El Ojo Desnudo: Si No Lo Ven ¿Cómo Saben Que Está Ahí? . El Fascinante Viaje De La Ciencia Más Allá De Lo Aparente — Antonio Martínez Ron / The Naked Eye: If You Do not See It How do you know it’s there? . The Fascinating Journey of Science Beyond Apparent by Antonio Martínez Ron (spanish book edition)

Maravillosa obra de divulgación científica en español. Partiendo de los ojos de John Dalton, el famoso científico inglés, y del daltonismo, esa enfermedad genética tan conocida que estudiamos en los problemas de genética del sexo, resulta que Antonio construye un verdadero recorrido por la historia de la Ciencia, siempre girando en torno a la luz, el ojo humano, y la forma en que percibimos el mundo, para presentarnos a un montón de científicos y sus descubrimientos. El libro no va de ojos, ni va de óptica, ni de oftalmología, el libro va de Ciencia, pero de CIENCIA todo en mayúsculas, porque la curiosidad humana, la aplicación del método científico, la constancia y la belleza de la ciencia están presentes a lo largo de todo el relato. Ya había leído en redes que su lectura enganchaba, pero lo he podido comprobar por mí mismo, y me he leído el libro “en tres ratitos”.
No quiero destripar todas las historias interesantes que podemos leer en El ojo desnudo, pero algunas de ellas son verdaderamente asombrosas. A mí me llamó muchísimo la atención el capítulo titulado El mundo al revés, donde se nos cuenta como algunos científicos experimentaron con gafas que giraban su percepción del mundo, de diversas formas, y de como increíblemente su cerebro se adaptaba a ver en esa situación extraña.
Termino recomendando el libro sinceramente, lo digo porque pienso que es uno de los mejores libros que podemos leer este verano en la playa, o regalar en navidades, o disfrutar recogido en casa un día de lluvia. De hecho a mí me han entrado más ganas de conocer más detalles sobre la vida de muchos de los grandes hombres que se mencionan en él, y creo que en parte se debe a la forma de transmitir la pasión de estos científicos que Antonio plasma magistralmente en su obra. Chapeau Antonio felicidades por tu libro, por tu investigación, por tu trabajo y por todo lo bueno que aportas a este mundo.

Es el largo camino que nos ha llevado de sorprendernos con los hechos naturales a intentar describirlos mediante la observación y la búsqueda y desarrollo de teorías que los expliquen y permitan predecir nuevos fenómenos no observados por las limitaciones de nuestros sentidos.
Ese viaje está escrito con habilidad, me atrevo a decir que con magnetismo para la mente del lector curioso.
Pese a ser hechos conocidos (para aquellos que disfrutan de la Historia de la Ciencia), aquí el viaje sigue un hilo conductor inmaterial, como es la pasión con que el autor se emociona, por ejemplo, con unos pellejos de tejido humano en una cápsula de cristal o por las lágrimas ante la descripción de un atardecer otoñal que es por vez primera observado.
Me ha hecho recordar aquellas clases en las que un profesor de EGB nos contaba algunas de esas historias en los comienzos de sus clases y que eran seguidas con atención (posiblemente no por todos los alumnos, claro). Esas historias en los institutos podían aumentar el interés de los estudiantes por la Ciencia, que buena falta hace.
Un pesar me produce el libro: y es que siempre que se hace este viaje se pone de manifiesto el abandono dela Ciencia en nuestro país. Qué razón tuvo Jules Verne en su novela “De la Tierra a la Luna” cuando habla del poco apego a los conocimientos científicos de España como demuestra su exigua aportación a la expedición lunar…
Este libro me ha inspirado recuerdos de conocimientos anteriores y nuevos proyectos que tenía en mente. .
Sin duda, un libro muy recomendable para conocer cómo nuestra sociedad ha llegado a desentrañar las leyes de la naturaleza a través del trabajo de cientos, miles de científicos que aportan su ladrillo (algunos acaban plantas enteras..) en el edificio inacabado de la Ciencia.

