África. La Vida Desnuda — Alberto Rojas / Africa. The Naked Life by Alberto Rojas (spanish book edition)

Este breve libro, impacta como él define, no es una recopilación de artículos de prensa, aunque buena parte de su argamasa se ha publicado en ese formato. Tampoco es un libro sobre África, aunque en África transcurre. No pretende explicar el continente, ni un puñado de países de los cincuenta y cuatro que lo forman, ni siquiera es el análisis de una guerra, una epidemia, una ciudad, un barrio o una calle. Tampoco es un cuaderno de vivencias personales, aunque las tenga. Este libro no es muchas cosas, pero sí es una mirada hacia lo que sucede al otro lado.

La gente se moría de hambre. Vimos cosas peores. Cientos de desgraciados en las últimas. Por efecto de la hambruna, a los niños se les descolgaba el ano. Es una imagen terrible. Por no hablar del gusano de Guinea, un parásito que entra en el cuerpo con el agua y acaba saliendo por el tobillo, lo que les causa un daño atroz.

El oro que James, el traficante, nos enseña en forma de pepita ha salido de la cercana cantera de Numbi, la misma que gestionó durante años Terminator Ntaganda, el borracho del bar. La compraventa se lava en bancos suizos, como denuncia Enought Proyect. De ahí al mercado.
Este es un gran negocio para todos menos para el Congo, que recibe a cambio una guerra de dos décadas, con más de cinco millones de muertos, que favorece un Estado fallido incapaz de imponer la paz o cobrar impuestos. Naciones Unidas despliega un enorme contingente de cascos azules que supone un gran beneficio para los países que ceden soldados, en especial India y Pakistán. También el conflicto es rentable para el despliegue de ONG, que se aseguran un incesante flujo de fondos para ayuda humanitaria. Países como Ruanda y Uganda venden un mineral que no es suyo y alimentan a grupos armados para que ese comercio no cese. Y todos esos sacos de casiterita, coltán, oro, diamantes, uranio, tungsteno o manganeso llegan baratos y puntuales al primer mundo. ¿A quién le conviene que la guerra termine?
La muestra que nos dio James pasó la frontera con Ruanda oculta en un calcetín y llegó a España como un puñado de arena. Pero parte del mineral de esa misma veta nos rodea en cada uno de los aparatos que compramos. Baterías, condensadores, circuitos… Un puñado de arena por el que morir.

(Ébola) uno de los contagiados era de la vecina Sierra Leona, de modo que cuando lo enterraron en su tierra se infectaron catorce de las mujeres que limpiaron y amortajaron con mimo el cadáver… Así el virus saltó a un segundo país. Después a Liberia, Nigeria, Senegal… donde se contagiaron los médicos que decidieron seguir en sus puestos, a pesar de que sabían que estaban desnudos ante el virus, atendiendo a sus pacientes sin guantes ni mascarilla. Solo en Guinea han muerto veintiséis trabajadores sanitarios sin contar con los enterradores que preparando y desinfectando a los muertos también han perdido su vida por evitar que otros la pierdan.
A partir de ahí se desataron las especulaciones. Unos dicen que es una especie de demonio importado por los blancos. Otros aseguran que se trata de una estrategia del Gobierno para desestabilizar el país. Algunos creen que el ébola no existe y que no es más que una conspiración. Tampoco los medios sensacionalistas ayudan: el principal diario de Liberia acusó a Estados Unidos de infectar a la población para realizar un experimento. El caso es que es difícil que los mensajes de prevención calen en países con un 80 por ciento de analfabetismo.

La guerra no solo son los ejércitos que combaten, ni los planes militares ni los mapas de las conquistas. Una guerra es todo el vacío que provoca: la vida que nunca volverá, la casa que te incendiaron, el hijo al que mataron, la hija a la que violaron, el hombre al que tú mismo mataste.
El conflicto centroafricano era una guerra de pobres, pero también de cobardes. No había cañones, aviones ni helicópteros. Además, era difícil que una milicia se cruzara con otra en el campo de batalla. No había frentes y los ataques se producían sobre aldeas de personas indefensas. Por eso había tantas mujeres y niños entre los muertos y heridos.

