Todo Aquello Que nos Une: Mi Autobiografía — Justin Trudeau / Common Ground by Justin Trudeau

Esta autobiografía se publicó menos de un año antes de las elecciones federales de octubre de 2015 para ayudar al nuevo líder del Partido Liberal en su campaña electoral. Se puede juzgar como una memoria de celebridades o como una memoria política. Un libro por tanto irregular. Como memoria política, solo merece una. Aunque Justin Trudeau disfrutó de un éxito espectacular en las elecciones de octubre de 2015, dudo que este libro haya influido en muchos votos. La multitud de Facebook que se sienten atraídos por él habría sido confirmada en su creencia de que él era mucho más cool. Las personas que lo encontraron superficial y poco informado solo tendrían sus propios juicios reforzados.
La autobiografía de un político difícilmente se puede comparar por valor de excitación con un libro como “True Britt” de la actriz sueca Britt Eckland. (¿Recuerdas a ella y Rod tratando de exceder sus mejores marcas personales en la cama?) Los políticos o no hacen ese tipo de cosas o sería indecoroso que hablen de ello. Otros críticos han comentado sobre la honestidad y la sinceridad de los pasajes personales en esta memoria, pero a veces el Sr. Trudeau parecía dudar entre la discreción y la franqueza (p.61): “Un día, un niño mayor subió y me tendió una imagen notoria de mi madre que apareció en una revista para adultos. “La imagen no se describe, presumiblemente por consideración a su madre, pero esto permite a los lectores imaginar una foto mucho más incriminativa de lo que era. Trudeau Fils podría haber dejado este incidente del todo, pero detestaba hacer eso, ya que mostraba, en su mente, cuán sabio era más allá de sus años de reacción a esta provocación.
Aunque el hermano menor de Justin Trudeau, Alexandre, es un documentalista, el libro no tiene nada que decir sobre su trabajo. Es una pena, porque una de sus películas “Amongst the Serbs” se hizo un año después de la agresión de la OTAN contra la República Federativa de Yugoslavia y cuestiona la sumisión de Canadá a la máquina de guerra de la OTAN. Me imagino que el hermano mayor de Alexandre Trudeau pensó que no había nada de él en esto, ya que la película cuestiona el cumplimiento del gobierno canadiense con la máquina de guerra de la OTAN, un gobierno liderado en ese momento por el primer ministro liberal Jean Chrétien. Entonces, aunque la película es un gran crédito para su hermano y su independencia mental, no se menciona.
“Common Ground” alcanza las 331 páginas y finaliza poco tiempo después de que Justin Trudeau se convirtiera en líder del Partido Liberal a la edad de 41. Vale la pena contrastar con las primeras 201 páginas de la autobiografía de John Major, que, como Trudeau, no es estrictamente una vida política, pero también se ocupa de su familia y su vida personal. Estas páginas cubren la vida de John Major hasta convertirse en líder del Partido Conservador a la edad de 47 años. La cuenta de Major está llena de información fascinante y puntos de vista sobre la moneda común europea, la carga comunitaria de Margaret Thatcher y muchos otros temas. El libro de Justin Trudeau, por el contrario, está casi desprovisto de cualquier análisis de política significativo, ni está tan bien escrito.
Curiosamente, el análisis de política más detallado en el libro (páginas 93-95) se debe a las razones de Justin Trudeau para oponerse al Acuerdo de Charlottetown de 1992, una copia muy usada de la que llevó consigo a la universidad de McGill. Plantea la aterradora idea de que tal vez Justin Trudeau alcanzó su punto máximo como analista de políticas a los 20 años y desde entonces se ha deteriorado.
Más tarde nos dicen, de manera algo repetitiva, que “El Partido Liberal no creó Canadá. Canadá creó el Partido Liberal. “(Véase, por ejemplo, p.298.) Si, por Canadá, significa una Canadá posterior a la Confederación, esto no es absolutamente cierto. El Partido Liberal fue creado en 1861, como una unión de las fuerzas Clear Grit en el Alto Canadá y los Rouges en el Bajo Canadá, que ya se había unido efectivamente en 1854. George Brown y otros liberales de la Colonia de Canadá estaban entre los Padres de la Confederación, entonces, en ese sentido, los liberales, los conservadores y las otras partes involucradas, crearon el Dominio de Canadá, y no al revés.