La ciencia es la mejor herramienta de que disponemos para comprender cómo funciona el mundo que nos rodea. Representa sin duda un logro fundamental del ser humano, quizás el más importante de todos, ya que nos ha permitido no solo una mejora evidente de nuestra calidad de vida, sino alcanzar cotas de desarrollo impensables hace unas décadas.
Por otro lado, no podemos olvidar que la tecnología es otra parte inseparable de este progreso. La ciencia y la tecnología son dos cosas distintas y, por raro que nos pueda parecer hoy en día, no siempre han estado tan vinculadas como en la actualidad. La tecnología es tan antigua como la humanidad: las herramientas de piedra que empleaban nuestros antepasados hace millones de años son tecnología. Sin embargo, ni esas herramientas de piedra, ni las puntas de lanza que vinieron después, los barcos de vela, las catedrales y otros tantos avances tecnológicos se lograron comprendiendo la ciencia que reside en la base de cada uno (conocimientos de metalurgia, química, mecánica, aerodinámica e hidrodinámica por ejemplo).
Por ese motivo, la historia de la ciencia no se puede comprender sin la historia de la tecnología. En el devenir de ambas disciplinas llegó un momento en que los primeros científicos, los «filósofos naturales», se dieron cuenta de que para comprender de verdad los misterios últimos de la materia, la luz, las estrellas y tantos otros hechos fascinantes debían apoyarse en instrumentos cada vez más complejos e ingeniosos. Se dieron cuenta, en definitiva, que nuestros sentidos no eran suficientes para encontrar las respuestas a las preguntas que se iban acumulando.
Y esto es algo que el apasionante libro de Antonio Martínez Ron logra exponer con maestría. A través de sus páginas seguiremos un camino plagado de historias, anécdotas y datos acerca de cómo descubrimos la naturaleza de la luz y, al mismo tiempo, comprendimos que nuestros sentidos no nos ofrecen una imagen real, una imagen objetiva (sea lo que sea esto) del mundo que nos rodea.
El autor destaca que la investigación acerca de la naturaleza de la luz ha progresado en paralelo a los estudios sobre la visión: «Por un lado, difícilmente podía avanzarse en el conocimiento de los mecanismos de la visión sin tener una idea cabal de las características de la luz y estas, por su parte, difícilmente podían desentrañarse sin recurrir al sentido de la vista como fuente primaria de información».
Como hemos apuntado, el «ojo desnudo» al que alude el título era nuestro único instrumento de observación hasta que se inventaron el telescopio y el microscopio. Gracias a estos aparatos, y la progresiva mejora en las técnicas de su fabricación, pudimos descubrir que la luz visible no es más que una pequeña parte del espectro electromagnético.
Al mismo tiempo, fuimos conscientes de que todo lo que «vemos», o sea, las imágenes que elabora nuestra corteza visual a partir de las señales que recibe del exterior, no son un reflejo «fiel» de la realidad sino interpretaciones de la misma gracias a las cuales nos podemos desenvolver en el entorno. En esas interpretaciones influyen además nuestras vivencias y experiencias pasadas.
Por lo tanto, podemos decir que el profundo interés por saber cómo funciona nuestra visión, por responder a la pregunta de qué es la luz, fue una suerte de catalizador que llevó a plantearse otras cuestiones fundamentales como comprender qué es la materia y cuál es la estructura del universo. Para encontrar las respuestas fue necesario diseñar y fabricar nuevos instrumentos de observación: «Y solo cuando calibraron los instrumentos para poder mirar las estrellas pudieron darles la vuelta y apuntar con ellos al fondo de nuestro propio ojo».
Lo que propone este libro es un viaje para ver la realidad con nuevos ojos y comprender cómo hemos llegado a descubrir lo que ahora sabemos. Un intento de resumir la historia que lleva desde los primeros hombres que miraban el cielo con el «ojo desnudo» hasta el descubrimiento de realidades tan intangibles como el bosón de Higgs o las ondas gravitacionales.
En definitiva, estamos ante un libro muy recomendable con un lenguaje totalmente accesible para cualquiera, y que te engancha desde la primera página gracias a la capacidad del autor de mantenerte en cada momento con ganas de más información.

