzel: “…who could no more help giving out sweet song than a rose a sweet fragrance. He must sing, though the heavens fall.”
It is this sense of wonder, of spirituality, that I find so appealing about Muir. When writing about the glaciers, he said this about South Dome: “It’s entire surface is still covered with glacial hieroglyphics whose interpretation is the reward of all who devoutly study them.”
Written as more of a travel guide, this book is less enjoyable than some of his more philosophic works, but it’s entertaining and makes it’s clear to me we need more people like him today, “devoutly” studying the importance of wilderness unspoiled by the machinery of capitalism and available for the enjoyment and spiritual well-being of all.

Despite their wonderful depth, these canyons are not dark, wild and inaccessible gorges. With some arduous steps here and there, they are paths of flowers that lead to the sources of ice and snow, mountain alleys full of life and light, carved and sculpted by the ancient glaciers, and that throughout their journey present a a great variety of attractive landscapes -the most impressive of those that have been discovered to date in the mountain ranges of the world-. In many places, especially in the central region of the west flank, the main canyons open into parks and wide valleys as diverse as a garden, with meadows, groves and bushes in bloom, while high walls, of a variety of shapes infinite, are bordered by ferns, flowering plants, bushes of many species, and large conifers and oaks that find in the small terraces and shelves a place to sustain themselves. They all give life to the jubilant rivers that come singing in chorus on the cliffs and through the side canyons, in waterfalls of all shapes that can be imagined, and that are going to join the rivers that flow with their brilliant beauty and reposed by the center of each of these main canyons.
There is no temple built with hands that can be compared to Yosemite. Every rock on its walls seems to flash life. Some lean backwards in a majestic rest; others, of an absolute or almost total verticality over thousands of feet, move beyond their companions in a pensive attitude, welcoming both the calm and the storms, as if they were aware of everything that happens to them. his around, even without worrying about it. How delicately decorated are these rocks, imposing and of a static and severe majesty, and how elegant and reassuring is the company of which they are surrounded: beautiful groves and meadows at their feet, their peaks in the sky, and thousands of flowers leaning confidently against their base, bathed in torrents of light and water as snow and waterfalls, winds and avalanches and clouds shine and sing and grace them over the years, and an army of small winged creatures -Birds, bees, butterflies- animate the atmosphere and convert the air into music. In the middle of the valley, the crystal clear Merced, the river of piety, of a peaceful stillness, reflects in its path the lilies and the trees and rocks that contemplate it; an encounter of fragile and fleeting things together with various signs of resistance, which merge in countless ways, as if Nature had gathered in this mountain mansion her best-chosen treasures, in order to attract her lovers to join her in a communion intimate

The Valley is divided into three branches: the Tenaya, Nevada and Illilouette canyons, which extend upstream to the sources of the Sierra Alta, with a landscape that does not detract from the bond that links them to Yosemite.
On the southern branch, one or two miles from the main valley, is the Illilouette waterfall, six hundred feet high, one of the most beautiful in all Yosemite coral, although inaccessible to most people because of its canyon steep, abrupt and full of rocks. Its main sources of ice and snow are located in the beautiful and interesting mountains of the Merced massif, while its wide basin, between its mountains and canyons, is known for the beauty of its lakes, its forests and its magnificent moraines.

In the calm and peaceful autumn, when the year’s work is almost finished and the fruits are ripe, the birds and seeds are out of their nests, and the whole landscape shines with a benevolent face, the rivers are at the minimum of their flow , with hardly anything that remembers its wild spring avenues. The small tributaries that do not reach the perpetual snows of the peaks diminish until they are like barely whispering and jangling currents. Once the snow has left the basins, and save for an occasional downpour, they feed only on the small springs whose waters evaporate almost entirely as they travel mile after mile of rocky bed and slowly find their way from pool to another through rocks and sand. Even the main rivers are so low that they can wade easily, and their great waterfalls and waterfalls, now quiet and accessible, have been reduced to final sheets of embroidery.
The songs of the winds and the waterfalls of Yosemite are enriched enchantingly with those of the birds, especially during the breeding season in spring and early summer. The most common and best known of all is the robin thrush, which can be seen every day jumping briskly around the prairies and singing its happy and invigorating song. It is also here the pechicafe picogrueso, next to the striped-eye turpial, the white-winged tanager, the melodic sparrow, the hermit thrush, the purple bullfinch-a good singer, with a pink-red head and throat-several species of warblers and vireos, wrens, flycatchers and others.
The most wonderful singer of all is, however, the aquatic blackbird, which dives into the rapids of sparkling water and feeds at the bottom of the channel, staying there prodigiously, and lives a life full of charm.
You can see several species of hummingbirds at any time, fluttering and buzzing around the most showy flowers. The little Canadian climbers, the charcoal burners and the agateadores furrow the cracks of the bark of the pines in search of some food among them.

