Reporteras Españolas, Testigos De Guerra. De Las Pioneras A Las Actuales — Ana Del Paso / Spanish Reporters, Witnesses of War. From the Pioneers to the Current by Ana Del Paso (spanish book edition)

Interesante libro que hace un repaso de las mujeres como corresponsales de Guerra y la difícil tarea. El antecedente más remoto en la española Egeria que, en el siglo IV, abandonó su hogar siguiendo los pasos de Helena, madre del emperador Constantino I, y peregrinó a Tierra Santa, Jerusalén y el Sinaí, y luego viajó a Constantinopla, Egipto y Mesopotamia, y cuya experiencia nos ha llegado a través de las cartas que escribió a sus hermanas, compendiadas en el libro Itinerario de la virgen Egeria.
Muchos siglos después de que Egeria decidiera rendirse a su deseo de verlo todo, las mujeres continuaban obligadas a abrirse su propio camino. Ya fueran monjas, damas viajeras (por su propia voluntad o siguiendo a sus maridos como esposas que eran), peregrinas o herederas, se convirtieron en precursoras, en mujeres que lograron presenciar la historia y contarla en lugar de contentarse con vivirla a través de los relatos de otros.
No sería hasta muchos siglos después de la crónica de Egeria cuando aparecerían en España las primeras periodistas: en los siglos XVI y XVII, Francisca de Aculodi y Beatriz Cienfuegos. El siglo XIX fue el escenario de las primeras luchas por los derechos de la mujer, cuyas abanderadas fueron Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal y Concepción Gimeno de Flaquer. En las postrimerías de dicho siglo y principios del siguiente aparecieron las primeras mujeres periodistas profesionales y las reporteras de guerra pioneras: Carmen de Burgos, Colombine; María Teresa de Escoriaza; Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos o Celsia Regis; Josefina Carabias, o Sofía Casanovas, la primera corresponsal destacada permanentemente en el extranjero. Durante el primer tercio del siglo XX las hermanas Nelken y Cecilia G. de Guillarte, junto con muchas otras, vivieron la Guerra Civil e informaron sobre ella.

Vietnam marcó un antes y un después en el reporterismo de guerra. Fue el primer conflicto armado televisado y también la primera contienda en la que se permitió el acceso a periodistas independientes a estar en el frente. Más de quinientos reporteros viajaron a Vietnam en algún momento de los enfrentamientos, entre los que se encontraban algunas mujeres. L’Europeo envió a Oriana Fallaci, France Presse a Michèle Ray y Newsweek a Linda Grant Martin. Los medios españoles destinaron a siete corresponsales sobre el terreno, pero entre ellos no había ninguna mujer. Carmen Sarmiento, por aquel entonces reportera de Televisión Española (TVE). También en 1982, TVE depositó su confianza en Rosa María Calaf para informar durante un mes de la guerra del Líbano. Tras su labor en Beirut fue nombrada corresponsal en Nueva York, y desde allí cubrió la invasión estadounidense de la isla de Granada (25 de octubre de 1983). Más tarde la destinaron a Moscú, donde notició las guerras de Chechenia y de Afganistán. Desde Kabul viajó a la zona afgana controlada por Ahmad Sha Masud, líder de la llamada Alianza del Norte y «señor de la guerra»[3] muyahidín que luchaba contra la ocupación soviética.
La Agencia EFE también fue pionera a la hora de dar una oportunidad a las periodistas, y en la década de 1980 empezó a nombrar mujeres al frente de sus delegaciones en el extranjero.
Desde 1980 Pilar Bonet se encargó la delegación de EFE en Viena, y tres años más tarde fichó por el diario El País para cubrir la corresponsalía de Moscú. En 1982, EFE encargó a Georgina Higueras la dirección de la agencia en Pekín, desde donde cubrió la guerra camboyano-vietnamita iniciada en 1979. Ese mismo año EFE nombró a Marisol Marín directora de la delegación en La Habana.

