McMafia: Un Viaje A Los Bajos Fondos Globales — Misha Glenny / McMafia: Seriously Organised Crime by Misha Glenny

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El título del libro de Glenny, McMafia, resume la realidad de los fenómenos modernos del crimen organizado: en nuestro mundo globalizado, el crimen organizado ha alcanzado un tamaño, sofisticación, riqueza y alcance comparable al de las corporaciones multinacionales más exitosas. En una serie de divertidas viñetas que detallan el funcionamiento interno de los sindicatos criminales transnacionales más destacados, Glenny ilustra que, en muchos casos, los sindicatos delictivos superan a las corporaciones multinacionales en cuanto a influencia, eficiencia y riqueza. El libro de Glenny rastrea los orígenes de la globalización del crimen organizado a los efectos desestabilizadores del colapso de la antigua Unión Soviética y la total falta de preparación, y aparente falta de voluntad, de los gobiernos nacionales y las instituciones globales para contener el caos subsiguiente. La renuencia a actuar, motivada en parte por la conveniencia política, y en parte por la voluntad de dejar de lado la actividad delictiva para obtener mayores ganancias para las empresas legítimas, ha creado una situación en la que un sistema global de chantaje amenaza con subsumir el sistema global comercio. Según Glenny, la actividad criminal representa casi una quinta parte del PIB mundial.
Glenny delinea una economía criminal que se sustenta en un conjunto de empresas criminales centrales entrelazadas: el contrabando; el tráfico de drogas; falsificación de bienes y moneda; trata de personas; extracción ilegal de minerales; tráfico de armas; y fraude financiero. La descripción detallada de Glenny de las operaciones de los grupos criminales transnacionales pinta un retrato crudo del abismo cada vez mayor entre hombres y mujeres, los ultra ricos y los desesperadamente pobres, las mayorías étnicas y las minorías étnicas. Controles financieros ineficaces o inexistentes, combinados con políticas irracionales que rigen la migración laboral, la prohibición de las drogas y el comercio, así como un apetito insaciable por las drogas ilegales, el sexo ilícito y los lujos baratos, exacerban estas divisiones y fomentan un entorno en el que la actividad delictiva no solo prospera, sino que a menudo es el único recurso si un individuo desea sobrevivir.
Como aclara la sobria evaluación de McGlenny sobre el estado corrupto de la economía global, hasta que los gobiernos nacionales, las instituciones internacionales y la sociedad civil acepten la realidad de que los destinos económicos y políticos de las naciones del mundo están intrincadamente entrelazados y elaboren un régimen regulador coherente que gobierna el movimiento internacional de capital, bienes, servicios y trabajo de una manera justa y racional, nuestro descenso a la anarquía global solo se acelerará.

Usted patrocina el crimen organizado. No hay nada que puedas hacer para parar. Estos son algunos de los mensajes desalentadores de _McMafia: Un viaje por el inframundo criminal global_ (Knopf) de Misha Glenny. Un gran libro con una visión extremadamente amplia y mundial de lo último en criminalidad global, presenta una imagen abrumadora de crímenes letales y lucrativos en China, Serbia, Chechenia, Colombia, Israel, Rusia y en todas partes. Los EE. UU., La tierra donde Don Corleone y su familia prosperaron, recibe sorprendentemente poca cobertura como escenario de crímenes, pero eso no impide que juegue un papel en todo el mundo. Digamos (por el bien de la discusión) que usted es un estadounidense que no contrata trabajadores extranjeros ilegales y que nunca usa drogas ilegales y nunca lava dinero, por lo que cree que eso lo libera. No exactamente. ¿Usas un teléfono celular? Si es así, lo más probable es que contenga coltán, un compuesto minado que conduce de manera eficiente la electricidad a temperaturas muy altas, y que proviene de la República Democrática del Congo, por lo que se recurre al saqueo y al crimen organizado allí. Hay innumerables ejemplos más aquí, pero lo más importante es lo que el gobierno estadounidense y otros gobiernos están haciendo. Están interesados ​​en la prohibición, la criminalización y la interdicción, pero con el levantamiento de las restricciones al libre movimiento de capital (Glenny culpa a Reagan y Thatcher por permitir lo que las corporaciones querían), los delincuentes «… se unieron inextricablemente a la globalización: era aquí en los enormes embalses del sistema bancario internacional que los activos líquidos de los mundos corporativo y criminal se mezclaron y se mezclaron «. El libro de Glenny detalla sus viajes a escenas de crímenes de diferentes países, y es guiado por criminales, contrabandistas y algunos policías. Es una visión reveladora y desalentadora del mundo.
_McMafia_ salta alrededor del mundo, Glenny da imágenes de una enorme red de delincuencia más o menos bien organizada y rutinariamente aliada con los gobiernos (gobiernos eficientes e ineficientes, no solo los gobiernos que son nuestros amigos o nuestros enemigos), la policía y las corporaciones. El libro es a menudo incómodo de leer, como en la historia de una mujer de Moldavia que fue enviada contra su voluntad para estar de guardia en un burdel israelí, maltratada por moldavos, ucranianos, rusos, egipcios y beduinos antes de que los israelíes pudieran tomarse de la mano. sobre su. La mafia en Chechenia era tan despiadada y temía que ganara dinero permitiendo que las estafas criminales en otras ciudades se autodenominaran «chechenas». Si esos licenciados no enjuiciaran ferozmente las violaciones locales a la protección, la mafia chechena iría en pos de los mismos mafiosos, para que la marca no se devalúe. Los oligarcas y los mafiosos de Rusia se unieron para hacer las lavanderías en todo el mundo para limpiar el efectivo del crecimiento y la exportación de drogas. Glenny muestra cómo comprar gasolina de contrabando en Serbia, DVD falsificados en China o caviar ilegal en Kazajstán. Viaja con contrabandistas de marihuana de la Columbia Británica, describe haber sido propuesto en clubes de sexo en Dubai, o cuenta cómo los demonios pachinko en Tokio alimentan su hábito. Glenny entrevista a un miembro de la famosa _yakuza_, la mafia tradicional de Japón, que dice: «Como todas las organizaciones, enfrentamos problemas para animar a los jóvenes a unirse». Bueno, es solo un problema de gestión: los _yakuza_ subcontratan sus golpes de la mafia a las pandillas chinas.
En ocasiones, _McMafia_ es un disparate en sus saltos en todo el mundo, pero el panorama general es quizás demasiado complicado para que cualquiera lo entienda por completo. Glenny sabe que está escribiendo sobre temas tenebrosos y oscuros, pero hay algunos puntos de luz. Hay académicos que han hecho estudios sociológicos sobre pandillas y miembros de pandillas, algunos incluso se han unido para obtener información. Uno de ellos dice, sin embargo, «a los académicos no les gusta perder el tiempo con fuentes no cooperativas que se niegan a hablar y, alternativamente, no les gusta que les disparen». Hay una pequeña organización llamada Global Witness, que documentó el sufrimiento humano en el comercio de diamantes en África y ha organizado un protocolo para asegurar a los compradores que los diamantes provienen de fuentes que cumplen estándares humanitarios. David Soares es el fiscal del distrito de Albany, Nueva York, que se dio cuenta de que su estado está desperdiciando millones para arrestar y mantener en prisión a delincuentes de drogas de una inútil guerra contra las drogas, y fue elegido con el objetivo de cambiar las leyes sobre drogas. De acuerdo con Glenny, este tipo de cambio será esencial si la desalentadora imagen global que presenta cambia alguna vez. Las Naciones Unidas informan que el 70% de la financiación del crimen organizado proviene del tipo de ventas internacionales de drogas descritas aquí. La erradicación forzada no va a funcionar, a pesar de los miles de millones que se gastan en ella; una política más prudente y menos costosa sería la legalización del tráfico de drogas y la provisión de tratamiento para el abuso de drogas. Hay algunas otras recomendaciones en el libro de Glenny, aparte de una llamada sensata a una regulación internacional más estricta de los mercados financieros actuales para terminar con el flujo de fondos delictivos que no se puede rastrear. Es posible que el mundo se esté dando cuenta de que el comercio y las finanzas no reguladas que supuestamente nos traerán prosperidad, en su lugar, están contribuyendo a la miseria mundial. Las reformas pueden suceder, o todo puede dejarse en manos de los mafiosos.