Recordandemos el biólogo estadounidense Edward O. Wilson comparaba en cierta ocasión a los seres humanos con peces inteligentes que nacen en un estanque profundo y oscuro y tratan de interpretar lo que les llega desde el exterior para intentar encontrar un significado a su existencia. ¿Qué pensarían ellos a partir de los escasos datos que la superficie del agua les permite observar en su mundo de oscuridad? Seguramente estarían tan limitados como nosotros e inventarían «ingeniosas especulaciones y mitos sobre el origen de las aguas que los confinan, del sol y las estrellas que hay arriba, y del significado de su propia existencia», escribe Wilson. De la misma manera, los seres humanos hemos pasado milenios tratando de comprender estas limitaciones y eso es lo que subraya Antonio Martínez Ron en este libro, la historia de cómo, a la vez que desentrañamos la naturaleza de la luz, nos defendimos de nuestra engañosa percepción para poder explorar la naturaleza en todas sus dimensiones.
La visión y la luz constituyen un binomio inseparable, hasta el punto de que no es posible salir de la circularidad si tratamos de definirlas.

Descubrí que las personas en general distinguen seis tipos de colores en el espectro solar, conocidos como rojo, naranja, amarillo, verde, azul y púrpura […] Para mí es todo de una forma bastante distinta: veo solo dos o como mucho tres de esas distinciones. A estas las llamo amarillo y azul; o amarillo, azul y púrpura. Mi amarillo comprende el rojo, naranja, amarillo y verde de los demás; y mi azul y púrpura coinciden con los de ellos. Esa parte de la imagen que otros llaman rojo parece para mí poco más que una sombra, o falta de luz; después de eso, el naranja, amarillo y verde parecen un solo color.
Las revelaciones de Dalton ayudaron a identificar por primera vez la «ceguera al color», que en algunos países como España se conoce todavía como «daltonismo». Curiosamente, la explicación que el científico dio de su propio trastorno no era correcta, pues supuso que la causa estaría en que el humor vítreo de sus ojos tendría un tono más azulado que el del resto y absorbería selectivamente más luz con mayores longitudes de onda. Para comprobarlo dejó instrucciones a su médico, Joseph Ransome, para que a su muerte extrajera los globos oculares y examinara con detenimiento cuál era la causa de aquella extraña percepción del color que le hacía ver las flores azules o rojas en función de la fuente de luz que las iluminaba.
El 28 de julio de 1844, un día después de la muerte de Dalton a los 78 años, el doctor Ransome realizó la autopsia del cadáver y cumplió con el encargo. Extrajo los ojos del científico, los diseccionó y exprimió el humor vítreo sobre un recipiente de cristal para comprobar su color. Aquella sustancia gelatinosa era perfectamente transparente y no había ni rastro de los tonos azules que Dalton había pronosticado. El médico llegó a diseccionar la parte posterior del ojo y a mirar a través del cristalino para ver si los objetos verdes o rojos cambiaban de color al pasar por el filtro. Pero no cambiaban. ¿Qué estaba pasando allí? La explicación de aquel fenómeno iba más allá del caso particular de Dalton. En el fondo estaban algunas de las grandes cuestiones que durante años han ocupado a la humanidad, como qué es un color, qué ve cada uno de nosotros y cómo se transforma un estímulo sensorial en algo tan abstracto como una percepción.

