El Vaticano Como Nunca Te Lo Habían Contado: Un Viaje Inolvidable Por El Arte, La Historia… — Javier Martínez-Brocal / The Vatican As You Never Had It Told: An Unforgettable Journey Through Art, History … by Javier Martínez-Brocal (spanish book edition)

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Es un enfoque esencial para ver Roma y el Vaticano con ojos de peregrino y de perspectiva histórica. Muy bien escrito y sin duda un acierto para volver al Vaticano después de leer el libro y conocer más.
Entrar en el Vaticano es comenzar un viaje a un lugar extraordinario. Sus fronteras no solo delimitan una de las zonas con mayor densidad y riqueza artística del mundo. También aquí se da esa insólita combinación de historia, cultura, política y religión que convierte cada visita en el principio de una aventura fascinante.
Los antiguos peregrinos —se llamaban romeros— llegaban a Roma exhaustos después de recorrer durante meses o años un camino trazado a base de inclemencias, peligros y cansancio, pero también de fe, aventura y esperanzas.

En la plaza y la basílica de San Pedro volcaron su talento algunos de los mejores artistas de todos los tiempos, pero esto no significa que sea un museo. Para disfrutar y comprender el Vaticano, le aconsejo que considere la dimensión espiritual de este lugar y el mensaje que desea transmitir. Independientemente de su forma de pensar o de su religión, seguramente usted considerará positivo el legado del personaje central de esta historia.
Por encima de todas las iglesias del mundo, San Pedro tiene un valor especial porque está relacionada con los «papas», los sucesores del principal discípulo de Jesús de Nazaret. El Vaticano es el testimonio de cómo a lo largo de casi dos mil años se ha mantenido ininterrumpida la serie de obispos de Roma que comenzó Pedro. Para todos los cristianos, el Papa, sea quien sea, es una figura especial, mirada con respeto y escuchada con atención. Para los católicos tiene además un elemento de paternidad que lo distingue de cualquier otra figura pública o autoridad.
La que hoy vemos es la segunda basílica de San Pedro, que fue solemnemente inaugurada en 1626, después de 120 años de obras.
La anterior era magnífica. Se construyó en pocas décadas en el siglo IV y estuvo en pie nada menos que 1.200 años. En Roma y en el Vaticano aún se conservan algunas piezas, muy pocas, que permiten intuir su original esplendor. También hay grabados y descripciones de quienes peregrinaron hacia este lugar.
Los autores se refieren a ella como la basílica constantiniana, para recordar que fue construida por orden de este emperador. Constantino confirmó la libertad de culto y legalizó plenamente el cristianismo en el Imperio romano, aunque personalmente lo consideraba como una más entre las religiones del Imperio. Cambió de opinión en su lecho de muerte y se bautizó poco antes de morir.

Roma significa cúpulas de color rosa al amanecer, empañadas de plata a mediodía y doradas en el tramonto, cuando empieza a despedirse el sol. Roma es el río Tíber, que baña sin inmutarse puentes medievales, barrocos y contemporáneos, abriéndose paso entre barcos, restaurantes, gatos con porte aristocrático y mercados bulliciosos. Roma es tráfico y caos, turistas y heladerías, curas y punks. Roma es ruido de campanas, olor a spaghetti carbonara, y paso rápido por los adoquines sanpietrini.
Lo normal es que los turistas comiencen su visita al Vaticano por el último elemento que se construyó en el Vaticano: la plaza de San Pedro, sus fuentes generosas, sus elegantes series de columnas y sus estatuas de santos. No hay un lugar parecido en el mundo. Es una genial obra de Gian Lorenzo Bernini, un italiano de refinado gusto y gran audacia, que tuvo la fortuna de tener a su cargo durante cincuenta años decisivos la colosal Fábrica de San Pedro, el departamento que se ocupaba de las obras de la basílica.
Deténgase unos instantes en esta plaza, frente a la basílica, si es posible, diez o veinte metros detrás del obelisco. Mire a su alrededor: vea el gran espacio que le rodea, las columnas, la basílica, las estatuas de los santos, quizá desde donde está se entrevea la cúpula…
La columnata cuenta con 84 pilares y 284 columnas. Está coronada por 140 estatuas de santos que son mucho más altas de lo que parecen: al menos tres metros y veinte centímetros cada una, justo la mitad de lo que miden las trece que hay sobre la fachada. Fueron realizadas por discípulos de Bernini en torno al año 1670, bajo su directa supervisión. Terminaron de colocarlas en el año 1673.
En 1667 Bernini trasladó hacia la derecha la «fontana» realizada probablemente por Bramante y adaptada en 1614 por Maderno, y realizó una similar a la misma altura en el lado izquierdo. Hasta hace pocas décadas, el chorro de las fuentes era altísimo, pero el Papa Pablo VI decidió reducirlo y que saliera la misma agua que entra, para recortar gastos.
Elegante, grandiosa, espectacular y barroca, pero un barroco delicado, para nada recargado o amanerado. Por eso, para algunos, la plaza más barroca del mundo es también la más clásica de las que se han construido después del Renacimiento.
Bernini había proyectado un tercer brazo de columnas, similar a los otros dos, pero que encerrara la plaza y la separara del Borgo, el barrio de pequeñas casas construidas en torno a la basílica. La idea del artista era que para entrar en la plaza atravesaran primero sus estrechas calles, luego cruzaran la columnata, y finalmente se toparan casi por sorpresa con la enorme explanada y el esplendor de la fachada.
El tercer brazo de columnas servía además para re-proponer las enormes dimensiones, facilitando el paso de las medidas «normales» del Borgo medieval, a la grandiosidad de la plaza.