El Servicio de Seguridad del Estado Búlgaro gozaba de una estima especial por parte de sus jefes soviéticos gracias a su eficacia y a su fiabilidad. Normalmente era invisible, y en las pocas ocasiones en que salía a la luz pública nunca fallaba: por ejemplo, el DS obró la muerte del disidente búlgaro Georgi Markov, que fue asesinado con un paraguas de punta envenenada mientras cruzaba el puente de Waterloo en 1978, cuando trabajaba en Londres para la BBC.
La eliminación de enemigos del Estado al estilo de los relatos de John Le Carré no era más que la guinda del pastel. La actividad más importante y lucrativa del servicio secreto búlgaro era el contrabando de drogas, armas y tecnología punta. «El contrabando es nuestro patrimonio cultural —me dijo Ivan Krastev, un destacado politólogo de Bulgaria—. Nuestro territorio siempre ha estado encajonado entre grandes bloques ideológicos: la religión ortodoxa y la católica, el islam y el cristianismo, el capitalismo y el comunismo. Imperios llenos de desconfianza y hostilidad mutuas.
A principios de los años noventa las grandes potencias mundiales comenzaron a pregonar a bombo y platillo la importancia revolucionaria de la globalización, pero pasaron como sobre ascuas por sus consecuencias negativas. Cuando los países abrieron los mercados con la esperanza de intensificar su cooperación con las poderosas economías mundiales, la UE, EE. UU. y Japón exigieron que estos mercados emergentes aceptaran la venta de productos europeos, estadounidenses y japoneses. Al mismo tiempo, insistieron en reducir las tasas sobre la renta de las empresas a cambio de nuevas inversiones en un momento en que las corporaciones occidentales se apuntaban a la moda del outsourcing o subcontratación de la producción para rebajar sus costes laborales. A los pocos meses de la caída del comunismo, Snickers, Nike, Swatch, Heineken y Mercedes habían iniciado su imparable desfile hacia el Este y, en cuestión de semanas, conquistaron partes de Europa en las que ni siquiera Napoleón y Hitler habían logrado penetrar. Hipnotizados por la novedad y la calidad de estos productos occidentales imprescindibles, los pueblos de la Europa del Este (y también de África y Asia) se rascaron los bolsillos a fondo para gastar el poco dinero que tuvieran en la adquisición de los nuevos símbolos de estatus social. Un principio del comercio internacional aceptado universalmente es que, si un país importa productos y servicios, necesita exportar otros para pagarlos; y cuanto más pobre sea el país, más urgente es tal necesidad: para países ricos como Estados Unidos resulta mucho más económico acumular unas deudas inconcebibles. Bulgaria podría haber hecho mucho por restaurar su maltrecha economía con la alta calidad de sus frutas, algodón, rosas, vino y cereales, bienes cuya exportación tal vez podría haber compensado el coste de los nuevos productos occidentales que inundaban su mercado. Por desgracia, la oportunidad de conseguirlo estaba gravemente limitada por factores como la PAC, que bloqueaba la venta de productos agrícolas.
En Hungría apareció un mercado de divisas especialmente activo que se convirtió en el centro de las grandes operaciones de blanqueo de dinero. Era tan atractivo como base para las operaciones delictivas internacionales que las bandas mafiosas más poderosas de Rusia no tardaron en establecer en Budapest su avanzadilla en la Europa central con vistas a la expansión de sus operaciones hacia el oeste. Los búlgaros se vieron obligados a trabajar en otro sitio. «Cuando llegaron los rusos, empujaron a la nueva mafia búlgara hacia Checoslovaquia —explica Yovo Nikolov, el principal experto de Sofía en delincuencia organizada—. Al principio se trataba tan sólo de más contrabando de automóviles. Pero luego los chicos vieron una nueva oportunidad.»
Aquella nueva oportunidad no era otra que la silnice hanby o la «ruta de la vergüenza»: la autopista E55, que unía Dresde con Praga, pasando por el norte de Bohemia, corazón de la industria pesada checoslovaca. En un clima caótico y deprimido, las jóvenes checas comenzaron a venderse por calderilla en la E55: por el precio de una humilde comida.

Con una población de tan sólo 500.000 habitantes (conocidos en los Balcanes por su fama de indolentes), el país de Djukanovic fue durante la mayor parte de los noventa el epicentro de una industria delictiva que movía miles de millones de dólares desde Estados Unidos hacia Oriente Medio, Asia central, el Magreb, los Balcanes y Europa occidental.
Una semana tras otra llegaban a los dos principales aeropuertos de Montenegro varias toneladas de cargamentos ilegales de tabaco que se transportaban rápidamente al puerto de Bar.
La UE se enteró ya en 1994 de que la mafia del tabaco con la que hacía negocios Djukanovic le hacía dejar de ingresar entre 6.000 y 8.000 millones de dólares al año en impuestos, en su mayor parte en Italia y el Reino Unido. Los fiscales italianos ardían en deseos de procesar a Djukanovic por contrabando. Pero, al mismo tiempo, el Gobierno de Estados Unidos enviaba discretos mensajes a Roma para que dejaran tranquilo a Djukanovic: Washington necesitaba al presidente montenegrino en su batalla contra Milosevic.
Djukanovic afirma que los ingresos anuales del comercio de tabaco se reducían a 30 millones de dólares, y que con esta suma pudo financiar la mayor parte de los gastos del Estado.
Este carnaval de violación de las sanciones era una oportunidad que los rusos no podían dejar que se escurriera entre sus dedos. Sus compañías petroleras llegaron a un acuerdo de intercambio con Serbia. Belgrado pudo, así, intercambiar por petróleo sus excedentes agrícolas por un valor de entre 100 y 250 millones de dólares al año.
Cuando el combustible llegaba al consumidor de Belgrado, costaba el cuádruple que en el resto de Europa.

Desde el fin del franquismo ha habido dos grandes centros de importación de cocaína en Europa: España y los Países Bajos. España fue el punto de entrada favorito de los traficantes de cocaína sudamericanos cuando empezaron a atender las necesidades de los yuppies europeos durante el boom de los ochenta. Las razones son evidentes: las conexiones lingüísticas y culturales entre América Latina y España hicieron posible el establecimiento de una sólida comunidad de acogida para recibir y distribuir las drogas. España también posee un enorme litoral que resulta difícil de vigilar. Sin embargo, la mejora de la cooperación entre las fuerzas policiales europeas y la DEA, sumada al fuerte incremento del consumo de cocaína en Europa durante los años noventa, implicó que España ya no podía cubrir la demanda. Ámsterdam, que cuenta con una importante comunidad colombiana, continuó siendo el punto de distribución principal para el norte de Europa, adonde las drogas llegaban sobre todo de España, Italia y África occidental. No obstante, se estaba abriendo una puerta nueva.
A finales de los noventa, el mercado estadounidense de cocaína estaba sobresaturado a pesar de los miles de millones de dólares que los sucesivos gobiernos de EE. UU. habían invertido en la erradicación de la industria de la coca. El precio para los consumidores estadounidenses era más bajo cada año y, dadas estas condiciones de mercado, los productores colombianos se pusieron a buscar nuevas estrategias de distribución y comercialización.
En los propios Balcanes, los grandes mafiosos de todas las antiguas repúblicas yugoslavas estaban involucrados en el tráfico de cocaína y, o bien estaban ganando dinero por todo lo alto, o bien se estaban haciendo matar. En verano de 2002, la policía francesa y la DEA creyeron que estaban cerca de descubrir el principal canal de distribución de Colombia hacia los Balcanes y organizaron una compleja operación.
Hace tan sólo quince años, en los Balcanes el contrabando estaba limitado a las omnipresentes fuerzas policiales comunistas. Pero aunque la guerra y las sanciones habían dado pie a una de las proliferaciones de delincuencia más intensas y rápidas del mundo, la causa última de ello se encontraba en otro lugar: en Rusia.

Las bandas rusas que ofrecían protección durante los noventa diferían en tres aspectos de las familias mafiosas clásicas de Nueva York, Chicago y el sur de Italia.
a) Eran indispensables para la transición del comunismo al capitalismo.
A pesar de los asesinatos y los tiroteos, la mafia rusa garantizó cierta estabilidad durante la transición económica. Naturalmente, en una situación normal se consideraría que la extorsión, el secuestro y el asesinato constituyen un régimen de seguridad más bien nefasto. A la mayoría de la gente le costaría considerar como negocios legítimos el robo de automóviles o el tráfico de prostitutas y narcóticos. Pero Rusia no vivía una situación normal. Ninguna sociedad está libre de delincuencia organizada, excepto las más represivas (y, si bien Corea del Norte posee niveles muy bajos de crimen organizado, su presupuesto estatal depende de forma decisiva del tráfico de drogas con las organizaciones delictivas de los países vecinos).
b) A diferencia de las mafias tradicionales italiana y estadounidense, los miembros de las bandas rusas no estaban unidos estrictamente por lealtades familiares. El código del mundo de los ladrones (que investía de honor y reconocimiento a los vory) sólo sobrevivió unos meses en el capitalismo primitivo de Rusia.
c) A diferencia de las cinco familias de la Cosa Nostra estadounidense, en Rusia estas organizaciones se contaban por millares.
En 1999 existían más de 11.500 «firmas privadas de seguridad» registradas en las que trabajaban más de 800.000 personas. De ellas, casi 200.000 tenían permiso de armas. El Ministerio del Interior ruso estimó que, como mínimo, había un 50% más sin registrar. A nadie sorprenderá que esta proliferación de armas se tradujese en muertes y asesinatos. A mediados de la década de los noventa se perpetraban miles de homicidios al año en toda Rusia, especialmente en Moscú, San Petersburgo, Ekaterimburgo y los demás grandes centros comerciales. El coste de eliminar a un rival en 1997 era de 7.000 dólares para un «cliente» sin escolta, y hasta 15.000 dólares para uno con guardaespaldas. Paradójicamente, si uno no estaba involucrado en el mundo empresarial o el de la protección, podía vivir con mucha más seguridad en Moscú que en la mayoría de las demás ciudades.
La oligarquía y las mafias más poderosas se forjó a través de un interés común: la necesidad de blanquear dinero. La Hermandad de Solntsevo y los chechenos de Moscú, así como otras grandes organizaciones como la Tambovskaya de San Petersburgo y la Uralmash de Ekaterimburgo, habían llegado a la segunda fase del camino hacia el estatus de mafia global: controlaban en régimen total o parcial de monopolio determinados productos y servicios. En todo el mundo, una de las actividades ilegales más rentables es el tráfico de drogas. Todas las grandes organizaciones delictivas de la antigua URSS habían acumulado un importante negocio en la fabricación de anfetaminas y éxtasis, en la importación de cocaína a Europa y, sobre todo, en la distribución y comercialización de heroína de Asia central a Europa del Este, Europa occidental y Estados Unidos.
Instintivamente, los miembros de la oligarquía comprendieron que Rusia era un entorno caprichoso y peligroso, y que allí sus miles de millones de dólares no estarían seguros. Sobreestimaron su capacidad para controlar a Vladimir Putin, el hombre por el que apostaron para sustituir al débil, manipulable y alcohólico Boris Yeltsin. Pero a muchos de ellos no les falló el instinto: como póliza de seguros, no sólo necesitaban sacar su dinero fuera del país, sino que también precisaban que estuviera limpio al llegar a su destino. Los grupos de delincuencia organizada, al igual que todo el mundo, también tenían que blanquear su dinero.

