¡Menuda Tropa!. Aventuras Y Desventuras De Un Periodista Divorciado — Javier Luna / Rambuctious Troop!. Adventures And Misadventures Of A Divorced Journalist by Javier Luna (spanish book edition)

Es un gran libro de crónicas. Escrito a vuela pluma, sin hacer sangre pero llegando a la médula del oficio de periodista. El libro deviene un gran reportaje de un excelente reportero. Desde su primer reportaje del pan con tomate, seguirá Hong Kong, donde el Este se encuentra el Oeste, Tokio, la muerte del torero Paquirri.
Las redacciones han evolucionado y hoy, me temo, han dejado de ser un refugio de noctámbulos para convertirse en oficinas de profesionales madrugadores que incluso aspiran a la conciliación familiar, a cenar temprano y encima con los suyos. A llevar, en definitiva, una vida saludable y sostenible. Hemos ganado en muchos aspectos, pero hemos perdido el punto bohemio, acanallado y bebedor que distinguía a esta profesión y terminaba por reflejarse en el producto final, que ganaba amenidad.
Yo creo que la santidad no está hecha para los periodistas sino para los inspectores de Hacienda y los sacerdotes católicos. Sin embargo, hoy día hemos renunciado al privilegio que la sociedad nos reconocía de ser unos crápulas, un derecho conquistado gracias al pacto que generaciones de periodistas firmaron con la sociedad: no me ganaré la vida como un ingeniero de canales y puertos o un abogado del Estado, pero a cambio viviré y trabajaré como a todos ustedes, los lectores, les gustaría.

En abril de 1989 me creía el rey del mambo. Vivía como un blanco en una colonia británica —Hong Kong—, viajaba por Asia sin reparar en gastos —nunca pedí champán, sin embargo, a cuenta del diario— y tenía interminable material para publicar gracias al interés de muchos lectores por la región, a pesar de serles muy desconocida.
Las asiáticas no eran corresponsalías para gente de hábitos ordenados. La cuadrilla española era reducida y cachonda: Bosco Esteruelas (de El País), Ramon Santaeulària (de EFE, con base en Pekín), Josep Bosch (EFE, Tokio, y alma de una publicación ciclostilada «elitista» titulada El Currante Asiático, que ironizaba sobre nuestras andanzas en hoteles de lujo, supuestas amantes asiáticas y cosas por el estilo) y Juan Restrepo (de TVE, con base en Manila, decisión exótica). Todos nos llevábamos bien.
Cubrir una guerra era una gran aspiración para muchos de los periodistas de mi generación. Nunca serías alguien decente en la profesión sin haber emulado a los míticos reporteros de los conflictos bélicos de Vietnam, Oriente Medio o África. Sin haber vivido una guerra o dos, resultaba imposible jugar a ser Manu Leguineche. Él era el jefe de la tribu, un trotamundos admirado por sus viajes y sus crónicas de conflictos que pillaban muy lejos de un país como España, que desde el desastre colonial de 1898, su neutralidad en las dos guerras mundiales y el yugo del franquismo, vivía aislado.
Lo último que imaginaba, conduciendo bajo un sol de agosto hacia la arena de la Costa Dorada donde pensaba tumbarme era que pocos meses más tarde terminaría de reportero en la guerra de Kuwait. Carambolas del destino. El conflicto marcó un antes y un después en la historia del periodismo.

Estados Unidos es el paraíso terrenal para los periodistas, porque las personas con quienes te interesa hablar creen que el acceso a la información es un derecho, lo cual no significa que te vayan a contestar; incluso puede que te manden a la mierda, pero al menos se dignan a dar una respuesta, aunque sea negativa. No pierden el tiempo ni te lo hacen perder.
La guerra del fletán entre España y Canadá tuvo los ingredientes de una opereta con un trasfondo comercial tras el decorado, y la gran ventaja de que todos sabíamos que no iba a provocar muertos ni heridos. Para comenzar, el fletán era un pez del que nadie sabía nada, o prefería no saber: ¿cuántos de los lenguados que hemos pagado en España por lenguados eran fletán negro, es decir, el llamado «lenguado limón»?
Como en las guerras en sentido estricto, la primera gran víctima de este conflicto económico fue la verdad. Terminó tan bien, tan civilizada y decimonónicamente, que en mi última crónica sobre él en La Vanguardia no conté la verdad.
Para España, país perdedor, con tantas guerras y desastres en los siglos recientes, la guerra del fletán tuvo algo de balsámica: por una vez, habíamos conservado los barcos y la honra.