La guardia Suiza, sus colores no fueron elegidos arbitrariamente. El amarillo y el azul son los que hay en el escudo de la familia Della Rovere, a la que pertenecía Julio II, el llamado Papa guerrero y el fundador de este ejército. El rojo es el color del escudo de los Médici, y recuerda a la familia del Papa Clemente VII, a quien los suizos salvaron heroicamente la vida durante el saqueo de Roma el 6 de mayo de 1527.
Hoy estos soldados se ocupan de la seguridad y de la protección de la residencia del papa en el Vaticano o del lugar donde se aloja cuando duerme fuera de Roma. Durante toda la noche, siempre, uno de ellos vigila constantemente la puerta de acceso a sus habitaciones.
Desempeñan además las funciones de guardia de honor del pontífice durante las visitas de Estado y las ceremonias oficiales. En los momentos de Sede Vacante, en caso de renuncia o fallecimiento de un papa, se ocupan de garantizar la seguridad y la libertad de los cardenales en la elección de un nuevo sucesor de Pedro.
Su trabajo exige una perfecta forma física y gran disciplina. Trabajan en horarios muy complicados, deben estar siempre atentos y a menudo pasan horas vigilando lugares por los que no pasa nadie.
Por eso, las condiciones para llevar su uniforme son suizamente rígidas. Para solicitar plaza hay que ser varón, tener nacionalidad suiza, ser católico, haber hecho el servicio militar y presentar un certificado de buena conducta firmado por el párroco. Además, hay que ser mayor de edad, pero menor de treinta años, medir al menos 174 centímetros, no estar casado y haber concluido el ciclo medio de estudios.
Los candidatos deben superar una entrevista con el comandante y con el capellán de este cuerpo. Allí les explican lo que se espera de ellos, y se valoran los motivos que los llevan a solicitar entrar en la guardia del papa.
Solo pueden casarse los oficiales de más de veinticinco años que se comprometan a continuar en la Guardia otros tres años. Para ellos, hay unos apartamentos reservados en el cuartel.
El servicio medio de un guardia suizo es de treinta meses, y durante ese periodo tienen también la ciudadanía vaticana. Cuando llegan a Roma, reciben el pasaporte, un uniforme invernal y otro estival. Son a medida, cosidos a mano, con 154 piezas de tela diferentes y 42 botones. Reciben también un uniforme de trabajo de color azul y una capa para cubrirse de la lluvia y del frío.
No se deje llevar por su apariencia cordial y sus refinados modales. Se trata de un ejército muy preparado, siempre listo para actuar en poco tiempo, y perfectamente armado.

La fachada, Bernini fue también el encargado de supervisar las trece estatuas gigantes que la coronan. Miden 5,7 metros de altura. La central es Cristo Redentor, que lleva la cruz, con san Juan Bautista a su derecha. Junto a san Juan están los apóstoles Santiago el Mayor, Tomás, Felipe, Mateo y Judas Tadeo; y a la izquierda de Jesús, Andrés, Juan el Evangelista, Santiago el Menor, Bartolomé, Simón y Matías.
En esta basílica, las estatuas de santos no son decoraciones. Transmiten un mensaje.
A principios del siglo XX, en 1909, se añadió la Campana de la Prédica, que tiene 1,085 metros de diámetro y pesa solo 830 kilos. La más joven es la Campana del Avemaría, fundida en 1932. Se puede ver en el campanario, a la derecha. Es pequeñita, solo 0,750 metros de diámetro y pesa 250 kilos. La menor de todas es del año 1825, mide 0,730 metros de diámetro, pesa solo 235 kilos y se llama Campanella.
Desde el año 1931 se controlan y voltean con dispositivos eléctricos. En las grandes fiestas como Navidad y Pascua o el día del apóstol san Pedro, repican todas a la vez.
La ocasión más curiosa en que han sonado juntas estas seis campanas fue el 28 de febrero de 2013, para despedir al Papa Benedicto XVI tras su renuncia, mientras volaba en helicóptero sobre el cielo de Roma, rumbo a su retiro en Castel Gandolfo.