Mientras que Justin Trudeau hace muchas referencias a la Carta de Derechos y Libertades de su padre, no hay una sola referencia en el Acta Británica de Norteamérica de 1867, un documento constitucional mucho más fundamental. Si bien fue obra de muchos hombres, el dibujante dominante fue sin dudas nuestro primer primer ministro, un conservador, John A. Macdonald. Mientras que advierte a sus compañeros liberales sobre un sentido de derecho, parece sufrir él mismo. ¿Realmente cree que nuestra historia constitucional comenzó con la Carta de Derechos y Libertades de su padre y que los conservadores y miembros de otros partidos políticos además de los liberales no han hecho ninguna contribución? Ciertamente da esa impresión.
Aunque hay repetidas declaraciones de que los conservadores son nuestros vecinos y demás, las declaraciones de Justin Trudeau sobre los liberales versus los conservadores en el libro sugieren una lucha maniquea entre el bien y el mal, que es, no hace falta decirlo, poco saludable en un político democrático. “La idea liberal es que todos los individuos … tienen los mismos derechos y libertades básicas … La idea conservadora me parece que está mucho más centrada en darles a las personas y grupos el poder de usar esa libertad como quieran”.
El libro es interesante por su admisión de que el Programa Nacional de Energía de su padre fue un desastre económico, aunque Trudeau Fils realmente no tiene mucho que decir al respecto. También en el archivo de energía, escribe que “la prosperidad de Canadá depende de nuestra capacidad para desarrollar nuestros recursos naturales y llevarlos a los mercados mundiales”. Tenga en cuenta que si bien esto, en ciertas mentes, sugiere que quiere construir oleoductos y gasoductos a tidewater, no se hace tal compromiso. Continúa: “no sirve a nadie sugerir que la riqueza de recursos del oeste de Canadá es una ‘enfermedad holandesa’ que pesa sobre el resto de la economía”. Aquí, Justin Trudeau repite el ataque a la enfermedad holandesa realizado por el Gobernador del Banco de Canadá, Mark Carney en su discurso de septiembre de 2012 en Calgary. Al igual que Trudeau, el gobernador Carney evidentemente estaba atacando a Tom Mulcair, el entonces líder de la oposición, que había convertido la enfermedad holandesa en un tema central para el Nuevo Partido Democrático. Este ataque se produjo poco después de que Mark Carney y su familia se hubieran ido de vacaciones a la casa del entonces crítico liberal de finanzas Scott Brison. El propio Sr. Trudeau menciona que Mark Carney fue mencionado como un posible candidato para el liderazgo del Partido Liberal (p.267), pero no que el Partido Liberal de Canadá haya podido corromper las instituciones canadienses hasta el punto de convertir al gobernador del Banco de Canadá, al menos durante unos meses, en su propio perro de ataque político.
En la página 285, el Sr. Trudeau afirma que “[la] incapacidad para iniciar la infraestructura estratégica … se erige como una acusación contra la competencia administrativa de los conservadores”. Esta frase suena bastante hueca desde que asumió su gobierno. Después de estar ostensiblemente hambriento de infraestructura útil durante casi una década, su primer presupuesto no tenía un proyecto de infraestructura de firma para anunciar. De hecho, el impacto inmediato de la elección de un gobierno Trudeau fue detener el gasto muy útil y muy necesario en la instalación de buzones de la comunidad en sus pistas.
También escribe que (p.273) el ingreso promedio de los canadienses apenas ha aumentado desde 1980. Eso significa que su promedio, el canadiense ordinario no ha tenido un aumento real en treinta años “. Por supuesto, los conservadores no han estado en el poder desde 1980 y es absolutamente falso sugerir que los ingresos reales se estancaron durante su vigilancia. De 2005 a 2015, el salario medio real para los canadienses aumentó en un 11%; no estaba estancado
En abril de 2013, Trudeau se burló de “¿cuál es el mensaje económico de los conservadores en estos días? ¿Que los canadienses deberían estar felices de que no vivamos en Europa? “En realidad, los voceros conservadores tendieron a favorecer las comparaciones con el G-7, señalando que Canadá tenía una tasa de crecimiento promedio más alta para el PIB real mientras los conservadores estaban en el poder que cualquier país en el G-7. Pero desde que lo menciona, también tuvo una tasa de crecimiento más alta que la zona del euro. Canadá no perdió su clasificación número uno si se observa el período completo en el que los conservadores ocuparon el cargo. En este punto, parece muy poco probable que Canadá tenga una tasa de crecimiento tan alta como la del Reino Unido o la zona del euro en el primer año en que Justin Trudeau ocupa el cargo. Podría haberlo considerado una meta demasiado modesta, pero él mismo no ha podido hacerlo tan bien.