La delincuencia organizada y la corrupción florecen en las regiones y los países en los que existe poca confianza pública en las instituciones. Democratizar unas estructuras estatales autócratas y kafkianas e investirlas de transparencia y responsabilidad civil es un proceso largo y difícil que resulta doblemente problemático si esa transición debe producirse en plena incertidumbre económica. De repente, un pueblo que antes tenía garantizada la estabilidad durante toda su vida se veía obligado a sobrevivir en una extraña jungla de inflación, desempleo, pérdida de pensiones y demás. En dicha tesitura, las redes de contactos personales procedentes del período comunista cobran mucha importancia. El Ejército Rojo evacuó sus bases de Europa del Este, pero las promesas hechas y los favores debidos no perdieron un ápice de validez. Polonia, la República Checa y Hungría eran los destinos favoritos de la oligarquía rusa y de bandas de delincuentes como la de Solntsevo. Conocían el terreno y, en los dos primeros países, la barrera idiomática era menor que en Europa occidental. Estos tres Estados se diferenciaban en un aspecto del resto de Europa del Este: se les ofreció un acceso acelerado a la Unión Europea, y aquélla era la ruta más rápida al cuerno de la abundancia. «Estos países eran la pasarela hacia Occidente —señaló Business Week—. Sus fronteras con la UE y el crecimiento de su economía ofrecían a las empresas instaladas en esta región un producto de valor inigualable: legitimidad.» Además, en ellos se podía ganar dinero, y un negocio resultó especialmente lucrativo: el petrolero.

La internacionalización del crimen organizado y el papel desempeñado por los israelíes no habría llegado hasta tal punto sin la globalización, especialmente sin la liberalización de los mercados financieros. La nueva libertad de circulación de capitales no estaba reservada a las grandes corporaciones que habían alcanzado una presencia mundial tras superar las fronteras de sus países de origen y sus sistemas reguladores. El blanqueo de los beneficios de las actividades ilícitas también estaba a punto de entrar en su edad dorada. Y, a menos que caigamos en el error de creer que los israelíes o los judíos en general tengan una inclinación especial por dedicarse a la delincuencia organizada, vale la pena recordar que el centro de la industria del blanqueo de dinero se encuentra en otro país muy diferente que no se halla muy lejos del Estado judío: los Emiratos Árabes Unidos.
Abu Dhabi ha sido generoso en sus subsidios a los otros seis emiratos de los EAU, que no poseen pozos de petróleo comparables a los suyos. Pero una medida de las dotes de previsión de los Al Maktoum es que ya en los años setenta comenzaron a prepararse para un futuro en el que Abu Dhabi no estuviera dispuesto a financiar el presupuesto federal. El propio Dubái tiene unas reservas de petróleo que, aun siendo modestas, constituyen un 15% de los ingresos de esta ciudad-estado, aunque se agotarán durante la próxima década. Durante los años ochenta los Al Maktoum decidieron diversificar sus negocios, probablemente estimulados por su tradicional rivalidad con los Al Nahyan. Así, planearon construir el puerto de Jebel Ali, el mayor de Oriente Medio con 66 atracaderos. Los críticos se mofaron del grandioso proyecto, pero la decisión de crear el nuevo puerto y la zona comercial no tardó en quedar justificada. En 1979, Dubái aprendió una valiosa lección de la revolución iraní y la invasión soviética de Afganistán: los problemas tienen un lado bueno. Comerciantes iraníes y afganos se trasladaron a Dubái atemorizados por la inestabilidad de sus países y llevaron consigo sus empresas, lo que potenció la economía local. Dubái, que no aplica impuesto sobre la renta ni sobre las ventas, se labró la reputación de ser un lugar seguro donde colocar dinero en Oriente Medio. Desde entonces siempre ha prosperado cuando ha estallado una crisis en la región.
Para Dawood Ibrahim, Dubái era el refugio perfecto. La ciudad acogía de buen grado a los ricos y a los musulmanes, y no se inmiscuía en absoluto en cómo ganaba dinero la gente ni en qué pensaba hacer con él. Dubái también mantenía contacto con Bombay desde antiguo, y una gran parte de su élite se dedicaba al negocio en el que Dawood quería especializarse: el contrabando de oro.
Gracias a su visión estratégica los Al Maktoum estaban convirtiendo aquella ciudad-estado en un lugar muy confortable para vivir. La casa de Dawood se había transformado en un lugar de peregrinación para famosos de Bollywood y estrellas de críquet pakistaníes, dos de las grandes pasiones de este capitoste mafioso. Con todo, debía ser cauto. Dubái ha sido acogedor con muchos gánsteres en las últimas dos décadas, siempre y cuando sean discretos. «Los EAU son básicamente un Estado del que, si no les gustas, pueden echarte sin más —señala Firoz, un abogado de Bombay que a veces ha hecho de mensajero entre la familia Ibrahim y el Gobierno indio—. Que Dawood y su gente prosperase en Dubái no habría sido posible sin el conocimiento y, en cierto sentido, la complicidad de la familia gobernante.

A finales de los años noventa, Dubái todavía no estaba totalmente metido en el enredo cada vez más enmarañado de política internacional y bandas mafiosas de Mumbai, aunque muchas de ellas se habían mudado al emirato. Pero esta ciudad-estado tiende a beneficiarse de los conflictos, siempre y cuando no tengan lugar en su territorio. La operación Tormenta del Desierto, la intifada palestina, el 11-S, la invasión estadounidense de Afganistán y la segunda guerra de Irak han canalizado enormes sumas de dinero a Dubái.
El 11-S provocó un espectacular flujo de dinero árabe desde Estados Unidos hacia Dubái. Las estimaciones varían entre centenares de miles de millones y dos o tres billones de dólares. A mediados de los años noventa, el 63% de los ingresos de los EAU procedían de fuentes distintas al petróleo. El propio Dubái se había convertido en el puerto franco más grande de una región que abarcaba desde el sur de Europa hasta Singapur. Tradicionalmente había atraído a grandes capitales del subcontinente indio, Asia central, África oriental y Oriente Medio; ahora Dubái trataba de atraer inversiones occidentales. Con su hermosa costa, su tiempo soleado durante todo el año y su ausencia de impuestos, bombas y asesinatos (todo el mundo se beneficia en Dubái y nadie, ni siquiera Al-Qaeda, pretende dañar a este emirato), y suficientes centros comerciales para cubrir la demanda de un planeta pequeño, no tardó en llegar dinero a espuertas procedente de todos los rincones de Europa.
Dubái no sólo era el centro de distribución de productos de una vasta región que iba desde Rusia hasta la India y Sudáfrica, sino que de forma natural se convirtió también en el mayor mercado financiero. Y no había ningún control en absoluto sobre todo ello: se podía introducir o sacar tanto dinero como se deseara, ya fuera en maletas llenas de billetes, en oro y diamantes, por transferencia bancaria a través de alguna de las numerosas entidades que se habían fundado para aprovechar este flujo inagotable de capital, o mediante los hawaldars y hundis, los cambistas de dinero no oficiales que constituyen el puntal de la economía financiera «informal» de la que dependen los trabajadores emigrantes.
En Dubái casi no existe delincuencia común: es uno de los lugares más seguros del mundo. Por eso los estallidos de violencia llaman muchísimo la atención. La noche del 19 de enero de 2003 un próspero empresario hotelero llamado Sharad Shetty entraba en el India Club de Dubái, un local de lujo para residentes indios que se halla en una parcela que donó el propio jeque Rashid en 1964. Shetty acudía a cenar con unos amigos, pero cuando aún no había llegado al comedor se le acercaron dos hombres de entre veinte y treinta años de edad, le pegaron cinco tiros y salieron corriendo hacia el coche que les esperaba para escapar. La policía de Dubái no tardó en relacionar a los asesinos con hombres de Chhota Rajan, ya que Shetty era uno de los consejeros más importantes de Dawood Ibrahim. Tres años antes, los hombres de Dawood habían intentado infructuosamente asesinar a Chhota Rajan cuando estaba ingresado en un hospital en Tailandia.
La guerra de bandas de Mumbai había llegado a los barrios exclusivos de Dubái, y las autoridades decidieron tomar medidas drásticas. Arremetieron contra los socios de Chhota Rajan y los de Dawood Ibrahim.
Los delitos violentos son muy infrecuentes en Dubái y, cuando se producen, normalmente las represalias son inmediatas. Pero eso no significa que allí no existan delincuencia ni economía sumergida. El mercado lícito de productos, servicios y capital está sujeto en Dubái a las condiciones menos restrictivas del mundo. La economía sumergida funciona con la misma falta de limitaciones, y es en Dubái donde converge el dinero de ambos sistemas económicos y donde salta a la vista hasta qué punto es simbiótica la relación entre la economía legal y la sumergida.