La Pietá. La imagen de la escultura más bella del mundo destrozada tenía tanta fuerza que algunos propusieron que no fuera restaurada, que esos martillazos que la habían destruido, junto a los que hizo Miguel Ángel para labrarla, eran un símbolo de las víctimas inocentes de la violencia, del carácter absurdo y sin sentido del mal, que siempre destruye.
Pero el Papa prefirió dar un mensaje de esperanza: el mal no tiene la última palabra. Por eso, ordenó que se devolviera a la escultura todo su esplendor. Curiosamente, llegó al Vaticano una carta de Estados Unidos con algunos fragmentos de la escultura que un turista anónimo había recogido como souvenir en el momento de la tragedia. El caballero elegante los acompañó con una petición de excusas.
Mientras tanto, Laszlo Toth fue declarado demente, por lo que jurídicamente no podía ser condenado. Pasó dos años en un manicomio italiano y luego fue expulsado de Italia, de regreso a Australia.

Pocos saben que muy cerca de la basílica, detrás de la sacristía, en el Estudio del Mosaico del Vaticano, hay un horno en el que fabrican piezas de esmalte de 26.000 tonos diferentes. Su trabajo consiste ahora sobre todo en controlar el estado de salud de los mosaicos de la basílica y restaurarlos inmediatamente. Pero en el tiempo libre realizan piezas artísticas preciosas para clientes de todo el mundo. Incluso el Papa les encarga obras que regala a jefes de Estado durante las visitas que hace a estos países.
Son obras de piedras de colores, con la particularidad de que están hechas en el mismo taller que decoró la basílica de San Pedro: quizá por eso están preparadas con un barniz de eternidad.

En el lado derecho de la capilla hay otro elemento curioso que pertenece a la antigua basílica. Se trata de dos columnas salomónicas de mármol de tres metros de altura, dos de las doce que delimitaban la zona de la tumba de san Pedro. Según una tradición muy imaginativa, habían pertenecido al Templo de Salomón, aunque es muy poco probable que así sea.
Puede encontrar casi todas las demás en la basílica. Hay ocho en los balcones de los cuatro grandes pilares que sostienen la cúpula. Había otra junto a La Pietà, y otra que ha desaparecido.
Mírelas atentamente y responda a esta pregunta: ¿a qué le recuerdan? Son muy parecidas a las del baldaquino de Bernini, quien con mucha probabilidad se inspiró en ellas para diseñarlo. Eso sí, las que hizo Bernini son seis veces más grandes.