Una langosta mantis o a un águila, por ejemplo, igual tendrían algo que decir. La primera tiene doce tipos de fotorreceptores que le permiten ver en infrarrojo y ultravioleta y una variedad de tonos que ni siquiera imaginamos. La segunda tiene un ángulo de visión de 340 grados y es capaz de detectar un conejo a una distancia de más de tres kilómetros. Algunos estudios estiman que las cucarachas son capaces de navegar espacialmente con la información que les proporciona un fotón por segundo y existen unas abejas capaces de distinguir las flores y navegar entre los árboles de un bosque en una noche sin luna. Al lado de estas criaturas, como mucho podemos decir que los seres humanos somos buenos reconocedores de caras y tenemos una visión tricromática bastante decente.
La forma en que nuestro cerebro construye la sensación de profundidad o de tres dimensiones. A diferencia de un cuadro en el que el pintor coloca un punto de fuga y hace decrecer los objetos que se suponen más alejados, en esta imagen reducida a su mínima expresión no hay pistas que nos indiquen que puede haber otra dimensión. Pero no solo eso; se trata además de un ejemplo estupendo de cómo nuestro cerebro construye la realidad y no percibe lo que «ve» (lo que registra su ojo), sino lo que puede decodificar a partir de lo que ha aprendido. Puedes tener algo delante de tus ojos y no reconocer en absoluto lo que ves porque te faltan los elementos para decodificarlo.
La cuestión de fondo es si la naturaleza, la selección natural, favorece la aparición de órganos de percepción que den un reflejo fiel de la realidad o si nos basta con un trasunto más o menos aceptable que nos permita tener mayor éxito reproductivo.

Si la luz es instantánea y la manera óptima de interpretarla es la nuestra, en caso de existir criaturas en otros planetas es lógico pensar que el sistema empleado para percibir la realidad será el mismo.

En una de las escarpadas paredes del Parque Nacional Kakadu, al norte de Australia, hay pintado un arco de color anaranjado sobre la roca. La pintura tiene varios miles de años de antigüedad y es una de las muchas representaciones de una deidad de los aborígenes australianos conocida como la «serpiente arcoíris». Durante siglos los habitantes de esta zona del planeta pensaron que el arcoíris era una enorme serpiente que vivía en el interior de las pozas y de los ríos y que de vez en cuando asomaba para viajar desde uno a otro por el cielo. El mito se repite de forma global en casi todas las culturas que viven en zonas tropicales, donde llueve mucho y hay serpientes por todas partes. Los guajiros, que viven entre Colombia y Venezuela, pensaban que el arcoíris era una serpiente que espantaba a la lluvia escupiendo colores por su boca. En las mitologías de otras zonas más frías, como la nórdica, el arcoíris era un enorme puente entre la tierra de los hombres y los dioses al final del cual el dios Heimdal vigilaba a los gigantes.
Salvo que vivas en el desierto de Atacama, hay pocas experiencias más universales que ver el arcoíris.
En el verano de 2015 Libbrecht consiguió algo que durante años parecía impensable, dado el tópico de que no existen dos cristales de hielo iguales. El físico ha desarrollado un método para crear dos copos de nieve idénticos. A él le gusta llamarlos gemelos idénticos porque, como pasa con las personas, siempre hay un pequeño porcentaje de diferencias. La distancia justa para que los dos copos crezcan sin chocar y en las condiciones ambientales más parecidas posibles son dos milímetros. Un poco más cerca y ambos chocan, un poco más lejos y la temperatura y humedad ya no son iguales y los brazos de los cristales ya no crecen de la misma forma. En la Universidad de Utah, el físico Tim Garrett también trabaja con copos de nieve, pero en su caso ha desarrollado una técnica para fotografiarlos en tres dimensiones en su estado natural, mientras caen. Sus imágenes son otra prueba de que la simetría es un artefacto que introducimos con nuestras observaciones. «Los copos casi nunca están formados por un único y simple cristal», asegura. «Más bien experimentan una especie de “escarchamiento”, cuando millones de gotas de agua colisionan con el copo y se congelan en su superficie.