Cada día, la economía nigeriana pierde entre 150.000 y 320.000 barriles de petróleo —explica Gary K. Busch, un aventurero empresario estadounidense que ha trabajado con hombres de negocios de aire mafioso en muchos países en desarrollo, Nigeria incluida—. Los roban los bunkerers, que tienen naves petroleras pequeñas. Éstas cargan el petróleo robado en el delta del río y lo transportan a grandes petroleros que están en alta mar, que a su vez lo llevan a países del África occidental. Allí se refina y se carga en camiones cisterna ilegales que lo transportan a los países vecinos para su venta en el mercado negro. Al precio de 50 dólares por barril, esta “gotera” significa entre 7,5 y 16 millones de dólares al día. Con el paso de los meses, ello equivale a entre 365 millones y 4.400 millones de dólares al año.»
Por supuesto, no existe ningún problema moral intrínseco en el hecho de que Nigeria se enriquezca a partir de sus recursos naturales. Pero la resistencia de esta pequeña banda de superricos a distribuir sus miles de millones de dólares de forma equitativa tiene unas repercusiones muy serias y consecuencias extremadamente desagradables. Al mismo tiempo que mantiene uno de los estamentos militares más corruptos del mundo, Nigeria no hace nada por socorrer a su segundo ejército: el compuesto por decenas de millones de desempleados y desahuciados; el 60% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. No menos terrible es la caída de la expectativa de vida que, según la ONU, descendió desde 54 años para los hombres en 1995 a 43 en 2006. La corrupción instalada en las altas esferas da un ejemplo que el resto de la sociedad reproduce: si quieres prosperar tienes que hacer trampas.
Existen dos tipos básicos de organizaciones criminales: las extorsionistas, que cobran por protección, y las que comercian con productos. Las primeras se dividen en tres grupos principales: productores, mayoristas y minoristas. Cada uno de ellos suele hallarse, aunque no suceda siempre, asociado a un grupo étnico concreto, y los tres eslabones de la cadena comercial cooperan a través de fronteras internacionales, ya que la producción de la mercancía siempre tiene lugar a gran distancia de los mercados más lucrativos para ella.
Los mafiosos que cobran por servicios de protección, como la Cosa Nostra estadounidense, muy pocas veces operan a nivel internacional y normalmente se encuentran contenidos en las fronteras de un Estado. Con todo, a veces también entran en el comercio de bienes ilícitos —como Tony Soprano y sus colegas— haciéndose con el control de la venta al por menor de lo que el mercado pida: drogas, servicios de prostitución, etcétera.
En el mundo de las mercancías ilícitas, el productor rara vez es también importante como comerciante mayorista o como minorista. Los cárteles colombianos constituyen el ejemplo más visible de ello. Pueden emplear su monopolio sobre refinadores y mayoristas para encargar el cultivo de la coca.

Sudáfrica se encuentra atrapada entre la luz y las sombras. Es el único país del planeta en el que el mundo desarrollado y subdesarrollado conviven lado a lado de un extremo al otro del país. El primero aporta buenas comunicaciones viarias, 728 aeropuertos (según la estimación de la CIA de 2004), el mayor puerto de mercancías de África y un buen sistema bancario. Para los estándares occidentales, los precios inmobiliarios son sorprendentemente bajos y la vida que pueden llevar los inmigrantes ricos que no tengan problemas de conciencia ante las divisiones sociales del país es envidiable: comida fantástica, vinos maravillosos, vacaciones esplendorosas cada año y unos precios que permiten pagar muchas cosas con un billete de veinte dólares.
El mundo en desarrollo aporta los bajos ingresos fiscales del Estado, unos servicios sociales saturados, altos niveles de corrupción en toda la Administración y más de 7.500 kilómetros de fronteras terrestres y marinas que son un auténtico coladero. «Cuando la transición, podías comprarte tu propio aeropuerto si querías —explica, resignado, el consejero de seguridad de Mbeki—, y es exactamente lo que hizo alguna gente».
La combinación de lujo del primer mundo a precio de ganga con las oportunidades de negocio que ofrece la infraestructura de un país en desarrollo es irresistible para la delincuencia organizada y para los principales implicados en la explotación de los recursos del África subsahariana, así como en el tráfico internacional de narcóticos.
En Sudáfrica la droga no está asociada a la violencia y tiene un impacto social benigno, cree que su función económica ha cambiado drásticamente y ahora «el cannabis es más que una hierba local inofensiva que sirve para alimentar a los niños rurales de edad escolar. Puede ser la bisagra sobre la que gira toda la economía de la droga. Sin dagga tendríamos que pagar por nuestras drogas duras con nuestra débil moneda, el rand, y estarían fuera del alcance de todos, excepto los adictos más fanáticos o más inclinados a la delincuencia».
Sudáfrica es el nuevo pivote del comercio internacional de drogas. La heroína llega desde el este de África y se envía a Estados Unidos; la cocaína llega desde Sudamérica y se despacha a España y Ámsterdam. Pero la raíz del problema se halla en otro lugar: Washington D. C.

A medida que entran más y más chinos en Japón como mano de obra (ya sea legal o ilegal), las tríadas y otras organizaciones criminales chinas también amplían su influencia en el país. En 2003, un oficial de alto rango de la Agencia Nacional de Policía de Tokio le comunicó a un investigador que estaban proliferando los choques entre los yakuza y las bandas chinas. Explicó que era consecuencia «de un conflicto por el territorio y del precio reducido que cobran los asesinos chinos por el trabajo. Un gánster chino hace tres trabajos por el precio que cobra un yakuza por uno solo». A los yakuza les preocupa igual que a los demás la influencia y la fuerza de la delincuencia organizada china en Japón.
Se habla menos es de la relación simbiótica entre los yakuza y las mafias chinas en ciudades como Tokio, Yokohama y Osaka. Cada vez más, los yakuza subcontratan a bandas chinas para imponer puniciones violentas. «En China esto no les importa», explica un ejecutivo taiwanés que viaja discretamente entre China, Taiwán y Japón. «Si los cogen, se enfrentan a pasar una temporada muy corta en la cárcel y luego son deportados. Entonces los cabeza de serpiente los vuelven a traer aquí, y los yakuza vuelven a contratarlos.» La implicación de este sistema es extraordinaria: los yakuza están combatiendo las dificultades de reclutamiento, provocadas por una sociedad envejecida y por el prestigio en declive de su organización, subcontratando a grupos chinos para llevar a cabo la parte menos atractiva y más arriesgada de su negocio.

Fuzhou no es una capital provincial cualquiera, sino el centro de una de las mayores actividades ilegales a escala planetaria: el tráfico de mano de obra emigrante china. Asfixiados por una población en rápido crecimiento y el elevado desempleo rural, más de medio millón de fujianeses fueron sacados clandestinamente del país entre 1985 y 1995. En torno a una quinta parte desembarcaron en la costa este de Estados Unidos y se dirigieron a Nueva York. Entre ellos se cuentan la mayoría de las 286 almas que nadaron hasta tierra firme desde el Golden Venture, que encalló en 1993 cuando su cargamento humano se amotinó después de meses de trato infame. En São Paulo, Belgrado, Berlín, Dubái, Sudáfrica… los fujianeses se instalaron y acabaron controlando las comunidades chinas. El peculiar dialecto provincial no deja de ganar terreno al cantonés como lengua franca en muchos de los barrios chinos del mundo. La Octava Avenida de Brooklyn empezó como una colonia cantonesa, pero entre 2000 y 2006 los inmigrantes fujianeses han llegado a constituir casi el 50% de la población.
Son los «cabeza de serpiente», los traficantes de seres humanos, quienes lo están haciendo posible. Esos hombres y mujeres embuchan gente sin cesar en los barcos, aviones y trenes para alimentar la mayor red de mano de obra inmigrante.
En Occidente, el apelativo «cabeza de serpiente» tiene una connotación peyorativa: los cabeza de serpiente son retratados como mafiosos pérfidos y manipuladores que explotan la desesperación de los más humildes enviándolos a un taller aterrador en algún rincón del mundo dejado de la mano de Dios. En realidad, los casos que sustentan esta estampa —el Golden Venture encallado en Nueva York, el camión holandés en Dover con su carga de cadáveres, y la tragedia de los mariscadores de la bahía de Morecambe— son la excepción que confirma la regla. Los cabeza de serpiente no son tríadas, las bandas de Hong Kong especializadas en la extorsión y el contrabando de mercancías ilegales. Ni están vinculados con las organizaciones mafiosas que dominan la política en Taiwán, como la United Bamboo Gang.
De hecho, más bien son agentes de viaje cuyos servicios incluyen la entrada ilegal a otros países. En Estados Unidos, el Departamento de Justicia propuso ofrecer una amnistía a los inmigrantes chinos ilegales que testificaran contra los cabeza de serpiente. «Cuando los del DdJ me presentaron la idea —cuenta el profesor Ko-lin Chin en Nueva Jersey— les respondí: “¡Habéis perdido el juicio!”. Los cabeza de serpiente son vistos como héroes por los inmigrantes ilegales, no como villanos. Se sienten en deuda con ellos.»
Los Gobiernos de la Unión Europea se esfuerzan en conciliar los intereses dispares de dos poderosas fuerzas: los medios de comunicación populistas, que alertan contra la desaparición de la cultura autóctona por la presión inmigratoria, y las súplicas de los empresarios, a quienes urge mano de obra barata para sobrevivir en un mercado global ferozmente competitivo. En la cumbre europea de Helsinki de 1999, mandatarios de todo el continente se comprometieron a cooperar en el desarrollo de una política inmigratoria que pusiera un poco de orden en el caos. Ocho años más tarde, incluso los observadores más experimentados de la críptica burocracia de Bruselas siguen sin advertir ningún indicio de acción política. De modo que el viento continúa soplando a favor de los emprendedores más vivos, como los cabeza de serpiente.
Por su misma naturaleza, es imposible dimensionar con exactitud la inmigración ilegal, pero en general se reconoce que el Reino Unido es el destino preferido de los inmigrantes en busca de trabajo.
El empuje económico de China, como productor y como mercado, está propagándose a vecinos en plena transición como Vietnam y Filipinas, y también a países más estables como Tailandia. Está estimulando el crecimiento en toda la región. Incluso economías antes aisladas de países como Corea del Norte y Birmania están empezando a acompasarse con la de China. En el caso de Corea del Norte, la política estadounidense de confrontación con Pyongyang mediante una retórica cargada de furia y amenazas implícitas podría probarse mucho menos eficaz que la lenta y firme absorción de la economía de Corea del Norte por parte de Pekín. (Oriente Medio, donde están situados otros dos miembros de lo que Bush designó como «eje del mal», no cuenta con una potencia estabilizadora como China.)
China puede ejercer una inmensa influencia sobre Corea del Norte, si así lo desea. La subcontratación de la producción a Corea del Norte no está limitada a los cigarrillos falsos. Ese país fabrica productos incluso más baratos que China, algunas de las mercancías «Made in China» que surten las tiendas occidentales en realidad provienen de Corea del Norte. En vez de amenazar con bombardear Corea del Norte, los chinos obran con sensatez al transformarla lentamente en un satélite económico.