La decoración de la imponente cúpula no fue en absoluto pacífica. Había dos candidatos que se disputaban la realización de los cartones para los mosaicos: Giuseppe Cesari, más conocido como el Caballero de Arpino, maestro de Caravaggio y de Guido Reni, y Giuseppe Roncalli, alias Pomarancio, gran artista manierista, autor de muchos de los frescos de las bóvedas de iglesias romanas.
Eran amigos, pero cuando en el año 1600 Clemente VIII asignó al primero el encargo de la cúpula, su amistad se convirtió en una intensa rivalidad. Sin duda, el Papa había tomado la decisión porque este pintor era uno de sus protegidos, y no tanto por la calidad del artista, que, en cualquier caso, era de primer nivel.
La idea de decorarla con el Te Deum no fue suya, sino del confesor del pontífice, el cardenal italiano Cesare Baronio. Tenía fama de ser un hombre muy piadoso. Fue el primer sucesor de san Felipe Neri al frente de la Congregación del Oratorio.
El imponente baldaquino es hoy uno de los elementos más significativos de la basílica. Pero aún más apasionante es la historia y la simbología que encierra, que es además un capítulo apasionante de la rivalidad de dos grandes genios del barroco que tenían aproximadamente la misma edad: Bernini y Borromini. Bernini era un hombre del sur, elegante, simpático, dicharachero… A Borromini parecía pesarle su origen centroeuropeo, y en Roma se mostraba hosco, tímido, austero.
En 1624, Carlo Maderno era el arquitecto de la Fábrica de San Pedro. Bernini y Borromini trabajaban con él y era previsible que cuando se retirara uno de ellos se convirtiera en su sucesor. La fachada de la nueva basílica y la nave central ya se habían completado después de enormes fatigas. Ahora estaba muy ocupado con la construcción de las famosas torres a ambos lados de la fachada. Lo que más le preocupaba era garantizar su estabilidad. No era fácil. Las obras para construir la basílica habían comenzado más de cien años antes, y no se conservaban registros sobre la estructura de los cimientos, o sobre la construcción de los sectores de la basílica.
El caso es que durante las obras de construcción del baldaquino y de la reja de la actual Capilla del Santísimo, Borromini se convenció de que Gian Lorenzo Bernini, consciente o inconscientemente, le estaba cortando las alas porque no quería que le eclipsara en San Pedro. Y que, por lo tanto, como número dos no tenía nada que hacer.
Por eso, se marchó del Vaticano.
La primera gran cuestión que Bernini tuvo que afrontar tras ser nombrado arquitecto de la Fábrica de San Pedro era la siguiente: ¿se daba prioridad a la disposición diseñada por Miguel Ángel, en que la cúpula era el centro del templo, o en vista de que se había prolongado la nave central se respetaba la disposición de las iglesias con planta longitudinal, que tienen el altar mayor en el ábside?
Traducido en términos profanos: su misión era decidir qué tipo de basílica debería ser San Pedro y determinar el lugar en el que debía situarse el altar papal. En función de esa decisión, decoraría el resto de la basílica de uno u otro modo para darle la unidad que le faltaba, pues había sido diseñada por seis arquitectos diferentes.
Dio con una solución salomónica: la basílica tendría dos altares papales, uno en el crucero, bajo la cúpula, a la altura de la tumba de Pedro; y otro en el ábside. Esto tiene mucho que ver con el baldaquino, porque este se construyó para realzar el altar papal, no la tumba de san Pedro. Gian Lorenzo Bernini quiso hacer algo grandioso y majestuoso, pero que a la vez no impidiera ver el ábside.
Comenzó inspeccionando los subterráneos de la basílica, para cerciorarse del peso que podría sostener antes de diseñar algo imposible de alzar. Una vez verificado que tenía margen para poner los cimientos, y también una vez aprobado el proyecto del baldaquino a cuatro columnas, llegó el momento de traer los materiales.
Las columnas pesan 36 toneladas. Son de bronce, un material que Bernini hizo traer desde Venecia. Muchos le dirán que el bronce era de las vigas de la parte delantera del Panteón de Agripa. No es así exactamente. El pontífice necesitaba ese bronce para construir los 80 cañones de Castel Sant’Angelo. Pero como era consciente de que el pueblo no vería con buenos ojos que se utilizaran para fines militares, explicó que «parte» del material se usaría para un motivo «sagrado», las obras de la basílica. No dijo que se trataba de una mínima parte, pero la gente aprobó su gesto.
Las columnas salomónicas y los pedestales del baldaquino esconden varias excentricidades poco coherentes con el gusto refinado de Gian Lorenzo Bernini y que solo se repiten en otro lugar de la basílica. Sin embargo, alguien con poder suficiente debió autorizarlas, puesto que es imposible que no las notara.
Por ejemplo, en la columna salomónica que está hacia la estatua de La Verónica hay «incrustado» un rosario. Algunos pensaban que se trataba de un olvido de uno de los artistas en el molde, o de un guiño a la devoción a la Virgen María de uno de sus autores. Pero en las demás columnas hay otros seis pequeños objetos y animales en tamaño real perfectamente fundidos en el bronce, que llevan a pensar que no se trata de detalles secundarios, sino de una serie temática.
Hay otro elemento en esta obra de Bernini-Borromini que continúa intrigando a los expertos. Está en el basamento de cada columna. Se trata de los rostros que enmarcan los escudos de la familia del pontífice, con las tres abejas. Vamos a mirarlos con atención. Fíjese en concreto en el rostro que enmarca cada escudo. Se trata nada más y nada menos que de una mujer que está dando a luz.
Los expertos de la teoría cinematográfica quizá sepan que el director de cine soviético Sergéi Eisenstein, autor de El acorazado Potemkin e Iván el Terrible, veía estos escudos como «ocho encuadres, ocho piezas del montaje de una película completa, porque leídos juntos presentan un drama».
Efectivamente, si los seguimos en sentido horario, comenzando por el de la esquina correspondiente a la estatua del pilar de san Andrés, muestra todas las fases del parto, hasta el nacimiento del bebé.
Lo curioso de su sepulcro es que Gian Lorenzo Bernini concluyó la imponente estatua de bronce en 1631, trece años antes de la muerte del Papa. Aunque lógicamente la tumba se completó después, el trabajo adelantado ayudó a Urbano VIII a irse al otro mundo con la tranquilidad de que sus restos reposarían en un lugar precioso. Como en el baldaquino, tampoco aquí faltan las abejas de la familia Barberini que revolotean en torno al monumento.
De las tres estatuas que rodean el sepulcro, la más curiosa es el esqueleto de la muerte que escribe en un pergamino el nombre del Papa. En las hojas que tiene debajo se ven las iniciales de sus dos inmediatos predecesores, G, de Gregorio XV, y P, de Pablo V.
Las otras dos esculturas representan la Caridad y la Justicia. La primera alegoría está retratada con dos niños. Hay quien los considera como dos actitudes ante el pecado: el que llora y busca la ayuda de Dios, y el que duerme y ya se ha dejado ayudar por Él. La Justicia está apoyada sobre el libro de la ley, junto a un niño que se lleva la balanza.