La igualdad de oportunidades es uno de los valores esenciales. Creo que no puede haber verdadero progreso sin una visión económica diseñada para proporcionar a todos los ciudadanos una verdadera y justa posibilidad de alcanzar el éxito. En el último siglo fue la creciente y optimista clase media la que construyó un país mejor, no sólo para ellos sino también para sus hijos y para todos. Debe fomentarse este logro, razón por la que hemos hecho de la consolidación y crecimiento de la clase media nuestra principal prioridad.
La apertura y la transparencia son otros de los valores que los canadienses aprecian, y deberían ver más en su gobierno. En Canadá, significa buscar nuevas formas de hacer que la participación del ciudadano en nuestra democracia sea más significativa. Pero creo que todos los gobiernos pueden beneficiarse de una actitud más abierta y transparente.
Lo mismo puede decirse de la igualdad de género. Los canadienses entienden que el modo de construir comunidades fuertes y una economía sólida es promoviendo la plena participación de las mujeres y jóvenes.

En 1971, el hospital de Ottawa todavía no permitía que los maridos acompañaran a sus mujeres en la sala de partos. Mi madre se puso furiosa cuando se enteró. Si su marido no podía estar a su lado en el hospital cuando diera a luz, tendría al bebé —ése era yo— en la residencia oficial del primer ministro de Canadá, conocida como 24 Sussex. Cuando la junta directiva del hospital se enteró de la protesta de mi madre, suprimió de inmediato la anticuada restricción, y su medida fue seguida por otros centros hospitalarios en Ottawa y a lo largo y ancho de todo el país. Mi padre estaba junto a mi madre el día de Navidad en que vine al mundo.
Sin embargo, no todos los recuerdos del tiempo en que fui hijo del primer ministro son felices. También hubo momentos tristes, la mayoría de los cuales guardan relación con las dificultades que atravesaba el matrimonio de mis padres.
Se ha escrito mucho acerca de su unión y del modo en que ésta se rompió. Gran parte de todo ello es escabroso e inexacto. Como pueden suponer, es un asunto extremadamente personal y albergué serias dudas sobre si debía abordar aquí el tema. Al final, decidí que si quería escribir un libro acerca de cómo he llegado a ser la persona que ahora soy, no tenía elección. Mis padres ejercieron una maravillosa influencia en mí, y mucho de lo que soy hoy en día debe atribuirse directamente a su guía y ejemplo. De manera que, al igual que todo niño de padres divorciados, también he sido conformado por su separación.
Mi madre siempre contó con una mente impresionante esperando el momento de brillar y, cuando por fin asumió su enfermedad, se convirtió en una activista en el ámbito de poder lidiar abiertamente con las enfermedades mentales. Ha hablado sobre ella y sobre su experiencia personal para hacerle frente en muchas ocasiones, a veces conmigo a su lado en el estrado. En 2010 escribió una excepcional autobiografía —Changing my mind— que reflejaba su estado de conciencia con respecto a su enfermedad, que tanto le había costado conseguir.
Uno de los mensajes que ese libro transmite es la necesidad de que la gente hable sobre cuestiones relativas a la salud mental de un modo sincero y constructivo. Se trata de una actitud ilustrada que lamentablemente era desconocida en la década de 1970. Si entonces hubiera sido prevalente, seguro que sus años como joven madre y esposa no hubieran sido tan angustiosos.