En el ámbito de los microscopios fue el físico alemán Ernst Abbe quien en 1873 se dio cuenta de que con estos instrumentos nos enfrentamos a un límite de difracción en el que el tamaño de la luz visible desempeña un papel crucial. En otras palabras, tenemos difícil observar algo que es más pequeño que la propia onda de luz con la que queremos verlo. Durante casi un siglo, el llamado «límite de Abbe» supuso un problema para la microscopía, pues si se utilizaban otras longitudes de onda, como la ultravioleta, se dañaban las muestras vivas. Sería en la búsqueda de este tipo de soluciones técnicas, y en el empeño en comprender mejor la naturaleza de la luz, como un grupo de físicos desentrañaría los secretos de la materia y entendería cómo están hechos los átomos, qué sucede en su interior a escalas aún más diminutas y cómo se podían superar los límites que hasta entonces parecía tener la óptica convencional. De rebote, y como en un homenaje póstumo a Dalton, tratando de entender qué es la luz y qué es lo que vemos.
Mientras medíamos la distancia a las estrellas, o lo que pesaba un líquido antes y después de calentarlo, surgieron nuevas preguntas sobre nuestro lugar en el universo, la velocidad a la que viaja nuestro planeta o la naturaleza de las cortinas de luz que bañan la noche ártica. Al cabo de destejer muchos arcoíris en la oscuridad y de jugar con los rayos de sol en busca de respuestas, algunos dieron con las fórmulas para describir el comportamiento de la luz y lo que pasaba alrededor de nosotros.
Esta indagación introspectiva se remonta al siglo IV a. C., cuando Herófilo de Calcedonia describió por primera vez las venas del cerebro gracias a las vivisecciones que practicaba a criminales y esclavos condenados a muerte. Un poco sanguinolento, pero no había muchas maneras de penetrar en los secretos de la mente. Muchos años después, en 1882, al médico italiano Angelo Mosso se le ocurrió diseñar una máquina para «pesar» los pensamientos. El dispositivo consistía en una tabla colocada sobre un punto de equilibrio y funcionaba como una especie de balanza para detectar la diferencia entre distintas actividades mentales.
Un anciano después de muchos años acaba de ver una sombra moverse delante de sus ojos, el rostro de su mujer al pasar por delante de su nuevo dispositivo biónico. El sistema consiste en unas gafas provistas de una cámara que traducen la señal de lo que tiene delante y la envían al cerebro a través de unos pequeños electrodos. En realidad lo que está viendo son solo fosfenos, pequeños destellos de luz como los que provocaban los médicos entre las trincheras de la Gran Guerra o los que asaltan a los astronautas cuando intentan dormir en el espacio. Estos píxeles de luz le sirven para ver siluetas y contraste; ni él ni los otros pacientes que han recibido este tipo de implantes pueden prescindir del bastón ni otros medios que les permiten orientarse, pero para alguien que quedó absolutamente ciego por la retinosis pigmentaria hace décadas esos destellos de luz son tan valiosos como los primeros momentos del Big Bang.
Hemos tardado en conocer por qué vemos como vemos y por qué caminos viaja la luz desde que sale despedida desde los orbitales de un átomo hasta que cruza nuestro cristalino, estimula las moléculas de rodopsina y activa una señal eléctrica que llega al cerebro. Pero hay algo de lo que ahora no me cabe ninguna duda: está más cerca el día en que seremos capaces de construir nuestros propios ojos.

Wonderful book of scientific dissemination in Spanish. Starting from the eyes of John Dalton, the famous English scientist, and from color blindness, that well-known genetic disease that we study in the genetic problems of sex, it turns out that Antonio builds a true journey through the history of science, always revolving around to the light, the human eye, and the way we perceive the world, to introduce ourselves to a lot of scientists and their discoveries. The book is not about eyes, nor about optics, nor ophthalmology, the book is about Science, but about SCIENCE all in capital letters, because human curiosity, the application of scientific method, the constancy and beauty of science are present throughout the whole story. I had already read in networks that its reading hooked, but I have been able to verify it for myself, and I have read the book “in three short moments”.
I do not want to gut all the interesting stories we can read in The naked eye, but some of them are truly amazing. I was very struck by the chapter entitled The Upside Down World, where we are told how some scientists experimented with glasses that rotated their perception of the world, in different ways, and how incredibly their brain adapted to see in that strange situation .
I end by recommending the book sincerely, I say it because I think it is one of the best books we can read this summer on the beach, or give away at Christmas, or enjoy picking up a rainy day at home. In fact I have been more eager to know more details about the lives of many of the great men mentioned in it, and I think that in part it is due to the way of transmitting the passion of these scientists that Antonio brilliantly captures in his work. Chapeau Antonio congratulations for your book, for your research, for your work and for all the good that you bring to this world.