No obstante, la actividad más atractiva para los delincuentes internacionales de hoy en día tal vez sea estafar fondos a los Gobiernos. El tráfico ilegal de mercancías gravadas con impuestos elevados es la forma más antigua de delito mafioso, y actualmente continúa existiendo, por ejemplo, en el caso del contrabando de tabaco. Sin embargo, la capacidad para poner en movimiento grandes cantidades de capital y mercancías a gran velocidad ha engendrado nuevas formas de delito, como la explotación de diferencias entre los sistemas fiscales de distintos países, que puede reportar unos beneficios fabulosos. El tipo de delito más pujante en la Unión Europea entre 2002 y 2007 fue el fraude del impuesto sobre el valor añadido en transacciones internacionales, también denominado carousel fraud, consistente en importar productos a un país de la UE aplicándoles de forma ilícita el IVA y embolsarse este impuesto cobrado indebidamente en el momento de reexportarlos. La UE informó en 2006 de que no podía cifrar el volumen de este fraude con exactitud, pero calculaba que los erarios públicos estaban perdiendo, por lo menos, 100.000 millones de dólares al año con estas tramas fraudulentas, cuya popularidad se ha disparado a causa de los extraordinarios beneficios
que pueden generar, del hecho de que se trata de un delito sin víctimas (la estafa de dinero a los contribuyentes no daña físicamente a nadie) y de la naturaleza inescrutable de los fraudes en general.
El advenimiento de la delincuencia económica a gran escala ha sido facilitado por la evolución de los mercados financieros de todo el mundo desde que se inició su liberalización hace dos décadas. En 2007, la consultoría McKinsey estimó que con el PIB mundial alrededor de 50 billones de dólares, los activos financieros del mundo triplicaban esta cifra.
La necesidad de crear cuerpos policiales fuertes y bien preparados para combatir el crimen organizado es incontrovertible. No es la globalización en sí misma lo que ha estimulado el espectacular crecimiento de la delincuencia organizada de los últimos años, sino unos mercados mundiales insuficientemente controlados, como el sector financiero, o excesivamente regulados, como el sector agrícola y el mercado laboral. Durante los años noventa asistimos al inicio de un régimen de regulación a nivel mundial de los mercados financieros que suscitó la esperanza de que se pudiera mantener bajo control tanto la economía lícita, parcialmente regulada, como la economía sumergida, totalmente exenta de regulación. Sin embargo, desde el nuevo milenio, la hostilidad de Estados Unidos, la incompetencia de la Unión Europea, el cinismo de Rusia y la indiferencia de Japón se han sumado a la incontenible ambición de China y la India por inaugurar una época dorada para las empresas mundiales y la delincuencia organizada internacional.

Determinados estados de los EE.UU., empezando por Colorado y Washington y con la reciente incorporación de California, han legalizado la marihuana para uso recreativo.
En el mes de enero de 2018, se cumplirán ya cuatro años desde la legalización en Colorado, y no sólo la civilización occidental no se ha desmoronado, sino que al Gobierno de ese estado le han llovido los ingresos fiscales. En 2015, ascendieron a unos 78.000 millones de dólares que se destinaron a mejorar la sanidad y la educación, lo que equivale al doble de los impuestos recaudados a partir de las ventas de alcohol.
El cambio también es palpable en Sudamérica, donde la mayoría de los países han despenalizado las drogas para consumo propio. Simplemente se hartaron de los terribles embates de violencia provocados directamente por la persistencia de la guerra que mantiene Estados Unidos contra las drogas. La batalla que terminará con esta guerra sin sentido y con sus sanguinarias consecuencias todavía no ha acabado, pero al menos ha empezado de la forma más seria posible.
Quizás lo más importante de todo es que actualmente en las democracias existe un consenso generalizado acerca de la amenaza fundamental que suponen la delincuencia organizada y la corrupción para el correcto funcionamiento de nuestros sistemas políticos. Para superar la multitud de retos que nos depara el mundo durante las próximas décadas, tendremos que situar las actividades delictivas y corruptas, junto con el cambio climático, el agotamiento de los recursos y la desigualdad, en lo más alto de la lista de prioridades.

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The title of Glenny’s book, McMafia, encapsulates the reality of the modern phenomena of organized crime: in our globalized world, organized crime has attained a size, sophistication, wealth, and reach that is comparable to the most successful multi-national corporations. In a series of engrossing vignettes that detail the inner workings of the most prominent trans-national criminal syndicates, Glenny illustrates that in many instances, criminal syndicates surpass multi-national corporations in influence, efficiency and wealth. Glenny’s book traces the origins of the globalization of organized crime to the destabilizing effects of the collapse of the former Soviet Union, and the utter unpreparedness, and apparent unwillingness, of national governments and global institutions to contain the ensuing chaos. The reluctance to act, motivated in part by political expediency, and in part by a willingness to look aside when criminal activity results in greater profits for legitimate corporations, has created a situation where a system of global racketeering threatens to eventually subsume the system of global trade. Already, according to Glenny, criminal activity accounts for nearly one-fifth of global GDP.
Glenny delineates a criminal economy that is sustained by a set of interlocking core criminal enterprises: smuggling; drug-trafficking; counterfeiting of goods and currency; human trafficking; illegal mineral extraction; arms trafficking; and financial fraud. Glenny’s richly detailed portrayal of the operations of trans-national criminal syndicates paints a stark portrait of the wide and ever-growing gulf between men and women, the ultra-rich and the desperately poor, and ethnic majorities and ethnic minorities. Ineffective or non-existent financial controls, combined with irrational policies governing labor migration, drug prohibition, and commercial trade–as well as an insatiable appetite for illegal drugs, illicit sex, and cheap luxuries–exacerbate these divisions, and nurture an environment in which criminal activity not only thrives, but is often the only resort if an individual wishes to survive.
As McGlenny’s sober assessment of the corrupt state of the global economy makes clear, until national governments, international institutions and civil society come to terms with the reality that the economic and political fates of the world’s nations are inextricably interwoven and devise a coherent regulatory regime that governs the international movement of capital, goods, services and labor in a just and rational manner, our descent into global anarchy will only accelerate.