Justo después de la Capilla del Coro está el monumento fúnebre más antiguo de la basílica, dedicado a Inocencio VIII, el pontífice que protagonizó una curiosa negociación diplomática que se cerró gracias a una reliquia.
Su historia comenzó en 1481, cuando Bayezid II sucedió en Estambul al temido conquistador de Constantinopla, Mehmed II. Bayezid tenía un gran rival en su propia casa, su hermano Cem. Pero Cem tenía tanto miedo a que el nuevo sultán lo borrara del mapa que pidió protección a los caballeros de la Orden de San Juan de Rodas, la actual Orden de Malta.
Los caballeros aceptaron, pero a la vez alcanzaron un pacto bajo cuerda con el sultán, quien les dio 40.000 ducados anuales a cambio de no volver a ver a su hermano. A partir de entonces, el pobre se convirtió en una mercancía preciosa para negociar con Constantinopla.
Bajo el sepulcro podemos leer en latín algunos méritos del pontífice, como que concedió a Isabel de Castilla y a Fernando de Aragón el título de Reyes Católicos. Pero justo antes, da un dato fundamental relacionado con su tiempo: Novi orbis suo aevo inventi gloria, algo así como: «Suya es la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo». Sin embargo, si hacemos cuentas, veremos que no pudo ser así. El Papa falleció en julio de 1492, mientras que la expedición de Cristóbal Colón partió hacia las Indias el 3 de agosto y divisó tierra tres meses más tarde, el 12 de octubre. Por eso mismo, en esa historia, Inocencio no tuvo nada que ver.
La estatua dio lugar a algunos malentendidos. Por ejemplo: como el rostro del Papa no tiene barba, algunos dijeron que era de una mujer. Nació así la leyenda de la papesa Juana, que tiene pocos visos de verosimilitud.
En términos artísticos, la novedad del monumento es que en él aparece dos veces la figura del Papa: una tumbado, como cadáver, que era lo habitual, y otra sentado, activo, bendiciendo, una atrevida novedad en su tiempo.
El autor de la obra es un artista toscano, Antonio Pollaiuolo, el maestro de Sandro Botticelli. La realizó en el año 1497. De hecho, en la parte izquierda del trono, entre el respaldo y las patas del trono, con un poco de esfuerzo puede leerse su firma: «Antonio Pollaiuolo, famoso en el oro, en la plata, en el bronce y en la pintura, que realizó el sepulcro de Sixto IV, llevó a término esta obra que él mismo concluyó».

It’s an essential approach to see Rome and the Vatican with the eyes of a pilgrim and historical perspective. Very well written and certainly a success to return to the Vatican after reading the book and learn more.
To enter the Vatican is to start a trip to an extraordinary place. Its borders not only delimit one of the areas with the greatest density and artistic wealth in the world. Here, too, is that unusual combination of history, culture, politics and religion that makes each visit the beginning of a fascinating adventure.
The ancient pilgrims – they were called pilgrims – came to Rome exhausted after going for months or years a path traced by inclemency, danger and weariness, but also faith, adventure and hope.

In the square and the basilica of San Pedro, some of the best artists of all times turned their talent, but this does not mean that it is a museum. To enjoy and understand the Vatican, I advise you to consider the spiritual dimension of this place and the message you wish to convey. Regardless of your way of thinking or your religion, you will surely consider the legacy of the central character of this story positive.
Above all the churches of the world, St. Peter has a special value because it is related to the «popes», the successors of the main disciple of Jesus of Nazareth. The Vatican is the testimony of how over the course of nearly two thousand years the series of bishops of Rome that Peter began has been uninterrupted. For all Christians, the Pope, whoever he is, is a special figure, with respect and attentive attention. For Catholics, it also has an element of paternity that distinguishes it from any other public figure or authority.
What we see today is the second basilica of San Pedro, which was solemnly inaugurated in 1626, after 120 years of works.
The previous one was magnificent. It was built in a few decades in the fourth century and stood no less than 1,200 years. In Rome and the Vatican there are still some pieces, very few, that allow intuiting their original splendor. There are also engravings and descriptions of those who made a pilgrimage to this place.
The authors refer to it as the Constantinian basilica, to remember that it was built by order of this emperor. Constantine confirmed the freedom of worship and fully legalized Christianity in the Roman Empire, although personally considered it as one more among the religions of the Empire. He changed his mind on his deathbed and was baptized shortly before his death.

