El Mesías De Las Plantas — Carlos Magdalena / The Plant Messiah: Adventures in Search of the World’s Rarest Species by Carlos Magdalena

El libro me ha gustado. Más que una narración con principio y final, es más bien una serie de anécdotas o capítulos que giran entorno a sus actividades y aventuras en la recuperación de especies raras.

Carlos Magdalena es botánico en el Kew Botanical Gardens en Londres con el objetivo de resucitar plantas en peligro de extinción. Este libro es una memoria de la vida de Magdalena y una mirada a las plantas que aprecia más. Desde pequeñas islas frente a la costa de Madagascar, hasta el interior de Australia, las selvas y desiertos áridos de América del Sur, Magdalena nos presenta plantas en peligro de extinción o extintas en sus hábitats naturales, algunas de las cuales aún sobreviven gracias a uno o dos especímenes en instituciones como Kew.
Este es un libro fascinante. La pasión de Magdalena por su tema brilla en todas las líneas. Y tampoco se limita a preocupaciones medioambientales. También se abordan las preguntas espinosas sobre la propiedad y la repatriación en un mundo poscolonial, y se destaca lo difícil que puede ser salvar y propagar algunas de estas especies. ¿Cómo equilibras las preocupaciones locales con el estudio científico? Si se encuentra que una planta nativa tiene usos medicinales o comerciales, ¿quién posee los derechos de dicha planta? ¿Qué hay de las plantas que fueron “recolectadas” por los naturalistas durante los siglos XVIII y XIX, el apogeo del colonialismo, todavía pertenecen a su pueblo originario.
Cualquier persona interesada en botánica, vida vegetal, conservación y / o ecologismo disfrutará de este libro. En el mesías de las plantas, Carlos Magdalena nos recuerda muchas veces que nuestra propia existencia depende de la salud de la flora que nos rodea. Nos corresponde tratarlos como partes esenciales de la vida en la Tierra.

En ecología, la extinción se refiere a la terminación de un organismo o de un grupo de organismos. Generalmente, se considera que el momento de extinción es la muerte del último individuo de la especie, y la capacidad de reproducirse y recuperarse puede haberse perdido antes de este punto. Este término se usa generalmente con la extinción de los animales, pero hay muy pocos ecólogos que estudian la extinción de las plantas. En este libro, el biólogo ambiental Carlos Magdalena describe sus estudios para comprender cómo se están llevando a cabo las extinciones de plantas y cómo podemos solucionar esta extinción silenciosa.
Los factores que contribuyen a su desaparición son variados y complejos, pero las consecuencias de su pérdida son inconmensurables. El autor explora los principales factores de extinción. En casi todos los casos, los cambios producidos en el medio ambiente por los humanos; a través de la deforestación, rompiendo el equilibrio natural con la introducción de especies de animales no nativas y el calentamiento global.
Algunos de los ejemplos interesantes de este libro incluyen; El árbol de medusas, está en peligro crítico y es endémico de la isla de Seychelles. Se ha sugerido que estos árboles se han perdido del hábitat natural de los bosques húmedos a través de la competencia con otras especies y el cambio climático. Roussea simplex es originaria de Mauricio en el Océano Índico, donde crece en los bosques de montaña. Las flores de Roussea producen copiosas cantidades de néctar y solo son polinizadas por el geco de día de cola azul. La fruta secreta una sustancia gelatinosa que contiene las diminutas semillas. El gecko de cola azul lame esta secreción y dispersa las semillas en sus excrementos. Pero una pequeña hormiga introducida en Mauricio por colonos invade las flores de Roussea y se cubre con arcilla para protegerse. Las hormigas pican el gecko de cola azul al beber polen y así detener el proceso de polinización. Trochetia boutoniana, también conocida por su nombre nativo criollo Boucle d’Oreille, es un arbusto cercano a la extinción, ya que los monos introducidos en su hábitat natural se alimentan de yemas florales que eliminan eficazmente esta especie de planta.
El libro no está acompañado por ilustraciones o fotografías de plantas que se están extinguiendo en hábitats naturales. En el lado menor de la ciencia, encuentro que el título de este libro es algo extravagante, después de todo, nadie usó este término para otros ecologistas y biólogos medioambientales de renombre.