You sponsor organized crime. There isn’t a thing you can do to stop. These are among the dismaying messages of _McMafia: A Journey Through the Global Criminal Underworld_ (Knopf) by Misha Glenny. A big book with an extremely broad, world-wide vision of the latest in global criminality, it presents a daunting picture of lucrative and lethal crime in China, Serbia, Chechnya, Columbia, Israel, Russia, and all over the place. The U.S., the land where Don Corleone and his family prospered, gets surprisingly little coverage as a scene of crimes, but that does not keep it from playing a role all over the globe. Let’s say (for the sake of argument) that you are an American who doesn’t hire illegal foreign workers and never does illegal drugs and never launders money, so you think that gets you off the hook. Not quite. Do you use a cell phone? If so, most likely it contains coltan, a mined compound that efficiently conducts electricity at very high temperatures, and which comes from the Democratic Republic of Congo, so you are tapped into mine pillaging and organized crime there. There are countless other examples given here, but most important is what the American government and other governments are doing. They are interested in prohibition, criminalization, and interdiction, but with the lifting of restrictions on free movement of capital (Glenny blames Reagan and Thatcher for allowing what the corporations wanted), criminals «… became inextricably bound up with globalization – it was here in the huge reservoirs of the international banking system that the liquid assets of the corporate and criminal worlds mixed and mingled.» Glenny’s book details his travels to crime scenes of different countries, and he is guided by criminals themselves, smugglers, and a few police officers. It is an eye-opening and disheartening view of the world.
_McMafia_ hops around the world, Glenny gives pictures of a huge, more-or-less well organized crime network routinely allied with governments (efficient and inefficient governments, not just governments that are our friends or our enemies), police, and corporations. The book is often uncomfortable reading, as in the tale of a woman from Moldavia who was sent against her will to be on call at an Israeli brothel, manhandled by Moldavians, Ukrainians, Russians, Egyptians, and Bedouins before the Israelis could get their hands on her. The mafia in Chechnya was so ruthless and feared that it made money allowing criminal rackets in other towns to call themselves «Chechen». If those licensees did not themselves ferociously prosecute local violations of protection, the Chechen mafia would come after the racketeers themselves, so that the brand name did not get devalued. Oligarchs and mobsters from Russia united to make worldwide launderettes for cleaning cash from growing and exporting drugs. Glenny shows how to buy contraband gasoline in Serbia, counterfeit DVDs in China, or illegal caviar in Kazakhstan. He rides with marijuana smugglers from British Columbia, describes being propositioned in sex clubs in Dubai, or tells how pachinko fiends in Tokyo feed their habit. Glenny interviews a member of the famous _yakuza_, Japan’s traditional mafia, who says, «Like all organizations we are facing problems encouraging young people to join.» Well, it’s just a management problem: the _yakuza_ subcontract their mob hits to Chinese gangs.
Sometimes _McMafia_ is scattershot in its jumps all over the globe, but the big picture is perhaps just too complicated for anyone to understand fully. Glenny knows he is writing about scary and dark subjects, but there are a few points of light. There are academics who have done sociological studies on gangs and gang members, some even joining to get data. One of them says, however, «Scholars do not like to waste time with uncooperative sources who refuse to talk, and, alternatively, they do not like to be shot.» There is a small organization called Global Witness, which had documented the human suffering in the African diamond trade and has arranged a protocol to assure buyers that diamonds come from sources that meet humane standards. David Soares is the District Attorney in Albany, New York, who has realized that his state is wasting millions to arrest and keep in prison drug offenders from a futile war on drugs, and was elected with a view of changing drug laws. According to Glenny, this sort of change is going to be essential if the disheartening global picture he presents is ever to change. The United Nations reports that 70% of the financing of organized crime comes from the sorts of international drug sales described here. Forced eradication is not going to work, despite the billions that is spent on it; a more prudent and less costly policy would be some legalization of the drug trade and provision of treatment for drug abuse. There are few other recommendations in Glenny’s book, other than a sensible call for stricter international regulation of current financial markets to end the untraceable flow of criminal funds. It might be that the world is realizing that the unregulated trade and finance that was supposed to bring us all prosperity is more contributing to the world’s misery instead. The reforms can happen, or it can all be left to the gangsters.

The Bulgarian State Security Service enjoyed a special esteem from its Soviet leaders thanks to its efficiency and reliability. Normally it was invisible, and on the few occasions when it came to public light it never failed: for example, the DS killed the Bulgarian dissident Georgi Markov, who was killed with a poisoned umbrella while crossing the Waterloo bridge in 1978 , when I was working in London for the BBC.
The elimination of enemies of the State in the style of the stories of John Le Carré was nothing more than the icing on the cake. The most important and lucrative activity of the Bulgarian secret service was the smuggling of drugs, weapons and cutting-edge technology. «Contraband is our cultural heritage,» Ivan Krastev, a leading Bulgarian political scientist, told me. Our territory has always been sandwiched between major ideological blocs: Orthodox and Catholic religion, Islam and Christianity, capitalism and communism. Empires full of mutual distrust and hostility.
At the beginning of the nineties, the great world powers began to trumpet the revolutionary importance of globalization, but they passed on as if they were embers due to their negative consequences. When countries opened markets in the hope of intensifying their cooperation with the powerful world economies, the EU, EE. UU and Japan demanded that these emerging markets accept the sale of European, American and Japanese products. At the same time, they insisted on reducing rates on corporate income in exchange for new investments at a time when Western corporations were aiming at the fashion of outsourcing or subcontracting production to lower their labor costs. A few months after the fall of communism, Snickers, Nike, Swatch, Heineken and Mercedes had begun their unstoppable parade to the East and, in a matter of weeks, conquered parts of Europe in which not even Napoleon and Hitler had managed to penetrate. Hypnotized by the novelty and quality of these essential Western products, the peoples of Eastern Europe (and also of Africa and Asia) scratched their pockets thoroughly to spend the little money they had on acquiring the new status symbols Social. A universally accepted principle of international trade is that, if a country imports products and services, it needs to export others to pay for them; and the poorer the country, the more urgent this need is: for rich countries like the United States it is much more economical to accumulate inconceivable debts. Bulgaria could have done much to restore its battered economy with the high quality of its fruits, cotton, roses, wine and cereals, goods whose export could perhaps have offset the cost of the new Western products that flooded its market. Unfortunately, the opportunity to do so was severely limited by factors such as the CAP, which blocked the sale of agricultural products.
In Hungary, a particularly active currency market emerged, which became the center of large money laundering operations. It was so attractive as a basis for international criminal operations that Russia’s most powerful mafia gangs soon established their foothold in central Europe in Budapest with a view to expanding their operations westward. The Bulgarians were forced to work elsewhere. «When the Russians arrived, they pushed the new Bulgarian mafia into Czechoslovakia,» explains Yovo Nikolov, Sofia’s chief expert on organized crime. At first it was just more car smuggling. But then the boys saw a new opportunity. »
That new opportunity was none other than the Hanny silnice or the «route of shame»: the E55 motorway, which linked Dresden with Prague, passing through northern Bohemia, the heart of Czechoslovak heavy industry. In a chaotic and depressed climate, the young Czech women began to sell for small change in the E55: for the price of a humble meal.

With a population of only 500,000 inhabitants (known in the Balkans for its reputation as indolent), the country of Djukanovic was for most of the nineties the epicenter of a criminal industry that moved billions of dollars from the United States to the East Middle, Central Asia, the Maghreb, the Balkans and Western Europe.
Week after week, several tons of illegal shipments of tobacco arrived at the two main airports in Montenegro and were transported quickly to the port of Bar.
The EU already learned in 1994 that the tobacco mafia with which Djukanovic did business made him stop paying between 6,000 and 8,000 million dollars a year in taxes, mostly in Italy and the United Kingdom. Italian prosecutors were keen to prosecute Djukanovic for contraband. But, at the same time, the United States Government sent discreet messages to Rome to leave Djukanovic alone: ​​Washington needed the Montenegrin president in his battle against Milosevic.
Djukanovic states that the annual income from the tobacco trade was reduced to 30 million dollars, and that with this sum he was able to finance most of the state’s expenses.
This carnival of violation of sanctions was an opportunity that the Russians could not let slip through their fingers. His oil companies reached an exchange agreement with Serbia. Belgrade could thus exchange its agricultural surplus for oil worth between 100 and 250 million dollars per year.
When the fuel reached the consumer in Belgrade, it cost four times more than in the rest of Europe.

Since the end of the Franco regime, there have been two major cocaine import centers in Europe: Spain and the Netherlands. Spain was the favorite entry point for South American cocaine traffickers when they began to meet the needs of European yuppies during the 1980s boom. The reasons are obvious: the linguistic and cultural connections between Latin America and Spain made possible the establishment of a solid host community to receive and distribute drugs. Spain also has a huge coastline that is difficult to monitor. However, the improved cooperation between the European police forces and the DEA, coupled with the strong increase in cocaine consumption in Europe during the 1990s, meant that Spain could no longer meet the demand. Amsterdam, which has an important Colombian community, continued to be the main distribution point for northern Europe, where drugs came mainly from Spain, Italy and West Africa. However, a new door was opening.
At the end of the nineties, the US cocaine market was oversaturated despite the billions of dollars that the successive US governments. UU They had invested in the eradication of the coca industry. The price for US consumers was lower each year and, given these market conditions, Colombian producers began looking for new distribution and marketing strategies.
In the Balkans themselves, the big mobsters of all the former Yugoslav republics were involved in the cocaine trade and either they were making money in style or they were getting themselves killed. In the summer of 2002, the French police and the DEA believed they were close to discovering Colombia’s main distribution channel to the Balkans and organized a complex operation.
Just fifteen years ago, in the Balkans smuggling was limited to the ubiquitous communist police forces. But although war and sanctions had led to one of the most intense and fastest proliferations of crime in the world, the ultimate cause of it was elsewhere: in Russia.

Russian gangs that offered protection during the nineties differed in three aspects of the classic mafia families of New York, Chicago and the south of Italy.
a) They were indispensable for the transition from communism to capitalism.
Despite the murders and shootings, the Russian mafia guaranteed some stability during the economic transition. Naturally, in a normal situation it would be considered that extortion, kidnapping and murder constitute a rather ominous security regime. Most people would find it hard to regard car theft or the trafficking of prostitutes and narcotics as legitimate businesses. But Russia did not live a normal situation. No society is free of organized crime, except the most repressive ones (and, although North Korea has very low levels of organized crime, its state budget depends decisively on drug trafficking with criminal organizations in neighboring countries).
b) Unlike the traditional Italian and American mafias, the members of the Russian bands were not strictly bound by family loyalties. The world code of thieves (who invested with honor and recognition of the vory) only survived a few months in the primitive capitalism of Russia.
c) Unlike the five families of the American Cosa Nostra, in Russia these organizations counted by thousands.
In 1999, there were more than 11,500 registered «private security firms» in which more than 800,000 people worked. Of these, almost 200,000 had weapons permits. The Russian Ministry of the Interior estimated that, at a minimum, there was 50% more unregistered. No one will be surprised that this proliferation of weapons resulted in deaths and assassinations. In the mid-1990s thousands of homicides were perpetrated every year throughout Russia, especially in Moscow, St. Petersburg, Yekaterinburg and the other major commercial centers. The cost of eliminating a rival in 1997 was $ 7,000 for an unattended «client» and up to $ 15,000 for one with bodyguards. Paradoxically, if one was not involved in the business world or that of protection, he could live much more safely in Moscow than in most other cities.
The oligarchy and the most powerful mafias were forged through a common interest: the need to launder money. The Sisterhood of Solntsevo and the Chechens of Moscow, as well as other large organizations such as the Tambovskaya of St. Petersburg and the Uralmash of Yekaterinburg, had reached the second phase of the road to global mafia status: they controlled in full or partial monopoly regime certain products and services. Throughout the world, one of the most profitable illegal activities is drug trafficking. All the big criminal organizations of the former USSR had accumulated an important business in the manufacture of amphetamines and ecstasy, in the importation of cocaine to Europe and, above all, in the distribution and commercialization of heroin from Central Asia to Eastern Europe, Europe. Western and the United States.
Instinctively, the members of the oligarchy understood that Russia was a capricious and dangerous environment, and that their billions of dollars would not be safe there. They overestimated his ability to control Vladimir Putin, the man they bet on to replace the weak, manipulative and alcoholic Boris Yeltsin. But many of them did not fail their instinct: as an insurance policy, not only did they need to take their money out of the country, but they also needed to be clean when they reached their destination. Organized crime groups, like everyone else, also had to launder their money.

