La Herida Del Tiempo — Agustín García Simón / Wound Of Time by Agustín García Simón (spanish book edition)

Esta es una magnífica breve obra sobre el valor de los pueblos que parece algo extinto pero esa España rural está en la idiosincrasia de todos nosotros, es una novela dura, de contrastes, un homenaje al mundo rural. Está bien eso de preguntarse cómo muere la gente, porque, ahora que lo pienso, es como la rúbrica que uno echa de su vida entera y, claro, si se te cae un borrón al final, muriéndote de mala manera, toda la buena fama que pudieras haber tenido se va al carajo. Y ya no queda de ti más que el recuerdo de que te moriste como un perro“.
Cada vez que veo los edificios altos, el tráfico, los coches, la velocidad con tubo de escape, como si la actualidad solo existiera en la ciudad, como si el pueblo solo tuviera derecho a salir en la televisión cuando hay un suceso truculento o porque un urbanita arrepentido se ha ido al campo a rehacer su vida. “Tenéis una mentalidad que ya no comprende lo que fueron esos años en los pueblos. Y eso que están ahí, a la vuelta de la esquina“, página 69. ‘La herida del tiempo‘ es una crónica del pueblo, un recorrido por el siglo XX en el medio rural, en una Castilla reconocible en personajes y palabras. Destaca cómo el autor rescata y mima vocablos que parecían perdidos y todavía tienen uso. La novela se articula en torno a un protagonista potente, un hombre de campo, autoritario, machista, un tipo que ha hecho toda su vida lo que le ha dado la gana y que, cuando ya está a punto de morir, descubre que la sociedad que creía dominar ha cambiado, que las mujeres que en su tiempo maltrató (y usó y chuleó y engañó) son ahora las que lo cuidan. Que sin ellas ya habría muerto. Aquí hay un retrato de la pobreza, del caciquismo rural, de las amistades y las traiciones familiares, de los destrozos que la Guerra Civil provocó en escenarios mínimos. Hay escenas potentísimas (como ese enterrador que toma medidas a su amigo para el ataúd) y reflexiones interesantes, como esa condena autoritaria y franquista de convertir la alegría en sospecha, “la mirada franca en afrenta“. (121). Hay pasajes farragosos y párrafos que te llevan a consultar el diccionario, pero Heliodoro García Vallejo (siempre los dos apellidos: las raíces) es un personaje brutal.

Esos años de la vida de Heliodoro García Vallejo, que no fueron más que setenta u ochenta y algunos a lo sumo, dan mucho juego en la novela pues recogen en sus espaldas los comprendidos desde 1900 hasta esa conclusiva senectud. Haciendo, por supuesto, hincapié en nuestra Guerra Civil.
La herida del tiempo es una novela que no se quema, no te hace abandonarla, me recuerda por esencias a cien años de soledad pero sin duda debe ser leída.

A Paula le dijeron que Heliodoro se había muerto de una congestión cerebral. La noticia resbaló por su ánimo como el agua por una cicatriz curada y seca. Solo el recuerdo y las imágenes de los primeros años impresionaron su mente, sin que alteraran lo más mínimo su meditada quietud. La experiencia acumulada y su natural inteligencia habían alcanzado en su madurez un equilibrio firme en un medio de soterrada maldad y vidas silenciadas. Pero sí sintió al instante la necesidad de cerrar con un gesto el capítulo más importante de su vida, un broche de bronce que sellara un tiempo muerto junto al mismo Heliodoro yacente. Descartó enseguida la misa funeral, pero acarició con fruición la obligación de asistir al entierro. Pensó en el traje de chaqueta de entretiempo, de cheviot.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, la multitud rebosaba las puertas del cementerio y se extendía por el camino flanqueado de grandes cipreses. Al llegar a esa altura, Paula continuó andando muy derecha, decidida. Vio cómo, sin dejar de mirarla fijamente, la gente le abría paso y así franqueó la entrada hasta unos metros alrededor de la sepultura, donde los asistentes se apretaban de manera cerrada. Esperó, hierática, a que acabara los responsos el cura y cuando este concluyó y los monaguillos le abrieron paso hacia la salida, Paula aprovechó el pasillo para plantarse a los pies de la profunda fosa donde, sobre los restos de su mujer, bajaban el ataúd de Heliodoro. Con aplomo, echó un vistazo en derredor y sintió que todas las miradas la fulminaban. Sin arredrarse, se agachó escorando las piernas, cogió un puñado de tierra y mirando al ataúd, erguida y serena, la lanzó sobre él con un gesto ambiguo de piedad y desafío final. Se volvió inmediatamente y trató de abrirse paso con dificultad entre la resistencia pasiva de una masa mostrenca, llena de resabio y displicencia. Cuando al fin se fue despejando la vuelta a casa, sabiéndose escudriñada por todos…