Poco a poco, las reporteras españolas se han ido abriendo camino hasta ocupar el lugar que les toca en la profesión. Aunque se hayan incorporado a la escena internacional más tarde que sus compañeras extranjeras, su trabajo es incuestionable. Algunas han sido detenidas por las autoridades, como Cristina Sánchez, expulsadas del país, como Ángeles Espinosa, secuestradas, como Carmen Sarmiento, o les han disparado, como Rosa Meneses. Han accedido a lugares vetados a los hombres, como las cárceles de mujeres de Hamás, y han entrevistado a personajes cuyo contacto está supuestamente prohibido a las mujeres, como los talibanes de Afganistán, los altos cargos de los ayatolás chiíes de Irán, los muyahidines o grupos como los Hermanos Musulmanes o el Frente Islámico de Salvación en sus etapas más truculentas.
El número de españolas periodistas que viajan para cubrir conflictos armados ha ido en aumento. El trabajo de veteranas como María Dolores Masana, Maruja Torres, Carmen Sarmiento, Teresa Aranguren y Rosa María Calaf ha animado e inspirado a las generaciones siguientes.
Las motivaciones de estas últimas son distintas, al igual que sus carreras profesionales. Muchas de ellas han cubierto guerras a las que, en la mayoría de los casos, llegaron sin querer, y han informado sobre estas como parte de los sucesos internacionales en los que todas ellas están especializadas. Algunas de estas periodistas fueron enviadas casi por azar a la guerra, otras se presentaron voluntarias y aun otras simplemente se encontraban en el lugar y en el momento oportunos. Fuera como fuese, ninguna se negó a ir al campo de batalla, pues todas saben que estar allí es la única forma de servir como vehículo transmisor de los cientos de historias, grandes y pequeñas, que suceden a diario en el mundo.
Definir qué es la verdad, pues, resulta imposible, ya que esta nunca es unívoca. Desentrañar un hecho que contiene varias verdades y cuya complejidad se magnifica en las zonas en guerra es una labor ardua y laboriosa, aunque debe realizarse pese a la puesta en duda y la inseguridad constantes. Es esta labor, y no otra, a la que se enfrentan las corresponsales de guerra.

Aunque los medios de comunicación procuren descartar las imágenes más descarnadas que reciben de las agencias, no estaría de más ponerse en el lugar del familiar de la persona asesinada cuando vemos la imagen de su cuerpo sin vida en un informativo de televisión, en una web o en un periódico que acabará en la basura.
La objetividad, junto con la imparcialidad, habitan en el reino de los deseos. Son conscientes de que, aunque ejerzan de periodistas, por encima de todo son personas con sentimientos que trabajan para dar fe de unos hechos cuyas verdades, en ocasiones, no están a nuestro alcance.
Con el pretexto de la crisis, supuestamente superada, hay medios de comunicación que «piden que les trabajes gratis o a cambio de una miseria. Tienen la desfachatez de hacerlo con reporteros que se juegan la vida en lugares duros y peligrosos, como Siria o Irak —dice Ana Alba con indignación—. Todo con un mismo fin: no enviar a sus periodistas experimentados para ahorrarse los seguros de vida. Es lamentable que se prime la firma desde un lugar concreto sobre la de un periodista con experiencia. Este es un fenómeno muy propio de los medios españoles. En países como Gran Bretaña o Francia o no ocurre de la misma manera, o ni siquiera ocurre».
Las periodistas independientes viven en un estado permanente de precariedad económica.

Interesting book that reviews women as War correspondents and the difficult task. The most remote antecedent in the Spanish Egeria that, in the fourth century, left home following the steps of Helena, mother of the Emperor Constantine I, and pilgrimage to the Holy Land, Jerusalem and Sinai, and then traveled to Constantinople, Egypt and Mesopotamia , and whose experience has come to us through the letters he wrote to his sisters, summarized in the book Itinerary of the Virgin Egeria.
Many centuries after Egeria decided to surrender to her desire to see everything, women were still forced to open their own path. Whether they were nuns, traveling ladies (by their own will or following their husbands as wives they were), pilgrims or heiresses, they became precursors, in women who managed to witness the story and tell it instead of being content with living it through the stories of others.
It would not be until many centuries after the chronicle of Egeria when the first journalists would appear in Spain: in the sixteenth and seventeenth centuries, Francisca de Aculodi and Beatriz Cienfuegos. The 19th century was the scene of the first struggles for the rights of women, whose leaders were Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal and Concepción Gimeno de Flaquer. Towards the end of that century and the beginning of the next one, the first professional women journalists and the pioneer women reporters appeared: Carmen de Burgos, Colombine; María Teresa de Escoriaza; Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos or Celsia Regis; Josefina Carabias, or Sofía Casanovas, the first correspondent permanently abroad. During the first third of the twentieth century the sisters Nelken and Cecilia G. de Guillarte, along with many others, lived through the Civil War and reported on it.

