Una Historia Erótica De Versalles — Michel Vergé-Franceschi & Anna Moretti / Une Histoire Érotique De Versailles (An Erotic History of Versailles) by Michel Vergé-Franceschi & Anna Moretti

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Debo decir que es de la peores novelas de la editorial Siruela que he leído, me ha dejado indiferente, sobre ensayo histórico tiene poco. Me extraña que Siruela tenga esta novela en su catálogo.

El primer prodigio de Versalles es su transformación. En principio, se trata de un lugar muy poco apto porque no es ni bonito ni agradable. Versalles, en medio de un paisaje desprovisto de agua, es «el más triste y el más ingrato de todos los lugares», se lamenta el duque de Saint-Simon, que fue bautizado aquí y que añade respecto al lugar: «Sin vistas, sin bosques, sin agua, sin tierra, porque todo son arenas movedizas, sin aire; por consiguiente, no puede ser bueno».
Versalles fue, para empezar, el picadero apartado y falsamente discreto del joven Luis XIV, de veintitrés años entonces. Un lugar de placeres y libertinaje a menos de veinte kilómetros de París. Un lugar no forzosamente de auténticas orgías, pero sí de auténtica libertad. De ahí, por otra parte, la furia de Colbert3 cuando vio al joven rey transformar su lugar de placer en centro del poder político.
Cuando Luis XIV descubre el amor, Versalles es un palacio anticuado que recuerda a la plaza de los Vosgos de su antepasado Enrique IV, de ilustre memoria. Tiene muros de ladrillo rojo, como los palacetes de la susodicha plaza, donde nació madame de Sévigné y donde Víctor Hugo se deleitará escribiendo la biografía de una cortesana muerta víctima de un desgraciado aborto: Marion Delorme.

Luis XIV descubre las alegrías del sexo, si no del amor, gracias a una profesional de cuarenta años conocida en la historia como Cateau la Tuerta.
Convertida en baronesa de Beauvais, Catherine-Henriette Bellier, hija de un comerciante de tejidos, Martin Bellier, solo tenía algo a su favor: su lascivia, reforzada por la complacencia de un marido poco celoso. Este último, Pierre Beauvais, él también comerciante de cintas, se sentía lo suficientemente orgulloso de ser el esposo de la doncella preferida de Ana de Austria y aceptaba los devaneos de Cateau (Catherine), experta en lides amatorias y en poner lavativas, muy apreciadas por entonces.
El amor secreto no existe y no puede existir. El amor necesita ser compartido y, por lo tanto, publicidad. El amor de Luis por Louise era verdadero, puro. Por lo tanto, no podía sino hacerse público rápidamente, y su secreto, con tanto celo guardado, se convierte enseguida en el secreto de toda la corte, respetuosa, divertida y comprensiva a la vez. Sin los rumores, el amor se marchita, privado de sol. Solo María Teresa —como siempre en tales casos— parecía ignorar su infortunio, a pesar de la duda que empezaba a atormentarla.
Era necesaria un alma «caritativa» que informara del asunto a la reina. Siempre se encuentra alguna, en todas las épocas. Permite a los amantes hacer por fin público su amor. Sin ella, el amor secreto acabaría muriendo rápidamente, privado de la luz a la que tiene derecho. Esas almas en realidad no son «caritativas» ni con el marido engañado ni con la mujer escarnecida. Pero sí lo son con el amor, y la vox populi no se ha equivocado al atribuirles ese adjetivo. El secreto, por lo demás, no era tan indispensable.

Luis pone en práctica el viejo dicho de Sacha Guitry: «Las cadenas del matrimonio son tan pesadas que hay que ser al menos tres para poderlas llevar»… O incluso más.
Pronto las sucesivas fiestas demuestran que el palacio es verdaderamente demasiado pequeño. El amor solo se desarrolla plenamente al aire libre. La falta de espacio se asemeja enseguida a una prisión en donde el cónyuge en busca de adulterio multiplica mentalmente los barrotes, con nombres poco agradables: engaño, mentira, cuernos, chismorreo, celos, denuncia, bastardía, problemas múltiples y variados. Luis no quiere saber nada de estos barrotes. Y menos aún a medida que multiplica sus aventuras.
El Rey Sol no tarda en cansarse de Louise de La Vallière, demasiado tímida, demasiado piadosa, demasiado contrariada en su fe y en su fuero interno, y en 1665 mete en su cama a la morena Bonne de Pons, marquesa de Heudicourt, otra dama de honor de la reina María Teresa, pronto apodada la Gran Loba, tras su matrimonio con el gran jefe de Loberos de Francia.
En 1683, la corte se instala en Versalles. La más grande «amante» de todos los tiempos, Ninon de L’Enclos, que tiene por entonces sesenta años, no entra para nada en palacio. El palacio es sinónimo de licencia. Pero ¿puede serlo de libertinaje?
De la corte fueron, sin embargo, la mayoría de los amantes de Ninon: príncipes de nacimiento (el Gran Condé, Luis de Borbón-Vendôme), mariscales de Francia (Coligny, D’Albret, Navailles), cardenales (Richelieu) en su juventud, grandes señores (el yerno y el sobrino de Condé, los marqueses de Sévigné, padre e hijo, el marqués de Vassé, primo hermano del primero), diplomáticos (Huyghens, embajador de las Provincias Unidas), sabios (el hijo de este último, el astrónomo Huyghens) y oficiales generales tanto de la Marina (Usson de Bonrepaus) como del Ejército de tierra (el conde de Aubijoux, monsieur de La Châtre). Sin olvidar a algunos amantes reclutados en la ciudad: Saint-Étienne (el sobrino del padre Joseph); el consejero Coulon en París; los hermanos Perrachon, banqueros de Lyon; Léon Foureau, banquero de París; mentes brillantes (Saint-Évremond) y hombres de letras (los caballeros de Méré, de Raray y de Jarzay, los marqueses de Charleval y de La Sablière, Hercule de Lacger).