Las plantas son la base de todo, directa o indirectamente. Las plantas nos proporcionan el aire que respiramos; nos visten, nos curan y nos protegen; las plantas nos procuran cobijo y casi toda nuestra comida y bebida diarias. Pensemos en las medicinas, los materiales de construcción, el papel, el caucho, los anticonceptivos, el algodón para los vaqueros y el lino para los vestidos; en el pan, las judías, el té, el zumo de naranja, la cerveza, el vino y la Coca-Cola, y pensemos también que las vacas comen hierba, pienso o forraje y que obtenemos de ellas carne y leche; que las gallinas comen trigo y otras semillas y nos dan huevos, carne y sopas; que las ovejas comen hierba y nos dan lana, etcétera.
Así que las plantas son nuestros mejores y más humildes sirvientes; se ocupan de nosotros cada día, en cada aspecto. Sin ellas, no podríamos sobrevivir. Es tan simple como eso.
A cambio de sus generosos servicios, solo reciben nuestro maltrato. No las apreciamos y las infravaloramos de forma sistemática. Ni siquiera las consideramos sirvientas, sino esclavas.
Una de las consecuencias es que hoy en día, sin muchos cambios en lo que a política forestal se refiere y con más pinos y eucaliptos que nunca, España se incendia todos los veranos (y últimamente también todos los otoños). El Estado y los medios de comunicación a menudo acusan a la gente que hace barbacoas o arroja cigarrillos encendidos desde el coche, pero ¿es realmente toda la culpa de ellos o lo es de la política forestal? La destrucción de una flora y una fauna de gran diversidad y su reemplazo por plantaciones de una sola especie, en densidades elevadas y extremadamente inflamables, tienen claramente una gran responsabilidad en todo este asunto. Desde hace décadas, existe la necesidad de sustituir los eucaliptos por especies autóctonas, pero esto resulta extremadamente caro y hay que matar todos los tocones de eucalipto porque este árbol vuelve a crecer vigorosamente cuando es talado.

Kew aloja las colecciones botánicas y micológicas (de hongos) más grandes y diversas del mundo. Esto incluye unos siete millones de especímenes de plantas secas en el herbario; una colección de más de 19.000 especies de plantas vivas en los jardines de Wakehurst Place; 1,25 millones de especímenes fúngicos secos en el fungario; más de 150.000 transparencias de cristal que muestran en detalle la micromorfología de las plantas; 95.000 especímenes y objetos de etnobotánica y de botánica económica, que ponen de manifiesto el alcance del uso humano de las plantas; el banco de ADN y tejidos de plantas silvestres más grande del mundo (con 50.000 muestras de ADN, que representan más de 35.000 especies), y más de 2.000 millones de semillas (de unas 35.000 especies) en el Millennium Seed Bank.
En las últimas tres décadas, Kew ha desarrollado su trabajo de conservación de forma equilibrada tanto en los jardines como a través de programas en otros países.

Conscientes de sus derechos en cuanto a la biodiversidad y de los peligros de la biopiratería, las autoridades en Mauricio son muy protectoras con sus plantas. Pero, desde el punto de vista de la conservación, el problema radica en que no disponen de los recursos necesarios para propagar y proteger por sí mismos todas las especies al tiempo que, por regla general, tienden a desconfiar de quienes podrían hacerlo. Como resultado, los coleccionistas de plantas y los conservacionistas, por no mencionar las propias especies en peligro, se ven atrapados con frecuencia en cuestiones políticas, incluso cuando está en juego la existencia misma de dichas especies.
Y no es que a las autoridades les falten razones para preocuparse. La historia de la Hyophorbe lagenicaulis (palma botella), en peligro de extinción, es un ejemplo fascinante de todo lo que puede salir mal. En el pasado esta palmera
estuvo muy extendida en Mauricio, pero ahora solo existe de forma natural en isla Redonda, unos veinticinco kilómetros al norte de Mauricio, y llegó a haber menos de diez plantas maduras en estado silvestre. Había una gran demanda de semillas; se rumoreaba que los jeques de Oriente Próximo pagaban una fortuna por una de ellas. En el momento en que alguien logró sacar unas semillas de la isla, la planta se propagó y ahora se ha vuelto popular en los jardines delanteros de Miami. Mauricio no ha recibido nada a cambio, a pesar de haber corrido con los gastos de la conservación, la propagación y la reintroducción de la especie, que hoy en día es un icono omnipresente de la isla.
Mauricio está llena de especies en peligro. Entre ellas, alrededor de ochenta y nueve de orquídeas autóctonas.
Una de las más extraordinarias es la Angraecum cadetii, en peligro de extinción en Mauricio, aunque no está amenazada en Reunión. Solo quedan en torno a una docena de plantas en la naturaleza; se encuentran a unos 800 metros sobre el nivel del mar en un lugar que es como un páramo en el bosque húmedo, donde están regadas por la bruma y la lluvia. Como el terreno aquí es tan pobre, sus plantas anfitrionas son matorrales de tan solo unos dos metros de altura. Las orquídeas se suelen encontrar en la parte inferior de los arbustos, a entre 70 y 150 centímetros del suelo, donde reciben un suministro constante de agua y nutrientes con las gotas de lluvia que les caen desde las ramas situadas más arriba.