Hacer campaña es tanto un arte como una ciencia. A algunas personas se les da naturalmente bien, a otras no tanto. Deben aprenderse y ponerse en práctica algunas habilidades básicas.
Tuve que aprender a ser más asertivo para llegar a los votantes de Papineau. Está muy bien ser educado, pero no tiene sentido aparecer en un evento para ser el que no baila.
Al principio de la campaña acudí a una gran feria pública que había dispuesto juegos al aire libre para los niños. Había mucha gente sentada frente al escenario. Detrás de ellos, se extendía un espacio amplio y vacío donde adultos y niños se paseaban durante la actuación. Era un lugar perfecto para conectar con los votantes, pero me contuve porque no quería desviar la atención de la obra. Tuvieron que arrancarme prácticamente de la silla y llevarme a rastras hacia la multitud, así como recordarme que aquél era un ambiente informal y que estaba allí con un objetivo.
Jamás dudé de que el Partido Liberal tuviera un futuro. Creo que los canadienses quieren un verdadero partido nacional —no ideológico sino pragmático— concentrado en ellos y con el que se sientan conectados. Uno que esté centrado en las esperanzas y sueños que tienen para ellos, para sus familias, sus comunidades y su país. No siempre lo hemos cumplido, pero en nuestro mejor momento el Partido liberal puede ser una fuerza nacional unificadora y constructiva. Una fuerza que —desde Wilfrid Laurier— ha intentado concentrar sus objetivos en la construcción de una base común entre personas cuyas muchas diferencias son demasiado fácilmente explotadas como divisiones por un estilo de política y políticos más cínicos.
Entre las muchas cosas geniales de las democracias está que éstas tienden a autocorregirse a lo largo del tiempo. Si un gobierno se vuelve demasiado egocéntrico o pierde el contacto con sus electores, se sustituye por otro. Si la gente quiere un nuevo movimiento político, crearán uno. Siempre he creído que los canadienses aspiran a un partido que desempeñe el papel fundamental que un día jugó el Partido Liberal.

El espíritu autocrático del tipo «O aceptas o te las piras» que se ha instaurado en las entrañas del actual Partido Conservador. Parecen deleitarse en el aislamiento de los enemigos y en derrotarlos, en vez de tender la mano y encontrar un objetivo mayor y compartido. No se me ocurre un estilo de liderazgo menos apropiado para este país fuerte, bondadoso y de mentalidad abierta. Los canadienses respetan a los líderes sin miedo a discrepar con ellos cuando estos desacuerdos son auténticos y se expresan con respeto. Uno de los acontecimientos más perniciosos de los años de Harper es una forma rabiosa de partidismo, la idea de que la política es la guerra y los adversarios políticos deben ser tratados como enemigos de combate. Al final, todos debemos unirnos en cuanto canadienses si queremos hacer algo. Como dije a mi partido durante mi primera convención después de que me eligieran como su líder: nuestros opositores políticos no son nuestros enemigos, son nuestros vecinos.

La oración de las Naciones Originarias de Canadá sigue guiándole en la actualidad:

¡Oh, Gran Espíritu!, cuya voz escucho en los vientos, cuyo aliento da vida a todo el mundo, ¡escúchame!
Vengo a ti, uno de tus muchos hijos, soy pequeño y débil, necesito tu fuerza y tu sabiduría.
¡Déjame caminar entre las cosas hermosas y haz que mis ojos admiren el ocaso rojo y púrpura!
Haz que mis manos respeten lo que tú has creado y que mis oídos sean agudos para oír tu voz.
Hazme sabio, para que pueda entender las cosas que has enseñado a nuestro pueblo.
Déjame aprender las lecciones que ocultaste en cada hoja y en cada piedra.
Busco tu fuerza, no para ser superior a mis hermanos; sino para luchar contra mi mayor enemigo: ¡yo mismo!
Haz que esté siempre dispuesto a ir hacia ti con las manos limpias y la mirada clara;
así, cuando la vida se apague como la luz del atardecer, mi espíritu podrá ir a ti sin pudor alguno.