Rome means domes of pink color at dawn, marred silver at midday and gilded in the tramonto, when the sun begins to farewell. Rome is the Tiber River, which bathes untouched medieval, baroque and contemporary bridges, breaking through boats, restaurants, cats with aristocratic bearing and boisterous markets. Rome is traffic and chaos, tourists and ice cream parlors, priests and punks. Rome is the sound of bells, the smell of spaghetti carbonara, and fast passage through the cobblestones sanpietrini.
The normal thing is that the tourists begin their visit to the Vatican by the last element that was constructed in the Vatican: the place of San Pedro, his generous sources, his elegant series of columns and his statues of saints. There is no such place in the world. It is a brilliant work by Gian Lorenzo Bernini, an Italian of refined taste and great audacity, who was fortunate to have in his charge for fifty decisive years the colossal San Pedro Factory, the department that was responsible for the works of the basilica.
Stop a few moments in this square, in front of the basilica, if possible, ten or twenty meters behind the obelisk. Look around: see the great space that surrounds you, the columns, the basilica, the statues of the saints, perhaps from where you can see the dome …
The colonnade has 84 pillars and 284 columns. It is crowned by 140 statues of saints that are much higher than they seem: at least three meters and twenty centimeters each, just half of what thirteen on the facade measure. They were made by Bernini’s disciples around the year 1670, under his direct supervision. They finished placing them in the year 1673.
In 1667 Bernini moved to the right the «fontana» probably made by Bramante and adapted in 1614 by Maderno, and made a similar one at the same height on the left side. Until a few decades ago, the jet of the fountains was very high, but Pope Paul VI decided to reduce it and that the same water came in, to cut costs.
Elegant, grandiose, spectacular and baroque, but a delicate baroque, not at all ornate or mannered. That is why, for some, the most baroque square in the world is also the most classic of those that have been built after the Renaissance.
Bernini had designed a third arm of columns, similar to the other two, but to enclose the square and separate it from the Borgo, the neighborhood of small houses built around the basilica. The idea of ​​the artist was to enter the square first through its narrow streets, then cross the colonnade, and finally they met almost by surprise with the huge esplanade and the splendor of the facade.
The third column arm also served to re-propose the enormous dimensions, facilitating the passage of the «normal» measures of the medieval Borgo, to the grandeur of the square.

The Swiss guard, its colors were not chosen arbitrarily. Yellow and blue are the ones on the coat of arms of the Della Rovere family, to which Julius II belonged, the so-called Pope warrior and the founder of this army. Red is the color of the Medici coat of arms, and recalls the family of Pope Clement VII, to whom the Swiss heroically saved their lives during the sack of Rome on May 6, 1527.
Today these soldiers are concerned with the security and protection of the Pope’s residence in the Vatican or the place where he is staying when he sleeps outside of Rome. Throughout the night, always, one of them constantly watches the access door to their rooms.
They also perform the duties of honor guard of the pontiff during state visits and official ceremonies. In the moments of the Vacancy Seat, in case of resignation or death of a pope, they are in charge of guaranteeing the security and freedom of the cardinals in the election of a new successor of Peter.
His work demands a perfect physical form and great discipline. They work in very complicated schedules, they must be always attentive and they often spend hours watching places that no one goes through.
For that reason, the conditions to wear their uniform are rigidly rigid. To apply for a place, you must be male, have Swiss citizenship, be Catholic, have done military service and present a certificate of good conduct signed by the parish priest. In addition, you must be of legal age, but under thirty years of age, measure at least 174 centimeters, not be married and have completed the average cycle of studies.
The candidates must pass an interview with the commander and with the chaplain of this body. There they explain what is expected of them, and the reasons that lead them to apply to enter the guard of the pope are valued.
Only officers over the age of twenty-five who commit to continue in the Guard for another three years can marry. For them, there are reserved apartments in the barracks.
The average service of a Swiss guard is thirty months, and during that period they also have Vatican citizenship. When they arrive in Rome, they receive a passport, a winter uniform and a summer one. They are custom-made, sewn by hand, with 154 different pieces of cloth and 42 buttons. They also receive a blue work uniform and a cape to cover the rain and the cold.
Do not let yourself be carried away by your cordial appearance and refined manners. It is a very prepared army, always ready to act in a short time, and perfectly armed.

The facade, Bernini was also in charge of supervising the thirteen giant statues that crown it. They measure 5.7 meters in height. The central one is Christ the Redeemer, who carries the cross, with Saint John the Baptist on his right. Next to Saint John are the apostles James the Greater, Thomas, Philip, Matthew and Judas Thaddeus; and to the left of Jesus, Andrew, John the Evangelist, James the Less, Bartholomew, Simon and Matthias.
In this basilica, the statues of saints are not decorations. They transmit a message.
At the beginning of the 20th century, in 1909, the Campana de la Prédica was added, which is 1,085 meters in diameter and weighs only 830 kilos. The youngest is the Bell of the Hail Mary, melted in 1932. It can be seen in the belfry, on the right. It is tiny, only 0,750 meters in diameter and weighs 250 kilos. The smallest of all is the year 1825, measures 0,730 meters in diameter, weighs only 235 kilos and is called Campanella.
Since 1931 they are controlled and turned with electrical devices. At big parties like Christmas and Easter or on the day of the Apostle Saint Peter, they all repeat at once.
The most curious occasion in which these six bells sounded together was on February 28, 2013, to bid farewell to Pope Benedict XVI after his resignation, while flying by helicopter over the sky of Rome, on his way to his retirement at Castel Gandolfo.