Australia no es solo la tierra del ornitorrinco y del koala o incluso de espléndidos nenúfares; hay muchas otras plantas que también guardan historias extraordinarias.
La Drakea, u orquídea martillo, tiene una flor que imita la forma y el color de la hembra de una especie de avispa, e incluso libera una feromona sexual para atraer a los machos de dicha especie, que creen que están apareándose con una hembra, pero que en realidad están polinizando una orquídea. También está la Rhizanthella gardneri, una orquídea que parasita en las raíces de lo que se conoce en inglés como broom honey mirttle (Melaleuca uncinata), un arbusto o árbol pequeño de hoja perenne que mide hasta dos metros de altura y que se parece a la retama europea (la única diferencia bastante notable es que sus flores no tienen aspecto de flor de guisante sino de pequeñas borlas blancas de apariencia algodonosa). La orquídea Rhizanthella no solo es parasítica, sino que además florece bajo la tierra y es polinizada por termitas y mosquitos.
También hay algunas especies de árboles maravillosas. Uno de los más icónicos de Australia, el Adansonia gregorii, una especie de baobab, tiene el tronco en forma de tinaja. Esto lo ayuda a almacenar agua y sobrevivir durante el periodo de sequía, que dura unos seis meses al año.
La diversidad de especies de eucalipto en Australia es increíble. Hay asimismo algunas acacias asombrosas, particularmente la Acacia dunnii, que procede de la región de Kimberley y de parte del Territorio del Norte. También se la conoce como «acacia de oreja de elefante» por la forma de sus «hojas» (técnicamente son filoides, o sea, tallos aplastados con forma y función de hoja), las cuales son las más grandes del género Acacia y pueden medir hasta cuarenta y cinco centímetros de largo por treinta de ancho.
Otras especies de la familia de las ninfeáceas. Cuando pregunté a unos niños aborígenes sobre los usos de los nenúfares, uno de ellos me llevó a su madre, que me explicó cómo hacían harina moliendo las semillas. Le mostré una foto de una planta en mi móvil; originalmente se la llamaba Ondinea purpurea, pero debido a los resultados de las pruebas de ADN se la ha incorporado al género Nymphaea, por lo que ahora es la Nymphaea ondinea. A veces también recibe el nombre de «nenúfar aberrante», porque es muy diferente; al compararlo con los nenúfares «normales», solo tiene cuatro pétalos, las hojas son onduladas, la mayoría de estas solo crecen bajo el agua y su envés a veces es púrpura brillante, mientras que las pocas partes que flotan a menudo tienen forma de herradura o son alargadas, no como la característica hoja de nenúfar.
Me dijo que la había visto y que sus tubérculos eran los más sabrosos de todos, así que no solo era una suerte de exquisitez taxonómica y botánica, sino también gastronómica.
Una planta fascinante que se encuentra en este ecosistema es la Entada rheedii, una liana gigante de la familia de las leguminosas (fabaceae) conocida como «judía de mar», la cual produce las vainas más grandes del planeta (de más de un metro y medio de longitud). Estas vainas caen en los ríos y flotan hasta el mar, donde se desintegran en segmentos que contienen una semilla y que siguen flotando durante semanas o meses. Por eso, las trepadoras de este género se encuentran por todas partes en los trópicos.

Así que, ¿qué podemos hacer? Se me ocurren muchas cosas que decir, pero si tuviese que elegir tres, estas serían mis tres prioridades:
1. Dejar de quemar combustibles fósiles.
2. Mantener el crecimiento de la población a un nivel sostenible.
3. Aprovechar el poder de las plantas.
 
Después de todo, las plantas son los únicos organismos del universo capaces de capturar y almacenar energía, así como de crear infinidad de materiales y moléculas diferentes, al tiempo que absorben y retienen el CO2 de la atmósfera. Lo que nosotros exhalamos, ellas lo inhalan; lo que nosotros inhalamos, ellas lo exhalan. Son la clave de nuestra supervivencia a largo plazo.