Vietnam marked a before and after in war reporting. It was the first televised armed conflict and also the first contest in which independent journalists were allowed to be at the front. More than five hundred reporters traveled to Vietnam at some point during the clashes, including some women. L’Europeo sent Oriana Fallaci, France Presse to Michèle Ray and Newsweek to Linda Grant Martin. The Spanish media allocated seven correspondents on the ground, but there was no woman among them. Carmen Sarmiento, at that time a reporter for Televisión Española (TVE). Also in 1982, TVE deposited its confidence in Rosa Maria Calaf to inform during one month of the war of the Lebanon. After her work in Beirut, she was named correspondent in New York, and from there she covered the US invasion of the island of Granada (October 25, 1983). Later she was assigned to Moscow, where she reported the wars in Chechnya and Afghanistan. From Kabul he traveled to the Afghan zone controlled by Ahmad Sha Masud, leader of the so-called Northern Alliance and “lord of war” [3] mujahideen who fought against the Soviet occupation.
The EFE Agency was also a pioneer when it came to giving journalists an opportunity, and in the 1980s it began to appoint women to head its delegations abroad.
Since 1980, Pilar Bonet was entrusted with the EFE delegation in Vienna, and three years later she signed for the newspaper El País to cover the Moscow correspondent. In 1982, EFE entrusted Georgina Higueras with the management of the agency in Beijing, from where she covered the Cambodian-Vietnamese war that began in 1979. That same year EFE named Marisol Marín as director of the delegation in Havana.

Bit by bit, the Spanish reporters have been making their way to occupy their place in the profession. Although they have joined the international scene later than their foreign colleagues, their work is unquestionable. Some have been detained by authorities, such as Cristina Sánchez, expelled from the country, such as Ángeles Espinosa, kidnapped, such as Carmen Sarmiento, or shot, as Rosa Meneses. They have accessed places banned from men, such as Hamas women’s prisons, and have interviewed characters whose contact is supposedly forbidden to women, such as the Taliban in Afghanistan, the high officials of the Iranian Shia ayatollahs, the mujahideen or groups such as the Muslim Brotherhood or the Islamic Salvation Front in its most gruesome stages.
The number of Spanish journalists traveling to cover armed conflicts has been increasing. The work of veterans such as Maria Dolores Masana, Maruja Torres, Carmen Sarmiento, Teresa Aranguren and Rosa María Calaf has encouraged and inspired the following generations.
The motivations of the latter are different, as are their professional careers. Many of them have covered wars that, in most cases, came unintentionally, and have reported on these as part of international events in which all of them are specialized. Some of these journalists were sent almost by chance to the war, others volunteered and still others were just in the right place at the right time. Anyway, no one refused to go to the battlefield, because everyone knows that being there is the only way to serve as a vehicle to transmit the hundreds of stories, large and small, that happen every day in the world.
Define what is the truth, then, it is impossible, because it is never univocal. Unraveling an event that contains several truths and whose complexity is magnified in war zones is an arduous and laborious task, although it must be carried out despite constant doubts and insecurity. It is this task, and not another, that the war correspondents face.

Even if the media tries to discard the more stark images they receive from the agencies, it would not hurt to put oneself in the place of the family member of the murdered person when we see the image of his body without life in a television news, on a website or in a newspaper that will end up in the trash.
Objectivity, together with impartiality, inhabit the realm of desires. They are aware that, although they act as journalists, they are above all people with feelings that work to attest to facts whose truths are sometimes not within our reach.
Under the pretext of the crisis, supposedly overcome, there are media that “ask you to work for free or in exchange for a pittance. They have the nerve to do it with reporters who risk their lives in hard and dangerous places, such as Syria or Iraq, “Ana Alba says indignantly. All for the same purpose: do not send your experienced journalists to save life insurance. It is unfortunate that the firm is prioritized from a specific place over that of an experienced journalist. This is a phenomenon very typical of the Spanish media. In countries like Great Britain or France or it does not happen in the same way, or does not even happen ».
Independent journalists live in a permanent state of economic precariousness.

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