(Sudán del Sur) Un grupo de soldados dinka nos esperaba en medio de la carretera. Se llevaron a los niños a un bosque cercano. A los hombres que nos acompañaban los mataron allí mismo. A nosotras nos violaron a todas, por turnos, amenazándonos con armas. Muchas de nosotras no sabemos si el niño que llevamos dentro es de nuestro marido o del enemigo.
Eran los llamados «pelotones de violadores», una de las armas de guerra más terribles de esta guerra. Criminales que cobraban su soldada en carne humana, que se divertían asesinando a los hombres y los ancianos bajo las orugas de los tanques y que asaltaban con saña a las mujeres, a veces sexualmente y otras usando palos o cuchillos.

El libro concluye con un anexo de fotografías impactantes que nos muestran la realidad.

This brief book, impacts as he defines, is not a compilation of press articles, although much of his mortar has been published in that format. Nor is it a book about Africa, although in Africa it happens. It does not pretend to explain the continent, nor a handful of countries of the fifty-four that form it, it is not even the analysis of a war, an epidemic, a city, a neighborhood or a street. Nor is it a notebook of personal experiences, even if you have them. This book is not many things, but it is a look at what happens on the other side.

People were starving. We saw worse things. Hundreds of unfortunates in the last. As a result of the famine, the children had their anus lowered. It is a terrible image. Not to mention the Guinea worm, a parasite that enters the body with water and ends up coming out of the ankle, which causes atrocious damage.

The gold that James, the trafficker, teaches us in the shape of a nugget has left the nearby quarry of Numbi, the same one that Terminator Ntaganda, the drunkard of the bar, managed for years. The sale is washed in Swiss banks, as reported by Enought Project. From there to the market.
This is a big deal for all but the Congo, which receives in return a war of two decades, with more than five million dead, which favors a failed state unable to impose peace or collect taxes. The United Nations deploys a huge contingent of blue helmets that is a great benefit for countries that cede soldiers, especially India and Pakistan. The conflict is also profitable for the deployment of NGOs, which ensure an incessant flow of funds for humanitarian aid. Countries like Rwanda and Uganda sell a mineral that is not theirs and they feed armed groups so that this trade does not stop. And all those sacks of cassiterite, coltan, gold, diamonds, uranium, tungsten or manganese arrive cheap and punctual to the first world. Who would like the war to end?
The sample that James gave us passed the border with Rwanda hidden in a sock and arrived in Spain as a handful of sand. But part of the mineral of that same vein surrounds us in each of the devices that we buy. Batteries, capacitors, circuits … A handful of sand to die for.

(Ebola) one of those infected was from neighboring Sierra Leone, so when they buried him in his land fourteen of the women who cleaned and shrouded the corpse were infected … So the virus jumped into a second country. Then to Liberia, Nigeria, Senegal … where the doctors who decided to continue in their posts were infected, even though they knew they were naked before the virus, treating their patients without gloves or a mask. Only in Guinea have twenty-six health workers died without counting the undertakers who, preparing and disinfecting the dead, have also lost their lives to prevent others from losing it.
From then on the speculations were unleashed. Some say it is a kind of demon imported by whites. Others say that it is a government strategy to destabilize the country. Some believe that Ebola does not exist and that it is nothing more than a conspiracy. Nor do the sensationalist media help: Liberia’s main newspaper accused the United States of infecting the population to conduct an experiment. The fact is that it is difficult for prevention messages to reach countries with 80 percent illiteracy.

The war is not only the armies that fight, nor the military plans nor the maps of the conquests. A war is all the vacuum it causes: the life that will never return, the house that burned you, the son you killed, the daughter you raped, the man you killed yourself.
The Central African conflict was a war of the poor, but also of cowards. There were no guns, planes or helicopters. In addition, it was difficult for one militia to cross another one on the battlefield. There were no fronts and the attacks took place on villages of defenseless people. That’s why there were so many women and children among the dead and wounded.

(South Sudan) A group of Dinka soldiers were waiting for us in the middle of the road. They took the children to a nearby forest. The men who accompanied us were killed there. They raped us all, in turns, threatening us with weapons. Many of us do not know if the child we carry inside is our husband or the enemy.
They were the so-called “rapist squads”, one of the most terrible war weapons of this war. Criminals who charged their soldier in human flesh, who enjoyed killing the men and the elderly under the caterpillars of the tanks and brutally assaulting the women, sometimes sexually and sometimes using sticks or knives.

The book concludes with an annex of striking photographs that show us the reality.

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