The Pietá. The image of the most beautiful sculpture in the world shattered was so strong that some proposed that it not be restored, that those hammer blows that had destroyed it, along with those made by Michelangelo to work it, were a symbol of the innocent victims of violence, of the absurd and senseless character of evil, which always destroys.
But the Pope preferred to give a message of hope: evil does not have the last word. Therefore, he ordered that all its splendor be returned to the sculpture. Curiously, a letter from the United States came to the Vatican with some fragments of the sculpture that an anonymous tourist had collected as a souvenir at the time of the tragedy. The elegant gentleman accompanied them with a request for excuses.
Meanwhile, Laszlo Toth was declared insane, so he could not legally be convicted. He spent two years in an Italian asylum and then was expelled from Italy, back to Australia.

Few people know that very close to the basilica, behind the sacristy, in the Vatican Mosaic Studio, there is a furnace in which they manufacture enamel pieces of 26,000 different shades. His work now consists mainly of controlling the state of health of the mosaics in the basilica and restoring them immediately. But in free time they make precious artistic pieces for clients from all over the world. Even the Pope entrusts them with works that he gives to heads of state during his visits to these countries.
They are works of colored stones, with the particularity that they are made in the same workshop that decorated the Basilica of San Pedro: maybe that’s why they are prepared with a varnish of eternity.

On the right side of the chapel there is another curious element that belongs to the old basilica. It is two salomonic marble columns three meters high, two of the twelve that delimited the area of ​​the tomb of St. Peter. According to a very imaginative tradition, they had belonged to the Temple of Solomon, although it is very unlikely that it is so.
You can find almost all the others in the basilica. There are eight on the balconies of the four great pillars that support the dome. There was another one next to La Pietà, and another that has disappeared.
Look at them carefully and answer this question: what do you remember? They are very similar to those of Bernini’s baldachin, who was very likely inspired by them to design it. Of course, what Bernini did is six times bigger.