El libro contiene un anexo de fotografías familiares.

This autobiography was published less than a year before the October 2015 federal election to help the new leader of the Liberal Party in his election campaign. It can be judged either as a celebrity memoir or as a political memoir. An irregular book. Although Justin Trudeau enjoyed spectacular success in the October 2015 election, I doubt that this book swayed many votes. The Facebook crowd who are drawn to him would have been confirmed in their belief that he was much the coolest guy around. People who found him shallow and poorly informed would only have their own judgements reinforced.
A politician’s autobiography can hardly compare for titillation value with a book like “True Britt” by Swedish actress Britt Eckland. (Remember her and Rod trying to exceed their own personal bests in bed?) Politicians either don’t do those kinds of things or it would be unseemly for them to talk about it. Other reviewers have commented on the honesty and candidness of the personal passages in this memoir but sometimes Mr. Trudeau seemed to waffle between discretion and candour (p.61): “One day an older kid came up and thrust into my hands a notorious picture of my mother that had appeared in an adult magazine.” The picture is not described, presumably out of consideration for his mother, but this allows readers to imagine a far more incriminating photo than it was. Trudeau fils could have left this incident altogether, but he was loathe to do that, as it showed, to his mind, how wise beyond his years he was in his reaction to this provocation.
Although Justin Trudeau’s younger brother Alexandre is a documentary film-maker, the book has nothing at all to say about his work. It is a pity, because one of his films “Amongst the Serbs” was made a year after the NATO aggression against the Federal Republic of Yugoslavia and questions Canada’s subservience to the NATO war machine. I imagine Alexandre Trudeau’s elder brother thought there was no mileage for him in this, since the film questions the Canadian government’s compliance with the NATO war machine, a government that was led at that time by Liberal PM Jean Chrétien. So while the film is a great credit to his brother and his independence of mind it doesn’t get mentioned.
“Common Ground” clocks in at 331 pages and leaves off shortly after Justin Trudeau has become leader of the Liberal Party at the age of 41. It is worth contrasting with the first 201 pages of John Major’s autobiography, which, like Trudeau’s, is not strictly a political life but also deals with his family and his personal life. These pages cover John Major’s life up to his becoming leader of the Conservative Party at the age of 47. Major’s account is full of fascinating information and views about the European common currency, Margaret Thatcher’s Community Charge and a lot of other issues. Justin Trudeau’s book, by contrast, is almost devoid of any meaningful policy analysis, nor is it nearly as well written.
Oddly, the most detailed policy analysis in the book (p. 93-95) is of Justin Trudeau’s reasons for opposing the 1992 Charlottetown Accord, a well-worn copy of which he carried around the McGill University campus with him. It raises the frightening thought that perhaps Justin Trudeau peaked as a policy analyst at 20 years old and has only deteriorated since then.
Later we are told, somewhat repetitively that “The Liberal Party did not create Canada. Canada created the Liberal Party.” (See, for example, p.298.) If, by Canada, one means post-Confederation Canada, this is absolutely not true. The Liberal Party was created in 1861, as a union of Clear Grit forces in Upper Canada and les Rouges in Lower Canada, which had already effectively united in 1854. George Brown and other Liberals from the Colony of Canada were among the Fathers of Confederation, so in that sense, the Liberals, the Conservatives and the other parties involved, created the Dominion of Canada, and not the other way around.