También existe el morbo, una ejecución en EE.UU., el Departamento de Comunicación nos facilitó un pormenorizado informe de la ejecución. La cena decepcionaba, pero se ajustaba al presupuesto, porque no es cierto que haya barra libre: una cheeseburger, large French fries, lasaña con dos rodajas de pan de ajo, 4 onzas de nachos, 3 pastelitos de canela, 5 huevos revueltos y ocho pintas de leche con cacao. La inyección letal costó al erario público 86,08 dólares. Guardo todos los documentos, macabro recuerdo. Lo único reconfortante fue la declaración final de Dillingham, en la que pedía perdón al marido, rogaba clemencia a Dios y daba las gracias a sus padres por todo: «No podría haber pedido dos padres mejores que los que he tenido».

El tiempo pasa para todo, el año 2004 fue relevante en la historia de La Vanguardia: adiós a la histórica sede de Pelayo, número 28, y traslado al edificio del 477 de la avenida Diagonal, junto a la plaza de Francesc Macià. Todo el mundo se libró al correspondiente ejercicio de nostalgia, del que yo participé relativamente: la vida sigue. La redacción de la calle Pelayo necesitaba una renovación, y los tiempos que se avecinaban hacían presagiar una reducción de plantilla, como ha sucedido en todas las grandes empresas que acumulan decenios de existencia. En resumen, que la redacción del centro histórico de la ciudad era demasiado espaciosa.
Por otro lado, la calle Pelayo había ido perdiendo carácter y se estaba convirtiendo en una arteria turística repleta de franquicias, donde, por ejemplo, era difícil tomar un buen café, que no era la especialidad del Heidelberg, el último reducto de autenticidad de la zona, donde tantas veces habíamos cenado un hot dog a medianoche, a la salida del periódico.

La crisis del periodismo obedece en parte a que los periodistas nos hemos tirado piedras a nuestro propio tejado y en parte al hostigamiento del que somos objeto, que no deja de ser una demostración de que todavía alguien nos concede importancia, aunque sean censores, militares o el poder económico y político.
Para salir del atolladero, La Vanguardia hizo el experimento de mandar a plumas literarias a los conflictos internacionales. Una suerte de enviados especiales VIP, exentos de la tarea de picar piedra informativa y del minuto a minuto. La estrategia molestaba a la tropa de Internacional —entre la que me cuento— y languideció gracias a la honradez profesional de Quim Monzó, que en un viaje a Israel con Palestina en llamas reconoció públicamente que no sabía cómo informar y que no era plan tirar de reportajes «de color».
Informar bien de lo que sucede en el mundo, como ya he dicho, es caro, pero lo otro no es periodismo. No lo digo por defender unos privilegios corporativos, sino por realismo y años de oficio.
No hay buen periodismo sin buenas empresas periodísticas, y viceversa. Hoy, por desgracia, la gente cree que la información puede ser gratuita. Y eso afecta a la objetividad del periodismo y, por ende, a la democracia. Pone en circulación mala información, propaganda interesada, bulos. Y así florecen los populismos, los Trumps, los brexits, la sombra de Rusia, los movimientos xenófobos…

Al libro le acompaña un anexo de fotografías con el autor como protagonista de sus vivencias.

It is a great book of chronicles. Written to fly pen, without making blood but reaching the core of the journalist’s trade. The book becomes a great report by an excellent reporter. From his first report of the bread with tomato, Hong Kong will follow, where the East is the West, Tokyo, the death of the bullfighter Paquirri.
The newsrooms have evolved and today, I fear, have ceased to be a refuge for night owls to become offices of early risers who even aspire to family conciliation, to dine early and over with their own. To lead, in short, a healthy and sustainable life. We have won in many aspects, but we have lost the bohemian, cuckoo and drinker point that distinguished this profession and ended up being reflected in the final product, which gained amenity.
I believe that holiness is not made for journalists but for tax inspectors and Catholic priests. However, today we have renounced the privilege that society acknowledged us to be crápulas, a right conquered thanks to the pact that generations of journalists signed with society: I will not earn a living as an engineer of channels and ports or a lawyer of the State, but in return I will live and work as you all, the readers, would like.

