En La Confidencia. Tratado De La Verdad Musitada — Eloy Fernández Porta / In Confidence. Treaty of the Truth by Eloy Fernández Porta (spanish book edition)

Interesante libro y quizás para muchos lectores difícil de leer al plantarte debate desde el principio, el autor recolecta ideas, ideas que va modelando, con el tiempo, como se modela la arcilla, para construir un pequeño edificio que explique una parte del mundo en el que vivimos, que arroje luz a lo aparentemente inexplicable, o lo aún por explicar.
El ensayo está dividido en nueve capítulos, también más uno. Uno, este, que se divide en partes y el libro de una autoficción nada ficticia. “En un libro sobre la confidencia tenía claro que debía exponerme, contar mi propia relación con los secretos”, dice Fernández Porta. Y así aparecen, como parpadeos que invitan a seguir profundizando en el asunto, momentos privados en los que el autor se convirtió en depositario de confidencias de desconocidos. Porque hay una parte de alivio en contarle un secreto a un desconocido, es una confesión sin consecuencias.

La mitología suele ofrecernos lecciones sociales. Las pasamos por alto: con frecuencia suponemos que los relatos míticos requieren una lectura mítica, de enigma y esencia, y que solo en segunda instancia se refieren a la vida pública. El mito suscita una disposición de ánimo mitológica, por la cual las narraciones se entienden como misterios o intentos de recubrir, con enigmas, lo inexplicado. Pero el cuento de Isis es más social que mitológico. Desde una perspectiva mitocrítica el Nombre de Ra es lo sagrado: un sobre lacrado por los dioses. En cambio, la historia del nombre robado nos dice que no hay Secreto en cuanto tal, no hay nada superior a la capacidad humana para la pesquisa y la insidia. El secreto solo existe en el instante de su confesión.
Los dioses se expresan por medio de signos: la enfermedad, la desdicha, la muerte. Esos signos forman una secuencia. En el vocabulario de la tragedia griega a esa secuencia se la llama «miasma»: el encadenamiento de calamidades ocasionado por un acto de impiedad. La miasma es imparable: se transmite de una promoción a la siguiente y arrastra a los amigos de los personajes trágicos. Para enunciar la tragedia no hay palabras precisas: lo trágico es inefable y su índice es el silencio. Contra la fatalidad no hay respuesta, salvo reapropiar su lógica y banalizarla. En eso consiste el circular de una confidencia. Esa circulación libre e incontrolada irrita a los dioses.

Los mitos sobre el origen son de no creer: siempre suceden en condicional y en el asombro cósmico. «Inverosímil»: aquello que, a falta de símil aceptable, no puede ser comparado, por insuficiencia del lenguaje o del mundo, que aún no ha producido un objeto apto para la analogía.
No hay redes sociales, nunca las hubo: son marañas sociópatas, hilaturas de ansiedad, dispositivos obligatorios de sobresocialización compulsiva, protagonizados por personas que se han atrapado a sí mismas –mininos en el ovillo de hilo de lana– entre la sociofilia y la sociofobia, entre la búsqueda afanosa de la Humanidad y el hallazgo frustrante de la muchedumbre, vaya chasco, yo creí que erais Humanos pero aquí estáis; miraos, gentuza, canalla –se lamentan los Buscadores, Diógenes del tonel de Mahou, fanal en mano, busco un Hombre, ocupada la otra mano con YouPorn–: pobres diablos, incapaces de creerse las situaciones en que se meten hasta que no detectan un conflicto, y, si lo hay, allá que se van, y si solo hay medio, ellos aportarán, generosos, la mitad que falta, y de no haberlo se lo inventan ex nihilo y pretenden implicar en él a todo dios, y así va tramando el socius, maquinando, la suciedad: no existe la sociedad, nunca ha existido, es solo una fábula que cuentan los politólogos, en los debates de la televisión nocturna, para ir adormeciendo a los electores…