The Hoffman glacier, short and relatively fast flowing, and whose sources extend along the slopes of the south face of the Hoffman Mountains, presents a striking contrast to the one just described. The erosive energy of the latter was distributed over a wide field of rock domes and ridges buried by ice.
The glacier of Nevada was longer and more symmetrical than the latter, and the only glacial system of the Merced whose births reached the main peaks of the axis of the mountain range. Its numerous sources were aligned in three groups, at an altitude of between ten thousand and twelve thousand feet above sea level. The first, on the right side of the basin, ran from Matterhorn to Cathedral Peak; the one on the right side crossed the set of Merced peaks; and these two parallel groups were joined by a third that extended through the upper part of the basin, in a direction transverse to them.
The three rows of peaks and ridges that provided snow to these sources, along with the crest of Clouds Rest, almost completely delimited a rectangular basin that was occupied by a sea of ​​ice, and in which there was an exit point for the the main tongue of the glacier, between three quarters of a mile and a mile and a half wide, fifteen miles long and between one thousand and fifteen hundred feet deep, that entered Yosemite between Half Dome and Mount Starr King.

Galen Clark was the best mountaineer I’ve ever met, and one of my most generous and gentle mountain friends. I saw him for the first time at his Wawona ranch forty-three years ago, on my first visit to Yosemite. I had entered the Valley from Coulterville accompanied by another traveler, and was returning for what was then known as the Mariposa path. Both paths were buried under the deep snow in the parts that go to an altitude between the five thousand and the seven thousand feet on the level of the sea, through the regions where they live the pines of sugar and the silver firs.
Yosemite is so wonderful that one can think that it is something exceptional, the only valley of that kind that exists in the world. Nature, however, is not so poor as to have only one copy of something. In the Sierra, in other of its places, several other yosemites have been discovered in similar relative positions, and which were formed by the action of identical forces and on the same granite. One of these, the Hetch Hetchy Valley, is within Yosemite National Park, some twenty miles from Yosemite, and is accessible to all types of travelers both by road and by the train line that leaves the Big Oak Flat Road. at the height of Bronson Meadows, a few miles below Crane Flat. Mountaineers can also access the Yosemite Creek creek, as well as the head of the Tuolumne central branch.
The main trees are the pines of sugar and ponderosa, the real pine, the cedar of incense, the fir Douglas, the silver fir, the oak of California, the oak of the ravines, the balsamic poplar, the dogwood of Nutall, the elm , the maple, the laurel, the torreya, and others. The most abundant and influential are the great ponderosa pines, as in Yosemite, with heights exceeding two hundred feet, and the oaks of immense and rough trunks of between four and six feet in diameter, with wide and shady canopies, which form groves magnificent Shrub plants such as manzanita, rosehip, wild cherry, or those of the genera Spiraea or Philadelphus congregate in flowery and very striking bushes. Around them or carpeting the ground they alone appear abundant attractive and fragrant herbaceous plants: Calochortus, Brodiaea, Iris, Spraguea, Draperia, Collomia, Collinsia, Castilleja, Nemophila, horsemen’s spurs, columbines, goldenrods …

It seems incredible that someone wants to destroy such a place, but experience shows that, unfortunately, there are people good enough or bad enough to do anything. Those who propose to build this dam wield a lot of wrong arguments to show that the only thing that can be done with the park is to destroy it little by little as possible. Interestingly, their arguments are like those the devil used to destroy that first garden: if there he said that the best fruit of Eden was wasted, here they say that you lose the best water and the best landscape of Tuolumne. All his claims are deceptive, and very few of them are correct.
Thus, they say that Hetch Hetchy is «a prairie at a low altitude». The opposite happens: it is a landscape garden of height.
The water of Hetch Hetchy is the purest of all of the Sierra, without any pollution and no possibility of contamination in the future. Actually, and except for the Merced downstream of Yosemite, the one of Hetch Hetchy is the least pure water of all the rivers and streams of the Sierra, due to the wastewater that is poured on it from the camps, especially the one of Big Tuolumne Meadows, occupied by hundreds of tourists and mountaineers, accompanied by their animals, for months every summer, and who will soon have to add the thousands that will come from all over the world.
These temple destroyers, devotees of devastating mercantilism, show an absolute contempt for Nature, and instead of looking up to the God of the mountains, they do so to contemplate the Almighty Dolar.
Go ahead, build a dam on Hetch Hetchy! And also, convert cathedrals and churches into water deposits, because the heart of man has never sanctified any temple more sacred than this.

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