A lovely book more than a narrative with beginning and end, it is rather a series of anecdotes or chapters that revolve around their activities and adventures in the recovery of rare species.

Carlos Magdalena is a botanist at Kew Botanical Gardens in London with an eye towards resurrecting endangered and extinct plants. This book is a memoir of Magdalena’s life and a look at the plants he holds most dear. From tiny islands off the coast of Madagascar, to the Australian outback, to the jungles and arid mountain deserts of South America, Magdalena introduces us to plants, endangered or outright extinct in their natural habitats, some only still surviving through one or two specimens kept in institutions like Kew.
This is a fascinating book. Magdalena’s passion for his subject shines through in every line. And he doesn’t limit himself to environmental concerns, either. The thorny questions about ownership and repatriation in a post-colonial world are also addressed, and highlight just how difficult it can be to save and propagate some of these species. How do you balance local concerns with scientific study? If a native plant is found to have medicinal or commercial uses, who owns the rights to said plant? What about those plants which were “collected” by naturalists during the 18th and 19th centuries, the heyday of colonialism, do they still belong to their native people?
Any one with interest in botany, plant life, conservation, and/or environmentalism will enjoy this book. In The Plant Messiah, Carlos Magdalena reminds us multiple times that our very existence is dependent on the health of the flora around us. It behooves us to treat them as essential parts of life on Earth.

In ecology, extinction refers to termination of an organism or of a group of organisms. The moment of extinction is generally considered to be the death of the last individual of the species, and the ability to breed and recover may have been lost before this point. This term is generally used with animal extinction, but there are very few ecologists who study plant extinction. In this book, environmental biologist Carlos Magdalena describes his studies across to understand how plant extinction are taking place, and how we can fix this silent extinction.
The factors contributing to their disappearance are varied and complex, but the consequences of their loss are immeasurable. The author explores the principle factors for extinction. In almost all cases changes brought about in the environment by humans; through deforestation, breaking the natural balance with the introduction non-native species of animals, and global warming.
Some of the interesting examples from this book includes; The jellyfish tree, is a critically endangered and endemic to the island of Seychelles. It has been suggested that these trees have been lost from the natural habitat of moist forests through competition with other species and climate change. Roussea simplex is native of Mauritius in Indian Ocean, where it grows in mountain forests. The flowers of Roussea produce copious amounts of nectar and are pollinated only by the blue-tailed day gecko. The fruit secretes a gelatinous substance that contains the minute seeds. The blue-tailed gecko licks up this secretion and disperses the seeds in its droppings. But a small ant introduced to Mauritius by colonists invades the flowers of Roussea and cover with clay to protect themselves. The ants sting blue-tailed day gecko from drinking the pollen and thus stopping pollination process. Trochetia boutoniana also known by its native Creole name Boucle d’Oreille is a shrub close to extinction, because the monkeys introduced into its natural habitat feed on plants blossom buds that effectively eliminated this plant species.
The book is not accompanied by illustrations or the photographs of plants becoming extinct in natural habitats. On the lesser side of science, I find the title of this book is somewhat outlandish, after all no one used this term for other renowned ecologists and environmental biologists.

Plants are the basis of everything, directly or indirectly. Plants provide us with the air we breathe; they dress us, they heal us and they protect us; the plants provide us with shelter and almost all our food and drink daily. Think of medicines, construction materials, paper, rubber, contraceptives, cotton for jeans and linen for dresses; in bread, beans, tea, orange juice, beer, wine and Coca-Cola, and let us also think that cows eat grass, feed or fodder and that we obtain meat and milk from them; that chickens eat wheat and other seeds and give us eggs, meat and soups; that sheep eat grass and give us wool, etc.
So the plants are our best and most humble servants; They take care of us every day, in every aspect. Without them, we could not survive. It’s as simple as that.
In exchange for their generous services, they only receive our abuse. We do not appreciate them and underestimate them systematically. We do not even consider them servants, but slaves.
One of the consequences is that nowadays, without many changes in forest policy and with more pine trees and eucalyptus than ever, Spain burns down every summer (and lately also every autumns). The state and the media often accuse people who are barbecuing or throwing lit cigarettes from the car, but is it really all their fault or is it the fault of forest policy? The destruction of flora and fauna of great diversity and their replacement by plantations of a single species, in high densities and extremely flammable, clearly have a great responsibility in this whole affair. For decades, there is a need to replace eucalyptus with native species, but this is extremely expensive and all eucalyptus stumps have to be killed because this tree grows vigorously once it is cut down.