This is a magnificent brief book on the value of peoples that seems somewhat extinct but that rural Spain is in the idiosyncrasy of all of us, it is a hard novel, of contrasts, a tribute to the rural world. It’s good to wonder how people die, because, now that I think about it, it’s like the rubric that you throw out of your whole life and, of course, if you drop a blot at the end, dying in a bad way, all the good reputation what you could have had goes to hell. And there’s nothing left of you other than the memory that you died like a dog”.
Every time I see the tall buildings, skyscrapers, the traffic, the cars, the speed with the exhaust pipe, as if the present only existed in the city, as if the town only had the right to go on television when there is a truculent event or because A repentant urbanite has gone to the countryside to rebuild his life. “You have a mentality that no longer understands what those years were like in the villages. And that they are there, around the corner “, page 69.” The wound of time “is a chronicle of the town, a journey through the twentieth century in rural areas, a Castile recognizable in characters and words. It highlights how the author rescues and mimes words that seemed lost and still have use. The novel revolves around a powerful protagonist, a country man, authoritarian, macho, a guy who has done all his life what he has wanted and, when he is about to die, discovers that society that he believed to dominate has changed, that the women who in his time mistreated (and used and cheated and cheated) are now the ones who take care of him. That without them I would have died. Here is a portrait of poverty, of rural caciquismo, of friendships and family betrayals, of the destruction that the Civil War provoked in minimal scenarios. There are very powerful scenes (like that undertaker who takes measures to his friend for the coffin) and interesting reflections, like that authoritarian and Francoist condemnation of turning joy into suspicion, “the frank look in affront”. (121). There are tricky passages and paragraphs that lead you to consult the dictionary, but Heliodoro García Vallejo (always the two surnames: the roots) is a brutal character.

Those years of the life of Heliodoro Garci’a Vallejo, that were not more than seventy or eighty and some at the most, give a lot of game in the novel because they pick up in their backs the included from 1900 until that conclusive senescence. Doing, of course, emphasis on our Civil War.
The wound of time is a novel that does not burn, it does not make you leave it, it reminds me of essences to a hundred years of solitude but without a doubt it must be read.

Paula was told that Heliodorus had died of brain congestion. The news slipped by his mood like water from a scar healed and dried. Only the memory and the images of the first years impressed his mind, without disturbing in the least his meditated stillness. The accumulated experience and its natural intelligence had reached a mature equilibrium in a medium of buried evil and silenced lives. But he did feel instantly the need to close with a gesture the most important chapter of his life, a bronze brooch that sealed a time-out beside the recumbent Heliodorus himself. He immediately discarded the funeral mass, but he caressed with relish the obligation to attend the funeral. He thought about the halter suit, cheviot.
The next day, at five o’clock in the afternoon, the crowd overflowed the cemetery doors and stretched along the road flanked by large cypress trees. When she reached that height, Paula continued walking very straight, determined. He saw how, without stopping staring at her, people opened the way for him and so he crossed the entrance a few meters around the grave, where the assistants pressed tightly. She waited, hieratic, for the priest to finish the responsos and when the priest finished and the altar boys made their way to the exit, Paula took the corridor to stand at the foot of the deep pit where, on the remains of his wife, the coffin was lowered. of Heliodoro. With aplomb, she looked around and felt that all eyes were glaring at her. Unperturbed, he crouched, picking his legs, picked up a handful of dirt, and looking at the coffin, standing erect and serene, threw it at him with an ambiguous gesture of piety and final defiance. He turned immediately and tried to squeeze his way through the passive resistance of a mass of people, filled with remorse and disdain. When at last it was clearing the return home, knowing scrutinized by all …

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