In April of 1989 I believed myself the king of the mambo. He lived as a target in a British colony – Hong Kong -, traveled through Asia without paying any attention to expenses – I never asked for champagne, however, on account of the newspaper – and he had endless material to publish thanks to the interest of many readers in the region, despite being very unknown to you.
Asians were not correspondents for people of orderly habits. The Spanish gang was short and horny: Bosco Esteruelas (from El País), Ramon Santaeulària (from EFE, based in Beijing), Josep Bosch (EFE, Tokyo, and soul of an “elitist” cyclostylated publication entitled The Asian Currant, which satirized about our adventures in luxury hotels, supposed Asian lovers and things like that) and Juan Restrepo (from TVE, based in Manila, exotic decision). We all got along well.
Covering a war was a great aspiration for many of the journalists of my generation. You would never be a decent person in the profession without emulating the mythical reporters of the wars in Vietnam, the Middle East or Africa. Without having lived a war or two, it was impossible to play at being Manu Leguineche. He was the head of the tribe, a globetrotter admired for his travels and his chronicles of conflicts that caught very far from a country like Spain, that since the colonial disaster of 1898, his neutrality in the two world wars and the yoke of the Franco regime, He lived isolated.
The last thing I imagined, driving under the August sun to the sand of the Costa Dorada where I was going to lie down was that a few months later I would end up as a reporter in the Kuwait war. Carambolas of destiny. The conflict marked a before and after in the history of journalism.

The United States is the earthly paradise for journalists, because the people with whom you are interested in speaking believe that access to information is a right, which does not mean that they are going to answer you; they may even send you to hell, but at least they deign to give an answer, even if it is negative. They do not waste time or make you lose.
The war of the halibut between Spain and Canada had the ingredients of an operetta with a commercial background after the set, and the great advantage that we all knew that it was not going to cause deaths or injuries. To begin with, the halibut was a fish that nobody knew anything about, or preferred not to know: how many of the sole that we have paid in Spain for flounder were halibut, that is, the so-called “lemon sole”?
As in wars in the strict sense, the first great victim of this economic conflict was the truth. It ended so well, so civilized and nineteenth-century, that in my last chronicle about him in La Vanguardia I did not tell the truth.
For Spain, a losing country, with so many wars and disasters in recent centuries, the halibut war was somewhat balmy: for once, we had preserved the boats and the honor.

There is also morbid, an execution in the US, the Department of Communication gave us a detailed report of the execution. The dinner disappointed, but it fit the budget, because it is not true that there is free bar: a cheeseburger, large French fries, lasagna with two slices of garlic bread, 4 ounces of nachos, 3 cinnamon cakes, 5 scrambled eggs and eight pints of milk with cocoa. The lethal injection cost the public purse 86,08 dollars. I keep all the documents, macabre memory. The only comfort was Dillingham’s final statement, in which he apologized to his husband, begged God for mercy and thanked his parents for everything: “I could not have asked for two better parents than I had”.

Time goes by, on 2004 was relevant in the history of La Vanguardia newspaper: goodbye to the historic headquarters of Pelayo, number 28, and transfer to the building of 477 Diagonal Avenue, next to the Plaza de Francesc Macià. Everyone was free to the corresponding exercise of nostalgia, of which I participated relatively: life goes on. The writing of Pelayo Street needed a renovation, and the times that were approaching presaged a reduction of staff, as it has happened in all the great companies that accumulate decades of existence. In short, that the wording of the historic center of the city was too spacious.
On the other hand, Pelayo Street had been losing character and was becoming a tourist artery full of franchises, where, for example, it was difficult to have a good coffee, which was not the specialty of Heidelberg, the last redoubt of authenticity of the zone, where so many times we had dined a hot dog at midnight, at the exit of the newspaper.

The crisis of journalism is due in part to the fact that journalists have thrown stones at our own roof and in part to the harassment of which we are the object, which is a demonstration that still someone gives us importance, even if they are censors, military or economic and political power.
To get out of the quagmire, La Vanguardia made the experiment of sending literary pens to international conflicts. A sort of VIP special envoys, exempt from the task of stinging informative stone and from minute to minute. The strategy annoyed the International troop-among which I tell myself-and languished thanks to the professional honesty of Quim Monzó, who on a trip to Israel with Palestine on fire publicly acknowledged that he did not know how to inform and that it was not a plan to pull “color” reports.
Reporting well what happens in the world, as I said, is expensive, but the other is not journalism. I’m not saying this because of defending corporate privileges, but because of realism and years of work.
There is no good journalism without good journalistic companies, and vice versa. Today, unfortunately, people believe that information can be free. And that affects the objectivity of journalism and, therefore, democracy. It puts bad information into circulation, interested propaganda, hoaxes. And so populisms flourish, the Trumps, the Brexits, the shadow of Russia, the xenophobic movements …

The book is accompanied by an annex of photographs with the author as the protagonist of his experiences.

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