It is the long way that has taken us to be surprised by natural facts to try to describe them through observation and the search and development of theories that explain them and allow us to predict new phenomena not observed by the limitations of our senses.
That trip is written with skill, I dare say that with magnetism to the mind of the curious reader.
Despite being known facts (for those who enjoy the History of Science), here the journey follows an intangible thread, as is the passion with which the author is moved, for example, with a few skins of human tissue in a capsule of glass or tears at the description of an autumnal sunset that is first observed.
It has reminded me of those classes in which an EGB teacher told us some of those stories at the beginning of their classes and that were followed with attention (possibly not by all the students, of course). These stories in the institutes could increase students’ interest in science, which is a good thing.
I am saddened by the book: it is that whenever this trip is made, the abandonment of Science in our country becomes evident. What reason had Jules Verne in his novel “From the Earth to the Moon” when he speaks of the little attachment to the scientific knowledge of Spain as evidenced by his meager contribution to the lunar expedition …
This book has inspired me memories of previous knowledge and new projects I had in mind. .
Undoubtedly, a book highly recommended to know how our society has come to unravel the laws of nature through the work of hundreds, thousands of scientists who provide their brick (some end up whole plants ..) in the unfinished building of Science.

Science is the best tool we have to understand how the world around us works. It represents, without a doubt, a fundamental achievement of the human being, perhaps the most important of all, since it has allowed us not only an evident improvement of our quality of life, but also reaching levels of development unthinkable a few decades ago.
On the other hand, we can not forget that technology is another inseparable part of this progress. Science and technology are two different things and, strange as it may seem to us today, they have not always been as linked as they are today. Technology is as old as humanity: the stone tools that our ancestors used millions of years ago are technology. However, neither those stone tools, nor the spearheads that came after, the sailing ships, the cathedrals and so many other technological advances were achieved by understanding the science that resides at the base of each one (knowledge of metallurgy, chemistry, mechanical, aerodynamic and hydrodynamic for example).
For that reason, the history of science can not be understood without the history of technology. In the evolution of both disciplines came a time when the first scientists, the “natural philosophers”, realized that to truly understand the ultimate mysteries of matter, light, stars and many other fascinating facts should be supported by increasingly complex and ingenious instruments. They realized, in short, that our senses were not enough to find the answers to the questions that were accumulating.
And this is something that Antonio Martínez Ron’s passionate book manages to expose with mastery. Through its pages we will follow a path full of stories, anecdotes and data about how we discovered the nature of light and, at the same time, we understood that our senses do not offer us a real image, an objective image (whatever that may be ) of the world that surrounds us.
The author emphasizes that research on the nature of light has progressed in parallel with the studies on vision: “On the one hand, it was difficult to advance in the knowledge of the mechanisms of vision without having a complete idea of ​​the characteristics of light and these, on the other hand, could hardly be unraveled without resorting to the sense of sight as a primary source of information ».
As we have noted, the “naked eye” referred to in the title was our only instrument of observation until the telescope and the microscope were invented. Thanks to these devices, and the progressive improvement in manufacturing techniques, we were able to discover that visible light is only a small part of the electromagnetic spectrum.
At the same time, we were aware that everything we “see”, that is, the images produced by our visual cortex from the signals it receives from outside, are not a “faithful” reflection of reality but interpretations of it. thanks to which we can develop in the environment. In these interpretations also influence our experiences and past experiences.
Therefore, we can say that the deep interest in knowing how our vision works, by answering the question of what light is, was a kind of catalyst that led us to consider other fundamental questions such as understanding what is matter and what is the structure of the universe. To find the answers it was necessary to design and manufacture new observation instruments: “And only when they calibrated the instruments to be able to look at the stars could they turn them around and point them at the bottom of our own eye”.
What this book proposes is a journey to see reality with new eyes and understand how we have come to discover what we now know. An attempt to summarize the story that leads from the first men who looked at the sky with the “naked eye” until the discovery of such intangible realities as the Higgs boson or gravitational waves.
In short, this is a highly recommended book with a language that is totally accessible to anyone, and which hooks you from the first page thanks to the author’s ability to keep you at all times wanting more information.