While Justin Trudeau makes many references to his father’s Charter of Rights and Freedoms there is not a single reference in it to the 1867 British North America Act, a far more fundamental constitutional document. While it was the work of many men, the dominant draftsman was without question our first Prime Minister, a Conservative, John A. Macdonald. While warning his fellow Liberals about a sense of entitlement, he seems to suffer from it himself. Does he really believe that our constitutional history started with his father’s Charter of Rights and Freedoms and that Conservatives and members of other political parties besides the Liberals have made no contribution to it? He certainly gives that impression.
Although there are repeated statements that Conservatives are our neighbours and so forth, Justin Trudeau’s statements about Liberals versus Conservatives in the book suggest a Manichean struggle between good and evil, which is, needless to say, unhealthy in a democratic politician. “The liberal idea is that all individuals … hold the same basic rights and freedoms… The conservative idea seems to me to be much more focused on giving people and groups the power to use that freedom however they choose”.
The book is interesting for its admission that his father’s National Energy Program was an economic disaster, although Trudeau fils doesn’t really doesn’t have much to say about it. Also on the energy file, he writes that “Canada’s prosperity depends upon our ability to develop our natural resources and get them to world markets.” Note that while this would, in certain minds, suggest that he wants to build oil and natural gas pipelines to tidewater, no such commitment is made. He goes on: “it serves nobody to suggest that western Canada’s resource wealth is a ‘Dutch disease’ that weighs down on the rest of the economy.” Here, Justin Trudeau is just repeating the attack on Dutch disease made by the Governor of the Bank of Canada, Mark Carney in his September 2012 speech in Calgary. Like Mr. Trudeau, Governor Carney was obviously attacking Tom Mulcair, then the leader of the Opposition, who had made Dutch disease a central issue for the New Democratic Party. This attack came shortly after Mark Carney and his family had vacationed at the home of the then Liberal Finance Critic Scott Brison. Mr. Trudeau himself mentions that Mark Carney was mentioned as a possible candidate for leadership of the Liberal Party (p.267) but not that the Liberal Party of Canada had been able to corrupt Canadian institutions to the point where they turned the Governor of the Bank of Canada, at least for a few months, into their own political attack dog.
On p.285, Mr. Trudeau states that “[the] inability to get strategic infrastructure started … stands as an indictment against the Conservatives’ managerial competence”. This sentence rings rather hollow since his government took office. After being ostensibly starved of useful infrastructure for almost a decade, his first budget had not one signature infrastructure project to announce. In fact, the immediate impact of the election of a Trudeau government was to halt the very useful and much needed spending on installing community mailboxes in its tracks.
He also writes that (p.273) the median income of Canadians has barely increased since 1980. That means your average, ordinary Canadian hasn’t had a real raise in thirty years.” Of course, the Conservatives haven’t been in power since 1980 and it is absolutely false to suggest that real incomes stagnated on their watch. From 2005 to 2015, the real median wage for Canadians increased by 11%; it wasn’t stagnant.
In April 2013, Trudeau sneered “what is the Conservatives’ economic message these days? That Canadians should be happy that we don’t live in Europe?” Actually, Conservative spokesmen tended to favour comparisons with the G-7, pointing out that Canada had a higher average growth rate for real GDP while the Conservatives were in power than any country in the G-7. But since he brings it up, it also had a higher growth rate than the euro area. Canada didn’t lose its number one ranking if one looks at the full period the Conservatives were in office. At this point it seems highly unlikely that Canada will have as high a growth rate as either the UK or the euro area in the first year Justin Trudeau is in office. It might have struck him as way too modest a goal but he hasn’t been able to do nearly so well himself.