The decoration of the imposing dome was not at all peaceful. There were two candidates who disputed the realization of the mosaic tiles: Giuseppe Cesari, better known as the Knight of Arpino, master of Caravaggio and Guido Reni, and Giuseppe Roncalli, alias Pomarancio, great Mannerist artist, author of many of the frescoes from the vaults of Roman churches.
They were friends, but when in the year 1600 Clement VIII assigned to the first the commission of the dome, their friendship became an intense rivalry. Undoubtedly, the Pope had made the decision because this painter was one of his proteges, and not so much for the quality of the artist, which, in any case, was first class.
The idea of ​​decorating it with the Te Deum was not his, but the confessor of the pontiff, the Italian Cardinal Cesare Baronio. He had a reputation for being a very pious man. He was the first successor of Saint Philip Neri at the head of the Congregation of the Oratory.
The imposing baldachin is today one of the most significant elements of the basilica. But even more fascinating is the history and the symbolism that it contains, which is also an exciting chapter of the rivalry of two great Baroque geniuses who were about the same age: Bernini and Borromini. Bernini was a man from the south, elegant, friendly, witty … Borromini seemed to weigh his Central European origin, and in Rome he was sullen, shy, austere.
In 1624, Carlo Maderno was the architect of the San Pedro Factory. Bernini and Borromini worked with him and it was foreseeable that when he retired one of them would become his successor. The facade of the new basilica and the central nave had already been completed after enormous fatigue. Now he was very busy with the construction of the famous towers on both sides of the facade. What worried him most was to guarantee his stability. It was not easy. The works to build the basilica had begun more than a hundred years before, and records were not kept on the structure of the foundations, or on the construction of the sectors of the basilica.
The fact is that during the construction work of the canopy and the fence of the current Chapel of the Blessed Sacrament, Borromini was convinced that Gian Lorenzo Bernini, consciously or unconsciously, was cutting his wings because he did not want to be eclipsed in San Pedro. And that, therefore, as number two he had nothing to do.
That’s why he left the Vatican.
The first big question that Bernini had to face after being named architect of the San Pedro factory was the following: was the priority given to the arrangement designed by Michelangelo, in which the dome was the center of the temple, or in view of the fact that had the central nave been prolonged, the layout of the churches with a longitudinal plan was respected, with the main altar in the apse?
Translated in profane terms: his mission was to decide what kind of basilica Saint Peter should be and to determine the place where the papal altar was to be placed. Depending on that decision, he would decorate the rest of the basilica in one way or another to give it the unity it lacked, as it had been designed by six different architects.
He came up with a Solomonic solution: the basilica would have two papal altars, one on the transept, under the dome, at the height of Peter’s tomb; and another in the apse. This has a lot to do with the baldachin, because this was built to enhance the papal altar, not the tomb of St. Peter. Gian Lorenzo Bernini wanted to do something great and majestic, but at the same time it did not prevent him from seeing the apse.
He began inspecting the basilica’s subways, to make sure of the weight he could hold before designing something impossible to boost. Once verified that it had margin to put the foundations, and also once approved the project of the baldaquino to four columns, arrived the moment to bring the materials.
The columns weigh 36 tons. They are made of bronze, a material that Bernini brought from Venice. Many will tell you that the bronze was from the beams at the front of the Pantheon of Agrippa. It is not like that exactly. The pontiff needed that bronze to build the 80 guns of Castel Sant’Angelo. But since he was aware that the people would not look kindly on being used for military purposes, he explained that «part» of the material would be used for a «sacred» motif, the works of the basilica. He did not say that it was a small part, but the people approved of his gesture.
The salomonic columns and the pedestals of the baldachin hide several eccentricities that are not coherent with the refined taste of Gian Lorenzo Bernini and that are only repeated elsewhere in the basilica. However, someone with sufficient power should have authorized them, since it is impossible for them not to notice them.
For example, in the Solomonic column that is towards the statue of La Verónica there is «embedded» a rosary. Some thought that it was a forgetting of one of the artists in the mold, or a nod to the devotion to the Virgin Mary of one of its authors. But in the other columns there are other six small objects and real size animals perfectly fused in the bronze, which lead us to think that it is not secondary details, but a thematic series.
There is another element in this work by Bernini-Borromini that continues to intrigue the experts. It is in the basement of each column. It is about the faces that frame the shields of the pontiff’s family, with the three bees. Let’s look at them carefully. Look specifically at the face that frames each shield. It is nothing more and nothing less than a woman who is giving birth.
Film theory experts may know that Soviet film director Sergéi Eisenstein, author of The Battleship Potemkin and Ivan the Terrible, saw these shields as «eight frames, eight pieces of the montage of a complete film, because read together they present a drama »
Indeed, if we follow them in a clockwise direction, starting with the one in the corner corresponding to the statue of the pillar of Saint Andrew, it shows all the phases of the birth, until the birth of the baby.
The curious thing about his tomb is that Gian Lorenzo Bernini concluded the imposing bronze statue in 1631, thirteen years before the Pope’s death. Although, logically, the tomb was completed afterwards, the advance work helped Urban VIII to go to the other world with the assurance that his remains would rest in a beautiful place. As in the baldachin, there are also no bees of the Barberini family that hover around the monument.
Of the three statues surrounding the tomb, the most curious is the skeleton of death that writes on a parchment the name of the Pope. On the pages below you can see the initials of his two immediate predecessors, G, by Gregory XV, and P, by Paul V.
The other two sculptures represent Charity and Justice. The first allegory is portrayed with two children. There are those who consider them as two attitudes towards sin: the one who cries and seeks the help of God, and the one who sleeps and has already been helped by Him. Justice is based on the book of the law, together with a child who the balance is carried.

Right after the Chapel of the Choir is the oldest memorial of the basilica, dedicated to Innocent VIII, the Pontiff who starred in a curious diplomatic negotiation that was closed thanks to a relic.
Its history began in 1481, when Bayezid II succeeded in Istanbul the feared conqueror of Constantinople, Mehmed II. Bayezid had a great rival in his own home, his brother Cem. But Cem was so afraid that the new Sultan would erase it from the map that requested protection from the knights of the Order of St. John of Rhodes, the current Order of Malta.
The knights accepted, but at the same time reached an agreement with the Sultan, who gave them 40,000 ducats per year in exchange for not seeing his brother again. From then on, the poor man became a precious commodity to negotiate with Constantinople.
Under the tomb we can read in Latin some merits of the pontiff, as it granted to Isabel de Castilla and Fernando de Aragón the title of Catholic Monarchs. But just before, he gives a fundamental information related to his time: Novi orbis suo aevo inventi gloria, something like: «His is the glory of the discovery of the New World». However, if we do accounts, we will see that it could not be like that. The Pope died in July 1492, while the expedition of Christopher Columbus left for the Indies on August 3 and saw land three months later, on October 12. For that reason, in that story, Innocent had nothing to do with it.
The statue gave rise to some misunderstandings. For example: as the Pope’s face has no beard, some said it was from a woman. Thus was born the legend of the Papesa Juana, which has little credibility.
In artistic terms, the novelty of the monument is that it appears twice the figure of the Pope: one lying, as a corpse, which was the usual, and another sitting, active, blessing, a daring novelty in his time.
The author of the work is a Tuscan artist, Antonio Pollaiuolo, the master of Sandro Botticelli. He made it in the year 1497. In fact, on the left side of the throne, between the back and the legs of the throne, with a little effort you can read his signature: «Antonio Pollaiuolo, famous in gold, in silver, in the bronze and in the painting, that made the sepulcher of Sixto IV, carried to term this work that he himself concluded».

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