Remembering the american biologist Edward O. Wilson once compared humans with intelligent fish born in a deep and dark pond and try to interpret what comes from the outside to try to find a meaning to their existence. What would they think from the scant data that the water surface allows them to observe in their world of darkness? Surely they would be as limited as we were and invent “ingenious speculations and myths about the origin of the waters that confine them, the sun and the stars that are above, and the meaning of their own existence,” Wilson writes. In the same way, human beings have spent millennia trying to understand these limitations and that is what Antonio Martínez Ron emphasizes in this book, the story of how, while we unravel the nature of light, we defend ourselves from our deceptive perception to be able to explore nature in all its dimensions.
Vision and light constitute an inseparable binomial, to the point that it is not possible to leave the circularity if we try to define them.

I discovered that people in general distinguish six types of colors in the solar spectrum, known as red, orange, yellow, green, blue and purple […] For me it is all quite differently: I see only two or as much three of those distinctions. I call these yellow and blue; or yellow, blue and purple. My yellow includes the red, orange, yellow and green of the others; and my blue and purple match theirs. That part of the image that others call red seems to me little more than a shadow, or lack of light; after that, the orange, yellow and green look like a single color.
Dalton’s revelations helped to identify for the first time “color blindness”, which in some countries like Spain is still known as “color blindness”. Curiously, the explanation that the scientist gave of his own disorder was not correct, as he assumed that the cause would be that the vitreous humor in his eyes would have a more bluish tone than the rest and would selectively absorb more light with longer wavelengths. To verify this he left instructions to his doctor, Joseph Ransome, so that at his death he would remove the eyeballs and carefully examine what was the cause of that strange perception of color that made him see blue or red flowers depending on the source of light that illuminated them.
On July 28, 1844, one day after Dalton’s death at age 78, Dr. Ransome performed the autopsy of the body and fulfilled the order. He removed the scientist’s eyes, dissected them and squeezed the vitreous humor over a glass container to check its color. That gelatinous substance was perfectly transparent and there was no trace of the blue tones that Dalton had predicted. The doctor came to dissect the back of the eye and look through the lens to see if the green or red objects changed color when passing through the filter. But they did not change. What was happening there? The explanation of that phenomenon went beyond the particular case of Dalton. In the background were some of the great questions that have occupied humanity for years, such as what is a color, what each of us sees and how a sensory stimulus is transformed into something as abstract as a perception.

A lobster mantis or an eagle, for example, would have something to say. The first has twelve types of photoreceptors that allow you to see in infrared and ultraviolet and a variety of tones that we can not even imagine. The second one has a viewing angle of 340 degrees and is capable of detecting a rabbit at a distance of more than three kilometers. Some studies estimate that cockroaches are able to navigate spatially with the information provided by one photon per second and there are bees capable of distinguishing flowers and navigating through the trees of a forest on a moonless night. Beside these creatures, at best we can say that human beings are good face recognizers and we have a pretty decent trichromatic vision.
The way in which our brain constructs the sensation of depth or of three dimensions. Unlike a painting in which the painter places a vanishing point and decreases the objects that are supposed to be farthest away, in this image reduced to its minimum expression there are no clues that indicate that there may be another dimension. But not only that; it is also a great example of how our brain constructs reality and does not perceive what it “sees” (what registers its eye), but what it can decode based on what it has learned. You can have something before your eyes and not recognize at all what you see because you lack the elements to decode it.
The basic question is whether nature, natural selection, favors the appearance of organs of perception that give a faithful reflection of reality or if a more or less acceptable transcript that allows us to have greater reproductive success is enough.

If the light is instantaneous and the best way to interpret it is ours, if there are creatures on other planets it is logical to think that the system used to perceive reality will be the same.