Organized crime and corruption flourish in regions and countries where there is little public trust in institutions. Democratizing autocratic and Kafkaesque state structures and investing them with transparency and civil responsibility is a long and difficult process that is doubly problematic if that transition should take place in the midst of economic uncertainty. Suddenly, a town that was previously guaranteed stability throughout its life was forced to survive in a strange jungle of inflation, unemployment, loss of pensions and others. In this situation, the networks of personal contacts from the communist period are very important. The Red Army evacuated its Eastern European bases, but the promises made and the favors due did not lose an iota of validity. Poland, the Czech Republic and Hungary were the favorite destinations of the Russian oligarchy and gangs of criminals such as Solntsevo. They knew the terrain and, in the first two countries, the language barrier was smaller than in Western Europe. These three states differed in one respect from the rest of Eastern Europe: they were offered accelerated access to the European Union, and that was the fastest route to the horn of plenty. «These countries were the gateway to the West,» Business Week pointed out. Its borders with the EU and the growth of its economy offered companies in this region a product of unparalleled value: legitimacy. «In addition, they could earn money, and a business was especially lucrative: the oil tanker.

The internationalization of organized crime and the role played by the Israelis would not have reached such a point without globalization, especially without the liberalization of financial markets. The new freedom of movement of capital was not reserved for the large corporations that had achieved a global presence after overcoming the borders of their countries of origin and their regulatory systems. The laundering of the benefits of illicit activities was also about to enter its golden age. And, unless we fall into the error of believing that Israelis or Jews in general have a special inclination to engage in organized crime, it is worth remembering that the center of the money laundering industry is located in a very different country. different that is not far from the Jewish state: the United Arab Emirates.
Abu Dhabi has been generous in its subsidies to the other six emirates of the UAE, which do not have oil wells comparable to theirs. But one measure of the foresight of the Al Maktoum is that already in the seventies began to prepare for a future in which Abu Dhabi was not willing to finance the federal budget. Dubai itself has some oil reserves that, although modest, constitute 15% of the revenues of this city-state, although they will be exhausted during the next decade. During the 1980s Al Maktoum decided to diversify their businesses, probably stimulated by their traditional rivalry with the Al Nahyan. Thus, they planned to build the port of Jebel Ali, the largest in the Middle East with 66 berths. Critics scoffed at the grandiose project, but the decision to create the new port and the commercial zone soon became justified. In 1979, Dubai learned a valuable lesson from the Iranian revolution and the Soviet invasion of Afghanistan: problems have a good side. Iranian and Afghan merchants moved to Dubai frightened by the instability of their countries and took their companies with them, which boosted the local economy. Dubai, which does not apply income or sales tax, built a reputation as a safe place to place money in the Middle East. Since then it has always prospered when a crisis has broken out in the region.
For Dawood Ibrahim, Dubai was the perfect refuge. The city willingly welcomed the rich and the Muslims, and did not intrude at all on how people made money or what they planned to do with it. Dubai had also maintained contact with Mumbai since ancient times, and a large part of its elite was engaged in the business in which Dawood wanted to specialize: the smuggling of gold.
Due to their strategic vision, Al Maktoum were converting that city-state into a very comfortable place to live. The house of Dawood had become a place of pilgrimage for Bollywood celebrities and Pakistani cricketers, two of the great passions of this mafioso capito. All in all, he had to be cautious. Dubai has been welcoming with many gangsters in the last two decades, as long as they are discreet. «The UAE is basically a state that, if you do not like them, they can kick you out», says Firoz, a lawyer from Bombay who has sometimes served as a messenger between the Ibrahim family and the Indian government. That Dawood and his people prospered in Dubai would not have been possible without the knowledge and, in a sense, the complicity of the ruling family.

In the late 1990s, Dubai was not yet fully involved in the increasingly entangled entanglement of international politics and Mafia gangs in Mumbai, although many of them had moved to the emirate. But this city-state tends to benefit from conflicts, as long as they do not take place in its territory. Operation Desert Storm, the Palestinian intifada, 9/11, the US invasion of Afghanistan and the second Iraq war have channeled huge sums of money to Dubai.
The 11-S caused a spectacular flow of Arab money from the United States to Dubai. Estimates vary between hundreds of billions and two or three trillion dollars. In the mid-1990s, 63% of UAE income came from sources other than oil. Dubai itself had become the largest free port in a region that stretched from southern Europe to Singapore. Traditionally it had attracted large capitals from the Indian subcontinent, Central Asia, East Africa and the Middle East; now Dubai was trying to attract Western investments. With its beautiful coastline, its sunny weather throughout the year and its absence of taxes, bombs and murders (everyone benefits in Dubai and nobody, not even Al-Qaeda, intends to damage this emirate), and enough shopping centers to To cover the demand of a small planet, it did not take long to get money to baskets from all corners of Europe.
Dubai was not only the product distribution center of a vast region that ran from Russia to India and South Africa, but also naturally became the largest financial market. And there was no control at all about it: you could enter or take out as much money as you wanted, whether in suitcases full of bills, in gold and diamonds, by bank transfer through one of the many entities that had been founded to take advantage of this inexhaustible flow of capital, or through the hawaldars and hundis, the unofficial money changers that constitute the mainstay of the «informal» financial economy on which migrant workers depend.
In Dubai there is almost no common crime: it is one of the safest places in the world. That’s why the outbursts of violence draw a lot of attention. On the night of January 19, 2003, a prosperous hotel entrepreneur named Sharad Shetty entered the Dubai Club of India, a luxury place for Indian residents on a plot donated by Sheikh Rashid himself in 1964. Shetty came to dine with Some friends, but when he had not yet reached the dining room, he was approached by two men between twenty and thirty years old, he was shot five times and they ran to the waiting car to escape. The Dubai police soon linked the killers with men from Chhota Rajan, since Shetty was one of Dawood Ibrahim’s most important advisors. Three years earlier, Dawood’s men had tried unsuccessfully to kill Chhota Rajan when he was admitted to a hospital in Thailand.
The gang war in Mumbai had reached the exclusive neighborhoods of Dubai, and the authorities decided to take drastic measures. They attacked the partners of Chhota Rajan and those of Dawood Ibrahim.
Violent crime is very rare in Dubai and, when it occurs, reprisals are usually immediate. But that does not mean that there is no crime or submerged economy. The licit market for products, services and capital is subject in Dubai to the least restrictive conditions in the world. The submerged economy works with the same lack of limitations, and it is in Dubai where the money of both economic systems converges and where the relationship between the legal and the submerged economy is symbiotic to see.

Every day, the Nigerian economy loses between 150,000 and 320,000 barrels of oil, «explains Gary K. Busch, an adventurous American businessman who has worked with mobsters businessmen in many developing countries, including Nigeria. They are stolen by bunkerers, who have small oil ships. They load the stolen oil into the river delta and transport it to large oil tankers that are on the high seas, which in turn take it to countries in West Africa. There it is refined and loaded into illegal tankers that transport it to neighboring countries for sale on the black market. At the price of 50 dollars per barrel, this «leak» means between 7.5 and 16 million dollars a day. Over the months, this amounts to between 365 million and 4,400 million dollars a year. »
Of course, there is no moral problem intrinsic to the fact that Nigeria is enriched by its natural resources. But the resistance of this small band of super rich to distribute their billions of dollars in an equitable manner has very serious repercussions and extremely unpleasant consequences. While maintaining one of the most corrupt military estates in the world, Nigeria does nothing to help its second army: the compound of tens of millions of unemployed and evicted; 60% of the population lives below the poverty line. No less terrible is the drop in life expectancy that, according to the UN, dropped from 54 years for men in 1995 to 43 in 2006. Corruption installed in high places gives an example that the rest of society reproduces: yes you want to prosper you have to cheat.
There are two basic types of criminal organizations: the extortionists, who charge for protection, and those who trade in products. The former are divided into three main groups: producers, wholesalers and retailers. Each of them is usually found, although not always, associated with a specific ethnic group, and the three links of the commercial chain cooperate across international borders, since the production of the goods always takes place at a great distance from the markets more lucrative for her.
Mafiosi who charge for protection services, such as the US Cosa Nostra, rarely operate internationally and are usually contained within the borders of a State. However, sometimes they also enter the trade in illicit goods – such as Tony Soprano and his colleagues – taking control of the retail sale of what the market demands: drugs, prostitution services, etcetera.
In the world of illicit goods, the producer is rarely also important as a wholesaler or retailer. The Colombian cartels are the most visible example of this. They can use their monopoly on refiners and wholesalers to order the cultivation of coca.