En una época de exhibicionismo como la que vivimos, el secreto ha desaparecido, pero ¿lo ha hecho realmente? “No, por supuesto que no. A la desaparición de un secreto le sigue la aparición de otro, o de otros. Siempre querremos saber más, y nunca sabremos lo suficiente”. Eso sí, las redes sociales han hecho que gente corriente, a partir de la revelación de ciertos secretos, “se conviertan en semidioses”, porque “al difundir secretos, adquirimos singularidad, y sea lo que sea lo que difundamos deja de ser infamante, como nunca fueron infamantes los secretos de la aristocracia, sino signos de sofisticación”.

An interesting book and perhaps for many readers difficult to read by proposing debate from the beginning, the author collects ideas, ideas that are modeled, over time, how clay is modeled, to build a small building that explains a part of the world in which we live, that sheds light on the seemingly inexplicable, or even to explain.
The essay is divided into nine chapters, also plus one. One, this, which is divided into parts and the book of a non-fiction autofiction. «In a book about confidentiality, I knew I had to expose myself, to tell my own relationship with secrets,» says Fernández Porta. And so they appear, like flashes that invite to continue deepening in the subject, private moments in which the author became depository of confidences of strangers. Because there is a part of relief in telling a secret to a stranger, it is a confession without consequences.

Mythology usually offers us social lessons. We ignore them: we often assume that mythical stories require a mythical reading, an enigma and essence, and that only in the second instance do they refer to public life. The myth arouses a disposition of mythological mood, by which narratives are understood as mysteries or attempts to cover, with enigmas, the unexplained. But the story of Isis is more social than mythological. From a mythcritical perspective the Name of Ra is the sacred: an envelope sealed by the gods. On the other hand, the history of the stolen name tells us that there is no Secret as such, there is nothing superior to the human capacity for research and insidiousness. The secret only exists at the moment of his confession.
The gods express themselves through signs: sickness, misery, death. Those signs form a sequence. In the vocabulary of Greek tragedy that sequence is called «miasma»: the chain of calamities caused by an act of impiety. The miasma is unstoppable: it is transmitted from one promotion to the next and drags the friends of the tragic characters. To enunciate the tragedy there are no precise words: the tragic is ineffable and its index is silence. Against fatality there is no answer, except to reappropriate its logic and banalize it. That is the circular of a confidence. That free and uncontrolled circulation irritates the gods.

The myths about the origin are not to believe: they always happen in conditional and in cosmic wonder. «Unlikely»: that which, in the absence of an acceptable simile, can not be compared, due to insufficiency of language or the world, which has not yet produced an object suitable for analogy.
There are no social networks, there never were: they are sociopathic tangles, hilaturas of anxiety, obligatory devices of compulsive oversocialization, carried out by people who have trapped themselves -mininos in the ball of wool thread- between sociofilia and sociofobia, between the anxious search of the Humanity and the frustrating finding of the crowd, go disappointment, I believed that you were Human but here you are; Look, you rabble, scoundrel, «the Seekers lament, Diogenes from Mahou’s barrel, lantern in hand, I look for a Man, occupied the other hand with YouPorn-: poor devils, unable to believe the situations in which they get in until they do not detect a conflict, and, if there is, there they go, and if there is only half, they will contribute, generously, the half that is missing, and if they do not invent it ex nihilo and pretend to involve all gods in it, and so it goes plotting the socius, machining, dirt: society does not exist, it has never existed, it is just a fable that political scientists tell, in the debates of nightly television, to go numb the voters …

In a time of exhibitionism like the one we live in, the secret has disappeared, but has it really? «No, of course not. The disappearance of a secret is followed by the appearance of another, or of others. We will always want to know more, and we will never know enough. » Yes, social networks have made ordinary people, from the revelation of certain secrets, «become demigods», because «to spread secrets, we acquire uniqueness, and whatever we disseminate ceases to be infamous, as the secrets of the aristocracy were never infamous, but signs of sophistication”.

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