Madame du Barry, por haber enseñado el placer al rey, de cincuenta y ocho años, siguió siendo su amante hasta que este murió. Contradiciendo su leyenda negra, sus memorias, escritas con mano ágil, con un estilo lleno de vida y de entusiasmo, son especialmente emotivas y demuestran a la vez su feminidad, su sensibilidad y la intensidad de sus sentimientos hacia un hombre que era treinta y tres años mayor que ella; en pocas palabras, esas páginas magníficamente escritas demuestran que el amor no tiene edad y que nunca es demasiado tarde para amar.
En 1774, Versalles es un palacio que cobijó hace ya más de un siglo los amores de Luis XIV y mademoiselle de La Vallière. Ahora sus dos ocupantes más prestigiosos descansan en la basílica de Saint-Denis. Luis XIV desde 1715. Su bisnieto, Luis XV, desde el mes de mayo. Lo ha sucedido Luis XVI, su nieto, de diecinueve años. El palacio, comenzado bajo el reinado de Luis XIII, tiene ahora ciento cincuenta años. Pero mientras que el viejo palacio conserva su belleza y su atractivo, el joven rey es zafio y abotargado. Lento de palabras y de movimientos, pesado de cuerpo y de mente, enormemente dormilón, Luis XVI, a diferencia de Enrique IV, de Luis XIV, de Luis XV y de su hermano menor, el conde de Artois, es muy poco aficionado al sexo.
Luis XVI se había casado con María Antonieta, archiduquesa de Austria, el 16 de mayo de 1770, cuando todavía era delfín de Viennois. Al quedarse viudo, Luis XV se planteó tomarla como esposa antes de casarla con su nieto. Lástima. Ella habría tenido un destino diferente y una vida sexual más precoz y seguramente más satisfactoria.

A recordar. Si hoy en día las avenidas de Versalles acogen con frecuencia los paseos y a los paseantes, los encuentros y a los visitantes, los besos y los abrazos amorosos, se impone una conclusión. Todos esos enamorados de ayer, desde La Vallière a Fersen, han desaparecido. Todos esos enamorados de hoy desaparecerán también. Los hombres aman, se van y desaparecen. Las mujeres aman y se convierten en sombras transparentes con formas embrujadoras. Solo el amor queda y, como el marqués de La Vallière, disfrazado de fénix en la Fiesta de los Placeres de la Isla Encantada, solo el amor renace una y otra vez de sus cenizas. Los hombres mueren. Las mujeres mueren. Solo el amor sigue morando en la morada del amor.

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I must say that it is one of the worst novels of the Siruela publishing that I have read, it has left me indifferent, about historical essay it has little. I’m surprised that Siruela has this novel in his catalog.

The first prodigy of Versailles is its transformation. In principle, it is a very unfit place because it is neither beautiful nor pleasant. Versailles, in the middle of a landscape devoid of water, is «the saddest and the most ungrateful of all the places», laments the Duke of Saint-Simon, who was baptized here and who adds with respect to the place: «Without views, without forests, without water, without land, because everything is quicksand, without air; therefore, it can not be good ».
Versailles was, to begin with, the remote and falsely discreet riding of young Louis XIV, then twenty-three years old. A place of pleasures and debauchery less than twenty kilometers from Paris. A place not necessarily of authentic orgies, but of true freedom. Hence, on the other hand, the fury of Colbert3 when he saw the young king transform his place of pleasure into the center of political power.
When Louis XIV discovers love, Versailles is an old-fashioned palace reminiscent of the square of the Vosges of his ancestor Henry IV, of illustrious memory. It has walls of red brick, like the mansions of the aforementioned square, where Madame de Sévigné was born and where Victor Hugo will delight in writing the biography of a dead courtesan victim of a miserable abortion: Marion Delorme.