Equality of opportunity is one of the essential values. I believe that there can be no real progress without an economic vision designed to provide all citizens with a true and fair chance of success. In the last century it was the growing and optimistic middle class that built a better country, not only for them but also for their children and for all. This achievement should be encouraged, which is why we have made the consolidation and growth of the middle class our top priority.
Openness and transparency are other values ​​that Canadians appreciate, and should see more in their government. In Canada, it means looking for new ways to make citizen participation in our democracy more meaningful. But I believe that all governments can benefit from a more open and transparent attitude.
The same can be said about gender equality. Canadians understand that the way to build strong communities and a strong economy is to promote the full participation of women and young people.

In 1971, the Ottawa hospital still did not allow husbands to accompany their wives in the delivery room. My mother was furious when she found out. If her husband could not be by her side in the hospital when she gave birth, she would have the baby-that was me-in the official residence of the prime minister of Canada, known as Sussex. When the board of directors of the hospital learned of my mother’s protest, it immediately suppressed the antiquated restriction, and its measure was followed by other hospitals in Ottawa and throughout the country. My father was with my mother on Christmas day when I came into the world.
However, not all memories of the time I was the son of the prime minister are happy. There were also sad moments, most of which are related to the difficulties that my parents’ marriage was going through.
Much has been written about their union and the way it broke. Much of all this is scabrous and inaccurate. As you can suppose, it is an extremely personal matter and I had serious doubts about whether I should address the issue here. In the end, I decided that if I wanted to write a book about how I have become the person I am now, I had no choice. My parents exerted a wonderful influence on me, and much of what I am today must be directly attributed to their guidance and example. So, like every child of divorced parents, I have also been shaped by their separation.
My mother always had an impressive mind waiting for the moment to shine and, when she finally assumed her illness, she became an activist in the field of being able to deal openly with mental illnesses. She has talked about her and about her personal experience to face it on many occasions, sometimes with me at her side on the stand. In 2010 he wrote an exceptional autobiography -Changing my mind- that reflected his state of consciousness regarding his illness, which had cost him so much to achieve.
One of the messages that this book transmits is the need for people to talk about issues related to mental health in a sincere and constructive way. It is an enlightened attitude that unfortunately was unknown in the 1970s. If it had been prevalent then, surely his years as a young mother and wife would not have been so distressing.

Campaigning is both an art and a science. Some people are naturally given well, others are not. Some basic skills must be learned and put into practice.
I had to learn to be more assertive to reach the voters of Papineau. It is fine to be polite, but it does not make sense to appear at an event to be the one who does not dance.
At the beginning of the campaign I went to a large public fair that had arranged outdoor games for children. There were many people sitting in front of the stage. Behind them, there was a wide and empty space where adults and children walked during the performance. It was a perfect place to connect with voters, but I held back because I did not want to divert attention from the work. They had to literally tear me out of the chair and drag me into the crowd, as well as remind me that this was a casual environment and that I was there with a purpose.
I never doubted that the Liberal Party had a future. I think Canadians want a real national party – not ideological but pragmatic – focused on them and with which they feel connected. One that is focused on the hopes and dreams they have for them, for their families, their communities and their country. We have not always fulfilled it, but at our best the Liberal Party can be a unifying and constructive national force. A force that -from Wilfrid Laurier- has tried to concentrate its objectives on the construction of a common base between people whose many differences are too easily exploited as divisions by a more cynical political style and politicians.
Among the many great things about democracies is that they tend to self-correct over time. If a government becomes too self-centered or loses contact with its constituents, it is replaced by another. If people want a new political movement, they will create one. I have always believed that Canadians aspire to a party that plays the fundamental role that the Liberal Party once played.

The autocratic spirit of the type “O accept or you the pyres” that has been established in the bowels of the current Conservative Party. They seem to delight in isolating enemies and defeating them, instead of reaching out and finding a greater and shared goal. I can not think of a less appropriate leadership style for this strong, kind and open-minded country. Canadians respect leaders without fear of disagreeing with them when these disagreements are genuine and expressed with respect. One of the most pernicious events of the Harper years is a rabid form of partisanship, the idea that politics is war and political adversaries must be treated as enemies of combat. In the end, we must all unite as Canadians if we want to do something. As I told my party during my first convention after they elected me as their leader: our political opponents are not our enemies, they are our neighbors.

The Original Nations Prayer of Canada continues to guide you today:

Oh, Great Spirit, whose voice I hear in the winds, whose breath gives life to the whole world, listen to me!
I come to you, one of your many children, I am small and weak, I need your strength and your wisdom.
Let me walk among the beautiful things and make my eyes admire the red and purple sunset!
Make my hands respect what you have created and my ears be sharp to hear your voice.
Make me wise, so that I can understand the things you have taught our people.
Let me learn the lessons that you hid in each leaf and in each stone.
I seek your strength, not to be superior to my brothers; but to fight against my greatest enemy: myself!
Make him always ready to come to you with clean hands and clear eyes;
so, when life is extinguished like the light of dusk, my spirit can go to you without shame.

The book contains an annex of family photographs.

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