South Africa is caught between light and shadows. It is the only country on the planet where the developed and underdeveloped world coexist side by side from one end of the country to the other. The first provides good road communications, 728 airports (according to the estimate of the CIA of 2004), the largest freight port in Africa and a good banking system. By western standards, real estate prices are surprisingly low and the life that wealthy immigrants who have no conscience problems with the social divisions of the country can envy: fantastic food, wonderful wines, splendid vacations every year and prices that allow Pay many things with a twenty dollar bill.
The developing world contributes the low fiscal revenues of the State, saturated social services, high levels of corruption throughout the Administration and more than 7,500 kilometers of land and marine borders that are a real drain. «When the transition, you could buy your own airport if you wanted,» Mbeki’s security adviser explains resignedly,»and that’s exactly what some people did”.
The combination of luxury of the first world at a bargain price with the business opportunities offered by the infrastructure of a developing country is irresistible for organized crime and for the main players involved in exploiting the resources of sub-Saharan Africa, as well as in the international narcotics traffic.
In South Africa the drug is not associated with violence and has a benign social impact, believes that its economic function has changed drastically and now «cannabis is more than a harmless local herb that serves to feed rural children of school age. It can be the hinge on which the entire economy of the drug revolves. Without dagga we would have to pay for our hard drugs with our weak currency, the rand, and they would be out of reach for everyone except the most fanatical addicts or those more inclined to delinquency ».
South Africa is the new pivot of the international drug trade. Heroin arrives from East Africa and is sent to the United States; Cocaine arrives from South America and is shipped to Spain and Amsterdam. But the root of the problem lies elsewhere: Washington D. C.

As more and more Chinese enter Japan as labor (whether legal or illegal), triads and other Chinese criminal organizations also expand their influence in the country. In 2003, a senior official of the Tokyo National Police Agency told a researcher that clashes between the yakuza and the Chinese gangs were proliferating. He explained that it was a consequence of «a conflict over the territory and the reduced price that Chinese assassins charge for work. A Chinese gangster does three jobs for the price a yakuza charges for a single one. » The yakuza are equally concerned about the influence and strength of Chinese organized crime in Japan.
Less talked about is the symbiotic relationship between the yakuza and the Chinese mafias in cities such as Tokyo, Yokohama and Osaka. Increasingly, the yakuza subcontract Chinese gangs to impose violent punishments. «In China this does not matter to them,» explains a Taiwanese executive who travels discreetly between China, Taiwan and Japan. «If they are caught, they face a very short time in prison and then they are deported. Then the snake heads bring them back here, and the yakuza hunt them again. «The implication of this system is extraordinary: the yakuza are fighting the recruitment difficulties, provoked by an aging society and the declining prestige of their organization , outsourcing to Chinese groups to carry out the least attractive and riskiest part of their business.

Fuzhou is not just any provincial capital, but the center of one of the biggest illegal activities on a planetary scale: the traffic of Chinese migrant labor. Asphyxiated by a rapidly growing population and high rural unemployment, more than half a million Fujians were smuggled out of the country between 1985 and 1995. About a fifth landed on the east coast of the United States and headed to New York. Among them are the majority of the 286 souls that swam to the mainland from the Golden Venture, which ran aground in 1993 when their human cargo mutinied after months of infamous treatment. In São Paulo, Belgrade, Berlin, Dubai, South Africa … the Fujian people settled and ended up controlling the Chinese communities. The peculiar provincial dialect does not stop gaining ground to Cantonese as a lingua franca in many of the Chinese neighborhoods of the world. Brooklyn’s Eighth Avenue began as a Cantonese colony, but between 2000 and 2006, Fujian immigrants have made up almost 50% of the population.
It is the «serpent head,» the human traffickers, who are making it possible. These men and women embed people incessantly on ships, planes and trains to feed the largest network of immigrant labor.
In the West, the name «serpent head» has a pejorative connotation: snakeheads are portrayed as treacherous and manipulative mobsters who exploit the despair of the humblest by sending them to a scary workshop in some corner of the world left behind by God . In fact, the cases that support this stamp – the Golden Venture run aground in New York, the Dutch truck in Dover with its load of corpses, and the tragedy of the shellfish harvesters in Morecambe Bay – are the exception that confirms the rule. The snakeheads are not triads, the Hong Kong gangs specialized in extortion and the smuggling of illegal goods. Nor are they linked to the mafia organizations that dominate politics in Taiwan, such as the United Bamboo Gang.
In fact, they are rather travel agents whose services include illegal entry to other countries. In the United States, the Justice Department proposed offering an amnesty to illegal Chinese immigrants who testified against snakeheads. «When the DdJ introduced me to the idea,» says Professor Ko-lin Chin in New Jersey, «I answered them:» You have lost your mind! » Snakeheads are seen as heroes by illegal immigrants, not villains. They feel indebted to them. »
The governments of the European Union are striving to reconcile the disparate interests of two powerful forces: the populist media, which warn against the disappearance of the indigenous culture due to immigration pressure, and the entreaties of businessmen, whom they urgently need. cheap work to survive in a fiercely competitive global market. At the European summit in Helsinki in 1999, leaders from all over the continent committed themselves to cooperate in the development of an immigration policy that would put some order in the chaos. Eight years later, even the most experienced observers of the cryptic Brussels bureaucracy continue to see no sign of political action. So the wind continues to blow in favor of the liveliest entrepreneurs, like snakeheads.
By its very nature, it is impossible to accurately measure illegal immigration, but in general it is recognized that the United Kingdom is the preferred destination for immigrants in search of work.
China’s economic drive, as a producer and as a market, is spreading to neighbors in transition, such as Vietnam and the Philippines, and also to more stable countries such as Thailand. It is stimulating growth throughout the region. Even economies previously isolated from countries such as North Korea and Burma are beginning to match that of China. In the case of North Korea, the US policy of confronting Pyongyang through rhetoric laden with fury and implicit threats could prove far less effective than Beijing’s slow and steady absorption of the North Korean economy. (The Middle East, where two other members of what Bush designated as the «axis of evil» are located, does not have a stabilizing power like China.)
China can exert an immense influence on North Korea, if it so wishes. The subcontracting of production to North Korea is not limited to counterfeit cigarettes. That country manufactures products even cheaper than China, some of the goods «Made in China» that supply Western stores actually come from North Korea. Instead of threatening to bomb North Korea, the Chinese act sensibly by slowly transforming it into an economic satellite.

However, the most attractive activity for international criminals today may be to defraud governments. Illegal trafficking in goods subject to high taxes is the oldest form of mafia crime, and currently continues to exist, for example, in the case of tobacco smuggling. However, the ability to move large amounts of capital and goods at high speed has engendered new forms of crime, such as the exploitation of differences between the tax systems of different countries, which can yield fabulous benefits. The most powerful type of crime in the European Union between 2002 and 2007 was the fraud of the value-added tax on international transactions, also known as carousel fraud, consisting of importing products into an EU country by unlawfully applying VAT and pocketing them This tax unduly charged at the time of re-export. The EU reported in 2006 that it could not encrypt the volume of this fraud accurately, but estimated that public funds were losing at least $ 100 billion a year with these fraudulent schemes, whose popularity has soared because of the extraordinary benefits
that they can generate, from the fact that it is a crime without victims (the fraud of money to the taxpayers does not physically harm anyone) and the inscrutable nature of the frauds in general.
The advent of large-scale economic crime has been facilitated by the evolution of financial markets around the world since liberalization began two decades ago. In 2007, the McKinsey consultancy estimated that with world GDP around 50 billion dollars, the financial assets of the world tripled this figure.
The need to create strong and well prepared police forces to fight organized crime is incontrovertible. It is not globalization itself that has stimulated the spectacular growth of organized crime in recent years, but insufficiently controlled global markets, such as the financial sector, or excessively regulated, such as the agricultural sector and the labor market. During the nineties, we witnessed the beginning of a global regulation regime for financial markets that raised the hope that both the legal, partially regulated economy and the underground economy, totally free of regulation, could be kept under control. However, since the new millennium, the hostility of the United States, the incompetence of the European Union, the cynicism of Russia and the indifference of Japan have added to the irrepressible ambition of China and India to inaugurate a golden age for companies and international organized crime.

Certain US states, beginning with Colorado and Washington and with the recent incorporation of California, have legalized marijuana for recreational use.
In the month of January 2018, it will be four years since the legalization in Colorado, and not only the western civilization has not collapsed, but the government of that state has rained the tax revenues. In 2015, they amounted to some 78,000 million dollars that were allocated to improve health and education, which is equivalent to double the taxes collected from alcohol sales.
The change is also palpable in South America, where most countries have decriminalized drugs for their own consumption. They simply got fed up with the terrible attacks of violence provoked directly by the persistence of the war that the United States is maintaining against drugs. The battle that will end this senseless war and its bloody consequences is not over yet, but at least it has started in the most serious way possible.
Perhaps most important of all, there is currently a general consensus in democracies about the fundamental threat posed by organized crime and corruption for the proper functioning of our political systems. To overcome the multitude of challenges that the world faces for the next decades, we will have to situate criminal and corrupt activities, together with climate change, resource depletion and inequality, at the top of the list of priorities.

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