Louis XIV discovered the joys of sex, if not love, thanks to a forty-year-old professional known in history as Cateau la Tuerta.
Converted into a baroness of Beauvais, Catherine-Henriette Bellier, the daughter of a textile merchant, Martin Bellier, had only one thing in her favor: her lust, reinforced by the complacency of a little jealous husband. The latter, Pierre Beauvais, himself a band merchant, was proud enough to be the husband of Anne of Austria’s favorite maiden and accepted the ravings of Cateau (Catherine), an expert in love affairs and putting on enemas, much appreciated. by then.
Secret love does not exist and can not exist. Love needs to be shared and, therefore, publicity. Louis’s love for Louise was true, pure. Therefore, it could not but be made public quickly, and its secret, with so much guarded zeal, immediately becomes the secret of the whole court, respectful, fun and understanding at the same time. Without rumors, love withers, deprived of the sun. Only Maria Teresa – as always in such cases – seemed to ignore her misfortune, despite the doubt that was beginning to torment her.
A «charitable» soul was needed to inform the queen of the matter. There is always some, in all ages. It allows lovers to finally make their love public. Without it, secret love would end up dying quickly, deprived of the light to which it is entitled. These souls are not really «charitable» or with the deceived husband or the mocked woman. But they are with love, and the vox populi has not been wrong to attribute that adjective to them. The secret, for the rest, was not so indispensable.

Luis puts into practice the old saying of Sacha Guitry: «The chains of marriage are so heavy that you have to be at least three to carry them» … Or even more.
Soon the successive parties show that the palace is really too small. Love only develops fully in the open air. The lack of space immediately resembles a prison where the spouse in search of adultery mentally multiplies the bars, with unpleasant names: deceit, lies, horns, gossip, jealousy, denunciation, bastardy, multiple and varied problems. Luis does not want to know anything about these bars. And even less as you multiply your adventures.
The Sun King soon tires of Louise de La Vallière, too timid, too pious, too upset in his faith and in his heart, and in 1665 he puts in his bed the brunette Bonne de Pons, Marquise de Heudicourt, another lady of honor of the queen Maria Teresa, soon nicknamed the Great Loba, after its marriage with the great head of Loberos of France.
In 1683, the court settled in Versailles. The greatest «lover» of all time, Ninon de L’Enclos, who is then sixty years old, does not enter the palace at all. The palace is synonymous with license. But can it be debauchery?.
Of the court, however, were the majority of the lovers of Ninon: princes of birth (the Great Condé, Luis de Borbón-Vendôme), marshals of France (Coligny, D’Albret, Navailles), cardinals (Richelieu) in their youth, great lords (the son-in-law and nephew of Condé, the Marquis de Sévigné, father and son, the Marquis de Vassé, first cousin of the first), diplomats (Huyghens, ambassador of the United Provinces), sages (the son of this last, the astronomer Huyghens) and general officers of both the Navy (Usson de Bonrepaus) and the Army (the Count of Aubijoux, Monsieur de La Châtre). Not forgetting some lovers recruited in the city: Saint-Étienne (the nephew of Father Joseph); Counselor Coulon in Paris; the Perrachon brothers, bankers of Lyon; Léon Foureau, banker of Paris; brilliant minds (Saint-Évremond) and men of letters (the knights of Méré, of Raray and de Jarzay, the marquises of Charleval and of La Sablière, Hercule de Lacger).

Madame du Barry, for having taught pleasure to the king, aged fifty-eight, remained her lover until he died. Contradicting her black legend, her memories, written with an agile hand, with a style full of life and enthusiasm, are especially emotional and demonstrate both her femininity, her sensitivity and the intensity of her feelings towards a man who was thirty-three years older than her; in short, those beautifully written pages show that love is ageless and never too late to love.
In 1774, Versailles is a palace that sheltered the loves of Louis XIV and Mademoiselle de La Vallière more than a century ago. Now its two most prestigious occupants rest in the basilica of Saint-Denis. Louis XIV since 1715. His great-grandson, Louis XV, from the month of May. It has happened Luis XVI, his grandson, of nineteen years. The palace, begun under the reign of Louis XIII, is now one hundred and fifty years old. But while the old palace retains its beauty and its appeal, the young king is uncouth and bloated. Slow of words and movements, heavy of body and mind, enormously sleepy, Louis XVI, unlike Henry IV, Louis XIV, Louis XV and his younger brother, the Count of Artois, is very unattractive to sex .
Louis XVI had married Marie Antoinette, Archduchess of Austria, on May 16, 1770, when he was still the dolphin of Viennois. When he became a widower, Louis XV considered taking her as his wife before marrying her to his grandson. Pity. She would have had a different destiny and a sex life more precocious and surely more satisfying.

To remember. If today the avenues of Versailles often welcome walks and walkers, meetings and visitors, kisses and love hugs, a conclusion is imposed. All those lovers of yesterday, from La Vallière to Fersen, have disappeared. All those lovers of today will disappear too. Men love, they go and disappear. Women love and become transparent shadows with haunting forms. Only love remains and, like the Marquis de La Vallière, disguised as a phoenix in the Pleasure of the Enchanted Island Festival, only love is reborn again and again from its ashes. The men die. The women die. Only love continues to dwell in the abode of love.

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