Kew houses the largest and most diverse botanical and mycological (mushroom) collections in the world. This includes about seven million specimens of dried plants in the herbarium; a collection of more than 19,000 species of living plants in the gardens of Wakehurst Place; 1.25 million dry fungal specimens in the fungal; more than 150,000 glass transparencies that show in detail the micromorphology of the plants; 95,000 specimens and objects of ethnobotany and economic botany, which show the scope of human use of plants; the largest DNA and tissue bank of wild plants in the world (with 50,000 DNA samples, representing more than 35,000 species), and more than 2,000 million seeds (of some 35,000 species) at the Millennium Seed Bank.
In the last three decades, Kew has developed his conservation work in a balanced way both in the gardens and through programs in other countries.
Mauritius is full of endangered species. Among them, around eighty-nine indigenous orchids.
One of the most extraordinary is the Angraecum cadetii, in danger of extinction in Mauritius, although it is not threatened in Reunion. They only remain around a dozen plants in nature; They are about 800 meters above sea level in a place that is like a wasteland in the humid forest, where they are watered by mist and rain. As the land here is so poor, its host plants are bushes only about two meters high. The orchids are usually found in the lower part of the bushes, between 70 and 150 centimeters above the ground, where they receive a constant supply of water and nutrients with the raindrops that fall from the branches above.

Australia is not only the land of the platypus and the koala or even splendid water lilies; There are many other plants that also keep extraordinary stories.
The Drakea, or hammer orchid, has a flower that imitates the form and color of the female of a species of wasp, and even releases a sex pheromone to attract the males of that species, which they believe are mating with a female, but they are actually pollinating an orchid. There is also the Rhizanthella gardneri, an orchid that parasitizes on the roots of what is known in English as broom honey mirttle (Melaleuca uncinata), a shrub or small evergreen tree that measures up to two meters in height and resembles the European broom (the only noticeable difference is that its flowers do not look like pea flowers but small white tassels of cottony appearance). The Rhizanthella orchid is not only parasitic, but also blooms under the earth and is pollinated by termites and mosquitoes.
There are also some wonderful tree species. One of the most iconic of Australia, the Adansonia gregorii, a kind of baobab, has a trunk in the shape of a jar. This helps you store water and survive during the period of drought, which lasts about six months a year.
The diversity of eucalyptus species in Australia is incredible. There are also some amazing acacias, particularly Acacia dunnii, which comes from the Kimberley region and part of the Northern Territory. It is also known as “acacia of elephant ear” because of the shape of its “leaves” (technically they are phyllodes, that is, stems crushed with leaf shape and function), which are the largest of the Acacia genus and can measure up to forty-five centimeters long by thirty wide.
Other species of the family of the ninfeáceas. When I asked some aboriginal children about the uses of the water lilies, one of them took me to his mother, who explained how they made flour by grinding the seeds. I showed him a picture of a plant on my mobile; Originally it was called Ondinea purpurea, but due to the results of DNA tests it has been incorporated into the genus Nymphaea, so now it is the Nymphaea ondinea. Sometimes it is also called “aberrant water lily,” because it is very different; when compared to “normal” water lilies, it has only four petals, the leaves are wavy, most of them only grow under water and its underside is sometimes bright purple, while the few parts that float are often horseshoe shaped or they are elongated, not like the characteristic water lily leaf.
He told me that he had seen it and that its tubers were the tastiest of all, so it was not only a kind of taxonomic and botanical delicacy, but also gastronomic.
A fascinating plant found in this ecosystem is the Entada rheedii, a giant liana of the legume family (fabaceae) known as “sea bean”, which produces the largest pods on the planet (more than a meter long and medium length). These pods fall into rivers and float to the sea, where they disintegrate into segments that contain a seed and that continue to float for weeks or months. Therefore, climbers of this genus are found everywhere in the tropics.

So, what can we do? I can think of many things to say, but if I had to choose three, these would be my three priorities:
1. Stop burning fossil fuels.
2. Maintain population growth at a sustainable level.
3. Harness the power of plants.

After all, plants are the only organisms in the universe capable of capturing and storing energy, as well as creating countless different materials and molecules, while absorbing and retaining CO2 from the atmosphere. What we exhale, they inhale; what we inhale, they exhale. They are the key to our long-term survival.

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