On one of the steep walls of Kakadu National Park, in northern Australia, there is an orange-colored arch painted on the rock. The painting is several thousand years old and is one of the many representations of a deity of the Australian aborigines known as the “rainbow serpent.” For centuries the inhabitants of this area of ​​the planet thought that the rainbow was a huge snake that lived inside the pools and rivers and that occasionally appeared to travel from one to another through the sky. The myth is repeated globally in almost all cultures that live in tropical areas, where it rains a lot and there are snakes everywhere. The guajiros, who live between Colombia and Venezuela, thought that the rainbow was a snake that frightened the rain spitting colors through its mouth. In the mythologies of other colder zones, such as the Nordic, the rainbow was a huge bridge between the land of men and the gods at the end of which the god Heimdal guarded the giants.
Unless you live in the Atacama Desert, there are few experiences more universal than seeing the rainbow.
In the summer of 2015 Libbrecht achieved something that for years seemed unthinkable, given the cliché that there are no two identical ice crystals. The physicist has developed a method to create two identical snowflakes. He likes to call them identical twins because, as with people, there is always a small percentage of differences. The right distance for the two flakes to grow without collision and in the most similar environmental conditions possible is two millimeters. A little closer and both collide, a little further and the temperature and humidity are no longer equal and the arms of the crystals no longer grow in the same way. At the University of Utah, the physicist Tim Garrett also works with snowflakes, but in his case has developed a technique to photograph them in three dimensions in their natural state, while falling. His images are another proof that symmetry is an artifact that we introduce with our observations. “The flakes are almost never formed by a single and simple crystal,” he says. “Rather, they experience a kind of” frost “, when millions of drops of water collide with the codend and freeze on its surface.

In the scope of the microscopes it was the German physicist Ernst Abbe who in 1873 realized that with these instruments we are faced with a diffraction limit in which the size of visible light plays a crucial role. In other words, we have a hard time observing something that is smaller than the wave of light with which we want to see it. For almost a century, the so-called “Abbe limit” was a problem for microscopy, because if other wavelengths were used, such as ultraviolet, live samples were damaged. It would be in the search for this kind of technical solutions, and in the effort to better understand the nature of light, how a group of physicists would unravel the secrets of matter and understand how atoms are made, what happens inside them at scales even more minute and how could be overcome the limits that until then seemed to have conventional optics. Bounce, and as in a posthumous tribute to Dalton, trying to understand what is light and what we see.
While measuring the distance to the stars, or what a liquid weighed before and after heating it, new questions arose about our place in the universe, the speed at which our planet travels or the nature of the light curtains that bathe the night Arctic After unraveling many rainbows in the darkness and playing with the sunbeams in search of answers, some found the formulas to describe the behavior of light and what was happening around us.
This introspective inquiry dates back to the 4th century BC. C., when Herophilus of Chalcedon first described the veins of the brain thanks to the vivisections he practiced to criminals and slaves condemned to death. A bit bloody, but there were not many ways to penetrate the secrets of the mind. Many years later, in 1882, the Italian doctor Angelo Mosso came up with the idea of ​​designing a machine to “weigh” his thoughts. The device consisted of a table placed on a balance point and functioned as a kind of balance to detect the difference between different mental activities.
An elder man after many years has just seen a shadow move in front of his eyes, the face of his wife as he passes in front of his new bionic device. The system consists of glasses equipped with a camera that translate the signal of what is in front of it and send it to the brain through small electrodes. In fact, what you are seeing are only phosphenes, small flashes of light like those caused by doctors among the trenches of the Great War or those that assault astronauts when they try to sleep in space. These pixels of light serve to see silhouettes and contrast; neither he nor the other patients who have received this type of implants can dispense with the cane or other means that allow them to orient themselves, but for someone who was completely blind for retinitis pigmentosa decades ago those flashes of light are as valuable as the first moments of the Big Bang.
We have been slow to know why we see how we see and by which paths the light travels since it is ejected from the orbitals of an atom until it crosses our lens, stimulates the rhodopsin molecules and activates an electrical signal that reaches the brain. But there is something I now have no doubt about: the day is coming when we will be able to build our own eyes.

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